jueves, 5 de febrero de 2026

La sal, la luz y la compasión (8 de Febrero 2026)


EVANGELIO
Mt 5,13-16.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor

* * *


“Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz … Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy” (Is 58,7-9).

La cita es de la primera lectura de este domingo. Hace años que me sorprendió este texto  por su fuerza y por el cambio de mentalidad que propone. No parte de una enseñanza moral que hay que estudiar y después seguir fielmente (catequesis magisterial); tampoco del esquema popularizado por la acción católica: ver la vida e iluminarla con el evangelio para terminar orando y actuando los cambios que hemos visto como necesarios en mi vida y en la sociedad (catequesis antropológica); éste texto consagra la actividad como lugar de encuentro con Dios, poner en el centro del corazón y de la mente la compasión y dejarse llevar por ella (catequesis política, teología de la acción compasiva o teología de la liberación).

Primero, dice Isaías, actúa liberando de sus miserias a quienes nunca entenderán tus discursos si no van precedidos de tu ayuda compasiva, luego párate a confrontar y evaluar tus acciones con la Palabra; si lo haces tendrás la iluminación que esperas, porque al conectar con la misericordia y la compasión de Dios inevitablemente “surgirá tu luz … clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”. (Is 58,8a-9); y llegado a la presencia de Dios le alabarás y le darás gracias por las maravillas que hace por ti y por tu mediación. Dándote a los demás recibes más que reservándote.

Reza y compadece

Muchas personas suelen preguntarse por qué no avanzan  más en su vida espiritual. “No falto a la formación que se imparte en la parroquia, voy a misa los domingos y otros días si puedo, procuro confesarme con frecuencia, ayudo en Cáritas, pero no acabo de sentirme satisfecho”. Tal vez la causa esté en que todo eso que haces, y que es encomiable, está desligado de tu vida real; y no me refiero a la vida de relaciones particulares de cada uno, sino a la vida social que late más allá de los muros de la familia, los amigos y la Iglesia. Tal vez vives un amor acotado en ámbitos estrechos y poco universales.

Cuando la luz que recibo de Dios se queda en el ámbito de mi grupo-estufa social o parroquial, o ilumina sólo mi interioridad individual, acaba por asfixiarse, como se asfixia la vela que se pone debajo de un celemín. Cuando el papa Francisco hablaba de una “Iglesia en salida” estaba diciéndote que has de abrir tu corazón al mundo, porque el celemín que reduce el ámbito de la fe a un círculo cerrado, aunque sea muy pío, no sólo no ayuda a transmitir la luz sino que, desgraciadamente, la apaga. 

¿Comprendes ahora por qué tu vida espiritual anda tibia y mortecina? La luz que no se expande, como el amor que no se da, se pierde. 

Sin menoscabo de misas, oraciones, estudios bíblicos y colaboración puntual con Cáritas, deberías valorar más los pequeños-grandes gestos que te abren a la "vida exterior”, como pueden ser el dedicar un tiempo al enfermo en casa o en el hospital, visitar y ecuchar al anciano condenado a vivir solo,  poner tus bienes al alcance del vecino necesitado, no faltar a esa manifestación donde se reclaman derechos justos o participar en los actos culturales y festivos que se realizan en tu pueblo o en tu barrio, etc.. En una palabra, deberías compadecerte de toda la humanidad, permitir que tu corazón lata al ritmo que te marcan las necesidades y retos de cada momento; y, cuando la justicia lo requiere, priorizar la acción sobre la contemplación. Y al decir esto último no estoy devaluando los momentos de oración sino dándole valor, porque la oración que no pone en el altar la vida, como la vida que no se hace oración, acaban por apagarse.


La sal y la luz de la compasión

Priorizar la compasión, el “padecer con”, la disponibilidad para el servicio a los más pobres y necesitados, y evaluar tu vida espiritual y religiosa desde esta prioridad. ¿No dice algo de esto el profeta Isaías? ¿No es esto lo que dice Jesús cuando enseña “vosotros sois la sal de la tierra, … vosotros sois la luz del mundo?”. Deberías preguntarte, llegado a este punto: ¿Cuál es tu prioridad? ¿La justicia o tus intereses profanos y religiosos? ¿tu prójimo o tu yo engreído (ego)? Jesús apostó por un amor universal, una compasión sin límites, sin los recortes que a veces exige la corrección política: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,44-45). Esta apertura universal del amor forma parte del plan de vida de Jesús.

¡Qué importante es vivir desde lo que definiría como “teología de la acción compasiva”! Es muy común oír  hablar de la necesidad de formación de los fieles laicos. Es verdad que hay una formación teórica que es buena y útil para discernir, pero no olvidemos que el “lugar teológico” (lugar de encuentro y conocimiento de Dios) por excelencia es la práctica de la misericordia. Así lo dice hoy Isaías, y lo dijo Jesús: cada vez que das de beber al sediento, de comer al hambriento, posada al peregrino, compañía al encarcelado, etc. “conmigo lo hacéis” (Mt 25,40) y de este modo entráis en comunión conmigo: “venid, benditos de mi padre” (Mt 25,34). ¿No habría que priorizar la acción a la lección magisterial? A menudo olvidamos que Jesús no nos legó ningún escrito directo, nos dejó una vida de acciones de las que extrajo enseñanzas; y de la vida y enseñanzas de Jesús, después, se redactaron los evangelios. ¿Qué seria de “los evangelios” sin la realidad del “evangelio” personificado y actuado en Jesús?

En un mundo donde la verdad cada cual la falsea y la maquilla a conveniencia (fake news), ¿en qué o en quién creer? Lo único que nos queda es el amor; no el amor emotivo y romántico sino el amor activo, amor entregado, amor en la dimensión de la cruz. Solo el amor es digno de fe. Sólo desde la práctica de las obras de misericordia podemos entender algo de la verdad y adquiere sentido nuestra vida; también la vida religiosa. 

Es importante no descartar el sentido comunitario del llamamiento al amor.  No somos “lobos solitarios” en esto de expandir la luz del Reino, somos ciudad, somos Iglesia, Manos Unidas. Para la Iglesia es esencial ser lámpara de la misericordia, ser "ciudad ciudad puesta en lo alto de un monte". Una luz solitaria alumbra poco. No dice Jesús “tú eres la luz” sino “vosotros sois la luz”; su mensaje dirige la intención a la ciudad que está en la cima del monte, a la Iglesia. Sentirte Iglesia, poner tu luz en Asamblea junto a la Luz de Cristo, alumbrar y dejarte iluminar por otros, es más necesario que nunca en una cultura consagrada al relativismo y al individualismo. El primer paso del amor ha de comenzar por casa. “Mirad como se aman”, decían de los primeros cristianos.

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DECLARA LA GUERRA AL HAMBRE
Manos Unidas

Se celebra este domingo la jornada de Manos Unidas, Campaña contra el hambre en el mundo. Y no podemos menos que felicitarnos por tantos años en los que esta fundación ha hecho teología política, ha predicado  con la acción social la Buena Nueva de Dios. ¡Cuánta luz ha sembrado en el mundo esta institución de la Iglesia, y cuánta sal ha derramando haciéndolo más sabroso y humano!. 

Las Campañas que lleva a cabo Manos Unidas son siempre motivo de esperanza. Se citado al principio de esta entrada la primera parte del texto de Isaías que propone hoy la Iglesia. La parte final es repetición de lo mismo, pero ahora no exhorta sino que simplemente afirma los beneficios de la práctica de la exhortación previa: "Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía» (Is 58,10-11). En las religiones de oriente se habla de “iluminación”, de experiencia de plenitud de vida. Nosotros decimos "conversión a la Luz", vuelta a Dios. ¡Cuántas personas habrán sido iluminadas al compartir, y cuántos se habrán vuelto a Dios por el testimonio del compartir de Manos Unidas!.  

No pierdas de vista esta plataforma profética de la Iglesia. Procura conocerla mejor; no  se limita poner parches donde hay heridas; trabaja sobre todo porque las heridas no se produzcan; busca y trabaja ante todo por la justicia, que es el mejor remedio para la paz y la prosperidad.  No dejes de colaborar con quienes desde esta plataforma de misericordia han declarado la guerra a la injusticia que supone que haya personas que no disfruten de una vida digna. Voluntariado, donativos, oraciones...,  todo es importante para que la Luz brille en la oscuridad y el mundo no pierda el sabor de amor que le imprimió el Creador.

¡Feliz domingo! 
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Otro comentario a las lecturas de hoy en :


Febrero 2026
Casto Acedo 


jueves, 29 de enero de 2026

Felices (1 de Febrero 2026)


EVANGELIO  

Mt 5,1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

¡Palabra del Señor!

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Camino de felicidad

La filosofía que esconde el texto de las bienaventuranzas parece filosofía de locos si se lee de tejas abajo, es decir, desde parámetros simplemente humanos. Sobre todo si nos quedamos con la primera parte de cada propuesta, sin pasar al “porque”; ¿tiene sentido decir “bienaventurados los pobres” sin añadir “porque de ellos es el reino de los cielos"? ¿Es de personas cuerdas decir "felices los que lloran" sin añadir que "serán consolados"? ... Y así todas.

El “porque” explica la causa de cada bienaventuranza o felicidad. No da la felicidad el hecho de ser pobres, llorar, tener hambre, perdonar, mantener limpio el corazón, ser perseguidos, etc. La causa de la felicidad presente en todo eso que supone esfuerzo o contrariedades humanas está en que hay de fondo:  un Dios que ama, y que muestra ese amor en Jesucristo. En el horizonte de cada bienaventuranza está escrito: “porque” Dios te ama como amó a Jesús y por eso tu fidelidad no quedará defraudada. Serás feliz si te rindes a su Amor.

Ahora bien, es preciso advertir que la felicidad de la que hablan las bienaventuranzas no es un simple pasarlo bien o sentirse a gusto,  un sentimiento placentero o un ocasional estado de ánimo. La felicidad es más bien un estado del alma, una felicidad interior que se vive cuando se está en comunión con el Creador. Desde esa comunión de amor -"Jesús me ama, yo amo a Jesús"-, la naturaleza humana, creada a imagen de Dios y conectada con el Espíritu y vida de Jesús, encuentra en las bienaventuranzas el proyecto de vida que Dios quiere para ella; el mismo modo de vida que quiso para Jesús. 

Y ¿porqué aparecen en ese proyecto pobreza, hambre, llantos, sufrimientos y persecuciones? Tal vez porque Dios quiere que seas infinitamente feliz, plenamente dichoso, siempre bienaventurado, pero sin huir de la vida, sino más bien sorteando los obstáculos (cruces) que tiene la vida misma en su finitud. La felicidad en Dios no es un narcótico que anula tus sentidos sino un estimulante  que despierta tu capacidad de sacrifico y amor.


 

Un retrato de Jesús

El Sermón del monte (Mt 5-7), y especialmente las bienaventuranzas, son una pasada cuando lo lees como un retrato de Jesús. Digo retrato y no fotografía porque un retrato no se limita a fijar automáticamente en un papel la imagen que enfoca sino que va más allá y apunta a describir las características misteriosamente ocultas del personaje retratado. 

¿Qué son las bienaventuranzas sino una descripción de Jesús? Bajo el misterio de su persona hallas el sentido oculto de esos aforismos, su sabiduría:  felices los pobres, felices los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los que trabajan por la paz, felices los perseguidos, … ¿No hablan del mismo Jesús estas sentencias? Y ¿quién las puede entender si no se adentra en su Misterio? ¿No era esto lo que quería decir san Pablo al hablar de Cristo Crucificado, fuerza y sabiduría de Dios, que en la debilidad y la necedad de la Cruz se muestra más sabio y fuerte que los hombres (cf 1 Cor 1,23-25)?

La trayectoria profética de Jesús, su predicación y su vida resumidas en el mensaje de las bienaventuranzas, pone al descubierto la latente maldad que se esconde bajo el ornato de las riquezas, los placeres efímeros, la risa fácil, el desprecio del justo o la ostentación del poder. Ante todo esto la vida evangélica de Jesús pone en evidencia la grandeza de lo pequeño (Lc 1,46), lo cercano y lo humilde (Lc 21,1-4); revela la importancia de lo humanamente insignificante (Mt 11,25), la dignidad que posee quien se mantiene fiel a los principios del amor, la paz, el perdón y el amor en y a pesar del rechazo (Lc 21,12-19). Jesús es "signo de contradicción" (Lc 2,34), y esa contradicción se desvela en las bienaventuranzas, proclamadas  "para que muchos en Israel caigan y se levanten; ... y para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones" (Lc 2,34-35). 

La lógica absurda de las bienaventuranzas -¿cómo casar “felicidad” con “pobreza”, “llanto”, “persecución”, “agravios”, etc”.?- sólo se esclarece  contemplando el amor de Dios en Jesucristo.  Y de un modo especial interpretando su vida desde la Pascua, acontecimiento que  reconcilia sorprendentemente la aporía muerte-resurrección, núcleo del mensaje evangélico (Jn 12,24). Vivir cada una de las bienaventuranzas es morir a todo lo que me destruye (riqueza, violencia, soberbia, etc) y resucitar a la libertad de la pobreza, la paz y la misericordia, etc.  

El final de la proclamación de las bienaventuranzas conecta con el final de la vida: “Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Y aquí, para evitar una lectura exclusivamente escatológica, me permito citar a santa Teresa cuando dice que el cielo es dónde está Dios (Camino 28,2), y por tanto incluye también la interioridad de cada persona. La felicidad que Jesús predica no es sólo para el más allá, también lo es para el más acá. ¿Acaso fue Jesús un infeliz? Ciertamente sufrió con nosotros y a causa de nosotros, pero ya sabemos que quien es sensible al dolor no lo es menos al gozo (Mt 11,25). La felicidad, hemos dicho, es un estado del alma, y el alma, que canta el gozo de Dios, también sufre los propios errores y los pecados del mundo. 

Practicar las bienaventuranzas

Sin olvidar los límites de nuestra naturaleza humana finita, nuestro Señor Jesucristo nos propone seguirle e imitarle si queremos alcanzar la verdadera felicidad.  Aprendamos de Él cómo practicar la felicidad, que básica y paradójicamente consiste en no buscarla para ti  sino para el prójimo:

*Ahí donde todos dicen dinero, dinero, dinero, …y venden al pobre por un par de sandalias   (Am 8,4-7) para conseguirlo, Jesús dice “no podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), e invita a gustar la vida en libertad, no atados a nada: “Felices los pobres”. Compartiendo haces felices a tus hermanos y gozas tú mismo de la felicidad que repartes.

*Allí donde los poderosos ejercen el dominio devastando y empobreciendo la tierra con la sobreexplotación, Jesús invita a la economía doméstica, a la humildad, a la mansedumbre, al respeto y delicadeza para con las personas y la naturaleza como el camino más apropiado para la armonía social y el cuidado de la tierra. “Felices los mansos porque heredarán la tierra”. La humildad engrandece a las personas;  los últimos serán primeros (Mc 10,11).

*A la madre que llora a su hijo enfermo o muerto a causa de un misil envenenado por el odio, Jesús le ofrece el consuelo de una iglesia explícita e implícita que en Caritas permanece abierta y en acogida a los sufrientes; y la promesa de que la victoria última es de Dios (Ap 7,10). “Felices los que lloran porque serán consolados”. Las lágrimas que muestran la sensibilidad ante el sufrimiento del mundo son ya un signo de redención. 

*A quienes se indignan ante la mentira, la corrupción, las manipulaciones, la estafa, la prepotencia o el fariseísmo, Jesús les anima a ser profetas en nuestro siglo, denunciando la injusticia y manteniendo la fidelidad con valentía, honestidad y perseverancia, Jesús les dice: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia porque quedarán saciados”. ¿Quién sacia su sed de vida sino el que se compadece de todos?

*Frente a la locura que proponen los discursos del odio y la venganza como solución a los problemas de la humanidad, Jesús habla de la compasión sin límites (Lc 23,24) como camino para un cambio sostenible de la vida personal, familiar, social, política y económica. “Felices los misericordiosos porque alcanzarán misericordia”. Ser compasivo es dar al otro una y otra oportunidad para convertirse a Dios.

*Ante quienes se empeñan en no ver a Dios como fuente y dueño de la vida, y justifican su ceguera y su barbarie con eufemismos tales como “muerte digna o eutanasia”, “interrupción voluntaria del embarazo”, “guerra justa”, “enriquecimiento lícito”, “droga legal”, etc., Jesús propone recuperar la mirada inocente, limpia y transparente del niño no pervertido por las sucias miradas egoístas (Mt 18,2). “Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Una mirada limpia disculpa los males y ama y promociona todo lo bueno que ve en los otros.

*A quienes se niegan a conversar aferrándose al dominio y la violencia como único modo de resolver los problemas, a los señores de la guerra, Jesús les enseña que el camino para la paz no puede ser otro que el encuentro, el diálogo y el perdón mutuo (Lc 6,27-29). “Felices los que trabajan por la paz”. La paz es un gran regalo para la humanidad. 

*A los que rehúyen la responsabilidad y los compromisos que se derivan de la condición de ser humano o creyente cristiano, y viven bajo el miedo a represalias si hablan y obran la verdad en el momento oportuno, Jesús les anima a ser valientes, a no traicionarse y a mantenerse firmes en el momento de la prueba (Lc 12,4). “Felices cuando os insulten y os persigan por mi causa”. Es dichoso quien supera el miedo a proclamar la verdad y establecer la justicia. 

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Entrar en las bienaventuranzas es entrar en Jesús, Sabiduría inagotable de Dios. Quienes se abandonan a Él reciben las bendiciones que se profetiza en la primera lectura de hoy “no harán más el mal, no mentirán, no tendrán engaño en su boca. Pastarán  y descansarán , y no habrá quien los inquiete” (Sf 3,12-13). Las bienaventuranzas son remedio para los males, alimento  para el alma y paz para la vida.

Enero 2026

Casto Acedo


martes, 20 de enero de 2026

Conversión (25 de Enero 2026)

Ofrezco aquí dos comentarios a la Palabra del Domingo. El primero, más eclesial y social, iluminando la necesidad superar los dualismos para abrazar la unidad en la Cruz de Jesucristo. El segundo, más personalista y centrado en la invitación evangélica a la conversión como cambio de mentalidad personal.
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PRIMER COMENTARIO


EPÍSTOLA
 (1 Corintios 10-13.17)

"Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?

Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo"

¡Palabra de Dios!
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Tiempos de polarización

No hay duda de que vivimos tiempos de polarización entre personas, grupos, ideas políticas, e incluso naciones encontradas. La polarización social es un cáncer que se va apoderando de nuestro mundo. Parece como si estuviéramos locos y la vida sólo tuviera sentido en la confrontación. Hay quien quiere hacernos creer que  EEUU, Rusia y China son mundos diferentes, sin conexión; se agudizan las identidades partidistas en la política, y olvidamos que somos personas para pasar a ser adeptos a tal o cual ideología. Nuestra cultura  sufre de una enfermedad que algunos llaman dualismo, y algo de cierto hay cuando para afirmar mi yo tengo que negar el del otro. ¿Qué nos está pasando? ¿Acaso nos estamos olvidando de que somos hermanos, hijos de un mismo Dios?

Ya Nietzsche profetizó hace más de un siglo que al olvido de Dios sucedería un tiempo de oscuridad. Dios ha muerto, dijo, porque lo hemos expulsado de nuestras vidas, y ¿ahora qué?. “¿Qué hemos hecho al liberar esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve? ¿Hacia dónde nos movemos, lejos de todos los soles? ¿No nos estamos cayendo? ¿No vamos dando tumbos hacia atrás, de lado, hacia adelante, hacia todos los lados? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No vagamos a través de una nada infinita? ¿No sentimos el espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No anochece cada vez más?”. ¿No es este un buen diagnóstico de hacia dónde parece caminar occidente?

Al abandonar a Dios perdemos la luz, y caemos en el vacío; a la “muerte de Dios” (Nietzsche) dice otro filósofo que le ha acompañado la "muerte del hombre” (M. Foucault). Al borrar de entre nosotros al Dios que nos unificaba interiormente y que garantizaba la unidad entre todos quedamos atrapados en la dualidad extrema y su consiguiente confrontación. No obstante, hay esperanza: aunque le demos la espalda Dios, Él no nos abandona, “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is 9,2), dice el profeta Isaías anunciando la llegada de Aquel que invitará a volver a Dios: "Convertíos", Dios no os ha abandonado, Él y su Reino siguen estando cerca (primera lectura y evangelio).

San Pablo, en el fragmento de la Epístola a los Corintios que se proclama hoy, nos hace ver cómo el abandono de Dios (Jesucristo)  conduce a la perdición. Una lectura completa de la carta deja ver que en la comunidad cristiana de Corinto había grietas entre ellos por causas diversas; las había porque unos se consideraban más sabios y cultos que otros (1,18-19); había divisiones económicas porque unos eran más ricos que otros y abusaban de su posición ventajosa (11,17-22); divisiones porque quienes tenían dones y cargos especiales, se creían superiores al resto (1,10-13); y divisiones porque se crearon bandos entre quienes seguían a un predicador u otro: “Cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo”.

La unidad en la Cruz

Pablo invita a restaurar el espíritu de la unidad apelando al amor de Dios revelado en Jesucristo: “¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?”. Palabras que deberíamos releer y meditar con frecuencia todos los que nos llamamos cristianos; porque no son pocos los que buscan su identidad en fundadores, predicadores o maestros espirituales, dejando en la penumbra a Aquel a quienes sirven o deberían servir éstos: Jesucristo.

Poner en el centro a Jesucristo superando partidismos es la condición básica para recuperar la sinodalidad, que no consiste sino en hallar en Cristo la necesaria unidad para caminar juntos, sin divisiones ni bandos. Ni Pablo, ni Apolo, ni Cefas, ni ningún Papa, Obispo, Fundador o Santo de los muchos que ha tenido la Iglesia, puede ocupar el centro de nuestra vida cristiana personal y eclesial; sólo Cristo realiza el milagro de la unidad de los contrarios.

“Él (Jesucristo) es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu” (Ef 2,14-18)

Necesitamos más que nunca meditar detenidamente este texto. Porque más que de líderes y técnicos en evangelización y planes pastorales estamos necesitados de Dios, el Dios de Jesucristo, que aceptó la Cruz como altar para la unidad. Estamos concediendo excesiva importancia a lugares, grupos, pensamientos y hechos históricos del pasado o del presente, que nos enfrentan entre nosotros. No es casual que EE, Ucrania, Rusia, China, Gaza, Israel, Irán, etc. generen en nosotros pesimismo y miedo. Tampoco los enfrentamientos interreligiosos e intraeclesiales son fruto del azar. Cuando se olvida a Dios y cada cual mira el mundo desde sus propios criterios y creencias, y cuando se alimentan prejuicios de amenaza sobre el extraño, tenemos razones para temer lo peor; pero seamos optimistas: tenemos aún más razones para creer que, yendo más allá de nuestros dualismos, sigue siendo posible la unidad en Dios.  El mundo, los grupos religiosos y cada uno en particular necesitamos conversión en esto.

Convertirse

El término griego que traducimos por “conversión” es “metanoia”, palabra compuesta de “meta” (más allá) y “noia” (noticia, pensamiento). La conversión a la que se invita aquí es a ir más allá de los propios pensamientos, dirigirse al pensamiento o filosofía de Dios  que enseña Jesucristo. “En nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir”. Una lectura profana de estas palabras puede malinterpretar que san Pablo no quiere la unidad (distintos pensamientos, un solo corazón) sino la uniformidad (un pensamiento único y un fanatismo sentimental). No se trata de eso sino de vivir “un mismo pensar y sentir con Jesucristo”, que pone a Dios como el garante de la escucha, la dignidad y el respeto mutuos.

Convertirse es pasar por encima de nuestras particulares creencias particulares, de nuestras ideas propias acerca de la vida y el mundo, pasar por encima de nuestros etnicismos, racismos, regionalismos, nacionalismos, partidismos, cristianismos, etc. y poner el foco en Aquel que nos une a todos en la Cruz, Aquel que puso el Amor en el centro de la vida. “Ama y haz lo que quieras”, dijo san Agustín, y podemos decir al hilo de la enseñanza paulina de hoy: “ama, escucha, respeta, dialoga, colabora con todos en la construcción de un mundo más justo. Sé siempre motivo para la unión”. Esto es convertirse a la cercanía del Reino de Dios, volverse a la mentalidad de Jesús que va más allá de nuestros convencionalismos.

Todo esto de la conversión,  hoy como siempre, ha de ser tomado en serio. Para la conversión eclesial no se trata de ahondar en  sacramentalismos, ni en teologías y predicaciones de excelencia. "No me envió Cristo a bautizar -dice san Pablo- , sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo". Se trata más bien de anunciar el Evangelio con el propio testimonio de amor personal y comunitario,  llenándome de Dios y abrazando con mis hermanos la única Cruz que salva: Jesucristo. Sólo desde Él es posible la unidad y la sinodalidad en la Iglesia; y el éxito y frutos de la  Semana de  oración por la unidad de los cristianos 2026, que se cierra hoy.  

*

Todo un mensaje de reconciliación cristiana personal y eclesial el que nos ofrece hoy la Palabra: poner a Cristo y su Cruz en el centro de nuestra alma, recuperar la Cruz como signo de unidad en la Iglesia y salvación para la humanidad, y trabajar unidos desde ese centro que es Jesús  por un mundo más humano, es decir, devolver a Dios al hombre. Tarea de Jesús, tarea de sus seguidores. ¡Convertíos!

¡Feliz domingo!

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SEGUNDA OPCIÓN

EVANGELIO 

Mt 4,12-17

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

¡Palabra del Señor! 

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Los pecados capitales

En nuestros días son muchas las personas las que acuden a los centros de psicología demandando ayuda para llevar adelante su vida. Buscan luz que les ayude a salir de la oscuridad en la que parecen vivir. Antes de existir profesionales y centros de terapia psicológica las personas buscaban consejo recurriendo al confesor o al sacerdote o director espiritual. Hoy parece más común confesar las propias miserias al psicólogo que acercarse al confesionario en un apartado rincón del templo. Habrá que tomar nota de por qué han cambiado las cosas; no nos detenemos aquí a dar explicaciones.

Los desajustes personales que se confiesan al psicoterapeuta siguen siendo los mismos que antes se declaraban en el confesionario: problemas de caracteres fuertes que se resisten a la humildad (soberbia), de seguridad económica (avaricia), desajustes afectivo-sexuales (lujuria),  impaciencia que conduce a impulsos violentos (ira), desorden en la alimentación por exceso o defecto (gula), desgana para el trabajo u otras actividades (pereza), o tristeza por el bien ajeno (envidia).

A los pecados capitales se les describe en la antigüedad patrística como pensamientos demonios. Y se escribieron tratados sobre ellos, como el Tratado práctico, de Evagrio Póntico (siglo IV), donde se exponen los “ocho pensamientos” (a los siete pecados que nos han llegado se le añade la acedia) y se dan consejos “contra los ocho pensamientos”. Cualquier estudioso que se acerca a este autor queda sorprendido por su finura psicológica.

¿Qué tiene todo esto que ver con el evangelio de hoy? Bastante. En él se dice que “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra y sombras, una luz les brilló”. No cabe duda de que Jesús viene a iluminar a quienes viven en la oscuridad a la que le han llevado los pensamientos pecados capitales, y buscan refugio y ayuda para reorganizar su vida. La propuesta de Jesús es muy sencilla: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, cambiad vuestra visión de las cosas, Dios está cerca de vosotros y quiere ayudaros a recobrar la felicidad.


Convertíos

Jesús invita a la metanoia, palabra griega que traducimos por conversión o cambio de vida aunque noia se refiere más a la mente-conocimiento (gnosis), y tal vez también podríamos traducir como ir más allá (meta) de la mente (noia) mundana. Solemos decir muy acertadamente que convertirse es cambiar de mentalidad, comenzar a pensar y vivir con los ojos puestos más allá de lo inmediatamente dado, pasar de la superficial a lo profundo.

La conversión tiene mucho que ver con la vida. Tan es así que me atrevería a decir que no es otra cosa sino "entrar en la propia vida". Los pecados capitales te sacan de ti mismo, te alejan de tu esencia, te hacen vivir en la ficción del ego. “Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3,17). Convertirte es alejar de ti los pensamientos (mentalidad) soberbios que te corrompen y “volver a ti mismo”, regresar con humildad a lo que eras por naturaleza antes de la caída y recobraste luego por el bautismo. Convertirte es renovar tu bautismo, nacer de nuevo, renacer a tu espíritu por el Espíritu (cf Rm 8,16)

¡Qué importante es tomar conciencia de esto!, reconocer que “el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo” (Gn 4,7). Puedes vencerlo gracias a que el Reino de los cielos, el mismo Jesús, está cerca de ti revistiéndote con las armas que necesitas (Ef 6,10-18).

Hay un libro de psicología que invita a practicar el autoconocimiento, a conocer la propia mente, sus mecanismos, sus trampas y autoengaños y te invita a dar pasos hacia la renovación interior: “Sal de tu mente, entra en tu vida. La nueva Terapia de Aceptación y Compromiso”. Salvando las distancias, veo en el título un resumen de la conversión que Jesús predica. Jesús te pide ir más allá (meta) de tu mente o mentalidad (noia), de los pensamientos que perturban tu corazón, del ego que te domina, y regresar a casa,  reencontrarte contigo mismo, vivir aceptando, eligiendo y comprometiéndote con la vida para la que has sido creado y a la que Dios te llama.

El mensaje de Jesús caló en sus oyentes no por ser una nueva filosofía sino por su carácter práctico: ¡entra en tu vida! No basta saber que te conviene dejar atrás la vida oscura, has de dar pasos hacia la Luz, donde está la vida auténtica. "Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús" (Flp 3,13-14); debes abandonar las prácticas egoístas para que emerja en ti la vida nueva que eres. Como dice el título del libro citado, "salir de la mente (aposento del ego) y entrar en la vida", soltar los pensamientos que te impiden ser tú mismo y vivirte mirándote en el espejo de la Palabra de Dios (Mt 7,24-27; GS 22).


Renueva tu vida con Jesús

Al invitarte a la conversión el evangelio de hoy quiere que vuelvas a tu origen, que te despojes de lo viejo, que abandones  los pensamientos ególatras y te dejes iluminar por los pensamientos de Dios (evangelio). No eres feliz a causa de tu enorme soberbia, tu ira impaciente, tu amarga envidia, tu insistente pereza, tu avaricia insaciable, tu lujuria desbordada o tu gula insaciable. Necesitas terapia, sanación. 

La personalidad de Jesucristo es muy rica en matices. Son muchos los títulos que se le atribuyen: Mesías, Pastor, Maestro, Camino, Luz, Verdad, etc. Los santos padres en sus escritos también destacaron en Él su calidad de Terapeuta. No es ésta faceta de su personalidad un invento de teólogos antiguos, está suficientemente atestiguada en los Evangelios: “Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23).

Puedes acudir al psicólogo, y tal vez sea necesario que lo hagas como ayuda para reconocer tus insatisfacciones, pero te aconsejo que no minusvalores la ayuda de Aquel que no sólo aliviará o distraerá con consejos tus sufrimientos sino que sanará la herida que los provoca.  La auténtica sanación y conversión apunta hondo, al núcleo del ser,  allí donde se enraízan las pasiones humanas (cf Mt 15,18-19). 

Jesús comienza su proyecto de evangelización con este eslogan: “Convertíos”. Con ello  invita a volver a Dios, a conocerle como Padre y reconocerte en Él como hijo. A los que acudían a Él, “Jesús los acogía, les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación” (Lc 9,11). 

¡Conviértete!, es una llamada a salir de tus pecados (tus pensamientos erróneos) y entrar en tu vida, la vida auténtica que se sostiene en la práctica de las virtudes que proclaman las bienaventuranzas (pobreza, paciencia, misericordia, humildad, etc.). La vocación cristiana no es otra que la llamada a descubrirte a ti mismo en estas virtudes. Tú eres paz, misericordia, perdón, amor, ...,  lo contrario es el pecado que te hace ser lo que no eres. Convertirte es volver a lo que eres desde la creación, a lo que perdiste en la caída, y recuperaste con tu bautismo.

No estás solo en el empeño, Jesús y su  Iglesia te acompañan y te ayudan.  Pídele cita, cuéntale tus penas, confiésale tus errores, escucha su Palabra, déjate abrazar por su perdón y entra en el grupo de los que viven unidos por su Espíritu. Un buen programa para hacer efectiva tu vuelta a casa. 
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¡Feliz domingo!

Enero 2026
Casto Acedo

jueves, 15 de enero de 2026

Cordero de Dios (18 de Enero)

EVANGELIO Jn 1,29-34.

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

¡Palabra del Señor!

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Jesús, Cordero de Dios

El Bautista presenta a Jesús como “el Cordero de Dios". No es este el lugar para describir con detalle la profundidad de la teología que encierran este título"Cordero de Dios que quita el pecado". Baste señalar que viene a significar que el mismo Dios, en un gesto inaudito, ocupando el lugar del sacrificio del cordero pascual prescrito en el Antiguo Testamento, muere en la cruz cargando con tu pecado y el mío (cf Is 53,7.11). 

La misión que Jesús comienza a realizar tras recibir el bautismo de Juan consistirá en liberar a la humanidad de la esclavitud a la que le somete el mal. Lo hace por puro amor, dispuesto incluso a morir para llevar a cabo la tarea encomendada por el Padre. Es algo admirable e incomprensible; el inocente ocupa en el sacrifico (cruz) el lugar de los culpables: “Ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir;  pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,7-8). Decir “Cordero de Dios” es decir “amor y perdón de Dios”.

¡Cuánta teología hay aquí!  ¿Y para qué sirve? Entre otras cosas para entender y disfrutar la Eucaristía. Supongo que si lees este comentario es porque eres asiduo a la misa dominical, y si no acércate este domingo. Desde aquí te invito a que  en ella contemples y tomes conciencia de lo que significa el título  “Cordero de Dios” aplicado a Jesús. 


La Eucaristía,
¿banquete de puros o de pecadores?

Cuando hablamos de “perdón de los pecados” todos pensamos en el sacramento de la Reconciliación o Penitencia. Si tengo pecados voy y me confieso; así lo aprendiste. Pero quiero que hoy descubras que no sólo en el sacramento de la Penitencia se recibe el perdón de Dios. Éste se otorga también en los sacramentos del Bautismo  y de la Eucaristía. ¿En la misa? Sí, en la misa.

Tengo la impresión de que muchos consideran la misa como una devoción entre otras, una especie de lugar para pedir ayuda o recibir el premio como  buenos cumplidores de los mandamientos. De pequeño me enseñaron que para comulgar debo pasar antes por el tribunal de la Penitencia y recibir la absolución del sacerdote. Y entonces ¿para qué los gestos penitenciales del Ritual Romano de la misa?:

*Reconozcamos nuestros pecados: “yo confieso ante Dios, … que he pecado mucho...”;  

*Kyries: "Señor, ten piedad"... "El Señor perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna";

*Oración secreta del sacerdote antes del evangelio: Per evangelica dicta deleantur nostra delicta”- Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados”;

*Palabras de la consagración. “Tomad y comed esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros… mi sangre derramada … para el perdón de los pecados”;

*”Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ¡ten piedad de nosotros!, … ¡danos la paz!”

*Abrazo al hermano: “La paz sea contigo”.

*El modo en que el sacerdote presenta la Eucaristía antes de comulgar: “¡Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”

*Tu respuesta. “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

¿Son todos estos gestos y palabras de la liturgia un simple “teatro”, una ficción, y no una realidad sacramental? Si los sacramentos hacen presente y actualizan  realmente lo que significan, ¿podemos negar el valor sacramental del perdón recibido, por ejemplo, en el momento de la consagración? Cuando el sacerdote repite las palabras de Jesús en la última cena, "mi sangre, derramada ... para el perdón de los pecados", ¿está simplemente relatando la institución de la Eucaristía o se está realizando ahí, y en ese preciso momento, el misterio de la Pascua redentora del Señor? ¿Se está diciendo teórica o didácticamente que Jesús me perdonará o me está perdonando de hecho?

¿Hay que acercarse a la misa purificado de todo pecado? Me cuesta creer que sólo puedan disfrutar las riquezas de la misa los que ya son santos, y que seamos excluidos los pecadores. Es más, creo que los santos no necesitan de la misa. Lo decía Jesús: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Mt 9,12);  san Pablo lo dice con otras palabras, denunciando a quienes creen que pueden salvarse a sí mismos cumpliendo los mandamientos; para ellos la misa sería un adorno inútil e innecesario: "Si la justificación es por medio de la ley, Cristo habría muerto en vano" (Gal 2,21).

Digo todo esto no para devaluar el sacramento de la Penitencia, que tiene su momento y su lugar, sino para mirarlo en íntima conexión con la Eucaristía (la Pascua del Señor) y con todo lo que en ella recibimos. 

Suelo decir a quien presume de que lo importante es ser bueno y no ir a misa, que "la misa es para los pecadores, no para los justos". ¿Eres perfecto? Pues no hay necesidad de que vayas a misa. A ella sólo vamos los que sabemos que necesitamos de Dios para llevar la vida adelante con amor. Entre los que no entran en la Eucaristía (aunque vayan a misa, porque una cosa es ir a misa y otra entrar en ella)  creo que se encuentran éstos, los que ya se saben santos (fariseos) y dicen que no necesitan de rezos. Hay quien reduce la vida a normas y leyes morales, y ven en la comunión eucarística un premio por su cumplimiento. Y no: la misa no es para santos sino para pecadores (cf Mc 2,17). ¡Cómo cambiaría nuestra pastoral sacramental si entendiéramos bien esto! Pero tal vez para esto necesitemos un tiempo de conversión pastoral hacia una Iglesia menos legalista, más consciente de sus debilidades y con agentes de pastoral más misericordiosos (santa).

Déjate perdonar (amar) por Jesús

Quede como reflexión lo dicho antes. Ahora tú, que ya participas asiduamente en el sacramento eucarístico, escucha y mira; abre los oídos y los ojos de tu corazón a Juan Bautista y a la Iglesia que ponen ante ti el sacramento eucarístico diciéndote: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Admírate de lo que se te permite ver y oír en la misa. "¡Dichosos los invitados a la cena del Señor!". El Omnipotente se abaja a estar contigo, te invita a entrar en su Reino; Él  mismo quiere habitar en el aposento de tu alma; estar contigo como deseó estar con Zaqueo: “¡Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa” (Lc 19,5). Respóndele con confianza y humildad,: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Permite que Jesús te abrace;  descarga en Él todos tus errores, tus equivocaciones, tus pecados; permite que entre en tu vida su perdón; Él quemará tus basuras en la hoguera de su corazón encendido en amor.  La basura que arrojas en Él aumenta la llama de la hoguera divina; a más perdón, más amor; al acercarte arrepentido a Él se cumple lo que dice san Pablo: "la ley ha intervenido para que abundara el delito; pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia,  para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo" (Rm 5,20-21). Deja que tu corazón arda en el suyo. Y, purificado de tus faltas, descansa en sus brazos y agradece. 

Detrás de toda teología genuina hay una experiencia. Antes que los evangelios existió Jesús, su mensaje, y su pasión, muerte y resurrección. Buena es la doctrina, porque enseña, pero de poco sirve si esa enseñanza no conecta con la vida. Hoy, en tu oración, puedes repetir una y otra vez: "Cordero de Dios", "Cordero de Dios", "Cordero de Dios", ... dejando que la palabra se deslice desde la mente al corazón y desde corazón a la calle. Cuando salgas de la misa y vuelvas a tu vida familiar, laboral o de ocio, observa cómo tu mirada sobre el mundo es más feliz y misericordiosa. Has descubierto que hay un Dios que te ama y ha apostado por ti. Jesús, Cordero de Dios, en la cruz carga con tu pecado. Cada misa actualiza ese misterio de amor. Como el Bautista hazlo saber a otros:  “yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

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Otro comentario a la Palabra de hoy en:

https://blogdecastoacedo.blogspot.com/2020/01/he-visto-y-doy-testimonio-19-de-enero.html

¡Feliz Domingo!

Enero 2025

Casto Acedo

La sal, la luz y la compasión (8 de Febrero 2026)

EVANGELIO Mt 5,13-16. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con ...