lunes, 16 de marzo de 2026

La vida (V de Cuaresma. 22 de Marzo)

 

EVANGELIO
Jn 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.

Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús: «Quitad la losa.»

Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

¡Palabra del Señor!

* * *


COMENTARIO 
En video (6 minutos) y audio (10 minutos) al final del texto.

San Pablo, en uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento, nos dice: «Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que yo a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los doce» (1 Cor 15,3-5) «Según las escrituras», el Señor resucitó, y, según las Escrituras también nosotros resucitaremos con Él. «Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos. Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así también por su unión con Cristo, todos retornarán a la vida» (1 Cor 15,21-2). 

Este mensaje que san Pablo traduce a clave doctrinal es el mismo que el evangelista san Juan nos  transmite con el relato de la resurrección de Lázaro: Dios, en Jesucristo manifiesta su poder sobre la muerte y lo que la causa, el pecado. Hay por tanto esperanza para los que creen, porque el amor de Dios es más fuerte que la muerte (cf 1 Cor 54,56).

La fe: pórtico de la resurrección

Los dos últimos domingos de cuaresma nos han invitado a “pasar” (Pascua) de la sed a la satisfacción (samaritana) y de las tinieblas a la luz (curación del ciego); y hoy, siguiendo ese esquema pascual, con el relato de la resurrección de Lázaro san Juan nos invita a contemplar y actuar en nosotros la conversión como un pasar de la muerte a la vida.

La historia narrada en el capitulo 11 del Evangelio de san Juan trata de la "resucitación" -reservo la palabra "resurrección" para un resucitar para nunca más morir- de Lázaro, el amigo de Jesús, el hermano de Marta y María. Pero ahondando en su significado no cabe duda de que Lázaro somos tú y yo.

“Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Jn 11,5). También a ti te ama Jesús, también tú “estás enfermo o enferma” en el cuerpo o en el espíritu, y también por ti ruega la comunidad: “¡Señor, aquel a quien tu amas, está enfermo!” (Jn 11,3). Y Jesús, el médico, se acerca a tu enfermedad, a tu tumba, a tus dolencias físicas o espirituales, a tus pecados, a tu vida putrefacta que huele mal. Por la misericordia de Jesús Lázaro y tú vais a recobrar la vida; volveréis a vivir. 

La vida perdida se recobra en un cara a cara con Dios desde la fe. Así lo deja entrever el texto de san Juan al ofrecernos en plano corto un jugoso vis a vis entre Jesús y su Iglesia, entre Marta y Jesús. Un diálogo donde se pone de manifiesto la fe. Es curioso: en los tres evangelios de estas últimas semanas de Cuaresma sale a relucir la fe:
 
*En la samaritana: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo... Ya no creemos –dirán los samaritanos- por lo que tú nos has dicho, porque nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que es el salvador del mundo” (Jn 4,25);
 
*En el ciego de nacimiento: “¿Crees en el hijo del hombre? El contestó ¿y quién es para que crea en él? –Lo estás viendo, el que te está hablando, ése es. Él dijo: -creo, Señor. Y se postró ante él.” (Jn 9,35-38); 

*Hoy, con Lázaro, vuelve a surgir el tema: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Y Marta respondió: -Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.(Jn 11,25-27).

¡Qué grande la fe de Marta! Y, en descargo de la secular marginación de la mujer en la Iglesia, ¡qué atrevimiento el testimonio del cuarto evangelio al poner en boca de Marta lo que los sinópticos ponen en boca de Pedro!: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo” (Mt 16,16; cf Mc 8,29;Lc 9,20). También en este evangelio  de Juan una mujer, María Magdalena, será el primer apóstol, la primera persona que llevó la noticia de la resurrección a la Iglesia naciente (cf Jn 20,28).

La fe obra el milagro de la "resucitación". ¡Basta que tengas fe! “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”. 

Hoy, cercana ya la Semana Santa, Jesús llora tus muertes: "¡Jesús se echó a llorar!" (Jn 11,35); Dios en Jesucristo se hace humano hasta sentir dolor por tu sufrimiento, por tu pérdida de fe; Jesús llora e intercede por ti: “levantando los ojos a lo alto” ora al Padre; y te dice: “Ven afuera” (Jn 11,40-43), sal de tu tumba, abandona tus muertes; sal de tu apatía, de tu indiferencia, de tu envidia, de tu lujuria, de tu avaricia, de tu envidia, de tu vida de injusticias,... sal de todas esas situaciones que te están matando, de ese modo soberbio de encarar la vida que no es sino una losa asfixiante que te ahoga y te aplasta. Ya la losa ha sido quitada, a ti sólo te queda dar un paso hacia afuera y salir.

“El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario”. Ha renacido, como tú renaciste en tu bautismo; como quiere que vuelvas a renacer en esta Pascua. “Desatadlo y dejadle andar” (Jn 11,44), dice Jesús a los presentes, a la comunidad. También en esta Pascua el Señor te dice: ¿Crees en mi?, -te invita a renovar tu fe)-¡Ven afuera! ¡Sal de tus muertes! La fe te coloca en el pórtico de la resurrección, la Iglesia con los sacramentos, te desata, te alimenta y te ayuda andar de un modo nuevo. 

* * *


La liturgia dominical de este domingo te invita a la Pascua de la vida nueva que se abre paso entre la podredumbre del pecado y la oscuridad de la muerte. No olvides que la vida tiene una proyección más allá de las fronteras físicas. Lázaro volvió a morir -por eso hablo de "resucitación"-,  o tal vez sea mejor decir que hubo de esperar un poco más para pasar a la resurrección de la vida eterna: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26). 

La vida nueva que nos ofrece Jesús podemos entenderla como un vivir nuestra historia personal y social terrenal de una forma luminosa, vivir como hijos de la luz. A eso nos llama la liturgia de hoy: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os sacaré de ellos, pueblo mío... Pondré mi Espíritu en vosotros y viviréis.... Y comprenderéis que yo soy el Señor" (Ez 37,12-14, primera lectura). Resucitar aquí, en la tierra, a la vida de la gracia, pero también resucitar a la vida eterna, resurrección en el más allá (resurrección escatológica): “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo espíritu que habita en vosotros” (Rm 8,11).

Quedan pocos días para el triduo pascual. Ve despertando del sueño de esta vida inconsistente e impermanente. Es la invitación que se te  hace este domingo y que a la que la liturgia de la semana pasada ya te incitaba: "Despierta tú que duermes,  levántate de entre los muertos  y Cristo te iluminará". (Ef 5,14). 

¡Nos vemos en la fiesta de la vida! En el gozo de ésta vida y de la que Dios tiene prometida a los que le aman.

* * *
Video sobre el tema (6 minutos)


Audio sobre el tema (10 minutos)


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Buen domingo 

Marzo 2026
Casto Acedo

jueves, 12 de marzo de 2026

La luz (IV Cuaresma. 15 de Marzo)



EVANGELIO
Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.

Y sus discípulos le preguntaron:

—«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?».

Jesús contestó:

—«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Dicho esto escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:

—«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

—«¿No es ése el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:

—«El mismo».

Otros decían:

—«No es él, pero se le parece».

Él respondía:

—«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

—«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo».

Algunos de los fariseos comentaban:

—«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:

—«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:

—«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:

—«Que es un profeta».

—«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

—«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:

—«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús les dijo:

—«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es».

Él dijo:

—«Creo, señor».

Y se postró ante él.

¡Palabra del Señor!

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(Resumen de video y comentario amplio en audio al final de esta entrada)
 
El relato de la curación del ciego de nacimiento es la escenificación de la lucha entre los hijos de la Luz y los astutos hijos de las tinieblas (cf Lc 16,8). Y es curioso que Jesús no rechace al que vive en el pecado (“empecatado” llaman los fariseos al ciego), y se muestre duro e intransigente con los que “creen ver”: los fariseos. Éstos, instalados en su ego, se creen en posesión de la verdad (luz), pero viven en la mentira (tinieblas); y lo peor es que no quieren ver, porque si ven su realidad, su yo real, se verían obligados a aceptar la muerte de su ego en el que tienen puesta su vida y que les facilita una vida de privilegios.

Los escribas y fariseos no quieren ver porque les da miedo a perder su status egóico; son incapaces de ver que más que perder ganarían si se abrieran a la realidad pura y dura de la presencia de Dios.  No hay peor ceguera que la del que no quiere ver; porque, en gran medida, el ver es cuestión de voluntad. Los propios intereses son con frecuencia la causa de la debilidad visual. No ve el rico su inmensa riqueza, ni el poderoso su calidad de opresor; no ve el político encumbrado las necesidades del pueblo, ni ve el sacerdote ritualista los sufrimientos de sus fieles y de su mundo; no ve el violento su violencia, ni el perezoso su holgazanería..., porque si lo vieran, si se atrevieran a contemplarse desde fuera, verían la realidad y se verían a sí mismos en ella. Y en este caso ¿podrían soportar su vida hipócrita?.

Un ciego de nacimiento

"Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento (que nunca había visto)".  Así comienza el evangelio de este domingo, que termina  con una afirmación que nos sitúa a cada uno ante nuestra  visión o nuestra ceguera: “Los fariseos ... le preguntaron: ¿También nosotros estamos ciegos? Jesús les contestó: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

Encontramos por un lado a un hombre ciego, que no grita, como el ciego Bartimeo de Mc 10,46-52. No hay una petición de sanación, aquí la iniciativa es totalmente de Jesús, que lo  ve, se acerca y le cura con un signo (sacramento): le unta los ojos con barro y le manda lavarse en la piscina de Siloé; y él se deja hacer y obedece, porque en su pobreza no tiene nada que perder y mucho que ganar; y se le abren los ojos. Este ciego, partiendo de la aceptación de su ceguera inicia un camino de conversión, un camino de Cuaresma que le llevará a cambiar de bando (lo expulsaron de la sinagoga) y a confesar abiertamente su fe en Jesús como Salvador.


 
Del otro lado están  los enemigos de la luz: los que se creen seguros de sí mismos, los que están seguros de marchar por las sendas del bien, la bondad y la luz. “¿Tú -dicen al ciego- nos vas a dar lecciones a nosotros?”. La soberbia que anida en el corazón de los fariseos los hace acreedores del título de “hijos de las tinieblas”.

El primer paso de la curación (conversión) del ciego (pecador) parte del reconocimiento de su ceguera (pecado). Desde ahí inicia un camino que culmina con la aceptación de Jesús como el Señor y la profesión de fe: "Creo, Señor". La conversión del ciego no estuvo libre de dificultades; encuentra la oposición de los fariseos, el rechazo frontal de los judíos que lo expulsan de la sinagoga y la indiferencia de sus padres que no quieren tener problemas; pero se sobrepone a los obstáculos y culmina felizmente en la aceptación de Jesús como el Salvador y la sumisión con Cristo a la voluntad de Dios: “se postró ante él”.

En tiempo de Cuaresma, una primera enseñanza de este pasaje es clara: nos hemos de saber ciegos, y hemos de dejar que Jesús se acerque a nosotros y abra nuestra vida a la luz. Con la lámpara que es Cristo, abramos los ojos a la ceguera del mundo y sus causas (ansia de poder, obsesión compulsiva por tener-consumir, deseo desenfrenado de sobresalir como sea, culto excesivo al cuerpo y a la propia imagen, menosprecio del pobre y el pequeño...) de la que no somos sólo observadores sino también partícipes. ¡Este mundo está loco! –decimos-; este mundo está ciego, y nosotros, tu y yo, participamos de su ceguera. ¿Quién nos librará de esta oscuridad?

 
“Yo soy la luz del mundo”
 
Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo”, dice Jesús. "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida". (Jn 8,12). Jesús es la Luz. Así lo vamos a significar en la solemne Vigilia Pascual: “¡Luz del mundo!” dirá el celebrante; y el pueblo, al tiempo que se deja iluminar por la luz Pascual, responde: “¡Demos gracias a Dios!”, luego canta: “¡Oh luz gozosa, de la santa gloria del Padre celeste e inmortal, Santo y feliz Jesucristo!”. La Pascua es la fiesta de la luz, de Cristo-Luz. Es tan definitiva y determinante su aparición que incluso la oscuridad es llamada dichosa, porque ha merecido ser alumbrada por una luz tan esplendente: “Oh feliz culpa, que mereció tan gran Redentor”, ¡feliz oscuridad que merece luz tan radiante! Las alabanzas a la oscuridad y al pecado no lo son por sí mismos, sino por la luz y la gracia que los disipa.

El reconocimiento del propio pecado es previo para recibir el perdón, la aceptación de la propia oscuridad es camino imprescindible para llegar a la luz. Desde la debilidad y aparente oscuridad de la cruz Cristo nos conduce a la claridad de la resurrección. La Pascua unifica muerte y resurrección, y ésta tiene la última palabra. Esto se significa el momento de encender el Cirio Pascual en la Noche Santa: se incrustan en el cirio cinco granos de incienso, en forma de cruz, recordando el martirio del Santo de Dios, mientras se dice: “Por sus llagas santas y gloriosas, nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Amén”. Luego se enciende el cirio con el fuego nuevo diciendo: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”.

Somos ciegos, habitantes de las tinieblas, pecadores dando tumbos por “cañadas oscuras”, pero la Luz del Padre, encendida en las llagas gloriosas del Salvador, viene en nuestra ayuda, y nos hace “hijos de Dios” . “La palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre... Vino a los suyos... Y a cuantos la recibieron ... les dio poder para ser hijos de Dios” (cf Jn 1,9-12:). Cristo-Luz es nuestro valedor en la oscuridad: “El Señor es mi pastor, nada me falta...; aunque camine por cañadas oscuras nada temo” (Salmo 22,1.4).
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Brille vuestra luz delante de los hombres
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El cristiano, que vivía en la oscuridad, ha sido iluminado y prendido en la luz que es Cristo: “a vosotros se os confía acrecentar esa luz, para que caminando como hijo de la luz podamos salir al encuentro del Señor”. (Ritual del bautismo; palabras dirigidas a los padres/padrinos con respecto al hijo/ahijado, pero extensibles a todo bautizado adulto).

El cristiano es Hijo de la Luz. No teme que sus obras sean vistas por los hombres. Por el contrario, los hijos de las tinieblas, esconden sus obras, porque “da vergüenza mencionar las cosas que los hijos de las tinieblas hacen a escondidas” (Ef 5,12). La Cuaresma es tiempo para pasar de las tinieblas a la luz. En una doble fase. Somos, por un lado, receptores de la luz que es Cristo. Debemos aceptar nuestras sombras afrontando sin miedos la mirada de Dios sobre nuestra vida; se trata de mirarnos desde Cristo: “Tu luz, Señor, nos hace ver la luz” (Sal 35,10). Y prendidos en su luz, en un segundo momento, debemos ser luz “delante de los hombres” (Mt 5,16).
 
¿Cómo podemos ser luz? La carta a los Efesios nos da unas claves: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz).” (Ef 5,8). Ser luz viviendo en la bondad (hacer algo tan simple y complicado como “ser buenos”) la justicia (un cristiano debe destacar por su compromiso por un mundo cada vez más justo), y la verdad (vivir con humildad aceptando la realidad de  ser criatura de Dios; vivir en la verdad es vivir en conformidad con la sagrada Escritura, que pone luz en el corazón del hombre descubriendo sus claroscuros; el mundo de la mentira y el engaño, del falseamiento y la manipulación, necesita defensores de la verdad, profetas dispuestos a poner en el mundo la Luz de la Palabra aún a riesgo de sufrir persecución y muerte). Se trata de adquirir la visión de Dios, que no ve las apariencias, sino el corazón (1 Sm 16,7).


Hoy nos reconocemos ciegos, arrojados a los caminos de un mundo en oscuridad. No caigamos en el error de los fariseos, que se creían justos, porque “si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”. (Jn 9,41). La cuaresma viene a despertarnos, a abrir nuestros ojos: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”(Ef 5,14).

Cristo es el Agua viva, se nos dijo el domingo pasado, Cristo es la Luz, decimos hoy, y la próxima semana, cercana ya la Pascua, se añadirá que Cristo es la Resurrección y la Vida. ¿Cómo te estás disponiendo para que su “paso” (pascua) sea fructífero en tu vida ? ¿Acaso no quieres que inunde con su agua tu desierto, ilumine con su luz tu oscuridad y revivan con su resurrección tus muertes? Dispón tu corazón a ello.

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Un video resumen de todo lo dicho en:


Y un audio de 20 m.:


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Marzo 2026
Casto Acedo.

jueves, 5 de marzo de 2026

El agua (III Cuaresma.8 de Marzo)

 

EVANGELIO. Jn 4,5-42.

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»

La mujer le dice: «Señor, dame de esa agua así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla.»

Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve.»

La mujer le contesta: «No tengo marido».

Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dijo: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»

En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor

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Cuando llegue la Noche Santa recurriremos a unos símbolos muy concretos para celebrar el encuentro con Cristo Resucitadola luz (Lucernario), el agua (Rito de bendición del agua y renovación del bautismo), y la vida (Eucaristía: “Yo soy el pan de la Vida, el que come de este pan vivirá para siempre”, Jn 6,35).

Los domingos tercero al quinto de Cuaresma, la proclamación evangélica nos dispone de manera inmediata a la Celebración Solemne de la Vigilia Pascual introduciéndonos en el Misterio por la presentación-comprensión-asimilación de los símbolos que nos hablan de Dios y nos acercan a Él.  Jesús dirá de Él mismo que es "agua viva" (Jn 4,14; evangelio de la Samaritana), "luz del mundo” (Jn 9,5; ciego de nacimiento), resurrección y vida" (Jn 11,25; resurrección de Lázaro). Hoy, al hijo del encuentro con la samaritana,  el tema que nos ocupa es el agua como símbolo de Dios y de su gracia. 

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Agua
 
Este domingo nos habla de "agua". El agua es un signo ambivalente. Por una parte, hablar del agua es hablar de vida, porque es un elemento básico para la subsistencia del hombre ya que cubre una necesidad vital y permanente sin la cual no podríamos vivir (¡lástima que solo nos demos cuenta de ello cuando nos falta!). El agua es también elemento de limpieza para el cuerpo, la ropa, la vivienda; es recreo y belleza en los jardines y fuentes; el agua es vitalidad. Donde no hay agua hay sufrimiento y muerte; la imagen paradigmática de esta sequedad es el desierto, lugar de vacío, soledad y muerte. Y muy al contrario, donde hay agua hay vida, y por eso el paraíso siempre se ha dibujado como un vergel bien regado.
 
Pero el agua contiene también una simbólica negativa: es desgracia en inundaciones, maremotos y todo tipo de desbordamientos. ¿Quién no recuerda las impresionantes imágenes de destrucción y muerte causados por  la DANA que sufrimos el año pasado al este de España? 

El agua sana, pero también asola y ahoga. Es signo de vida, pero no lo es menos de muerte. El exceso de agua provoca destrucción y la ausencia o escasez trae consigo la “sed”. El pan (alimento) es necesario para poder subsistir, pero lo es más el agua. La vida cristiana, que es oasis pero también desierto, lleva implícita la experiencia de la sed.
 
La Sagrada Escritura asocia el agua con el Espíritu de Dios, que purifica, da vida, recrea, limpia del mal y ahoga el pecado. Pasajes bíblicos paradigmáticos, como el relato de la creación del mundo, donde se señala que “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gn 1,2), el diluvio (cf Gn 6,5-8,20), el paso -Pascua- del mar rojo (cf Ex 14) o el prodigio del manantial de agua que mana de la roca (Ex. 17,3-7), nos sirven en bandeja la consideración  del agua como elemento sacramental en los que Dios en su mismo Espíritu  se manifiesta.




El agua que es Dios

Si alguno tiene sed, que venga a mí” -dice Jesús. Nosotros acudimos as Él cada domingo; a recibirle en el agua de la Palabra y en el Pan Eucarístico ¿Qué sed sacia en nosotros este Misterio? 
En momentos de sequedad espiritual nos acucia la sed, y por eso acudimos a manantiales que pudieren saciaros. Muchas veces erramos acudiendo a pozos que sólo palían temporalmente nuestra sed; pero hay un pozo que sí nos llena del todo: Jesús, agua viva. 

La mujer samaritana (cf Jn 4), siguiendo la rutina de su tarea diaria, va a buscar su agua al pozo de Jacob. Y allí Jesús se acerca a ella. Se trata de una mujer insatisfecha; cinco veces había buscado la felicidad, y cinco veces había fracasado (“has tenido cinco maridos y el de ahora no es tu marido”, Jn 4,18). Jesús le hace sentir hondo esos fracasos. Había buscado saciar su sed en aguas que no podían satisfacerle plenamente. 

Cuando la samaritana y Jesús comienzan su diálogo, cada cual habla de un agua distinta, y según deja ver el diálogo también cada cual se refiere a una sed distinta. La samaritana habla del agua material, tangible, perecedera, objeto de nuestros deseos naturales, agua buena para nuestra vida diaria siempre que no nos apeguemos demasiado a ella. Este 
agua natural no sacia plenamente y obliga a volver una y otra vez al pozo. Jesús, sin embargo, habla de un agua espiritual, intangible, sobrenatural, eterna; quien la bebe nunca más tendrá sed; habla del agua que es Dios mismo, y que sacia de una vez para siempre: “el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4,13).

El agua que Jesús ofrece a la samaritana y te ofrece a ti hoy es la gracia de Dios, su Espíritu. “El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: ´Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí; como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva´. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él". (Jn 7,37-39). “El agua que yo le daré se convertirá dentro de Él en un surtidor que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14).

La sed.

Pregúntate: ¿Qué sed te mueve  este año a adentrarte en el desierto de la Cuaresma? ¿Qué insatisfacción? 

La samaritana representa a la humanidad que tiene sed, y que aún no sabe qué agua le conviene para alcanzar la verdadera felicidad. Jesús sí lo sabe. Jesús también tiene sed, una sed distinta: “Dame de beber” (Jn 4,7). Jesús tiene sed de diálogo, de comunicación, sed de ayudar a los que tienen sed. En la cruz gritó: “Tengo sed” (Jn 19,28), sed de salvación, sed de ti; en su sed de amor quiere suscitar el acercamiento, provocar el encuentro. “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (Jn 4,10). Poco a poco, Jesús va adoctrinando a la mujer invitándola al conocimiento del Espíritu Santo (“si conocieras el don de Dios…”) y el reconocimiento de Él mismo como  Hijo (Mesías) enviado  (“..y quién es el que te pide de beber”).

Porque tiene sed de ti -¡admirable misterio!-, el mismo Jesús se acerca hoy al pozo de tu vida, a ese pozo natural al que acudes cada día a sacar agua: el pozo del trabajo, las amistades, los negocios, la familia… Jesús te sale al encuentro allí donde tienes puesta tu esperanza, donde crees que vas a encontrar la felicidad plena. Dios te sale al encuentro junto al brocal de tu pozo, ahí donde estás.
 
¿Cuál es tu pozo? ¿De qué agua bebes? Hay aguas que sacian sólo momentáneamente, pozos exteriores que te exigen caminar diariamente hacia ellos para proporcionarte una satisfacción momentánea. Jesús te ofrece un agua diferente, el agua viva de su costado (cf Jn 19,34;1 Jn 5,6) “que se convertirá dentro de tí en un surtidor que salta hasta la vida eterna”; el agua interior del Espíritu Santo, la Gracia de Dios, que habitará en ti, y dará consistencia eterna a las aguas de la amistad, la familia, el trabajo,… que brotarán de tu interior.

En Cuaresma  contempla la sed de Jesús: la sed de misericordia que en Él te muestra el Padre Dios, y acompásala con la sed de la humanidad, con tu sed: sed de paz, de justicia, de comunicación, de armonía... Cuando la sed del hombre se cruza con la sed de Dios se produce el milagro de la PascuaCristo pasó por la vida de la samaritana; ésta, aunque no llegó a entender muy bien lo que Jesús le decía, mantuvo abierto el diálogo con Él, y se produjo el encuentro.
 
Y como fruto del encuentro el anuncio, la misión. El agua de Dios no se queda estancada en quien la recibe, sino que salta hacia fuera, transforma al discípulo en en apóstol, como la samaritana:  “dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?” (Jn 4,29). Y “Jesús se quedó allí dos días” (Jn 4,40), hasta que la fe de los samaritanos maduró un poco: “nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo” (4,42).
 
* * *

 

A menudo nos cansamos del camino de cuaresma, nos cansa la vida, dice el poema de Antonio Machado (1). Nos preguntamos entonces por qué Dios nos ha traído a este desierto. El sentimiento de fracaso nos lleva con frecuencia a preguntarnos si Dios estará o no estará con nosotros (cf Ex 17,3.7). La mujer samaritana nos dice que sí, que le ha conocido, que le ha escuchado, y en la escucha ha recibido su compasión. También san Pablo nos hace saber que el amor de Dios ha sido derramado como agua viva en nuestros corazones, y hay esperanza (Rm 5,5).

Deja que este domingo te refresque el agua que es Cristo. Déjate lavar por Él como Pedro en el cenáculo (cf Jn 13,8-10). Recuerda el bautismo en el que fue sepultado tu pecado por el poder del agua. Déjate encontrar de nuevo por Jesús. Bebe del agua de su Palabra, de su presencia eucarística, de su estancia entre los pobres. Dile: -Señor, ¡tengo sed de tantas cosas buenas y nobles!... ; enuméralas y confía que el Agua de Dios no te ha de faltar para poner fin a tus insatisfacciones.

* * *
_____________________

(1) El poema de A. Machado refleja muy bien cómo la vida es soledad y sequedad. Y en esa sequedad nace en nosotros la búsqueda. La misma búsqueda va preñada de la gracia del  encuentro, como hemos visto en el evangelio de la Samaritana.

Señor, me cansa la vida,
tengo la garganta ronca
de gritar sobre los mares,
la voz de la mar me asorda.

Señor, me cansa la vida 
y el universo me ahoga.
Señor, me dejaste solo,
solo, con el mar a solas.

O tú y yo jugando estamos
al escondite, Señor,
o la voz con que te llamo
es tu voz.

Por todas partes te busco,
sin encontrarte jamás,
y en todas partes te encuentro
sólo por irte a buscar.

(Antonio Machado)

*
Marzo 2026
Casto Acedo. 

miércoles, 25 de febrero de 2026

La transfiguración (II. Cuaresma. 1 de Marzo)

 

EVANGELIO Lc 9,28b-36.

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.

Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor.

Tabor

Hoy se ofrece a nuestra reflexión el texto de la transfiguración del Señor. Jesús toma a sus tres más íntimos, Pedro, Santiago y Juan y los lleva consigo de retiro espiritual al monte Tabor.

Y en ese lugar contemplan cómo Jesús se transfigura, es decir, se les muestra con un rostro que revela algo más que su humanidad: “el aspecto de su rostro cambió; sus vestidos brillaban de blanco”. En un momento de su oración, como en un sueño, despiertan los discípulos y ven lo que sólo una mirada contemplativa puede ver: la divinidad del Hijo, patente a los ojos de sus discípulos en esa experiencia mística.

Ven a Jesús, y ven a Moisés (la Ley) y a Elías (los Profetas) conversando con Él. Queda patente en la visión que el centro de todo es el mismo Jesús; en Él terminan todas las búsquedas espirituales; la ley de Moisés conduce a la Ley de Cristo, que pide vivir en el Amor de Dios; la Palabra de los profetas, que despierta a la conciencia social, es una guía para el encuentro con la Palabra hecha carne. Cuando se llega a Cristo sobran las leyes, Cristo es la ley; y sobran los mapas, Cristo es la meta.

Queda patente en este evangelio que en Jesús confluyen el Antiguo y el Nuevo Testamento, la ley y la gracia, la palabra y la vida, la muerte y la resurrección: “hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén”.

Calvario

La transfiguración es un evangelio de ánimo. Camino de Jerusalén, donde Jesús viviría su pasión y muerte, los discípulos tienen una experiencia de cercanía de Dios que les animará a seguir adelante a pesar del sufrimiento que puede cruzarse en el camino. La  experiencia de fe vivida en la transfiguración, “ante la proximidad de la pasión, fortaleció la fe de los apóstoles, para que sobrellevasen el escándalo de la cruz” (Prefacio de la Transfiguración).

Lo ocurrido en el monte alienta “la esperanza de la Iglesia, al revelar (Jesús) en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya” (Prefacio de la Transfiguración). La experiencia del Tabor es un adelanto de la gloria futura, es participar del cielo por adelantado; de ahí el gozo indescriptible y el deseo apremiante de los discípulos por quedarse ya en ese estado: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.», y nos quedaremos aquí para siempre. ¿Quién no ha deseado lo mismo cuando ha vivido una experiencia fuerte de presencia de Dios?

Nube

Pero la meta de la vida cristiana no es el Tabor, por más que muchos se empeñen en resaltar los parabienes de la oración y la vida contemplativa. Quien sólo busca en la oración los gustos y regalos se equivoca; y quien pide a Dios que le conceda vivir permanentemente en ese estado de plenitud de vida mientras camina por este valle de lágrimas, no ha entendido mucho; le pasa como a Pedro: “no sabía lo que decía”. Ese momento de luminosidad es una gracia; pero la vida sigue con sus “cañadas oscuras”.

“Todavía estaba hablando (Pedro), cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube”. Al gozo sigue el miedo, “se asustaron”; a la nube se le ha dado un sentido pascual en la historia de la espiritualidad; la nube asusta por lo que tiene de “no-saber”, de oscuridad, de incertidumbre, pero también es símbolo de un saber distinto, del saber intuitivo acerca de la presencia de Dios que acompaña (cf Ex 13,21-22;1 Cor 10,1-2). La nube es al mismo tiempo oscuridad y luz, lo palpable y lo inasible, algo que se ve y se difumina al instante; entrar en la nube es entrar en la fe.

El gozo de la experiencia mística llega preñado de dolor. Los místicos hablan de “regalada llaga”, de “cauterio suave”, de un Dios que “tiernamente hiere”. Benditas contradicciones que sólo entiende quien las vive.  La transfiguración es una participación adelantada de la Pascua, con todo lo que tiene de muerte y de vida. Jesús, “después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su luz, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que, por la pasión, se llega a la gloria de la resurrección” (Prefacio del segundo domingo de Cuaresma).

Silencio

Termina el Evangelio con una revelación divina y una vuelta a la normalidad: “Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.» Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo”. 

Ha concluido el momento fuerte de oración. Ya sólo nos queda Jesús, solo, sin luminarias ni adornos. Toca ahora bajar del monte con Él y seguir el camino hacia Jerusalén, hacia el Calvario. La experiencia queda ahí, como referencia; ha sido un momento de gracia, de gozo, de plenitud que tiene su valor y sus riesgos; tal vez el mayor riesgo sea el de confundir la experiencia con el ser, la experiencia de Dios con el ser de Dios.

Dios no es una experiencia, es una persona: “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. Queda en la memoria de Pedro, Santiago y Juan el recuerdo de lo que ocurrió en la cima; pero lo más importante es que Jesús sigue con ellos; y no es un cualquiera, es el mismo Dios. Ahora lo saben. La experiencia fue (pasado), la presencia sigue siendo (presente). Ahora no ven a Jesús con el rostro luminoso y los vestidos radiantes; incluso llegarán a verlo con el rostro desfigurado por golpes y salivazos y vestidos manchados de sudor y sangre; pero ahora saben que esa persona, tan común en su humanidad,  incluso sufriente en su pasión, esconde un secreto, la nube oculta un misterio: ahí está Dios.

“Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto”. Se trata de un silencio creyente, sagrado, propio de quien ha gustado lo inefable (inexplicable con palabras). Hacer ver con palabras la experiencia de Dios es un imposible. Sólo quienes han pasado  por ella entenderán qué les dices.

El final -guardaron silencio- me recuerda a María, nuestra madre, que, transfigurada por la gracia de Dios en la Encarnación, “guardaba  todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,19). Aprovecha el día para retirarte a tu Tabor a meditar en silencio contemplando a Jesús más allá de juicios (moral) y teorías (palabra). Jesús no es un código ni una Biblia, es una persona. Pon tu atención amorosa solo en Él. 

Casto Acedo.

Nota: el bloguero ha salido mística y teológicamente elevado. El texto comentado invita a ello. Pero puedes leer un comentario del mismo autor más a ras de tierra en:

https://blogdecastoacedo.blogspot.com/2026/02/tabor-y-cruz-8-de-marzo.html

Febrero 2026

martes, 17 de febrero de 2026

El desierto (I Cuaresma. 22 de Febrero).

 

EVANGELIO
Mateo 4,1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: 
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Palabra del Señor

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Añado al terminar esta entrada, siempre lo añado en este domingo, y por si te interesa,  un comentario más amplio a partir del texto de El gran inquisidor de Doistoievsky. A mí me ha sido muy útil como revisión de vida.  Y también para charlas cuaresmales. Quienes son asiduos lectores de mis comentarios  ya conocerán este texto, pero lo vuelvo a poner para quienes no lo conocen. El texto lo escribí en el mes de Febrero de 2011. Si lo prefieres puedes ir directamente a  este comentario, más abajo con el título: LAS TENTACIONES DE JESUS EN EL DESIERTO. 

* * *
 

I
EL DESIERTO DE LA VIDA

La Cuaresma invita a entrar en el desierto, es decir, en el despojo, la ausencia de adornos; es una llamada a quebrar máscaras, romper fachadas y vaciar todo lo que no es esencial para ser yo mismo. ¿Qué otra cosas sino viene a significar que “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado"? Fue arrastrado allí para ser puesto ante sí mismo, con sus debilidades y poderes, y tomar las decisiones oportunas.
 
En el desierto físico no hay nada con que adornar la vida, nada puede cubrir el cuerpo expuesto al sol, los vientos y las tormentas de polvo o arena; el agua escasea tanto para el sustento como para el aseo. ¡Tendré que soportar mi propio olor! ¿Comida? Sólo unas hiervas. Eso sí, las serpientes y alimañas vagan en busca de algo que devorar. 

La materialidad del desierto con sus condiciones y dificultades son una imagen. El desierto al que se refiere el texto evangélico de este domingo no es un lugar físico, sino espiritual. Entrar en el desierto es entrar en uno mismo, en la propia interioridad, sin que nada entorpezca el encuentro con mi yo más íntimo. 

En el desierto solo me queda mirarme a mí mismo, pensar en mí mismo, escucharme a mí mismo,... En la soledad del desierto se madura o se muere.

Al adentrarnos en el desierto interior surgen dudas y preguntas ¿Merece la pena tanta soledad y silencio? ¿Tiene sentido la vida si no la puedo distraer con multitud de cosas? ¿Existe Dios? Y si existe ¿verdaderamente me ama? ¿Está o no está Dios conmigo? Todas estas preguntas van a la raíz de la persona. Responder positivamente a ellas es de vital importancia para sobrevivir al desierto de la existencia. 

Sin embargo hay quienes prefieren huir del desierto, porque les resulta desagradable encontrarse con sus basuras, que se tapan mejor bajo la alfombra del ruido de la ciudad.  Es la tentación de volver a Egipto, al lugar donde estabas antes, conviviendo con el pecado (dinero, riqueza, poder); allí, al menos, "comíamos pan y cebolla", éramos esclavos pero se estaba mejor (cf Ex 16,3). Una pena; en realidad no estabas mejor en la vieja vida de pecado, simplemente no  te dabas cuenta de lo mal que estabas. 

El retorno a la ciudad tampoco es fácil. Cuando se ha probado la miel del desierto se detectan mejor las hieles de la ciudad. Inmerso en el caos de los tiempos modernos descubre el peregrino que ni las cosas de Dios que hasta aquí practicó, ni las cosas de los hombres que hasta entonces gustó, le satisfacen.  A la noche del sentido le sigue la noche del espíritu y llama a su puerta la tentación más dura, la de Getsemaní.  Hay que decidir: Dios o el mundo, su prestigio o el mío, la sumisión a su poder (humildad) o el encumbramiento de mi ego (soberbia), la voluntad de Dios o la mía. 

* * *

Entrar en el desierto es entrar en la adversidad. Los momentos duros de la vida pueden hundir mi ánimo, alejarme de mí mismo y de Dios. Pero son también una oportunidad para crecer, para superarme y madurar.

Una mal encajada estancia en el desierto, una huida hacia atrás, un no gustarme a mi mismo al mirarme en el espejo del alma, me conducen a repetir una y otra vez los  parámetros de la inmadurez personal: tener, aparentar, mandar. Quiero alimentar con ellos mi ser y sólo encuentro nada y vacío. 

Envuelto en ruidos ensordecedores, rodeado de serpientes y demás animales de sangre fría, azuzado una y otra vez por el dragón del consumo, zarandeado por la vorágine del relativismo, borracho de mensajes, datos y estadísticas sin alma, me siento solo, muy solo. La masa humana ejerce de atracción hacia el mal y es fácil dejarse llevar por ella; como dice T. Kempis: “cuando estuve entre los hombres volvíme menos hombre”.

El desierto es una experiencia interior, pero he de vivirla en la ciudad, en un ambiente no muy espiritual. He de vivir mi desierto en la ciudad, sabiendo que estoy en el mundo (sistema liberal capitalista) pero no soy del mundo.

Las tentaciones del desierto de la vida 

¿Qué pecados afloran en el desierto de la ciudad? Los de siempre: tener, aparentar, poder ¿Cómo reacciono ante ellos?


a) En el desierto, temeroso de no ser nadie me aferro con ansiedad al pan. Acumulo y acumulo panes, dinero, propiedades, como si pudieran salvarme de la soledad que me abruma. No acabo de entender que "no solo de pan vive el hombre", y que hay cosas tan importantes o más que el bienestar material. No basta con comer si no se sabe para qué se come. Lo realmente valioso no son los medios para vivir sino la vida misma. "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su vida?" (Mt 16,25). Resumir la vida en el acto de consumir es rebajar al hombre a la categoría de animal de zahurda.
 
b) El desierto desmonta la imagen que tengo de mí mismo. Me creía seguro y ahora me desespero, me creía con mucha fuerza y ahora descubro que soy limitado, me creía inmortal y ahora veo cercana la muerte. Por eso huyo al mundo del ruido y de las prisas,  a la distracción de Babel; en ella puedo olvidarme de mi verdadera identidad, o intentar ocultarla entre distracciones (diversiones, dispersión). 
 
Al hombre no le gusta reconocerse en las debilidades que el desierto pone en evidencia; le cuesta aceptar que aquello en lo que ha puesto su esperanza acabará por desaparecer de su vista; incluso él mismo se verá abocado al horno crematorio, todo él reducido a cenizas que se guardan en una urna funeraria. No apetece contemplar la muerte como verdad incontrovertible. Se engaña quien se niega a aceparse en lo que es, y asumir que somos mortales es clave para no caer en el ridículo de vivir desconectado de mi ser más íntimo. 

El miedo a encarar la realidad hace al ser humano camaleón de ideas, siervo del ambiente, ambiguo: aquí de derechas, allí de izquierdas; el domingo creyente, el lunes ateo: hoy rojo, mañana azul, pasado amarillo; todo para ocultar su vida de color gris oscuro. La no aceptación de uno mismo da lugar al hombre esquizofrénico, sometido a la presión del papel social. Y esto ocurre cuando no quiere salir del armario de las propias fantasías y afrontar la realidad de su ser débil y pecador.  No me gusto a mí  mismo, pero soy tozudo y me resisto a cambiar. Un buen día se me descolgarán las máscaras y caeré en el tremendo agujero de la depresión moral, psíquica y espiritual. El diablo habrá vencido.

La Cuaresma, no obstante, viene a decirme que aún estoy a tiempo de volver al camino. Basta que desmonte mis ideales de grandeza, mis falsas apariencias y me inicie en el conocimiento de la Verdad.



c) Finalmente digamos que el desierto me humilla. En el desierto estoy sólo, no mando sobre nadie; con suerte mandaré un poco sobre mi mismo, porque no siempre tengo la dignidad y la  fuerza necesaria para obedecer a los mandatos de mi propia conciencia.
 
Cuando no consigo edificar mi personalidad  desde dentro (vida interior) tiendo a definirme por mis influencias (vida exterior). Para ser alguien me esfuerzo en ser el primero en algo, y si es en mucho, mejor. Como me cuesta aceptar mis límites y mi insignificancia me dedico a zancadillear a quienes se oponen a mi objetivo de sobresalir y mandar. Una crítica por aquí, un chismorreo por allá, y poco a poco voy creyendo que se apagan las luces que ceo que me hacen sombra; pero  me engañas a mi mismo porque sin darme cuenta la falta de relaciones entre iguales (amistad verdadera) me va sumiendo en  una oscura soledad (soledad del dictador).
 
Necesito crecer en humildad. Las relaciones humanas, y también la relación con Dios, no tienen lugar en vertical sino en horizontal. El lenguaje de los pobres lo entienden todos, porque está hecho de necesidad y de apoyo mutuo. Y con respecto a Dios he de aprender que  sólo lo puedo encontrar allí donde estoy y no donde mi soberbia o mi sumisión servil a otros o mi poder sobre ellos me coloque. Bajarme del pedestal ha de ser el primer paso para renovar mi vida. Dios se ha hecho hombre en Jesús, no debería buscarlo sólo en lo alto, porque está junto a mi, más aún, "en mi interior". Sólo tengo que disminuir para que Él crezca (Jn 3,30). 

No olvides que la gloria del mundo es pasajera, y sólo la gloria de Dios permanecerá para siempre. Mírate siempre desde Él y que todo lo que hagas sea parea gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; para gloria de Dios. Si así lo haces nunca te equivocarás. 

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Infografía resumen



Febrero 2026
Casto Acedo

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II
LAS TENTACIONES DE JESÚS
EN EL DESIERTO.


Cada año abrimos el ciclo de domingos de Cuaresma con el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11). Este texto contiene un excelente resumen del enfrentamiento entre dos estilos de vida diferentes e incompatibles: el estilo del mundo, “mundanal” en el sentido peyorativo, y el estilo de Dios.



Siempre que escucho el pasaje evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto me viene a la memoria el relato de El gran Inquisidor de F. Dostoievsky, libro 5º de Los hermanos Karamazov, sin duda el capítulo más conocido. Es impresionante el monólogo del Inquisidor General ante un Jesús que permanece en silencio. Este relato, escrito desde el lado de la Iglesia Ortodoxa rusa del siglo XIX, y que pretende ser una crítica al jesuitismo y a la Iglesia Católica de la época, me ha sido muy útil como reflexión sobre el tema de la verdadera libertad (libre albedrío) y las renuncias que exige. ¡Cuántas veces nos dejamos seducir por lo inconveniente! Ni yo, ni la Iglesia, ni la sociedad a la que pertenezco,  estamos exentos de la tentación de vender el alma (la vida) al diablo.

La siguiente reflexión, muy extensa pero interesante,  tiene como trasfondo el relato de F. Dostoievsky, y aunque se puede leer y entender sin la lectura previa del mismo, creo que la lectura de éste supera con creces a lo que intento decir como comentario al pasaje de las tentaciones. Por eso recomiendo su lectura. Lo tienes disponible en:


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Tras el bautismo, el Espíritu lleva a Jesús al desierto y lo somete a  la tentación. Ser bautizado es el comienzo de un camino. Se parte de un estado de gracia y hay que llegar a una meta manteniéndose firme en el propósito. Y en ese camino hacia el encuentro con Dios tienen lugar las tentaciones que ponen a prueba la auténtica libertad.



La tentación del pan

Si nos dieran a escoger entre un Dios que nos facilite el pan, o un Dios que nos diese la libertad y la responsabilidad para adquirirlo trabajando, posiblemente escogeríamos el primero. “No solo de pan vive el hombre” (Mt 4,4), pero en tiempos tan pragmáticos como los presentes solemos considerar el pan como lo primero y lo más importante: “más vale pan sin honra, que honra sin pan”. También en el subconsciente colectivo de la Iglesia se deja ver el convencimiento de que desde la riqueza se predica mejor y con más efectividad que desde la pobreza. Por eso nos gusta una Iglesia rica y esplendorosa. 

Me dirás que no, porque tú no estás de acuerdo con los tesoros vaticanos, pero yendo más cerca: ¿porqué permitimos unos pasos e imágenes de Semana Santa lujosos y llamativos?, ¿no somos más proclives a adornar imágenes (de Dios) que a alimentar y  vestir a los hijos de Dios que son su imagen?  ¿No estamos orgullosos del poder económico de nuestra parroquia, de  nuestra cofradía o hermandad? ¿No mostramos complacientes el fastuoso centro de espiritualidad que ha construido nuestra orden religiosa o movimiento eclesial?  La riqueza nos da seguridad y aumenta nuestra vanidad colectiva. Por una parte criticamos las riquezas de la Iglesia, pero por otra nos empeñamos en seguir vistiendo de oro a nuestros santos; encendemos una vela a Dios y otra al diablo.

Jesús, sin embargo, escogió el camino utópico (?) de la pobreza (o mejor, de la justicia), de aceptar que lo importante en la vida no es acumular tesoros sino vivir la “sabiduría” de la pobreza generosa. “Buscad ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de él (su justicia), y Dios os dará lo demás” (Mt 6,33). La elección de Jesús fue una opción atípica entonces y ahora. 

Lo fácil, si se puede, es escoger el sendero corto del enriquecimiento rápido; muchos  estarían agradecidos a Jesús si hubiera escogido esa senda. Sin embargo Jesús elige el camino largo: la solución no está en abarrotar de riquezas al hombre, sino en crear un sistema justo (Reino) que haga posible una riqueza para todos. Si no hay justicia es porque no escucháis a Dios, que no está contra la riqueza sino contra la injusticia (el pecado) que pone la riqueza en manos de unos pocos.

La Cuaresma llama al seguimiento de Jesús, y su victoria en esta tentación me invita:

*Personalmente a buscar la justicia de Dios antes que la riqueza.

*Eclesialmente a vivir una Iglesia pobre, que se cimente en la Palabra de Dios como su gran riqueza y que confíe en Dios antes que en sus bienes.

*Socialmente me pone ante el dilema de escoger entre una sociedad clasista opulenta o una sociedad solidaria y pobre cuyo valor supremo sea la persona.



La tentación del milagro-espectáculo.
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 Si nuevamente nos dieran a escoger entre una celebración litúrgica con mucha pompa (decoración llamativa del templo, música coral, orquesta, solemnidad...) o una Eucaristía sencilla, posiblemente también escogeríamos la primera. “Jesús ¿No te seguirían si hicieras un milagro, si te tiraras desde arriba y tu pie no tropezara?" (cf Mt 4,5-6)- le propone el diablo-. Nosotros creeríamos mejor en un Jesús que nos ofreciera algún milagro, un Jesús espectacular. Entonces le seguiríamos y obedeceríamos ciegamente sus requerimientos. Abandonaríamos los dilemas de nuestra conciencia y nos pondríamos sin dudas en manos de sus representantes en la tierra sin tener que preocuparnos de más. 

¿Por qué no escogería Jesús ese camino: ser famoso para ser escuchado y seguido? Al contrario, escogió el camino de la humillación, el olvido y el desprecio. Pudo haber reaccionado deslumbrando a sus enemigos con grandes prodigios, y el temor  de Dios (miedo a Dios) haría que todos se le sometieran. Pero no, él se empeña en pasar desapercibido y solicitar una fe pura, sin evidencias. “No me ha enviado el Padre para violar las leyes de la naturaleza, sino para enseñaros a vivir con ellas”- parece decir.

No obstante, nosotros seguimos queriendo ver el milagro. Blasfemamos de un Dios que no actúa como a nosotros nos gustaría, desesperamos de un Dios que no responde con generosidad a nuestros merecimientos. Y acudimos en masa a Lourdes, a Fátima, a todos esos lugares que nos hablan de hechos maravillosos, de milagros. Buscamos incansablemente y con ansiedad un Dios milagrero que se ponga a nuestro servicio, que se postre a nuestros pies; y rehuimos el camino de Jesucristo que, "lejos de tentar al Padre (Dios)" (Mt 4,7), lejos de exigirle, acepta vivir en continua obediencia. "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado"(Jn 4,34).

Volverse a Dios en el camino  de la vida (Cuaresma) supone:

*Personalmente: depurar mi fe de cualquier deseo de dominio sobre Dios, renunciar a todo derecho ante él; soy pecador y ante Él no tengo derecho a nada, todo lo bueno que recibo es pura gracia. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para limpiar mi fe de adherencias bastardas, para que sea fe pura, de confianza en la palabra y en la voluntad de Dios por encima de mi deseo personal.

*Eclesialmente la “tentación del milagro” me pide trabajar por una Iglesia que hace penitencia (pena, se esfuerza) no para que un Dios encolerizado cambie su mirada sobre los hombres, sino para que sean los hombres (yo) los que cambien (conviertan) su mirada hacia y sobre Dios. El milagro no está en un cambio del curso de la naturaleza, sino en un cambio de los corazones. El milagro no está en que los panes y los peces se multipliquen, sino en el hecho de que los hombres se sienten en la misma mesa y compartan lo mucho o poco que tienen; entonces, después de comer todos hasta saciarse, sobrarán panes y peces, porque en el amor crece la abundancia de bienes. No hay que pedir milagros, sólo hay que dejar que Dios los haga en nuestro corazón. ¡Conviértenos a Ti, Señor!

*Y socialmente esta prueba del espectáculo-milagro me está indicando que el camino por el que los cristianos hemos de conducirnos no debe ser el de la propaganda puntual, sino el  trabajo del día a día "sin que sepa tu mano derecha lo que hace tu izquierda" (Mt 6,3). Hemos de destapar y denunciar el protagonismo egolátrico de los discursos-espectáculo, de la solidaridad-espectáculo, de la información-espectáculo: "No hagáis el bien para que os vean los hombres", los que lo hacen así "os aseguro que ya han recibido su paga" (Mt 6,1-2). No nos dejemos seducir por los índices de audiencia, ni elevemos las verdades estadísticas al grado de dogmas de fe. Sólo Dios tiene la verdad, y se manifiesta en Jesucristo de forma clara, realista, y escondida en la cruz, símbolo del antimilagro: “¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!” (Mt 27,40), y Jesús no bajó. Es la acción (penitencia) de Dios en la inacción, en el silencio; es la pasividad activa, sin espectáculo. Desde la cruz Jesús, el justo injustamente condenado, denuncia sin palabras la hipocresía de una sociedad que hace de la Declaración Universal de los Derechos Humanos una hermosa catequesis para los beatos del cristianismo, del laicismo y del cientifismo.



La tentación del poder.

Si Jesús hubiera aceptado el ofrecimiento del diablo, hubiese podido realizar una de las más viejas aspiraciones del hombre con respecto a Dios: ponerse en sus manos todopoderosas con la seguridad de que hubiera vengado las injusticias (¡las ajenas, con las propias sería misericordioso!) y reorganizado todo conforme a su señorío. Porque al mundo le gusta tener un dueño ante quien inclinarse, un dueño que oriente su conciencia: Hitler, Franco, Stalin, Ben Laden, Putin, ... ¡el que sea, con tal exima del deber de decidir por uno mismo! Los grandes dictadores no son fruto de la casualidad, son fruto de un oculto deseo del hombre, que tiene miedo a la libertad y prefiere que le digan por donde tiene que ir, porque le resulta más cómodo que elegir responsablemente. 

Los hombres quieren un mesías, un salvador, alguien que les haga sentirse miembros de una nación, de una raza, de un pueblo escogido y que les dirija hacia el anhelo y el tormento mayor de  la humanidad: la unidad y plenitud universal de todos los hombres. El pueblo quiere y espera un mesías.

Cediendo a la tentación del poder, Jesús hubiera podido imponer a todos la verdad y la bondad del Evangelio. Podría haber hecho del Evangelio una ideología (otros lo han hecho posteriormente). Sin embargo, ese no fue su camino. De haberlo hecho, Jesús hubiera dicho no al hombre, porque el poder y la fuerza sólo pueden conducir a la eliminación física o moral (metafísica) del hombre. Sin libertad, y la más mínima violencia física, afectiva o estructural atenta contra ella, el hombre no es hombre. Y un Jesús poderoso sólo hubiera sido un mesías de fantasmas, de infrahombres, de seres atemorizados. “Un mundo feliz”, un mundo infelizmente feliz, porque sería inhumano.

Por eso la respuesta de Jesús a los requerimientos del poder fue la adecuada: “Adorarás al señor tu Dios y sólo a él le darás culto” (Mt 4,10), es decir, sólo servirás a Dios. En él está el único poder que no anula al hombre, porque "la gloria de Dios es que el hombre viva" (san Ireneo), porque “Dios es Amor” (1 Jn 4,8), y el amor, es lo único que garantiza la libertad y los derechos del hombre por encima de las leyes y las instituciones. Frente a la tentación del poder, la entrega a la voluntad de Dios; o lo que es lo mismo: servicio a Dios sirviendo al hombre, porque el amor a Dios pasa necesariamente por el amor al hombre; así lo enseñó Jesús y así lo vivió.

¿Qué interpelaciones recibo desde aquí?

*Mi respuesta cristiana personal ante los reclamos del poder no puede ser otra que la del servicio. Mi poder y autoridad sobre mis hijos, sobre mis alumnos, sobre mis inferiores en el cargo, ... sólo tiene justificación si se ejerce como una forma de amar; sólo el amor justifica la autoridad que Dios me da sobre mis hermanos. La virtud de la humildad, hermana mayor de la caridad, me salvará del peligro de autoritarismo. Por ello necesito vivir en la verdadera humildad, en la conciencia de que si puedo mandar es sólo porque sé obedecer (ejercer la autoridad buscando la voluntad de Dios). Cuidado con el poder porque, como el dinero, corrompe todo lo que toca y si me apego (afectivamente) a él seré capaz de cualquier cosa con tal de no perderlo.

*Como Iglesia no estamos exentos del apego al poder. Durante muchos siglos la Iglesia en Occidente ha estado ligada al poder. Aún hoy le quedan retazos de entonces, y la pérdida de poder e influencia políticas es sentida por muchos como una desgracia. Hemos de tener mucho cuidado cuando afirmamos que “hay crisis de fe”; a veces confundimos la pérdida de la fe con una pérdida de poder por parte de la Iglesia. Cuando la Iglesia tuvo el poder las masas estuvieron unidas a la Iglesia, lo que hace sospechar que no les atraía tanto Cristo como el poder que irradiaba la Institución. Y ello nos engañó, haciéndonos creer que el mundo occidental era cristiano. ¿Merece la pena tener nostalgia de aquellos tiempos? La nueva Iglesia del siglo XXI no se puede levantar desde la creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Se impone mirar al futuro, caminar con la mirada hacia adelante, donde está Cristo nuestra esperanza. ¿Cómo ha de ser la Iglesia del futuro? No lo sabemos. Pero la fe nos dice que no puede ser una Iglesia asida al poder, sino una iglesia desarmada, pertrechada con la debilidad de la cruz para confundir a los fuertes (cf 1 Cor 1,25). Una Iglesia que vive de la experiencia (mística) de Dios; Iglesia diaconisa, que imita a Cristo-servidor; ¿acaso no es el testimonio de servicio-amor al mundo la mejor arma para la “nueva evangelización”?

*Y socialmente la tentación del poder nos obliga a desenmascarar a todos aquellos, o todo aquello, que basa su existencia en la imposición. Se trata de crear la cultura de la igualdad, del diálogo, de la corresponsabilidad. Todos hemos de sentirnos responsables de los aciertos y errores sociales. Todos hemos de participar en la construcción de una sociedad nueva. Rehuir la participación dejando la tarea en manos de unos pocos privilegiados (aunque estos hayan surgido de unas elecciones democráticas más o menos limpias) es dejar que el poder se acumule en un punto y enferme de soberbia corrompiéndolo todo. Es cómodo dejar que te manden. ¡Pero no es bueno! Ser críticos es una obligación cristiana; aunque la crítica no guste a los criticados; la de Jesús no gustó, y por eso lo mataron. ¿Va a ser menos el discípulo?

* * *


La respuesta de Jesús a las llamadas del mal, su enfrentamiento con los “demonios”, no fue puntual; no se redujo a 40 días con sus noches, sino que lo fue durante toda su vida. “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38).

La última tentación la vivió en Getsemaní. Allí advertía a sus discípulos: “velad y orad para que podáis hacer frente a la prueba” (Mt 26,41), allí pidió que “si es posible que pase de mí esta copa de amargura” (Mt 26,39a). ¿Tiene sentido morir por unos hombres que te han abandonado y que han respondido con odio a todo el bien que les has hecho? Jesús se mantuvo firme en la fe que había puesto en su Padre Dios. “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39b). ¿Quedó por ello hipotecada su libertad? De ninguna manera; en la cruz mostró no sólo su fidelidad al Padre sino también su libertad de elección superando los atractivos del mal. Por eso la cruz es salvadora, porque muestra el amor sin límites, el amor puro, que no fue esclavo ni del dinero, ni de la “buena fama”, ni del poder.

Jesús, hombre libre, es el camino de la libertad (de la cuaresma). Su respuesta debería ser la nuestra, sus pasos nuestros pasos.

Febrero 2011
Casto Acedo. 

La vida (V de Cuaresma. 22 de Marzo)

  EVANGELIO Jn 11,3-7.17.20-27.33b-45 En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfer...