lunes, 5 de octubre de 2026

Decálogo de un buen lector

Decálogo de un buen lector
de la Palabra de Dios en la misa

1

1.   Sentarse cerca del Ambón y avanzar con naturalidad, haciendo una inclinación sobre el altar (o el celebrante) con digna sencillez.

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2.  Antes asegurarse de que el libro y la lectura es el que corresponde. No hacer ruidos con las páginas y darle la vuelta sin cortar la lectura.

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3.  Esperar un momento antes de comenzar. No leer lo que está en rojo.

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4.  Decir el título con toda claridad y hacer una pausa. Lo mismo al final, hacer una pausa antes de decir con nitidez la expresión “Palabra de Dios”. Que se distinga el texto de lo demás.

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5.  Leer el texto con dicción correcta, sin correr, con claridad, con piadosa y ejemplar actitud.

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6.  Cuando se han terminado las lecturas volver a su sitio con digna discreción, como se hizo al subir.

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7.  Saber que los domingos y fiestas normalmente hay dos lecturas, una del Antiguo Testamento y otra del Nuevo Testamento (salvo en pascua, que se lee los Hechos de los Apóstoles).

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8. Después de la primera lectura se proclama el Salmo Responsorial, compuesto de un estribillo o antífona y de unas estrofas. Lo normal es que sea cantado, pero si no es posible, por lo menos el estribillo para que responda el pueblo.

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9.   Antes del Evangelio, de pie, se canta el Aleluya, obligatorio en Pascua. En los otros tiempos (o a diario) si no se canta puede omitirse.

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Los días de diario solo hay una lectura, el salmo y el evangelio, al que puede preceder el aleluya cantado o un versículo.

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Una idea clave

El buen lector no busca que la gente diga «qué bien lee», sino que la asamblea pueda escuchar, comprender y acoger la Palabra de Dios.

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Para ampliar:

https://www.youtube.com/watch?v=VwRY0qa1I5Q

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Septiembre 2026


jueves, 1 de octubre de 2026

Matar al Heredero (4 de Octubre)

EVANGELIO 
Mateo 21,33-43:

"Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: 

«Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. 

Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. 

Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»

Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»

Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

¡Palabra del Señor!

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Tanto el profeta Isaías con su alegoría de la viña (primera lectura de hoy: Is 5,1-7) como el evangelista san Mateo con su parábola de los labradores homicidas (Mt 21,33-43), nos ofrecen un cuadro que podríamos titular como de la decepción de Dios. ¿Cuál sino podría ser el sentimiento de quien trabaja incansablemente mimando una tierra o a unas personas (hijos, amigos, empleados, etc.) y recibe como paga el desprecio más absoluto? La viña trabajada con esmero no fructifica, los labradores arrendatarios no sólo no pagan su renta sino que incluso atentan contra el dueño para apropiarse el terreno.

¿Qué hacer con una propiedad así o con unos hijos, amigos o vecinos que salen respondones, maleducados, holgazanes y traidores? ¿Cómo nos sentiríamos si aquellos en quienes volcamos nuestros desvelos  respondieran con desprecio? La respuesta es: decepcionados. Tal vez por eso podemos hablar también de “la decepción de Dios” 

La viña que es el Pueblo de Israel.

Dios, en su infinita sabiduría, crea el mundo con todas sus riquezas, y lo entrega al hombre y la mujer para que lo cultive. De entre todos los pueblos del mundo, por pura gratuidad, por puro cariño, sin mérito alguno de su parte, se escogió un pueblo, Israel (cf Dt 7,7-8). A este pueblo lo mimó haciéndolo numeroso, bendiciéndolo en los hijos (Abrahán, y su descendencia), estableció con el un pacto de protección (Gn 12,1-3), lo sacó de sus penalidades haciéndoles prosperar en Egipto y liberándolos de la esclavitud a la que después fueron sometidos, les dio una tierra que manaba leche y miel; les dio jueces, reyes y profetas que les gobernaran y orientaran, ... Pero el pueblo no siempre supo responder a tanto amor. La historia de la relación de Dios con su pueblo (historia de la salvación), se vivió y se sigue viviendo como el encuentro o desencuentro entre la misericordia amorosa de Dios y la fidelidad o infidelidad de aquellos a los que ama.
 
La parábola de los labradores homicidas  pone en la muerte del Hijo el punto culminante de la tragedia de la relación de Dios con la humanidad. Dios entrega al pueblo de Israel su ley, su alianza, su amor, su mismo ser; sin embargo ese pueblo orgulloso y de dura cerviz se vuelve una y otra vez contra Dios, cerrando los oídos a sus mandatos, corriendo como idiota tras los dioses extranjeros (extraños, ajenos, alienantes), matando a los profetas, y finalmente, en el colmo del desprecio, conspirando y asesinando al Heredero, pensando así que, prescindiendo de él, pueden apropiarse la herencia.
 
Los labradores asesinos son la imagen fiel de la mayoría del Pueblo de Israel, que rechaza al Dios de sus padres y certifica su rechazo conspirando y matando al Hijo. “¡Ha blasfemado! ¿Qué más pruebas queréis? Es reo de muerte!” (Mt 26,65-66). Aceptar a Jesús hubiera supuesto un cambio de actitud: acoger al Hijo pagándole las rentas que le corresponden para que las devuelva al Padre. Pero la conversión solo se dio en unos pocos, en un resto de Israel: María, José, los Apóstoles, Nicodemo, ... ellos serán el germen del Nuevo Pueblo de Dios, porque Dios “arrendará la viña a otros viñadores que le den el fruto a su tiempo” (Mt 21,41). 
 

La viña que es la Iglesia

Llegados aquí te invito a leer la parábola desde la perspectiva de la viña-Iglesia; veinte siglos de historia de la institución eclesial llevan a sospechar y confirmar en muchos casos que la parábola de la decepción sigue siendo actual.

La Iglesia está llamada a alabar y adorar a Dios con sus palabras, con sus celebraciones, con los dones que ella misma ha recibido de Dios, con su entrega al servicio del mundo. No obstante y con frecuencia se vende a dioses extraños como lo son el éxito temporal, la autosatisfacción, el triunfalismo, el dominio sobre las instancias sociales o la acomodación al sistema imperante. Con sus idolatrías la Iglesia revive hoy la tragedia de volver la espalda a Dios, de no dejarle hueco, de “matar al Hijo” y querer quedarse la viña en propiedad cuando  le ha sido dada sólo para administrarla  (servicio).
 
Mantenemos no obstante la esperanza. También en la Iglesia encontramos un resto santo, un rosario de buenos cristianos  que con su historia de santidad se han hecho merecedores del aplauso de Dios. Es amplia la lista de santos que con su decir y hacer proféticos entendieron que no son propietarios de la viña sino labradores, obreros de Dios, administradores de sus misterios; son muchos los que han entendido que en la viña del Señor ha brotado una vid: Jesucristo, y que es posible la regeneración de la viña manteniéndose unidos a él como sarmientos suyos (Jn 15,4-6). 

No cabe duda de que la renovación eclesial que pide nuestro tiempo pasa por acoger al Hijo enviado por el Padre, darle el mando, ponernos a su servicio, abrir las puertas de la Iglesia a toda persona que viva los valores del Reino; a éstos se dará la viña del Señor; y a los que han hecho de la viña su cortijo privado sólo les quedará la conciencia de que al apropiarse de la viña no han hecho sino desperdiciar su vida en negocios de muerte.


La viña que es el mundo.
 
Pero no solo a la Iglesia podemos aplicar la parábola. También podemos ver en ella una parábola del mundo; éste es creación de Dios, donación amorosa a los hombres. Somos administradores de los bienes que Dios ha creado y  entregado a todos para nuestro beneficio (cf. Gn 1,27-31; Salmo 8). Meditando la parábola de los viñadores homicidas podemos preguntarnos sobre nuestra actitud ante los bienes de la tierra: cómo los percibimos: ¿conquista o don?, cómo los usamos: ¿uso sostenible o abuso destructivo?, ¿cuidado o destrucción?, cómo los integramos ¿bienes para “mi” disfrute individual o para el disfrute de todos en solidaridad y fraternidad?

Desde hace más de un siglo se viene hablando de la muerte de Dios; del olvido y marginación de Dios. No queremos que intervenga en la viña de la historia contemporánea. Y sin Dios la persona y su quehacer en el mundo acaban por torcerse y perderse. ¿No son las guerras la consecuencia del olvido del amor de Dios? ¿No es la tremenda desigualdad entre las personas y los pueblos el fruto amargo de unos labradores que se niegan a pagar a Dios la renta de sus tierras? ¿No es la crisis de valores humanos consecuencia del rechazo de los valores divinos? El rechazo del inmigrante, la falta de vivienda, la distancia salarial excesiva entre unos que andan sobrados y otros que apenas llegan a fin de mes, ¿no es la consecuencia lógica de la ambición descontrolada de unos pocos que han idolatrado el dinero y matan al hermano para apropiárselo todo? Mirado con ojos de fe: ¿no arraigan estos males en la no aceptación de Dios como dueño y señor? 

El mundo ha sido creado en clave de amor; interpretarlo en clave de odio, ambiciones y egoísmo es un latrocinio, un crimen que acarrea su desgracia, un pecado que crea su propio infierno. Los labradores homicidas matando al Hijo pretendieron quedarse con la viña; y lo único que consiguieron fue su propia ruina. 

La parábola de los viñadores homicidas se sigue actualizando, porque los hombres siguen despreciando la sabiduría de Dios y se creen dueños cuando solo son administradores de los bienes de la creación; la historia no deja de repetirse: “los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: "Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron.” (Mt 21:38-39). 

¡Matemos al Heredero! ¡Matemos a Dios! Esa voluntad de muerte la vemos hoy en Gaza, Ucrania, Golfo Pérsico, Siria, El Congo, Somalia,... Tras la violencia se esconde el mismo pecado: "¡Matamos al heredero y nos quedamos con su herencia (sus recursos naturales: su petróleo, sus tierras raras, su mano de obra barata, ...)!" . No es lícito culpar de los males del mundo a Dios o a instancias
 religiosas o eclesiales; los últimos grandes conflictos mundiales brotan a la sombra de un mundo ateo y secularizado que ha ninguneado a su Creador y Redentor. Muerto el Padre se ningunea al hermano. Son muchos los que reconocen abiertamente que la muerte de Dios en nuestra cultura conduce irremediblemente a la muerte del hombre: “Esperando que diese el fruto dulce de las uvas, dio el fruto amargo de los agrazones” (Is 5,2). En una tierra donde debería crecer la generosidad, la cordura, la confianza y el amor entre hermanos, han crecido la avaricia, la locura, la sospecha, la conspiración, el robo y el crimen entre extraños que no se reconocen.


¿Qué hacer con los labradores improductivos?
 
¿Qué hacer con unos labradores así? ¿Qué queda cuando se les ha mimado hasta la saciedad, se han esperado frutos hasta la última hora y no hay respuesta?: “Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le dijeron: `A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo´.” (Mt 21,40-41). La decepción de Dios parece dar lugar a la venganza, pero de hecho no es así; la viña sigue siendo para los labradores, aunque serán unos arrendatarios nuevos (renovados, convertidos) ya que los viejos se han buscado su propia ruina.  

El olvido de Dios se convierte en un cáncer para quienes lo permiten. Hay un efecto bumerán cuando se rechaza a Dios; quien le da la espalda, él mismo se excluye de sus bienes  y se acarrea la ruina.  Le sucede  como a la viña que no da fruto: “Haré de mi viña un erial que ni se pode ni se escarde. Crecerá la zarza y el espino, y a las nubes prohibiré llover sobre ella” (Is.5-6). No es que Dios se olvide de hecho de sus hijos, algo que sería incompatible con su ser Padre  y Madre (cf Is 49,15); son los hijos los que libremente al repudiarle,  al negarse a aceptar el proyecto (plan) de vida que tiene para ellos, rechazan su futuro, su realización plena. 

El Hijo murió en la cruz. Lo sacaron fuera de las murallas (los limites de la viña) y lo crucificaron. Y, ¡oh paradoja divina!: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular; es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Mt 21,42). El rechazado, el condenado, el crucificado, es ahora la fuente de la vida. “Vosotros le matasteis colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó y lo exaltó a su derecha como Príncipe y Salvador, para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados” (Hch 5,30-31). Por sus buenas obras, por su vida hecha amor, Jesucristo es la vid, el vino bueno, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Su muerte a manos de los labradores pone en evidencia la existencia del pecado personal y colectivo, pero, ¡admirable misterio!, su paciencia y misericordia no termina para quienes creen y se acogen a Él. (cf Salmo 32).

La parábola de los viñadores homicidas, como imagen de la pasión y muerte de Jesús, no viene a condenarte sino a pedirte que te conviertas por la contemplación del amor de Dios. Pregúntate hoy por tu propia vida y la del mundo que habitas: 

*como persona ¿doy buenos o malos frutos?; por mis frutos me conoceré (cf Mt 7,16)

*como criatura: ¿cuido a mi prójimo y a la naturaleza o los exploto y  esquilmo sin escrúpulos?; 

*como Iglesia ¿doy amor o amargura, esperanza o desesperanza?; 

*como ciudadano ¿trabajo con conciencia de que la viña es del Señor y los frutos son de todos sus hijos, o me creo con derecho a imponer abusos y gozar privilegios, derrochando mientras otros no tienen nada, explotando y manipulando al pobre? 

Una última pregunta: ¿vives de cara a Dios o te has olvidado de Él? ¿Eres de los que se sienten decepcionados por Dios o de los que sienten que le decepcionan? Toda una reflexión que te puede llevar de vuelta a la casa del Padre.

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Dos recursos para profundizar:

PowerPoint:


Comentario dialogado en Audio:


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Octubre 2026
Casto Acedo 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Más en las obras que en las palabras (27 de Septiembre)

 


EVANGELIO
Mt 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»

Contestaron: «El primero.»

Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

Palabra del Señor.

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Vivimos en  inflación de discursos ya sean  políticos, académicos, publicitarios, éticos, religiosos, etc. Abundan las palabras vacías, las arengas apelmazadas por el abuso de la jerga propia del gremio; nos invaden las charlas doctrinales, las soflamas más o menos ofensivas que se sueltan en la calle, en el bar, en la publicación escrita, en la televisión, el teléfono móvil, la radio, el cine o el sitio web.
 
Basta observar con ojo crítico algunos programas de televisión para comprobar que el diálogo de sordos en el que todos hablan y nadie escucha se ha elevado a categoría de norma y espectáculo. ¡Bla, bla, bla, bla…! El virus ha llegado hasta el congreso de los diputados y las plataformas de debate social. ¿No estás harto de tanta palabra? O lo que es lo mismo, ¿no estás ahíto de tanta realidad virtual, de tanta mentira disfrazada de posverdad, de tanto cínico "cambio de opinión"?


La palabra y las obras.

Ante tal exceso de verbo ¿no te asalta a la tentación de cerrar el oído, de huir antes de que la incontinencia verbal te asorde? ¡Basta ya! Sorprende que una cultura tan  charlatana tenga a gala presumir de que “obras son amores y no buenas razones.” Nuestra sociedad se dice pragmática,
más amiga del hecho que de la palabra, y sin embargo es la demagogia, no los hechos, lo que anega el ámbito público.

Hemos encumbrado el derecho a hablar dejando a un lado el deber de la verdad y las obras. En un universo así el discurso apenas tiene valor, y menos aún cuando se adoba con la jerga propia del lenguaje institucional. Es este uno de  los principales escollos con que se topa hoy la nueva evangelización. Si el cristianismo es  religión de palabra y de libro, y ambos están desvalorizados por el exceso de letras y discursos, ¿cómo transmitir la fe sin renunciar a ellos? 

Lo cierto es que hablamos, hablamos y hablamos, pero dejamos poco espacio al silencio, la meditación y la acción. Una palabra sin el aval y la solidez de las obras queda descolgada, vacía, carente de significado real. La verdad sin la bondad deja de ser tal. Incluso el niño más pequeño sabe que sólo la realidad de los hechos verifica el dicho; sólo las acciones dan validez a las dicciones. ¿Tiene sentido decirle a tu hijo "no fumes" mientras sostienes un cigarrillo entre tus dedos? ¿Qué valor tienen tus quejas contra la empresa en que trabajas si tú mismo eres injusto con tu mujer, con tus hijos, con tus empleados, con tus vecinos...? ¿Vale para algo la palabrería mecánica de una oración no acompañada por la vida?  
"Cesad de obrar mal, aprenden a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces venid y litigaremos, dice el Señor." (Is 1,16-18). 

En fin, el refranero español desmonta la hipocresía de quien tiene la lengua larga y las manos cortas con refranes clásicos, como que  "del dicho al hecho hay mucho trecho", o que "una cosa es predicar y otra repartir trigo".



Evangelizar desde el testimonio
 
Un mensaje sólo tiene sentido si lo respalda una realidad; o una verdad, que es lo mismo. Así es la Palabra de Dios: es una palabra “viva y eficaz, tajante como espada de doble filo” (Hb 4,12), que ”baja a la tierra y no vuelve sin cumplir su encargo” (Is 55,10). Recorriendo la historia de la salvación hallamos a un Dios coherente porque lo que dice lo hace (cf Ez 37,14); abre la boca, pronuncia su palabra y surge la creación: “Y dijo Dios..., y se hizo” (cf Gn 1,3-27), se fija en la opresión de su pueblo y dice “voy a bajar a librarlos” (Ex 3,8) y los libra por la mano de Moisés. Podríamos decir que la palabra escrita en la Biblia no es sino un comentario a los hechos de Dios.

En Jesucristo la Palabra de Dios queda verificada de manera definitiva: “la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Jesús habla, y su prédica atrae porque se cimenta en hechos, no sólo por hacer obras admirables (milagros), también por su estilo de vida original y coherente. Su mensaje se viste de gala en el acontecimiento pascual, cuando la Palabra pasa por la prueba de la cruz y queda sellada cumpliendo su encargo (cf Is 55,10-11).

El evangelio de Jesús se anuncia a cara descubierta, desde la encarnación, para evitar el escándalo de los débiles y no oscurecer la verdad de Dios. Nos lo dice san Mateo al narrar la parábola de los dos hijos (Mt 21,28-32). Podríamos llamarla también  parábola de los hijos que cambian de opinión, pero no sería muy acertado, porque en realidad lo que cambia en los protagonistas no es tanto su opinión sino su acción, la cual a uno le hace virtuoso y al otro mentiroso. Se trata de una parábola muy clara, un bofetón para los fariseos y demás autoridades religiosas del pueblo de Israel, un reto para los demagogos, un toque de atención para quien mira con lupa la ortodoxia de la doctrina  (teoría) y minusvalora la ortopráxis (práctica). 

No basta con decir “voy a la viña” (incluso estando convencido de que eso es lo más correcto); hay que acudir al tajo, al terreno, al surco concreto donde sembrar; ahí se juega uno la cosecha; para que crezca el grano no basta el manual de agricultura ni la asistencia al cursillo impartido por el perito agrícola; si el sudor del obrero no remueve la tierra, si no la siembra ni la limpia de malas hierbas, no hay producción. 

Lo importante es poner manos a la obra. Si no tenemos muy estudiado el manual ya iremos aprendiendo de los errores. Decir no voy e ir luego a la viña no es tan grave como decir  sí voy y luego no ir. No es muy grave ser un hereje (el hijo pequeño fue un rebelde y negó la autoridad del padre con su “no quiero”) si al final los hechos corrigen y desmienten la doctrina equivocada (“se arrepintió y fue”). Asumamos que lo decisivo no es la palabra  sino el hecho en sí, aunque le haya ido precedido una negación verbal. Para Dios cuenta mucho el arrepentimiento. Recuerda las negaciones y la posterior y definitiva confesión de Pedro (Mt 26,69-75; Jn 21,15-19). 

Cambiar de opinión

Advierte que en el caso del hijo que dice no y luego va a la viña no hay un simple cambio de opinión, expresión que con frecuencia no es sino un eufemismo para dar gato por liebre justificando la mentira como verdad. En la parábola de hoy ambos hijos cambian de opinión, pero sólo uno miente, ¿cuál? el que no va a la viña y contradice así la voluntad de hacer el bien que le pide el padre; en quien va a trabajar habiéndolo negado antes hay arrepentimiento, lo cual supone cambio de opinión (mejor decir de actitud)  pero no maldad. 

Está claro  que se puede cambiar de opinión, y ambos hijos en cierto modo lo hicieron,  pero lo que hace el que va a la viña es un cambio de acción para bien, y esto hace inocente el cambio de idea. No hay mentira, hay arrepentimiento. Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar, lo que supone maldad; tener arrepentimiento es reconocer los propios errores con ánimo de corregirlos para bien. Una cosa es desdecirse con soberbia y otra muy distinta arrepentirse con humildad. 

“Los ladrones y las prostitutas os precederán en el Reino de los cielos” (Mt 21,31) ¿Por qué? Porque son más propensos a reconocer sus errores y a cambiar de rumbo. Llevan ventaja porque no están como los fariseos acostumbrados a ver a Dios en sus normas, discursos y preceptos, en sus decires; ellos tienden a ver a Dios más en los haceres de la vida que en las doctrinas, y ya sabemos que la conversión es más cuestión de actitudes (cambio de vida) que de conocimientos (cambio de ideas). Ladrones y prostitutas están más dispuestos a escuchar y a ver la realidad de sus vidas; están más dispuestos a la humildad,  a mirarse y aceptarse como pecadores y por lo mismo más inclinados al arrepentimiento y al cambio de vida.

Se puede cambiar de opinión, pero una cosa es hacerlo desde la soberbia y el egocentrismo y otra desde la humildad y la búsqueda común del bien querido por Dios. Eso es lo que pretende enseñarnos la parábola de hoy. No confundamos el arrepentimiento con la mentira, porque el arrepentimiento profundiza en la verdad y la edifica, mientras que la mentira  ahonda en el engaño. Entender esto es de sentido común. 


* * *
 
Toca hoy preguntarte: ¿No seré yo de los que se conforman con rezar sus oraciones, asistir a misa, comulgar, decir hermosas palabra sobre Dios y dar sabios consejos espirituales? ¿Fundo mi espiritualidad en mis decires o en mis haceres? ¿Formo parte del grupo de los que llevan a Dios en las ideas pero lo han arrojado de la propia vida? ¿Suelo cambiar de opinión según mis propios intereses o busco sinceramente la verdad? Respecto a mi fe, ¿me preocupa más la ortodoxia que la práctica? ¿Qué relación veo entre el credo y las obras de misericordia?

Importante para reflexionar es preguntarnos: ¿no sería más visible el Reino de Dios si nos aplicáramos a la práctica del amor cristiano con el mismo celo que a la exactitud en el rito y la ortodoxia? Si bien es cierto que una buena teoría ayuda a mejorar la práctica y una celebración (oración) bien hecha da fortaleza para ello, no lo es menos el hecho de que una buena experiencia enriquece la vivencia de las celebraciones y puede corregir las deficiencias de la doctrina. El hijo primero reparó su pecado de desidia ejerciendo su obediencia con los hechos, el segundo se condenó a sí mismo por sus palabras vacías.

Como ya hemos señalado, el paradigma cristiano de la conjunción de Palabra y Vida lo tenemos en nuestro Señor Jesucristo. En Él se cumple la profecía de Isaías 55,10-11: "Así será mi Palabra que sale de mi boca: no volverá a mi vacía sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo". Este es el Hijo que dijo sí iré a la viña, y fué. San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales dice que "el amor se debe poner más en las obras que en las palabras". No es que las palabras no tengan valor, que lo tienen -hay palabras que matan y palabras que alientan al alma-, pero para discernir la fe y el amor auténticos no podemos prescindir de los hechos de vida. 

Dice san Juan de la Cruz que "a la tarde te examinarán del amor",  no te pedirán cuentas del catecismo que estudiaste y las oraciones que rezaste, tampoco de las veces que cambiaste de opinión y pediste perdón, sino del amor con que viviste. De nada sirven los rezos y los estudios sagrados si no das pasos para vivir al estilo de Jesús. Como el hijo que al final fue a trabajar a la viña, aún estás a tiempo de cambiar.  “Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida” (Ez 18,27), no por cambiar de opinión sino por bueno.

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Audio sobre el tema
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*Power Point de resumen:

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¡Feliz Domingo!


 Septiembre 2026
Casto Acedo

jueves, 17 de septiembre de 2026

El amor no es envidioso (20 de Septiembre)

 

EVANGELIO. 
Mt 20,1-16

"Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: 

«El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña." 

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" 

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor

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Si buscamos la causa de desánimos o “bajones anímicos” (depresiones) hallamos que muchos de ellos tienen su origen en el vicio de mirar a los próximos con un espíritu excesivamente competitivo.

En un sistema de competencia entre hermanos no extraña que resulte molesto que aquellos  que considero inferiores reciban el mismo o mejor trato que yo u ocupen un puesto superior en la escala social o laboral. Cuando esto sucede hemos entrado en envidia, el pecado capital más frustrante de todos porque lleva implícita la penitencia; quien se abona al club de la envidia se recome interiormente sólo por el hecho de reparar en que existen personas que tienen más poder, más riqueza, más influencia social o simplemente poseen mejores condiciones físicas o intelectuales; el envidioso sufre en su interior el infierno merecido por su falta.

Hay también una envidia espiritual que san Juan de la Cruz define como "pesar del bien espiritual de los otros", y que lleva, dice, a "no querer verlos alabar, porque se entristecen de las virtudes ajenas, y a veces no lo pueden sufrir sin decir ellos lo contrario, deshaciendo aquellas alabanzas como pueden" (Noche 1,7). Ojo a esta envidia espiritual, porque suele ser muy común en ambientes clericales. ¿Sueles envidiar los cargos eclesiales que otros ocupan o te suele molestar el éxito espiritual o pastoral de otros?  Observa detenidamente tus críticas hacia ellos y te sorprenderás de lo mucho que envidias sin apenas percatarte de ello. 

Para todos aquellos que sufren a causa del bien del prójimo, también para ti y para mi, va la parábola de Jesús que se proclama en este domingo.

En el Reino de Dios y en su Iglesia
no hay derechos de antigüedad

El pueblo judío del tiempo de Jesús tenía un sentido muy calculador de la justicia; ésta se limitaba a ejercer una función conmutativa o distributiva; en resumen, ser justo era pedir cuentas o dar a cada uno la parte proporcional que le corresponde según sus méritos o deméritos. 

En la segunda mitad del siglo I se vive la circunstancia de algunas comunidades cristianas formadas por personas procedentes del judaísmo;  la incorporación de no-judíos creó recelos en ellos porque no se resignaban a aceptar que los que habían llegado más tarde tuvieran en la Iglesia la misma situación y los mismos derechos. 

San Mateo, con la parábola de los trabajadores de la viña que reciben igual paga por horas dispares de trabajo (Mt 20,1-16) invita a los cristianos procedentes del judaísmo a cambiar de mentalidad haciéndoles comprender que la recompensa de Dios es don y no fruto de sus esfuerzos; es un regalo inmerecido y es igual para todos. Esta nueva imagen de la justicia de Dios, que la equipara a su misericordia, confundía a los que habían sido educados en una religiosidad del mérito personal y el “ojo por ojo y diente por diente” (Mt 5,38).

No es extraño que a los habitantes del siglo XXI nos siga sorprendiendo la parábola de este domingo. Cambian los tiempos, y la condición humana sigue siendo la misma. De entrada todos nos solemos identificar con los primeros trabajadores, los que están faenando desde el amanecer. ¿Hay derecho a que reciban lo mismo que los que solo han trabajado una hora? ¿No es lógico que quien ha aguantado el peso del día y el bochorno reaccione con indignación? 

La parábola nos remite a otro texto muy conocido del evangelio de san Lucas: la historia del hijo pródigo; también el hermano de éste reacciona como los obreros de la primera hora: “Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado” (Lc 15,29-30). En ambos casos se da un pecado de solicitud de reconocimiento de méritos propios y de envidia y rechazo del patrón o del padre por considerar injusto su proceder. ¿Y no lo es desde el punto de vista humano? 

La queja de los obreros madrugadores es humanamente lógica; la actitud tan desprendida del propietario no sólo parece injusta sino que además podría llegar a tener consecuencias nefandas para la economía. Al día siguiente, dada la debilidad moral del ser humano, casi nadie se presentaría a trabajar a la primera hora, y la escasa rentabilidad de los jornales obligaría a cerrar el negocio. Es lógico suponer que Jesús, en este caso, no está dando un cursillo de dirección de empresa; la parábola no pretende ilustrar sobre planes empresariales, sino acerca de los planes (mentalidad) de Dios. "Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros planes” (Is 55,8-9. Primera lectura). ¿Cuáles son los planes de Dios? ¿Cuál su mentalidad? 

La parábola nos viene a decir que Dios funciona de manera distinta a lo que parece normal en nosotros; no hace sus cálculos con criterios de justicia distributiva sino que aborda los problemas con exceso de amor y de misericordia. Para Él no hay derechos de antigüedad; todo lo que da es gracia, la gracia de Dios ni se compra ni se merece. Puedes preguntarle a Job, que reclamaba lo que creía sus derechos ante Dios para finalmente reconocer que si alguna vez tuvo algo fue por su misericordia (cf Job 42,1-6). 

Mirar con los ojos de Dios
 
Hemos de asumir que la relación de Dios con el hombre no se mueve en los parámetros de un patrón con sus obreros, sino en los de un padre con sus hijos, de un maestro con su discípulo o de un pastor de almas con sus ovejas (cf Lc 15,4-7: parábola de la oveja descarriada). En estos casos el criterio correcto de actuación no es la justicia conmutativa o distributiva sino el amor incondicional que rompe con lo política y económicamente correcto, un amor nada calculador sino escandalosamente divino que es capaz de entender el hecho de que haya más alegría por un pecador que se convierte al atardecer que por noventa y nueve justos de primera hora que no necesitan conversión (cf Lc 15,7). Cuando hablamos de relaciones humanas sobran las miradas partidistas, económicas e interesadas; lo primero y determinante es la persona y su dignidad.
 
Cuando alguien tiene buenas condiciones de vida, lo justo sería que desee a todos sus vecinos que tengan esa misma prosperidad; cuando alguien tiene a Dios aspira a que todos los hombres le tengan; cuando se goza de una vida familiar satisfactoria se desea que la tengan también todos los que te rodean; desear lo contrario sería cruel y rastrero. Y desgraciadamente hay muchas personas crueles y bajas; personas que sufren cuando ven que a sus vecinos les va bien y se acercan a su mismo nivel de vida; incluso en la Iglesia hay también personas (sacerdotes, catequistas, feligreses) que se molestan cuando al que ha llegado el último, al “converso o conversa del atardecer”, o a la mujer, relegada a segundo plano, se le den los mismos privilegios y los mismos cargos que a los “fieles de toda la vida”. En estos casos hace falta conversión, cambio de mentalidad, pasar de los pensamientos humanos a los de Dios.


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La parábola de hoy invita a mirar la realidad con los ojos de Dios, que mira con amor de Padre; se acerca a las personas  al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde o al anochecer; a todas las acoge, a todas las quiere. ¿No tiene el obrero de la tarde bastante desgracia con haberse perdido la oportunidad de permanecer en Dios desde el amanecer? Si Dios te da la vida ¿te va a dar envidia porque la de también a otras personas? Dios no te hace ninguna injusticia porque otorgue la salvación también a quienes a veces has considerado no merecedores de ella: ladrones, prostitutas...; estos -lo dice el evangelio- te precederán en el reino de los cielos (Mt 21,31), “porque los últimos serán los primeros y los primeros los últimos” (Mt 20,16ª). 

"El amor no es envidioso", dice san Pablo (1 Cor 13,4). Imita, pues, el espíritu evangélico y actúa en tus relaciones con criterios de misericordia; busca la justicia que permite que todos los pueblos y todas las personas puedan gozar de la prosperidad que tú has alcanzado. Trabaja para que la mentalidad de Dios sea prioritaria en las relaciones humanas. Si así lo haces no debes temer nada, o tal vez sólo la crítica de quienes siguen anclados en su religiosidad añeja y calculadora; pero a esos les puedes decir con Dios: “¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener envidia porque soy bueno?” (Mt 20,16).
 NOTA: 
Tienes dos audios y un Power Point  sobre lo mismo que se trata aquí:

1º. 40 minutos de duración

2º. 5 minutos de duración

Y un PowerPoint que puedes descargar aquí:

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Buen  domingo.

Septiembre 2026
Casto Acedo 

jueves, 10 de septiembre de 2026

La puerta del perdón (13 de Septiembre )

EVANGELIO Mt 18,21-35

Se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de est
o, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 

Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

 Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Palabra del Señor.

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Puedes escuchar ampliado el contenido de este tema, con duración de 24 minutos en:


S
omos muy dados a la auto-indulgencia, a la mano blanda y bondadosa para con nosotros mismos y para con aquellos a los que sentimos más nuestros; y somos duros a la hora de emitir juicios y sentencias condenatorias  sobre quien no es de nuestro círculo de amigos o parientes. Con esta actitud hacemos verdadera la palabra de Jesús: “¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano, y no adviertes la viga que hay en el tuyo?” (Mt 7,4). 

La  capacidad para ver la mota en el ojo ajeno y la impotencia para verla en el propio resume bien nuestra forma habitual de pensar y de actuar. ¡Cuántas veces nos quejamos de lo mal que nos mira o nos trata tal o cual persona! ¡Cuántas veces echamos la culpa de los problemas sociales locales o mundiales a los otros (políticos, vecinos, adversarios,...)! ¡Cuántas veces hemos acusado a Dios de ser injusto con nosotros! Y ha de venir Él a decirnos que no es su proceder el injusto sino el nuestro (cf Ez 18,25; Job 42,1-6), y a recomendarnos un cambio de visión, una purificación de la mirada (cf Mt 7,5; Ap 3,18).
 
Observar desde fuera; meditar, contemplar. 
 
Tal vez el signo más evidente de la decadencia de una sociedad sea la pérdida de la visión correcta sobre sí misma. Mientras los miembros de la comunidad sean capaces de mirarse desde la perspectiva de los otros y de Dios las cosas pueden funcionar más o menos bien. Pero cuando el punto de vista se sitúa en el ombligo de cada cual, la ruptura y la decadencia están servidas. 

El ocaso de una vida virtuosa suele comenzar por la queja sistemática:

 *Se queja el obrero de lo injusto, duro y exigente que es su patrón, de la poca consideración en que le tiene... Y al llegar a casa no es consciente de que también él es duro y exigente con su mujer, con sus hijos, y con todos aquellos que están bajo su autoridad o influencia.
 
*Se queja el joven de las injusticias sociales, de la falta de solidaridad de los mayores, de la opresión a la que quieren someterle sus padres... Y no ve su propia insolidaridad con los compañeros ni cómo sus actitudes soberbias hacen sufrir a sus padres.
 
 *A su vez el adulto se queja agriamente de los jóvenes tachándolos de irresponsables, vagos, caprichosos…, y, obsesionado el adulto con lo que hubo de sufrir para forjarse un futuro, no ve la vida cómoda y aburguesada que disfruta en el presente, espejo en el que se miran los jóvenes a los que critica.

*El ciudadano del mundo próspero lucha sin tregua por defender su derecho a la vida, al pan, a una vivienda digna para él y para los suyos; nunca le parecen suficientemente satisfechas sus necesidades… y no ve que a cuatro pasos de su casa (porque los medios de comunicación y transporte han acortado enormemente las distancias en la aldea global) en Ucrania, en Gaza, en Líbano, en Siria, en Libia, Nicaragua o Afganistán, etc.. hay personas que se ven privadas de los derechos más elementales.

*Por su parte, el hombre de Iglesia se duele del poco interés del mundo por Dios, de la falta de compromiso eclesial, de la marginación que sufre la Iglesia en círculos secularistas... Y centrado en los rezos no es capaz de ver su escaso compromiso social, su flojo o nulo trabajo serio por la evangelización o el indecente ninguneo al que somete la Iglesia a la mujer, aceptada y alabada como servidora en tareas menores pero privada del derecho al sacramento del orden o alejada de cargos de cierta responsabilidad. 

Cuando las cosas están así nos hace falta una mirada desde la otra orilla, la de Dios, observar la realidad tal como es desde Él quitándonos las gafas de nuestro egoísmo para observarnos tal como realmente somos: hipersensibles para reclamar nuestros derechos y fríos, duros, superficiales e insensibles para facilitar esos  derechos a los demás. 

 
La puerta del perdón
 
La Parábola de los dos deudores (Mt 18,21-35) habla de un rey misericordioso y a un súbdito de corazón duro, y pone en evidencia lo que acabamos de decir; en ella el Señor nos da a entender que la crítica (la queja) sólo es lícita desde la autocrítica y el compromiso. Así lo leemos en la primera lectura del día: “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de sus semejantes ¿y pide perdón de sus pecados?” (cf Eclo 27,3-4). 
 
Extraemos del texto una enseñanza importante: lo mínimo exigible en principios morales es la coherencia, la adecuación entre lo que se cree y lo que se hace, la conciliación entre lo que cada uno pide para él y lo que él es capaz de dar a los demás, porque “la medida que uséis la usarán con vosotros” (Mt 7,2). No te apiadas de tu prójimo ¿y pides el perdón de Dios? Pues no será escuchada tu oración, porque lo mismo que tu hagas ”hará mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano” (Mt 18,35). 

Mientras que nosotros somos  calculadores -“si mi hermano me ofende ¿Cuántas veces le tengo que perdonar?” (Mt 18,21)-, legalistas e inhumanos con el prójimo a la hora de dar o perdonar, Dios sobrevuela los cálculos mentales y obra desde el corazón de su ser infinitamente compasivo: “No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). Hay que perdonar siempre, porque la dinámica de la misericordia divina es inagotable: "el amor no pasa nunca" (1 Cor 13,8). Si el amor de Dios no tiene límites también es inagotable el perdón que fluye de ese amor.

La parábola termina con el  siervo malvado en la cárcel. Y sería un error pensar por ello que Dios se retracta de su perdón. Más bien habría que decir que el mismo siervo se cierra a la misericordia de Dios. En realidad no aceptó el perdón del amo, porque de haber sido así él también hubiera sido perdonado.

La puerta del corazón es una, sólo una. Por esta puerta fluye el amor de Dios que me perdona y mi amor que responde como buenamente puede perdonando a los hermanos. Dios es amor, perdón, misericordia, y no puede ser otra cosa. No niega nunca el perdón, es cada cual quien decide cerrar la puerta de su alma a su bondad infinita. No es que Dios no quiera perdonar, es que por la puerta cerrada al hermano tampoco puede entrar Dios. Por eso dice Jesús que "si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (Mt 6,14-15). Como dice san Juan de la Cruz siguiendo a los filósofos más clásicos, el amor y el desprecio son incompatibles: "no pueden caber dos contrarios en un mismo sujeto" (cf. Ll 1,19). 


¿Por qué cuesta tanto perdonar? ¿Por qué muchas veces decimos: quiero pero no puedo perdonar? Teóricamente, perdonar es fácil. Haciendo una lectura superficial del texto, a quien fue perdonado por el rey de la parábola le bastaba con haberse puesto del lado del Rey que le perdonó, haber  mirado con cariño al deudor y haberle dado la alegría de perdonarle su deuda. Pero no lo hizo; seguramente porque, aunque él fue perdonado, el perdón de Dios, la calidad de su amor infinito, no caló en lo profundo de su ser; no se había convertido de corazón al amor de Dios. El perdón de su deuda, lejos de hacerle cambiar, aumentó su egoísmo; recibió el perdón de su deuda como un don merecido por su insistencia (con soberbia) y no como algo desproporcionado a sus méritos (con humildad). Por eso se le retiró la gracia que se le concedió y quedó preso en la cárcel de su corazón endurecido.

* * *
A veces, cuando oras pidiendo perdón o tras celebrar el sacramento de la penitencia, no encuentras la paz que esperabas. ¿Te has preguntado alguna vez por qué? Tal vez en la parábola de este domingo tengas respuesta. Deberías preguntarte y meditar hoy: ¿soy compasivo y misericordioso con todo y con todos? Y recuerda lo dicho: la alegría de la misericordia solo tiene una puerta; no hay una alegría que brota de ser perdonado y otra de perdonar. Si cierras tu corazón a la reconciliación con el mundo y con los hermanos lo estás cerrando a Dios. 
"Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda" (Mt 5,23-24). 
"El Señor es compasivo y misericordioso" (Salmo: 103,8); ahora bien, no hay perdón de Dios "si cada cual no perdona de corazón a su hermano" (Mt 18,35); si el odio anida en tu corazón no cabe en él el amor de Dios. ¡Deseando está el Señor de que te alcance un perdón que ya te tiene concedido!. Lo único que pide de ti es abrir tu puerta de la misericordia para con tus hermanos; al amarlos estás dejando  entrar el amor de Dios en tu casa. Y, muy importante, estarás sanando tu corazón, porque has nacido para amar (perdonar) sin limites.

Septiembre 2026
Casto Acedo.

Decálogo de un buen lector

Decálogo de un buen lector de la Palabra de Dios en la misa 1 1.     Sentarse cerca del Ambón y avanzar con naturalidad, haciendo una inclin...