lunes, 25 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD 5 - Conocer-amar a Dios


Un discípulo preguntó al maestro:
—¿Por qué, después de tantos libros sobre Dios, siento que no lo conozco?

El maestro le dijo:
—¿Conoces a tu madre?
—Claro.
—¿Porque has estudiado un tratado sobre ella?
—No, porque la amo.

El maestro sonrió:
—Solo se conoce de verdad aquello que se ama. Sin amor, las personas se convierten en objetos; y Dios, en una idea.

Luego añadió:
—Por eso Dios es Trinidad: el Padre conoce al Hijo amándolo, el Hijo conoce al Padre entregándose a Él, y el Espíritu es el amor que los une. En Dios, conocer y amar son la misma cosa.

Y concluyó:
—Quien no ama, podrá hablar mucho de Dios; pero no lo habrá conocido jamás.

 *

Conocer-amar a Dios


En el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo se narra la parábola de el juicio final. En ella Jesús identifica a Dios con el prójimo. Dirigiéndose a las buenas personas, les dice:
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, 36 estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme". (Mt 5, 34-36).
Hasta aquí todo bien. Pero lo sorprendente es que los justos no sabían que estaban ayudando a Dios mismo cuando ayudaban al prójimo:
Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?". Y el rey les dirá: "En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 5, 37-40)
Se dice literalmente en el texto que cada vez que amamos o despreciamos al prójimo no es que sea “como si” amáramos o despreciáramos a Dios, es que "de hecho" le amamos o le despreciamos. Y esto da a entender que “el prójimo es Dios para nosotros”, que hay una profunda simbiosis entre la presencia de Dios y la vid del hombre.

Si contemplamos a la Santísima Trinidad como Misterio de amor podemos entender esto mejor. Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres personas distintas, pero cada una de ellas está en la otra. Ofender o amar a una  de las personas es ofender o amar a las otras. Pues bien, ¡y esto es lo maravilloso!, Dios hace extensiva a la humanidad esa comunicación vital de la Trinidad. Con la encarnación del Hijo Dios ha entrado en la historia, se ha unido a la humanidad, se ha hecho uno de nosotros. Y nos ha enseñado que nada de lo que afecta los hombres le es ajeno; de ahí su empeño en mejorar el corazón y las vidas de aquellos con los que le tocó vivir.

Sin embargo, el concepto que mejor expresa lo que somos, lo que nos une y lo que nos debemos los unos a los otros, no es el de “solidaridad” sino el de “fraternidad”. Porque no somos un “aparte” de los otros sino “parte” de los otros.

Podemos entender esto mejor cuando hablamos de la familia. Mi hermano o hermana, mi padre o mi madre no son unos ”otros” cualquiera. En cierto modo los considero parte de mí mismo. Sus alegrías y sus penas, sus éxitos y sus fracasos, son míos. Porque hay algo que nos une: la sangre, el espíritu familia. Pues bien, toda la humanidad es nuestra familia; es lo que afirmamos cuando decimos “Padre nuestro”, no sólo de los cristianos, ni de los españoles, ni de los de izquierdas o los de derechas.

En la Biblia "conocer" y "amar" son conceptos imbricados. Quien no ama no pude conocer, porque su mirada está empañada y su visión de la realidad es distorsionada por su subjetividad pecadora.



"En Dios -en la Santísima Trinidad, dijo el maestro en la historia transcrita al principio- el Padre conoce al Hijo amándolo, el Hijo conoce al Padre entregándose a Él, y el Espíritu es el amor que los une. En Dios, conocer y amar son la misma cosa". Y concluyó: —Quien no ama, podrá hablar mucho de Dios; pero no lo habrá conocido jamás"

Adorar a Dios no es posible si odias al hermano. “Quien no ama a su hermano al que ve, no puede amar a Dios a quien no ve”, dice la carta de san Juan (1 Jn 4,20). El conocimiento verdadero se da en el amor: "El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1 Jn 4,8). En la Biblia “conocer” es amar. El odio distorsiona la visión de la realidad y sume el alma en la ignorancia de creer que su visión borrosa es la única verdad. Acceder al conocimiento de Dios exige apertura de mente y de corazón; si en tu mente y en tu corazón no caben el perdón y la misericordia para con el prójimo, tampoco cabe el conocimiento de Dios. A Dios no se accede por las ideas sino por el abandono amoroso.


Minuto de silencio

Contemplando a la Santísima Trinidad podemos miramos el modelo de familia que somos. Hay entre nosotros una diversidad en las apariencias, las formas, las creencias, las ideas, etc., pero también una unidad en el mismo Espíritu. Debería ver en la Trinidad a todo el mundo unido en un mismo Dios. Eso es lo que predicó Jesús: el Reino de Dios, un estilo de sentir y de vivir donde nadie es extraño a nadie, sino hermano, una fraternidad universal.

El modo de amar de Jesús, el Hijo, nos llama a imitar ese mismo amor. ¿Cómo? Acercándonos a quien tenemos que amar más con humildad, sin subjetivismos, mirándole desde Dios, es decir, con amor. Así le conoceremos, comprenderemos que sus actitudes negativas son fruto de sus circunstancias personales o sociales, y le amaremos in exigirle que responda a lo que nosotros esperamos de él. Así fue el amor que mostró Jesús.

Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor,
«desciende sobre mí» para que en mi alma
se realice como una encarnación del Verbo.
Que yo sea para El una humanidad suplementaria
en la que renueve todo su Misterio de amor.
(Santa Isabel de la Trinidad)

En el silencio de tu corazón, desea que también en ti se realice el mismo amor de Cristo encarnado, con palabras de santa Isabel de la Trinidad: "que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo".

Casto Acedo

Mayo 2026 

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