domingo, 1 de noviembre de 2026

Sobre la muerte (2 de Noviembre)

Todos los años, el 2 de Noviembre, celebramos el Día de los difuntos; una fecha que invita a meditar sobre la muerte, que es la mejor manera de meditar sobre la vida. A fin de cuentas la vida queda iluminada por la muerte. Quien tiene la muerte como un paso a la "nada" considera la vida con un valor cero, es decir, no vale nada; todo se pierde con la muerte. Quien cree que la muerte es un absurdo, verá la vida como un absurdo; quien cree que la muerte es el paso a una vida nueva, considerará la vida como un día a día hacia algo nuevo, etc...

Transcribo aquí la misma meditación que os pasé el año pasado. No viene mal recordar. Y os pongo, además, unos enlaces. El primero es a un audio realizado por IA, que puede ahorraros la lectura del texto de esta entrada; aunque el audio amplia el texto con ideas nuevas, y el texto dice cosas que el audio omite. Los otros enlaces remiten a textos publicados para éste día en otros años.
"Ser para la muerte"

El filosofo alemán M. Heidegger dijo que la persona humana es un ser que no solo nace y muere sino que además, se pregunta por el nacimiento y la muerte; un ser que pregunta y pide una respuesta; y que es consciente de su finitud porque sabe que algún día morirá. Y esta constatación, tan simple de por sí, exige un encaje en la vida, encaje que a su vez dará lugar a decisiones trascendentales sobre el modo de entenderse y conducirse.

El filósofo habla de "ser para la muerte"; la muerte determina la vida; la muerte, que se intuye en un futuro incierto, está ya en el presente marcando el ritmo de los días. Y ciertamente que quien toma conciencia de esto se está abriendo a una vida más auténtica, más ajustada a la realidad, más sabia. 

Podemos constatar, sin lugar a dudas, que nadie podrá morir ni vivir por nosotros. Y esto nos obliga a ser responsables, a responder a los retos que vida y muerte plantean. No podemos quedarnos encerrados en nuestro vivir día a día dando la espalda a la cuestión de la muerte. Aunque muchos lo intenten llega un momento en que no tiene sentido ignorarla. ¿Qué sentido tiene trabajar sin descanso para acumular bienes, mendigar alabanzas y engordar el propio ego con títulos y consideraciones si el mañana es tan incierto como la propia muerte? ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? (Mt 17,26) ¿Merece la pena agobiarse por el mañana?, (Mt 6,34), etc. Son algunas de las muchas preguntas que provoca la muerte y cuyas respuestas han ido elaborando caminos de sabiduría.

Presencia de la muerte

Distinguen los filósofos entre tiempo cronológico, tiempo lineal, externo, cuantificable, homogéneo, mensurable y dividido en instantes (Aristóteles) y duración, tiempo vivido desde dentro, continuo, cualitativo, instantáneo (H. Bergson). Todos sabemos que un día de veinticuatro horas puede vivirse como eternidad por algunos y como momento fugaz por otros. Cuando alguien dice acerca de algo que “se me ha hecho una eternidad”, o confiesa “¡qué pronto se me hace el tiempo que estoy contigo!”, habla de un tiempo distinto al del reloj.

En realidad todo está en el presente, porque sólo el presente existe; el pasado fue y el futuro siempre se escapa; el pasado y el futuro solo existen en el presente. Cuando vivo el presente estoy viviendo, cuando pienso en el pasado o en el futuro la nostalgia o las expectativas ilusas me están sacando del aquí y ahora de la vida.

Sólo en el presente de mi existir me vivo; sólo  vivo el instante. Y aquí es interesante tener en cuenta que la muerte, como futuro que vivo en el presente, me ayuda a disfrutar cada minuto, a saborear cada momento en su instante único. La muerte, que como realidad futura es inexistente, es determinante para leer el presente. En el siglo IV dijo Epicuro que “la muerte no es nada para nosotros, porque cuando nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no existimos”. Sin embargo, ¿no será que la misma vida es muerte? 

Vivir como si la muerte no existiera es un desatino. Hay que aceptar que la vida tiene un fin: morir; y entiendo ese "fin" no sólo como dato cronológico sino también existencial; la finalidad, el fin, de la vida es morir; vivir para morir. Esto si que es un misterio, el misterio cristiano por excelencia, si le añadimos que "morir es vivir"; como si la muerte fuera la semilla donde se encierra la vida para poder ser fructífera (Jn 12,24).  

Merece la pena pensar en esto, y meditar sobre ello. Es un misterio el hecho de que por la muerte de Cristo nos venga la vida y que Él hubiera dicho que el que quiera vivir que muera primero (Mt 1,39). Tampoco se pueden desdeñar las palabras de san Pablo cuando dice que para él morir con Cristo es ganancia (Flp 1,21), idea que santa Teresa expone en su célebre "Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero". La manera de fundir vida y muerte en estos textos revela la mística, el misterio de que quien huye de la muerte acaba perdiendo la vida; y quien la abraza la encuentra (Mt 16,25).


 Meditar-contemplar  la muerte

No hay que ser muy inteligente para entender que no hay nada más cierto que la muerte. De ahí que no podamos hablar de misterio al referirnos no al hecho de la muerte como evidencia física sino al sentido que aporta a la realidad de la vida este acontecimiento.

El filósofo Sören Kierkegaard dio a entender que sufrimos una enfermedad mortal que se llama vida. La ciencia misma advierte que el proceso de la vida biológica se realiza al ritmo de la muerte; las células que hoy componen nuestro cuerpo no son las que existían al principio ni serán las que lo conformen en unos años. El cuerpo, además, envejece y se deteriora por más que le apliquemos potingues que mantengan terso y brillante el cutis. Aunque cuidemos la apariencia de la carrocería, e incluso aunque seamos exquisitos en la alimentación y el ejercicio físico, los órganos internos, el motor, las vísceras, la parte más vital del ser humano, acaban por colapsar y sobreviene la muerte. El cuerpo envejecido dejará de funcionar.

Deberíamos meditar a menudo sobre la muerte, quizá no a diario ni de modo obsesivo, pero sí tenerla en cuenta para dar un sentido sólido a la vida.  Es verdad que la inevitabilidad de la muerte puede ser ignorada; pero en ese caso estaríamos negando una parte de la realidad que nos afectaría. Quien la acepta y se hace amigo de la muerte puede aspirar a superar el miedo  haciendo de ella una aliada en su día a día.  Vivirse desde la muerte es entenderla y abrazarla como fuente de sabiduría. 

¿Qué sabiduría y beneficios aporta la contemplación de la muerte a la vida espiritual? El primer beneficio de meditar sobre la muerte es que muchos problemas se evaporan sólo con esta práctica. Porque aceptando la muerte consigues de principio soltar la obsesión por el cuerpo y los apegos a bienes materiales que son sobrevalorados ignorando que algún día habrán de dejarse.  

Un segundo beneficio es que la muerte enseña a considerar que todos participamos del mismo destino, y con ello se fortalece el espíritu compasivo al constatar que la muerte no es sólo cosa mía, es común a todos, tiene un aspecto comunitario que me mueve a sentirme más unido al sufrimiento y el destino de todas y cada una de las personas.

Y el tercer beneficio es que contemplando la muerte, y más en concreto mi muerte, aprendo a entenderla como parte de mi ser, y eso me ayuda a no temerla sino a amarla; y desde ahí  puedo acceder a una gran paz interior; y desde esa paz inclinarme a llevar una vida más ética y bondadosa, con desapego de este mundo y amor a las virtudes eternas. Lo realmente nefasto es la muerte interior, que se da cuando se pone la vida en las posesiones y los placeres mundanos. Todo lo que vemos y disfrutamos ahora, algún día dejará de existir  (Lc 21,6).

Conversión desde la cercanía de la muerte

Son numerosos los casos conocidos de personas que tras pasar por una experiencia cercana a la muerte han dado un giro total a sus vidas. Ese suceso supuso para ellas un auténtico despertar a la vida espiritual. A partir de ahí se plantearon: “¡tengo que cambiar mi vida”!.

En el crecimiento espiritual se puede llegar incluso a dar gracias a Dios por la “hermana muerte”, como canta san Francisco de Asís: “Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar".  Es consolador que san Francisco llame "hermana" a la muerte.

Un ejemplo admirable y actual de lo mucho que se puede aprender al tocar de cerca, meditar y contemplar el acontecimiento de la muerte lo tenemos en Franz Jalics (1927-2021), místico de nuestro siglo. Él cuenta dos momentos en los que la cercanía de la muerte le abrió el alma y le puso en las puerta de entrada a una vida más espiritual y plena. 

El primer momento le ocurrió en 1945 durante un bombardeo.  Cuando tenía diecisiete años, fue movilizado como cadete para participar en la Segunda Guerra Mundial y vivió en Nuremberg la experiencia de sentirse víctima de un ataque aéreo . En medio de la explosión de las bombas, y ante la posibilidad inminente de morir, sintió un terror intenso. Sin embargo, en ese mismo instante, experimentó una paz profunda y una revelación espiritual poderosa: “Vi la vida eterna… Yo soy Dios, soy uno con Él.”

Percibió que Dios era uno con su ser, una experiencia de unidad que cambió radicalmente su comprensión de la vida. Este suceso quedó grabado como la vivencia que definirá luego  el sentido de su misión espiritual: mostrar que Dios está presente en todas las dimensiones de la existencia. Así lo narra en primera persona:

"Si bien yo sabía ya a los seis años que sería sacerdote, la experiencia fundamental de mi vida fue a los diecisiete, en el bombardeo de Nüremberg. Fue ahí donde tuve la principal revelación de mi vida y donde se me hizo claro que mi misión en el mundo era mostrar el camino contemplativo, es decir, que Dios estaba en todo. Es evidente que entonces no podía saber todavía el cómo apostólico, pero sí el qué. La experiencia del miedo y de la rabia por no querer morir se me quedó grabadísima, pues fue en ese instante cuando vi, aunque apenas fueran un par de segundos, cómo es Dios uno conmigo. "Yo vi la vida eterna", podría decir. O, más aún: "Yo soy Dios, soy uno con Él".
Tras esta experiencia tuve que acabar el bachillerato y, dos años después, entré en el noviciado jesuita, donde ya a los diez días me atreví a decir a uno de mis compañeros que todos aquellos incontables actos de piedad que estructuraban la jornada estaban muy bien, pero que todo eso era innecesariamente complicado. Quiero decir que desde muy joven era consciente de que había que simplificar; y ello porque lo que yo había visto de Dios durante el bombardeo de Nüremberg era totalmente simple. Más tarde, en Argentina, en diversos grupos y en diálogo con otras religiones, empecé a desarrollar esta intuición de la simplicidad de la contemplación.
Un segundo momento experiencial donde vió Jalics la cercanía de la muerte tuvo lugar al sufrir un  secuestro y detención en Argentina (1976). Durante cinco meses, detenido por la dictadura argentina, permaneció en prisión, esposado y encapuchado. Esta experiencia de vivir sin saber cada día si sería el último supuso para él una noche oscura que solidificó su camino espiritual.  La idea de morir en cualquier momento estuvo siempre presente.

Durante ese confinamiento, recurrió constantemente a la oración del nombre de Jesús como mantra y soporte espiritual. “No fue el sufrimiento físico lo más duro, sino el proceso espiritual que me llevó a una profunda limpieza interna”. Esa purificación le permitió luego construir su método de oración contemplativa y asistencia espiritual.


Conclusión 

Como en el caso de Franz Jalics, a muchas personas la experiencia - meditación -contemplación sobre la muerte, les ha conducido a un cambio radical de valores y de vida que se pueden resumir así:

* Dejar atrás el miedo, la ansiedad y el egoísmo. Entre los miedos que se dejan atrás al abrazar la muerte están  el de la inseguridad económica, la enfermedad o la misma muerte física.  Y como consecuencia se vive una experiencia de libertad que lanza a quien la posee a vivir de un modo nuevo, siguiendo con entusiasmo la vocación de amor a la que se siente llamada por Dios. 

* Otro beneficio fruto de la aceptación de la muerte es que se gana en simplicidad. La vida no es tan complicada cuando se acepta en su curso natural y en su limitación temporal. Desde ahí se aprende a vivir en el presente, descubriendo a Dios como Presencia amorosa y auténtica. 

* Y, de telón de fondo, se da una unificación con el Todo y con todos; espontáneamente se  adopta una espiritualidad basada en la reconciliación interna, el perdón y el silencio contemplativo. Se pasa a vivir en la "comunión de los santos", sabiéndose uno entre tantos que ya recorrieron el camino de la vida  y otros tantos que lo recorren con uno. Las barreras que hasta entonces me separaban de la humanidad desaparecen; cada ser humano es mi hermano, y cada ser vivo es mi compañero de viaje. Sé que cuando llegue al final seremos todos iguales, porque nos iguala el amor de Dios, que no hace distinción ni acepción de personas (Lc 20,21; Hch 10,34; Rm 2,11; Gal 2,6).

Meditar y contemplar la muerte no es, por tanto, un ejercicio de prevención de vicios por el miedo al infierno; tampoco es una invitación al pesimismo; es una oportunidad para crecer en el espíritu. 

La consideración de la fragilidad de la vida y las experiencias de vulnerabilidad, cuando se miran desde el proyecto de Dios, conducen a un cambio interior necesario para que  dejando atrás lo que antes considerábamos importante, caminemos con esperanza hacia el futuro glorioso al que da paso la experiencia de la muerte (cf Flp 3,8-11).

Noviembre 2026
Casto Acedo

jueves, 29 de octubre de 2026

La fiesta de los amigos (Todos los Santos, 1 de Noviembre)

"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).

¿Halloween o Santos? 

Da cierta tristeza ver cómo las nuevas generaciones se van alejando de la tradición cristiana en la fiesta de Todos los Santos. Y es más triste aún que se esté tergiversando el sentido del día con unas celebraciones paganas, superficiales y vacías de contenido que parecen menospreciar  la realidad de la muerte y lo que buscan es esconder el miedo; como si bromear con la muerte fuera el antídoto para escapar a una realidad que esconde un secreto: el paso a una Vida Nueva. 

Pero, no seamos pesimistas, miremos el fenómeno Halloween como una oportunidad para pasar a algo nuevo; creo que la celebración pagana de Halloween está dando lugar entre los creyentes a un interés por recuperar el sentido cristiano del Día de los Santos. En su momento robamos a la muerte su día; ahora parece renacer de sus cenizas -nunca mejor dicho-, pero, como dice el Cantar de los cantares: "el amor es más fuerte que la muerte" (8,6).  Y esto mismo dicen los santos con sus vidas.

Hablar de santidad ha sido siempre un tema común en la predicación de la Iglesia. Ya sabemos lo que dice la primera carta de san Pedro: «Sed santos, porque yo soy santo» (1,16; Lev 19,2); una cita que a veces se equiparán a las palabras del Señor en san Mateo: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (5,48). Me da que ambas citas se han entrecruzado torpemente en muchas conciencias .Ese cruce ha sugerido que un “santo” sea para muchos  un "ser perfecto”. Y en cierto modo es así, un santo es alguien separado de todo aquello que le contamina, alguien que no tiene pecado; y esto es afirmativo si  lo referimos a quienes han vivido el martirio y las virtudes heroicas que le han servido de purgación y méritos para la vida eterna. Me refiero aquí a los santos del cielo. Pero cuando se dice que seamos santos, ¿nos está diciendo el Señor que seamos “perfectos” o simplemente que procuremos alejarnos del mal, aunque una y otra vez fracasemos?


¿Perfección o santidad?

Hay un texto sorprendente que me abrió los ojos acerca de la equiparación de la santidad con la perfección. Es del siglo IV, de san Gregorio de Nisa.  En su obra La vida de Moisés toma como modelo de vida correcta la de Moisés, que lideró al pueblo en su camino del Éxodo; este episodio es imagen espiritual de la salida del pecado (esclavitud en Egipto) hasta alcanzar las puertas de la Tierra Prometida (cielo). Trata el libro, por tanto, de Moisés como   figura del camino a la santidad cristiana (bautismal).

Dando consejos san Gregorio a quienes le habían preguntado sobre la vida perfecta responde que 
“hay dos cosas que están por encima de mis fuerzas: explicar en qué consiste la perfección y practicarla en mi vida”, y añade luego que “en lo referente a la virtud su único límite es no tener límite, como nos enseña el apóstol san Pablo... que no cesó jamás de ´lanzarse en busca de lo que aún no había alcanzado´ (Flp 3,13).... La virtud no tiene límite. -repite el santo- Y tampoco puede afirmarse que quienes procuran vida virtuosa alcanzan la perfección. Precisamente por esto. Hablando en propiedad, el único bueno en el verdadero sentido de la Palabra, es Dios, pues es la bondad por esencia”, y Dios es infinito, no tiene límite, “así pues, resulta absolutamente imposible alcanzar la perfección, porque, tal como queda dicho, la perfección no tiene límite. El límite de la perfección es no tenerlo. ¿Cómo, entonces, se podría llegar al límite si tal límite no existe?” (números 3-8)
Perdonad estas citas tan largas, y un tanto filosóficas, pero las considero importantes para lo que voy a decir. Con estos razonamientos comienza su tratado san Gregorio, que sigue luego los pasos del pueblo de Israel por el desierto, guiado por Moisés, modelo ejemplar de quienes quieren llevar una vida virtuosa o santa. Y al final termina concluyendo: 
He descrito la vida del gran Moisés como ejemplo patente de belleza. Cada uno de nosotros imitando sus obras, haremos nuestra la imagen de esta belleza. ´Has hallado gracia a mis ojos y yo te conozco por tu nombre´, dijo Dios a Moisés, ... llamado por Dios mismo amigo de Dios´(Ex 33,11) ... Te conocerá Dios como amigo y lo serás de verdad. En eso consiste realmente la perfección. No en dejar la vida de pecado por temor al castigo, como si fuéramos esclavos, ni en practicar el bien por la esperanza de la recompensa, traficando en la vida virtuosa con mentalidad interesada y calculadora. No busques los bienes que, como Dios ha prometido, ciertamente colmarán nuestra esperanza. Aspiremos a no perder la amistad divina y a no estimar nada por encima de lo que es honroso y amable. Aspiremos a ser amigos de Dios. En esto consiste a mi parecer la vida perfecta” (nn. 319-320).
San Gregorio elude la palabra “perfección” como sinónimo de santidad, sin negar por eso la perfección y la santidad de Dios. No llama a los santos "perfectos" sino “amigos de Dios”.

Aspiremos a ser amigos de Dios, dice. ¡Como me recuerda esto las célebres palabras de santa Teresa cuando dice que “en estos tiempos son menester amigos fuertes de Dios para sustentar los flacos" (V 15,5);  o cuando define la oración como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (V 8,5). Ser santos es, por tanto,  cuestión de amistad.


Santos, amigos de Dios.

Creo que es una buena enseñanza para el día de Todos los Santos la que nos da san Gregorio. Es necesario desligar a la santidad de la idea de perfección (diría mejor perfeccionismo) a la que se le ha presentado unida con demasiada insistencia; hay una palabra más apropiada para decir santidad: “amistad con Dios”. 

¿En qué Dios creemos? ¿En un Dios principalmente perfecto (para perfeccionistas), o en un Dios amigo (para todos)? Piensa un momento en un amigo que te exija una  perfección extrema, que esté constantemente reprochándote tus errores, que no soporte que tengas un pelo en la chaqueta o una arruga en la camisa, que te apuntille una y otra vez cómo debes comportarte, etc. Antipático, ¿verdad? Un verdadero amigo no puede ser así; éste te acepta con tus virtudes y tus defectos, te escucha siempre, te corrige con cariño, sabes que siempre lo tienes ahí; compadece tus pecados, y si te alejas de él siempre está abierto a retornar.

¿Has pensado alguna vez que lo que Dios te pide es que seas su amigo? ¿Por qué no traducir el “sed santos como yo soy santo” por “sed amigos de Dios como yo soy vuestro amigo”? . A los métodos y ardores de la nueva evangelización le está faltando algo de esto. Dejar la obsesión de la “perfección” (perfeccionismo), virtud para fariseos hipócritas que se escudan en virtudes desencarnadas y que sólo muestran la frustración de un imposible, porque la vida perfecta  no se puede alcanzar en esta vida de imperfección. No hagas inútil la pasión de Cristo (cf Gal 2,21), reconoce tus imperfecciones y procura trabajar tu relación con Dios como amigo; y acércate a la humanidad toda como amiga de tu Amigo. Ser santo es cultivar una relación “tú a Tú” con Dios y por extensión a los prójimos.

Aparca la idea del santo vestido de pizarrín, el traje impoluto, los ojos en blanco, la mirada al cielo o al suelo, el corazón asustado, los andares huidizos. ¿A quién vas a engañar? No anda así quien se ha emborrachado de Dios, quien es su amigo, quien se embarra en las calles y trata a diario con Él. Para terminar: piensa cómo te imaginas el Cielo. ¿Cómo un lugar luminoso, festivo y fascinante? ¿o como un jardín limpísimo, silencioso, gris y aburrido? ¿No has celebrado nunca una fiesta con tus amigos? Eso es el cielo.

Felicita a Todos los Santos en su día; son los mejores amigos de Dios y los  mejores hijos de la Iglesia. No han roto con nosotros al partir al cielo; siguen en comunión con nuestra Iglesia peregrina, con nosotros.  Diles que te enseñen cómo les fue con el Gran Amigo. Se aprende mucho de ellos.

*
Audio complementario (20 m):


FELIZ DÍA DE LOS AMIGOS DE DIOS
Día de todos los Santos.

Octubre 2026
Casto Acedo

jueves, 22 de octubre de 2026

Ama y haz lo que quieras (Domingo 25 de Octubre)

 


EVANGELIO
Mateo 22,34-40.

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

Palabra del Señor

*
La postura judía: el hombre al servicio de la ley

¿Dónde está la trampa de la pregunta sobre el mandamiento principal? En tiempos de Jesús los eruditos judíos andaban embarcados en discusiones meticulosas sobre las prescripciones legales. Habían llegado a cifrar en más de seiscientos -en concreto 623- los preceptos que debería cumplir escrupulosamente cualquier judío que se preciara de tal. En el empeño habían llegado incluso a estipular el número de pasos que se pueden dar en sábado sin dejar de guardar ese día para el Señor. Tanto legalismo tuvo sus consecuencias: el espíritu quedó ahogado por la ley, la libertad aplastada por la “necesidad legal"; y como consecuencia última la ley pasó a ocupar el lugar de la misericordia.

Jesús denuncia duramente tal estado de cosas: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello” (Mt 23,23). Cuando los estudiosos se centran en la investigación de algo sin tener en cuenta a la persona, como cuando los científicos se dedican a jugar con las leyes de la naturaleza sin sopesar las consecuencias para la humanidad, nos podemos temer lo peor. Eso  Eso pasaba a los fariseos. Analizaban meticulosamente  los preceptos del decálogo prescindiendo del hecho de que la ley es para servicio del hombre y no el hombre para servir a la ley, tal como  lo hizo saber Jesús (cf Mc 2,27; Mt 12,1-13). El resultado no fue otro que el olvido de la misericordia de Dios y la reducción de la vida religiosa a esclavitud  bajo la ley; un legalismo sin amor.

Cuando a Jesús le preguntan “para ponerlo a prueba: “Maestro ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?” (Mt 22,35-36) discutían si habría algún precepto que pudiera resumir  todos los demás. Con su pregunta pretenden que Jesús tome partido por un bando u otro de las estériles discusiones del momento. Dada su apuesta por el hombre se podría esperar de Él una respuesta en extremo humanista -más importante que amar a Dios es amar al hombre- con la cual se le podría acusar de menospreciar a Dios.


Jesús: La ley al servicio de las personas.

Pero Jesús, como hizo en otros casos, no cae en la trampa de entrar en polémicas inútiles, ni tampoco en el error de reducir la religión a simple humanismo o humanitarismo. Su respuesta va al grano poniendo en evidencia la vacuidad de las discusiones teológicas desligadas del verdadero amor a Dios y del compromiso por el bien de las personas. Recurriendo a la misma ley mosaica Jesús remite a la más esencial enseñanza del pueblo de Israel, y que lo será también del nuevo pueblo que es la Iglesia; en línea con la más pura tradición judía responde: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser" (cf Dt 6,4). Este mandamiento es el principal y primero".

El precepto se recoge en el libro del Deuteronomio 6,4 con una invitación primera que san Mateo no recoge: escuchar (¡escucha, Israel!), porque si se carece de la actitud adecuada de escucha y se acude a la Sagrada Escritura para justificar las propias ideas, de nada sirve el mandato. Sin una escucha atenta, sin la debida atención de la mente y el corazón a la voluntad de Dios, toda discusión religiosa pierde su sentido. Y el amor a Dios, cuando se percibe en la escucha atenta y contemplativa, conduce inexorablemente al amor al prójimo. La lógica de quien escucha a Dios es responder con el mismo amor que recibe de Él,  y eso lleva a amar a quienes Él ama: “el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas” (Mt 22,37-40).

Dejando a un lado el mandato de escuchar, en la respuesta de Jesús tenemos tres preceptos en uno: amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo. Ninguno de estos preceptos es veraz sin el otro, y no hay contradicción entre ellos, porque poner en primer lugar a Dios no supone rebajar al hombre, sino, al contrario, traerá consigo el reconocerlo en lo que realmente es y está llamado a ser en plenitud: hijo de Dios. Y amar a Dios en el hombre no sólo es una opción, sino una necesidad, porque el amor a Dios a quien no se ve es imposible sin amar al hermano al que se ve (1 Jn 4,20).

Por otro lado, estos dos amores -a Dios y al prójimo- sólo son posibles desde un hombre que se ama a sí mismo al contemplarse y sentirse agraciado de Dios. Quien se desprecia a sí mismo se incapacita para amar a otros y al Otro. Más allá de los razonamientos legales, la razón de fondo del compromiso de amar no nace de la institución de una ley que está sobre todas las leyes, sino de un acontecimiento: el amor de Dios que se ha manifestado en Jesucristo y ha alcanzado a la persona. La gratitud del converso al amor de Dios del que estaba tan necesitado se expande sin violencia interior hacia los que a su vez le necesitan; entre ellos los emigrantes, a los que la primera lectura de hoy apunta sin concesiones: "No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros  en la tierra de Egipto" (Ex 22,20), realmente todos somos emigrantes de paso en este mundo, y desde esa conciencia se nos llama a acoger a los emigrantes. Si Dios te ha mostrado su amor eligiéndote, ¿responderás tú rechazando a tu prójimo?


De Dios hacia el hombre

En los últimos tiempos se ha acusado a la religión cristiana, y a las Iglesias que la predican, de ser alienantes, de alejar a los hombres de su propia realidad, de pasividad ante los problemas de la humanidad, de no hacer frente a las injusticias y crímenes que causan tanto daño y que son a su vez una de las principales causas de ateísmo, blasfemia y defección cristiana para el hombre contemporáneo (cf Gaudium et Spes,19).

¿Cómo respondería la cultura ilustrada de hoy a la pregunta sobre lo “lo más importante del cristianismo”? Me atrevo a sugerir que respondería que lo primordial es el “amor al prójimo”, dando así la vuelta al orden expuesto por Jesús, que no va del hombre a Dios sino de Dios al hombre. ¿Y no es lo mismo? Pues sí, porque la primacía del amor a Dios es la garantía del amor al hombre; el cristiano ama al prójimo desde una motivación muy concreta: el descubrimiento del amor de Dios, la experiencia de sabernos criaturas necesitadas, y el sentimiento de filiación que nos hace sentirnos “hermano”. 

Mirado desde el amor de Dios, misericordia infinita, cambia la visión del a realidad. Contemplemos las guerras que estamos viviendo estos días. Soy optimista y quiero pensar que en su más íntima interioridad nadie quiere la guerra. A nadie le falta la buena voluntad para poner fin a tanta violencia y destrucción.  Entonces, ¿por qué existen las guerras? Puede ser que el motivo sea que miramos el amor desde nosotros, prescindiendo de Dios; y cuando así se hace es fácil engañarse con la convicción farisaica de la propia virtud como superior a la virtud de los otros en los que solo vemos malicia. 

Construir la paz pide un primer paso esencial: mirar el amor de Dios, "amar a Dios sobre todo y sobre todos", ponerlo como referencia absoluta para la vida. Buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia (cf Mt 6,33) con los ojos puestos en Dios. El segundo paso es  mirar al prójimo y mirarme a mí mismo. Dios es amor; yo y mi prójimo somos semejantes a Dios, pero Él es el modelo. Dios es amor misericordioso, capaz de perdonar. Que el segundo mandamiento sea "semejante al primero" dice mucho; está indicando que sólo si ponemos  la mirada en el amor de Dios y nos dejamos seducir por Él puede haber paz entre todos. 

El sentimiento de fraternidad nace de saber que "somos uno en Cristo" (Gal 3,28; Jn 17,21; Rom 12,5; Ef 4,4-6). En Él el amor al Padre y el amor al prójimo se funden. El cúlmen del amor de Dios se revela en el Calvario. Contemplar a Dios en la cruz, ablandarse ante el amor de Dios ahí revelado, es el antídoto para la guerra. "Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mi" (Jn 12,32). Cuando elevamos el amor a Dios y el amor de Dios a la categoría de principal, cuando oramos contemplando su amor, cuando nuestro corazón se empapa de Dios y se compadece afectiva y efectivamente del otro, estamos trabajando acertadamente por la paz.

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"Ama y haz lo que quieras". Lo dijo san Agustín. Así explica este santo cual es mandamiento principal de la ley. No puede haber dualidad en el amor; si amas a Dios amas al prójimo y te amas a ti mismo. El amor es uno. Para un cristiano el amor no es simple cuestión humana (liberalismo, igualitarismo y solidaridad), sino ante todo una realidad divina (abrazo en libertad, igualdad y fraternidad); no nace el amor en el huerto de las ideas sino en el ámbito del corazón, no es fruto de la ley sino de la contemplación (conciencia) del amor de Dios-Trinidad-Amor. El motor del amor a uno mismo (autoestima) y del amor al prójimo (bondad y compasión) fluye del amor a Dios que nos llega por la contemplación del mismo Dios y la práctica de la misericordia para con los hermanos necesitados, a imitación de Dios encarnado en Jesús, que no hace nada que no sea amar.

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 Recurso PowerPoint

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Recurso audio 15 m 

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Octubre 2026
Casto Acedo.

viernes, 16 de octubre de 2026

A Dios lo que es de Dios (18 de Octubre)

 

EVANGELIO
Mt 22,15-21

"En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.

Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»

Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»

Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»

Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»"

Palabra del Señor

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El capítulo 21 del evangelio de san Mateo comienza narrando la entrada de Jesús en Jerusalén para, acto seguido, entrar en el templo y expulsar de allí a los mercaderes, curar algunos enfermos y provocar con ello la indignación de los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley que ponen en duda su autoridad (cf Mt 21,1-27). El pueblo le aclama y le escucha, y las autoridades conspiran contra Él. 

En este contexto refiere Jesús las parábolas de los dos hijos, los labradores homicidas y las bodas. La conclusión es siempre la misma: ya que los judíos se comportan como hijos obedientes sólo de palabra y no dan los frutos esperados se les quitará el Reino a este pueblo y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos; y se invitará a la boda a todo el que quiera asistir, ya que los primeros invitados han rechazado la invitación (cf Mt, 1,28-22,14).
 
Con estas parábolas y con el gesto de expulsar del templo a los mercaderes Jesús ataca directamente a los principales del judaísmo y al mismo templo, la institución judía más importante, centro del culto y del poder limitado que los romanos permiten a los judíos.

Atacar el templo es atacar los fundamentos de la religiosidad y la autoridad judía; para los sanedritas, reacios a aceptar el cambio revolucionario que Jesús predica, no queda más salida que acabar con este hombre que pone en duda la legitimidad del culto y la ley; hay que buscar la forma de desacreditarlo ante sus seguidores, y hacerlo de manera que los romanos tomen cartas en el asunto y los responsables judíos queden al margen de la trama.




 
Lo divino no excluye lo humano
 
Tal como se escenifica en la entrada triunfal en Jerusalén, el pueblo aclama a Jesús y se pone de su lado (Mt 21,1-11); por su parte los fariseos ven menguar su influencia, y movidos por el miedo a que el Nazareno les quite su autoridad e influencia “se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta” (Mt 22,15). 

Se acercan a Jesús, y preparando el terreno para luego comprometerle, pronuncian una sentencia que a pesar de su intencionalidad malévola resume excelentemente la visión que el pueblo tiene de Jesús: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias” (Mt 22,16). Una vez cebado el pez con el engaño de la alabanza, le dan a morder un anzuelo envenenado: "¿es lícito pagar impuestos al César o no?" (Mt 22,17). 

Tal vez cabría decir aquí aquello de "gracias por la flor pero me cago (con perdón) en el tiesto". Si Jesús dice que sí le considerarán partidario del imperio romano y contrario al deseo de libertad del pueblo; si dice que no se le acusará de sedicioso y habrá motivos para entregarlo al poder del César. Jesús, contra todo pronóstico, no responde ni que sí ni que no; astutamente, como hizo en el caso de la mujer adúltera que también le presentaron para comprometerle (cf Jn 8,3-11), reenvía la pregunta a la conciencia de sus interlocutores: “Enseñadme la moneda del impuesto. … ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: del César. Entonces les replicó: pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,19-21).

Jesús evita responder con un sí o un no; a todos nos gustaría que Jesús nos dijera sí o no cada vez que le dirigimos una propuesta o pregunta; pero Jesús no hace eso; se limita a poner delante del hombre su propia responsabilidad en la toma de decisiones. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21), unas palabras que muchos malinterpretan al sostener que con ella Jesús separa la religión de la vida política, lo sagrado de lo profano. 

¿Debe el cristiano alejarse de cualquier compromiso político y dedicarse a la contemplación de los misterios divinos hasta que llegue la hora de la muerte? ¡De ninguna manera! ¿Significa la respuesta de Jesús  que todo cristiano en los asuntos temporales tiene que obedecer sin rechistar a la autoridad política de turno? Tampoco. No es ese el sentido en que se deben leer las palabras de Jesús; a los fariseos y al pueblo que le escucha Jesús les dice que hay unos deberes temporales que cumplir, unas tareas políticas y sociales que realizar; hay que darle al César lo suyo cumpliendo con los deberes políticos y fiscales necesarios para el bien común, y eso es inexcusable.


Dar a Dios lo suyo

Lo que hace inexcusables los deberes económicos y políticos es la obligación de darle a Dios lo suyo, que es justicia y derecho, protección del pobre, del huérfano y de la viuda (Is 1,17), y en esto no hay elección. Ahora bien, no dice Jesús el cómo concreto para hacerlo; ¿pagando el denario al César? Tal vez. O mejor no pagando y acogiéndose a la objeción fiscal.  Si la autoridad se opone a lo que Dios quiere, entonces el cristiano no está obligado a someterse a ella, ya que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 4,19).

"Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Entender esta expresión es cuestión de sentido común; no separa dos realidades, sino que las implica. Se trata de dar al hombre lo mejor, sabiendo que al hacerlo se le está dando también a Dios lo suyo.

El culto que Dios quiere es precisamente el de una vida entregada a una mayor justicia (Am 21,24). El amor a Dios y el amor al prójimo tienen en común que ninguno de ellos es posible sin el otro (1 Jn 4,20). Cuando Jesús pide dar a Dios y al César lo que a cada cual le corresponde no está invitando a la fuga mundi, a la esquizofrenia de llevar una doble vida: la profana y la sagrada, la pública y la privada, la de los negocios y la de la sacristía, la del trabajo y la de de los rezos, la del sindicato y la de la limosna paternalista. 

¡Ay de los que piensan que la Iglesia debe huir de la política! Llevan razón si por política se entiende la toma de postura partidista a favor de los poderosos y en contra de los débiles. Pero si por política se entiende el arte de edificar una ciudad (polis) donde habite la justicia, sabemos que el discípulo no puede excusarse de aportar su saber y sentir cristiano al respecto, porque es deber suyo encarnarse en la realidad del mundo; como el Maestro, dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Creo que queda bien explicado el sentido de las palabras de Jesús sobre lo que corresponde  dar a Dios y al César. Dios es un referente inexcusable a la hora de analizar y evaluar nuestros compromisos sociales, el César también merece respeto cuando representa al pueblo y nuestra conciencia nos dice que obra justamente en sus decisiones. 

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Octubre 2026
Casto Acedo

Domund y primer anuncio (18 de Octubre)


EVANGELIO 
Jn  17, 6.14-23
Este no es el evangelio de este domingo. Es  parte de la oración sacerdotal de Jesús en el Evangelio de Juan, donde se inspira el lema del DOMUND este año. 

"Padre: He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y
tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. ... Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.  No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno.

No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.  

No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. 

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí."

Palabra del Señor.

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Uno en Cristo, unidos en la misión

Cada año, en el penúltimo domingo del mes de Octubre celebra la Iglesia el día del DOMUND (Domingo Mundial de la Propagación de la Fe), una jornada instituida por el papa Pio XI en 1926. Este año celebramos su centenario.

Quienes ya pintamos canas tenemos el día del DOMUND impreso en nuestra mente y en nuestra interioridad como una fecha que nos invitaba a extender el Evangelio por el mundo, y ese mundo lo visibilizábamos con los rostros de niños de todas las razas. A los pueblos lejanos los misioneros les anunciaban la salvación operada por Jesús; nosotros colaborábamos con nuestras oraciones y donativos. Partíamos de una base: España ya es cristiana, yo ya estoy convertido.

Me gusta el lema de este año, Uno en Cristo – Unidos en la misión, porque a mi parecer rompe esquemas; sobre todo en su parte primera. Querer, buscar, saber y ser “uno en Cristo” me parece suficiente para empapar este domingo de espíritu misionero.

El plan pastoral de nuestra diócesis tiene entre sus primeros objetivos para los próximos años algo tan esencial como es “el primer anuncio”, el interés por llevar la buena noticia de Jesús al mundo. Es una idea cien por cien misionera, muy acertada siempre que ese anuncio provenga de quien se siente uno en Cristo, y esto en dos direcciones: quien siente su presencia en su propio ser hasta el punto de decir “soy otro Cristo” y quien en Cristo se siente Iglesia, “uno en el Uno con otros unos”. A partir de aquí puedo entender la segunda parte del eslogan: Unidos en la misión.

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La cosa empezó en "Nazaret

¿Cuál es el primer anuncio que debe hacer un cristiano? Lo resumiría en estas palabras: "Dios te ama, Cristo está contigo, abre los ojos a su presencia sanadora". Es como decir: “El reino de Dios está cerca, créetelo y vuélvete a Él” (cf Mc 1,15). Pero como las palabras cuando no las sostiene la vida suelen caer en saco roto, es bueno llenarlas de contenido antes de verterlas hacia afuera. Y ese contenido no es otro que la propia vida. El primer anuncio del evangelio ha de ser testimonial, martirial; martirio humilde y anónimo antes que  espectacular.

“La cosa empezó en Galilea” (Hch 10,37). Así anuncia san Pedro el inicio del ministerio, la predicación, los milagros y la pasión, muerte y resurrección  de Jesús tras su bautismo por Juan. Es verdad que todo empieza en Galilea, pero no con el bautismo de Juan sino con la encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María, en Nazaret. Solemos marginar y ningunear el misterio de la vida oculta de Jesús en sus años de niñez, juventud y madurez. Nos llama más la atención el espectacular evangelio de los milagros, las masas sometidas a la Palabra y la explosión de sentimientos que la pasión y resurrección suscitan. Ahora bien, si tenemos que anunciar a Jesús, no podemos olvidar que la mayor parte de su vida la pasó en el anonimato social. La cosa se maduró y maduró en Nazaret antes de extenderse por Galilea y toda Palestina.

En el silencio de Nazaret se fue forjando la explosión dolorosa y gloriosa de Jerusalén. Ahí aprendió Jesús a hablar, a vivir en familia y en buena vecindad y, si es cierto lo que muchos estudiosos de su persona dicen, aprendió de forma progresiva a saberse Hijo de Dios, Uno con el Padre, hombre (uno con la humanidad) semejante en todo a nosotros menos en el pecado, y destinado a una misión muy personal y especial.  .

Cristo "prendió sufriendo a obedecer" (Hbr 5,8), es decir, experimentó el dolor que trae consigo ser misionero,  responder a su vocación como Hijo. 

Imitar a Cristo en el silencio

Para anunciar a Cristo hay que vivir en Cristo, y este vivir se aprende en Nazaret. Allí  Jesús, en su humanidad, tomó conciencia progresiva de la riqueza de vivir en obediencia al Padre. Karl Rahner, al comentar los ejercicios de san Ignacio en el punto en que invita a pedir la gracia de “imitar a Cristo”, escribe que esa imitación no consiste en hacer arqueología de su persona rescatando de Él los detalles más espectaculares de su vida en aquel tiempo. No hay que ambicionar brillar y resplandecer como mártir crucificado que fue (al menos no se debe buscar eso), ni tampoco consiste el imitar a Cristo en seguir una lista de normas morales, sino en algo tan simple como entrar en el movimiento de su vida.

Las verdades más simples suelen ser las más ignoradas; somos hijos de Dios y participamos de la misma naturaleza divina de Jesucristo. Su llamada no va contra nuestra naturaleza, sino que es una invitación a desplegar lo que ya somos. No es que tenga que unirme a Cristo para vivir en Él, es que Cristo ya vive en mi, mi naturaleza es la de Cristo, porque he sido creado a su imagen y semejanza. Sólo debo dejar que la luz de Cristo que tengo en mi centro resplandezca en mi e ilumine a mis hermanos (cf . Mt 5,14-16). De lo dicho podemos deducir que hacer el primer anuncio del evangelio no es otra cosa que mostrar al mundo lo que ya soy: hijo de Dios. 

El primer paso de la nueva evangelización consiste en reconocer y reconocerte en el Cristo que te habita y vivirlo en tu Nazaret particular, vivir en obediencia al Padre cada rutina del día; equilibrar tu vida con la sabiduría de Cristo, conjugando la obediencia y la libertad.   



Vivirme desde el centro crístico (cristiano) de mi ser supone riesgo y cierta soledad. Pero no maduraré mirándose el ombligo sino imitando a Jesús en una vida diaria y anónima gastada por los demás. Éste es el primer anuncio que Dios pide. Son muchos los cristianos que se viven como tales en la cotidianidad de su familia, su trabajo, su rutina; “en todo amar y servir”, pero sin espectacularidad,  diría san Ignacio. Muchos lo hacen; y habrá quienes le acusen de individualista y solitario, pero no es así, viviendo en con el Uno están viviendo la fe en comunidad.  Éstos no buscan flashes publicitarios ni likes consoladores, aceptan el anonadamiento como condición del discípulo.  

Evangelizar es desaparecer, anonadarse, hacerse nada, dejar que el amor de Dios fecunde el mundo desde la insignificancia. Un auténtico misionero busca vivir el día a día en imitación de Cristo, dejándose llevar por el impulso del Espíritu, y todo lo demás  vendrá sólo si Dios quiere (Mt 6,33). Si no creo y asumo que el testimonio de una vida oculta en Cristo sea la base primera de toda evangelización es que aún no me he enterado de nada.

Uno en Cristo, unidos en la misión. ¿No es sorprendente que Teresa de Lisieux sea patrona de las misiones? Ora et labora (reza y trabaja). Solemos identificar al misionero con el labora. Sin embargo, quien vive en Cristo, quien se deja llevar por "el Cristo que lleva dentro”, ya está siendo misionero. ¿No era eso lo que decía santa Teresa de Lisieux cuando hizo de su vida un evangelio de amor?: “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor”. Ni una sola oración, ni un sólo acto de justicia, se  pierden sin cumplir la misión de acercar la vida nueva de Cristo al mundo.

Medítalo: cuando estudias, cuando rezas, cuando cocinas, cuando te diviertes, ... siendo Uno con Cristo, eres misionero, porque pones la luz de Dios en lo alto del monte (cf Mt 5,14-16). "Id a Galilea, allí me veréis" (Mt 28), dijo Jesús tras su resurrección. En Galilea, en las tareas diarias, en las rutinas del día a día, vemos a Dios y lo anunciamos. 

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Espero que esta reflexión tan atípica sobre "ser misionero desapareciendo” te ayude a reflexionar. Me la ha sugerido la ingente cantidad de envíos por Wahsap que he recibido del Obispado invitándome a hacer cosas como asistir a reuniones de acción, formación o retiros... Y no menciono los envíos de otras personas o instancias. Creo que el mundo hiper-informado en que vivimos está pidiendo pararse, escuchar, orar y dejar que sea Dios quien se pronuncie en lo oculto, en la noche, en la oscuridad de la fe anónima y sencilla de los anonadados. El despertar de la vida monástica -no sólo y necesariamente en instituciones reguladas- creo que es un signo evangélico imprescindible, algo necesario para un primer anuncio. Quien lo recibe entiende que Dios no te llama a subirse a un pedestal sino a entrar cada cual con su amor en su realidad cotidiana.

Oremos por las misiones y los misioneros, es decir oremos por toda la Iglesia.

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Octubre 2026

Casto Acedo


Sobre la muerte (2 de Noviembre)

Todos los años, el 2 de Noviembre, celebramos el Día de los difuntos ; una fecha que invita a meditar sobre la muerte, que es la mejor maner...