
miércoles, 29 de abril de 2026
Felipe y Tomás (4º Pascua A)

jueves, 23 de abril de 2026
Yo soy la Puerta
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YO SOY LA PUERTA
Hablar de Dios no es fácil. Tal vez por ello, desde el púlpito los predicadores tendemos a disertar sobre moral, costumbres, normas de comportamiento o avisos espirituales. Hablar de Dios y de las cosas del espíritu es complicado. Para ello hemos de echar mano de símbolos.
Uno de los símbolos recurrentes en casi todas las religiones es el de la Puerta. En el budismo e hinduismo la puerta simboliza el paso del mundo material al espiritual. En el judaísmo se presenta el símbolo de la puerta como el acceso a un mundo sagrado donde se encuentra cobijo y protección; es frecuente en esta tradición colocar en la jamba derecha de la puerta la mezuzá, un pergamino que contiene pasajes de la Ley (Dt 6, 4-9 y 11,13-21) y que se pone en el marco derecho de las puertas de los hogares judíos en cumplimiento de un mandamiento bíblico, simbolizando la fe en un solo Dios, su protección y la identidad judía de la casa. Hay un lugar seguro tras la puerta y afuera está el peligro. En el islam se habla de las puertas del paraíso, donde también hay varias puertas, cada una asociada a una de las virtudes.
¡Qué distinto es el evangelio de Jesucristo! Para que le conozcamos echa mano de imágenes que podamos entender. Y no solo imágenes para dar a entender la personalidad de Jesucristo sino para definirse en ellas. En el Evangelio de san Juan son muy recurrentes los “ego eimi” (yo soy), palabra griega que nos recuerda el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, cuando Dios revela a Moisés su nombre en el monte Horeb: Yahvé: Yo soy el que soy- (Ex 3,14). Queriendo dar a conocer su divinidad Jesús se presenta en san Juan como “yo soy el Pan de vida, yo soy el Buen Pastor, yo soy la Vid, yo soy la Puerta, yo soy el Camino, yo soy la Verdad, yo soy la Resurrección y la vida”.
“Soy la puerta”, dice Jesús hoy. El símbolo no se cita como un medio para llegar a Dios; va más lejos: el mismo Jesucristo habla de sí mismo no como Puerta que lleva a algún sitio sino más bien como lugar al que se llega; más que entrar por la puerta se invita a entrar en la puerta. Los "yo soy" invitan a relativizar las mediaciones (agua, puerta, luz, pastor) e ir directamente a Dios.
La puerta de la vida
Hay momentos en la vida en que nos vemos en la tesitura de elegir entre varias opciones. ¿Qué camino seguir? Andamos estancados en un lugar cerrado, como un gran salón circular con numerosas puertas invitándonos a ser abiertas y a pasar a través de ellas a una situación mejor. ¿Qué puerta cruzar para dejar atrás la desesperanza? Algunas de las puertas que tenemos ante nosotros nos seducen con músicas celestiales, otras con luces llamativas, en otras se vislumbra un paraíso dulce e indoloro, ... casi todas son puertas anchas y fáciles de abrir.
Pero hay una puerta que no te invita a entrar recurriendo a la trampa de satisfacer tus apetitos. Es una puerta más estrecha que las otras, lo cual parece indicar que hay que adelgazar un poco para poder traspasarla. "Entrad por la puerta estrecha -dice Jesús-. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos" (Mt 7,12-14). No se puede entrar por la puerta estrecha con los bolsillos llenos; antes hay que eliminar las carnes superficiales, aquellas que engorda el ego.
La puerta estrecha es la puerta de la Verdad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,31). dice el rótulo que la adorna. La verdad no admite componendas. La puerta estrecha de la verdad pide aceptar que se vive en la mentira y exige soltar los engaños para pasar por ella.
Para los cristianos, tal como nos enseña el evangelio de hoy, la puerta de la liberación es Cristo mismo. No dice Jesús “yo soy como una puerta” sino “yo soy la puerta”, la única puerta de la salvación. Antes ha expuesto una parábola acerca de ladrones y bandidos que entran al redil de las ovejas saltando la tapia. Hay que precaverse para no ser engañados por quienes acceden al redil sin tener en cuentas a Cristo. Son los falsos pastores, mercenarios y asalariados que no buscan el bien de las ovejas sino su propio beneficio (Jn 10,8-14).
Para acertar a elegir la puerta de la vida el Evangelio nos da una pista: conocer a Jesús por la escucha de la Palabra, la oración y el seguimiento; todo esto nos proporcionará la intimidad necesaria y el conocimiento cierto del Buen Pastor, que conoce y llama “por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Y cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
Lo de ser puerta hay que saber entenderlo bien. Puede que haya quien piense que entrar en Jesús es entrar en una clausura irreversible. Jesús es la Puerta, pero no es una Puerta cerrada que se abre sólo desde fuera. También se abre desde dentro. Entrar en Cristo es un acto de libertad; es la garantía de la libertad misma. La libertad no se agota en la entrada. También se puede abandonar el redil. Estamos ante la libertad del amor y la misericordia, la única libertad verdadera; porque el amor de Dios no impone nada; es pura gracia, puro don.
Hay una parábola o cuento que nos habla del Buen Pastor y que apostilla esa santa libertad que la misericordia divina concede a quienes se acogen a ella:
Un pastor notó que le faltaba una oveja y salió a buscarla sin dudar. Tras encontrarla herida y cansada, la cargó con cuidado y la devolvió al redil. Esa noche, cerró la puerta… pero dejó abierto el hueco por donde ella había escapado. La oveja lo vio. Se acercó al agujero, miró afuera, sintió la libertad… y también el vacío. Luego miró al pastor, que no dijo nada ni la detuvo. Podía irse otra vez. Pero esta vez, eligió quedarse.
El hecho de que la puerta quede siempre abierta para salir es el detalle que nos ayuda a distinguir la fe cristiana auténtica de la sectaria. La puerta que es Jesús no se cierra tras el paso del rebaño. La Iglesia de Jesús no es una secta que separa del mundo. Jesús es la Puerta que permanece siempre abierta. “Quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir”, nos dice. Quien permanece en Él no lo hace por obligación sino por amor; porque se ha dejado seducir por el Amor de Dios y se abandona a Él.
Cuando se celebra un año santo se bendice la Puerta Santa. Por ella entran los que quieren acogerse a la misericordia de Dios y entrar en su casa. Casa de Dios es la Iglesia, casa suya es el Cielo. Jesús es la Puerta del Cielo preanunciada en el Salmo 118,20: "Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella". Sin lugar a dudas la imagen de la Puerta que presenta el evangelio sugiere la entrada a un lugar nuevo, a una forma nueva de vivir una vida eterna.
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En fin, entrar por una puerta o atravesar una puerta es una imagen sugestiva para significar una transformación o un cambio espiritual, el paso de una situación en la que se estaba a otra distinta. Hablamos así de "la puerta del cielo” o “las puertas del infierno” como algo que separa dos mundos muy diferentes. En el caso de Jesús, más que de trasformación o cambio de posición, parece que se habla de la Puerta como lugar de comunión y encuentro.
En las letanías el Rosario también se dice que María es “Puerta del Cielo”. La Virgen es puerta porque da acceso a la Puerta que lleva en su vientre. En realidad la puerta del cielo es Cristo. Con su muerte y resurrección el Hijo de María ha acercado a la tierra las puertas de la Vida eterna para todo el que quiera pasar a ella.
Escucha hoy a Jesús: “Yo soy la puerta... yo he venido para que mis ovejas tengan vida y la tengan abundante”. Jesús es una perta que te abraza y te acoge, que te cuida y te protege, sin violencias, sin imposiciones, apelando siempre a tu libertad. No desea que entres en su casa por la puerta de la ley y el miedo sino por la del amor. Contémplalo hoy como esa puerta que encuentras siempre abierta; especialmente cuando todas las demás puertas se te han cerrado.
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Recurso: audio de 7 m:
https://drive.google.com/file/d/14qYALvRV6owjd0tXLYlKg-4GkVTYuRV6/view?usp=sharing
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2
YO SOY EL BUEN PASTOR
jueves, 16 de abril de 2026
Camino de Emaús (19 de Abril)
La narración parte de una situación de muerte (desánimo, cansancio, sufrimiento desesperanza) que, por la escucha de la Palabra y la visión del Resucitado en el Sacramento, sufre una transformación radical. Los que se han sentido aplastados por los dramáticos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús, hallan en la resurrección el punto de apoyo necesario para liberarse de sus miedos y cobardías y se lanzan a un seguimiento valiente de la persona de Jesús y su predicación del Reino .
Los evangelios testimonian la dispersión de los discípulos tras la muerte de Jesús. ¿Por qué la mayoría huyen y se esconden? Unos le siguieron “porque han comido de los panes y se han saciado” (Jn 2,26); otros buscaron solo la curación física sin querer profundizar más (cf Jn 6,2); entre sus discípulos había quienes aspiraban a medrar buscando los primeros puestos (cf Mt 20,20-28). Cada uno tenía un motivo más o menos interesado para escuchar y acompañar a Jesús por los caminos de Palestina.
Muchos, desencantados, le abandonaron pronto; tal como hicieron también la mayoría de los discípulos del grupo de los doce huyen ante la perspectiva de tener que compartir la cruz con el Maestro; le dan plantón (cf Jn 6,66); algunos incluso le traicionan (cf Mt 26,49) y le niegan (Mt 26,69-75). El seguimiento del Jesús pre-pascual termina en la duda y en la incredulidad; no fue capaz de mantenerse más allá de la prueba de la cruz.
Todos los que estamos por la causa de Jesús hemos vivido esa tentación de volver sobre nuestros pasos cuando el futuro ha perdido su horizonte. Lo mejor –decimos- es dejarnos de idealismos, de utopías que solo existen en nuestra imaginación, y conformarnos con lo que hay: relativismo, disfrute de la vida a costa de quien sea, consumo, indiferencia, ir tirando... ¡Todo lo demás está condenado al fracaso!
Si Jesús de Nazaret, pura bondad y misericordia, capaz de apasionar a las masas con su modo de vida y su palabra, acabó siendo derrotado, ¿para qué seguir intentándolo? ¿Qué vamos a conseguir los que no somos ni sombra de lo que Él fue? Descolocados por el escándalo de la cruz reaccionamos huyendo de nosotros mismos, de nuestros ideales y nuestras esperanzas. ¡Sálvese quien pueda!
Nunca deja Dios de estar a tu lado, pero en las noches oscuras del sentido y del espíritu, los envites de la duda, la debilidad y el pecado, te impiden una visión clara de su presencia. ¿Cómo curar esta ceguera? La intervención de Jesús resucitado se da de forma escalonada; los de Emaús no vivieron una conversión súbita, sino progresiva; hay un proceso por el que va aflorando en el corazón la fe pascual.
Primeramente, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,27). Jesús enseña a leer los acontecimientos desde la fe en las Escrituras, a hacer una lectura creyente de la historia personal y comunitaria. Muestra cómo actúa Dios, cómo se manifiesta en la paradoja de la cruz, cómo hay que buscarlo en la madeja enredada de los fracasos, depurando los egoísmos que sutilmente anidan en el seguimiento. Es la luz de la Palabra que te abre una puerta para ver más allá de tus oscuridades.
Pero no basta eso para ver con claridad. La Palabra ilumina la oscuridad y suscita el deseo de cambiar, lo cual mueve a orar pidiendo al Peregrino que no se aleje: “¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!” (Lc 24,29). A menudo la persona siente la emoción de la Palabra en su interior: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?” (Lc 24,32); pero cuando el discípulo está demasiado abatido necesita algo más. Lo pide en la oración: "¡Quédate!, no te vayas, no me dejes solo. Necesito que sigas dando luz a mis ojos. Quédate, que atardece en mi vida".
Jesús escucha la oración y se queda. “Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos” (Lc 24,30-31). El gesto eucarístico de Jesús remata la faena que inicia la Palabra; el gesto está cargado de una fuerza imparable porque transmite, sin palabras, todo el mensaje de la salvación (kerigma): “mi cuerpo entregado,... mi sangre derramada,... para el perdón-salvación vuestra”. Es Él. ¡ha resucitado! Es esa certeza, esa seguridad más allá de la razón, la que cambia todo. Aquél que murió en la cruz, está vivo. ¡Lo hemos visto!
Los mismos que le conocieron en sus predicaciones, en sus milagros y luego en su pasión y muerte, ahora “lo habían reconocido al partir el pan" (Lc 24,35). La experiencia del Jesús terreno al que los discípulos habían seguido y del que ahora se alejaban, se completa con la visión de Cristo resucitado. Es el paso del Jesús histórico al Cristo de la fe, la percepción de que la muerte no es el final, sino el principio de algo nuevo.
Tras la experiencia pascual inicias un nuevo seguimiento animado por la fe en “el que vive” (Ap 1,18) y que conduce inevitablemente al entusiasmo de la misión: “Levantándose al momento, volvieron a Jerusalén” (Lc 24,33). La fe nacida en la superación de la muerte es más pura, más decidida, más activa; misionera.
¿Dónde he de situarme para ser merecedor de él? Hoy como ayer, para ver a Jesús no basta con quedarme en Jerusalén llorando junto al sepulcro. A los discípulos se les pide que vayan “a Galilea, allí me verán” (cf Mt 28,10); Galilea es el lugar donde vivían antes, y donde comenzaron el seguimiento del Nazareno. Tras la experiencia de la cruz vuelven al día a día, pero con una nueva mirada que supera el duelo y crea un modo nuevo de vivir.
Como los de Emaús, tal vez muchos estén de vuelta, flacos de fe, parcos en esperanzas y tímidos en amor. ¿En qué medida estás entre ellos? La dureza de la vida, las experiencias dolorosas hunden a muchos que creían que estar sólidamente asentados sobre roca. Pero el resucitado sigue presente, aunque tus ojos no sean capaces de reconocerlo. Otros le ven a diario: ¡Cuántos serán los que están viendo a Jesús en estos días viviendo en solidaridad y compasión, dando su vida por los demás!, Cristo Eucaristía partiendo y compartiendo su pan con los enfermos y los pobres, con los marginados, los que viven en soledad y abandono. ¿Quedará sin fruto tanto amor entregado, tanta vida ofrecida con Cristo a Dios en la misa del mundo?
Cuesta ver a Jesús cuando las lágrimas del dolor empañan los ojos, pero basta echar una mirada positiva al mundo para descubrirle en Galilea, en el amor que muchos practican, en los pequeños y grandes gestos de solidaridad Cristo sigue regalándonos su presencia resucitada. Tal vez algún día debas decir: "Era necesario que pasara todo esto" (Lc 24,26), que vinieran tiempos de desolación y sufrimiento. Comprenderás entonces que a la vida se llega por la muerte, y que huir en el momento de la noche es quedarse a medio camino.
Mirarle ahí, resucitado, es un poderoso antídoto contra el veneno del derrotismo. Conoces la frase: "si lloras porque no ves el sol, las lágrimas no te permitirán ver las estrellas". Me parece una buena conclusión para este domingo. No te enclaustres en tus dolores, penas y fracasos, y confía en que tu oscuridad es un buen principio para que se manifieste la Luz de Dios. A los que abatidos y tristes iban de regreso a Emaús Jesús les hizo ver que la necedad y escándalo de la Cruz es sabiduría y fuerza de Dios. Misteriosamente, en la Cruz hay incrustadas unas piedras preciosas: fe, esperanza, y amor; mucho amor.
martes, 14 de abril de 2026
Virgen de la Albuera (9º día, puerta)
A LA VIRGEN DE LA ALBUERA
Dia 9º. Puerta
Vos sois, ¡Oh Abogada y patrona nuestra!, aquella hermosa Puerta que vio Ezequiel cerrada siempre para la culpa y abierta para la misericordia. Vos sois aquella puerta de oro donde el pobre paralítico pedía limosna y la lograba. Vos sois, finalmente, aquella puerta del cielo que vio Jacob de nuestra España, Santiago, por donde todos los justos han entrado en la gloria. Hasta ahora a nadie se le ha cerrado esta puerta; a cualquiera que ha pedido a ella se le ha socorrido en lo necesario. Pues, Señora, no sea yo sólo el desgraciado que llegando a vuestra puerta, tan patente para todos, la halle para mí cerrada. Aquí me tenéis postrado a vuestros pies; llamando estoy a la puerta de vuestra misericordia; no me desechéis sin consuelo ni sin el favor que os pido en esta Novena, si conviene para adoraros por una eternidad en la gloria. Amén.
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Felipe y Tomás (4º Pascua A)
EVANGELIO Juan 14, 1-12 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: —«No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la ca...
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EVANGELIO Lc 10,25-37 Un hombre que bajaba de Jerusalén loa Jericó cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y...
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TEXTO BIBLICO 1 Cor 11, 23-26 (2ª Lectura) Hermanos: Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Seño...
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Ofrezco aquí dos comentarios a la Palabra del Domingo. El primero, más eclesial y social, iluminando la necesidad superar los dualismos para...








