¿Por qué son tan importantes los
sacramentos? Es fácil de entender la importancia que tienen si estudiamos a fondo lo que es un sacramento. Y no
es otra cosa que un signo visible que remite a una realidad invisible. Es una
definición clásica acerca de lo que es un sacramento. “Signo visible de una
realidad invisible”. Visto así, un sacramento es un ramo de flores, elemento visible
que deja ver la gratitud invisible de quien lo entrega; sacramento son los
anillos que se intercambian, que permiten expresar el vínculo invisible entre dos personas, sacramento
es la foto de mamá sobre la mesa del salón que evoca la presencia de alguien
que ya no está físicamente; etc. Los
signos sacramentales no suelen tener mucho valor en sí mismos (el ramo de
flores se marchita, los anillos pueden ser madera, la foto puede decolorarse y
deteriorarse), el valor se lo da el significado.
La Santísima Trinidad, Dios en sí, es invisible a los ojos, inasible para las manos e inefable para la lengua, pero no es muda, habla; se comunica recurriendo, entre otros lenguajes al de la creación.
“El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.” (Sal 19,2
Este salmo nos dice, como ya comentamos al hablar de la creación, que “todo nos habla de Dios”, y cada criatura es “signo” y, en sentido amplio, sacramento de Dios, aunque para diferenciarlos de los sacramentos concretos instituidos por Cristo llamamos “sacramentales” a estos signos nada institucionales.
En los sacramentos nos encontramos con Dios; y hay entre ellos un sacramento de los sacramentos, el sacramento raíz, el que da sentido a todos los demás: Jesucristo, sacramento del Padre. En su paso por la historia Dios se ha hecho humanamente visible para nosotros en Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero. Su vida y su mensaje hizo posible que los hombres de su tiempo pudieran ver con sus propios ojos al Dios invisible. En él se cumple toda la revelación de Dios. A partir de entonces no hay encuentro con Dios Padre que no pase por el Hijo como Mediador; y eso sólo es posible en el Espíritu Santo. De ahí la fórmula que repetimos cuando nos dirigimos al Padre, “por Jesucristo tu Hijo, en el Espíritu Santo”. Los Sacramentos entroncan con el Misterio Pascual de muerte y resurrección de Cristo: "Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua" (Jn 19,34), bautismo y eucaristía.
Jesús dejó de estar entre nosotros tras su ascensión. Pero dejó un sacramento que prolonga su ser entre nosotros: la Iglesia. La presencia visible de Dios la afirma en el evangelio cuando Jesús dice que “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18,20). La Iglesia es signo-sacramento de Dios en la historia, “la Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.” (LG 1; CATIC 775).
Y esa Iglesia, sacramento de Cristo, administra la gracia de Dios “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” con los siete sacramentos, signos instituidos por Cristo con los que la Santísima Trinidad se hace presente de una manera especialísima. Estos signos o sacramentos tan especiales los llamamos Bautismo, Confirmación, Penitencia, Eucaristía, Unción de enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Con ellos celebramos sacramental y simbólicamente el encuentro con la Santísima Trinidad. Son signos comunitarios, compartidos por quienes se acogen a una misma fe católica, y que en momentos importantes de la vida aseguran la bendición de la Trinidad (nacimiento, madurez humana, necesidad de perdón, necesidad de alimento, vida familiar, enfermedad, consagración sacerdotal o religiosa). La gracia (vida) de la Santísima Trinidad nos llega muy especialmente por medio de las celebraciones sacramentales.
La imagen de la Santísima Trinidad que veneramos no es un sacramento propiamente, es un sacramental; no garantiza la presencia de Dios; la Eucaristía como sacramento sí. Es la diferencia entre la procesión de la Santísima Trinidad y la procesión de Corpus Christi; en la primera salimos con una imagen de Dios por nuestras calles, en la segunda es el mismo Dios en Cristo realmente presente en el Pan Eucarístico el que sale con nosotros.
Deberíamos purificar nuestra fe acercándonos a la Palabra y los Sacramentos; no hace falta ir a ningún santuario lejano para beber agua bendita; los sacramentos, y especialmente el bautismo y la Eucaristía, son Agua Bendita de Dios; basta tener fe y acercarse a ellos; lo dijo Jesús a la mujer Samaritana: “El que bebe el agua de este pozo (este mundo) vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,13-15).
—Entonces los sacramentos son signos de Dios.
El maestro negó con dulzura:
—Son más que signos. Son lugares donde Dios cumple lo que promete.
Minuto de Silencio
Mira la imagen de la Santísima Trinidad, y mira el Sagrario. Imagen y sacramento. Una vida espiritual avanzada relativiza las imágenes, que pueden conducir a la idolatría; los sacramentos, al ser simbólicos, piden una fe más grande, pero son el lugar donde Dios se da con total seguridad.
La palabra griega “Misterio” (misteryon) se tradujo al latín por “Misterium”; y a los sacramentos se les llamaba celebración de los “Misterios”; y luego se les denominó “sacramentum” (sacramento). Fijáos: se pasa de la contemplación del “Misterio de Dios” (Santísima Trinidad), a la celebración de los Misterios (sacramentos, acciones de Dios). La devoción a la Santísima Trinidad, sin la celebración de los misterios (especialmente recomendables para estos días la Penitencia y la Eucaristía) carecería de sentido.
Dice el himno de san Gregorio que recitamos cada día de la novena:
Nosotros tenemos el privilegio de poder adentrarnos
en ese Misterio por la participación en los Sacramentos.





