lunes, 17 de agosto de 2026

¿Quién dices que soy yo? (22 de Agosto)


EVANGELIO
Mateo 16,13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra del Señor

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Nota: puedes  leer el comentario en el texto que sigue; o puedes escucharlo más ampliado en el audio (es largo, 26 m; pero hoy merece la pena), y tienes también la posibilidad de ver un resumen en PowerPoint.
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Audio

PowerPoint



Las "imágenes-ideas" de Jesús

Son muchos los que conocen el test de Roschach, una prueba psicoanalítica que consiste en presentar al sujeto una serie de láminas dobladas con unas manchas con formas muy ambiguas. Mirando los borrones que dibujan las manchas, al modo de quien pudiera mirar las formas de unas nubes, el paciente va describiendo lo que ve. Las respuestas a cada ficha pueden ser muy variadas, tantas como el número de personas que las interpreten. La prueba da pistas al psicoanalista a fin de determinar hipótesis sobre el funcionamiento de la mente del paciente. 

Pues bien, si pusiéramos ante una persona el nombre de Jesucristo o una imagen o dibujo del mismo (también nos serviría la palabra Dios), y le preguntáramos que le sugiere, podríamos obtener valiosas pistas acerca de la personalidad, la fe y la espiritualidad de esa persona, pues el nombre de Jesús es como un test de Rochach propuesto por Dios a la humanidad y del que  cada cual da su respuesta. Pero, objetivamente, ¿cuál es la identidad de Jesús?

Jesús, de retiro con sus discípulos en Cesarea de Filipo, parece someter los suyos al test de Roschach  planteándole  una primera cuestión que se refiere a declarar que dicen por ahí de Él por ahí. Y las respuestas son diversas: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» 

Cada cual proyecta en Jesús sus ideas aprendidas, sus experiencias y sus expectativas. Así ha ocurrido a lo largo de los siglos: Para los gnósticos y videntes es un ser celestial que conoce y da a conocer todo; para el pensamiento griego-arriano se trata de un hombre excepcional, un semidios; para los monarcas de la edad media y los señores del renacimiento un rey; para el siglo de las luces un maestro sublime; para los amantes de la revolución francesa, y más recientemente para muchos activistas de izquierdas, un republicano descamisado comprometido en la causa de la liberación de los pobres y oprimidos de la tierra, el primer comunista y socialista; más cerca en el tiempo tenemos la idea de un Cristo hippy, superstar, un maestro espiritual de la nueva era de acuario, un mago que puede hacerte vivir experiencias alucinantes, el ejemplo perfecto de no-dualidad, el maestro interior o cósmico, etc. 

No hay duda de que partiendo de la respuesta a la pregunta acerca de Jesús  podríamos analizar el pensamiento de quien responde. Aprendemos desde ahí lo que creen de Él en verdad, lo que esperan e incluso cuáles son sus aspiraciones más ocultas. Porque la pregunta sobre “Jesús”, como la que se hace sobre “Dios”, no es una cuestión cualquiera, lleva en sí el deseo de comprender y lograr las aspiraciones más íntimas y elevadas de la persona. Por eso estudiar cómo se ha respondido a lo largo de la historia a la pregunta sobre Jesús nos da para escribir no solo una historia de la teología, también una historia de la filosofía, de la sociología, de la política e incluso del arte occidental de los últimos siglos. 

Es fácil presentar estudios sobre lo que los demás han dicho o escriben sobre Jesús. 


1
Jesús ¿quién eres Tú?

Pero más interesante que la pregunta primera acerca de Él es la segunda.  "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Si el primer interrogante lleva a mirar hacia fuera, el segundo lleva la mirada hacia dentro. Veíamos a los discípulos atropellándose para dar respuestas sobre lo que dicen otros de Jesús, sin embargo, los vemos lentos, dubitativos, timoratos, cuando han de responder qué dicen cada uno de ellos. Ésta segunda cuestión no se dirige al intelecto o a la simple observación, va directa al corazón, y cada cual ha de responder en segunda persona del singular, –Tú, ¿Quién dices que soy?-. La respuesta que se pide es  más vital que teórica.

No es extraño que a cuestión tan honda siguiera un silencio. Todos callan; las prisas por responder desaparecen. Ya no se trata de "chinchorrear" sobre lo que se dice por ahí, ahora hay que pringarse. El Cristo que habla al interior pide respuesta al  hombre interior y lo primero que se impone es meditar. 

Tras un espacio de tiempo, y bajo la inspiración del Espíritu, Simón Pedro responde:  "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Aquello debió sonar raro. Me gustaría ver la cara de los oyentes. Los presentes debieron pensar que Pedro, el inculto pescador de Galilea, muestra  un atrevimiento excesivo. Se supone que en ocasiones han hablado entre ellos sobre la identidad del Maestro; su predicación y sus milagros debieron generar interrogantes sobre su identidad, y algunos habrían apostado porque fuera de veras el salvador esperado por el pueblo de Israel. Eran muchos los que acudían a él llamándole Hijo de David, el liberador prometido que restauraría el esplendor de Israel. ¿Sería realmente Él?

Afirmar de una persona, por muy buena que sea, que es el mismo Dios vivo entre nosotros, traspasa los límites de la razón humana. Al atrevimiento de Pedro responde Jesús aclarando el exceso de la respuesta: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. Sólo como don y revelación divina podemos conocer la verdadera naturaleza de Jesús. 

¿Quién es Jesús? Más allá de la definición que da el credo cristiano formal la pregunta sigue abierta esperando la respuesta de cada persona. Si Dios es misterio, y Jesús es Dios encarnado, la persona divino-humana de Jesús es un misterio imposible de encerrar en definiciones de catecismo. Sólo se accede a Él desde la contemplación y la fe. Las doctrinas, como los evangelios escritos, o los métodos de oración y la oración misma, no son mas que mapas que sirven de apoyo para  dejarnos encontrar por Él. La respuesta no es una conclusión sino una experiencia, un don gratuito de Dios; y es inefable, es decir, inexplicable.

*

Buscas a Jesús; pero en última instancia es Jesús el que te busca a ti. Cuando entras en relación con Él acabas por descubrir que ya te buscaba Él, que estaba en tu búsqueda desde el principio y si le conoces es porque Él se adelanta y pone ante ti el camino para el encuentro.

¿Le has conocido? Si de veras es así, ha sido por experiencia; en tu misma vida te ha revelado su nombre: Jesús = Dios salva;  has visto en tus días sus acciones salvadoras; tu historia personal con Él es anterior a tu credo. En las cosas de Dios la relación precede a la definición. ¿Son tus vivencias las que sostienen tu fe en Él? La fe se nutre en la relación y la relación se hace en la fe. Dios se revela en una relación que está siempre abierta; sería un error cerrarla diciendo que ya está completa. 

La relación viva con Dios en Jesucristo posee una dinámica eterna. Cada día debes responder con tu vida a su pregunta: ¿quién dices que soy yo?. Tener fe no es adherirse a artículos o definiciones dogmáticas sino  apostar cada día  por la persona en la que crees.


2
Sobre esta piedra 

La primera lectura, de Isaías 22,19-23, obliga a no pasar de largo ante la segunda parte del evangelio que recoge el diálogo con Pedro. De principio Jesús le alaba y le felicita; no por su inteligencia sino por acoger con sorpresa y humildad la fe recibida de Dios. Pedro es dichoso, como la Virgen María, por haber recibido por revelación la maravilla de sentir a Dios en Jesús presente y actuante, algo que suele permanecer oculto a los sabios y entendidos de este mundo (cf Lc 10,219).

Tras la felicitación, Jesús, da a Pedro el título de mayordomo y piedra de la comunidad que se formará tras la Pascua: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. La liturgia de este domingo desde la plataforma de la primera lectura  nos lleva a  fijarnos en esto. Son palabras pronunciadas en el libro de Isaías para Sobná, mayordomo del palacio: “Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá” (Is 22,20-22). A Pedro le da Jesús los mismos poderes: ser el mayordomo (“mayor de la casa”) de la Iglesia. 

“Tú eres Pedro (piedra) y sobre esta piedra (fe de Pedro) edificaré mi Iglesia”. ¿A qué se refiere Jesús cuando habla de "piedra"? ¿A la persona de Pedro o a la fe que acaba de profesar?, ¿sobre qué cimientos se edifica la Iglesia?, ¿se edifica sobre Pedro (el Papa León en nuestros días) o sobre la fe apostólica que representa el Papa León? La pregunta no es retórica. Y de la respuesta que se dé a ella se puede deducir un modo u otro de entenderse como cristiano y como Iglesia. La fe en el Primado de Pedro no se debe confundir con la “papolatría”. La piedra, el cimiento, la roca de la Iglesia, es en última instancia Cristo (cf 1 Cor 10,4). 

El hecho de que nuestra Iglesia tenga un mayordomo no nos exime de cultivar nuestra relación personal con Cristo. El punto de referencia último de nuestra vida de fe no es el Papa y la Iglesia que preside en la fe, sino Jesucristo, al cual confesamos como Hijo de Dios. El mayordomo organiza, ordena, distribuye tareas, tiene el deber de garantizar que en la casa se cumpla la voluntad del Señor; y es de justicia reconocerle al papa su labor de "siervo de los siervos de Dios";  pero la vida de los fieles, su mirada, está en el Señor. Sólo éste garantiza la vida y razón de ser de la casa común.  “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los constructores” (Sal 126,1), jefe de obra incluido. 


Conclusiones

Lleva esta semana a tu reflexión y tu oración la pregunta clave que te lanza Jesús: “Tú, ¿quién dices que soy yo?”. Habrá quien se limite a decir “yo, lo que diga Pedro”. Y no está mal que reflexiones sobre lo que Pedro dice; pero a ti se te pide una respuesta personal de fe, un credo vital, una respuesta práctica que no esté desconectada de la globalidad de tu vida

El buen funcionamiento de la casa de la Iglesia no depende solamente de Pedro. ¡Bastante responsabilidad tiene ya el Papa como para que le carguemos la nuestra!. Hay quienes se conforman con decir: “yo creo lo que cree Pedro”, como si la fe fuera la simple adhesión a unas enseñanzas, por muy verdaderas que se consideren No basta decir “estoy con Pedro”, es más, sería traición decir “estoy con Pedro” cuando se usa como excusa para descafeinar la adhesión a la persona de Jesús y su Reino. ¡Doctores tiene la santa Iglesia!, se solía decir antes para justificar la propia ignorancia, que a la postre no era sino la propia desidia e indiferencia ante los compromisos de fe y amor.

Sabemos que esos compromisos son duros. A veces Pedro y los siervos, la misma Iglesia, santa y pecadora a la vez, se resiste  a llevar la fe de Jesús adelante; sobre todo cuando el amor se hace exigente y aparece la cruz en el horizonte. No es extraño que el amor en la dimensión de la cruz e ponga en evidencia la fragilidad de una iglesia muy humana. Cuando el idilio del hombre con la fe (¡daría mi vida por ti! Jn 13,17) toca la realidad de la cruz viene las crisis (¡no le conozco! Mt 26,72). Pero esta es una cuestión que abordaremos al hilo del evangelio del próximo domingo. Hoy te basta escuchar a Jesús que te dice: Tú, ¿quién dices que soy yo?, escucharte a ti mismo  diciéndote “¿quién es Jesús para mí?”, y mira a ver si tu vida es tan ideal como idealista tu creencia. 

¡Ah!, siguiendo el test Roschach, no te olvides de mirarte a ti mismo en tu imagen de Jesús. Luego, borra todo lo que piensas y sientes sobre Él; silencia tu pensamiento, tu imaginación y tus deseos acerca de su persona y deja que sea Cristo mismo quien se te de a conocer. Mírale. Escúchale. Con el tiempo podrás reconocerte a ti mismo en Él y verás que merece la pena vivir su misma vida; en Él está tu plenitud.

22 Agosto 2026
Casto Acedo

sábado, 15 de agosto de 2026

Dios para todos (16 de Agosto)


EVANGELIO (Mt 15,21-28)

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada.

Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»

Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»

Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»

Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»

Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor

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Tendemos a catalogar a las personas recurriendo a sus matices externos desde nuestros criterios subjetivos. Así establecemos divisiones entre personas según el color de la piel (negros - blancos, mulatos - amarillos), según la ideología (centro-derecha-izquierda), las religiones (cristiano-ateo-musulmán-judío...), la clase social (ricos-pobres), la formación académica (titulados-sin estudios), la procedencia (extranjeros-nacionales; del norte-del sur; andaluces – extremeños – catalanes – vascos – etc.)

Este afán divisorio, esta afición por lo específico, nos lleva con frecuencia a minusvalorar lo genérico, que es con mucho lo más importante, porque todos somos, antes que nada, personas, seres humanos, hijos de Dios con una dignidad inviolable. Cuando la mirada deja de ser rastrera (a ras de tierra) y se sitúa en las alturas (desde Dios), desaparecen las fronteras físicas, políticas, sociales e incluso religiosas. Como decía aquel estribillo de tanto éxito en su momento: ¿De qué color es la piel de Dios? ¿Negra, amarilla, roja, blanca? Todos los colores son iguales a los ojos de Dios. Cuando lúcidamente prevalece el valor de la persona como lo más valioso, desaparecen las divisiones sin detrimento de las diferencias.

La mirada de Jesús es universal.

La universalidad del mensaje de Jesús y su salvación es un tema central en los evangelios. No se limitó a predicar la Buena Nueva al pueblo judío; también “salió y se retiró al país de Tiro y Sidón” (Mt 15,21), ciudades paganas, oficialmente habitadas por aquellos a los que llamaban infieles. Jesús sale a la búsqueda de todos y a él acuden en su busca gente de toda raza, mentalidad y condición. El evangelio de los magos de oriente que se lee en Epifanía (Mt 2,1-12) proclama la universalidad de la salvación anunciada por los profetas del Antiguo Testamento y cumplida en el Nuevo: “Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos”. (Mt 8,11-12).

Lo que en el citado texto de san Mateo se afirma en general, se particulariza en el encuentro de Jesús con la mujer cananea que narra el mismo evangelista (Mt 14,22-33). El diálogo,  un tanto “áspero” de Jesús con la mujer de Canaán, y el desenlace del cruce de palabras, ponen de relieve la diferencia entre la manera nacionalista judía de entender a Dios y la manera cristiana que rompe con los sectarismo y proclama la universalidad (catolicidad).

Para entenderlo bien hemos de tener en cuenta la distancia social que en la época de Jesús existía entre una mujer extranjera y un rabino judío (así consideraban muchos a Jesús). Esta mujer ve en el predicador del Reino el último recurso para la sanación de su hija; su amor de madre le lleva a implicarse hasta el límite para conseguir su propósito. A sabiendas de que no tiene otro modo de acceder a Jesús: “se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor". Los discípulos, molestos por tanto grito e insistencia, interceden por ella ante el maestro: “Atiéndela, que viene detrás gritando”.


Lo importancia de la fe.

Jesús, para sorpresa de quienes le conocen, responde desmarcándose de la mujer y como si se alineara con el grupo de fariseos fanáticos y nacionalistas indiferente a los problemas de  quienes no son judíos: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 15,24). La cananea, sin ceder ante lo que parece una negativa a sus pretensiones, se abre paso, se postra ante Jesús e insiste rogándole “de rodillas: Señor, socórreme”. Y Jesús pone a prueba a la mujer con un dicho que evidencia el desprecio judío al extranjero: "no está bien echar a los perros el pan de los hijos”.

Al decir eso Jesús está llamando “perra” a la mujer (los judíos consideraban como perros a los paganos ), que a pesar de todo, insiste en su oración con una humildad desmedida. "También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Con estas palabras se sitúa en el último lugar, acepta el envite de humildad que Jesús le ha lanzado, no tiene inconveniente en considerarse una “perra” indigna de recibir las atenciones del Señor, y desde su abajamiento sigue orando: “al menos deja que pruebe las migajas de tu mesa, esas que ni siquiera se le niegan a los perros”.

Como ocurrió con el centurión pagano que pidió la curación de su siervo (cf Mt 8,5-15), esta mujer recibe finalmente la alabanza de Jesús por su fe: “Mujer, que grande es tu fe”. Y la fe, depurada en el combate espiritual (constancia e insistencia de la oración) encuentra finalmente respuesta: “que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija”.


Un Dios abierto a todos

Del encuentro entre Jesús y la cananea puedes extraer unas enseñanzas interesantes:

* La fe es un don de Dios, y el mismo Dios la pone a prueba, con su silencio, incluso con experiencias que en un momento dado parecen decirte que Él no está contigo sino en tu contra. Esto le ocurrió a la mujer cananea, a pesar de lo cual su fe no desfalleció tal como mostró con su oración insistente y perseverante. Si permaneces fiel en la adversidad, si depuras tu fe en el combate espiritual, serán finalmente escuchadas tus plegarias y sanadas tus heridas.

* Jesús, que ha venido “para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4), anuncia un mensaje de sanación universal. El Reino de los cielos (la justicia, el amor, la paz, el entendimiento entre los hombres, que predica Jesús) tiene un alcance global. No es un privilegio para ti y para unos pocos elegidos (sean éstos los judíos de entonces o los católicos de ahora), sino don “para todos” (“sangre derramada por todos para el perdón de los pecados", Mt 26,28”). Con Jesús se cumple la profecía de Isaías: “A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores,… los traeré a mi Monte Santo” (Primera lectura de hoy: Is 56,6). Dios no se cierra a nadie que se acerque a Él con buena voluntad. Acércate pues, a Él con humildad y no desprecies a nadie por el color de su piel, sus ideas, sus creencias, su religión o cualquier otra diferencia superficial.

* La humanidad enteras es invitada a comer en la mesa el “pan de los hijos”, ese pan que es el mismo Señor dándose como alimento (cf Jn 6,35). Y no está bien que se eche este pan a los perros (cf Mt 7,6), porque no lo valorarían, pero tampoco es correcto negárselo a quien lo pide con humildad, sea de la condición que sea. 

* Sólo cuando la humanidad toda esté sentada y coma reunida en torno a la mesa del Padre se podrá hablar de la plenitud del Reino; te toca a ti y a mí trabajar porque el pobre Lázaro, que por compasión come las migajas de la mesa (cf Lc ), se pueda sentar con justicia junto a ti y a todos en la mesa de la riqueza. No margines a nadie, no pongas color ni a Dios ni a nadie porque no lo tiene. Si acaso su color es el del arco iris: si hemos sido hechos a su imagen y semejanza (cf Gn 1,26) y todos los colores son suyos. 


* La misericordia de Dios que se deja ver en Jesucristo no necesita pasar por el tamiz de ninguna cultura concreta (judía, árabe, griega, china, posmoderna, etc.) para ser comprendida y asimilada. El amor de Dios es cauterio  para las heridas de todas las gentes de todos los tiempos y lugares. ¿No es universal el lenguaje del amor compasivo? Mi Dio sy tu Dios es “Padre nuestro” (Mt 6,9), y no podemos entender su ser sin los hermanos, todos los hermanos. ¿Acaso te crees mejor que alguno de ellos? “Dios nos dejó en desobediencia a todos para tener misericordia de todos” (Segunda lectura de hoy: Rm 11,32). Todos pecamos en Adán y todos somos salvados en Cristo (cf Rm 5,18). Si marginas a cualquiera no admitiéndolo en la mesa común pecas de soberbia y te apartas de Dios.

*Finalmente, y para meditar la grandeza de los dones que Dios ofrece a sus hijos en la mesa  transcribo un dicho de san Juan de la Cruz. Éste santo que habla de las "meajas" que caen de la mesa  como aquello que sacia nuestro hambre natural; pero hay un hambre sobrenatural que sólo se sacia sentado a la mesa de Dios, es decir, fundiéndose en Él. Según el santo carmelita las "meajas" que caen de la mesa son las pequeñas satisfacciones que nos dan las cosas materiales; o incluso los parciales gustos espirituales. Hay quienes se conforman con estas cosas, pero la satisfacción plena sólo se alcanza por participación en la vida misma de Dios. Es conmovedor y sorprendente lo que dice el santo:
"Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre.

Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón". (Dichos de luz y amor, 26)

 "Gloríate en tu gloria". Esto me recuerda a san Ireneo: “La gloria de Dios es el hombre plenamente vivo y la verdadera vida para el hombre es la visión de Dios.” No es Dios el que habla en este texto sino el alma enamorada que sabe que el Amado le da todo si confía en Él, como a la mujer Cananea. Lee, relee y medita estas palabras y admírate de las grandezas que esperan a quienes ponen su fe en un Dios tan grande que sorprende haciéndose pequeño para partirse y compartirse con la humanidad. Nada puede saciar totalmente la necesidad humana; sólo Dios. 

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Feliz domingo.

Agosto, 2026
Casto Acedo.

jueves, 6 de agosto de 2026

Dios en tu interior (9 de Agosto)


PRIMERA LECTURA 
(1 Re19,9a.11-13a):

Cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo: «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va pasar!»
Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hizo trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva.

EVANGELIO 
Mt 14, 22-33

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar.Llegada la noche, estaba allí solo.

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.

Jesús les dijo en seguida: —«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó: —«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua».

Él le dijo: —«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:  —«Señor, sálvame».

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: —«¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: —«Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

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La fe  es un susurro de Dios al corazón.

Nos gustan los triunfalismos; y a esta tendencia no escapa la fe. Nos contagiamos de la farándula política y mediática e imitando sus métodos nos obsesionamos por ponerla en escena  recurriendo a las masas.  ¡Que se vea! Nos sorbe el seso la obsesión por celebrar   triunfales y ruidosos eventos que hagan visible la presencia de Dios. ¿Son buenas estas dramatizaciones religiosas? Yo diría que ni tan buenas como dicen los que las promueven, ni tan malas como denuncian los que las proscriben; la bondad o malicia está en el lugar que le asignemos a esos actos religiosos espectaculares.

Cuando a Elías, en momentos difíciles, comenzó a dudar de Él e incluso de sí mismo deseándose la muerte, Dios le llevó a hacer un retiro de silencio en el monte Horeb, en el desierto del Sinaí. En el mismo  espacio donde Dios se dio a conocer portentosamente a Moisés,  es conminado Elías a permanecer en una gruta a la espera de noticias de Dios.

Durante su estancia fueron pasando ante él espectaculares fenómenos naturales: un viento huracanado (no olvidemos que el viento es signo del Espíritu), un terremoto (signo de presencia de Dios en algunos salmos), fuego (como el de la zarza ardiendo, o la columna que acompañaba a los israelitas en su camino). Todos estos signos magníficos fueron para Elías precursores de la llegada de Dios, pero no su presencia misma. “Allí no estaba el Señor” (1 Re 19,11-12).

Finalmente se escucha afuera el rumor de la brisa, y en ella es Dios mismo quien se presenta. Dios llega en el susurro, en el silencio, en la “música callada” de san Juan de la Cruz. La brisa es signo del Mesías, el Siervo, que no gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará” (Is 42,2-3). Dios no grita, susurra, acaricia. El susurro es el Siervo de Dios que viene, Jesucristo; en Él pone el Padre su complacencia (fe), y en él también nosotros hemos de poner la confianza (fe), en la dulzura del encuentro con Cristo hallamos a Dios. 

La voz de Dios no hay que buscarla en el espectáculo, no está en el ruido de la tormenta y el terremoto, ni en el fuego cegador; está en el silencio: "Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva" (1 Re 19, 12b-13). La revelación de Dios en la caricia del viento nos recuerda los encuentros de Adán con Dios,  "que se paseaba por el jardín a la ahora de la brisa" (Gn 3,8). Para disfrutar su su compañía hay que aguzar el oído, afinar el alma para sentir su presencia escondida en las realidades del mundo; en la tarea del del silencio se vacía el alma para la escucha; y ahí  se manifiesta Dios mismo, sin un tercero. Es una experiencia vez dulce y a la vez sorprendente, por eso Elías cubre su rostro con el manto, esa presencia es excesiva, un don inmensamente grande e irresistible. 

Elías es pionero de la experiencia de Dios en el interior, un Dios que san Agustín define como "interior intimo meo", más interior a mi que mi mismo yo.  Te buscaba fuera y tú estabas dentro, dirá el santo. Comenzó su camino espiritual buscando a Dios fuera, en sus manifestaciones externas. Batalló con su mente, su corazón y sus protagonismos; lo quería encontrar fundido con las ideas, los sentimientos y  los gustos divinos. Es normal que  se empiece por buscar fuera. Dios es el Otro a cuyo encuentro salgo; pero la insatisfacción de esa búsqueda me lleva a encontrarlo en la interioridad donde más que encontrar a Dios es Dios quien me encuentra a mi. Luego vuelvo la mirada hacia afuera y todo se transfigura; porque me siento parte de un mundo al que ya no miro como extraño sino como amigo, como parte de mi vida, un mundo amado y redimido por el mismo Dios que me ama y me redime. Dios y el mundo son parte de mi. Lo siento cuando el Espíritu acaricia mi rostro con su brisa suave que inspira y expira mi alma llenándome de su ser y vaciándome de las cosas que no me dejan ser uno con Él. 


La fe es también un grito 
en medio de  ruidos amenazantes

En el evangelio vemos cómo Pedro se deja fascinar por el hecho de poder andar sobre el agua. Asustado por la presencia extraordinaria de Jesús que camina sobre el lago pide un signo para creer: “Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Y, sin apartar sus ojos de Él se echa al agua; pero cuando el ruido y la fuerza del viento distraen su atención empieza a hundirse,  grita: “Señor, sálvame”. 

La oración de Pedro es un grito en medio de los ruidos amenazantes del mundo, un retorno a la mirada de Jesús,  que enseguida extiende la mano, lo agarra y le dice: “¡Qué poca fe!”. ¡Qué poca confianza tienes en mí! ¿De veras creías que iba a dejar que te hundieras? Cuando Jesús, con Pedro de su mano, subió a la barca, amainó el viento. (Mt 14,28-31).  Cuando tomas conciencia de que Dios se aloja en tu corazón sobreviene la calma. Le ocurrió a Elías y le ocurre a Pedro.

¡Qué magnífica imagen de la vida espiritual! ¡Y qué excelente imagen de la Iglesia! A los que se amedrentan por las tormentas que envuelven y amenazan con hundir la barca, decirles que ésta se hundirá sólo si no va Cristo en ella; o en otros términos: las cosas no marchan bien para la Iglesia cuando no hay fe, cuando no hay silencio y vuelta de la mirada a Cristo, cuando no se pone atención a la voz de Dios que en la tormenta te dicre: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” (Mt 14,27). 

Cuando el miedo y la desconfianza te invaden, ¿qué puedes hacer? Arrodillarte a la puerta de la cueva, hacer silencio para dejar que Dios se manifieste; y cuando lo sientas, postrarte ante Jesús, como los discípulos en la barca; y renovar tu confianza en Él interiorizándole: “Realmente eres el Hijo de Dios” (Mt 14,33).

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Ante ti han pasado y pasarán hoy muchas cosas, muchos acontecimientos. Revisa tu vida y pregúntate dónde y cuándo hoy Dios te ha susurrado su Palabra y ha dejado sentir su presencia: en tu trabajo, en tu descanso de vacaciones, en el encuentro con tus amigos o vecinos, en tu familia, en el rato de oración, en tu tarea y compromiso parroquial o social, en el servicio concreto que has prestado…. Los sucesos más puntuales, espectaculares y ruidosos han cautivado más tu atención; otros hechos de vida fueron más silenciosos, más cotidianos, aparentemente más insignificantes e intrascendentes, pero no por ello menos significativos.

Si descubres la presencia de Dios en alguno de ellos, si al caer en la cuenta nacen en ti deseos de cubrirte el rostro y de póstrate ante Él diciendo ¡qué grande eres, Señor!, felicítate porque tienes fe. No sabrás explicarla, pero al sentirla adviertes que los vientos y tormentas que amenazaban tu vida han perdido peso y ya no ocupan el centro de la barca. Has encontrado en la fe el punto de apoyo que necesitaba la palanca de tu vida para poder moverse ella misma y mover el mundo.

Julio 2026
Casto Acedo 

¿Quién dices que soy yo? (22 de Agosto)

EVANGELIO Mateo 16,13-20 En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente...