jueves, 27 de noviembre de 2025

Derpertar a la Vida (Domingo 30 de Noviembre)

 

EVANGELIO 

Mt  24,37-44.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.

En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.

Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

* * *
Hoy son muchas las personas que se adhieren a grupos de meditación y espiritualidad de la nueva era, caracterizados por una espiritualidad individualista y desconectada de las grandes instituciones religiosas: En esos grupos  se habla mucho de "despertar la conciencia", de llevar una "vida consciente" liberándose de "relaciones tóxicas" y creciendo en virtudes.

Desde hace siglos la Iglesia ha predicado los mismos temas y hoy parece tener menos éxito que los grupos citados. En Adviento la Iglesia llama a despertar y a preparar el camino interior liberándose de todo lo que impide el encuentro con Aquel que es el compendio vivo de todas las virtudes: Jesucristo. Recibir a Jesús con los brazos abiertos es la mayor felicidad que se puede gozar. Y eso no es algo para cuando me llegue la hora de la muerte sino para aquí y ahora.  Pero ¿es eso lo que percibimos cuando meditamos evangelios te temática escatológica como el de hoy? 

Más que al gozo del encuentro parece invitar al miedo a que no se produzca: “Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra”. Lo que nos quedará al escuchar un sermón sobre esto es la idea de la inminencia del castigo divino (temor) y cómo debemos dejar todas esas cosas que tanto nos gustan si queremos salvar el alma (renuncia desabrida).  

Los sacerdotes de la autoayuda y la nueva era venderían mejor el mensaje que contiene este texto: para mejorar y ser más tú mismo -te dirían- debes dejar a un lado tus “relaciones tóxicas” (las personas que te influyen negativamente, la vida desordenada, el alcohol, las ocupaciones banales, etc); no porque el alcohol, las personas que te rodean o el planteamiento de vida que tienes sea malo, sino porque tu relación con esas realidades te intoxica y conduce a la infelicidad. ¡Ojo! la toxicidad no está en las cosas, las situaciones y las personas, sino en la “mala relación” que estableces con ellas. Cuando sanes tu corazón podrás volver a relacionarte con todo de una manera diferente y liberadora. Así pues, despierta y mira qué esclavitudes tiene tu corazón que no te permiten volar alto y salir así al encuentro de Dios que viene. 


El evangelio de hoy dice: "En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos”. ¿Qué pretendería el evangelista al escribirlo? ¿Atemorizarnos? No. Despertarnos a la realidad, recordarnos que la estancia en este mundo material es limitada, que la impermanencia es una cualidad de todas las cosas, que somos aves de paso, y no es lo más acertado desperdiciar la vida aferrándose a algo que no tiene consistencia ni perdurabilidad. Y vuelvo a matizar que el problema no está en que comida, bebida y matrimonio sean algo malo, lo malo es el modo en que te relacionas con ello. Cuando tu vida sólo tiene sentido por lo que comes, lo que bebes o lo que vives en pareja, la dependencia o idolatría que practicas te impide ver que hay un bienestar que está más allá de lo inmediato. “Porque el reino de Dios no es comida y bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo;” (Rm 14,17).

“Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre”. Este es el mensaje de Adviento: estar atentos, “atención plena”, despertar, porque quien se mantiene en pie no está dormido  y puede leer correctamente los signos que ve ante si, tanto en la exterioridad (guerras, discriminación, injusticias, catástrofes, etc.) como en el interior (asimiento a placeres y bienes efímeros, individualismo, desesperanza, desánimo, etc.). Contemplando cómo esto no puede satisfacer una vida, se te invita a una esperanza nueva. Para hacerte con ella  sólo has de vaciarte de todo lo que hace de ti un esclavo. 

"Vaciarte" es el primer paso, para después "llenarte". Dice san Juan de la Cruz que “Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso” (2 S 21,2). Dios es el agua fresca de la esperanza que en Navidad llena el vaso de tu alma; y si no te sacia   es porque la tienes tan okupada, estás tan invadido por  “relaciones tóxicas”, que no hay espacio para Él.

Así que para llenarte con la venida de Dios necesitas una ecología de interiores, una limpieza del alma. ¿No te das cuenta de cuánta basura acumulas en tu alma?. Te impiden avanzar. Es tiempo de actuar, de despertar y tomar la decisión de soltar ataduras. Y permíteme que sea reiterativo: no se trata de renunciar a nada, sino de cuidar que nada te posea, a fin de que la llegada de la Vida verdadera no pase desapercibida para ti.


“Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Es verdad, hemos de estar preparados para esta apoteosis espiritual, pero no desde el miedo al futuro sino desde el gozo del  presente. La consciencia de que un día moriremos libera; sin embargo el miedo a eso mismo angustia y paraliza. Lo que el evangelio de hoy pretende no es amedrentar sino invitar al cambio de actitudes. El miedo no invita a la esperanza sino al desánimo. ¡No hagas caso a los profetas de calamidades!, escucha a los que anuncian esperanza. 

Convéncete de que no tienes que "conquistar el cielo" con extrañas prácticas religiosas; el evangelio no es un libro de autoayuda. Lo que tienes que hacer es recuperar tu interioridad okupada por idolatrías (dependencias de cosas ajenas a Dios) para dar cabida al que viene.  La oración continua te ayudará a un despertar consciente,  a ver cuales son los hilos que te atan a una vida frustrada, y  a cortarlos con la  ayuda de Dios ("cortar" es otra palabra clave para el crecimiento) para volar alto.  Ligado al despertar y al deseo de libertad encuentra sentido la práctica de los sacramentos, entre ellos el de la reconciliación. En tu vida espiritual no estás sólo (autoayuda) sino acompañado (presencia divina). Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos" (Mt 28,20); está contigo Jesús, visible en la Palabra, en la Iglesia, en los pobres, y también en los sacramentos. Medita, contempla y gusta de estos manjares.   

Piensa que el cielo desde el que viene Jesús en Adviento no está tanto arriba como abajo, incluso dentro de ti, "adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo" dice santa Teresa (Camino 28,2). Vivir la esperanza es vivir esta realidad de Dios que está en ti hoy, y cuando llegue la gran Navidad lo estará definitivamente.  Merece la pena preparar bien tu interioridad para la fiesta del encuentro con el Hijo que viene desde el seno de la Trinidad.  ¡Ven, Señor, Jesús!.

¡Feliz Adviento!

Noviembre 2025
Casto Acedo

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