"Ser para la muerte"
El filosofo alemán M. Heidegger dijo que la persona humana es un ser que no solo nace y muere sino que además, se pregunta por el nacimiento y la muerte; un ser que pregunta y pide una respuesta; y que es consciente de su finitud porque sabe que algún día morirá. Y esta constatación, tan simple de por sí, exige un encaje en la vida, encaje que a su vez dará lugar a decisiones trascendentales sobre el modo de entenderse y conducirse.
El filósofo habla de "ser para la muerte"; la muerte determina la vida; la muerte, que se intuye en un futuro incierto, está ya en el presente marcando el ritmo de los días. Y ciertamente que quien toma conciencia de esto se está abriendo a una vida más auténtica, más ajustada a la realidad, más sabia.
Podemos constatar, sin lugar a dudas, que nadie podrá morir ni vivir por nosotros. Y esto nos obliga a ser responsables, a responder a los retos que vida y muerte plantean. No podemos quedarnos encerrados en nuestro vivir día a día dando la espalda a la cuestión de la muerte. Aunque muchos lo intenten llega un momento en que no tiene sentido ignorarla. ¿Qué sentido tiene trabajar sin descanso para acumular bienes, mendigar alabanzas y engordar el propio ego con títulos y consideraciones si el mañana es tan incierto como la propia muerte? ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? (Mt 17,26) ¿Merece la pena agobiarse por el mañana?, (Mt 6,34), etc. Son algunas de las muchas preguntas que provoca la muerte y cuyas respuestas han ido elaborando caminos de sabiduría.
Presencia de la muerte
Distinguen los filósofos entre tiempo cronológico, tiempo lineal, externo, cuantificable, homogéneo, mensurable y dividido en instantes (Aristóteles) y duración, tiempo vivido desde dentro, continuo, cualitativo, instantáneo (H. Bergson). Todos sabemos que un día de veinticuatro horas puede vivirse como eternidad por algunos y como momento fugaz por otros. Cuando alguien dice acerca de algo que “se me ha hecho una eternidad”, o confiesa “¡qué pronto se me hace el tiempo que estoy contigo!”, habla de un tiempo distinto al del reloj.
En realidad todo está en el presente, porque sólo el presente existe; el pasado fue y el futuro siempre se escapa; el pasado y el futuro solo existen en el presente. Cuando vivo el presente estoy viviendo, cuando pienso en el pasado o en el futuro la nostalgia o las expectativas ilusas me están sacando del aquí y ahora de la vida.
Sólo en el presente de mi existir me vivo; sólo vivo el instante. Y aquí es interesante tener en cuenta que la muerte, como futuro que vivo en el presente, me ayuda a disfrutar cada minuto, a saborear cada momento en su instante único. La muerte, que como realidad futura es inexistente, es determinante para leer el presente. En el siglo IV dijo Epicuro que “la muerte no es nada para nosotros, porque cuando nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no existimos”. Sin embargo, ¿no será que la misma vida es muerte?
Vivir como si la muerte no existiera es un desatino. Hay que aceptar que la vida tiene un fin: morir; y entiendo ese "fin" no sólo como dato cronológico sino también existencial; la finalidad, el fin, de la vida es morir; vivir para morir. Esto si que es un misterio, el misterio cristiano por excelencia, si le añadimos que "morir es vivir"; como si la muerte fuera la semilla donde se encierra la vida para poder ser fructífera (Jn 12,24).
Merece la pena pensar en esto, y meditar sobre ello. Es un misterio el hecho de que por la muerte de Cristo nos venga la vida y que Él hubiera dicho que el que quiera vivir que muera primero (Mt 1,39). Tampoco se pueden desdeñar las palabras de san Pablo cuando dice que para él morir con Cristo es ganancia (Flp 1,21), idea que santa Teresa expone en su célebre "Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero". La manera de fundir vida y muerte en estos textos revela la mística, el misterio de que quien huye de la muerte acaba perdiendo la vida; y quien la abraza la encuentra (Mt 16,25).
Meditar-contemplar la muerte
No hay que ser muy inteligente para entender que no hay nada más cierto que la muerte. De ahí que no podamos hablar de misterio al referirnos no al hecho de la muerte como evidencia física sino al sentido que aporta a la realidad de la vida este acontecimiento.
El filósofo Sören Kierkegaard dio a entender que sufrimos una enfermedad mortal que se llama vida. La ciencia misma advierte que el proceso de la vida biológica se realiza al ritmo de la muerte; las células que hoy componen nuestro cuerpo no son las que existían al principio ni serán las que lo conformen en unos años. El cuerpo, además, envejece y se deteriora por más que le apliquemos potingues que mantengan terso y brillante el cutis. Aunque cuidemos la apariencia de la carrocería, e incluso aunque seamos exquisitos en la alimentación y el ejercicio físico, los órganos internos, el motor, las vísceras, la parte más vital del ser humano, acaban por colapsar y sobreviene la muerte. El cuerpo envejecido dejará de funcionar.
Deberíamos meditar a menudo sobre la muerte, quizá no a diario ni de modo obsesivo, pero sí tenerla en cuenta para dar un sentido sólido a la vida. Es verdad que la inevitabilidad de la muerte puede ser ignorada; pero en ese caso estaríamos negando una parte de la realidad que nos afectaría. Quien la acepta y se hace amigo de la muerte puede aspirar a superar el miedo haciendo de ella una aliada en su día a día. Vivirse desde la muerte es entenderla y abrazarla como fuente de sabiduría.
¿Qué sabiduría y beneficios aporta la contemplación de la muerte a la vida espiritual? El primer beneficio de meditar sobre la muerte es que muchos problemas se evaporan sólo con esta práctica. Porque aceptando la muerte consigues de principio soltar la obsesión por el cuerpo y los apegos a bienes materiales que son sobrevalorados ignorando que algún día habrán de dejarse.
Un segundo beneficio es que la muerte enseña a considerar que todos participamos del mismo destino, y con ello se fortalece el espíritu compasivo al constatar que la muerte no es sólo cosa mía, es común a todos, tiene un aspecto comunitario que me mueve a sentirme más unido al sufrimiento y el destino de todas y cada una de las personas.
Y el tercer beneficio es que contemplando la muerte, y más en concreto mi muerte, aprendo a entenderla como parte de mi ser, y eso me ayuda a no temerla sino a amarla; y desde ahí puedo acceder a una gran paz interior; y desde esa paz inclinarme a llevar una vida más ética y bondadosa, con desapego de este mundo y amor a las virtudes eternas. Lo realmente nefasto es la muerte interior, que se da cuando se pone la vida en las posesiones y los placeres mundanos. Todo lo que vemos y disfrutamos ahora, algún día dejará de existir (Lc 21,6).
Conversión desde la cercanía de la muerte
Son numerosos los casos conocidos de personas que tras pasar por una experiencia cercana a la muerte han dado un giro total a sus vidas. Ese suceso supuso para ellas un auténtico despertar a la vida espiritual. A partir de ahí se plantearon: “¡tengo que cambiar mi vida”!.
En el crecimiento espiritual se puede llegar incluso a dar gracias a Dios por la “hermana muerte”, como canta san Francisco de Asís: “Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar". Es consolador que san Francisco llame "hermana" a la muerte.
Un ejemplo admirable y actual de lo mucho que se puede aprender al tocar de cerca, meditar y contemplar el acontecimiento de la muerte lo tenemos en Franz Jalics (1927-2021), místico de nuestro siglo. Él cuenta dos momentos en los que la cercanía de la muerte le abrió el alma y le puso en las puerta de entrada a una vida más espiritual y plena.
El primer momento le ocurrió en 1945 durante un bombardeo. Cuando tenía diecisiete años, fue movilizado como cadete para participar en la Segunda Guerra Mundial y vivió en Nuremberg la experiencia de sentirse víctima de un ataque aéreo . En medio de la explosión de las bombas, y ante la posibilidad inminente de morir, sintió un terror intenso. Sin embargo, en ese mismo instante, experimentó una paz profunda y una revelación espiritual poderosa: “Vi la vida eterna… Yo soy Dios, soy uno con Él.”
Percibió que Dios era uno con su ser, una experiencia de unidad que cambió radicalmente su comprensión de la vida. Este suceso quedó grabado como la vivencia que definirá luego el sentido de su misión espiritual: mostrar que Dios está presente en todas las dimensiones de la existencia. Así lo narra en primera persona:
"Si bien yo sabía ya a los seis años que sería sacerdote, la experiencia fundamental de mi vida fue a los diecisiete, en el bombardeo de Nüremberg. Fue ahí donde tuve la principal revelación de mi vida y donde se me hizo claro que mi misión en el mundo era mostrar el camino contemplativo, es decir, que Dios estaba en todo. Es evidente que entonces no podía saber todavía el cómo apostólico, pero sí el qué. La experiencia del miedo y de la rabia por no querer morir se me quedó grabadísima, pues fue en ese instante cuando vi, aunque apenas fueran un par de segundos, cómo es Dios uno conmigo. "Yo vi la vida eterna", podría decir. O, más aún: "Yo soy Dios, soy uno con Él".
Tras esta experiencia tuve que acabar el bachillerato y, dos años después, entré en el noviciado jesuita, donde ya a los diez días me atreví a decir a uno de mis compañeros que todos aquellos incontables actos de piedad que estructuraban la jornada estaban muy bien, pero que todo eso era innecesariamente complicado. Quiero decir que desde muy joven era consciente de que había que simplificar; y ello porque lo que yo había visto de Dios durante el bombardeo de Nüremberg era totalmente simple. Más tarde, en Argentina, en diversos grupos y en diálogo con otras religiones, empecé a desarrollar esta intuición de la simplicidad de la contemplación.
Un segundo momento experiencial donde vió Jalics la cercanía de la muerte tuvo lugar al sufrir un secuestro y detención en Argentina (1976). Durante cinco meses, detenido por la dictadura argentina, permaneció en prisión, esposado y encapuchado. Esta experiencia de vivir sin saber cada día si sería el último supuso para él una noche oscura que solidificó su camino espiritual. La idea de morir en cualquier momento estuvo siempre presente.
Durante ese confinamiento, recurrió constantemente a la oración del nombre de Jesús como mantra y soporte espiritual. “No fue el sufrimiento físico lo más duro, sino el proceso espiritual que me llevó a una profunda limpieza interna”. Esa purificación le permitió luego construir su método de oración contemplativa y asistencia espiritual.
Conclusión
Como en el caso de Franz Jalics, a muchas personas la experiencia - meditación -contemplación sobre la muerte, les ha conducido a un cambio radical de valores y de vida que se pueden resumir así:
* Dejar atrás el miedo, la ansiedad y el egoísmo. Entre los miedos que se dejan atrás al abrazar la muerte están el de la inseguridad económica, la enfermedad o la misma muerte física. Y como consecuencia se vive una experiencia de libertad que lanza a quien la posee a vivir de un modo nuevo, siguiendo con entusiasmo la vocación de amor a la que se siente llamada por Dios.
* Otro beneficio fruto de la aceptación de la muerte es que se gana en simplicidad. La vida no es tan complicada cuando se acepta en su curso natural y en su limitación temporal. Desde ahí se aprende a vivir en el presente, descubriendo a Dios como Presencia amorosa y auténtica.
* Y, de telón de fondo, se da una unificación con el Todo y con todos; espontáneamente se adopta una espiritualidad basada en la reconciliación interna, el perdón y el silencio contemplativo. Se pasa a vivir en la "comunión de los santos", sabiéndose uno entre tantos que ya recorrieron el camino de la vida y otros tantos que lo recorren con uno. Las barreras que hasta entonces me separaban de la humanidad desaparecen; cada ser humano es mi hermano, y cada ser vivo es mi compañero de viaje. Sé que cuando llegue al final seremos todos iguales, porque nos iguala el amor de Dios, que no hace distinción ni acepción de personas (Lc 20,21; Hch 10,34; Rm 2,11; Gal 2,6).
Meditar y contemplar la muerte no es, por tanto, un ejercicio de prevención de vicios por el miedo al infierno; tampoco es una invitación al pesimismo; es una oportunidad para crecer en el espíritu.
La consideración de la fragilidad de la vida y las experiencias de vulnerabilidad, cuando se miran desde el proyecto de Dios, conducen a un cambio interior necesario para que dejando atrás lo que antes considerábamos importante, caminemos con esperanza hacia el futuro glorioso al que da paso la experiencia de la muerte (cf Flp 3,8-11).
Noviembre 2025
Casto Acedo

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