miércoles, 31 de diciembre de 2025

María, Paz, Kairós (1 de Enero)

 En este día los cristianos celebramos principalmente la Solemnidad de la Virgen María como Madre de Dios. También es el día primero del año 2026, motivo profano que justifica que sea festivo no laboral. Y no podemos olvidar que desde tiempos del Papa Pablo VI se nos pide en este día orar especialmente por la paz. ¡Cuán necesario es en estos momentos! Decimos aquí algo sobre Santa María Madre de Dios, sobre la paz y sobre el sentido del tiempo. Tal vez el comentario de esta entrada sea de difícil asimilación para quienes no tengan cierta cultura filosófica y teológica , pero ahí va. 


Santa María, Madre de Dios.

Decir que la Virgen María es "madre de Dios" es una afirmación desconcertante. A los que estamos habituados a escucharlo no nos sorprende, pero a quien escucha esto por primera vez no puede menos que escandalizarle. Surgen las preguntas: si María es Madre de Dios, ¿quiere decir que Dios no ha existido hasta que ella lo da a luz? Si Dios nace de María, ¿no será María anterior y mayor que Dios? ¿Necesitó Dios de María para existir? 

Habituados a sabernos católicos no nos hemos preguntado nunca estas cosas; nos han dicho que María es madre de Dios y madre nuestra, y punto. Pero debemos entender bien éste título de María, sobre todo porque puede que nos veamos en la necesidad de dar razón de nuestra esperanza (1 Pe,3,15) a algún hermano de la Iglesia Evangélica, o a los testigos de Jehová que tanto se escandalizan de nuestras devociones marianas,  a alguien de la comunidad musulmana cada vez más presente entre nosotros, o simplemente a alguno de tantos ateos o indiferentes a la fe que gustan de ponernos en aprietos más o menos intelectuales cuando tienen oportunidad.

Para comprender el sentido del título de María como “Madre de Dios” hemos de remontarnos a su aparición en la historia de la Iglesia. Yendo al origen encontramos que el título, aplicado a María, viene del siglo V, y es consecuencia de los debates sobre la doble naturaleza (divina y humana) de Jesús. En el Concilio de Éfeso (451) se afirma la unidad indisoluble de la humanidad y divinidad en la persona del Verbo (Jesucristo). Por tanto, si no queremos admitir separación entre lo divino y lo humano en Jesucristo, hemos de terminar por admitir que el que nace de la Virgen María no es sólo el hombre-Jesús al que se le ha adherido el Dios-Jesús, sino el Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios y hombre verdadero.

No hay inconveniente, pues, en llamar madre de Dios (theotokos, en griego) a la santa Virgen María, pero matizando el sentido en el que se le aplica ese nombre: porque dio a luz al Verbo de Dios, "engendrado, no creado". “La divinidad y la humanidad constituyen para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad... Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre El el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen” (De la Carta de san Cirilo a Nestorio, DZ 111).

Es significativo que el título de Madre de Dios se desprenda de los debates sobre la identidad del Hijo, y en concreto de la defensa de su humanidad contra quienes no estaban dispuestos a admitir el misterio de "Dios hecho carne".

La vida de María, desde la anunciación-encarnación, permanece asociada a Jesús y a su misión; su ser Madre está en función del envío o venida del Hijo para la salvación de los "hijos". Por ello, tal vez las imágenes más acertadas de María son aquellas que la presentan ofreciendo al niño y como diciendo: aquí tenéis la razón de toda mi vida, aquí tenéis lo mejor que os puedo dar, un don que me supera incluso a mí misma… aquí tenéis al Salvador, el remedio de todos vuestros males.

María vivió su maternidad como experiencia no sólo humana, sino también divina. No vivió su gravidez sólo como plenitud de realización en la maternidad humana, sino también como experiencia de plenitud de Dios (llena de gracia). Desde su maternidad se convierte en esclava humilde al servicio del reino de Dios encarnado en su Hijo.

¿Qué significado podemos darle nosotros hoy a la figura de María como madre? Podemos seguir viéndola como la vieron los santos Padres: como portadora de un mensaje de salvación, mejor aún, como la que nos trae al mismo Salvador. Es María de la Na(ti)vidad, porque en ella y por ella nace Dios-con-nosotros (Enmanuel, por eso hoy es también el día de los que llevan el nombre de Manuel o Manuela). 


Orar por la paz

En el año 1968 el papa San Pablo VI, publicó un mensaje que comenzaba con estas palabras: «Nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad para exhortarlos a celebrar 'el Día de la Paz' en todo el mundo, el primer día del año civil».

El libro de los Números recoge una preciosa fórmula de bendición para el pueblo: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”. (Nm 6, 25-26). La paz es concesión, dádiva, don, gracia de Dios. Esa paz la recibimos en Jesús, Príncipe de la Paz.

El año 1972 Pablo VI proponía para esta jornada: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”, porque “una Paz que no sea resultado del verdadero respeto del hombre, no es verdadera Paz. Y ¿cómo llamamos a este sentido verdadero del hombre? Lo llamamos Justicia”. Vivimos tiempos de guerra (Ucrania, Gaza, Nigeria), de violencias de índole terrorista y en cierto modo institucional.  Se habla poco de derechos y muy poco de deberes; y entre esos deberes está la justicia. Pedimos justicia para nosotros pero no vemos el mismo interés en demandar la misma justicia para los otros. El exceso de noticias violentas nos está insensibilizando para ver el sufrimiento de muchas personas en el mundo. Es este el caldo de cultivo de nuevas guerras. Y aquí toca mucho de reflexionar y mucho que hacer.

Como Iglesia no podemos olvidar esto; la tarea de la Iglesia como agente de Caritas no puede ignorar el deber d3e trabajar por la justicia social; no podemos limitarnos a dar bálsamo a las heridas de quienes sufren, lo suyo es ir a la raíz del sufrimiento, a las causas de la enfermedad y poner el remedio antes de que esta tenga lugar. El remedio, una vez diagnosticado el mal, se llama Justicia, con mayúsculas, o si quieres, Cristo, que murió para establecer la justicia de Dios, “Él es nuestra paz” (Ef 2,14).

No dejes de orar en este día porque el Evangelio de la paz alcance a toda la tierra. 


Kairós, el momento presente.

Por el Misterio de la Encarnación María es considerada "Madre de Dios", es decir, cambia su estatus. Pues bien, ese cambio no sólo va a afectarle a ella y por extensión a todos los hombres; también afecta a toda la creación. Cristo pasa a ser el Centro de todo lo creado. En Él se unen la carne y el Espíritu, Dios y el hombre, el cielo y la tierra. A partir de ahora ya no habrá separación entre lo santo y lo profano. La irrupción de Dios encarnado en la historia lo santifica todo.

No hay pues, propiamente, unas personas santas y otras profanas, un pueblo santo y otro pagano, unos lugares sagrados y otros mundanos, unos objetos sagrados y otros profanos, un tiempo religioso y otro secular. No. Ya toda persona, lugar, objeto y tiempo, es sagrado y santo; en todos ellos podemos encontrarnos con Dios.

Esto quiere decir que celebrar el Año Nuevo no es algo solo propio de no creyentes. Cuando Cristo entra en la historia sometiéndose a los límites del espacio y el tiempo, quedan estos santificados. La redención de Cristo no solo afecta al hombre si no a toda realidad creada. Toda la creación ha sido redimida por Jesucristo. También el tiempo.

Y ¿qué aporta esto a nuestra espiritualidad? Muchas cosas. La primera es que todo tiempo es bueno para celebrar a Dios. Si bien es cierto que, por razones prácticas, en la Iglesia establecemos tiempos propios para acercarnos a Dios (Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Pascua, Pentecostés y Tiempo Ordinario), no obstante este calendario sólo tiene sentido a efectos prácticos. De hecho, hoy puede ser para ti Adviento (día de esperanza), Navidad (día de encarnación), Epifanía (día de luz), Cuaresma (día penitencial) Pascua (día de resurrección) o Pentecostés (día del Espíritu).  

El tiempo como sucesión de horas y días  es relativo,  la eternidad de Dios es sin principio ni fin,  no tiene límites, es absoluta. Dios es Presencia (presente) y Gracia (redención); en Jesucristo, el que era, el que es y el que será, confluyen pasado, presente y futuro. 

Hay una palabra griega que resume el tiempo cristiano: Kairós, presente total. En la mitología griega, Kairós (en griego antiguo καιρός) representa un lapso de tiempo diferente al tiempo habitual, que se denomina Cronos y  que es el tiempo que pasa y que se va consumiendo. Pero Kairós es el momento en el que algo importante sucede. Su significado literal es “momento adecuado u oportuno”.  El Nuevo Testamento  habla del  tiempo divino como el Kairós, que ha llegado con Jesucristo. 

Por tanto, el tiempo ha sido redimido de su esclavitud bajo el imperio del dios Cronos. La esclavitud del hombre sometido al cronómetro y el calendario ha sido abolida. La libertad se vive en el eterno Presente. Jesucristo. el Salvador, ha vencido al dios griego Cronos, que devoraba  a sus hijos. Con Jesucristo el reloj y  el calendario quedan reducidos a ser elementos prácticos para servicio de la humanidad; ya no pueden atar ni agobiar  a quienes viven en la libertad del Espíritu de Cristo

El cristiano ha aprendido a servirse del tiempo, a vivirlo antes que a someterse a él. La persona redimida por Cristo no vive el agobio de lo que pasó o lo que sucederá, vive con libertad el único tiempo, el Kairós, la Presencia divina que lo irradia todo. 

Quien se adentra en Cristo sabe que no hay más que un tiempo: el Presente (eternidad) con el que la Eternidad de Dios irrumpe en la creación. La definición de Dios como "Presencia" (presente eterno, absoluto) es una de las más adecuadas. A Dios no se le conoce en la nostalgia de hechos pasados; tampoco en ilusas proyecciones de futuro; a Dios se le conoce aquí y ahora, porque es Kairós, eterno presente. 

Me gusta recordar cada inicio de año las palabras de san Agustín en sus Confesiones y que en su apología de que solo existe el presente me anima a liberarme del apego a experiencias pasadas que nunca volverán o a la ilusión de un futuro que siempre es incierto:
“Lo que es claro y manifiesto es que no existen los pasados ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pasado, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación).

Si me es permitido hablar de otro modo, veo ya los tres tiempos y confieso que los tres existen. Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no me ocupo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Porque pocas son las cosas que hablamos con propiedad, muchas las que decimos de modo impropio, pero que se sabe lo que queremos decir con ellas”.(Confesiones, Libro XI, cap XX, 26)
Considera, pues, la entrada en el 2026 como una oportunidad para entrar en el ámbito del Kairós, el eterno presente, que no es sino vivirte en Dios, vivir cada instante en plenitud, abrazado a la Presencia del Amor Divino. Si lo haces así habrás roto las cadenas de Cronos y vivirás la libertad de la vida en Cristo, sabedor del pasado y expectante ante el futuro, pero asentado en la única vida que existe: la que disfrutas aquí y ahora, el presente.

Feliz año 2026.
Casto Acedo

lunes, 22 de diciembre de 2025

Navidad (25 de Diciembre).

EVANGELIO
Lc 2,1-14

En aquel tiempo apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!»

Palabra del Señor.


¿Qué sería de la Navidad si prescindiéramos del relato que san Lucas hace del nacimiento de Jesús? (2,1-14). Es importante conocer que la Navidad nace de un hecho histórico. Puede que muchos de los relatos bíblicos den sensación de mitos, de leyendas que no ocurrieron en el tiempo; pero es sólo la sensación, porque tras los relatos de la creación, de la caída, de Caín y Abel o del diluvio, hay unos acontecimientos reales; hay una naturaleza creada, hay un ego diabólico que engaña al yo adámico para alejarle de su esencia, hay hermanos que están en guerra, catástrofes fruto de la sobreexplotación de la tierra, etc., hay historia.

En los últimos años ha habido una tendencia a "desmontar la Navidad" recurriendo a teorías que tienen su parte de verdad, pero no son toda la verdad. Es cierto que la Navidad se coloca como fiesta en la fecha del solsticio de invierno, día del "sol invicto" para los romanos y para otras culturas. Los primeros cristianos nunca supieron el día exacto del nacimiento de Jesús, pero al fijar una fecha echan mano de la fiesta pagana del sol naciente dándole un sentido teológico; se dijeron: este día celebramos el nacimiento de Cristo, encarnación de Dios, a quien simboliza el astro rey: “nos visitará el sol que nace de lo alto”, Lc 1,78); Cristo es el Sol que nos ilumina, la luz que nos ha nacido.

El nacimiento de Jesús es historia. Y esto diferencia al cristianismo de las demás confesiones religiosas; nosotros afirmamos algo inaudito: Dios se ha hecho hombre, ha entrado en la historia de la humanidad, el Eterno e Infinito se abaja a las limitaciones del espacio y el tiempo, acepta ser uno de nosotros, semejante en todo menos en el pecado. Misterio incomprensible y sólo explicable como misterio de amor. Si no tenemos claro este hecho y reducimos la Navidad a mito, si no hay "nacimiento histórico de Dios en Jesús" no hay Esperanza (con mayúsculas, Esperanza cumplida en fe y abierta a un futuro siempre nuevo) y nos quedaría sólo la minúscula esperanza  del eterno retorno de lo mismo: la esperanza cerrada, la espera pasiva, abandono a la expectativa improbable de que se cumplan  nuestros particulares deseos.

* * *
El pasaje de san Lucas no es una simple leyenda que pretenda emocionar sino una memoria, un relato con trasfondo histórico que invita a la persona a tomar postura ante lo que el mundo pone ante sí.  Traigamos a  consideración algunos versículos del  Evangelio de la Natividad.

1) “Salió un decreto del emperador Augusto..., durante el mandato de Quirino”. La serie de datos históricos que  nos da en el evangelio de Lucas no son baladíes; nos dicen lo que ya comentamos, que el nacimiento de Jesús no es un mito, sino un hecho histórico que ocurre en un lugar y momento concretos. ¿Qué pintan el emperador Augusto y el gobernador Quirino en los escritos evangélicos? Pues eso, certificar que no estamos hablando de leyendas sino de historia. Muy importante esto.

Dice el relato que Jesús nace en circunstancias dolorosas, durante un largo viaje que el Emperador  obliga a hacer a sus padres para que se empadronen en su ciudad natal; unos padres que deben inscribirse en el censo de un imperio que ellos no han escogido, pero al que deben pagar puntualmente sus impuestos; ese era el objetivo del censo: asegurarse el pago, o lo que es lo mismo, poder explotar con cargas financieras a los pobres. Y Dios, que escribe derecho con renglones torcidos, aparece en la historia en esas circunstancias de injusticia. Nace en lo más bajo, tal vez porque así su lenguaje será entendido por todos. 

Aceptando esto, procura huir  de la Navidad del mito, que la reduce a sentimentalismo y beatería.  Acoge la Navidad como un toque a tu historia, porque el nacimiento del Niño-Dios no es un mito in-temporal y a-espacial, sino un acontecimiento, un hecho para ti "aquí y ahora". Navidad no es pasado (nació) ni futuro (nacerá), es presente, presencia de Dios (nace). "

Hoy es el día de la gracia, Hoy  es el día de la salvación" (2 Cor 6,2). La Navidad conmueve las entrañas, desentumece los brazos, y mueve a la acción. El niño que calla ante la imposición imperialista que le obliga a nacer en una cueva de Belén, no callará ante el sistema demoníaco que hace del mundo un infierno. Si no percibes lo injusto de nacer en Belén, lejos del hogar, y no sientes una llamada a trabajar por la justicia, deberías "mirarte tu navidad".



2) “No tenían sitio en la posada”. Es una imagen muy socorrida para abrir  los ojos a la solidaridad. A Dios mismo se le cierran las puertas de su casa. “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron (Jn 1,11)”. La luz no es fácil de percibir cuando las tinieblas del pecado oscurecen los ojos. Durante el tiempo de Adviento se nos ha invitado a preparar el camino al Señor, a hacer una buena penitencia, a abrir nuestro corazón a la venida del Salvador.

“Mira que estoy a la puerta y llamo” (Ap,3,20); Cristo Jesús llama a tu puerta en Navidad. ¿Le abrirás? No sé qué harás, pero una cosa es segura: Él sí tiene las puertas abiertas para ti. Él mismo dice “yo soy la puerta” (Jn 10,9). En Navidad se abre la puerta de Dios,  la puerta de la Vida, las puertas del Reino de los cielos, para ti. 
Es importante dejar que Dios entre en tu vida; pero más importante aún es que tú entres en la vida de Dios, en su Evangelio. Jesús viene para ser “puerta” abierta, brazos abiertos, para que entres en Dios y te dejes acunar por Él; con Jesús, que come con publicanos y pecadores, se te abren las puertas de la misericordia. Esto es Navidad.

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3) Había unos pastores… y un ángel del Señor se les presentó… Se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: No temáis”. ¿No nos recuerda esto a otra aparición de ángeles? “No temáis… no está aquí, ha resucitado” (cf Mt 28,5-6).

No tengáis miedo a Dios; Herodes le tendrá miedo y querrá quitárselo de en medio; igualmente los poderosos del momento (saduceos, fariseos, ...) querrán eliminar a Jesús, porque les hace la competencia –o al menos eso piensan ellos-; en contraposición, unos pastores, adelanto de aquellos que serán discípulos y apóstoles, acogen el anuncio del ángel y lo transmiten a los que encuentran en su camino; son los primeros evangelizadores: “Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores (Lc 2,18).

No tengas miedo a Dios, porque Dios es inofensivo. ¿Algo más inofensivo que un bebé? Míralo y déjate mirar por Él; y luego, cuenta a otros lo que has visto.

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4) "Os traigo la gran noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Una señal: un niño fajado, envuelto en pañales; acostado en un pesebre; la tradición iconográfica de oriente suele pintar a Jesús totalmente aprisionado en las gasas, y acostado en un pesebre que más bien parece un pequeño sepulcro. Esa es la señal.

¿Cuál es la señal del cristiano? La santa cruz. Ese niño envuelto en debilidad, atado a la tierra, Dios-débil, es el mismo que será crucificado, “debilidad” del amor de Dios clavado en la cruz. En cierto sentido el amor es “débil”; “Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a lo fuerte” (1 Cor 1,27). El amor nos hace vulnerables.

Vulnerabilidad, debilidad, de Cristo en la cruz; arrodillarte ante el Belén es arrodillarte ante la cruz (recuerda el acto de “adoración” de la cruz del Viernes Santo), o, lo que es aún más exigente, arrodillarte ante el Santísimo expuesto,  o ante el Sagrario, “Belén viviente” expuesto todo el año; Dios con nosotros en la tienda del encuentro.

Navidad es un buen tiempo para hacerte débil, vulnerable en el amor. No temas emocionarte y llorar; no temas ser criticado por tu "debilidad de amor", por tu decisión de amar más allá de los cánones que te impone tu "personaje". La belleza de la vida no está en el egoísmo inmutable, encallecido e insensible; la hermosura brilla en la debilidad en la que nos sumerge el amor. Cada toque de amor que recibas estos días es un requiebro del amor de Dios que te va llevando a desearle a Él más y más. Sólo en el Niño-Dios va a encontrar remedio tu herida de amor.  

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5) Una legión del ejército celestial alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”. Dios ama a todos. A todos desea la paz. El Salvador ha venido para que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,3). La Navidad es “universal” (católica); no puede reducirse a unos pocos, aunque esos pocos sean los que la celebramos externamente. Ese niño que nace en Belén viene para reconciliar a todos los hombres de todos los lugares y tiempos.

La Epifanía de Dios no tiene fronteras. El día 6 de Enero se nos recordará; judíos, griegos, paganos de todo tipo, tienen abierta una puerta para entrar en la vida de Dios. La Navidad es misionera, porque el Hijo de Dios ha sido enviado a anunciar a los hombres la Buena Noticia, y sus seguidores no pueden menos que hacer lo mismo que el Hijo, que “ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).

"En la tierra paz a los hombres que Dios ama”. Paz para Ucrania, paz para Rusia, paz para Gaza, paz para cualquier pueblo en guerra, paz para todos, paz  para ti. ¿Sabes que Dios te ama? Deja que su voz susurre en tu silencio: "¡N. Te quiero!". Aquí tienes un buen ejercicio de contemplación para estos días. Contemplar, mirar, el amor que Dios te tiene. Mucho antes de que tú le amaras, antes de tu conversión, ya te tenía Él en su corazón. Gózate en esta Buena Nueva: "¡Siempre he estado contigo -te dice-, y hoy, con mi Natividad, vengo a decírtelo!". Sumérgete en la paz que da saberte en brazos de Dios.
 
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En unión con la Iglesia y el mundo entero, celebremos y gocemos la Navidad del Señor, su inmenso amor a los hombres. Dios nos ama; y “si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Rm 8,31).

¡FELIZ NAVIDAD DEL SEÑOR!

Diciembre 2025
Casto Acedo Gómez. 

martes, 16 de diciembre de 2025

El "sí" de María y José (Domingo 21 de Diciembre)

EVANGELIO
Mateo 1,18-24.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.

Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

¡Palabra del Señor!

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Los padres de Jesús

En el segundo domingo de Adviento contemplábamos al profeta Isaías y a san Juan Bautista como heraldos de la esperanza; y a ellos añadíamos a la Virgen María en la fiesta de la Inmaculada. Hoy ésta vuelve a aparecer en los textos: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros". Esta profecía aplicada por la tradición cristiana a la Virgen María anuncia que será la Madre del Señor. También el Evangelio de hoy habla de ella, pero en íntima relación con san José su esposo; "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados".

Los padres de Jesús se presentan en los evangelios como el ejemplo más evidente para  preparar la Navidad. Ellos vivieron y prepararon el acontecimiento del nacimiento de Jesús con el esmero y cuidado de unos padres que esperan la llegada de su primogénito.

No tuvieron la suerte de que todo saliera a su gusto; hubieron de gestionar tanto la aceptación del embarazo como el parto en circunstancias adversas. Debieron soltar muchas cosas; antes de la anunciación José y María tendrían sus planes, pero la irrupción de Dios en sus vidas lo cambió todo.

El mismo evangelio de hoy deja ver lo dramático de la situación: “María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo". Imagina los sentimientos de José al enterarse de que la mujer a la que amaba y con la que ya había formalizado los desposorios le ha traicionado; sus ilusiones debieron venirse abajo. Lo más lógico es que surgiera en él un punto de rabia; pero no se refleja en su corazón desprecio ni violencia hacia María. El amor sigue estando ahí: "José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto”. Donde todos emitirían un un juicio de condenación sin embargo José perdona. Piensa que María no ha estado a la altura, pero ante el hecho que se le presenta (la infidelidad estaba castigada con la lapidación) pone la misericordia en lugar de la ley.

Aquí tenemos una pista para preparar la venida del Señor: soltar la ley, aflojar el espíritu legalista de nuestra fe, esperanza y amor. Hacer esto no es despreciarla la ley, es simplemente darle su justo valor. La ley tiene la función de poner en evidencia la falta de virtudes; pero la ley no salva si no se le antepone la misericordia; es la misericordia de Dios y nuestra respuesta siendo misericordiosos lo que nos justifica ante Él (Mt 5,7). La ley, más que premiar a quien la cumple (¿te premian porque te paras ante el semáforo en verde?), se usa para castigar a quién no la respeta; su pedagogía es negativa. La misericordia, sin embargo, restituye al pecador su dignidad perdida. 

José es ejemplo de cómo Dios se abre paso en la historia a través de personas que están dispuestos a cambiar sus planes anteponiendo la compasión a la imposición del “esto tiene que ser así porque lo manda la ley, o la costumbre", o "esto es lo que siempre se ha hecho”. Si algo va a hacer el Niño que nace en Navidad es darle un giro a la idea de un Padre Dios legalista y vengativo; Dios es pura misericordia y compasión, amor sin límites; dispuesto a ser el último para devolver la pureza original a nuestra naturaleza. Y en una fe así José es un adelantado. 


El "sí" de María y José

Si la Virgen en la anunciación dijo fiat, “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). José dió también su “sí”. Cuando se despertó del sueño en que le habló el Ángel, “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer”. Es decir, aceptó también la misión de llevar adelante el Misterio que Dios le revelaba.

María y José dijeron sí a Dios, y se dijeron sí mutuamente en la Alianza Nupcial. Y es importante anotar que su sí personal y mutuo no generó contradicción ni conflicto alguno con su sí a Dios, porque el amor a Dios no anula ni empobrece el amor matrimonial y familiar; al contrario, se enriquece con ello.

El poder de Dios no impone nada, simplemente acompaña a quien se acoge a él. Cuando el demonio entra en la vida de una persona decimos que toma posesión de ella; por eso a los endemoniados se les llama “posesos” o “poseídos”, que no es otra cosa que decir “esclavos del mal”. Dios no actúa así. No se apodera con violencia o engaño del corazón de nadie, sino que obra con dulzura y suavidad, pidiendo permiso. Dios no se apodera de nadie, encuentra aposento en quien libremente le recibe en su casa. Así lo hizo María en la Anunciación (cf Lc 1,26-38), y así lo hizo José respondiendo al sueño revelador de los planes de Dios. La feliz pareja se vio sorprendida por un gesto de amor inesperado de parte de Dios. 

Situados ante la vocación de acogida a la que Dios les invitaba imagino en ellos una mezcla de sentimientos de gozo, responsabilidad y temor. Su vida debió de cambiar mucho a partir del día en que con su matrimonio asumieron la tarea de formar una familia que acogiera al Niño que ella esperaba. El “sí” de su amor mutuo se fundió con su “sí” a Dios. ¡Hermoso programa de vida familiar! Con su amor hicieron visible el amor de Dios incluso antes de que naciera Jesús; ellos mismos se hicieron sacramento de Dios, porque donde hay amor, allí está Él (cf 1 Jn 4,7-21).

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La tarea del Adviento es soltar estorbos e impedimentos a la gracia de Dios, dejarse empapar por la misericordia divina y permitir que fluya libremente allí donde te encuentras. Cercana su venida, Dios pide permiso para entrar en tu vida. ¿Estás dispuesto a acogerlo? 

En la preparación inmediata a la Navidad no debería de faltar una buena limpieza de la casa interior. Para ello tenemos la oportunidad de participar en la celebración sacramental de la penitencia; celebración que no ha de quedar reducida a un rito, un “cumplimiento”; ¡ay si José hubiera limitado a cumplir la ley!, en ese caso María habría sido juzgada y condenada. Celebrar la penitencia es entrar en la senda de la conversión al Niño, ponerse en camino de ser bueno, acogedor, misericordioso, cercano al pobre y desvalido, abierto a Dios y a los que te rodean. Celebrar la Navidad es encender una lámpara en tu corazón para verte mejor a tí  mism@ e iluminar con la luz de Cristo Jesús a quienes viven en la oscuridad.

¡Feliz Domingo cuarto de Adviento!

Diciembre 2025
Casto Acedo

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Alegres en la tribulación (Domingo 14 de Adviento)

 

TEXTOS

“El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios” (Is 35,1-2).

“Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!” (Mt 11,2-5)

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«Mirad a los cristianos. Siguen a un resucitado, pero sus caras son de muertos. ¿Cómo voy a creer a estos cristianos que, siguiendo a un salvador, no tienen cara de redimidos?»Lo dijo hace más de un siglo F. Nietzsche, nihilista y ateo confeso. Ha pasado mucho tiempo y hace unos años esa misma idea la volvimos a ver promovida por grupos afines al nuevo ateísmo de Oxford, que hicieron campaña anti-religiosa con un eslogan que pasearon en autobuses urbanos de varias ciudades europeas: «Probablemente Dios no existe. No te preocupes. Disfruta de la vida».

Estas afirmaciones esconden una concepción de Dios y de la fe como algo oscuro y triste. No son pocos los que consideran la religión como un código de prohibiciones que limitan la felicidad del adepto. Pero ¿responde esa apreciación a la realidad del cristianismo de hoy? Muchas veces hemos escuchado aquello de que "un cristiano triste es un triste cristiano", una frase que expone el problema y nos obliga a pensar cómo vivimos cada uno nuestra fe personal y comunitaria. Y no solo pensarlo de cara a la galería sino también de cara a uno mismo. ¿Merece la pena engañarnos poniendo cara sonriente si de veras la felicidad no riega nuestras entrañas?

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El domingo tercero de Adviento es conocido como el domingo gaudete o de la alegría: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa, ... festejará con gozo y cantos de júbilo" proclama Isaías (35,1-2); en el evangelio el Bautista señala motivos para alegría: "Id y anunciad lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; lo s  leprosos quedan limpios y los sordos oyen; os muertos resucitan y a los pobres ese le anuncia la buena noticia". Estos textos de la liturgia de este domingo ponen de manifiesto que lo propio de quien cree en el Dios de Jesucristo es el gozo, la felicidad, la luz. Sin embargo ¿por qué a veces damos la impresión de tristeza y abatimiento? 

Tal vez el problema de la imagen gris que transmitimos tenga so origen en la educación religiosa recibida, más centrada en el cómo (moralidad, ascética) que en el qué (teología mística, experiencia viva de Dios) de la fe; falta vivencia interior, y como no se puede dar lo que no se tiene, no hay manera de plasmar en nuestros rostros la alegría de la Pascua.

 ¿No resulta absurdo hablar de “obligación de ir a misa” cuando nos referimos a la participación en el gozo de la Eucaristía dominical? ¿Tendría sentido una ley que obligara a una madre a amar a su hijo? La religión, y dentro de ella sacramentos de gozo como son la Eucaristía y la Reconciliación, más que una ayuda para encarar la vida con alegría es entendida por muchos como una ingrata sobrecarga añadida a sus múltiples esfuerzos por ser buenos cristianos. Por eso la impresión que damos es la de personas más encadenadas a Dios que liberadas por Él. ¿Tendrá razón Nietzsche?

Hemos de dar un paso para adentrarnos en el misterio de la alegría como experiencia profunda. Normalmente buscamos la felicidad y con ella la alegría en cosas exteriores, en un cambio del entorno. Tendemos a confundir la alegría con el placer efímero, aunque este sea espiritual. O la confundimos con el éxito personal o eclesial: ¿Seríamos más felices si la Iglesia creciera en devotos?, ¿basta que se cumplan mis deseos para ser feliz?, ¿consiste el gozo profundo en cumplir los mandamientos?, el joven del evangelio decía cumplirlos pero seguía insatisfecho: "Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?" (Mt 18,20).

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¿Dónde se encuentra la verdadera alegría? 

Hay una florecilla de san Francisco que me impresionó desde el momento en que tuve noticia de ella y gusto de referirla una y otra vez. El relato descoloca la lógica mundana de nuestros pensamientos, pero  nos ayuda a entender de dónde nace y dónde se encuentra la verdadera alegría.


El bienaventurado Francisco, en Santa María de la Porciúncula, llamó a fray León, que acudió a su lado y se dispuso a escuchar y escribir:

-Héme aquí preparado.

-Escribe –dijo Francisco– ¿cuál es la verdadera alegría?.

Imagina que viene un mensajero y dice que todos los maestros de la universidad de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.

Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra entran a formar parte de nuestra hermandad. Escribe: No es la verdadera alegría.

Imagina también que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; o que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.

Pero, entonces, ¿cuál es la verdadera alegría? -repuso el hermano León-.

Piensa, hermano, que volvemos de Perusa y en mitad de una noche oscura llegamos aquí, a nuestra casa. Es tiempo de invierno, de lodos y de frío, hasta el punto de que se forman canelones de agua congelada en las extremidades de la túnica que hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.

Envueltos en lodo, frío y hielo, llegamos a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, molesto por lo intempestivo de la hora, acude el hermano portero y pregunta: -¿Quién es? Yo respondo: -El hermano Francisco y el hermano León. Y él dice: Fuera; no os conozco, melindres, no es una hora decente para andar mendigando por los caminos; no entraréis. E insistiendo yo de nuevo, me responde otra vez: no os conozco, no os puedo abrir a esta hora.

Y yo de nuevo de pie en la puerta le digo: Por amor de Dios, abridnos. Y él responde: No lo haré. Iros al lugar de los Crucíferos y pedid allí.

Sigo insistiendo, y el hermano portero, perdida la paciencia, con un palo nudoso en sus manos, sale afuera y nos apalea a los dos dejándonos ensangrentados, bañados en lodo y ateridos de frío en la oscuridad de la noche.

Si en esas circunstancias, hermano, hemos tenido paciencia y no nos hemos alterado ni siquiera un ápice, y no hemos proferido palabra de reproche o deseado mal alguno al hermano portero, ahí está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la verdadera caridad.

Escribe, hermano León.

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En esta lección franciscana, difícil de entender desde una visión superficial de la realidad, queda claro que la verdadera alegría no es cosa que nos pueda llegar desde fuera, sino algo que nace dentro. Hay cierto gozo en que ocurran cosas buenas, como sería el hecho de que la orden franciscana tenga éxito o que todos los infieles se conviertan; o que yo llegue a ser un cristiano cumplidor y a través mío se acerquen muchos a Dios;  pero esos toques de gozo externo carecen de la firmeza propia de la perfecta alegría. ¿Qué ocurre si cambian las condiciones externas y no hay ni conversión de infieles, ni éxito de la orden franciscana, y aunque lo intento nadie se acerca a Dios por mi palabra? Si la felicidad es causada desde el exterior la alegría mostraría su imperfección. 

La explicación de san  Francisco va más a la raíz. La perfecta alegría no se escandaliza por las dificultades, los rechazos, las tribulaciones, porque su fuente no está en nuestros deseos sino en la adhesión a la cruz de Cristo, en la búsqueda y aceptación de la voluntad de Dios. "Considerad como perfecta alegría, hermanos -dice la carta de Santiago- el estar rodeados de pruebas de todo género. Tener en cuenta que al pasar por el crisol de la prueba vuestra fe produce paciencia, y la paciencia completará la obra de Dios, de manera que seáis perfectos y cabales, sin deficiencia alguna" (Sant 1,2-4). 

La felicidad y alegría dependen mucho de lo que se espera. Cuando mis esperanzas se confunden con mis expectativas o deseos difícilmente seré feliz; todas las circunstancias exteriores a mi persona tendrían que coincidir con mis esperanzas. Pero si  abandono "mis esperanzas" y pongo la esperanza sólo en Dios, (¡esto es esperar en Adviento!) es posible que pueda estar alegre, porque sólo con Dios tengo garantías de estabilidad en medio de las pruebas de la vida. 

Referida esta florecilla franciscana no podemos dejar de mencionar el evangelio de las bienaventuranzas, que culmina con una afirmación aparentemente contradictoria:   "Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos" (Mt 5,11-12). Ésta, como las demás bienaventuranzas, canta la perfecta alegría evangélica. 

¿Cómo se puede estar alegre y feliz al tiempo que se sufren persecuciones y calumnias? Es la paradoja de la cruz; nunca se entenderá. Vivir esto es un don de Dios. Quien recibe esta gracia permanece firme en las tribulaciones, su firmeza no la puede derribar ni entristecer ninguna tragedia humana, por dolorosa que sea. Podemos entender desde aquí lo que dice san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses. "Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros" (5,18); en toda ocasión podemos dar gracias a Dios, porque todo lo pone Dios ante nosotros para nuestro bien; ahora bien, no confundamos "dar gracias en toda ocasión" con dar gracias "por todo lo que ocurre"; no hay que dar gracias por el mal, sino mantenerse en acción de gracias cuando sobreviene; por muy trágico que sea el momento puede ser mayor la seguridad de que Dios sigue estando de nuestra parte. Sólo visto así se justifican las palabras similares de san Pablo a los Romanos: "Que la esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, Sed asiduos en la oración" (12,12).


"Si en esas circunstancias, hermano León, hemos tenido paciencia y no nos hemos alterado ni siquiera un ápice, y no hemos proferido palabra de reproche o deseado mal alguno al hermano portero, ahí está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la verdadera caridad". La alegría verdadera está arraigada en el corazón y es el fruto del abajamiento a una humildad extrema capaz de perdonar al hermano portero que te apalea en su ignorancia, y capaz incluso de ver en ese suceso un motivo para dar gracias a Dios, que da en estas cosas la oportunidad para crecer en paciencia, bondad y misericordia. Entender y vivir esto es el fruto de la oración contemplativa, que aprende a ver a Dios implicado en todos los avatares de la vida.

Recuerda a Jesús en Belén. No parece haber muchos motivos de alegría en las circunstancias de su nacimiento: lejos de casa, sin posada, alojado en un establo y colocado en un pesebre. Pero muchos se alegraron de su nacimiento; entre ellos José y María, sus padres; y también los pastores; gente humilde. Está claro que su alegría no la motivaron brillos exteriores sino la contemplación del misterio de la presencia y cercanía de Dios,  que es la fuente de la alegría capaz de superar todas las dificultades que puedan salirle al paso.

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La consciencia del amor de Dios, no de nuestro amor a Él sino de su amor por nosotros, es la clave de la alegría cristiana. Convéncete: Dios te ama. Si crees esto de veras ¿no brotará en ti la alegría?  Y si Dios te ama,  si Dios es amor, ¿no estará la verdadera alegría en amar? Así es, hay más dicha en dar amor que en recibirlo. Quién mira más por el prójimo que por sí mismo ha encontrado la felicidad.  Imagina a san Francisco perdonando la ignorancia del fraile que le apalea, y hallando en ello motivo de alegría; no porque fuera masoquista y disfrutara sufriendo, sino por experimentar en la propia carne que amar es siempre más gratificante que odiar. Si es así,  ¿por qué no lo pruebas estos días? 

La alegría del Adviento está ligada al arraigo en el corazón de la esperanza en Dios a pesar de las contrariedades. La Navidad es el gozo de saber que el Niño Dios ha vencido el sufrimiento y la muerte, y de que anclados en su amor nada podemos temer. No nos alegran estos días los adornos y caprichos navideños sino el gesto inaudito de Dios que en un arrebato de amor se ha encaprichado con nosotros.

Feliz domingo de la alegría.

Diciembre 2025
Casto Acedo 

jueves, 4 de diciembre de 2025

El sueño del Adviento (Domingo 7 de Diciembre)

Lectura de la profecía de  Isaías
(11,1-10):

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. 

Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. 

Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. 

No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar.

¡Palabra de Dios!


El sueño de Isaías

Leyendo el texto de Isaías imagino un mundo idílico e imposible. ¿Cómo van a convivir en paz un cordero con un lobo, una pantera con un cabrito, un novillo con un león? ¿Jugará la serpiente con el niño cuando este meta la mano en su madriguera? La lógica misma me lleva incluso a negarme a pensar en eso. No puede ser más que una utopía, un sueño irreal e inalcanzable; un sueño de Dios. 

Tal vez el objetivo y la razón de este texto sea hacernos entrar en trance,  arrastrarnos a tener visiones de un futuro de paz y armonía que nos parecen inaccesibles. Lo hemos intentado, pero la guerra y el desorden vuelven una y otra vez.  ¿Conseguiremos algún día la tan deseada paz? 

¿Qué o quién hace posible el idilio que describe Isaías? Se apunta algo en el texto: UN NIÑO: “un muchacho pequeño los pastorea”. Poco antes de estas palabras el profeta había dicho: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: ... Príncipe de la paz» (Is 9, 5). Ese niño, "renuevo del tronco de Jesé", es Jesús. Y hoy Juan Bautista invita a volvernos a  Él. “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 1,2). 

Vivimos en un tiempo de saturación hedonista y desencanto. Nos hemos vuelto tan racionales, tan científicos, que se nos ha atrofiado el corazón, que es el órgano de la esperanza y el amor, motor de la fantasía y de los sueños.  Cuando un pueblo o una persona dejan de soñar enferman. ¿Qué otra cosa nos mueve sino los sueños? Por supuesto que no hablo del sueño físico que seda el cuerpo y amodorra el alma, sino de esos otros sueños que sobrevuelan los muros del odio, la violencia y la guerra y ven que al otro lado está el paraíso del amor, de la ternura y de la paz.

La historia ha demostrado el poder de estos sueños a los que también llamamos utopías. Son ideales de un mundo perfecto y justo donde todo discurre en armonía y sin conflictos. “Pese a todas las dificultades y frustraciones del momento, yo todavía tengo un sueño,  -decía M. Luther King- … un sueño de que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: … que todos los hombres son creados iguales. ... Tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel ...  ¡Yo tengo hoy un sueño !” (M. Luther King). A estos sueños me refiero.

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Recuperar la esperanza 

El tiempo de Adviento invita a recuperar la utopía, a creer que se puede despertar de  las pesadillas del hambre, de la guerra y de la muerte. Ahí donde la vida se dibuja desértica, lúgubre e infructuosa, en el núcleo de los fracasos humanos, se alza la voz del profeta: “¡Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos!” (Mt 1,3), ¡soñad un mundo distinto y nuevo!.

Dios tiene un sueño, un proyecto para la humanidad. San Mateo lo llama "Reino de los cielos", san Marcos y san Lucas "Reino de Dios".  Es un estado de cosas en el que la  justicia, la paz, y el amor vertebran las relaciones humanas. Se llega a él por la conversión, por un cambio de chip, una visión nueva de la realidad. 

Solemos mirar la realidad como una suma de opuestos: blanco-negro; arriba-abajo, cordero-lobo, pantera-cabrito, novillo-león, ateo-creyente, esclavo-libre, hombre-mujer, etc. El diablo (literalmente "el que divide enfrentando") se ha metido por medio y gusta de oponer unas cosas a otras, de  hacernos creer que la división es inevitable tanto dentro como fuera de las personas. 

Preparar la Navidad es abrir los ojos a un nuevo conocimiento,  una nueva ciencia, un saber,  que no se basa en la separación sino en la unión.  El Reino de Dios nos hace iguales sin que perdamos nuestras diferencias. Éstas se quedan para las formas exteriores que catalogan a las personas en razón de insignificancias como la raza, el sexo, los títulos, la nación, el partido político,  la religión, etc. Son divisiones formales que acostumbramos a hacer desde nuestra orilla, pero  del lado de Dios “no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). 

El “amar” de Dios sobrevuela todos los límites y divisiones, borra los muros que inventamos; convertirte en Adviento es dejar de inventarte un mundo a tu medida,  atreverte a amar como Dios ama, “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Rm  15,5; Flp 2,1). Si hacemos del sentir de Dios nuestro sentir, del mirar de Dios nuestro mirar, de su conocimiento el nuestro, ya no hay división ni oposición  sino unidad y comunión. Vueltos a Dios y a su Reino cada parte del todo encuentra su lugar sin oponerse a la otra; entonces “nadie causará daño ni estrago, porque estará lleno el país del conocimiento del Señor”. A esta Navidad, al cumplimiento de esta esperanza, apunta el  Adviento.


Elimina barreras físicas y mentales.

Escucha la voz del profeta Isaías y sobrevuela con la mirada de Dios los muros que te separan del mundo y de las demás personas. ¿Qué prejuicios mentales te impiden vivir en comunión? ¿Qué muros te separan de Dios, de los hermanos, de la creación (naturaleza e historia) y de ti mismo? Tu vocación es ser uno con todos y con todo. Deja a un lado lo que te impida responder a esta llamada.

El diablo se suele meter en tu corazón invitándote a entrar en el juego de las comparaciones: "bueno-malo", "católico-protestante", "conservador-progresista", “cristiano-musulmán”, "bautizado-no bautizado", "rico-pobre", “laico-sacerdote", etc. Tras cada uno de esos formalismos, útiles para el funcionamiento de la vida social, se esconde un estorbo cuando los idolatras, es decir, cuando haces de ellos tu criterio de identidad.

Al menos en tus relaciones humanas y en tu oración a Dios libérate de los formalismos que dividen y pueden alejarte de lo esencial. No mires tanto lo que te separa de otros cuanto lo que te une. Cuando te defines por las formas tiendes a la comparación, a la diferencia, y desde ellas te pierdes. “No os hagáis ilusiones pensando: tenemos por Padre a Abrahán” (Mt 3,9). Estar circuncidado, como estar bautizado, más allá de lo que supone haber formalizado tu espiritualidad en un grupo religioso, no  es motivo para estar seguro de ir por el buen camino. ¿Recuerdas cómo el hermano mayor se compara con el menor en la parábola del hijo pródigo? (Lc 15,29-30), ¿o cómo el fariseo que oraba en el templo se comparaba con el publicano en la parábola? (Lc 18,11-12). Su "formalidad" no les garantiza la vida.

En el amor de Dios no hay comparaciones ni acepción de personas, Él ama a todos por  igual, "hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45); me atrevería a decir que para Él, más allá de las apreciaciones humanas, ni siquiera  hay justos e injustos (¿quién es justo ante Dios?), sólo personas. Por tanto, en tu vida espiritual no te compares con quien consideras mejor que tú, te deprimirás; tampoco con quien consideras peor, porque te invadirá la soberbia. Abre tu corazón a todos, como hace el Padre e hizo Jesús cuando estuvo entre nosotros. 

No reduzcas la Navidad a fiesta de unos pocos, porque es universal, como el amor de Jesús. Cuando el “conocimiento del Señor llene la tierra como las aguas llenan el mar”, te darás cuenta de que la oración de Jesús, "que todos sean uno, como tu padre en mi y yo en ti" (Jn 15,17) se habrá cumplido. Entonces no tendrás con quien compararte, porque serás uno con todos y con Jesús. 

 Trabaja en ti la unidad más allá de las diferencias. Revisa casos concretos de tu vida en los que debes dar paso a la compasión y al amor, adelantando así los tiempos mesiánicos, la  Navidad definitiva en que corderos y lobos (tú y yo) serán uno en Cristo.  ¡Atrévete a soñarlo!

¡Feliz segundo domingo de Adviento!

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Otro comentario para el segundo domingo de Adviento,  en:

Diciembre 2025
Casto Acedo

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