viernes, 29 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD - 9. TRINIDAD Y RESURRECCIÓN

 


Un discípulo vivía atormentado por el miedo a la muerte. Cada vez que veía envejecer a alguien, cada vez que escuchaba hablar de enfermedad o despedidas, sentía un nudo en el pecho. Una noche fue a ver al maestro y le preguntó:
—¿Qué ocurre cuando morimos? ¿Todo termina?
El maestro no respondió. Lo llevó hasta un río ancho y silencioso que avanzaba lentamente hacia el horizonte.
—Mira el río —dijo.

Permanecieron allí largo rato. El agua seguía su camino sin detenerse. Entonces el maestro preguntó:
—¿Crees que el río teme llegar al mar?
—Tal vez —respondió el discípulo—. Al llegar, deja de ser río.
El maestro sonrió.
—Eso cree el río antes de conocer el mar.
El discípulo guardó silencio.

—Durante toda su vida —continuó el maestro— el río atraviesa montañas, barro, sequías y tormentas. A veces se siente fuerte; otras, apenas un hilo de agua. Pero todo su camino tiene una dirección. 
El anciano señaló el horizonte.
—Y al final descubre que no estaba perdiéndose… estaba regresando.

El discípulo preguntó en voz baja:
—¿Regresando a qué?
—A la inmensidad de donde vino.

El viento soplaba suavemente sobre el agua.
—La muerte —dijo el maestro— no es caer en la nada. Es entrar en el océano de Dios. Allí cesa el miedo, cesa la separación, cesa la sed.

El discípulo tenía los ojos húmedos.
—¿Entonces todo desemboca en Él?
—Todo —respondió el maestro—. Las alegrías y las heridas, las búsquedas y los cansancios, incluso las lágrimas que no entendiste. Nada se pierde. Todo encuentra descanso en Dios.

Después añadió:
—Por eso los sabios viven en paz. No porque conozcan todas las respuestas, sino porque ya han escuchado el rumor del mar mientras todavía caminan junto al río.

*

La Santísima Trinidad, Dios de vivos

Cerramos nuestra novena a la Santísima Trinidad meditando sobre algo que odia nuestra cultura: la muerte, una realidad a la que queremos escapar, pero que todos “viviremos” en algún momento. Y digo “viviremos” porque desde la perspectiva cristiana la muerte no es el cierre de la vida sino la apertura a una “vida nueva”. La vida como los ríos, desemboca en el mar, que no es sino el lugar de su origen, el punto de partida de las nubes que vierten su agua generando los ríos.  

Lo primero que hay que decir que la Santísima Trinidad no es Dios de muertos sino de vivos. Dice Jesús:

“Que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos». (Lc 20, 37-38).

Y el libro de la Sabiduría sentencia:

“Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera | y las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra”. (Sb 1,13-14)

La Santísima Trinidad estuvo presente toda ella, todo Dios, en la muerte del Hijo. En la cruz el Padre entrega al Hijo, el Hijo se entrega libremente y el Espíritu Santo es entregado al expirar Jesús. Pues bien, también la resurrección del Hijo es obra de la Trinidad. Hay textos del Nuevo Testamento que hablan de que el Hijo resucitó (1 Cor 15,4; Rm 6,9; etc), otros afirman que  el Padre resucitó a su Hijo (Hch 2,32; Rm 6,4; Gal 1,1; Ef 6,20; etc, y otros textos donde se menciona que el Espíritu vivificador lo resucitó  (Rm 1,4; 8,11).

Pensemos y meditemos hoy que el destino final del creyente es la resurrección. Son muchos los trujillaneros que a lo largo de siglos han adorado a la Santísima Trinidad y han venerado a Dios en su imagen.  Toda su vida, sus esfuerzos, sus lágrimas y sus alegrías, sus desvelos por el prójimo, su amor a Dios, ¿se perdió con la muerte? Sería el fracaso no sólo de nuestra fe sino también de toda vida; porque si “el río desapareciera sin tocar el mar” no habría retorno, ni agua, ni rio, ni mar. Pero, como dice san Pablo:

“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, las cosas  que Dios ha preparado para los que le aman”. (1 Cor 2,9).

El mismo optimismo respira san Pablo en este texto de sabor trinitario sobre la resurrección:

“El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”. (Rm  8,11
—¿Entonces todo desemboca en Dios?
—Todo —respondió el maestro—. Las alegrías y las heridas, las búsquedas y los cansancios, incluso las lágrimas que no entendiste. Nada se pierde. Todo encuentra descanso en Dios.

Traigamos a la mente para recordar, y al corazón para sentir y orar, a todos nuestros hermanos difuntos. Y ante la Santísima Trinidad, que “no es un Dios de muertos sino de vivos” agradezcámosle lo que Dios nos dio en todos ellos. Si estamos aquí es porque nuestros padres, abuelos, bisabuelos y todos nuestros antepasados, construyeron este templo, adquirieron esta imagen de la Santísima Trinidad y celebraron esta fiesta.

El credo habla de “la comunión de los santos”, una verdad de fe que nos enseña que no andamos solos por el mundo como peregrinos; también la Iglesia del cielo nos acompaña, vive en comunión con Dios y con nosotros. Por eso con los ángeles y los santos en cada misa cantamos la gloria de la Trinidad.

Un minuto de silencio

La Santísima Trinidad es “Dios de vivos”. La Vida fluye entre las tres personas del Misterio y se desborda en la creación, y especialmente en el corazón de la humanidad. DE Él venimos, hacia Él caminamos, y mientras esperamos el encuentro definitivo con Dios y con los santos que nos precedieron, alabamos y bendecimos a Dios en la confianza de que el movimiento del universo y nuestros movimientos conducen a Él:

Trinidad bendita,
el deseo universal, el gemido de todos, 
suspira por ti.
Todo cuanto existe, existe sólo en Ti.
En Ti desemboca el movimiento del universo.
Eres el fin de todos los seres; eres único.

*
Casto Acedo
Mayo 2026

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