La puerta de entrada
La puerta de entrada a la Iglesia es el Bautismo. Nadie puede llamarse propiamente “cristiano” dentro de la Iglesia, sea esta ortodoxa, católica o protestante si no ha recibido el Bautismo. ... Sin el bautismo no hay acceso a ningún otro sacramento. Eucaristía (comunión), Confirmación, Penitencia, Matrimonio cristiano, Orden Sacerdotal o Unción de enfermos.
El bautismo es, por tanto, un sacramento fundamental; sin él la vida cristiana no tiene fundamento. Y para considerarse cristiano en plenitud se necesita también haber recibido la Eucaristía y la Confirmación; los tres conforman los llamados Sacramentos de la Iniciación Cristiana.
Bautismo de adultos o bautismo de niños.
Aunque lo normal sería recibir el bautismo de adultos, se ha
convertido en norma la excepción: el bautismo de niños. Éste puede ser considerado normal cuando las
familias son cristianas de hecho y derecho, es decir, familias formadas a
partir de un Matrimonio en y por la Iglesia, que tienen una formación cristiana suficiente
(catequesis de adultos) y que participan asiduamente en los ritos de la Iglesia,
especialmente la Misa Dominical y las grandes Solemnidades de la Iglesia.
Al hilo de esto, me hago unas
preguntas importantes mirando la realidad de los bautismos de niños que se administran
en nuestras parroquias:
¿Tiene sentido bautizar a
niños cuyos padres ni están casados por la Iglesia ni piensan hacerlo? Si el
bautismo de niños se ha de dar en una familia cristiana; y ésta no lo es sólo porque
un día lejano los padres recibieron el bautismo, hicieron la comunión o se confirmaron;
la familia cristiana católica es la que ha sido bendecida por la Iglesia con un
sacramento propio: el matrimonio. La alegría con que los padres no casados, o casados sólo civilmente, piden el bautismo para sus hijos merecería una atención especial por parte de la Iglesia de hoy. ¿Tiene sentido bendecir a un niño con el
bautismo cuando los padres, que viven en régimen de cohabitación mutua sin
papeles, o con matrimonio civil, se niegan a recibir la bendición de la
Iglesia en el sacramento del matrimonio?
La respuesta es clara. Poco sentido.
Y respecto a los padrinos, que
son los que se comprometen a ayudar a los padres en la tarea de educar en la fe
a los niños bautizados: ¿No deberían de reunir los requisitos exigidos para los
padres? ¿Cómo van a educar en la fe a esos niños si no viven privada y
públicamente su fe? Aún así hay quien sin haber recibido los sacramentos de la
iniciación cristiana y sin que la religión tenga en sus vidas una mínima incidencia, exigen un derecho
que moralmente no tienen: ser padrinos.
Bautismo, ¿fe o folklorismo tradicional?
El pecado de nuestra Iglesia
hoy está en que no solo la sociedad sino también nosotros nos estamos acostumbrando a ver la vida cristiana como un dato “folklórico-consumista”. En una iglesia así Dios no es Dios sino el dios que yo quiero que sea, mi dios, un
ídolo que construye mi mente interesada; y la Iglesia no es una "comunidad de fieles" sino
un “supermercado” donde encargo y recibo unos servicios sacramentales a la carta a cambio de un donativo. ¡Que no me pidan más!
Resulta curioso que lo que más
importa a quienes piden el bautismo para sus hijos, o la primera comunión o el
matrimonio, no es que se les forme e informe bien para vivir la vida cristiana, sino la fecha de su
celebración a fin de adaptar la celebración del sacramento al lugar y fecha previamente fijados con el restaurante. Se centra todo en conveniencias personales, que la
ceremonia “sea bonita” y la comida posterior sea deslumbrante, una "comida de ricos”, lujosa, y muy alejada del compartir con los pobres que predicaba Jesucristo. «Cuando
des una comida o una cena -dice Jesús-, no invites a tus amigos, ni a tus
hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán
invitándote, y quedarás pagado. Cuando
des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás
bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los
justos». (Lc 14,12-14). ¿Cuántos pobres se sientan a la mesa en nuestras
comidas de bautismos, comuniones o bodas? ¿No invitamos más bien a quienes podrán
pagarnos? Es un detalle importante esto para conocer bien nuestro nivel de fe.
Primero discípulo, luego bautizado
La Iglesia tiene como misión “hacer
presente en medio del mundo el Reino de Dios”. “Id, pues, y haced discípulos
a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. (Mt
28,19-29). Primero dice “haced discípulos”, es decir, seguidores de Jesucristo
y su Evangelio, luego dice “bautizándolos”. Primero evangelizar, dar a conocer las
enseñanzas de Jesús y entrar en contacto con su persona, luego bautizar. “No me envió Cristo a bautizar -dices san
Pablo, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no
hacer ineficaz la cruz de Cristo” (1 Cor 1,17).
Por tanto, primero conocer la sabiduría del Evangelio. No se trata de que para bautizarse (o bautizar a un
hijo) sea necesario saber la Biblia y el Catecismo de memoria, pero ¿qué menos que conocer lo
básico y vivir en coherencia con lo que se conoce? Aunque, como dice san
Pablo, ¿cómo creerán si no se les predica? Rm 10,14), y, añado yo, ¿cómo
predicarles el evangelio si se niegan a escucharlo? Se ofrecen charlas, catequesis
y procesos de formación previos a los sacramentos, y todo son pegas para no asistir. ¿De verdad
merece la pena bautizar con estas premisas?
El niño se bautiza en la “fe de los padres”
Los niños se bautizan en “la fe de los padres”; no en la fe del mismo niño (la fe es respuesta libre y voluntaria a la llamada de Dios, y el niño no tiene aún conciencia ni libertad para responder), ni en la que pudiera tener en un futuro; se bautiza a los niños en la “fe actual de los padres”. En el rito del bautismo se pregunta a los padres si están dispuestos a educar a su hijo en la fe de la Iglesia; y eso supone transmitir los artículos de la fe (credo), las oraciones, la práctica sacramental y las normas morales elementales (mandamientos) al bautizado o bautizada.
Si nos preguntamos por la capacidad de educar en la fe de quienes piden el bautismo para sus hijos, ¿creemos de veras que están capacitados para transmitir la fe a sus hijos?
Me atrevo a decir que en la inmensa mayoría de los casos esa capacidad es nula o insuficiente. Si en vez de preguntar los artículos
del credo a padres y padrinos en la ceremonia dijéramos: “antes de bautizar a su hijo o hija
proclamad a viva voz el credo de la Iglesia en la cual va a recibir el
bautismo vuestro hijo o hija”, ¿sabrían recitar el credo de memoria? ¿Y los
mandamientos? Algunos tendrían dificultad incluso para rezar el Padrenuestro que se invita a rezar hacia el final del rito. En estos casos ¿qué estamos haciendo?
Bautismos válidos, padres incongruentes
Si los padres no saben el credo ni los rudimentos de la oración y la moral cristianas, ¿será válido el bautismo? Pues sí: válido es, el bautizado recibe la gracia de Dios; pero en la práctica se trata de una acción incongruente, engañosa e hipócrita; y esto no por el niño (¡qué culpa va a tener él!) sino por quienes lo presentan al bautismo.
Hoy sigue habiendo padres que, por presión familiar (abuelos), por
costumbre (“siempre se ha hecho así”), porque su corta inteligencia no les da para celebrar una
fiesta sin recurrir al sacramento, o por cualquier otro motivo, están dispuestos a
bautizar a sus hijos públicamente mientras en la intimidad grupal con sus amigos confiesan sin rubor
que “yo no creo ni en Dios, ni en la Iglesia ni en los curas”; en castellano
esto se llama “ser un falso, un hipócrita y un cínico”. Allá ellos, pero ¿merece
un niño o niña ser bautizado en esa situación? ¿No debería preocuparnos más
como Iglesia que se den las condiciones necesarias para que el potencial del
bautismo que el niño recibe se desarrolle en él de modo eficaz?
Y lo ya dicho: el bautismo es válido según la teología sacramental de la Iglesia. Porque quien bautiza es Dios, y la falta de fe en los responsables directos, si no se oponen ex profeso al bautismo, la suple la comunidad en la que el niño o niña se bautiza, o sea, "la fe de la Iglesia”. ¿Qué culpa tiene el bautizando de tener unos padres ateos, agnósticos o renuentes a la fe? La Iglesia, esa misma Iglesia que muchos tachan de intransigente, dogmatista, dictadora, obtusa, obsoleta y retrógrada, acoge, como Cristo, a los que no la quieren, y no niega la gracia sacramental a los niños que son presentados al bautismo, aunque los requisitos se cumplan bajo mínimos.
Conclusión:
¿Es bueno bautizar a los niños? Dios y la Iglesia no los va a juzgar reciban o no el bautismo; pero sí conviene decir algo sobre quienes los presentan. El niño no va a ir al limbo si muere sin bautizar; y tampoco recibirá ningún castigo divino (hay quien todavía piensa en Dios como un castigador y el bautismo como un talismán protector). Si el niño no va a recibir educación cristiana y, si además, lo que va a recibir en su ambiente familiar es menosprecio hacia Dios, hacia Jesucristo, hacia la Iglesia y hacia los sacramentos, mejor es no bautizar; que cuando sean mayores decidan si quieren bautizarse.
En una sociedad donde los valores individuales se imponen sobre los familiares y sociales creo que la mejor opción es no pedir el bautismo de niños si no hay garantías de que el bautizado va a conocer a Dios en Jesucristo y en su Iglesia. Lo importante es que la persona que se bautice tenga la posibilidad de recibir una formación que le abra al conocimiento de Dios y al disfrute de la vida cristiana. Y esto no se puede imponer, ni por tradición ni por miedos supersticiosos infundados; sólo se puede ofrecer en libertad; y para ello hace falta conocimiento por parte de los responsables de la educción del niño.
Personalmente como sacerdote, y creo otros muchos sacerdotes suscribirían mis palabras, pienso que en la Iglesia deberíamos recuperar el bautismo tal como sugiere el espíritu del Evangelio y propone el Código de Derecho Canónico: bautismo de niños de familias claramente maduras en la fe, de padres y padrinos convertidos a Cristo, perseverantes en su vida de oración y coherentes en su vida evangélica; en estas condiciones se garantiza “que el niño va ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza, debe diferirse el bautismo” (CIC 868); se difiere, no se niega, a la espera de que se den las condiciones necesarias. Pero ¿quién le pone el cascabel del discernimiento al gato?
Tenemos que entonar un mea culpa en la Iglesia. El problema de fondo que “quema a muchos sacerdotes” que se ven abocados a bautismos de niños y niñas de parejas o familias con poca formación espiritual y religiosa cristianas, no está sólo en quienes solicitan el bautismo para los niños, que a fin de cuentas lo hacen en su mayoría con buena fe aunque desde su ignorancia religiosa; el problema está también en la falta de una autoridad eclesial coherente y exigente que facilite que las cosas se hagan como se debieran hacer. Mea culpa. Eso supondría diferir el bautismo en muchos casos hasta que padres y padrinos realizaran una formación seria y verificable. Sería problemático, pero sería también un discernimiento serio; y un modo de renovar la Iglesia desde la base de la "nueva evangelización" de la que tanto hemos hablado en los últimos tiempos.
Se podrían decir muchas más cosas sobre el tema. Es muy actual, se habla de ello sobre todo entre curas y fieles comprometidos en las parroquias; y se hablará más cada día, porque el problema de la falta de sentido cristiano va en aumento en nuestra sociedad. Mientras vemos como las Iglesias se vacían y la falta de conocimiento del evangelio y las normas de la religión se ignoran y ningunean, la solución no está en el “todo vale”; seguramente tampoco en poner "normas rigoristas". Es cuestión de sentido común: que quienes solicitan el bautismo tengan claro qué es lo que ellos buscan y qué les ofrece la Iglesia. Si coinciden, adelante con el bautismo del niño o la niña; sino, a esperar el momento oportuno. Es algo tan simple como apelar seriamente a la conciencia y dignidad de la Iglesia y la de los padres y padrinos.
Noviembre 2025
Casto Acedo.
Poco queda por añadir D. Casto, pero el papa Francisco ya dijo que para salvarse no era necesario bautizarse. Que eso es solo una mala exégesis de Mc 16, 16-18 " el crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea será condenado". Son cosas antiguas que perpetúan las abuelas ( porque los abuelos no, que son más sensatos e inteligentes)
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