jueves, 25 de junio de 2026

Amor de Cristo, amor universal (28 de Junio)

 


EVANGELIO
Mt 10,37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

¡Palabra del Señor!

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Un amigo de mi  juventud  ponía en duda la idea de que pudiera haber un socialismo puro donde todos sean reconocidos y tratados por igual. Y lo argumentaba recurriendo al hecho de que un padre, por ley natural, siempre tratará de favorecer a su hijo rompiendo así con su subjetividad los principios de igualdad y justicia objetivas. 

En cierto modo podría tener razón, porque la familia, así como la confesión religiosa o la ideología propias son partes tan íntimas de nuestro ser que siempre tenderemos a concederles un poder que nunca deberíamos darles en el marco de nuestros principios de conciencia.  Y, bien mirado, el evangelio de hoy nos quiere advertir de este peligro. 

Partiendo de que en Dios encontramos la igualdad y la justicia, Jesús advierte de que esas virtudes tan nobles pueden ser degradadas por intereses que parecen justificados. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. ¿No es bueno querer a los padres y a los hijos más que a nadie? Sí y no. Es verdad que hay un mandamiento, el cuarto, que nos exige atender a la familia; pero no al precio de ser injustos con el resto de la humanidad.

O sea, que en lo referente al respeto e igualdad de las personas no valen categorías. Todos somos hijos de Dios, todos tenemos su misma sangre, luego todos somos iguales y merecemos el mejor trato. Pero en la práctica no suele ser así. Si observas tu relación con tus padres, tus hijos o tus hermanos, verás que no sólo hay un egoísmo personal según el cual yo mismo me miro por encima de otros, también existe un egoísmo familiar que cierra determinadas puertas a quienes no forman parte de ella. Y ampliando el campo, también hay un egoísmo político, social, religioso, etc. según el cual no nos vemos unos a otros con los ojos de Dios Padre de todos sino con las gafas de nuestro ego.

El evangelio de san Mateo, del que forma parte el texto de hoy, llama a un compromiso serio por el desapego de costumbres y tradiciones familiares y sociales que nos alejan del respeto y consideración que merecen todas y cada una de las personas del mundo; esas costumbres, no nos dejan ser nosotros mismos y hacen mucho daño; por ejemplo el rechazo al inmigrante amparados en que primero estamos nosotros, como si las fronteras fueran cosa de Dios; la defensa del nacionalismo amparados en que lo que tenemos y hemos conseguido como pueblo es nuestro y solo nuestro; o el ninguneo o minusvaloración de quienes no comparten mis creencias y prácticas religiosas o políticas, etc. Todo eso hace que terminemos marginando y persiguiendo a quienes no se amoldan a nuestros criterios o intereses.


Aferrados al automatismo de costumbres familiares o de clase creemos hallar en ellos la verdad de la vida. Pero lo cierto es que al dejarnos llevar por esos criterios nuestro amor no es universal sino parcial y así no hay modo de ser felices. Creemos ganar la vida encerrándonos en la isla del pequeño grupo y lo que hacemos es perderla. “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. La felicidad está más allá de nuestros guetos; está bien que cuidemos aquello que afectivamente nos seduce, pero es una monstruosidad que lo hagamos a cambio de ser injustos y desleales con los que no son parte de nuestro ámbito más cercano;  está bien cuidar la familia, la región, la nación, el continente, pero ¿justifica eso la minusvaloración o marginación de los que no consideramos como parte de estas realidades?

En conclusión: Sólo es digno de Jesús quien vive abierto a un amor sin límites ni restricciones. ¿Vas a negar un vaso de agua a alguien porque su pertenencia social o su visión de la vida no sea de tu agrado? Lo que Jesús defiende en el evangelio de hoy para sus seguidores, y que expone para defensa de la dignidad de sus discípulos, procuremos hacerlo extensivo a todo ser humano. Porque Dios es Padre de todos, y solo es digno de llamarle Padre quien de veras ha entendido la fraternidad universal. Quien vive según esta verdad habrá ganado la vida, recibirá la paga de la felicidad. 

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Por cierto, ese amigo, desgraciadamente ya fallecido, y que me comentaba que no se podía ser justo e igualitario con todos porque los intereses familiares tiran mucho, llegó a ser alcalde socialista de mi pueblo natal. 

Para él mi recuerdo y mi oración deseando que junto al Padre eterno haya comprendido que los obstáculos que la propia familia puede poner a una vida justa y libre pueden superarse con la ayuda de la gracia de Dios. Basta afrontar con fe la cruz que trae consigo silenciar nuestros singulares afectos familiares. 

Quien deja a un lado "casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras" para servir al amor universal de Jesús "recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (Mt 19,29); quien se confía a Jesús y su mensaje recibe la paga de una vida justa, digna y feliz.

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¡Feliz domingo!

Junio 2026
Casto Acedo. 


Recibir a Cristo, acoger al hermano (28 de Junio)

EVANGELIO
Mt 10,37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. 

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. 

El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

¡Palabra del Señor! 

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Al final tienes recursos sobre el tema desarrollado: un PowerPoint y un audio (19 m)


Familia y discipulado

La lectura del evangelio de hoy es la conclusión del capítulo diez de san Mateo, que recoge el llamado "discurso apostólico", serie de consejos dados por Jesús a sus apóstoles de cara a una misión que no será fácil.  Jesús dirá de sí mismo que no ha venido a traer paz sino espada (v.34), y avisa de que los problemas van a surgir incluso con los más cercanos, la propia familia; se enfrentarán “el hijo con su Padre y la hija con su madre, la nuera con la suegra, los enemigos de cada uno serán los de su propia casa” (vv.34-36).  Ante las dificultades externas (rechazo, persecuciones) que encontrará el apóstol Jesús aconsejará perder los miedos, ya que el Padre no les dejará de su mano (vv. 29-30)

Al apóstol se le exige una entrega total, que incluye  lo que parece un desapego familiar escandaloso. El amor al Señor habrá de ocupar el primer puesto en la consideración del discípulo: "El que quiera a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, nones digno de mi" (v.17). Palabras estas que sin un contexto adecuado parecen contradictorias puestas en boca de quien nunca negó sino que  recapituló la validez del cuarto mandamiento, que manda amar a padre y madre (cf Mt 5,17; 19,19). 

Evitemos una lectura fundamentalista de estas palabras. ¡Cuántos líderes de grupos sectarios las habrán utilizado para alejar a sus seguidores de los afectos familiares y fijarlos a la causa de la secta! Pero no es esta la intención de Jesús. Leído en su contexto, y aplicando el más elemental sensus fidei, Jesús no está invitando a volverse contra la familia, sólo está indicando que los problemas que por su causa puedan surgir dentro de ella han de ser dirimidos sin renunciar a la propia libertad personal. 

Ser discípulo de Jesús no debe contaminar sino sanar las relaciones parentales. Se pide  radicalidad en el seguimiento, pero ese imperativo se supone acompañado de actitudes positivas con los tuyos, aunque sin renunciar a la fe cuando ésta entra en conflicto con ellos. Esta es una cruz que no suele faltar en la vida del cristiano, una cruz que no se debe evadir sino gestionar. “El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mi” (v,38).




Cruz y discipulado 

"El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí", dice Jesús. Por tanto, tomar la cruz es consustancial al seguimiento. La cruz es la señal del cristiano; así lo ensaña el catecismo.  Pero ¿no es el amor la señal que nos identifica? Pues sí: “en esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13,35). Amor y cruz se identifican. Por eso podemos decir que lo propio de nuestra fe es el amor en la dimensión de la cruz, el amor ágape, que no mira a sí mismo sino a los hermanos; y ¿acaso no son los hermanos la cruz que llevó Cristo?  (cf Jn 3,16). 

Me gusta decir que los términos “cruz” y “realidad” son equivalentes para el evangelio. Cuando Jesús dice que hay que llevar la cruz no hace otra cosa que invitar a llevar la vida hacia adelante con amor. Llevar la cruz es aplicar amor a la situación personal, tal vez marcada por alguna enfermedad o limitación congénita; o por los problemas familiares; o por la marginación y el rechazo de quienes no te aceptan por tu fe o tus ideas.  ¡Qué lejos esta concepción de "cargar con la cruz" de aquella que busca cruces exóticas recurriendo a  cilicios y otros artilugios de tortura, prácticas normalmente desligadas de un amor concreto a Dios, al que considera un tirano exigente, al hermano e incluso a uno mismo!

Llevar la cruz es vivir buscando solucionar con amor los problemas familiares que se presentan; o luchar por arreglar las situaciones laborales complicadas a menudo por la falta de un trabajo digno o por la realidad de la explotación; o afrontar con empeño una salida justa a los problemas sociales que te toca en suerte vivir. La cruces son conflictos dolorosos  que requieren mucha purificación en quienes los afrontan para encontrar soluciones. El reto está en hacerlo todo sin perder la paciencia y el amor. La referencia la tenemos en la cruz de Jesús. ¿Cómo vivió el rechazo? ¿Cuál fue su reacción ante los problemas reales que encontró en su camino? 

Jesús dio su vida por nosotros. Antes que responder con odio y venganza -lo cual hubiera supuesto la victoria del mal- en la cruz optó por no soltar la perla que da valor al madero: el amor. Este es el camino de la cruz. “El que pierda su vida por mi, la encontrará” (v,39). 



Acoger al misionero

Jesús termina su discurso de hoy con unas hermosas palabras que hablan de acogida. Si quienes rechazan a los discípulos están rechazando a Jesús, la otra cara de la moneda es la gratificante experiencia de quienes son acogidos por el hecho de ser sus discípulos. 

Mi experiencia como sacerdote, y la de muchos otros que se dedican a la misión, es que generalmente somos acogidos por la gente con un cariño que está más allá de lo que merecemos. Las palabras de Jesús: “el que os acoge a vosotros, me recibe a mí” (v.40) las ve cumplidas sobradamente quien honradamente se dedica a la misión. 

La experiencia de ser recibidos nos lleva al compromiso de abrir los brazos a todos como virtud fundamental. Se habla mucho de la acogida incondicional en el ámbito de la escucha y el cuidado. Acoger es recibir, dejar entrar en la propia casa, en la propia vida. Me he referido a la dicha que supone para el evangelizador “ser acogido”, aceptado, comprendido en su ministerio. El texto evangélico de hoy se refiere a la acogida que se da a Jesús en sus misioneros, actitud meritoria del “que recibe a un profeta, … a un justo,… a un discípulo” (v. 41). Anima así a los suyos, porque ser misionero tiene también su premio. Pero a su vez, quien recibe al misionero no perderá su paga (v. 42).


Acogida y evangelización 

Acoger y ser acogido. Amar y ser amado. En activa o en pasiva estos verbos conjugan todo el quehacer de la evangelización.  

Nos quejamos a menudo de que la Iglesia no es bien recibida por el mundo contemporáneo. Ahora bien, ¿es la Iglesia acogedora con el mundo? Acoger como Iglesia es “abrir las puertas”, dejar que otros entren en la vida de la comunidad con sus realidades: sus dudas, sus tropiezos, sus peculiaridades. La evangelización ha de estar marcada por la acogida. Y esta ha de ser universal, sin distinción. Acoger también a quienes no parecen merecerlo. ¿Acaso no enseñó Jesús a acoger a publicanos y pecadores? 

Con excesiva frecuencia se demoniza y excluye del abrazo fraterno a quienes no cumplen las leyes  y exigencias morales prescritos por los cánones para acceder a los sacramentos. Siempre tenemos la tentación de reducir la acogida en la Iglesia sólo a los “puros”, a los ya salvados y dignos de celebrar los Misterios. Esto supondría hacer gala de un refinado cinismo (cf Jn 8,7)

 Jesús no ponía trabas a la acogida; vivó con brazos abiertos a todos; nosotros escatimamos ese don. En una encuesta realizada en Canadá hace unos años se preguntaba la razón por la cual la gente no se acercaba a la Iglesia. La respuesta de muchos fue que cuando entraban en ámbitos eclesiales se sentían juzgados y señalados; poco acogidos. ¡Qué distinto de la mirada de Jesús a Zaqueo, a la pecadora pública que le lavó los pies en casa de Simón, al ciego de nacimiento, a Mateo, etc. ¡Tenemos mucho que aprender del Maestro! 

Una Iglesia que ama y acoge no suele ser rechazada. Lo digo por algunos que creen evangelizar proponiendo y poniendo normas, leyes y exigencias. Luego, cuando sienten el rechazo, estos mismos evangelizadores, apoyándose en que lo hacen por Cristo, se jactan del mérito de su virtud al ser rechazados. Hay quien confunde la parresía (valentía evangélica) con la obstinación fundamentalista. El anuncio valiente del evangelio no consiste en sacar pecho e imponer a otros doctrinas dogmatistas y cerrados criterios morales, sino en defender la causa de Dios, su amor misericordioso, por encima de cualquier otro valor. Y esto no es cuestión de verdades ortodoxas ni de leyes can, es asunto del corazón.

Si la persecución viene causada por un exceso de amor en defensa de los pobres, los débiles y los pecadores (que no es defensa de la miseria, el poder y el pecado), enhorabuena. ¡Bendita parresía! Forma parte de la dinámica del profeta el ser perseguido y marginado por los poderes instituidos. Pero seamos cautos y no confundamos algo tan serio como el martirio con la parodia de “hacerse el mártir”. Jesús murió crucificado, pero nunca se quejó de la realidad-cruz que le tocó vivir en su momento histórico. Éste es el camino, vivir con brazos abiertos hacia todos, y, con permiso del Maestro, poner la otra mejilla cuando desde dentro o desde fuera vengan los palos. Mucho valor, mucho amor, mucha humildad, mucha paciencia. Cargar la cruz. Cualidades del apóstol.


Concluyendo

Un domingo éste para evaluar nuestro discipulado desde el desapego de afectos subjetivistas y desde la aceptación de la cruz.  ¿Amo a quienes no forman  parte de mi círculo familiar y amistades con el mismo celo que a éstos? ¿Acepto que los demás puedan no comprender mi fe y mi apostolado? ¿Hasta qué punto me siento acogido por Jesús y acojo a todos como espero ser acogido por Él? Del sentimiento de ser amado y querido por Dios depende mucho la acogida que hago a los demás; y desde mi grado de acogida al otro puedo deducir mi fe en el Dios de la misericordia. 

Como telón de fondo de todo lo dicho en el tema, la sentencia de Jesús que proclama: "El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará". En esto del seguimiento lo importante es estar dispuesto a darlo todo, a perderlo todo; que en el lenguaje del evangelio es encontrarlo todo. 

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Nota: 
Tienes un comentario distinto al evangelio de hoy en;

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Recursos para profundizar

Power Point sobre el texto

Comentario en audio (19 minutos):

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Junio 2026
Casto Acedo.  

viernes, 19 de junio de 2026

No tengáis miedo (21 de Junio)



DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 
5,12-15

Hermanos: la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.

Palabra de Dios.

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EVANGELIO
Mt 10,26-33
Dijo Jesús a sus apóstoles:

—«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».

Palabra del Señor

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Recursos de apoyo o profundización sobre el texto al final; Power Point y audio (22 m)
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El miedo

Me gusta decir que el polo opuesto al amor no es el odio sino el miedo. ¿Qué es lo que me impide darme del todo a Dios y al prójimo? ¿Porqué me aferro a mis dineros, mis títulos o mis seguridades afectivas? ¿Qué lleva a tantas parejas a no comprometerse a vivir para siempre compartiendo cuerpo, alma y bienes? Tengo mi respuesta: el miedo. ¿Qué me ocurrirá si me entrego a Dios totalmente siguiendo los votos de virginidad, pobreza y obediencia  abrazando la vida monástica? ¿Cómo voy a dormir tranquilo sin el “colchoncito” de mis ahorros o mi paguita de jubilación? ¿Quién me atenderá en la enfermedad o en la vejez si no tengo con qué pagar la atención que necesitaré? Sólo pensar en la carestía de bienes materiales, la falta de afectos humanos o la posibilidad de no significar nada para nadie, me aterra, me hace entrar en pánico y me lleva a aferrarme desesperadamente a las cosas, a las personas y a mi propio ego. Es por miedo que dejo de confiar en la providencia de Dios y me paso al bando de las seguridades -mejor decir inseguridades- mundanas (cf Mt 16,26). El miedo me hace posesivo, egoísta.

¿Se puede vivir sin miedos? El libro del Génesis nos dibuja el paraíso como un lugar de felicidad, donde el miedo no existe. “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31). Y ya sabemos que la bondad es el cimiento de la felicidad. Adán y Eva gozaban de bienestar físico y anímico; lo tenían todo para satisfacer sus necesidades materiales y espirituales. Vivían ajenos a la muerte; para siempre con Dios. Todo estaba a su servicio, aunque nada era suyo. Todo era de Dios. 

Pero, como ya sabemos, en esa felicidad paradisíaca se entromete la Serpiente que lleva a Adán a perder la confianza en Dios y a hundirse en la miseria. La fiebre posesiva del egoísmo rompe la armonía de la creación y surge el miedo: “Oí tu ruido en el jardín -dice Adán tras la caída-, me dio miedo porque estaba desnudo, y me escondí” (Gn 3,10). Ha dado la espalda a Dios y le ha sobrevenido la desgracia. La vergüenza y el miedo se adueñan de su alma. 

La historia de Adán y Eva es la historia de nuestro pecado. “Por un hombre -dice san Pablo- entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos, porque todos pecaron” (Rm 5,12). Somos pecadores porque desconfiamos de los planes de Dios para con nosotros; ponemos la felicidad en ser el centro del universo, en tenerlo todo por derecho, en ser pequeños dioses dignos de alabanza y de gloria. Pero solo Dios merece culto de adoración. Nuestra vida se encuentra consigo misma  cuando se descentra de su ego y se centra en Dios; y pierde su sentido cuando le da la espalda al Creador. Sin Dios entramos en el caos y la oscuridad. Es el efecto del pecado, lo que ocurre cuando abandonamos la dulzura de la verdad y entramos a saborear la amargura de la mentira. Entonces sobreviene la tristeza, porque de la mentira sólo se puede sacar sufrimiento, asco y muerte.

Alza la mirada a la Cruz

“Ay de mí -dice san Pablo en otro lugar de la carta a los Romanos-. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte". Y La Palabra de Dios le responde. ¡Gracias sean dadas Dios, por Jesucristo nuestro Señor!” (Rm 7,24). El pecado me hace experimentar la insatisfacción y la muerte; y el remedio a esa frustración es Jesucristo, Nuevo Adán. ¡Grande es su amor! Dios mismo, encarnado en la persona del Hijo, viene a enseñarnos que al veneno de la Serpiente -la mentira, el odio y el ateísmo-, que tanto daño hace, se cura elevando Él la mirada, alzando la mirada a la Cruz (cf Jn 3,14-16), como canta el himno de la reciente visita del papa León a España. El ejercicio de contemplar el amor de Dios en Jesucristo crucificado nos devuelve la luz.

La semana pasada, en la segunda lectura de la misa, decía san Pablo algo que debería conmoverte: "Dios te sigue amando a pesar de tu pecado; y la prueba de su amor no es otra que su entrega en la Cruz por ti. Ahí, se entrega por ti; (la proposición “por” tiene un doble sentido: “porque tú le matas” y “porque te quiere”). Desde la cruz Dios mismo, crucificado por ti, no te mira con odio sino con amor; su amor es más fuerte que tu odio (cf Rm 5,6-8). ¡Mírale! ¿Qué más necesitas para convertirte a su amor? Si Dios está contigo, ¿qué temes? 

Si con fe te adhieres a Él, nada ni nadie te podrá apartar del amor de Dios; su gracia no te da la espalda: “Si por el delito de uno sólo (Adán) murieron todos, con la gracia de Dios y el don otorgado por un sólo hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos” (Rm 5,15).



Perder el miedo

“No tengáis miedo a los hombres..., a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, dice hoy Jesús. No tengas miedo a romper la inercia de la irreligión, el consumismo y el miedo al qué dirán. Jesús sabe que para llevar a cabo el modo de vida que Él predica hace falta valor. Porque la Serpiente no deja de estar presente tentándote con una vida conformista y alienante. Cuando te falta verdadera fe en Jesús te puede el miedo al vacío, entras en pánico espiritual y te agarras a cualquier cosa; te amoldamos a las modas y el criterio de las mayorías y no vives tu vida sino la de otros, la que el mundo te quiera imponer.

Ser cristiano o cristiana es vocación de libertad. No temer al juicio de los hombres, sólo temer al juicio de Dios. Y el temor de Dios no es miedo sino prudencia, respeto, reverencia y reconocimiento de su grandeza; deseo de vivir de acuerdo con su voluntad sabiendo que es lo mejor que puedo hacer. Temor de Dios es amor a Él. “No hay temor en el amor -dice la primera carta de san Juan-, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1 Jn 4,18).

El antídoto contra el miedo es el amor,: no tu amor, siempre pobre y deficiente,  sino el amor de Dios. Para quitar el miedo se deben poner los ojos en el Crucificado, dedicarle tiempo a la oración, meditar acerca del amor divino. A eso invita el salmo 34: “Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. El ángel del Señor acampa en torno a quienes lo temen y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él" (Sal 34,6.8-9.

Quien confía en mí y confiesa mi Nombre, dice Jesús hoy, “quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos” Te toca elegir, el miedo al qué dirán, la vergüenza de confesar tu fe, o el testimonio valiente ante quienes “matan el cuerpo pero no pueden matar el alma”. Dios se goza en quienes le temen (aman) y practican la justicia, (Hch 10,35), Dios está contigo, ¿a quién temeré? A nada ni a nadie (cf Sal 27,1).

Aprovecha este domingo (esta semana) para detectar tus miedos y reconocer los deseos o aferramientos que los producen. ¿Merece la pena poner la vida en tesoros que el tiempo y la vida te pueden robar? ¿Vivirás  en el miedo a perderlo todo en un golpe de mala suerte?  Pon tu corazón en el temor de Dios, en su amor infinito, que no te defraudará. Vivirás en confianza sabiendo que  todo está en manos de Dios que sabe lo que te conviene (Mt cf 6,19-23).
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Recursos para interiorizar y profundizar:

Power Point

Audio (20 m)
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¡Feliz domingo!

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Casto Acedo
Junio 2026

jueves, 11 de junio de 2026

Compasión (Domingo 14 de Junio)

Centro la reflexión del 11º domingo en el tema de  la  compasión, aunque la primera lectura y el evangelio de este día parecen sugerir más el tema de la elección. De todos modos, ¿para qué eligie el Señor? Para prolongar en la historia su presencia haciendo visible y palpable la compasión de Dios. Puede aprovecharse la reflexión que propongo como tema sugerente también para el día del Corazón de Jesús.


CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS, 5,6-11.

Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ...  Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

EVANGELIO. Mt 9,36-10,8

Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:

—«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

—«No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.

Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».


Palabra del Señor.


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Audio (22 minutos) y PowerPoint  al final del texto 


Compasión 

Si hay una palabra que define al Dios de judíos, musulmanes y cristianos, esa es “compasión”. Cuando Moisés preguntó a Dios por su nombre “el Señor pasó ante él proclamando: el Señor, el Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Ex 34,6). El Corán abre su mensaje con alabanzas a la compasión de Dios: "Alabado sea Dios, Señor del universo, el compasivo, el misericordioso” (1 S 1-2), y Jesús invita a ser como Él, igual al Padre en compasión y misericordia: "Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13,14-15). “Sed compasivos como vuestro padre del cielo es compasivo” (Lc 6,36).

Hoy el Evangelio abre proclamando la compasión de Dios en Jesucristo: “Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”. 

La definición de Dios que da san Juan en su primera carta, “Dios es amor” (1 Jn 4,8), podría decirse como "Dios es compasión", porque ¿qué es amar sino "con-padecer", hacer propios los gozos y sufrimientos de la humanidad. La compasión es consecuencia necesaria del amor. ¿Acaso se puede amar sin gozarse de los bienes y condolerse de los sufrimientos de los demás? Pues bien, si el amor de Dios es universal también lo es su compasión.

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Jesús hizo de su vida un acto de compasión. Desde la encarnación hasta la cruz va dejando ver el alcance de la misericordia del Padre. Desborda compasión cuando le sale al paso la enfermedad y la muerte (Mt 20,34; Mc 1,41; Lc 7,13); se duele con quienes padecen hambre (Mt 14,14; 15,32 / Mc 6,34; 8,2), o, como deja ver el evangelio de este domingo, hace suyos los sentimientos de quienes viven extenuados y abandonados (Mt 9,36). En estos textos el evangelista echa mano de un término griego: splagchnizomai, que significa sentirse conmovido en las entrañas y en los intestinos, misericordia entrañable.

En los relatos de los milagros encontramos esta palabra una y otra vez: “Se le acerca un leproso, suplicándole ... Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio»” (Mc 1,40-41). “Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer” (Mt 15,32), dijo antes de la multiplicación de los panes. Antes de resucitar a un joven hijo único de una viuda “se compadeció de ella y le dijo: «No llores»” (Lc 7,13).

La cima de la compasión divina de Dios en Jesús se revela en la cruz; ahí confluye el amor del Padre, que se da en la adversidad suprema, con el pecado de quienes le crucifican: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Segunda lectura de hoy). ¿Puede existir un amor o compasión mayor? Es tan grande que en ese cruce de la gracia de Dios y el pecado de la humanidad se obra el milagro de la sanación. Como quedó sanado el centurión, que al ver la entereza y misericordia que mostró Jesús en su pasión y crucifixión, exclamó: "Verdaderamente este era hijo de Dios" (Mc 15,41). ¿Qué vió este hombre para hacer semejante confesión de fe? Vio cómo la maldad, provocando hasta el extremo a Jesús con la soledad y el dolor de la pasión, no pudo conseguir de Jesús una blasfemia sino una fidelidad inconmovible a Dios Padre, que en Él se deja ver como pura compasión.

El amor compasivo es clave en el Evangelio; no hay "Buena Noticia" sin amor compasivo. Y podemos decir sin temor a equivocarnos que la fe en la eficacia salvadora de la compasión y su práctica constituyen la clave de la vida. Si Dios es compasión y el hombre y la mujer son creados a imagen semejanza de un Dios compasivo, es claro que la compasión es parte esencial del ser humano. Sin la práctica del amor-compasión la semejanza divina y el proyecto humano de realización personal según su ser divino queda incompleto; por eso Jesús invita directamente a practicar la compasión, no sólo para hacer méritos sino para llegar a conocernos y a aceptarnos en lo que somos y ser felices siendo fieles al "amor que somos desde la creación". EL amor no es algo que tengamos que recibir de fuera, es más un bien un talento que recibimos al nacer y que debemos poner en juego. Desperdicia su vida quien no desarrolla en su ser el amor compasivo que es.


La variedad de la compasión

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7) “Andad, aprended lo que significa "Misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9,13). “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,12)

La compasión es el camino de la felicidad que Dios quiere para  ti, un ejercicio que podemos contemplar como autocompasión, como amor al prójimo y como amor de Dios (cf Mt 22,36-39).

1) Autocompasión. Para acceder a las riquezas de la compasión has de cambiar primero tu mirada sobre ti mismo. ¡Si conocieras el don de Dios! ¡Sí supieras el aprecio en que te tiene! Acostumbrado cada  cual a verse como el eje sobre el que gira todo lo que ocurre a su alrededor, necesitamos aprender a mirarnos desde fuera, con los ojos del mismo Dios. El primer paso para alcanzar compasión es comprender que eres una de esas ovejas a las que Jesús mira y compadece porque anda perdida y extenuada. Cansancio y pérdida de sentido son la consecuencia del alejamiento del amor de Dios y el consecuente olvido del prójimo.  ¿No has sentido nunca esas sensaciones? Soledad, vacío, oscuridad. Ahí Jesús te sale al paso y se compadece de ti. 

Sentir la compasión de Dios sobre ti es un buen ejercicio de oración; un primer paso  necesario para amar, perdonar y aceptar a otros. No puedes amar a otros si no empiezas por amarte, perdonarte y aceptarte a ti mismo. Contemplarte desde Dios te lleva a quererte desde Él, a reconciliarte contigo, a pedir perdón a Dios. "Por Jesucristo hemos obtenido la reconciliación".

2) Padecer con todos. Deberías abrir tus puertas de par en para hacer tuyo el gozo y el sufrimiento del mundo. Esto sólo es posible desde un maduro amor fraterno. La compasión no es un simple gesto externo de solidaridad, algo tan simple como poner tu tiempo, tu dinero o tus conocimientos al servicio de quien goza o sufre en el cuerpo o en el espíritu. Ser compasivo es algo profundo, un sentimiento que nace de la conciencia de  fraternidad; un sentir que el hermano soy yo y un estar dispuesto a  entregar la propia vida practicando las obras de misericordia, como Jesús.

Quién vive la compasión no hace suyo el gozo y el padecimiento de la humanidad por simple empatía o capacidad para ponerse en lugar de otros seres; su motivación es más honda: ha llegado a asimilar que el prójimo no le es ajeno, que  él es en ellos y ellos son en él,  que ellos son su carne y en ellos es él mismo quien sufre. Quien compadece hace suyos los gozos y los sufrimientos del mundo, como Jesús (cf GS 1).


3) El misterio de la compasión: misterio de la cruz. Observa cómo en la cruz de Jesús confluyen todos los males del mundo; "cargó con nuestros pecados" (1 Pe 2,24). Contémplale en la cruz  bebiendo el cáliz amargo de la miseria humana, sufriendo toda su negrura. Y contempla también en la cruz el corazón de Jesús, llama ardiente, horno encendido de amor que acoge con paciencia y perdón todo el sufrimiento del mundo, todo pecado. Mientras más miseria absorbe y quema, más potente es la llama del amor y más calor y luz desprende. “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”, dice San Pablo (Rm 5,20). Este el milagro de la compasión, que es capaz de sobreponerse sobre el odio poniendo amor en su lugar. "¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!" (Lc 23,34). 

Dice san Juan de la Cruz hablando del fuego del Espíritu: ¡Oh cauterio suave! ... matando muerte, en vida eterna la has trocado! Ser compasivo es "matar muerte", responder con amor, perdón y aceptación al odio, la venganza y el rechazo. Porque el exceso del mal sólo lo vence otro exceso, el exceso del amor, exceso de la cruz.  El amor compasivo de Cristo es enorme e inimaginable porque abraza y y purifica en su fuego los pecados del mundo entero. "Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado" (1 Pe, 2,24).  
 
La práctica de la compasión te conecta con el Corazón de Jesús. Cuando reconoces tus errores, te auto-compadeces y te acercas al amor sanador de Jesús; cuando acoges en ti los gozos y los sufrimientos del mundo y alimentas el fuego de tu corazón con el fuego del amor y el perdón te haces un solo ser con Jesús. Cada vez que tus entrañas se conmueven ante el sufrimiento y suavizas el dolor de tus hermanos haciendo tuya la cruz, estás manteniendo encendida la llama del amor divino en tu corazón.  Ahí estás encontrando tu ser  en Cristo  reconciliando a toda la humanidad consigo misma y con Dios, porque estás siguiendo el mandato de Jesús:  "Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis".


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Contemplación y acción. 

Todo lo dicho te puede servir para contemplar la compasión de Dios y te da pistas para encontrarte con ella. Pero no olvides que esto que lees y puedes contemplar en la oración son  sólo letras o ideas en tu mente y sentimientos en tu corazón. Son sólo la chispa que puede provocar el incendio. De nada sirve si no pasas de la contemplación a la acción. De ti depende que el fuego del Reino de Dios se extienda por el mundo (Lc 12.49). 

Sin compromiso de vida por tu parte todo lo dicho aquí es sólo un juego de palabras que se lleva el viento. El amor compasivo sólo se palpa en la vida. ¿Recuerdas lo que le dijo Jesús a quien le preguntó quién era el prójimo al que debe amar? Le respondió con la parábola de El buen samaritano, y luego le preguntó: "¿Cuál de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». El dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo»" (Lc 10, 36-37). Recuerda que en este pasaje todo comenzó por la pregunta acerca del mandamiento principal de la ley; y Jesús le contestó: ser compasivo de hecho. ¿Ves lo que hizo el buen samaritano?: ¡Anda y haz tú lo mismo! 

Algo de esto ha dicho el papa León en su discurso en Canarias. "Nadie puede arrodillarse ante Dios si desprecia al hermano". Como creyente medita estas palabras antes de opinar sobre inmigración o de verte ante la elección de acoger o no a  inmigrantes. Compasión ante todo. 

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Recursos. 
Audio sobre este tema (22 m):

PowerPoint:

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¡Feliz domingo!
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Junio 2026
Casto Acedo

jueves, 4 de junio de 2026

Corpus Christi (7 de Junio)


EVANGELIO 
Jn 6,51-58.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos se pusieron a discutir entre ellos:

—¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Jesús les dijo:

—En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente.

¡Palabra del Señor!

Recurso de audio (15 minutos) y PowerPoint al final del texto.


Eucaristía, Iglesia y Comunión.

La Solemnidad del Corpus Christi de este año estará marcada por la visita del Papa León XIV a Madrid, un acontecimiento que nos permitirá apreciar la relación íntima entre el Cuerpo de Cristo (“Corpus Christi; sacramento eucarístico) y el “Cuerpo místico de Cristo (la Iglesia).

Se señala el día de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, como el momento puntual en que tuvo lugar el nacimiento de la Iglesia. Pero ese momento clave no se puede entender separado de la globalidad de la vida de Jesús. Podremos decir que la Iglesia comienza su andadura con el misterio de la Encarnación, cuando el Espíritu Santo cubre a la Virgen María con su sombra y hace de ella la primera “cristiana” (Lc 1,35), imagen de la Iglesia que lleva a Cristo en su seno y cuya misión es hacerlo presente y darlo al mundo. Tampoco es desdeñable para la eclesiología el momento de la elección de los primeros discípulos y la selección de Doce de ellos para que continúen su obra misionera (Lc 9,1-2). El Evangelio de san Juan, en la pasión, nos ofrece también sus testimonios eclesiales al hablar de la vid y los sarmientos (Jn 15,1-17), ¡qué hermosa imagen de la Iglesia!; al darnos a María como Madre al pie de la cruz (Jn 19,27); o al indicar cómo del costado abierto de Cristo brotan sangre y agua (Jn 19,34), símbolos indubitables del Bautismo y la Eucaristía, sacramentos que introducen en la vida de la Iglesia y alimentan su dinamismo espiritual.

Hoy, día del Corpus, podemos considerar también la institución de la Eucaristía como un hecho de especial relevancia eclesial. Hay quien ha dicho que la Iglesia nace en el momento en que Cristo, en su última cena, se entrega a sí mismo en el Sacramento del Pan y del Vino y pide a los suyos que repitan ese gesto: “haced esto en memoria mía” (1 Cor 11,24b), ¿no está aquí Jesús estableciendo una Iglesia que se ha de mantener en la memoria de su Señor poniéndolo en el centro de su ser? ¿Qué es la Iglesia sino la comunidad reunida para hacer memoria de la Pascua? Jesús instituye la Eucaristía como vínculo de comunión eclesial.

La segunda lectura de hoy forma parte de las palabras que san Pablo dirige a los Corintios advirtiéndoles de la gravedad que supone comer del mismo pan eucarístico y, sin embargo, vivir divididos y enfrentados; comunión eucarística y comunión eclesial van unidas:
"La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Cor 10,16-17).
La Eucaristía se presenta claramente aquí como el nexo de unión entre los miembros de la comunidad. En el capítulo 12 de la misma carta a los Corintios habla san Pablo de la Iglesia como Cuerpo de Cristo: “vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro” (12,27). Es una imagen preciosa de lo que somos, y de lo que Cristo es para nosotros. “Él es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia” (Col 1,18); sin Cristo el cuerpo que es la Iglesia anda descerebrado, sin inteligencia, sin oídos para escuchar la Palabra, sin visión y sin capacidad para gustar la sabrosa sabiduría divina. Cristo unifica el cuerpo, lo dinamiza y hace que sea cuerpo eucarístico (comunión).

Jesucristo, sumo Pontífice


Espero con interés poder ver al Papa León XIV presidiendo la Eucaristía multitudinaria en Madrid el día del Corpus, y llevando en sus manos la custodia en la procesión que tendrá lugar a continuación. Tendremos una imagen visual de la Iglesia, comunidad reunida en el nombre del Señor, presidida por el Sumo Pontífice. Pero no nos confundamos, la Cabeza de la Iglesia no es el Papa, es Aquel que el Papa llevará en sus manos; la figura del Papa será la de la Iglesia que recibe a su Señor y, más que llevarlo, se deja llevar por Él. Será un signo eclesial digno de ser meditado: en medio de una masa ingente de fieles, escondido en el Misterio del Pan, Cristo camina con nosotros. Como trasfondo la Palabra de Dios a su Pueblo: “este es el pan del cielo...; el que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,58). Este mismo anuncio es el de las procesiones de Corpus que se celebrarán en este día.

El único Sumo Pontífice (único puente, único mediador) es Jesucristo, a quien el Papa representa como cabeza de la Iglesia. Y el único Sumo Sacerdote que preside la celebración eucarística es también Jesucristo. Los demás sacerdotes no lo sustituyen sino que multiplican su presencia entre nosotros. 

La Solemnidad de Corpus Christi quiere poner a Cristo en el lugar que le corresponde, que no es otro que el más alto y a la vez el más cercano. La solemnidad nos dice que sin Él, sin su presencia, no podemos hacer nada. Una Iglesia sin Cristo no tiene sentido. Tampoco una fe cristiana sin Iglesia. La presencia de Cristo es poliédrica; le podemos ver y sentir en la creación ("Toda criatura nos habla de Dios", Rm 1.20), en su Palabra (“El Verbo se hizo carne”, Jn 1,14), en los pobres (“Lo que hacéis con ellos, conmigo lo hacéis” Mt 25,40.45), en la Iglesia (“Donde dos más se reúnen en mi nombre, ahí estoy”, Mt 18,20) y en los Sacramentos (“Esto es mi cuerpo, mi sangre” Mt 26,27 y par). Todos estos lugares son complementarios. Hoy, día de Corpus Christi, lo contemplamos de modo especial en el Sacramento Eucarístico y, con la visita papal, en la Iglesia; sin olvidar las otras presencias.

En la celebración del Corpus en Madrid, presidida por el Papa León, se nos da un mensaje que no podemos ignorar: no hay vida auténticamente cristiana sin Iglesia. Tampoco sin participación en los Sacramentos que nos llegan por ella. Le podemos añadir que tampoco sin amor fraterno, sin Caridad, sin el compromiso activo por liberar a los pobres de su cautiverio. Jesús nos llama a conocerle en su Amor (su entrega eucarística en la cruz), y a hacer memoria de ese amor repitiendo su gesto de amor sacramental y vital, manteniéndonos unidos a Él en su Iglesia a pesar de la debilidad de sus miembros y dándonos a los pobres como Él se da a nosotros. 


Cáritas tiene el Día del Corpus como Día de la Caridad. El posterior viaje del Papa León XIV a Canarias nos recordará que la misa del domingo en Madrid continúa con el gesto práctico del amor a los más pobres. Eucaristía, Iglesia, Fraternidad y Caridad son cuatro caras de una misma realidad. No lo olvidemos.

¡Ah! Para terminar, una última apostilla; no olvidemos que Jesús no dijo nunca "¡adorádme!", dadme culto, "¡procesionadme!"; su llamada primera es de otro orden: "¡seguidme!", "¡venid en pos de mi!". Si bien la adoración es una forma de dar a Dios lo que es de Dios, la preocupación de Jesús y la llamada a los suyos es más bien la de honrar a Dios viviendo con Él el espíritu de las bienaventuranzas en pro del Reino de Dios. No hay adoración verdadera sin seguimiento. Puede parecer un oxímoron, pero es posible una adoración eucarística idolátrica. ¿No es ese el pecado contra el Espíritu Santo del que habla Jesús? (Mt 12,31). Gocemos de este día, pero sin perder el norte. "No todo el que me dice ´Señor, Señor´ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 7,21). Que nuestra caridad acompañe a quien es la Caridad misma encarnada.

¡Felíz día de Corpus Christi!

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Casto Acedo
Junio 2026

Amor de Cristo, amor universal (28 de Junio)

  EVANGELIO Mt 10,37-42 Dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a s...