“El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía de las verdades de fe" . Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos. (Catecismo de la Iglesia Católica, 234)
viernes, 29 de mayo de 2026
Santísima Trinidad (Domingo 31 de Mayo)
NOVENA TRINIDAD - 9. TRINIDAD Y RESURRECCIÓN
La Santísima Trinidad, Dios de vivos
Cerramos nuestra novena a la Santísima Trinidad meditando sobre algo que odia nuestra cultura: la muerte, una realidad a la que queremos escapar, pero que todos “viviremos” en algún momento. Y digo “viviremos” porque desde la perspectiva cristiana la muerte no es el cierre de la vida sino la apertura a una “vida nueva”. La vida como los ríos, desemboca en el mar, que no es sino el lugar de su origen, el punto de partida de las nubes que vierten su agua generando los ríos.
Lo primero que hay que decir que la Santísima Trinidad no es Dios de muertos sino de vivos. Dice Jesús:
“Que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos». (Lc 20, 37-38).
Y el libro de la Sabiduría sentencia:
“Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera | y las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra”. (Sb 1,13-14)
La Santísima Trinidad estuvo presente toda ella, todo Dios, en la muerte del Hijo. En la cruz el Padre entrega al Hijo, el Hijo se entrega libremente y el Espíritu Santo es entregado al expirar Jesús. Pues bien, también la resurrección del Hijo es obra de la Trinidad. Hay textos del Nuevo Testamento que hablan de que el Hijo resucitó (1 Cor 15,4; Rm 6,9; etc), otros afirman que el Padre resucitó a su Hijo (Hch 2,32; Rm 6,4; Gal 1,1; Ef 6,20; etc, y otros textos donde se menciona que el Espíritu vivificador lo resucitó (Rm 1,4; 8,11).
Pensemos y meditemos hoy que el destino final del creyente es la resurrección. Son muchos los trujillaneros que a lo largo de siglos han adorado a la Santísima Trinidad y han venerado a Dios en su imagen. Toda su vida, sus esfuerzos, sus lágrimas y sus alegrías, sus desvelos por el prójimo, su amor a Dios, ¿se perdió con la muerte? Sería el fracaso no sólo de nuestra fe sino también de toda vida; porque si “el río desapareciera sin tocar el mar” no habría retorno, ni agua, ni rio, ni mar. Pero, como dice san Pablo:
“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman”. (1 Cor 2,9).
El mismo optimismo respira san Pablo en este texto de sabor trinitario sobre la resurrección:
“El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”. (Rm 8,11
Traigamos a la mente para recordar, y al corazón para sentir y orar, a todos nuestros hermanos difuntos. Y ante la Santísima Trinidad, que “no es un Dios de muertos sino de vivos” agradezcámosle lo que Dios nos dio en todos ellos. Si estamos aquí es porque nuestros padres, abuelos, bisabuelos y todos nuestros antepasados, construyeron este templo, adquirieron esta imagen de la Santísima Trinidad y celebraron esta fiesta.
El credo habla de “la comunión de los santos”, una verdad de fe que nos enseña que no andamos solos por el mundo como peregrinos; también la Iglesia del cielo nos acompaña, vive en comunión con Dios y con nosotros. Por eso con los ángeles y los santos en cada misa cantamos la gloria de la Trinidad.
Un minuto de silencio
La Santísima Trinidad es “Dios de vivos”. La Vida fluye entre las tres personas del Misterio y se desborda en la creación, y especialmente en el corazón de la humanidad. DE Él venimos, hacia Él caminamos, y mientras esperamos el encuentro definitivo con Dios y con los santos que nos precedieron, alabamos y bendecimos a Dios en la confianza de que el movimiento del universo y nuestros movimientos conducen a Él:
jueves, 28 de mayo de 2026
NOVENA TRINIDAD - 8. Trinidad y sanación
Contra el exceso de mal, exceso de bien.
Todos hemos acudido alguna vez a Dios pidiendo sanación para nosotros o para alguien a quien amamos y esperando ser escuchados en nuestras peticiones ¿Puede curar la Santísima Trinidad todas las enfermedades? Si por “curación” entendemos la restauración física y automática del cuerpo dañado o el alma rota, hemos de decir que sí. Dios ha obrado en la historia milagros que sanan el cuerpo y el Espíritu. El mismo Jesús obró milagros, y eso no lo podemos negar. Si Dios es “Todopoderoso”, y así lo afirma nuestra fe, el poder de sanar enfermedades lo tiene. Sin embargo, el dolor y el mal siguen existiendo.
No podemos entender el misterio del mal. Por eso decimos que es un misterio. Hay una sentencia sobre el poder de los dioses
para sanar que se le atribuye a Epicuro (siglo IV a.c.) y que se ha ido repitiendo a lo largo de los tiempos: “Si Dios quiere eliminar el mal y no puede,
no es omnipotente. Si puede y no quiere, no es bueno. Si puede y quiere, ¿por qué existe el mal?”.
Los grandes teólogos de la Iglesia han intentado responder a esta pregunta. San Agustín decía que el mal no es una “cosa” creada por Dios, sino una privación del bien, ligada a la libertad humana. Santo Tomás de Aquino sostuvo que Dios puede permitir males para sacar bienes mayores. Otros ven el sufrimiento unido al amor, la libertad y el crecimiento espiritual, especialmente a la luz de la cruz de Jesucristo.
Sea como sea, la filosofía no ha sido capaz de responder con claridad a la pregunta sobre el mal. Y la teología cristiana sólo tiene una respuesta para esa pregunta y esa respuesta es Jesucristo. Que no explicó el mal, con lo cual le permanece en el misterio, pero sí nos enseñó cómo afrontarlo; y lo hizo no sólo con palabras sino con hechos:
“Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,37-38)
La respuesta de Jesús al problema del mal es la de no pasar de él sino oponerse a él con la fuerza del bien. Ante el exceso del mal (odio) Jesús opone el exceso del bien (amor). Esta es la victoria de la Cruz: el mal no consiguió doblegar el amor del bien encarnado en Jesús. A éste no le preocupaba tanto el bien propio como el ajeno, es decir, respondió al mal no por interés personal sino por amor.
Cuando nos preguntamos acerca de qué está haciendo Dios para evitar el mal en el mundo Jesús parece dar una respuesta que no suele gustarnos: “Te he hecho a ti”. Y, aunque haya situaciones o realidades a las que no encontramos sentido, es cierto que muchos de los males existentes (hambre, guerras, marginación, abusos, etc) vienen causados por el odio y el egoísmo de la humanidad.
El toque de Dios
Decía el maestro Eckhart que ser espiritual y sabio sólo es posible cuando se ha llegado o traspasado la mitad de la vida, es decir, cuando ya se han derrumbado totalmente o en parte los proyectos idealistas que se tenían: familia feliz, buena posición social y económica, familia feliz, etc.). Cuando esto se derrumba, cuando ya vienen los achaques físicos y el cansancio de la vida, cuando comienzan a morir ante tus ojos aquellos con los que has compartido muchos de tus años, entonces tocas fondo; y uno de esas cosas que nos hacen tocar fondo es la enfermedad física y el desaliento espiritual.
Ahí, en la “humillación” de la soberbia juvenil, me doy cuenta de que necesito de Dios, y recurro a Él. Y está bien, siempre que lo haga desde la humildad y no desde la exigencia. Porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.(1 Pe 5,5; Sant 4,6; cf Lc 1,52).
La Santísima Trinidad es “salud”, palabra que proviene del latín “salus”, y que significa tanto salud como salvación. ¿Cómo lo hace? Tocando tu alma con su gracia. Pero debes permitir que te toque reconociendo tu debilidad, aceptándole como salvador y orando en el despojo y silencio de tu ser.
El Padre no espera que seas fuerte para amarte.El Hijo no vino a condenarte, sino a cargar contigo.Y el Espíritu Santo entra en el alma cuando por fin encuentra silencio.
El remedio a tus enfermedades exige de ti que no rehúyas el amor del Padre, que aceptes que el Hijo te ayude a llevar tus cruces y que entras en el silencio de la oración invocando al Espíritu que sana el corazón enfermo. En una palabra, si con fe buscar tocar a Dios como la mujer hemorroísa (cf Mt 9,18-26) o te dejas tocar los oídos y la lengua como el sordomudo del evangelio (Mc 7,31-37), vas por el buen camino de la sanación corporal y espiritual. Con el toque de la gracia “dejarás de sentirte solo. Y donde termina la soledad, comienza la sanación de la Santísima Trinidad”.
Minuto de Silencio:
Pide a Dios el don de conocer su amor que cura (cuida, da sentido y si es su voluntad sana materialmente) todas tus enfermedades y dolencias.
miércoles, 27 de mayo de 2026
NOVENA TRINIDAD - 7. Trinidad y sacramentos
¿Por qué son tan importantes los
sacramentos? Es fácil de entender la importancia que tienen si estudiamos a fondo lo que es un sacramento. Y no
es otra cosa que un signo visible que remite a una realidad invisible. Es una
definición clásica acerca de lo que es un sacramento. “Signo visible de una
realidad invisible”. Visto así, un sacramento es un ramo de flores, elemento visible
que deja ver la gratitud invisible de quien lo entrega; sacramento son los
anillos que se intercambian, que permiten expresar el vínculo invisible entre dos personas, sacramento
es la foto de mamá sobre la mesa del salón que evoca la presencia de alguien
que ya no está físicamente; etc. Los
signos sacramentales no suelen tener mucho valor en sí mismos (el ramo de
flores se marchita, los anillos pueden ser madera, la foto puede decolorarse y
deteriorarse), el valor se lo da el significado.
La Santísima Trinidad, Dios en sí, es invisible a los ojos, inasible para las manos e inefable para la lengua, pero no es muda, habla; se comunica recurriendo, entre otros lenguajes al de la creación.
“El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.” (Sal 19,2
Este salmo nos dice, como ya comentamos al hablar de la creación, que “todo nos habla de Dios”, y cada criatura es “signo” y, en sentido amplio, sacramento de Dios, aunque para diferenciarlos de los sacramentos concretos instituidos por Cristo llamamos “sacramentales” a estos signos nada institucionales.
En los sacramentos nos encontramos con Dios; y hay entre ellos un sacramento de los sacramentos, el sacramento raíz, el que da sentido a todos los demás: Jesucristo, sacramento del Padre. En su paso por la historia Dios se ha hecho humanamente visible para nosotros en Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero. Su vida y su mensaje hizo posible que los hombres de su tiempo pudieran ver con sus propios ojos al Dios invisible. En él se cumple toda la revelación de Dios. A partir de entonces no hay encuentro con Dios Padre que no pase por el Hijo como Mediador; y eso sólo es posible en el Espíritu Santo. De ahí la fórmula que repetimos cuando nos dirigimos al Padre, “por Jesucristo tu Hijo, en el Espíritu Santo”. Los Sacramentos entroncan con el Misterio Pascual de muerte y resurrección de Cristo: "Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua" (Jn 19,34), bautismo y eucaristía.
Jesús dejó de estar entre nosotros tras su ascensión. Pero dejó un sacramento que prolonga su ser entre nosotros: la Iglesia. La presencia visible de Dios la afirma en el evangelio cuando Jesús dice que “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18,20). La Iglesia es signo-sacramento de Dios en la historia, “la Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.” (LG 1; CATIC 775).
Y esa Iglesia, sacramento de Cristo, administra la gracia de Dios “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” con los siete sacramentos, signos instituidos por Cristo con los que la Santísima Trinidad se hace presente de una manera especialísima. Estos signos o sacramentos tan especiales los llamamos Bautismo, Confirmación, Penitencia, Eucaristía, Unción de enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Con ellos celebramos sacramental y simbólicamente el encuentro con la Santísima Trinidad. Son signos comunitarios, compartidos por quienes se acogen a una misma fe católica, y que en momentos importantes de la vida aseguran la bendición de la Trinidad (nacimiento, madurez humana, necesidad de perdón, necesidad de alimento, vida familiar, enfermedad, consagración sacerdotal o religiosa). La gracia (vida) de la Santísima Trinidad nos llega muy especialmente por medio de las celebraciones sacramentales.
La imagen de la Santísima Trinidad que veneramos no es un sacramento propiamente, es un sacramental; no garantiza la presencia de Dios; la Eucaristía como sacramento sí. Es la diferencia entre la procesión de la Santísima Trinidad y la procesión de Corpus Christi; en la primera salimos con una imagen de Dios por nuestras calles, en la segunda es el mismo Dios en Cristo realmente presente en el Pan Eucarístico el que sale con nosotros.
Deberíamos purificar nuestra fe acercándonos a la Palabra y los Sacramentos; no hace falta ir a ningún santuario lejano para beber agua bendita; los sacramentos, y especialmente el bautismo y la Eucaristía, son Agua Bendita de Dios; basta tener fe y acercarse a ellos; lo dijo Jesús a la mujer Samaritana: “El que bebe el agua de este pozo (este mundo) vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,13-15).
—Entonces los sacramentos son signos de Dios.
El maestro negó con dulzura:
—Son más que signos. Son lugares donde Dios cumple lo que promete.
Minuto de Silencio
Mira la imagen de la Santísima Trinidad, y mira el Sagrario. Imagen y sacramento. Una vida espiritual avanzada relativiza las imágenes, que pueden conducir a la idolatría; los sacramentos, al ser simbólicos, piden una fe más grande, pero son el lugar donde Dios se da con total seguridad.
La palabra griega “Misterio” (misteryon) se tradujo al latín por “Misterium”; y a los sacramentos se les llamaba celebración de los “Misterios”; y luego se les denominó “sacramentum” (sacramento). Fijáos: se pasa de la contemplación del “Misterio de Dios” (Santísima Trinidad), a la celebración de los Misterios (sacramentos, acciones de Dios). La devoción a la Santísima Trinidad, sin la celebración de los misterios (especialmente recomendables para estos días la Penitencia y la Eucaristía) carecería de sentido.
Dice el himno de san Gregorio que recitamos cada día de la novena:
Nosotros tenemos el privilegio de poder adentrarnos
en ese Misterio por la participación en los Sacramentos.
martes, 26 de mayo de 2026
NOVENA TRINIDAD - 6 Unidad en la diversidad (Iglesia)
—¿Cuántas llamas ven?
—Tres —respondieron.
Entonces acercó lentamente las velas unas a otras hasta que las llamas se tocaron.
Los discípulos miraron en silencio. Ya no podían distinguir dónde terminaba una llama y comenzaba la otra.Parecía un solo fuego.
El maestro dijo:
—Así es Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero el amor los une tanto que son un solo Dios.
Después tomó las velas y las colocó en medio de la sala.
—Y así debe ser la Iglesia.
Muchos rostros, muchas voces, muchos dones… pero una sola llama.
Uno preguntó:
—¿Y cuándo sucede eso?
El maestro respondió:
—Cuando cada uno deja de querer brillar solo y aprende a arder con los demás.
Y añadió:
—Entonces Dios se hace visible en medio de ellos, como un único fuego nacido de muchas llamas.
*
Unidad, no uniformidad
Son muchas las sentencias o palabras de Jesús en las que habla de “ser uno con el Padre”, y una muy directa: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30); e Igual que el Padre y Él son uno, pide para que todos sus discípulos seamos uno:
“No solo ruego por los que me has dado, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 20-21)
Es importante el tema de la “unidad”, pero no hay que confundirlo con la “uniformidad”; en la uniformidad cada uno desaparece en un modelo impersonal; se pierde la identidad de cada cual. Ponerse un uniforme es señal de pertenencia a una unidad grupal, pero también es como un signo de que uno no actúa por sí mismo sino para una entidad o institución mayor. El uniforme puede ayudar a quienes necesitan una referencia externa a la hora de acercarse a una institución, pero es despersonalizador cuando quien lo lleva renuncia acríticamente a sus propios criterios y se deja llevar por las consignas del colectivo. Los totalitarismos son muy amantes de uniformes; y los peores son los uniformes mentales. Decía Ortega y Gasset que "nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros confines, nuestra prisión".
El pasado día de Pentecostés se proclamó una lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios que aclara muy bien cómo hemos de ser en la Iglesia “unidad”, pero sin romper la diversidad. La clave está en que la unidad sea “espiritual”, es decir, que no nos unan intereses espurios sino el Espíritu Santo, un mismo Espíritu, que respeta la identidad de cada uno.
“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos
Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”. (1 Cor 12,6-11)
Este modelo de sociedad que es la Iglesia tiene su espejo en la Santísima Trinidad, donde cada una de las personas tiene su identidad y función propia: Padre (creador, todopoderoso, paternal), Hijo (redentor, obediente, filial) y Espíritu Santo (santificador, dador de vida). Y a pesar de las distintas funciones no hay choque entre ellos, porque todo lo que realizan es en función es desde la unidad y para la unidad.
Así debe ser la Iglesia: “Muchos rostros, muchas voces, muchos dones… pero una sola llama”, se dice en el relato de apertura. Y ésta llamada la unidad no es accidental u optativa, es esencial y obligatoria; nos jugamos en ella la eficacia de nuestra misión: hacer presente el Reino de Dios. Nadie va a creer el Evangelio si nos ve divididos. Es necesaria la unidad “para que el mundo crea que tú me has enviado”, dice Jesús; para que aquellos a los que anunciamos el evangelio crean de veras han de dar ante todo testimonio de unidad en torno a Dios.
Las primeras comunidades cristianas atraían a muchos hacia Dios por su testimonio de unidad. “mirad cómo se aman”, se decía, “se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch 4,33).
Minuto de silencio
—¿Cuándo sucede la unidad? , preguntó el discípulo.
Y el maestro respondió:
—Cuando cada uno deja de querer brillar solo y aprende a arder con los demás.
Y añadió:
—Entonces Dios se hace visible en medio de ellos, como un único fuego nacido de muchas llamas.
Que la contemplación de la Santísima Trinidad como “unidad en la diversidad” nos ayude a imitar al mismo Dios en su ser, a trabajar la unidad entre nosotros dando paso al Espíritu Santo. Que no busquemos tanto deslumbrar con nuestras vidas sino alumbrar con la llama del Espíritu para que así el mundo crea.
Recitando las palabras finales del Himno de san Gregorio Nacianceno, pidiendo que la pequeña luz de tu vida se una en una llama con su Luz:
lunes, 25 de mayo de 2026
NOVENA TRINIDAD 5 - Conocer-amar a Dios
—¿Por qué, después de tantos libros sobre Dios, siento que no lo conozco?
El maestro le dijo:
—¿Conoces a tu madre?
—Claro.
—¿Porque has estudiado un tratado sobre ella?
—No, porque la amo.
El maestro sonrió:
—Solo se conoce de verdad aquello que se ama. Sin amor, las personas se convierten en objetos; y Dios, en una idea.
Luego añadió:
—Por eso Dios es Trinidad: el Padre conoce al Hijo amándolo, el Hijo conoce al Padre entregándose a Él, y el Espíritu es el amor que los une. En Dios, conocer y amar son la misma cosa.
Y concluyó:
—Quien no ama, podrá hablar mucho de Dios; pero no lo habrá conocido jamás.
Conocer-amar a Dios
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme". (Mt 5, 34-36).
Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?". Y el rey les dirá: "En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 5, 37-40)
"En Dios -en la Santísima Trinidad, dijo el maestro en la historia transcrita al principio- el Padre conoce al Hijo amándolo, el Hijo conoce al Padre entregándose a Él, y el Espíritu es el amor que los une. En Dios, conocer y amar son la misma cosa". Y concluyó: —Quien no ama, podrá hablar mucho de Dios; pero no lo habrá conocido jamás"
Casto Acedo
Mayo 2026
domingo, 24 de mayo de 2026
NOVENA TRINIDAD 4 - Espíritu Santo (Pentecostés)
Vivir "en el Espíritu"
Un discípulo preguntó al Maestro:
—¿Qué significa vivir “en el
Espíritu”?
El Maestro señaló una vela
encendida.
—Mira la llama. No vive para
sí misma; se consume dando luz y calor. Así es la vida espiritual: una vida
marcada por el amor.
—¿Entonces el Espíritu Santo
es amor?
El Maestro sonrió.
—Entre el Amante y el Amado,
el Espíritu es el Amor mismo. La misericordia de Dios fluyendo entre el Padre y el Hijo y desbordándose en la creación.
Luego añadió:
—Muchos creen que vivir en el
Espíritu es tener experiencias extraordinarias. Pero el Espíritu suele
parecerse más a una paciencia silenciosa, a un perdón inesperado, a una ternura
que no se cansa, un deseo de justicia que no se detiene ante nada.
El discípulo preguntó:
—¿Y cómo sé si alguien vive
en el Espíritu de Dios?
El Maestro respondió:
—Mira si ama. Porque donde el amor es verdadero, allí está
respirando el Espíritu Santo.
Son hermosas las enseñanzas de San Agustín sobre la Santísima Trinidad. En su tratado sobre el Misterio usa muchas imágenes y comparaciones para intentar comprender lo incomprensible y hablar de lo inefable. Se refiere a la Trinidad comparándola con las facultades del alma: memoria (Padre), entendimiento (Hijo) y voluntad (Espíritu Santo); o con la tríada que forman la fuente (P), el rio (H) y el agua que comparten (ES).
Una de esas comparaciones refiere que en Dios están presentes, “tres realidades: el que ama, lo que se ama y el amor. ¿Qué es el amor, sino vida que enlaza o ansía enlazar otras dos vidas, a saber, al amante y al amado? (De trinitate,9).
Cuando Jesús se acercó Bautista al Juan para recibir su bautismo, dice la Sagrada Escritura que “se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien complazco” (Mt 3,16-17)
Dios Padre es el amante que revela al Hijo desde el cielo. Jesús es el Hijo el Amado; y el Espíritu Santo, dice san Agustín, es el Amor de Dios recibido en el Jordán y vuelto al Padre en el momento de la Cruz, cuando “Jesús, clamando con voz potente, dijo: ´Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu´. Y, dicho esto, expiró” (Lc 23,46), es decir, soltó el Espíritu”
En el momento de su muerte Jesús parece decir al Padre: "todo está cumplido" (Jn 19,30); desde que comencé mi vida pública me he dejado arrastrar por tu Espíritu Santo, por tu mismo amor, Padre; Él “me ha ungido; me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia” (Lc 4, 18-19); ahora el Espíritu vuelve a Ti a la espera de Pentecostés, el día en que el mismo Espíritu de amor que estuvo conmigo sea dado a la humanidad toda para su santificación.
Vivir en cristiano es algo tan sencillo como conservar y dejar crecer en nosotros y en el mundo el amor que Dios nos ha dado con su Espíritu.
*
"Ama y haz lo que quieras"
Son de agradecer los intentos de san Agustín por explicarnos lo inexplicable con comparaciones. La imagen de Dios como Amante, Amado y Amor evangeliza el corazón, porque pone ante él una verdad que a menudo olvidamos: la centralidad del mandamiento del amor. El mismo san Agustín resumió la moral cristiana en una frase escandalosa; algunos la consideran demasiado liberal, permisiva, rompedora; otros, los que conocen bien a san Agustín, saben que es una frase escandalosa no porque invite a la permisividad moral sino por su extrema exigencia: “Ama y haz lo que quieras”. Ama como Dios ama.
En su diálogo con la Samaritana Jesús, al referirse al culto debido a Dios le dice a la mujer:
“Se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”(Jn 4, 23-24).
Adorar a Dios en Espíritu y Verdad es adorarlo en la práctica del amor. Dios es Espíritu (es amor) y los que le adoran deben hacerlo amándole a Él y al prójimo con la misma intensidad con la que Jesús amó al Padre y nos amó a nosotros; hasta dar la propia vida por todos (cf Rm 5,8).
—¿Cómo sé si alguien vive en el Espíritu de Dios? – preguntó el discípulo.
El Maestro respondió:
—Mira si ama. Porque donde el amor es verdadero, allí está respirando el Espíritu Santo.
Un
minuto de silencio
Haz el minuto de silencio contemplando a la Santísima Trinidad, Misterio de amor. Mira como fluye el Amor entre el Padre y el Hijo; Padre e Hijo unidos por el Espíritu del Amor. Imagina una humanidad unida por ese mismo Espíritu. Sin guerras, ni hambre, ni enfermos desatendidos; sin violencia, porque el Espíritu de Dios, Espíritu de paz, lo llena todo.
Ora con santa Isabel de la Trinidad:
¡Oh,
Fuego abrasador, Espíritu de Amor,
«desciende
sobre mí» para que en mi alma
se
realice como una encarnación del Hijo.
Que
yo sea para El una humanidad suplementaria
en
la que renueve todo su Misterio de amor.
*
Casto Acedo.
Mayo 2026
Santísima Trinidad (Domingo 31 de Mayo)
EVANGELIO Jn 3,16-18 Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga ...
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EVANGELIO Lc 10,25-37 Un hombre que bajaba de Jerusalén loa Jericó cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y...
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Ofrezco aquí dos comentarios a la Palabra del Domingo. El primero, más eclesial y social, iluminando la necesidad superar los dualismos para...
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