martes, 20 de enero de 2026

Conversión (25 de Enero 2026)

Ofrezco aquí dos comentarios a la Palabra del Domingo. El primero, más eclesial y social, iluminando la necesidad superar los dualismos para abrazar la unidad en la Cruz de Jesucristo. El segundo, más personalista y centrado en la invitación evangélica a la conversión como cambio de mentalidad personal.
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PRIMER COMENTARIO


EPÍSTOLA
 (1 Corintios 10-13.17)

"Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?

Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo"

¡Palabra de Dios!
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Tiempos de polarización

No hay duda de que vivimos tiempos de polarización entre personas, grupos, ideas políticas, e incluso naciones encontradas. La polarización social es un cáncer que se va apoderando de nuestro mundo. Parece como si estuviéramos locos y la vida sólo tuviera sentido en la confrontación. Hay quien quiere hacernos creer que  EEUU, Rusia y China son mundos diferentes, sin conexión; se agudizan las identidades partidistas en la política, y olvidamos que somos personas para pasar a ser adeptos a tal o cual ideología. Nuestra cultura  sufre de una enfermedad que algunos llaman dualismo, y algo de cierto hay cuando para afirmar mi yo tengo que negar el del otro. ¿Qué nos está pasando? ¿Acaso nos estamos olvidando de que somos hermanos, hijos de un mismo Dios?

Ya Nietzsche profetizó hace más de un siglo que al olvido de Dios sucedería un tiempo de oscuridad. Dios ha muerto, dijo, porque lo hemos expulsado de nuestras vidas, y ¿ahora qué?. “¿Qué hemos hecho al liberar esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve? ¿Hacia dónde nos movemos, lejos de todos los soles? ¿No nos estamos cayendo? ¿No vamos dando tumbos hacia atrás, de lado, hacia adelante, hacia todos los lados? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No vagamos a través de una nada infinita? ¿No sentimos el espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No anochece cada vez más?”. ¿No es este un buen diagnóstico de hacia dónde parece caminar occidente?

Al abandonar a Dios perdemos la luz, y caemos en el vacío; a la “muerte de Dios” (Nietzsche) dice otro filósofo que le ha acompañado la "muerte del hombre” (M. Foucault). Al borrar de entre nosotros al Dios que nos unificaba interiormente y que garantizaba la unidad entre todos quedamos atrapados en la dualidad extrema y su consiguiente confrontación. No obstante, hay esperanza: aunque le demos la espalda Dios, Él no nos abandona, “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is 9,2), dice el profeta Isaías anunciando la llegada de Aquel que invitará a volver a Dios: "Convertíos", Dios no os ha abandonado, Él y su Reino siguen estando cerca (primera lectura y evangelio).

San Pablo, en el fragmento de la Epístola a los Corintios que se proclama hoy, nos hace ver cómo el abandono de Dios (Jesucristo)  conduce a la perdición. Una lectura completa de la carta deja ver que en la comunidad cristiana de Corinto había grietas entre ellos por causas diversas; las había porque unos se consideraban más sabios y cultos que otros (1,18-19); había divisiones económicas porque unos eran más ricos que otros y abusaban de su posición ventajosa (11,17-22); divisiones porque quienes tenían dones y cargos especiales, se creían superiores al resto (1,10-13); y divisiones porque se crearon bandos entre quienes seguían a un predicador u otro: “Cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo”.

La unidad en la Cruz

Pablo invita a restaurar el espíritu de la unidad apelando al amor de Dios revelado en Jesucristo: “¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?”. Palabras que deberíamos releer y meditar con frecuencia todos los que nos llamamos cristianos; porque no son pocos los que buscan su identidad en fundadores, predicadores o maestros espirituales, dejando en la penumbra a Aquel a quienes sirven o deberían servir éstos: Jesucristo.

Poner en el centro a Jesucristo superando partidismos es la condición básica para recuperar la sinodalidad, que no consiste sino en hallar en Cristo la necesaria unidad para caminar juntos, sin divisiones ni bandos. Ni Pablo, ni Apolo, ni Cefas, ni ningún Papa, Obispo, Fundador o Santo de los muchos que ha tenido la Iglesia, puede ocupar el centro de nuestra vida cristiana personal y eclesial; sólo Cristo realiza el milagro de la unidad de los contrarios.

“Él (Jesucristo) es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu” (Ef 2,14-18)

Necesitamos más que nunca meditar detenidamente este texto. Porque más que de líderes y técnicos en evangelización y planes pastorales estamos necesitados de Dios, el Dios de Jesucristo, que aceptó la Cruz como altar para la unidad. Estamos concediendo excesiva importancia a lugares, grupos, pensamientos y hechos históricos del pasado o del presente, que nos enfrentan entre nosotros. No es casual que EE, Ucrania, Rusia, China, Gaza, Israel, Irán, etc. generen en nosotros pesimismo y miedo. Tampoco los enfrentamientos interreligiosos e intraeclesiales son fruto del azar. Cuando se olvida a Dios y cada cual mira el mundo desde sus propios criterios y creencias, y cuando se alimentan prejuicios de amenaza sobre el extraño, tenemos razones para temer lo peor; pero seamos optimistas: tenemos aún más razones para creer que, yendo más allá de nuestros dualismos, sigue siendo posible la unidad en Dios.  El mundo, los grupos religiosos y cada uno en particular necesitamos conversión en esto.

Convertirse

El término griego que traducimos por “conversión” es “metanoia”, palabra compuesta de “meta” (más allá) y “noia” (noticia, pensamiento). La conversión a la que se invita aquí es a ir más allá de los propios pensamientos, dirigirse al pensamiento o filosofía de Dios  que enseña Jesucristo. “En nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir”. Una lectura profana de estas palabras puede malinterpretar que san Pablo no quiere la unidad (distintos pensamientos, un solo corazón) sino la uniformidad (un pensamiento único y un fanatismo sentimental). No se trata de eso sino de vivir “un mismo pensar y sentir con Jesucristo”, que pone a Dios como el garante de la escucha, la dignidad y el respeto mutuos.

Convertirse es pasar por encima de nuestras particulares creencias particulares, de nuestras ideas propias acerca de la vida y el mundo, pasar por encima de nuestros etnicismos, racismos, regionalismos, nacionalismos, partidismos, cristianismos, etc. y poner el foco en Aquel que nos une a todos en la Cruz, Aquel que puso el Amor en el centro de la vida. “Ama y haz lo que quieras”, dijo san Agustín, y podemos decir al hilo de la enseñanza paulina de hoy: “ama, escucha, respeta, dialoga, colabora con todos en la construcción de un mundo más justo. Sé siempre motivo para la unión”. Esto es convertirse a la cercanía del Reino de Dios, volverse a la mentalidad de Jesús que va más allá de nuestros convencionalismos.

Todo esto de la conversión,  hoy como siempre, ha de ser tomado en serio. Para la conversión eclesial no se trata de ahondar en  sacramentalismos, ni en teologías y predicaciones de excelencia. "No me envió Cristo a bautizar -dice san Pablo- , sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo". Se trata más bien de anunciar el Evangelio con el propio testimonio de amor personal y comunitario,  llenándome de Dios y abrazando con mis hermanos la única Cruz que salva: Jesucristo. Sólo desde Él es posible la unidad y la sinodalidad en la Iglesia; y el éxito y frutos de la  Semana de  oración por la unidad de los cristianos 2026, que se cierra hoy.  

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Todo un mensaje de reconciliación cristiana personal y eclesial el que nos ofrece hoy la Palabra: poner a Cristo y su Cruz en el centro de nuestra alma, recuperar la Cruz como signo de unidad en la Iglesia y salvación para la humanidad, y trabajar unidos desde ese centro que es Jesús  por un mundo más humano, es decir, devolver a Dios al hombre. Tarea de Jesús, tarea de sus seguidores. ¡Convertíos!

¡Feliz domingo!

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SEGUNDA OPCIÓN

EVANGELIO 

Mt 4,12-17

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

¡Palabra del Señor! 

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Los pecados capitales

En nuestros días son muchas las personas las que acuden a los centros de psicología demandando ayuda para llevar adelante su vida. Buscan luz que les ayude a salir de la oscuridad en la que parecen vivir. Antes de existir profesionales y centros de terapia psicológica las personas buscaban consejo recurriendo al confesor o al sacerdote o director espiritual. Hoy parece más común confesar las propias miserias al psicólogo que acercarse al confesionario en un apartado rincón del templo. Habrá que tomar nota de por qué han cambiado las cosas; no nos detenemos aquí a dar explicaciones.

Los desajustes personales que se confiesan al psicoterapeuta siguen siendo los mismos que antes se declaraban en el confesionario: problemas de caracteres fuertes que se resisten a la humildad (soberbia), de seguridad económica (avaricia), desajustes afectivo-sexuales (lujuria),  impaciencia que conduce a impulsos violentos (ira), desorden en la alimentación por exceso o defecto (gula), desgana para el trabajo u otras actividades (pereza), o tristeza por el bien ajeno (envidia).

A los pecados capitales se les describe en la antigüedad patrística como pensamientos demonios. Y se escribieron tratados sobre ellos, como el Tratado práctico, de Evagrio Póntico (siglo IV), donde se exponen los “ocho pensamientos” (a los siete pecados que nos han llegado se le añade la acedia) y se dan consejos “contra los ocho pensamientos”. Cualquier estudioso que se acerca a este autor queda sorprendido por su finura psicológica.

¿Qué tiene todo esto que ver con el evangelio de hoy? Bastante. En él se dice que “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra y sombras, una luz les brilló”. No cabe duda de que Jesús viene a iluminar a quienes viven en la oscuridad a la que le han llevado los pensamientos pecados capitales, y buscan refugio y ayuda para reorganizar su vida. La propuesta de Jesús es muy sencilla: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, cambiad vuestra visión de las cosas, Dios está cerca de vosotros y quiere ayudaros a recobrar la felicidad.


Convertíos

Jesús invita a la metanoia, palabra griega que traducimos por conversión o cambio de vida aunque noia se refiere más a la mente-conocimiento (gnosis), y tal vez también podríamos traducir como ir más allá (meta) de la mente (noia) mundana. Solemos decir muy acertadamente que convertirse es cambiar de mentalidad, comenzar a pensar y vivir con los ojos puestos más allá de lo inmediatamente dado, pasar de la superficial a lo profundo.

La conversión tiene mucho que ver con la vida. Tan es así que me atrevería a decir que no es otra cosa sino "entrar en la propia vida". Los pecados capitales te sacan de ti mismo, te alejan de tu esencia, te hacen vivir en la ficción del ego. “Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3,17). Convertirte es alejar de ti los pensamientos (mentalidad) soberbios que te corrompen y “volver a ti mismo”, regresar con humildad a lo que eras por naturaleza antes de la caída y recobraste luego por el bautismo. Convertirte es renovar tu bautismo, nacer de nuevo, renacer a tu espíritu por el Espíritu (cf Rm 8,16)

¡Qué importante es tomar conciencia de esto!, reconocer que “el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo” (Gn 4,7). Puedes vencerlo gracias a que el Reino de los cielos, el mismo Jesús, está cerca de ti revistiéndote con las armas que necesitas (Ef 6,10-18).

Hay un libro de psicología que invita a practicar el autoconocimiento, a conocer la propia mente, sus mecanismos, sus trampas y autoengaños y te invita a dar pasos hacia la renovación interior: “Sal de tu mente, entra en tu vida. La nueva Terapia de Aceptación y Compromiso”. Salvando las distancias, veo en el título un resumen de la conversión que Jesús predica. Jesús te pide ir más allá (meta) de tu mente o mentalidad (noia), de los pensamientos que perturban tu corazón, del ego que te domina, y regresar a casa,  reencontrarte contigo mismo, vivir aceptando, eligiendo y comprometiéndote con la vida para la que has sido creado y a la que Dios te llama.

El mensaje de Jesús caló en sus oyentes no por ser una nueva filosofía sino por su carácter práctico: ¡entra en tu vida! No basta saber que te conviene dejar atrás la vida oscura, has de dar pasos hacia la Luz, donde está la vida auténtica. "Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús" (Flp 3,13-14); debes abandonar las prácticas egoístas para que emerja en ti la vida nueva que eres. Como dice el título del libro citado, "salir de la mente (aposento del ego) y entrar en la vida", soltar los pensamientos que te impiden ser tú mismo y vivirte mirándote en el espejo de la Palabra de Dios (Mt 7,24-27; GS 22).


Renueva tu vida con Jesús

Al invitarte a la conversión el evangelio de hoy quiere que vuelvas a tu origen, que te despojes de lo viejo, que abandones  los pensamientos ególatras y te dejes iluminar por los pensamientos de Dios (evangelio). No eres feliz a causa de tu enorme soberbia, tu ira impaciente, tu amarga envidia, tu insistente pereza, tu avaricia insaciable, tu lujuria desbordada o tu gula insaciable. Necesitas terapia, sanación. 

La personalidad de Jesucristo es muy rica en matices. Son muchos los títulos que se le atribuyen: Mesías, Pastor, Maestro, Camino, Luz, Verdad, etc. Los santos padres en sus escritos también destacaron en Él su calidad de Terapeuta. No es ésta faceta de su personalidad un invento de teólogos antiguos, está suficientemente atestiguada en los Evangelios: “Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23).

Puedes acudir al psicólogo, y tal vez sea necesario que lo hagas como ayuda para reconocer tus insatisfacciones, pero te aconsejo que no minusvalores la ayuda de Aquel que no sólo aliviará o distraerá con consejos tus sufrimientos sino que sanará la herida que los provoca.  La auténtica sanación y conversión apunta hondo, al núcleo del ser,  allí donde se enraízan las pasiones humanas (cf Mt 15,18-19). 

Jesús comienza su proyecto de evangelización con este eslogan: “Convertíos”. Con ello  invita a volver a Dios, a conocerle como Padre y reconocerte en Él como hijo. A los que acudían a Él, “Jesús los acogía, les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación” (Lc 9,11). 

¡Conviértete!, es una llamada a salir de tus pecados (tus pensamientos erróneos) y entrar en tu vida, la vida auténtica que se sostiene en la práctica de las virtudes que proclaman las bienaventuranzas (pobreza, paciencia, misericordia, humildad, etc.). La vocación cristiana no es otra que la llamada a descubrirte a ti mismo en estas virtudes. Tú eres paz, misericordia, perdón, amor, ...,  lo contrario es el pecado que te hace ser lo que no eres. Convertirte es volver a lo que eres desde la creación, a lo que perdiste en la caída, y recuperaste con tu bautismo.

No estás solo en el empeño, Jesús y su  Iglesia te acompañan y te ayudan.  Pídele cita, cuéntale tus penas, confiésale tus errores, escucha su Palabra, déjate abrazar por su perdón y entra en el grupo de los que viven unidos por su Espíritu. Un buen programa para hacer efectiva tu vuelta a casa. 
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¡Feliz domingo!

Enero 2026
Casto Acedo

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