jueves, 16 de abril de 2026

Camino de Emaús (19 de Abril)

 


EVANGELIO
Lucas 24,13-35.

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:«¿Qué?».

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

¡Palabra del Señor!

*

El comentario evangélico de  hoy es deudor de unas páginas de Felicísimo  Martínez Díez en:

                     -“Creer en Jesucristo, vivir en cristiano”, (Navarra,2005), 619-623, y
                      -¿Ser cristiano hoy?, Ed. Verbum Dei, (Navarra, 2007) 276-278.

* * *
Audio sobre el texto al final de esta entrada.

El episodio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) es un relato eminentemente catequético. Toda experiencia de conversión personal y toda la misión de Iglesia se reflejan en este texto. Emaús es el relato de un camino hacia la luz.

La narración parte de una situación de muerte (desánimo, cansancio, sufrimiento desesperanza) que, por la escucha de la Palabra y la visión del Resucitado en el  Sacramento,  sufre una transformación radical. Los que se han sentido aplastados por los dramáticos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús, hallan en la resurrección el punto de apoyo necesario para liberarse de sus miedos y cobardías y se lanzan a un seguimiento valiente
 de la persona de Jesús y su predicación del Reino . 

Seguir a Jesús antes de la Pascua 

La frustración que muestran los de Emaús al desconocido que les sale al paso es la de quien, falto de la fe pascual y confrontado con la realidad del fracaso y de la muerte, ve con tristeza el ocaso de sus ilusiones, sus proyectos y sus esperanzas; es la experiencia de quienes se ilusionan con el Jesús terreno (histórico) y no llegan a completar su percepción del Jesús histórico con el Cristo de la fe (eterno).

Los evangelios testimonian la dispersión de los discípulos tras la muerte de Jesús. ¿Por qué la mayoría huyen y se esconden?  Unos le siguieron “porque han comido de los panes y se han saciado” (Jn 2,26); otros buscaron solo la curación física sin querer profundizar más (cf Jn 6,2); entre sus discípulos había quienes aspiraban a medrar buscando los primeros puestos (cf Mt 20,20-28). Cada uno tenía un motivo más o menos interesado para escuchar y acompañar a Jesús por los caminos de Palestina.

Muchos, desencantados, le abandonaron pronto; tal como hicieron también la mayoría de los discípulos del grupo de los doce huyen ante la perspectiva de tener que compartir la cruz con el Maestro; le dan plantón (cf Jn 6,66); algunos incluso le traicionan (cf Mt 26,49) y le niegan (Mt 26,69-75). El seguimiento del Jesús pre-pascual termina en la duda y en la incredulidad; no fue capaz de mantenerse más allá de la prueba de la cruz. 

Nadie puede negar la buena voluntad con la que los de Emaús (prototipos del discipulado) se embarcaron en el seguimiento de Jesús; pero  tras la tragedia de la cruz les venció el desánimo; ahora “caminan hacia atrás”, vuelven al lugar de donde partieron; “En Egipto comíamos pan hasta hartarnos” (Ex. 16,3). ¿No reconoces en ti esta experiencia? 

Todos los que estamos por la causa de Jesús hemos vivido esa tentación de volver sobre nuestros pasos cuando el futuro ha perdido su horizonte. Lo mejor –decimos- es dejarnos de idealismos, de utopías que solo existen en nuestra imaginación, y conformarnos con lo que hay: relativismo, disfrute de la vida a costa de quien sea, consumo, indiferencia, ir tirando... ¡Todo lo demás está condenado al fracaso! 

Si Jesús de Nazaret, pura bondad y misericordia, capaz de apasionar a las masas con su modo de vida y su palabra, acabó siendo derrotado, ¿para qué seguir intentándolo? ¿Qué vamos a conseguir los que no somos ni sombra de lo que Él fue? Descolocados por el escándalo de la cruz reaccionamos huyendo de nosotros mismos, de nuestros ideales y nuestras esperanzas. ¡Sálvese quien pueda!


El seguimiento del Resucitado.

¿Cómo reacciona Dios cuando vas de vuelta a Egipto, cuando añoras la vida antes de conocerle? Su respuesta constante es la fidelidad: Dios sigue caminando contigo, “Jesús se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo” (Lc 24,15-16). 

Nunca deja Dios de estar a tu lado, pero en las noches oscuras del sentido y del espíritu, los envites de la duda, la debilidad y el pecado, te impiden una visión clara de su presencia. ¿Cómo curar esta ceguera? La intervención de Jesús resucitado se da de forma escalonada; los de Emaús  no vivieron una conversión súbita, sino progresiva; hay un proceso por el que va aflorando en el corazón la fe pascual.

Primeramente, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,27). Jesús enseña a leer los acontecimientos desde la fe en las Escrituras, a hacer una lectura creyente de la historia personal y comunitaria. Muestra cómo actúa Dios, cómo se manifiesta en la paradoja de la cruz, cómo hay que buscarlo en la madeja enredada de los fracasos, depurando los egoísmos que sutilmente anidan en el seguimiento. Es la luz de la Palabra que te abre una puerta para ver más allá de tus oscuridades.

Pero no basta eso para ver con claridad. La Palabra ilumina la oscuridad y suscita el deseo de cambiar, lo cual mueve a orar pidiendo al Peregrino que no se aleje:  “¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!” (Lc 24,29). A menudo la persona siente la emoción de la Palabra en su interior: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?” (Lc 24,32); pero cuando el discípulo está demasiado abatido necesita algo más. Lo pide en la oración: "¡Quédate!, no te vayas, no me dejes solo. Necesito que sigas dando luz a mis ojos. Quédate, que atardece en mi vida".

Jesús escucha la oración y se queda. “Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos” (Lc 24,30-31). El gesto eucarístico de Jesús remata la faena que inicia la Palabra; el gesto está cargado de una fuerza imparable porque transmite, sin palabras, todo el mensaje de la salvación (kerigma): “mi cuerpo entregado,... mi sangre derramada,... para el perdón-salvación vuestra”. Es Él.  ¡ha resucitado! Es esa certeza, esa seguridad más allá de la razón, la que cambia todo. Aquél que murió en la cruz, está vivo. ¡Lo hemos visto!

Los mismos que le conocieron en sus predicaciones, en sus milagros y luego en su pasión y muerte, ahora “lo habían reconocido al partir el pan" (Lc 24,35). La experiencia del Jesús terreno al que los discípulos habían seguido y del que ahora se alejaban, se completa con la visión de Cristo resucitado. Es el paso del Jesús histórico al Cristo de la fe, la percepción de que la muerte no es el final, sino el principio de algo nuevo.


La Pascua  cambia la mirada sobre el  mundo

Como creyente, sabes que la irrupción nueva de Cristo Resucitado en tu vida es la que te ensancha el corazón. De la contracción temerosa pasas a la expansión, de la dispersión vuelves a la concentración, de la tristeza al gozo, el miedo a la cruz se transforma en alegría de padecer por Cristo. 


Tras la experiencia pascual inicias un nuevo seguimiento animado por la fe en “el que vive” (Ap 1,18) y que conduce inevitablemente al entusiasmo de la misión: “Levantándose al momento, volvieron a Jerusalén” (Lc 24,33). La fe nacida en la superación de la muerte es más pura, más decidida, más activa; misionera.

¿Dónde he de situarme para ser merecedor de él? Hoy como ayer, para ver a Jesús no basta con quedarme en Jerusalén llorando junto al sepulcro. A los discípulos se les pide que vayan “a Galilea, allí me verán” (cf Mt 28,10); Galilea es el lugar donde vivían antes, y donde comenzaron el seguimiento del Nazareno. Tras la experiencia de la cruz vuelven al día a día, pero con una nueva mirada que supera el duelo y crea un modo nuevo de vivir.

Como los de Emaús, tal vez muchos estén de vuelta, flacos de fe, parcos en esperanzas y tímidos en amor. ¿En qué medida estás entre ellos? La dureza de la vida, las experiencias dolorosas hunden a muchos que  creían que estar sólidamente asentados sobre roca. Pero el resucitado sigue presente, aunque tus ojos no sean capaces de reconocerlo. Otros le ven a diario: ¡Cuántos serán los que están viendo a Jesús en estos días viviendo en solidaridad y compasión, dando su vida por los demás!, Cristo Eucaristía partiendo y compartiendo su pan con los enfermos y los pobres, con los marginados, los que viven en soledad y abandono. ¿Quedará sin fruto tanto amor entregado, tanta vida ofrecida con Cristo a Dios en la misa del mundo?

Cuesta ver a Jesús cuando las lágrimas del dolor empañan los ojos, pero basta echar  una mirada positiva al mundo  para descubrirle en Galilea, en el amor que muchos practican, en los pequeños y grandes gestos de solidaridad Cristo sigue regalándonos su presencia resucitada. Tal vez algún día debas decir: "Era necesario que pasara todo esto" (Lc 24,26), que vinieran tiempos de desolación y sufrimiento. Comprenderás entonces que a la vida se llega por la muerte, y que huir en el momento de la noche es quedarse a medio camino.  

Vuelve a Jerusalén (a la oración, a la contemplación de los misterios), donde Jesús se te hará presente en la Comunidad; y luego dirígete a Galilea (a la vida diaria con sus trabajos y sus momentos de descanso) y abre los ojos y los oídos. Ahí lo verás. Porque sigue presente en cada persona que ama y sirve, en el que  lucha por superar su enfermedad, en el niño que comienza a descubrir la luz de la vida, en todo aquel que se pone al servicio de quien le pueda necesitar. También le verás en la luz de la primavera que acaba superando al invierno, en el futuro despejado que creías oscuro para siempre, en cada detalle que te muestra que la vida sigue adelante.

Mirarle ahí, resucitado,  es un poderoso antídoto contra el veneno del derrotismo. Conoces la frase: "si lloras porque no ves el sol, las lágrimas no te permitirán ver las estrellas". Me parece una buena conclusión para este domingo. No te enclaustres en tus dolores, penas y fracasos, y confía en que tu oscuridad es un buen principio para que se manifieste la Luz de Dios. A los que abatidos y tristes iban de regreso a Emaús Jesús les hizo ver que la necedad y escándalo de la Cruz es sabiduría y fuerza de Dios. Misteriosamente, en la Cruz hay incrustadas unas piedras preciosas: fe, esperanza, y amor; mucho amor.

Jesús sigue hoy resucitado y presente. ¡Mira al mundo con  los ojos nuevos de la fe!

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Audio sobre el texto  (20 minutos)


Abril 2026.
Casto Acedo.

martes, 14 de abril de 2026

Virgen de la Albuera (9º día, puerta)

NOVENA 

A LA VIRGEN DE LA ALBUERA

Dia 9º. Puerta

Vos sois, ¡Oh Abogada y patrona nuestra!, aquella hermosa Puerta que vio Ezequiel cerrada siempre para la culpa y abierta para la misericordia. Vos sois aquella puerta de oro donde el pobre paralítico pedía limosna y la lograba. Vos sois, finalmente, aquella puerta del cielo que vio Jacob de nuestra España, Santiago, por donde todos los justos han entrado en la gloria. Hasta ahora a nadie se le ha cerrado esta puerta; a cualquiera que ha pedido a ella se le ha socorrido en lo necesario. Pues, Señora, no sea yo sólo el desgraciado que llegando a vuestra puerta, tan patente para todos, la halle para mí cerrada. Aquí me tenéis postrado a vuestros pies; llamando estoy a la puerta de vuestra misericordia; no me desechéis sin consuelo ni sin el favor que os pido en esta Novena, si conviene para adoraros por una eternidad en la gloria. Amén.

 * * *


Hay una puerta en la parte este de las murallas de Jerusalén (hoy tapiada; ver foto) que el profeta Ezequiel señala como la puerta por donde entrará el Mesías esperado en su venida. A esta puerta también se le llama la puerta Dorada o puerta Oriental. 

Apelando imaginativamente a esta puerta el autor de nuestra Novena nos presenta hoy a la Virgen de la Albuera como “aquella hermosa Puerta que vio Ezequiel cerrada siempre para la culpa y abierta para la misericordia” (cf Ez 44,1-10). La Virgen de la Albuera se muestra así como madre misericordiosa y atenta a quienes esperan que se abra para ellos la puerta del Cielo por donde entrará en el mundo el Mesías que cubrirá las necesidades de quienes le esperan.

También se menciona hoy en la Novena una “Puerta del cielo” que ve Jacob. El nombre de Jacob se refiere al patriarca Jacob, que tuvo la visión en sueños de una escalera que llegaba hasta el cielo por donde subían y bajaban ángeles (cf Gn 28,10-19). Ese sueño ha quedado en la historia de la espiritualidad cristiana como referente de la experiencia mística, es decir, de que es posible el acercamiento y la visión de Dios en esta vida, vislumbrando así el cielo.

Pero nuestro autor amplía el significado de esa escalera que lleva a la puerta del cielo hablando del “Jacob de nuestra España”.  El nombre de Jacob pasa a decirse en español San-tiago (que viene de “San-Iacob), a quien la Virgen María se aparece en Zaragoza, a orillas del Ebro, sobre un pilar animándole y ratificándole como apóstol misionero de España. La Virgen de la Albuera, contemplada sobre el trasfondo de la Virgen del Pilar, se presenta aquí como “la puerta del cielo que vio Santiago” cuando se le apareció la Virgen María.

Menciona nuestra novena otra puerta, la puerta Hermosa, una de las que daba acceso al Templo ya dentro de la ciudad. En  esa puerta san Pedro curó a un paralítico que pedía limosna, según cuenta el libro de los Hechos de los apóstoles. Una puerta donde se piden gracias y Dios cura las dolencias materiales y espirituales (Hch 3,1-8).

En conclusión: la Virgen de la Albuera es puerta por donde nos viene la misericordia de Dios, puerta a donde podemos ir a pedir con la seguridad de que seremos escuchados si la petición es justa y conviene a nuestra salvación, y puerta del cielo, escalera de acceso a la eternidad; puerta, en fin,  por la que el Mesías entró en la historia y entrará  al final de los tiempos. Postrados ante la Virgen María podemos esperar su venida.

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En el Evangelio es el mismo Jesús el que dice: “: yo soy la puerta de las ovejas. … Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. (Jn 10,7-9). La puerta que es María conduce a Jesús.

Esta puerta de entrada en Dios tiene sus exigencias; si se quiere entrar en la Vida de Cristo no se puede estar a Dios rogando y con el mazo dando, sirviendo a Dios y al dinero, golpeándose el pecho y mostrándose duro de corazón, pidiendo misericordia y condenando al prójimo; la puerta de la salvación pide elegir un modo de vida que sea coherente con el Evangelio reflejado en las virtudes que veneramos en la Virgen de la Albuera: transparencia de vida, obediencia a Dios, humildad, capacidad de sacrificio, etc.

Entrar en la Vida Nueva o en el Cielo a través de la puerta que es  nuestra Madre, y que asume en sí ser Puerta de acceso a su hijo Jesús,  pide el compromiso de esforzarnos en imitarla. “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos"; pero él os dirá: ´No sé quiénes sois´" ( Lc 13,24-25).

* * *

Hemos acompañado a la Virgen y a la comunidad parroquial esforzándonos con la participación en esta Novena. Ella es la puerta por la que queremos entrar en la vida de Dios.

Durante estos nueve días la hemos contemplado como Paraíso, Fuente, Piscina, Paloma, Nave, Nube, Columna, Torre y Puerta. Son imágenes bíblicas. Ella dijo en el momento de la Anunciación, cuando el Ángel le propuso el plan de Dios de ser Madre de Jesús, “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”. Fue su compromiso, el culmen de su particular Novena. Lo que le propuso Dios no fue una puerta ancha para seguir los caprichos de su corazón sino una puerta estrecha sumisa a la voluntad del Padre. El anciano Simeón se lo profetizó: “A ti, una espada te traspasará el alma”.

Que la Virgen te conceda lo que le has estado pidiendo en esta Novena; y como es de bien nacidos el ser agradecidos, que tus peticiones vayan a unidas de tu parte  al compromiso de honrar a Nuestra Señora de la Albuera con aquello que ella más desea: que entres en comunión de vida con su hijo y tu hermano mayor Jesucristo; es decir, que no estés cerrado, sino con las puertas de tu alma abiertas, para que el Señor Jesucristo habite en ti como habitó en ella.

Decía más arriba que no es honrado el estar rezando y con el mazo dando. Si la Virgen ha abierto la puerta de su ser a la escucha de tus oraciones, ¿no es de recibo que tú también abras tu puerta a la Vida de Dios? A menudo te preguntas si tus oraciones serán correctas; lo serán cuando no te límites a pedir gracias a la Virgen sino cuando a tus peticiones le acompañe una respuesta positiva a la petición que ella te hace: “Haced lo que Él os diga”; haz lo que Jesús te dice; entonces, como en las bodas de Caná, se producirá el milagro. En tu vida se dará un paso importante; tu agua se convertirá en vino, tu tristeza en alegría, tu desazón en gozo. ¡Atrévete a responder a la petición que hoy te hace la Virgen de la Albuera!


Bajo tu amparo nos acogemos, 
Madre de la Albuera,
santa Madre de Dios.
No desoigas la oración 
de tus hijo necesitados.
Líbranos de todo peligro,
oh siempre Virgen,
gloriosa y bendita. 

San Pedro de Mérida
Abril 2026
Casto Acedo

jueves, 9 de abril de 2026

El "primer día de la semana" (12 de Abril).



EVANGELIO Jn 20,19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: 
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:
-«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
-«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
-«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:
-«¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:
-«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor.
*
Recursos en audio y resumen visual al final del texto.

El domingo

Segundo domingo de Pascua,  todavía en los primeros pasos de la cincuentena pascual. En estos días la primavera sigue su curso. y podemos observar como la  naturaleza se va abriendo a la vida, y también nosotros  somos invitados a llenarnos de la misma vida. Religiosamente la primavera es tiempo de comuniones y romerías, explosión de luz tras el frío invierno donde parece primar más el recogimiento meditativo.

Desde hace unos años a este segundo domingo de Pascua se le llama también el "domingo de la misericordia". No de nuestra misericordia sino de la misericordia de Dios; porque lo que celebramos en la fe no es nuestra conversión a Dios sino la conversión de Dios a nosotros, la grandeza y el derroche de su amor. Ni un reproche de Jesús a los suyos en sus apariciones; su respuesta a nuestra violencia sobre la cruz fue el perdón en el momento clave de la entrega, y lo sigue siendo en la resurrección. Ésta  es la inmerecida causa de nuestra alegría pascual. 



* * *
La resurrección pone en marcha una tradición cristiana de un valor impagable: la celebración del domingo. El origen de este día como día del Señor lo tenemos recogido en los encuentros del Señor con sus discípulos (Mt 28,1; Lc 24,13-45; Jn 20,19-29; Hch 2,36; Rm 10,9; Flp 3,9-11). 

El Evangelio de hoy (Juan 20,19-31) nos presenta dos apariciones del Señor resucitado en  el cenáculo. Ambas tienen lugar en domingo: "el día primero de la semana" (v. 19) y “a los ocho días” (v. 26). El Señor resucitado se muestra a sus discípulos en el primer día de la semana y en el octavo, día del sol, que quedará marcado para la Iglesia como día del Señor (Dies dominicus; domingo). 

El día del sol no era un día festivo para la sociedad judía o pagana en la que el cristianismo comenzó su desarrollo; el ambiente para fijarlo como día de la asamblea (eklessia, reunión comunitaria) era por tanto adverso. Para la nueva fe suponía un esfuerzo extra el celebrar la Eucaristía precisamente en ese día; hubieron de recurrir a horas tempranas -al alba, cuando aconteció primera noticia de la resurrección- para reunirse antes de acudir a sus tareas. Pero ya desde entonces el domingo es un día especial para todos los seguidores de Jesús; y me vais a permitir que las reflexiones de este comentario giren en torno a ello (1).

Lo primero que habría que decir del domingo es que es un día privilegiado para preservar y cultivar nuestra vida de fe. Pero ¿no estamos viviendo un tiempo de pérdida del sentido cristiano del domingo y de las fiestas religiosas? ¿No percibimos un descenso en la práctica dominical como indicador de la disminución real de la adhesión a Jesucristo y su Iglesia? 

Son muchos los cambios sociales que repercuten en la convocatoria de la Iglesia a vivir en profundidad los días festivos: nuevas condiciones de trabajo y descanso, cultura del ocio, civilización hedonista del bienestar, deporte, turismo, éxodo familiar del domingo en las ciudades, individualismo social, religioso y también espiritual, etc. Todo esto incide directamente en la vida de los creyentes. Estamos ante la decadencia del valor religioso del domingo, que más que día de descanso del trabajo parece ser un tiempo propicio para reponerse de los excesos festivos del sábado. No obstante, un detalle positivo se sigue manteniendo: el domingo como día para estar y compartir vida con la familia y los amigos.


Vista la situación al respecto se impone una tarea: recuperar el domingo, promover su sentido cristiano en el interior de nuestras comunidades, algo nada fácil en este mundo con costumbres inestables y cambiantes como las señaladas antes. 

A la dificultad que supone el ambiente "neopagano" del domingo, hay que añadir otra: la idea, muy extendida entre los que nos llamamos católicos practicantes, de reducir el sentido del domingo cristiano al cumplimiento legal de “oír misa entera”, cuando el domingo es algo más que un precepto que manda descansar e ir a misa. 

¿Qué podemos aprender sobre el domingo?

1) Lo primero, que EL DOMINGO ES  EL DÍA DE LA IGLESIA. Cada cristiano vive su fe en la dispersión de su existencia y de sus ocupaciones; el domingo es una llamada a vivir en comunión con los demás hermanos. La asamblea dominical es la principal manifestación de la Iglesia, “porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). 

Dos razones creo que exigen que no descuidemos la participación en la misa dominical: la primera es porque nuestra ausencia puede ser motivo de escándalo y desánimo para los hermanos que necesitan de nuestra presencia para caminar; hay que decirlo: tú eres necesario en la asamblea; sin ti queda disminuida.

La segunda razón es que el cristiano que no frecuenta la asamblea dominical difícilmente vivirá de forma realista la esencial dimensión comunitaria de la fe. Alejarse de la “comunidad cristiana real” -la misa dominical es el signo donde nos encontramos con los más variopintos hermanos, nos gusten o no-  tiene consecuencias no deseadas. Una de ellas es la de instalarse en la zona de confort del individualismo ideando una iglesia a la propia medida, evitando cualquier tipo autocrítica; a la postre la fe corre el peligro de ser  reducida a devoción privada que camina inexorablemente a la adoración de un  dios de los propios deseos, perspectivas y esperanzas, olvidando la confluencia de la propia fe con la de la comunidad que busca y celebra unida la voluntad de Dios.

2) EL DOMINGO ES EL DÍA DE LA PALABRA DE DIOS. 
Los primeros discípulos de Jesús eran constantes en “la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42). Antes de partir el pan en Emaús -por cierto, en domingo, cf Lc 24,13- el Señor en el camino interpretó las escrituras a los discípulos, y a ellos les ardía el corazón escuchando la Palabra (cf Lc 24,32.44-45). En la Eucaristía nos sentamos a la mesa de la Palabra. Para muchos cristianos este contacto del domingo es el único de cara a escuchar directamente la Palabra de Dios, alimento sin el cual nuestra fe corre el riesgo de degenerar en magia y superstición.



3) EL DOMINGO ES EL DÍA DE LA EUCARISTÍA. La vinculación de la Eucaristía al domingo es una realidad desde los orígenes de nuestra fe. “El domingo nos reunimos para la fracción del pan” (Hch 20,7-12), gesto que no es puntual sino constante (cf Hch 2,42).

Participar en la misa del domingo no sólo nos une a la comunidad celebrante; también nos hace entrar en íntima comunión con el Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6,56). La resurrección se participa en la Eucaristía: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54); además, la presencia de Cristo en las especies eucarísticas se convierten en polo de atracción y unidad para los creyentes. Quien comulga con Cristo no puede mantenerse ajeno a Dios, a los hermanos y la creación entera, porque todo queda redimido por la muerte y resurrección del Señor (Pascua) que se actualizan en la Misa.

4) EL DOMINGO ES EL DÍA DE LA CARIDAD. San Pablo sugería a los fieles de Corinto ahorrar una cantidad “cada primer día de la semana” con destino a la colecta en favor de los hermanos de Jerusalén (cf 1 Cor 16,2), explicando con ello la solidaridad cristiana como expresión de la generosidad del mismo Cristo (cf 2 Cor 8,9 ss). La caridad cristiana se participa en la misa; en ella confluye la comunión con los hermanos y desde ella salimos a trabajar por la justicia en el mundo. Sin caridad (que supone y va más allá de la justicia) no hay Eucaristía.

5) EL DOMINGO ES EL DÍA DE LA MISIÓN. Tras la Eucaristía partimos a anunciar a los hermanos que hemos reconocido al Señor “en la fracción del pan” (Lc 24,35). La misión surge espontáneamente de la experiencia gozosa de la fe que se ha alimentado en la mesa común. Todo lo que se ha experimentado en la misa se hace extensivo a la existencia entera. La experiencia Eucarística genera la misión; una Iglesia sacramental, si se le puede llamar tal, sólo es real si culmina en la misión: "id por todo el mundo y anunciad el evangelio" (Mc 16,15)

6) Finalmente digamos que EL DOMINGO ES EL DÍA DE LA ALEGRÍA Y DE LA PAZ, mientras esperamos el domingo sin ocaso en que la humanidad entera entrará en tu descanso” (Liturgia eucarística). La alegría y la paz del domingo es signo del gozo pleno que esperamos vivir en el encuentro definitivo con el resucitado: “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor". "Paz a vosotros" (Jn 20, 20-21). El domingo alegra y da sentido a la semana como Cristo alegra y da sentido a toda nuestra vida. Por eso, la felicidad total, la plenitud de la vida cristiana, es definida como un “domingo sin ocaso”, un paz duradera, eterna..


* * *
¡Cómo nos hemos dejado escapar el domingo! Los nuevos tiempos giran en torno a otras cosas. Ya hemos señalado algunas al inicio de este escrito. Da la sensación de que el culto al cuerpo y al dinero han ido sustituyendo paulatinamente a Dios en el motivo del día cristiano por excelencia. Como si el fin de semana no tuviera otro sentido que hacer deporte, divertirnos (dispersarnos)  y no faltar a la  cita con el consumo. 

Los creyentes deberíamos tomar conciencia de que la celebración dominical comunitaria de la Eucaristía, y con ella el domingo en general, necesita recuperar profundidad. Tal vez necesitemos hacer del domingo un día más espiritual, un día dedicado al Señor, donde la catequesis dominical y la celebración de la Misa sean el motivo (motor) que dinamice la jornada. Se trata de hacer de este día un tiempo donde las actividades y gestos  sencillos, tales como el encuentro con los hermanos en la fe, la comida en familia, el paseo, la visita a los enfermos o a los abuelos, el café y la charla distendida con los amigos, etc,  se consideren y disfruten; así el domingo será de hecho  algo grande que tenemos, un gran don de Dios revelándose en lo sencillo.

Al reseñar las apariciones del Señor en domingo las primeras comunidades dieron fe de la importancia de este día como propicio para alimentar la paz y la alegría que proceden de la fe en el resucitado. Recuperar el domingo no es una cuestión de sometimiento al calendario, es una cuestión de fe. Sólo posible si se hace desde la experiencia pascual. No olvidemos que no es el domingo el que ilumina la resurrección, sino al contrario: es la experiencia de la resurrección la que da color al domingo. Recuperemos el sentido espiritual de la resurrección de Jesús para nosotros, y todo lo demás vendrá por su peso.  

Entrando en el domingo (comunidad, palabra, eucaristía, amor fraterno, vocación misionera, alegría) palpamos la misericordia de Dios para con nosotros.

¡Feliz Domingo de la misericordia 
de Dios para con nosotros!

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(1) NOTA: Las ideas básicas sobre el significado del domingo están tomadas del documento de la Conferencia Episcopal Española Domingo y sociedad (25-Abril-1995) sobre el sentido cristiano del domingo.
Casto Acedo
Abril 2026

lunes, 6 de abril de 2026

Virgen de la Albuera (6 de Abril)


HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA VIRGEN DE LA ALBUERA 2026

(Para escuchar un comentario sobre el trasfondo social de esta homilía puedes escuchar el audio que se enlaza al final del texto)

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Compañeros sacerdotes, Mayordoma y miembros de la Hermandad, Sr Alcalde y corporación municipal, feligreses y pueblo de san Pedro de Mérida:

LA PASCUA, TIEMPO DE ENCUENTRO

Ayer celebrábamos en nuestra Parroquia y pueblo de san Pedro de Mérida, la procesión de los encuentros, que terminaba viviendo al templo a celebrar la eucaristía de la resurrección y haciendo la ofrenda floral a la Virgen de la Albuera.

En cierto modo, TODO LO QUE CELEBRÁBAMOS EN SEMANA SANTA SON “ENCUENTROS”... Y LA VIDA MISMA ES “ENCUENTRO”; a veces desencuentros y encontronazos, es verdad) ... pero lo que construye la vida no son éstos sino los “sanos encuentros” con personas y circunstancias que dan sentido a nuestros días.

Una fiesta es un encuentro de personas que comparten un mismo sentimiento de gratitud. Y la fiesta tiene siempre una dimensión comunitaria... ¿Imagináis una fiesta en solitario? Imposible. Si o hay nadie con quien compartir, con quien dialogar, ... no hay felicidad... no hay fiesta.

TODA LA SEMANA SANTA ES UN PROGRAMA DE ENCUENTROS COMUNITARIOS:

Domingo de Ramos: encuentro de Jesús con un pueblo que le aclama, aunque en la Pasión se vuelve contrario: ¡Crucifícale!

Jueves Santo. Jesús se reúne con sus discípulos en la Última cena y nos deja el memorial... “Haced esto en memoria mía”... “Lo que yo he hecho, hacedlo vosotros”... Y ¿qué ha hecho Jesús? Salir al encuentro de la humanidad necesitada de un norte hacia el que dirigirse... El “memorial” (Eucaristía) es el punto de encuentro (por eso hoy también la celebramos)

Viernes Santo. Encuentro con la cruz -con el crucificado- . La cruz parece romperlo todo... pero no es así. En la noche de Viernes Santos volvíamos a encontrarnos, y esta vez nos reunía la Virgen de la Soledad... Nos encontrábamos para consolar, acompañar a María doliente, como nos encontramos cuando alguien de la comunidad o pueblo vive momentos difíciles.

Y el Sábado Santo y ayer Domingo de Resurreción teníamos la “PROCESIÓN DE LOS ENCUENTROS”... María (la Iglesia) se encuentra con el Resucitado y pasa de vivir “sin miedos”, confiada en que Jesús camina con ella.... Pasamos de la oscuridad (manto negro) a la luz (manto blanco) ...

Con cada encuentro vamos aprendiendo algo, vamos acumulando experiencias, vamos creciendo; o menguando en los desencuentros y encontronazos

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 ENCUENTRO CON NUESTRA  MADRE DE LA ALBUERA

Hoy nos encontramos con la Virgen María, Madre de la Albuera. Y Madre y símbolo de la Iglesia. Diría más, María es madre y símbolo de un Pueblo (San Pedro de Mérida). Si soltamos lo religioso y profundizamos en lo espiritual, no hay duda de que, incluso para no-creyentes y no-católicos, esta imagen nuestra, además de su valor estético y religioso, tiene un significado de “integración de un pueblo”. Forma parte de nuestra historia.

¿QUÉ NOS APORTA NUESTRO ENCUENTO CON LA VIRGEN DE LA ALBUERA? ¿QUÉ LUZ, QUÉ ENSEÑANZA, QUÉ FUERZA, ... IRRADIA SU IMAGEN CUANDO LA ENTRONIZAMOS Y SACAMOS A NUESTRAS CALLES?

La Virgen María de Nazaret aparece en los evangelios como MUJER VIRTUOSA. Puede sonar como muy pío y cursi eso de “virtuosa”, pero “virtud" significa fuerza, poder, capacidad. Nos preguntamos: ¿Qué poderes emergen de esta imagen, -mejor de esta persona- la Virgen María que veneramos bajo la advocación de La Albuera, y que hoy celebramos?

La Iglesia católica considera que hay dos tipos de virtudes... Las virtudes morales (cardinales; fundamentales en la cultura clásica) y las teologales. Virtudes morales son   “la prudencia (capacidad de elegir lo que nos conviene decir y hacer) , la justicia (darle a Dios y al prójimo lo que le es debido) , la fortaleza (que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien) y la templanza (que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.) (CATIC 1885).Estas virtudes morales las hallamos en la Virgen María. Eligió decir sí a Dios (prudencia), respondió a lo que Dios le pedía (justicia), fue una mujer fuerte, se mantuvo de pie -sin venirse abajo- junto a la cruz (fortaleza) vivió la austeridad evangélica (templanza).

Las otras virtudes, las teologales, arraigan las anteriores en Dios: FE, ESPERANZA Y AMOR. María destaca por ser mujer de fe, de esperanza y de amor. Tuvo una vida teologal, de relación con Dios que determina su propio ser como mujer creyente, esperanzada y amorosa.


María, mujer creyente (fe) 

Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45). Hay que destacar en la Virgen María, y en cada persona y en la vida de un pueblo, la fuerza de la fe, que no es un simple “creer lo que no se ve”. Tener fe es confiar, fiarse de algo, “sé de quien me he fiado”  (2 Tim 1,.12), dicen las Sagradas Escrituras.  María supo de quien se fiaba.

La fe pide silenciar la razón egocéntrica, los propios pensamientos, para aprender a pensar desde Dios, o lo que es lo mismo, desde el silencio original que nos abre a nuevos criterios. Es cuestión de “saber escuchar”. María “obedeció”, pero antes escuchó, sopesó; la fe no es ciega... “Aquí estoy, esclava del Señor” (Lc 1,38)... LA FE MUEVE MONTAÑAS... Quien emprende una tarea, una vida matrimonial, un negocio, un proyecto,... necesita fe... y su éxito va a depender mucho de eso. María, modelo de fe es modelo de emprendedores.

LA FE ES UN RIESGO. Nunca sabes cómo va a acabar algo que inicias, pero una persona que no arriesga, un pueblo que no se confía a proyectos nuevos, una persona o sociedad no-emprendedora,  envejece y muere. MARIA ES MODELO DE FE, de riesgo, de lanzarse a una misión que parecía imposible: "¿Cómo será posible si no conozco varón?", le dijo al ángel de la Anunciación. "Para Dios nada hay imposible" (Lc 1,34-35), le respondió"; y ella se lanzó a vivir su misión.


María, mujer de esperanza 

Si la fe exige depurar “nuestros pensamientos”, nuestra visión estrecha de la vida, la esperanza exige depurar nuestros sentimientos. Todos tenemos dentro una serie de experiencias que marcan nuestra vida: infancia más o menos feliz, experiencias familiares diversas, alguna situación dolorosa, etc... Y eso nos hace ver la vida de una manera u otra... y a nivel de pueblo, también hay una memoria o cúmulo de experiencias.

Se habla de MEMORIA HISTÓRICA: traumas, éxitos, gozos y dolores de una persona o de un grupo concretos. Esa memoria nos hace vivir en esperanza o desesperanza. Cuando esa memoria genera dolor y sufrimiento, debe ser sanada, aceptada, asimilada, reconciliada. Y esto vale para las personas y para los grupos humanos; se necesita RECONCILIACIÓN CON UNO MISMO Y RECONCILIACIÓN COMUNITARIA. Los conflictos personales y comunitarios  suelen ser fruto de una memoria negativa (experiencias dolorosas). La paz fruto de una memoria reconciliada.

La Virgen María es “Madre de la esperanza”, ¿cómo? Vivió una situación difícil: embarazo nada convencional, ¿rechazo de su entorno?. Hubo de conciliar su estado y sus circunstancias con los convencionalismos sociales del momento. Y parece ser que no desespero.

¿CÓMO ENTENDIÓ MARIA LA ESPERANZA? Aprendió que la esperanza no se ha de poner en algo externo, en que cambien las circunstancias de afuera mientras esperas pacientemente. Desde la fe en Dios vivió la esperanza desde su centro (vientre), ahí donde estaba Jesús gestándose. San Pablo dice que la esperanza es “ANCLA DEL ALMA”, un sentimiento interior que te permite superar los problemas y dificultades, trabajar por cambiar el mundo, sin quemarte;  vivió en la esperanza de que las promesas de Dios pronunciadas por el ángel de la Anunciación se cumplirían: “Tu Hijo será será grande y será llamado Hijo del Altísimo; ... y su reino no tendrá fin.” (Lc 1,32-33). 

Anclada en la fe María no temió y se comprometió a fondo. Así, junto a la cruz, como Abrahán, “esperó contra toda esperanza” (Rm 4,18) QUIEN TIENE DENTRO A DIOS NO TEME ni se arredra. El miedo es lo que genera la desesperanza. “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo” (Salmo 23,4).Y no se trata de un no-temor pasivo, sino valiente, que lanza a testimoniar y trabajar por la justicia y la verdad hasta el límite del martirio.

La Virgen de la Albuera es para nosotros signo y ejemplo de ESPERANZA. Cuando las cosas se tuercen en la vida personal o cuando nuestra dedicación a la justicia parece no dar frutos, ¿no hemos experimentado en muchas ocasiones cómo al acudir a Nuestra Señora nos hemos mantenido firmes en la esperanza? ¡Cuánto necesitamos hoy de esta virtud! La falta de trabajo y vivienda, la situación global económica difícil, las guerras fratricidas,... CUANDO MUCHOS VALORES PARECEN DERRUMBARSE, CUANDO TODO SE VE OSCURO, LA ESPERANZA NOS SOSTIENE PARA SEGUIR LUCHANDO. Una esperanza, dice san Pablo, que se asienta en la fe en Cristo Jesús triunfador sobre el mal y la muerte: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; .. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a Aquel que nos ha amado" (Rm 8, 35.37).


María, Madre de amor.

Señalamos finalmente a Nuestra Señora da la Albuera como MODELO DE CARIDAD O AMOR. Si la fe nos pedía en cierto modo “crucificar” o purificar nuestros pensamientos y razones; si la esperanza nos exige reconciliarnos con nuestras experiencias, sobre todo las negativas, la caridad o amor exige poner la voluntad al servicio de Dios y del prójimo cuando nuestra tendencia suele ser la de buscar ser servidos más que servir.

María puso su vida al servicio de la humanidad aceptando ser la madre del Salvador. No miró por ella sino por nosotros. No pidió que la adoráramos; su enseñanza fue que buscáramos imitar a Jesús, que no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en beneficio de todos (cf Mt 19,28).  Este fue el programa de vida de María: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5), haced lo que veis que Él hace, porque su palabra nunca contradice sus hechos.

MARIA MADRE ENSEÑA A SUS HIJOS A AMAR. Lo hace amándonos ella. Y ella sabe que la salvación, la salud mental y espiritual, se funda en una vida amorosa, de servicio, nada ególatra ni egoísta. Su visita a Ain Karen, así llama la tradición al pueblo de la montaña donde vivió su prima Isabel, embarazada de seis meses, nos muestra a la Virgen como una joven preocupada por las necesidades de quienes le rodean. Acude y experimenta el gozo del amor práctico. 

Vivir adecuadamente nuestra fiesta de la Virgen de la Albuera  sólo es posible viviendo el amor entre nosotros. “Amaos como yo os he amado” (Jn 15,12)dijo Jesús. Amémonos también como nos ama Nuestra madre de la Albuera. Observa la mirada dulce y amorosa, la sonrisa complaciente y amable que refleja la imagen que veneramos. Contemplándola nos empapamos de su belleza y dulzura; nos llenaos de su amor a Jesús y a la humanidad. En Ella tenemos un ejemplo de amor, de vacío de pretensiones de grandiosidad.

La clave de una vida acertada está en el amor. LAS MIMBRES CON LAS QUE TEJER EL CESTO DE NUESTRO PUEBLO ES EL “AMOR MUTUO”, con lo que eso conlleva de compromiso por el bienestar de todos. El amor entre nosotros ha de ser “efectivo”, comprometido con la justicia y la defensa de los más débiles.

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Vivamos este día con el gozo de tener una Madre adornada de VIRTUDES tan excelsas. Dijimos que “virtud” significa “fuerza, valor”. Que nuestra MADRE DE LA ALBUERA nos ayude a fortalecernos personalmente, como parroquia y como pueblo, con las virtudes morales de la prudencia, la templanza, la justicia, y la fortaleza; y que Dios nos conceda crecer en fe, esperanza y amor.

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Comentario en audio:


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¡FELIZ DÍA DE NUESTRA MADRE DE LA ALBUERA!.

Casto Acedo 
6 Abril 2026

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