La catedral del Papa
Hoy, en la Iglesia
universal, celebramos una fiesta un tanto extraña. Las fiestas cristianas hacen
referencia siempre a acontecimientos salvadores: encarnación, muerte,
resurrección, ascensión de Jesús a los cielos; anunciación, visitación,
asunción de la Virgen María, purísima concepción; o bien la Santísima Trinidad
que no celebra un hecho salvador sino al mismo Dios, fuente de la salvación.
Luego están las fiestas en honor de los santos; pero celebrar la dedicación de
un templo no es algo muy común, y en cierto modo parece algo extraño.
Lo que celebramos hoy, 9 de Noviembre, con la Dedicación o Consagración de la Basílica de san Juan de Letrán no es el
hecho de la consagración ritual de un templo construido en el siglo IV, tras la
paz de Constantino, dedicado originariamente al Santísimo Salvador y luego a
san Juan Bautista y san Juan evangelista; lo que celebramos es el significado del hecho: San
Juan de Letrán es la Catedral de Roma, sede del obispo de la ciudad, obispo que
desde sus orígenes ha sido considerado como Sumo Pontífice o Papa.
La imagen de san Juan de Letrán como Catedral de Roma nos remite a la Iglesia universal como templo del Espíritu Santo, casa de Dios desde la que fluye la gracia de su Palabra, de sus sacramentos y su amor. “He elegido y santificado este templo (la Iglesia) -dice el Señor- para que mi Nombre esté en él eternamente” (2 Cron 7,16a; antífona del Aleluya). La Iglesia es templo del Espíritu Santo; cada fiel es templo del Espíritu Santo. La fe que mana del Templo de Dios fluye hacia tu corazón; san Juan de Letrán es templo del Espíritu Santo, La Iglesia es templo del Espíritu Santo, yo soy templo del Espíritu Santo. “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor, 3.16).
El templo es Cristo
Al obispo de Roma acudían los primeros cristianos para clarificar su fe y solucionar las disensiones que se daban entre las distintas comunidades eclesiales. “Roma locuta, causa finita”, se dice: “Ha hablado Roma, el caso está cerrado”. En realidad Roma es el Papa, o mejor, Roma es el lugar donde se confiesa la fe de Pedro, “Tú eres Pedro y sobre esta piedra - la fe de Pedro ha declarado: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo- edificaré mi Iglesia” (Cf Mt 16,16-18). Yendo más lejos aún, la piedra sobre la que se edifica la Iglesia no es propiamente la fe de Pedro, sino el mismo Cristo al que Pedro confiesa: “Pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3,11) La roca de la que mana el agua espiritual que nutre a la Iglesia es Cristo (cf 1 Cor 10,4).
Cristo es la roca-cimiento de la Iglesia, la piedra angular que sostiene todo el edificio de la Iglesia (Hch 4,11). Con su venida a nosotros el encuentro con Dios no se va a dar en un lugar concreto; las catedrales, los templos parroquiales, las basílicas, santuarios y ermitas, quedan relativizadas como lugares de encuentro con Dios. En el Evangelio de hoy, al hablar del templo, Jesús acaba identificándolo con Él mismo: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré. ... Hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2,19.21). Ahora el único templo, el lugar santo por excelencia es el mismo Jesús. Las demás personas, lugares y ritos son solo mediaciones religiosas para el encuentro con Él. Entrar en el templo, orar en él, celebrar fiesta es entrar en el ámbito el mismo Jesucristo.
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Concluyendo sobre la fiesta de hoy, decir que es la fiesta de la unidad y la construcción de la Iglesia universal sobre la Roca que es Cristo, el Hijo de Dios vivo, tal como la confiesa Pedro desde su cátedra (asiento, silla). Contemplando la catedral de San Juan de Letrán celebramos la fe común de la Iglesia que converge en aquel símbolo de unidad. Desde ese templo, edificado sobre el cimiento de Cristo, visibilizado en el Obispo de Roma, fluye el Agua Viva que recorre las ciudades del mundo enriqueciéndola con sus dones (cf la primera lectura de hoy; Ez 47,1-2.8-9.12). Hay que matizar que la catedral de Roma no es el Vaticano (construido en los siglos XVI y XVII), sino San Juan de Letrán, finalizada en el año 324, cuando los cristianos dejan de ser perseguidos y libremente se establece ese lugar como punto de referencia de Unidad en torno al Papa.
Gocémonos por haber sido empapados por la gracia de Dios, el amor de Cristo Jesús, que nos
llega por la Iglesia.
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Día de la Iglesia diocesana
La palabra “Iglesia” (ekklesia) significa “asamblea”, reunión de hermanos; comunidad de “santos” la llama san Pablo (1 Cor 6,1-2; 14,34;16,1, etc.). Y el Día de la Iglesia Diocesana, que se celebra también hoy, nos sugiere el eslogan “Tú también puedes ser santo”, es decir, puedes mantener viva tu consagración a Dios. Una vez consagrado un templo queda destinado exclusivamente al culto a Dios; queda marcado como un espacio sagrado permanente; también nosotros, por el bautismo en la Iglesia hemos sido consagrados a Dios; la vida cristiana consiste en mantener dignamente el templo que somos rechazando la profanación que causa el pecado.
La santidad no es solo un don particular y privado; también es eclesial: la Iglesia es santa, y como tal está al servicio de la santidad; aunque no debemos considerar este servicio como un servicio ni de estación de repostaje ni de lavandería. La Iglesia no es una gasolinera donde se pueden “cargar las pilas” o “llenar los depósitos” del alma con la gracia de Dios; tampoco es un lugar donde se lavan los trapos sucios por la práctica del sacramento de la penitencia. ¿No son estas unas concepciones de la Iglesia individualistas y egoístas? La razón de existir de la Iglesia es el anuncio y la construcción del Reino de Dios.
La santidad no consiste tanto en limpiar la casa cuanto en darle cabida en ella a Cristo, es decir, la santidad personal y eclesial no es tanto no pecar cuanto vivir el mandamiento del amor; o como dice san Gregorio de Nisa: la perfección consiste en ser amigo de Dios (Vida de Moisés, 320); no es santo quien se obsesiona por la perfección de la ley (¿conoces a alguien que cumpla con plenitud los diez mandamientos?) sino quien desde su amistad con Dios, se confía a Él y trabaja para hacer presente su Reino en el mundo.
Más que perfección la
santidad es amistad y comunión; comunión y amistad con Cristo y con los hermanos; vivir como amigos con un espíritu abierto de compasión o misericordia. Aquí encuentra todo su sentido la Iglesia, en vivir comunitariamente la santidad como gracia y tarea. Vivir unidos en la común amistad de Dios. Sabemos que no podemos atravesar solos el desierto de la vida, necesitamos
de los hermanos. Son muchos los santos que nos han precedido en el camino de la
fe, y son muchos también los que caminan con nosotros. Caminamos juntos, en sinodalidad. No te aísles, siéntete parte de tu
parroquia y de tu Iglesia Diocesana; ésta te comunica con la Iglesia Universal.
“Tú también puedes ser
santo” reza el eslogan de este día. Ampliando el significado y añadiéndole un matiz más optimista, te digo: “Tú eres
santo”, mantén viva la llama que recibiste en tu bautismo. Tu luz y la luz de los hermanos, prendidas en la llama de Cristo, es Luz para el mundo.
¡Felíz día!
Noviembre 2025
Casto Acedo

He aprendido mucho de este artículo D. Casto. Muchas gracias
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