viernes, 30 de junio de 2023

Fraternidad universal (Domingo 2 de Julio)



EVANGELIO
Mt 10,37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

¡Palabra del Señor!

*

Un amigo de mi  juventud  ponía en duda la idea de que pudiera haber un socialismo puro donde todos sean reconocidos y tratados por igual. Y lo argumentaba recurriendo al hecho de que un padre, por ley natural, siempre tratará de favorecer a su hijo rompiendo los principios de igualdad y justicia. 

En cierto modo podría tener razón, porque es cierto que la familia, así como la confesión religiosa o la ideología son parte tan íntima de nuestro ser  que siempre tendremos el peligro de concederles sobre nuestros principios de conciencia  un poder que nunca deberíamos darle.

Tal vez sobre algo de esto nos quiere advertir el Señor en el evangelio de hoy. Partiendo de que en Dios encontramos la igualdad y la justicia, Jesús advierte de que esas virtudes tan nobles pueden ser degradadas por intereses que parecen justificados. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. ¿No es bueno querer a los padres y a los hijos más que a nadie? Sí y no. Es verdad que hay un mandamiento, el cuarto, que nos exige atender a la familia; pero no al precio de ser injustos con el resto de la humanidad.

O sea, que en lo referente al respeto e igualdad de las personas no valen categorías. Todos somos hijos de Dios, todos tenemos su misma sangre, luego todos somos iguales y merecemos el mejor trato.

Pero en la práctica no suele ser así. Si observas tu relación con tus padres, tus hijos o tus hermanos, verás que no sólo hay un egoísmo personal según el cual yo mismo me pongo por encima de otros, también existe un egoísmo familiar que cierra determinadas puertas a quienes no forman parte de ella. Y ampliando el campo, también hay un egoísmo político, social, religioso, etc. según el cual no nos vemos unos a otros con los ojos de Dios Padre de todos sino con las gafas de nuestro ego.

El evangelio de san Mateo, del que forma parte el texto de hoy llama a un compromiso serio por el desapego de costumbres y tradiciones familiares y sociales que nos alejan del respeto y consideración que merecen todas y cada una de las personas del mundo; esas costumbres, no nos dejan ser nosotros mismos y hacen mucho daño; por ejemplo el rechazo al inmigrante amparados en que primero estamos nosotros, como si las fronteras fueran cosa de Dios; la defensa del nacionalismo amparados en que lo que tenemos y hemos conseguido como pueblo es nuestro y solo nuestro; o el ninguneo o minusvaloración de quienes no comparten mis creencias y prácticas religiosas o políticas, etc. Todo eso hace que terminemos marginando y persiguiendo a quienes no se amoldan a nuestros criterios o intereses.


Aferrados al automatismo de costumbres familiares o de clase creemos hallar en ellos la verdad de la vida. Pero lo cierto es que al dejarnos llevar por esos criterios nuestro amor no es universal sino parcial y así no hay modo de ser felices. Creemos ganar la vida encerrándonos en la isla del pequeño grupo y lo que hacemos es perderla. “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. La felicidad está más allá de nuestros guetos; está bien que cuidemos aquello que afectivamente nos seduce, pero es una monstruosidad que lo hagamos a cambio de ser injustos y desleales con los que no son parte de nuestro ámbito más cercano;  está bien cuidar la familia, la región, la nación, el continente, pero ¿justifica eso la marginación de los que no consideramos como parte de estas realidades?

En conclusión: Sólo es digno de Jesús quien vive abierto a un amor sin límites ni restricciones. ¿Vas a negar un vaso de agua a alguien porque su pertenencia social o su visión de la vida no sea de tu agrado? Lo que Jesús defiende en el evangelio de hoy para sus seguidores, y que expone para defensa de la dignidad de sus discípulos, procuremos hacerlo extensivo a todo ser humano. Porque Dios es Padre de todos, y solo es digno de llamarle Padre quien de veras ha entendido la fraternidad universal. Quien vive según esta verdad habrá ganado la vida, recibirá la paga de la felicidad. 

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Por cierto, ese amigo, desgraciadamente ya fallecido, y que me comentaba que no se podía ser justo e igualitario con todos porque los intereses familiares tiran mucho, llegó a ser alcalde socialista de mi pueblo natal. 

Para él mi recuerdo y mi oración deseando que junto al Padre eterno haya comprendido que los obstáculos que la propia familia puede poner a una vida justa y libre pueden superarse con la ayuda de la gracia de Dios. Basta afrontar con fe la cruz que trae consigo silenciar nuestros singulares afectos familiares. 

Quien deja a un lado "casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras" para servir al amor universal de Jesús "recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (Mt 19,29); quien se confía a Jesús y su mensaje recibe la paga de una vida justa, digna y feliz.

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Un comentario más amplio al evangelio de hoy en:

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¡Feliz domingo!

Julio 2023
Casto Acedo. 


viernes, 23 de junio de 2023

Arrasar y reedificar (San Juan Bautista, 24 de Junio)


170
Magnífico este cuadro de Leonardo da Vinci: Juan Bautista, joven, señalando hacia arriba, a la cruz, donde imaginariamente pende el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo"; el Salvador al que su mensaje precede. Su cara de satisfacción y alegría contrasta con otras imágenes que le representan con gesto adusto o amenazador, como si la penitencia y la conversión a Dios fuera más un castigo que  un regalo divino. 
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LECTURA DEL LIBRO DE JEREMIAS 1,4-10
(Primera lectura de la misa de vísperas de la Solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista)

EL Señor me dirigió la palabra: «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones».

Yo repuse: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño».

El Señor me contestó:«No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte —oráculo del Señor—».

El Señor extendió la mano, tocó mi boca y me dijo:«Voy a poner mis palabras en tu boca. Desde hoy te doy poder sobre pueblos y reinos para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para reedificar y plantar».

Palabra de Dios.

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El 24 de Junio, seis meses antes del nacimiento de Jesús (24 de diciembre) celebramos la Solemnidad del nacimiento de san Juan Bautista, un santo que juega un papel fundamental en la preparación evangélica. Juan anunció que se acercaba Cristo (el Mesías) y preparó su llegada. Por eso se le llama “precursor”, que significa “persona que precede a otra anunciándola”.

Acudían a escuchar su predicación muchos insatisfechos, es decir, personas que no acababan de hallar la felicidad en los ritos y leyes judías y buscaban sinceramente a Dios. Juan Bautista ofrecía un camino esos buscadores.

Ese grupo de personas que acuden a Juan me recuerda a las personas que hoy acuden a los gurús de la posmodernidad, a libros de autoayuda, a escuelas de relajación y meditación buscando respuesta a la misma pregunta: ¿Qué tenemos que hacer para hallar paz y felicidad? ¿Cómo debemos vivir para no sentirnos frustrado? ¿Qué tenemos que hacer para que nuestras familias sean un verdadero hogar? ¿Cómo educar bien a nuestros hijos? ¿Qué hacer para que nuestra Iglesia despierte? ¿Qué tenemos que hacer...?

El bautista responde en dos tiempos, consciente de que lo primero es quitar la venda de los ojos, lo que impide ver, y luego conducirse en la buena dirección.

Lo de quitar la venda es el primer paso. ¿Qué te está impidiendo ver? ¿Qué basuras enfangan tu mirada? ¿qué “gafas oscuras” llevas que no logras ver sino tinieblas? ¿Son las gafas de la economía?: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». ¿Son las del “sálvese quien pueda” de la pasividad social y la corrupción?: «No exijáis más de lo establecido». ¿O tu mirada está cegada por violencias, mentiras y ambiciones: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». (Lc 3,10-14). Antes de ver la luz hay que limpiar los ojos.

Juan Bautista cumple la profecía de Jeremías: “Voy a poner mis palabras en tu boca. Desde hoy te doy poder sobre pueblos y reinos para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para reedificar y plantar” (Jr 4, 9-10). Para disfrutar de la felicidad has de comenzar por desprenderte de todas esas cosas en las que hasta ahora has puesto tus esperanzas; debes desnudarte, matar el ego que ha mandado en ti hasta el momento. Las cosas exteriores que idolatras no te pueden satisfacer plenamente.  Primero, por tanto,  “arrancar y arrasar, destruir y demoler” las causas de tu desdicha. No se puede nadar y guardar la ropa, no hay libertad si no sueltas las cadenas que te atan al exterior.

Y luego de vaciarte de todo lo que hasta ahora no te ha servido más que para entretener la vida, luego de quedar tu alma como un solar limpio de escombros y malas hierbas Juan Bautista te llama a “reedificar y plantar”. En resumen, lo primero es quitar lo viejo, y lo segundo poner lo nuevo; ese es el bautismo que predica y practica Juan: “un bautismo de conversión”, de cambio de mentalidad; “para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Mc 1,17).

Liberado de lo que te ata eres libre para seguir a Cristo, el único que puede satisfacer tu hambre y sed de justicia, el que sacia tu necesidad de amar. Juan era experto en prácticas ascéticas, “iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre” (Mc 1,6), pero sabe que no basta con esas penitencias. Tanta perfección puede conducir a la soberbia, por eso dirige luego su mirada a Jesús: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc. 1,6-8)


Quédate con dos lecciones del Bautista, que puedes leer a nivel personal y a nivel eclesial: desprenderte de estorbos y adherirte a Jesús.

A nivel personal.

1ª lección: Su “desapego”, su libertad para vivir sin dependencias materiales, afectivas o espirituales. Eso le dio una transparencia y honestidad que le facilitó el poder vivir sin miedo a proclamar la verdad. Libertad de palabra y libertad de acción, libertad profética. ¿No merece la pena vivir como él?

2ª lección: Su humildad, eje y clave para ser feliz. Detrás de cada una de mis insatisfacciones está del deseo de que todo ocurra como yo quiero, que todos bailen al son de mi música. Juan Bautista dice: mira a Jesús, pon tus ojos en Dios; deja que las cosas sean como son, acepta su voluntad; reconoce que sólo Él puede llenar tu vida, porque es la única agua capaz de satisfacer tu alma. Jesús te bautiza con “Espíritu Santo”. Yo, dice san Juan, sólo soy un servidor de Dios; a Él es a quien debéis dirigiros.

A nivel eclesial:

1ª lección: Purificar la Iglesia. En tiempos de crisis de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, de desorientación comunitaria y sacramental, de confusión sobre qué camino seguir, san Juan nos dice que debemos “destruir y demoler” todo aquello que sólo es apariencia de Iglesia: automatismos, costumbres, prácticas ceremoniales que están ocultando la riqueza de los ritos sacramentales, distracciones (diversiones) que no llenan e impiden la verdadera alegría. Una Iglesia con mucha ceremonia y poca relación personal y comunitaria con Cristo es una farsa. “Este pueblo me honra con los labios -dice Jesús- pero su corazón está lejos de mi” (Mc 7,6).

2ª lección:  Comunidades vueltas a Cristo. No basta “arrancar y arrasar”, quitar cosas sin poner nada. También el dedo del Bautista indica que hemos de girarnos hacia Jesús con humildad. Y en la Iglesia falta mucho de esa humildad radical necesaria para construir una comunidad viva, cristalina, que haga decir a quien la mira “mirad como se aman”, mirad como son atendidos los enfermos, los niños, los ancianos, ... ¿cómo es posible? Y responderíamos con el salmo: es el Señor quien lo hace, es un milagro patente (Sal 117,23). La humildad y el martirio de Juan apuntan a la humildad de la Cruz, referencia de la Iglesia de Cristo.

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Celebra a san Juan con este doble mensaje: soltar el veneno que mata el alma y respirar el aire limpio del evangelio de Jesús. Acércate a Jesús, mírate en Él y vive desde Él; y acércate a tu Iglesia, haz Iglesia, vive el amor fraterno y la misericordia. Pero si lo ves difícil comienza por revisar qué está impidiendo que vivas eso que crees, esperas y amas. Tal vez debes comenzar por arrasar, arrancar de tu vida algunas cosas antes de poder reedificar. 

Junio 2026
Casto Acedo

Elogio de la contemplación (5 de Julio )

EVANGELIO    Mt.11,25-30 En aquel tiempo, exclamó Jesús:  «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas ...