martes, 25 de agosto de 2026

La seducción y la cruz (29 de Agosto)


PRIMERA LECTURA Jr 20,7-9.

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreir todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

EVANGELIO Mt 16, 24-26

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: —«¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro: —«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a sus discípulos: —«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde su alma?

¡Palabra del Señor!

* * *

La seducción de Dios

Enamorado es aquel cuya alma es cautivada por alguien a quien rinde su voluntad. La persona enamorada experimenta un cambio radical en su vida, tanto es así que los que le conocieron cuerdo y formal, ven cómo el amor le vuelve extraño y ridículo. Los vecinos comentan: “¡quién le ha visto y quién le ve! ¡A este se le ha ido la cabeza!, ¿se habrá vuelto loco?”. Otros hacen mofa de su nueva personalidad. Pero a él le importa poco lo que digan, porque quien ha encontrado el tesoro escondido vende todo lo demás para adquirirlo y da saltos y gritos de alegría sin importarle lo que diga la gente (cf Mt 13,44). Así es. El amor cambia el ser, convierte el corazón, rompe las máscaras y pone en marcha una sana locura. 

¡Qué bien expresa G. Kalil Gibrán la locura del amor en su poema "El loco"!: 
“Me preguntáis porqué enloquecí. Fue así. Un día, mucho antes de que nacieran algunos dioses, desperté de un profundo letargo y descubrí que me habían robado todas mis máscaras –sí; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-. Corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando: “¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!”. Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, algunas personas, llenas de horror, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome, gritó: “¡Mirad! ¡Es un loco!”. 
El profeta Jeremías cuenta cómo el amor de Dios le sedujo y se vio impelido a gritar su experiencia: «Me sedujiste, Señor y me dejé seducir, has sido más fuerte que yo y me has podido» (Jr 20,7). La seducción de Dios se  presenta como una atracción más que violenta irresistible. Quien haya sentido en sus entrañas la llamada de Dios  entiende al profeta. Quisiera no seguir la llamada, pero se ve forzado a ello. El seducido por Dios, como el loco de la parábola de K. Gibrán, es víctima de las burlas del vecindario: “¡Mirad! ¡Es un loco!”, decían señalándole.  "Todos se burlaban de mi -dice Jeremías- … La palabra del señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día» (Jr 20,7b.8b);  pero a pesar de esto no puede contener la fuerza del amor en él: «la palabra en mis entrañas era fuego ardiente..., intentaba contenerla y no podía" (Jr 20,9). 

El enamorado  se ve amablemente arrastrado a anunciar y vivir de una forma nueva las realidades de cada día.
En un entorno donde priman la afirmación del propio yo y la búsqueda compulsiva del placer, quien conoce a Jesús sabe que ha de asumir la parte de no-amabilidad y desgrado que tiene la vida.  «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24). Estas palabras desentonan porque piden algo nada habitual: no vivir para uno mismo sino para el otro, no buscarse a sí mismo sino a los otros; quedar totalmente atado al amado y volcado en el amor. Eso no es vivir, es perder la vida, dicen muchos. Y se mofan de esa necedad y llaman loco o imbécil a quien la abraza, porque, según el esquema mental de los cuerdos de este mundo, ha perdido la razón. Y no faltarán quienes  quieran salvar al enamorado de su locura pretendiendo que huya de la verdad; como quiso Pedro salvar a Jesús: "¡Lejos de ti tal cosa, Señor!". Quién esto dice, consciente o inconscientemente, es portavoz del diablo. 


Perder la vida es ganarla

La negación de sí mismo que pide Jesús (Mt 16,24) no exige buscar cruces extraordinarias para acumular méritos para el cielo. No hay que buscar cruces; la cruz la tienes ya: es tu realidad personal, familiar, social, religiosa o espiritual.  Amas tu cruz cuando amas tu realidad y la afrontas con valentía. Ser amante de la cruz no es cosa de masoquistas sino de locos enamorados que están dispuestos a  vivir la propia realidad en libertad, sin dejarse llevar por criterios de agrado o desagrado sino por la sabiduría del evangelio. Lo que mueve al enamorado de Cristo a abrazar la sabiduría de la cruz no es el gusto por el sufrimiento sino el amor; no se niega a sí mismo para adquirir protagonismo sino para afirmarse en Dios que ama sin límites. Tomar la cruz es saborear la  vida tal como viene dada, tener capacidad de aceptación y ver en los obstáculos una oportunidad para crecer.

La misma negación que pide Jesús la aconseja san Pablo: «os exhorto a presentar vuestros cuerpos como hostia viva» (Rm 12,1) La vida cristiana impone una dedicación en cuerpo y alma al Señor. No se trata de inmolar cosas y animales, de hacer sacrificios de "lo que tenemos", sino de darle a Dios "lo que somos", mediante una vida nueva no acomodada a éste mundo, responder siempre amando. Negarse a sí mismo supone hacer silencio en la propia voluntad para dar paso a  la del Padre. Ser humilde.

El mundo quiere llevarte por el camino de la afirmación del propio ego como lo mejor: ganar mucho dinero, destacar en algo, buscar un futuro firme,...  Constantemente eres invitado a buscar la felicidad fuera de ti, en las cosas, los cargos, la huida de los problemas. Es una salida en falso, un sueño irreal e imposible del que debes despertar. Y a ese despertar apuntan las palabras de Jesús: "
El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". 

¿Qué es "cargar con la cruz"? No es otra cosa que cargar con la propia realidad.  La vida misma, tu vida, es la cruz que debes cargar para ser verdaderamente feliz. A veces tus realidades no te gustan, pero no puedes echarte atrás sino ser valiente e ir hacia adelante, como Jeremías, que, seducido y enamorado entendió que su amor le exigía pasar por el desprecio de los hombres; o como Francisco de Asís, que despertó de sus sueños románticos de adolescente cuando descubrió la realidad de la pobreza como virtud; u Oscar Romero, buen pastor que no se echó atrás cuando su Amado le pidió dar su vida por su rebaño de El Salvador; ... Éstos despertaron a tiempo para vivir y evitaron una vida zombi, apagada, ajena a pensamientos de Dios y sometida a los pensamientos de los hombres. ¿Perdieron su vida o la ganaron? Si lo miras desde abajo la perdieron, pero no hay duda de que visto desde arriba, desde la realidad que es Dios a la que accedieron por la fe y el amor,  la ganaron.

La vida es una oportunidad irrepetible. Sólo se vive una vez, por eso es importante despertar a la realidad y elegir el camino adecuado y acompasarlo con la conducta adecuada. ¿Para qué vivimos? La respuesta a esta pregunta dará tono al modo en que vivimos, a nuestro modo de conducirnos, a nuestra conducta. Hay quienes, encerrados en el ateísmo o la desidia, viven anclados en el "comamos y bebamos que mañana moriremos". Si el fin del hombre es la muerte como "nada" es claro que vivimos "para nada"; la meta es el vacío. Con una convicción así no es de extrañar que muchos se limiten a salvar la vida procurándose su cielo en la tierra, aun a costa del atropello y la insolidaridad. 

Hay también quienes, sin negar la posibilidad de una vida eterna, coquetean con falsas cruces que ellos mismos se procuran, castigando sus cuerpos con cilicios y disciplinas regladas, practicando una solidaridad parcial y calculada al milímetro, molestándose ocasionalmente por favorecer a alguien...  Aquí nos encontramos muchos. Una política de nadar y guardar la ropa que sutilmente cierra el paso a la verdadera iluminación o conversión, al verdadero despertar. Un amor a medias no satisface. Sólo una entrega total puede llenar plenamente. "Corazones partidos yo no los quiero; y si doy el mío lo doy entero", dice el canto popular argentino que san José María Escrivá incorporó en Camino (n. 145).

La vida pide mantener los ojos abiertos, contemplar la realidad  y encararla. La realidad personal (problemas propios de salud, complejos, miedos,... ), familiar (caracteres chocantes, convivencia difícil, cansancio matrimonial, conflictos entre hermanos ...), la realidad social (situaciones de abundancia, de pobreza, inmigración, paro, etc. en el mundo que te rodea) y la realidad religiosa (dudas de fe, idolatrías, ritualismos, fariseísmo,...). Todo eso que ves cuando miras con los ojos de Dios son cruces que Él te ha puesto para ganarte la vida.

Proclama el evangelio de manera apodíctica: "¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta»?". Me gusta leer esa profecía futura desde el presente; podemos decir que ya en esta vida Dios paga a cada uno según su elección de vida, según su modo de conducirse (conducta).  Si lo piensas y meditas bien,  ¿quién pierde la vida? ¿quién vive más y mejor?:

*¿La persona poseída de soberbia que echa serpientes por la boca a cada momento, o aquel que se niega a sí mismo callando y esperando el diálogo pacífico? 

*¿Vive mejor quien está en el miedo a perder su relevante puesto social. o quién se niega a sí mismo valorándose en su justa medida y bendiciendo a Dios y disfrutando el lugar que ocupa? 

*¿Es más feliz quien pudiendo atenderlos  abandona sus padres al cuidado de una institución pudiendo atenderlos, o quien se niega a sí mismo y, cargando su cruz, aprende a gozar y goza de la compañía de los que antes cuidaron de él? 

*¿Vive más alegre el que se agobia constantemente procurando su comodidad o el que se despreocupa de sí mismo y vive atento a las necesidades de los demás? 

*¿Es más feliz quien se deja llevar por sus criterios egoístas o quien se abona a  la sabiduría del evangelio?

No hay duda de que la cruz es inevitable. Forma parte de la vida. No es realista pretender que todo sucediera como a ti te gustaría. Es una pretensión muy ególatra. Tendría que ponerse el mundo a tu servicio para que así fuese. Y como eso no va a ocurrir deberías aprender a aceptar y vivir tu realidad no desde tus caprichos sino desde la sabiduría de Dios, siendo fiel a tus convicciones profundas, dejando al lado criterios de agrado o desagrado y siguiendo criterios de verdad y de bondad.
 

Bendita mi cruz

Quien acepta y asume su realidad y se esfuerza en llevarla hacia adelante, quien está dispuesto a "tomar su cruz", tiene ahí la clave para vivir en plenitud. Quien se deja seducir por Cristo y le sigue aceptando con paz inconvenientes, burlas y persecuciones hace suya la segunda parte del poema de El loco de Kalil Gibrán: 

“Alcé la cabeza para mirarlo -al joven que desde la azotea de su casa le acusaba de ser un loco-, y por vez primera el sol besó mi rostro desnudo y mi alma se encendió de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité: “¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!” Fue así como enloquecí. Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad no ser comprendido, pues quienes nos comprenden nos esclavizan. Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón”.
La libertad y la seguridad tienen para el loco un precio: soledad e incomprensión; cruz.  Los cuerdos y seguros de sí mismo consideran que pagar ese precio es una estupidez y una locura. El mismo san Pedro lo creyó así antes de la Pascua (cf Mt 16,22). "¡Lejos de ti tal cosa, Señor. Eso -padecer la cruz- no puede pasarte". Pero la experiencia de la resurrección le vino a enseñar lo que ocurre cuando se abraza la cruz en nombre del amor. Jesús resucitó. Lo que parecía locura y necedad no era tal sino la sabiduría de Dios que vence a la del mundo (cf 1 Cor 1,22-25). 

"El mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. ...  ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?"  (1 Cor 1, 18.20). Bendita la cruz.

Feliz domingo

Agosto 2026
Casto Acedo.

lunes, 17 de agosto de 2026

¿Quién dices que soy yo? (22 de Agosto)


EVANGELIO
Mateo 16,13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra del Señor

*
Nota: puedes  leer el comentario en el texto que sigue; o puedes escucharlo más ampliado en el audio (es largo, 26 m; pero hoy merece la pena), y tienes también la posibilidad de ver un resumen en PowerPoint.
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Audio

PowerPoint



Las "imágenes-ideas" de Jesús

Son muchos los que conocen el test de Roschach, una prueba psicoanalítica que consiste en presentar al sujeto una serie de láminas dobladas con unas manchas con formas muy ambiguas. Mirando los borrones que dibujan las manchas, al modo de quien pudiera mirar las formas de unas nubes, el paciente va describiendo lo que ve. Las respuestas a cada ficha pueden ser muy variadas, tantas como el número de personas que las interpreten. La prueba da pistas al psicoanalista a fin de determinar hipótesis sobre el funcionamiento de la mente del paciente. 

Pues bien, si pusiéramos ante una persona el nombre de Jesucristo o una imagen o dibujo del mismo (también nos serviría la palabra Dios), y le preguntáramos que le sugiere, podríamos obtener valiosas pistas acerca de la personalidad, la fe y la espiritualidad de esa persona, pues el nombre de Jesús es como un test de Rochach propuesto por Dios a la humanidad y del que  cada cual da su respuesta. Pero, objetivamente, ¿cuál es la identidad de Jesús?

Jesús, de retiro con sus discípulos en Cesarea de Filipo, parece someter los suyos al test de Roschach  planteándole  una primera cuestión que se refiere a declarar que dicen por ahí de Él por ahí. Y las respuestas son diversas: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» 

Cada cual proyecta en Jesús sus ideas aprendidas, sus experiencias y sus expectativas. Así ha ocurrido a lo largo de los siglos: Para los gnósticos y videntes es un ser celestial que conoce y da a conocer todo; para el pensamiento griego-arriano se trata de un hombre excepcional, un semidios; para los monarcas de la edad media y los señores del renacimiento un rey; para el siglo de las luces un maestro sublime; para los amantes de la revolución francesa, y más recientemente para muchos activistas de izquierdas, un republicano descamisado comprometido en la causa de la liberación de los pobres y oprimidos de la tierra, el primer comunista y socialista; más cerca en el tiempo tenemos la idea de un Cristo hippy, superstar, un maestro espiritual de la nueva era de acuario, un mago que puede hacerte vivir experiencias alucinantes, el ejemplo perfecto de no-dualidad, el maestro interior o cósmico, etc. 

No hay duda de que partiendo de la respuesta a la pregunta acerca de Jesús  podríamos analizar el pensamiento de quien responde. Aprendemos desde ahí lo que creen de Él en verdad, lo que esperan e incluso cuáles son sus aspiraciones más ocultas. Porque la pregunta sobre “Jesús”, como la que se hace sobre “Dios”, no es una cuestión cualquiera, lleva en sí el deseo de comprender y lograr las aspiraciones más íntimas y elevadas de la persona. Por eso estudiar cómo se ha respondido a lo largo de la historia a la pregunta sobre Jesús nos da para escribir no solo una historia de la teología, también una historia de la filosofía, de la sociología, de la política e incluso del arte occidental de los últimos siglos. 

Es fácil presentar estudios sobre lo que los demás han dicho o escriben sobre Jesús. 


1
Jesús ¿quién eres Tú?

Pero más interesante que la pregunta primera acerca de Él es la segunda.  "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Si el primer interrogante lleva a mirar hacia fuera, el segundo lleva la mirada hacia dentro. Veíamos a los discípulos atropellándose para dar respuestas sobre lo que dicen otros de Jesús, sin embargo, los vemos lentos, dubitativos, timoratos, cuando han de responder qué dicen cada uno de ellos. Ésta segunda cuestión no se dirige al intelecto o a la simple observación, va directa al corazón, y cada cual ha de responder en segunda persona del singular, –Tú, ¿Quién dices que soy?-. La respuesta que se pide es  más vital que teórica.

No es extraño que a cuestión tan honda siguiera un silencio. Todos callan; las prisas por responder desaparecen. Ya no se trata de "chinchorrear" sobre lo que se dice por ahí, ahora hay que pringarse. El Cristo que habla al interior pide respuesta al  hombre interior y lo primero que se impone es meditar. 

Tras un espacio de tiempo, y bajo la inspiración del Espíritu, Simón Pedro responde:  "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Aquello debió sonar raro. Me gustaría ver la cara de los oyentes. Los presentes debieron pensar que Pedro, el inculto pescador de Galilea, muestra  un atrevimiento excesivo. Se supone que en ocasiones han hablado entre ellos sobre la identidad del Maestro; su predicación y sus milagros debieron generar interrogantes sobre su identidad, y algunos habrían apostado porque fuera de veras el salvador esperado por el pueblo de Israel. Eran muchos los que acudían a él llamándole Hijo de David, el liberador prometido que restauraría el esplendor de Israel. ¿Sería realmente Él?

Afirmar de una persona, por muy buena que sea, que es el mismo Dios vivo entre nosotros, traspasa los límites de la razón humana. Al atrevimiento de Pedro responde Jesús aclarando el exceso de la respuesta: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. Sólo como don y revelación divina podemos conocer la verdadera naturaleza de Jesús. 

¿Quién es Jesús? Más allá de la definición que da el credo cristiano formal la pregunta sigue abierta esperando la respuesta de cada persona. Si Dios es misterio, y Jesús es Dios encarnado, la persona divino-humana de Jesús es un misterio imposible de encerrar en definiciones de catecismo. Sólo se accede a Él desde la contemplación y la fe. Las doctrinas, como los evangelios escritos, o los métodos de oración y la oración misma, no son mas que mapas que sirven de apoyo para  dejarnos encontrar por Él. La respuesta no es una conclusión sino una experiencia, un don gratuito de Dios; y es inefable, es decir, inexplicable.

*

Buscas a Jesús; pero en última instancia es Jesús el que te busca a ti. Cuando entras en relación con Él acabas por descubrir que ya te buscaba Él, que estaba en tu búsqueda desde el principio y si le conoces es porque Él se adelanta y pone ante ti el camino para el encuentro.

¿Le has conocido? Si de veras es así, ha sido por experiencia; en tu misma vida te ha revelado su nombre: Jesús = Dios salva;  has visto en tus días sus acciones salvadoras; tu historia personal con Él es anterior a tu credo. En las cosas de Dios la relación precede a la definición. ¿Son tus vivencias las que sostienen tu fe en Él? La fe se nutre en la relación y la relación se hace en la fe. Dios se revela en una relación que está siempre abierta; sería un error cerrarla diciendo que ya está completa. 

La relación viva con Dios en Jesucristo posee una dinámica eterna. Cada día debes responder con tu vida a su pregunta: ¿quién dices que soy yo?. Tener fe no es adherirse a artículos o definiciones dogmáticas sino  apostar cada día  por la persona en la que crees.


2
Sobre esta piedra 

La primera lectura, de Isaías 22,19-23, obliga a no pasar de largo ante la segunda parte del evangelio que recoge el diálogo con Pedro. De principio Jesús le alaba y le felicita; no por su inteligencia sino por acoger con sorpresa y humildad la fe recibida de Dios. Pedro es dichoso, como la Virgen María, por haber recibido por revelación la maravilla de sentir a Dios en Jesús presente y actuante, algo que suele permanecer oculto a los sabios y entendidos de este mundo (cf Lc 10,219).

Tras la felicitación, Jesús, da a Pedro el título de mayordomo y piedra de la comunidad que se formará tras la Pascua: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. La liturgia de este domingo desde la plataforma de la primera lectura  nos lleva a  fijarnos en esto. Son palabras pronunciadas en el libro de Isaías para Sobná, mayordomo del palacio: “Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá” (Is 22,20-22). A Pedro le da Jesús los mismos poderes: ser el mayordomo (“mayor de la casa”) de la Iglesia. 

“Tú eres Pedro (piedra) y sobre esta piedra (fe de Pedro) edificaré mi Iglesia”. ¿A qué se refiere Jesús cuando habla de "piedra"? ¿A la persona de Pedro o a la fe que acaba de profesar?, ¿sobre qué cimientos se edifica la Iglesia?, ¿se edifica sobre Pedro (el Papa León en nuestros días) o sobre la fe apostólica que representa el Papa León? La pregunta no es retórica. Y de la respuesta que se dé a ella se puede deducir un modo u otro de entenderse como cristiano y como Iglesia. La fe en el Primado de Pedro no se debe confundir con la “papolatría”. La piedra, el cimiento, la roca de la Iglesia, es en última instancia Cristo (cf 1 Cor 10,4). 

El hecho de que nuestra Iglesia tenga un mayordomo no nos exime de cultivar nuestra relación personal con Cristo. El punto de referencia último de nuestra vida de fe no es el Papa y la Iglesia que preside en la fe, sino Jesucristo, al cual confesamos como Hijo de Dios. El mayordomo organiza, ordena, distribuye tareas, tiene el deber de garantizar que en la casa se cumpla la voluntad del Señor; y es de justicia reconocerle al papa su labor de "siervo de los siervos de Dios";  pero la vida de los fieles, su mirada, está en el Señor. Sólo éste garantiza la vida y razón de ser de la casa común.  “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los constructores” (Sal 126,1), jefe de obra incluido. 


Conclusiones

Lleva esta semana a tu reflexión y tu oración la pregunta clave que te lanza Jesús: “Tú, ¿quién dices que soy yo?”. Habrá quien se limite a decir “yo, lo que diga Pedro”. Y no está mal que reflexiones sobre lo que Pedro dice; pero a ti se te pide una respuesta personal de fe, un credo vital, una respuesta práctica que no esté desconectada de la globalidad de tu vida

El buen funcionamiento de la casa de la Iglesia no depende solamente de Pedro. ¡Bastante responsabilidad tiene ya el Papa como para que le carguemos la nuestra!. Hay quienes se conforman con decir: “yo creo lo que cree Pedro”, como si la fe fuera la simple adhesión a unas enseñanzas, por muy verdaderas que se consideren No basta decir “estoy con Pedro”, es más, sería traición decir “estoy con Pedro” cuando se usa como excusa para descafeinar la adhesión a la persona de Jesús y su Reino. ¡Doctores tiene la santa Iglesia!, se solía decir antes para justificar la propia ignorancia, que a la postre no era sino la propia desidia e indiferencia ante los compromisos de fe y amor.

Sabemos que esos compromisos son duros. A veces Pedro y los siervos, la misma Iglesia, santa y pecadora a la vez, se resiste  a llevar la fe de Jesús adelante; sobre todo cuando el amor se hace exigente y aparece la cruz en el horizonte. No es extraño que el amor en la dimensión de la cruz e ponga en evidencia la fragilidad de una iglesia muy humana. Cuando el idilio del hombre con la fe (¡daría mi vida por ti! Jn 13,17) toca la realidad de la cruz viene las crisis (¡no le conozco! Mt 26,72). Pero esta es una cuestión que abordaremos al hilo del evangelio del próximo domingo. Hoy te basta escuchar a Jesús que te dice: Tú, ¿quién dices que soy yo?, escucharte a ti mismo  diciéndote “¿quién es Jesús para mí?”, y mira a ver si tu vida es tan ideal como idealista tu creencia. 

¡Ah!, siguiendo el test Roschach, no te olvides de mirarte a ti mismo en tu imagen de Jesús. Luego, borra todo lo que piensas y sientes sobre Él; silencia tu pensamiento, tu imaginación y tus deseos acerca de su persona y deja que sea Cristo mismo quien se te de a conocer. Mírale. Escúchale. Con el tiempo podrás reconocerte a ti mismo en Él y verás que merece la pena vivir su misma vida; en Él está tu plenitud.

22 Agosto 2026
Casto Acedo

sábado, 15 de agosto de 2026

Dios para todos (16 de Agosto)


EVANGELIO (Mt 15,21-28)

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada.

Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»

Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»

Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»

Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»

Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor

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Tendemos a catalogar a las personas recurriendo a sus matices externos desde nuestros criterios subjetivos. Así establecemos divisiones entre personas según el color de la piel (negros - blancos, mulatos - amarillos), según la ideología (centro-derecha-izquierda), las religiones (cristiano-ateo-musulmán-judío...), la clase social (ricos-pobres), la formación académica (titulados-sin estudios), la procedencia (extranjeros-nacionales; del norte-del sur; andaluces – extremeños – catalanes – vascos – etc.)

Este afán divisorio, esta afición por lo específico, nos lleva con frecuencia a minusvalorar lo genérico, que es con mucho lo más importante, porque todos somos, antes que nada, personas, seres humanos, hijos de Dios con una dignidad inviolable. Cuando la mirada deja de ser rastrera (a ras de tierra) y se sitúa en las alturas (desde Dios), desaparecen las fronteras físicas, políticas, sociales e incluso religiosas. Como decía aquel estribillo de tanto éxito en su momento: ¿De qué color es la piel de Dios? ¿Negra, amarilla, roja, blanca? Todos los colores son iguales a los ojos de Dios. Cuando lúcidamente prevalece el valor de la persona como lo más valioso, desaparecen las divisiones sin detrimento de las diferencias.

La mirada de Jesús es universal.

La universalidad del mensaje de Jesús y su salvación es un tema central en los evangelios. No se limitó a predicar la Buena Nueva al pueblo judío; también “salió y se retiró al país de Tiro y Sidón” (Mt 15,21), ciudades paganas, oficialmente habitadas por aquellos a los que llamaban infieles. Jesús sale a la búsqueda de todos y a él acuden en su busca gente de toda raza, mentalidad y condición. El evangelio de los magos de oriente que se lee en Epifanía (Mt 2,1-12) proclama la universalidad de la salvación anunciada por los profetas del Antiguo Testamento y cumplida en el Nuevo: “Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos”. (Mt 8,11-12).

Lo que en el citado texto de san Mateo se afirma en general, se particulariza en el encuentro de Jesús con la mujer cananea que narra el mismo evangelista (Mt 14,22-33). El diálogo,  un tanto “áspero” de Jesús con la mujer de Canaán, y el desenlace del cruce de palabras, ponen de relieve la diferencia entre la manera nacionalista judía de entender a Dios y la manera cristiana que rompe con los sectarismo y proclama la universalidad (catolicidad).

Para entenderlo bien hemos de tener en cuenta la distancia social que en la época de Jesús existía entre una mujer extranjera y un rabino judío (así consideraban muchos a Jesús). Esta mujer ve en el predicador del Reino el último recurso para la sanación de su hija; su amor de madre le lleva a implicarse hasta el límite para conseguir su propósito. A sabiendas de que no tiene otro modo de acceder a Jesús: “se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor". Los discípulos, molestos por tanto grito e insistencia, interceden por ella ante el maestro: “Atiéndela, que viene detrás gritando”.


Lo importancia de la fe.

Jesús, para sorpresa de quienes le conocen, responde desmarcándose de la mujer y como si se alineara con el grupo de fariseos fanáticos y nacionalistas indiferente a los problemas de  quienes no son judíos: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 15,24). La cananea, sin ceder ante lo que parece una negativa a sus pretensiones, se abre paso, se postra ante Jesús e insiste rogándole “de rodillas: Señor, socórreme”. Y Jesús pone a prueba a la mujer con un dicho que evidencia el desprecio judío al extranjero: "no está bien echar a los perros el pan de los hijos”.

Al decir eso Jesús está llamando “perra” a la mujer (los judíos consideraban como perros a los paganos ), que a pesar de todo, insiste en su oración con una humildad desmedida. "También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Con estas palabras se sitúa en el último lugar, acepta el envite de humildad que Jesús le ha lanzado, no tiene inconveniente en considerarse una “perra” indigna de recibir las atenciones del Señor, y desde su abajamiento sigue orando: “al menos deja que pruebe las migajas de tu mesa, esas que ni siquiera se le niegan a los perros”.

Como ocurrió con el centurión pagano que pidió la curación de su siervo (cf Mt 8,5-15), esta mujer recibe finalmente la alabanza de Jesús por su fe: “Mujer, que grande es tu fe”. Y la fe, depurada en el combate espiritual (constancia e insistencia de la oración) encuentra finalmente respuesta: “que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija”.


Un Dios abierto a todos

Del encuentro entre Jesús y la cananea puedes extraer unas enseñanzas interesantes:

* La fe es un don de Dios, y el mismo Dios la pone a prueba, con su silencio, incluso con experiencias que en un momento dado parecen decirte que Él no está contigo sino en tu contra. Esto le ocurrió a la mujer cananea, a pesar de lo cual su fe no desfalleció tal como mostró con su oración insistente y perseverante. Si permaneces fiel en la adversidad, si depuras tu fe en el combate espiritual, serán finalmente escuchadas tus plegarias y sanadas tus heridas.

* Jesús, que ha venido “para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4), anuncia un mensaje de sanación universal. El Reino de los cielos (la justicia, el amor, la paz, el entendimiento entre los hombres, que predica Jesús) tiene un alcance global. No es un privilegio para ti y para unos pocos elegidos (sean éstos los judíos de entonces o los católicos de ahora), sino don “para todos” (“sangre derramada por todos para el perdón de los pecados", Mt 26,28”). Con Jesús se cumple la profecía de Isaías: “A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores,… los traeré a mi Monte Santo” (Primera lectura de hoy: Is 56,6). Dios no se cierra a nadie que se acerque a Él con buena voluntad. Acércate pues, a Él con humildad y no desprecies a nadie por el color de su piel, sus ideas, sus creencias, su religión o cualquier otra diferencia superficial.

* La humanidad enteras es invitada a comer en la mesa el “pan de los hijos”, ese pan que es el mismo Señor dándose como alimento (cf Jn 6,35). Y no está bien que se eche este pan a los perros (cf Mt 7,6), porque no lo valorarían, pero tampoco es correcto negárselo a quien lo pide con humildad, sea de la condición que sea. 

* Sólo cuando la humanidad toda esté sentada y coma reunida en torno a la mesa del Padre se podrá hablar de la plenitud del Reino; te toca a ti y a mí trabajar porque el pobre Lázaro, que por compasión come las migajas de la mesa (cf Lc ), se pueda sentar con justicia junto a ti y a todos en la mesa de la riqueza. No margines a nadie, no pongas color ni a Dios ni a nadie porque no lo tiene. Si acaso su color es el del arco iris: si hemos sido hechos a su imagen y semejanza (cf Gn 1,26) y todos los colores son suyos. 


* La misericordia de Dios que se deja ver en Jesucristo no necesita pasar por el tamiz de ninguna cultura concreta (judía, árabe, griega, china, posmoderna, etc.) para ser comprendida y asimilada. El amor de Dios es cauterio  para las heridas de todas las gentes de todos los tiempos y lugares. ¿No es universal el lenguaje del amor compasivo? Mi Dio sy tu Dios es “Padre nuestro” (Mt 6,9), y no podemos entender su ser sin los hermanos, todos los hermanos. ¿Acaso te crees mejor que alguno de ellos? “Dios nos dejó en desobediencia a todos para tener misericordia de todos” (Segunda lectura de hoy: Rm 11,32). Todos pecamos en Adán y todos somos salvados en Cristo (cf Rm 5,18). Si marginas a cualquiera no admitiéndolo en la mesa común pecas de soberbia y te apartas de Dios.

*Finalmente, y para meditar la grandeza de los dones que Dios ofrece a sus hijos en la mesa  transcribo un dicho de san Juan de la Cruz. Éste santo que habla de las "meajas" que caen de la mesa  como aquello que sacia nuestro hambre natural; pero hay un hambre sobrenatural que sólo se sacia sentado a la mesa de Dios, es decir, fundiéndose en Él. Según el santo carmelita las "meajas" que caen de la mesa son las pequeñas satisfacciones que nos dan las cosas materiales; o incluso los parciales gustos espirituales. Hay quienes se conforman con estas cosas, pero la satisfacción plena sólo se alcanza por participación en la vida misma de Dios. Es conmovedor y sorprendente lo que dice el santo:
"Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre.

Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón". (Dichos de luz y amor, 26)

 "Gloríate en tu gloria". Esto me recuerda a san Ireneo: “La gloria de Dios es el hombre plenamente vivo y la verdadera vida para el hombre es la visión de Dios.” No es Dios el que habla en este texto sino el alma enamorada que sabe que el Amado le da todo si confía en Él, como a la mujer Cananea. Lee, relee y medita estas palabras y admírate de las grandezas que esperan a quienes ponen su fe en un Dios tan grande que sorprende haciéndose pequeño para partirse y compartirse con la humanidad. Nada puede saciar totalmente la necesidad humana; sólo Dios. 

*

Feliz domingo.

Agosto, 2026
Casto Acedo.

jueves, 6 de agosto de 2026

Dios en tu interior (9 de Agosto)


PRIMERA LECTURA 
(1 Re19,9a.11-13a):

Cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo: «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va pasar!»
Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hizo trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva.

EVANGELIO 
Mt 14, 22-33

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar.Llegada la noche, estaba allí solo.

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.

Jesús les dijo en seguida: —«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó: —«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua».

Él le dijo: —«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:  —«Señor, sálvame».

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: —«¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: —«Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

*


La fe  es un susurro de Dios al corazón.

Nos gustan los triunfalismos; y a esta tendencia no escapa la fe. Nos contagiamos de la farándula política y mediática e imitando sus métodos nos obsesionamos por ponerla en escena  recurriendo a las masas.  ¡Que se vea! Nos sorbe el seso la obsesión por celebrar   triunfales y ruidosos eventos que hagan visible la presencia de Dios. ¿Son buenas estas dramatizaciones religiosas? Yo diría que ni tan buenas como dicen los que las promueven, ni tan malas como denuncian los que las proscriben; la bondad o malicia está en el lugar que le asignemos a esos actos religiosos espectaculares.

Cuando a Elías, en momentos difíciles, comenzó a dudar de Él e incluso de sí mismo deseándose la muerte, Dios le llevó a hacer un retiro de silencio en el monte Horeb, en el desierto del Sinaí. En el mismo  espacio donde Dios se dio a conocer portentosamente a Moisés,  es conminado Elías a permanecer en una gruta a la espera de noticias de Dios.

Durante su estancia fueron pasando ante él espectaculares fenómenos naturales: un viento huracanado (no olvidemos que el viento es signo del Espíritu), un terremoto (signo de presencia de Dios en algunos salmos), fuego (como el de la zarza ardiendo, o la columna que acompañaba a los israelitas en su camino). Todos estos signos magníficos fueron para Elías precursores de la llegada de Dios, pero no su presencia misma. “Allí no estaba el Señor” (1 Re 19,11-12).

Finalmente se escucha afuera el rumor de la brisa, y en ella es Dios mismo quien se presenta. Dios llega en el susurro, en el silencio, en la “música callada” de san Juan de la Cruz. La brisa es signo del Mesías, el Siervo, que no gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará” (Is 42,2-3). Dios no grita, susurra, acaricia. El susurro es el Siervo de Dios que viene, Jesucristo; en Él pone el Padre su complacencia (fe), y en él también nosotros hemos de poner la confianza (fe), en la dulzura del encuentro con Cristo hallamos a Dios. 

La voz de Dios no hay que buscarla en el espectáculo, no está en el ruido de la tormenta y el terremoto, ni en el fuego cegador; está en el silencio: "Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva" (1 Re 19, 12b-13). La revelación de Dios en la caricia del viento nos recuerda los encuentros de Adán con Dios,  "que se paseaba por el jardín a la ahora de la brisa" (Gn 3,8). Para disfrutar su su compañía hay que aguzar el oído, afinar el alma para sentir su presencia escondida en las realidades del mundo; en la tarea del del silencio se vacía el alma para la escucha; y ahí  se manifiesta Dios mismo, sin un tercero. Es una experiencia vez dulce y a la vez sorprendente, por eso Elías cubre su rostro con el manto, esa presencia es excesiva, un don inmensamente grande e irresistible. 

Elías es pionero de la experiencia de Dios en el interior, un Dios que san Agustín define como "interior intimo meo", más interior a mi que mi mismo yo.  Te buscaba fuera y tú estabas dentro, dirá el santo. Comenzó su camino espiritual buscando a Dios fuera, en sus manifestaciones externas. Batalló con su mente, su corazón y sus protagonismos; lo quería encontrar fundido con las ideas, los sentimientos y  los gustos divinos. Es normal que  se empiece por buscar fuera. Dios es el Otro a cuyo encuentro salgo; pero la insatisfacción de esa búsqueda me lleva a encontrarlo en la interioridad donde más que encontrar a Dios es Dios quien me encuentra a mi. Luego vuelvo la mirada hacia afuera y todo se transfigura; porque me siento parte de un mundo al que ya no miro como extraño sino como amigo, como parte de mi vida, un mundo amado y redimido por el mismo Dios que me ama y me redime. Dios y el mundo son parte de mi. Lo siento cuando el Espíritu acaricia mi rostro con su brisa suave que inspira y expira mi alma llenándome de su ser y vaciándome de las cosas que no me dejan ser uno con Él. 


La fe es también un grito 
en medio de  ruidos amenazantes

En el evangelio vemos cómo Pedro se deja fascinar por el hecho de poder andar sobre el agua. Asustado por la presencia extraordinaria de Jesús que camina sobre el lago pide un signo para creer: “Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Y, sin apartar sus ojos de Él se echa al agua; pero cuando el ruido y la fuerza del viento distraen su atención empieza a hundirse,  grita: “Señor, sálvame”. 

La oración de Pedro es un grito en medio de los ruidos amenazantes del mundo, un retorno a la mirada de Jesús,  que enseguida extiende la mano, lo agarra y le dice: “¡Qué poca fe!”. ¡Qué poca confianza tienes en mí! ¿De veras creías que iba a dejar que te hundieras? Cuando Jesús, con Pedro de su mano, subió a la barca, amainó el viento. (Mt 14,28-31).  Cuando tomas conciencia de que Dios se aloja en tu corazón sobreviene la calma. Le ocurrió a Elías y le ocurre a Pedro.

¡Qué magnífica imagen de la vida espiritual! ¡Y qué excelente imagen de la Iglesia! A los que se amedrentan por las tormentas que envuelven y amenazan con hundir la barca, decirles que ésta se hundirá sólo si no va Cristo en ella; o en otros términos: las cosas no marchan bien para la Iglesia cuando no hay fe, cuando no hay silencio y vuelta de la mirada a Cristo, cuando no se pone atención a la voz de Dios que en la tormenta te dicre: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” (Mt 14,27). 

Cuando el miedo y la desconfianza te invaden, ¿qué puedes hacer? Arrodillarte a la puerta de la cueva, hacer silencio para dejar que Dios se manifieste; y cuando lo sientas, postrarte ante Jesús, como los discípulos en la barca; y renovar tu confianza en Él interiorizándole: “Realmente eres el Hijo de Dios” (Mt 14,33).

* * *
Ante ti han pasado y pasarán hoy muchas cosas, muchos acontecimientos. Revisa tu vida y pregúntate dónde y cuándo hoy Dios te ha susurrado su Palabra y ha dejado sentir su presencia: en tu trabajo, en tu descanso de vacaciones, en el encuentro con tus amigos o vecinos, en tu familia, en el rato de oración, en tu tarea y compromiso parroquial o social, en el servicio concreto que has prestado…. Los sucesos más puntuales, espectaculares y ruidosos han cautivado más tu atención; otros hechos de vida fueron más silenciosos, más cotidianos, aparentemente más insignificantes e intrascendentes, pero no por ello menos significativos.

Si descubres la presencia de Dios en alguno de ellos, si al caer en la cuenta nacen en ti deseos de cubrirte el rostro y de póstrate ante Él diciendo ¡qué grande eres, Señor!, felicítate porque tienes fe. No sabrás explicarla, pero al sentirla adviertes que los vientos y tormentas que amenazaban tu vida han perdido peso y ya no ocupan el centro de la barca. Has encontrado en la fe el punto de apoyo que necesitaba la palanca de tu vida para poder moverse ella misma y mover el mundo.

Julio 2026
Casto Acedo 

jueves, 30 de julio de 2026

La sopa de piedra (2 de Agosto)


EVANGELIO 
Mt 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: —«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer».

Jesús les replicó: —«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».

Ellos le replicaron: —«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

Les dijo: —«Traédmelos».

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor.

Recursos audio y video al final.

Casi nada

"Dadles vosotros de comer", dice Jesús a los discípulos preocupados por el gentío y la hora. Ellos debieron tomárselo a broma: "¿Nosotros? ¡No tenemos casi nada!”. Es lo que solemos decir cuando las cosas escasean. “Si aquí o tememos más que cinco panes y dos peces”, es decir, "casi nada". Con esto no se soluciona el problema. Pero a Jesús no le pareció tan poca cosa lo de los cinco panes y los dos peces: “Traédmelos”, es decir, sacad ese “casi nada” que tenéis, negociad lo poco y obtendréis lo mucho (Mt 25,14-25, Parábola de los talentos).

El evangelio de hoy apunta a la fusión de dos realidades que, cuando se cruzan, hacen milagros: la generosidad humana y la bendición divina. Dios no saca panes de la nada, el milagro parte de algo que la persona que entra en diálogo con Él pone sobre la mesa; san Juan en su evangelio dice por boca del apóstol Andrés: “Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero ¿qué es eso para tanta gente?” (Jn 6,9). No es mucho lo que tiene el niño, pero ¿y si de pronto todos los que habían acudido a escuchar al Maestro se hacen como niños y pierden el miedo a poner sobre la mesa lo poco que tienen? Muchos creen que si lo hacen lo perderán, pero ¿y si en vez de perderlo lo multiplican? 

Tenemos fe en los milagros, pero también creemos que sin niños que pongan en común lo poquito que tienen es imposible el milagro.  Si lees detenidamente los milagros de Jesús en los evangelios observarás que a todo milagro le precede un acto de fe, y en este caso la multiplicación se realiza por medio de la fe en la matemática divina: quien más amor da, más amor tiene. Partid, repartid, vaciaros, dad... Los discípulos repartieron y, tras saciarse la multitud,  "recogieron doce cestos llenos de sobras".

La sopa de piedra

Casi todos conocemos el cuento de la sopa de piedra; esa que habla del viajero que llegó a  un pueblo donde nadie quería compartir lo suyo; nadie le daba de comer, y entonces sonrió y dijo:

—¿No me dais nada para comer? No importa. Prepararé una deliciosa sopa de piedra.

Los vecinos, intrigados, se acercaron para ver cómo era posible hacer una sopa con una simple piedra. El viajero llenó una olla con agua, puso una piedra limpia dentro y la colocó sobre el fuego. Después de probar el caldo, comentó:
—¡Qué buena va quedando! Aunque con una zanahoria estaría todavía mejor.

Un vecino fue a buscar una zanahoria. El viajero la añadió a la olla y volvió a probar.
—¡Excelente! Si tuviéramos una cebolla, sería una sopa extraordinaria.

Otra persona trajo una cebolla. Poco a poco, otros vecinos aportaron patatas, apio, tomates, sal, pimienta e incluso un poco de carne. Cuando la sopa estuvo lista, todos la probaron. Era deliciosa. Los habitantes compartieron la comida, rieron y disfrutaron juntos. Al terminar, alguien preguntó:
—¿De verdad la piedra hizo la sopa?

El viajero respondió con una sonrisa:
—No. La piedra solo ayudó a que todos recordaran que, cuando cada uno aporta un poco, se puede lograr algo grande”,

Es un cuento que recuerda a quien puso los cinco panes y los dos peces sobre el tapete. Y todos pudieron comer. Si cada persona, cada institución, cada región o país, pusieran lo que tienen en la mesa común de la humanidad, no habría necesidad en el mundo.

A menudo nos preguntamos -o nos preguntan- acerca de por qué hay hambre y miseria y ¿qué está haciendo Dios para evitarlo? Y la respuesta, en la mayoría de los casos, podría apuntar a la solución del problema. ¿Qué hace Dios, me dices? Ya ha puesto el remedio, te ha hecho a ti, te ha dado unas manos, una inteligencia, unas capacidades, e incluso unos bienes que, si recurrimos a la sabiduría divina del dar y el compartir, solucionarían el dolor humano que provoca el retener y acaparar.  Dios hace milagros, pero si está en tus manos el hacerlos Él no los va a hacer por ti. Sería una falta de respeto a la humanidad.

Un milagro eucarístico

El milagro que nos ocupa hoy es un milagro eucarístico. Hay en él panes y peces. No se menciona el vino, pero seguro que alguno de los comensales llevaría su ración. De todos modos, no hablo de un milagro sacramental, sino existencial. Si ya es un misterio el de la transubstanciación eucarística, en virtud de la cual el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, también es un misterio la transmutación de un corazón de piedra (dureza y egoísmo) en un corazón de carne (ternura y misericordia). Tal vez este fuera el auténtico milagro: la conversión a la fe.

En la misa el sacerdote toma el pan y repite las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre”. Pan y vino puesto sobre la mesa del altar y bendecidos por Dios. El buen sacerdote, en recogimiento, pone también su cuerpo y su alma en la misma mesa. Los buenos fieles participantes en la celebración ponen también sobre el ara sus propias vidas, sus trabajos y sus fatigas, sus momentos de gozo y de dolor, sus bienes y sus escaseces. El sacerdote dice: “Orad hermanos para que este sacrificio mío y vuestro -nuestro- sea agradable a Dios Padre Todopoderoso”. 

El sacrificio de la misa es agradable, no por los méritos de los fieles o por los méritos particulares del sacerdote; el “sacrificio mío” que precede al nuestro en la invitación a orar es el “mío” de Jesucristo que, vaciándose de todo en la cruz, se ofrece a sí mismo como alimento redentor para la humanidad. Arrojarse por amor al vacío de no tener nada es llenarse de Todo. 

La misa es todo un acontecimiento salvador. El mismo Dios dándose en alimento, anticipo de la pasión y de la muerte que se desborda en abundancia de vida en la resurrección. Jesús no se limita a dar panes y peces (lo  que tiene) sino que se da a sí mismo (lo que es); se vacía de todo, se hace nada, para que podamos saciarnos de sus dones. Este ese el Camino de la fe.

La Eucaristía es la escuela de las paradojas de Dios:  el que se vacía se llena; dar es recibir; quien lo da todo lo posee todo; el último es el primero; el siervo es el Señor... El niño en su debilidad  pone los panes y los peces, el Señor pone su bendición, y se produce el milagro de la fortaleza, la paz, la prosperidad y el bienestar material y espiritual que anhela la humanidad. 

Es hermoso contemplar el momento en que Jesús “tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió os panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente”. Te puedes contemplar a ti mismo en la misa dominical, sentado o arrodillado en tu banco esperando tu ración de pan del cielo, o recibiendo en tu mano o tu boca el pan que es Cristo. También te puedes contemplar a ti mismo abrazando a la humanidad y diciendo para ella las mismas palabras de la consagración: "!Aquí estoy, hermanos, dispuesto a entregar mi cuerpo y sangre por vosotros!". Lo haces y el mundo cambia. ¡Este es el Misterio de la fe!, el milagro. Basta con que cada cual confíe y repita el gesto de Jesús y haga de sí mismo, de su vida,  un  ingrediente para “la sopa de piedra”;  y, completados los ingredientes de esa sopa del  Reino, Dios hará de ella un manjar que contiene en sí todo deleite.

¿A qué esperas para poner tu parte en la olla común? A eso acudes a la misa, a poner junto a Jesús tus dones para construir con Él un mundo más humano, más divino. Si lo haces no te faltará su bendición.

*

Recurso PowerPoint

https://drive.google.com/file/d/1i1yVD3OBd9wAtGa4V_NRcxyLd6kUX54F/view?usp=sharing

Recurso Audio

https://drive.google.com/file/d/1ZcyI_Q_2A7ekR1NVGf_qpTPK7gdsUTMD/view?usp=sharing

¡Feliz domingo!.

Julio 2026

Casto Acedo

La seducción y la cruz (29 de Agosto)

PRIMERA LECTURA Jr  20,7-9. Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreir todo el día, todos se bur...