jueves, 16 de julio de 2026

El mal, el maligno y la cizaña.


EVANGELIO

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: 
-«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. 

Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: 
-“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.

Él les dijo: 
-“Un enemigo lo ha hecho”.

Los criados le preguntan:
-“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.

Pero él les respondió:
-“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Cuando  dejó a la gente y se fue a casa los discípulos se le acercaron a decirle:
-«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
-«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga
».

Palabra del Señor.

*
Al final del texto encontrarás  enlace a audio (22 m. muy recomendable para quienes no gustan de tanta letra pequeña en el movil) y a unas diapositivas de síntesis en  PowerPoint.


El misterio del mal

"Tú, Señor, eres bueno y clemente" reza la antífona al salmo de este domingo (Sal 85).  Dios es bueno y toda la creación lleva la impronta de su bondad (cf Gn 1,31). Ante esto la pregunta surge espontánea en el corazón creyente: entonces ¿porqué existe el mal? Si Dios, es, además de bueno todopoderoso ¿por qué no destruye todo lo malo?, ¿por qué permite la destrucción, la enfermedad, el sufrimiento y el dolor? 

Es una pregunta antigua que inspira unos  silogismos cuya primera  autoría  se atribuye a Epicuro (siglo III a.c.)  "Si Dios quiere impedir el mal pero no puede, no es omnipotente. Si puede pero no quiere, no es bueno. Si puede y quiere, ¿de dónde viene el mal? Si no puede ni quiere, ¿por qué llamarlo Dios y bueno?". 

La lógica es aplastante; y resulta curioso cómo a lo largo de la historia la humanidad creyente, puesta a escoger, prefiere afirmar la omnipotencia de Dios aunque sea a costa de matizar o minimizar su bondad. No hacemos sino imaginar un Dios adaptado a nuestros deseos, amante del poder y más vengativo que misericordioso.

Dado que tanto el bien como el mal forman parte de la realidad que tenemos ante nosotros, me atrevo a hacer una pregunta delicada, impropia de quienes acostumbran a dividir la realidad en estados puros de maldad o bondad: ¿puede el mal, de alguna manera, tener un soporte en la voluntad de bien? La pregunta es delicada y sutil porque, paradójicamente, parte de la idea de que la permanencia del mal en el mundo hay que buscarla en la realidad de un Dios Padre todopoderoso y misericordioso que quiere el bien para el hombre. ¿Es el mal simplemente ausencia o privación de bien? (San Agustín) ¿Es algo que Dios permite para sacar un bien mayor? (Santo Tomás de Aquino) ¿Tiene un valor pedagógico para reconocer el enorme valor del bien? 

El libro de la Sabiduría nos da una pista para resolver el problema: «Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos» (Sb 12, 16); Dios juzga con moderación e indulgencia, y  pide a quienes le escuchen que obren del mismo modo (Sab 12,18-19). El mal, la cizaña, no es querido por Dios, pero cuando su eliminación supone la negación o la muerte del hombre, Dios prefiere esperar: «Dejadlos crecer juntos (al trigo y la cizaña, al malo y al bueno) hasta la siega» (Mt 13,30). ¿Hasta donde llega esta paciencia? Hasta la cruz. En ella se revela la respuesta al problema del mal, una respuesta no teórica sino existencial: Jesús pasó haciendo el bien y luchando por erradicar el mal (Hch 10,38) pero no lo eliminó, lo deja estar como actor importante en el drama de toda vida humana que aspira a algo tan divino como es la libertad (Dt 30,15.19).

El misterio del Maligno. 

No se puede hablar del mal sin referencia al Maligno; así lo llama la Sagrada Escritura, que habla de "el Diablo", "Satanás" o "Lucifer" (cf Mt 13,38-39). A estos nombres y a la posible realidad que se pudiera esconder tras ellos nuestra cultura suele responderle con una sonrisa de incredulidad. ¿Existen? ¿Existe un Maligno personal? ¿O es una ilusión de la mente? Es un hecho que la Biblia lo ha personificado y le ha dado nombre. El mal existe y ha de tener un  origen. Si no hay un Maligno exterior, una serpiente tentadora que seduce (Gn 3,1), un enemigo que siembra cizaña de noche, el mal no puede ser sino algo congénito al ser del  hombre y la mujer, algo que formaría parte de la naturaleza de toda persona humana. 

La pregunta entonces es: la cizaña o el mal ¿lo lleva el hombre dentro o es inducido a él desde fuera? La tradición bíblica habla de la seducción del mal (Gn 3,1-6; Mt 13,22), por tanto no es algo connatural al ser humano, creado a imagen del creador, sino algo que se añade a sí mismo al dejarse seducir. Como se dice en la parábola del evangelio de hoy, "un hombre (Dios, Jesús)  sembró buena semilla (su Reino de bondad) en su campo (el mundo), pero mientras los hombres dormían los hombres (en la oscuridad, con la seducción del engaño)  un enemigo (el diablo) sembró cizaña en medio del trigo". 

El mal existe, ¿existe el Maligno? Negar al Maligno ¿no supone negar la bondad de la naturaleza humana?. Tal vez pueda ayudar a comprender esto meditar las renuncias que pide al bautizando el Ritual del Bautismo antes de profesar la fe: "¿Renuncias a Satanás?, ¿y a todas sus obras?, ¿y a todas sus seducciones?". El Maligno es el que ha sembrado la cizaña del mal en el corazón de la humanidad con sus artes de seducción. 

El Maligno y el mal forman parte del misterio. Pero caer en sus manos no es una casualidad; supone un asentimiento nada inocente; el remedio es discernir el corazón para purificarnos y recuperar la verdad, la bondad y la belleza original de nuestro ser.

Dios odia el pecado, pero ama al pecador

La revelación del "Dios bueno" la tenemos en su Encarnación. Jesús es Dios. Jesús de Nazaret es el mismo Dios declarando con su ejemplo que odia el mal y se compadece de los malvados. En la persona del Hijo muestra Dios su humanidad y ofrece una respuesta de misericordia para el pecador, y todo ello sin tener que bendecir el mal que  introduce en el mundo quien peca. Jesús justifica al pecador arrepentido, lo bendice (¡benditos los que se arrepienten del mal cometido!), pero no bendice su pecado, no vino a matar a los pecadores sino a invitarlos a conversión. 

La Sagrada Escritura, ya desde el Antiguo Testamento, evidencia esta  "debilidad" de Dios: «Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia... obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento» (Sb 12,18-19).

Todos sabemos que existe el mal, que a pesar de la Pascua redentora de Jesús, hay mucha mala hierba en y entre nosotros, en nuestra alma individual, en la comunidad cristiana y en el mundo en general. A todos nos gustaría que las malas hierbas fueran  arrancadas de cuajo, pero ¿eres consciente de que en este caso Dios debería comenzar por arrancarte a ti y arrojarte fuera del mundo? T
ambién tú, aunque te niegues a reconocerlo, eres parte de la cizaña.  "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra" (Jn 8,7). Alguien siembra el mal  en nosotros «de noche». El enemigo es astuto, y en la oscuridad nos sorprende y encizaña nuestra vida. No nos damos cuenta, pero así es. 

Ante esta realidad tenemos una suerte tremenda: Dios no es vengativo; te ama como un padre ama a su hijo, y te perdona una y otra vez a la espera de que enmiendes tu vida. 


Esperar mientras llega la siega.

Mientras tú tiendes a dividir el mundo en buenos y malos -tú, por supuesto, te cuentas entre los buenos- y te escandalizas fácilmente del pecado ajeno, Dios tiene una visión distinta. Dios es puro amor, y enamorado del hombre tiende a ver más en él lo positivo que lo negativo -¡qué tiene mi niño de feo que no se lo veo!-,  y espera con paciencia que cambies de rumbo.

Situarte entre los necesitados de la clemencia de Dios te ayudará a ser comprensivo y tolerante. Estás llamado a ser como Dios es, es decir, a ser un padre que espera paciente el regreso del hijo pródigo, un pastor que busca la oveja que se ha descarriado, un discípulo que como Jesús perdona a Pedro su pecado,... ¿Cómo hubieras obrado tú en semejantes situaciones? Seguramente habrías jugado a ser juez y te habrías tomado la justicia por tu mano aplicando la ley del talión.

No seas impaciente. Dios permite la coexistencia -a veces escandalosa- del trigo y la cizaña. Jesús da tiempo a las personas para que maduren hasta que llegue la “hora”, ¿quién eres tú para precipitarte con intransigencia en tus juicios y acciones, descalificando y no perdonando?  Deja que sea el Señor quien juzgue; tú limítate a ponerte humildemente ante Él sabiendo que, aunque no te lo creas, tú también tienes tu parte de cizaña y como tal también encizañas el mundo.

Como ser humano, reconoce tus pecados; como seguidor o seguidora  de Jesús  reparte humanidad y compasión como  hizo Él. Siéntete parte de una Iglesia de santos y pecadores. La Iglesia de Jesús no es un grupo de élite, de gente escogida, no es una secta donde sólo cabe la perfección y toda mácula es rechazada; la Iglesia es un grupo donde el trigo y la cizaña, el bien y el mal, conviven a la espera del final de los tiempos, cuando el Señor, el único que tiene derecho a juzgar, separará el grano de la escoria.

Y no olvides algo muy importante: el poder de Dios es el amor; amar hasta el extremo, bondad infinita, ... ¿Quién puede amar como Él ama en la cruz? Dios quiere vencer y de hecho ha vencido al mal. Mira al crucificado. A pesar de sus sufrimientos, el maligno no fue capaz de sacar una blasfemia de su boca. Dice un santo Padre que el demonio en la pasión quiso morder y destruir un amor puro y duro como un diamante; pero no pudo; y apretó, y sus dientes saltaron por los aires. Desde entonces el mal puede morder, puede moverse entre nosotros, pero no tiene el poder de dañarnos. Ya no tiene dientes. No tenemos explicación para el mal, pero sí tenemos la seguridad de que la última palabra no es la suya; la última palabra  es de Dios. Con Dios, contempla la cizaña con simpatía, trabaja por no contaminarte con ella, y deja que Dios sea quien decida el momento de arrancarla.

*

jueves, 9 de julio de 2026

Escuchar la Palabra (12 de Julio)

Audio (17 minutos) y PowerPoint al final del texto


La Biblia habla de los ídolos como de seres mudos (1 Cor 12,2) que “tienen ojos y no ven, tienen boca y no hablan”, (Sal 115,5); también en los evangelios aparecen “demonios mudos”, que ni hablan ni dejan hablar, condenando al hombre al abandono de la incomunicación, al silencio y la soledad como signos de muerte (cf Mc 9,17-27).

Por su parte, Dios se hace tangible en la palabra, una  palabra “viva y eficaz, tajante como espada de doble filo” (Hb 4,12); Dice el credo que Dios habló por los profetas y finalmente nos ha hablado por el Hijo (cf Hb 1,1). La Palabra definitiva de Dios nos viene dada en el profeta por antonomasia: Jesucristo, Palabra hecha carne, (Jn 1,14). En él se cumple en plenitud la profecía: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, pare que de semilla al sembrador y pan al que come; así será la Palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is, 55,10-11). 

La Palabra de Dios se hace operativa en Jesús revelando los misterios del Reino (parábolas, discursos) y realizando la promesa de salvación (milagros, conversión, sanación espiritual). De Jesús se dice que “todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37).

Dios se revela en la Palabra hecha carne

Cuando Jesús narra la parábola del sembrador, está poniendo al descubierto el corazón de cada uno de los que le contemplan y escuchan. Porque Cristo es el sembrador, que ha salido del seno de la Trinidad y se ha manifestado como Palabra-revelación salvadora. Unos le reciben y otros no, los primeros permanecen en la muerte, los que le escuchan alcanzan la vida de hijos de Dios (cf Jn 1,11-12). En la escucha o el rechazo de la palabra se manifiesta la aceptación o el rechazo de Dios mismo.

La semilla es el Reino de Dios, que, en definitiva también lo podemos personificar en Jesús, ya que él es el Rey; y abrazar los valores del Reino es abrazarle a Él. En una cultura como la nuestra, donde el valor de la “imagen” parece estar muy por encima de la “palabra” no conviene olvidar que la Palabra de Dios se visibiliza en Jesucristo, que no es por tanto discurso vacío de estilo filosófico, sino vida plena. Antes que discurso la Palabra es acontecimiento.

Modos de rechazar y acoger la Palabra

Pero yendo a lo concreto: ¿Cómo reaccionamos ante la Palabra de Dios? El mismo evangelio nos da tres ejemplos de respuestas negativas  y un ejemplo de aceptación positiva.


1. Oídos cerrados

Primeramente está la semilla “que cae al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron”; se trata de los que “escuchan la palabra del Reino sin entenderla”, ¿porqué? Tal vez por desinterés, porque tener embotado el corazón lleno de superficialidades, incapacita para entender. ¡A mí no me hables de esas cosas! ¡Lo importante es vivir el día a día, aprovechar el momento! Como le dijeron a Pablo en el Areópago: ¡Ya vendremos a oírte en otra ocasión! (Hch 17,32).

Al borde del camino la tierra está tan dura como el corazón apisonado por la banalidad; también por la rutina de quien ha hecho de la fe un rito o una teología desconectada de la vida.  Ahí todo lo serio y profundo rebota y es incapaz de arraigar; unos simples pájaros bastan para que la semilla ni siquiera tenga la oportunidad de humedecerse. En lugar así ni siquiera merece la pena sembrar. Es trabajo perdido. ¿No fue eso lo que le pasó a Jesús con los fariseos?  

Viene bien aquí el consejo de Jesús para cuando el sembrador encuentra un terreno insensible ante las realidades espirituales o endurecido por la rutina o moralina religiosa: “no deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas a los puercos” (Mt 7, 6a).


2. La inconstancia.

Viene luego lo que “cayó en terreno pedregoso... brotó enseguida; pero cuando salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó” ... significa que la escucha y la acepta enseguida con alegría, pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe”. Faltan raíces: no ha calado en profundidad. ¡Sí creo, pero...!.

A la Palabra le basta un “sí” o un “no”, le sobran los “peros” (cf Mt 5,37); cuando aparecen los "peros" es porque no la palabra 
se ha puesto en la base de la vida de modo incondicional , sino sólo como uno entre otros muchos recursos que se adaptan a la propia comodidad para ir tirando; no hay constancia. Ahora esto, mañana lo otro. Una espiritualidad de "culo de mal asiento".

¡Qué importante es la constancia! Si hay una virtud capaz de sacar adelante una cosecha es la constancia para desbrozar, quitar las piedras, remover la tierra, sembrar, arrancar las malas hierbas con cuidado, abonar...Los tiempos que corren son tiempos de prisas e impaciencias; todo tiene que ser ¡ya!

Los ritmos de Dios son distintos, la Palabra ha de ir empapando la tierra poco a poco, como la lluvia constante y la nieve. No son malos los momentos de euforia, pero siempre que no deslumbren y se tamicen en la constancia, a veces dolorosa y cansina, del día a día. Se requiere ser constantes en la escucha (¡todos los días un tiempo dedicado a la oración-escucha de la Palabra!) para conjurar así al enemigo que no ceja en su empeño de derribarnos.


3. Ahogados por los agobios.

En tercer lugar habla Jesús de lo que “cayó entre zarzas ... Es el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas los ahogan y se queda estéril”. 

Los afanes de la vida. Demasiadas preocupaciones. También hoy estos afanes forman parte de nuestra cultura. ¡Tengo tantas ocupaciones!: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10,41-42). 

El afán de hacer (tanto vales tanto haces), el afán de poseer (tanto vales tanto tienes) acaban por ahogar la vida (tanto vales, ¡tanto!, porque eres hijo de Dios).


4. El silencio y la escucha

La parábola concluye revelando la actitud correcta ante la Palabra: la semilla que “cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta... significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése da fruto”. 

Entender la Palabra de Dios. No basta con la buena voluntad. La Escritura requiere una correcta lectura; hay quienes no la entienden, porque sólo ven en ella una serie de historias inventadas por el hombre; otros la consideran desfasada; hay quien cree que basta un estudio pormenorizado de los géneros literarios y la historia de la redacción; otros la reducen a un conjunto de buenos consejos para la vida... ¡La Palabra es mucho más!

Acceder a ella es cuestión de fe y de una adecuada actitud de silencio y escucha; sólo desde ahí se percibe la Palabra como la voz de Jesucristo que habla, santifica e ilumina a sus discípulos. 

La lectura y escucha de la palabra se ha de hacer buscando en el silencio del corazón su sentido espiritual profundo, descubriendo en la meditación la afinidad entre el Espíritu que se manifiesta en la Escritura y mi propio espíritu; todo ello desde la profundidad del alma: hurgando, cavando, limpiando el terreno de mi corazón, para que entre dentro, germine y de el fruto de las buenas obras.

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Como la Virgen María, sé buen oyente de la Palabra". Escucha la Palabra, y permite que se cumpla en tí (Lc1,38)Así estas edificando tu vida sobre un cimiento sólido; si la desprecias o te limitas a ver en ella unas ideas preciosas sin conexión con tu vida, te estás perdiendo su riqueza, y puede que sin ella camines hacia la ruina (cf Mt 7,24-27).

No esperes grandes signos para responder a la llamada de Dios; de la escucha constante de su Palabra o del rechazo de la misma depende tu vida (cf Lc 16,29-31; Jn 15,3-5). ¡Revísate!,  ¿Qué clase de tierra eres? ¿Terreno duro sin desbastar? ¿Terreno pedregoso? ¿Vives entre zarzas? ¿Qué deberías de hacer para ser buena tierra? 

Contempla a María, Madre del Silencio, oyente de la Palabra. Ella fue tierra fértil, imagen de la Iglesia, solar fecundo donde arraiga y germina la salvación. Empapada por la lluvia y la nieve que son los dones del Espíritu, la Palabra de Dios se hizo carne en ella como en la mejor tierra; en María germinó el Salvador. Un buen modelo a venerar y un inmejorable ejemplo a seguir.

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Audio (17 minutos).
https://drive.google.com/file/d/11mWcuo-bqQcPJ6o3n1y_lwkRlbNwGobj/view?usp=sharing

PowerPoint
https://drive.google.com/file/d/1xvXp2wiUeapFSsxP95UMhHwwe5dqU1jX/view?usp=sharing 

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Casto Acedo. Julio 2026

jueves, 2 de julio de 2026

Elogio de la contemplación (5 de Julio )


EVANGELIO 
 Mt.11,25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús: 

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. 

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

¡Palabra del Señor!

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Hoy el comentario es un tanto filosófico a la luz del texto evangélico. Como complemento tienes un audio (16 m) y un PowerPoint al final. 


La sociedad del cansancio

El filósofo de origen coreano Bjung-Chull Han, afincado en Alemania y reciente  premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, tiene entre sus obras un ensayo de gran éxito que tituló La sociedad del cansancio (2010). Ahí explica cómo el mundo occidental, donde aparentemente gozamos de libertad para hacer lo que queramos, nos induce a ser sujetos de rendimiento, personas profesionalmente eficientes; para conseguir esos objetivos impuestos por la mentalidad liberal neocapitalista nosotros mismos nos esclavizamos y explotamos voluntariamente. 

Vivimos obsesionados por estar subidos (mejor decir atados) al carro del consumo y la diversión, panacea de la felicidad. La constante batalla interna por subir y mantenernos en la cresta de la ola de la riqueza, el prestigio y el consumo es de hecho un acto de auto-explotación (yo mismo me exijo más y más) que genera auto-agresión (yo mismo me machaco a trabajar) y la sensación permanente de carencia (nunca tengo bastante) y de culpa (si no triunfo es porque no valgo). 

Es un brevísimo resumen de la realidad que vivimos. Producimos, tenemos, acumulamos, consumimos, pero dentro de un círculo de eterna insatisfacción; como ratones de laboratorio nos obligamos a correr cada vez más rápido, como hámster en el interior de la rueda, para no llegar a ningún sitio. “Hoy nos explotamos por propia voluntad y con la creencia de que nos estamos realizando”, señala el surcoreano.

El problema de la realidad que desenmascara y expone el filósofo en La sociedad del cansancio encuentra su respuesta en el evangelio de hoy: “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Jesús quiere y puede sacarnos de la rueda que nos amarra y esclaviza. Vivir en Él es el contrapunto que necesitamos. El remedio al estrés y la autoexplotación está en seguirle, en tomar su yugo llevadero y su carga ligera, que es entrar en mansedumbre y humildad. “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso”.

Frente a la celeridad y el agobiante y perecedero círculo vicioso de la moda, Jesús propone la vuelta al valor permanente de la sencillez. Porque nuestros cansancios vienen de complicarnos la vida en exceso. Está bien preocuparnos por la casa, la comida y el vestido, pero ¿tiene sentido elevar a grado de necesidad irrenunciable poseer una lujosa mansión en Suiza, disfrutar carísimas delicatessen culinarias y vestir modelos exclusivos de diseñadores de culto? No merece la pena cuando se paga el precio de la propia felicidad. Sin embargo, hay quienes sí eligen hipotecar su vida trabajando y penando para disfrutar el lujo efímero de la moda.


La vida contemplativa

La alternativa que propone Jesús es despojarse de los agobios retornando a La vida contemplativa, que así se titula otro libro de Bjung-Chull, con el subtítulo de Elogio de la inactividad. Transcribo un fragmento:
“Nos estamos asemejando cada vez más a esas personas activas que ‘ruedan como rueda la piedra, conforme a la estupidez de la mecánica’. Dado que solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento, interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes. La existencia humana en conjunto está siendo absorbida por la actividad. ...  No estamos accediendo ni a los dominios de la inactividad ni a sus riquezas. La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana. Hoy se ha ido difuminando hasta volverse una forma vacía de actividad” .
Como apéndice a este texto podemos añadir las palabras de Jesús: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera”, como si dijera: el estilo de vida que propongo no tiene el peso de la celeridad y la hiperactividad, no agobia ni estresa, es llevadero. Basta pararse, aquietarse, silenciarse y contemplar, mirar, disfrutar del espectáculo de la naturaleza y de la vida misma para darse cuenta de que la inactividad no tiene por qué ser necesariamente una forma "vacía de actividad". Al contrario, “la vida solo recibe su resplandor en la inactividad”, apostilla Bjung-Chull, y en tiempos de sobredosis informativa que generan un activismo mental desbocado  e invitan a una movilidad sin orden, estas palabras cobran un sentido especial.

Los tiempos modernos son tan necios que consideran que permanecer quietos y en silencio esperando la revelación de la verdad, la bondad y la belleza de Dios y el mundo es un aburrimiento. Convencidos de esto se inventa una variedad casi infinita de diversiones, actividades que distraen y dispersan la conciencia personal alienando (alejando) cada vez más de sí mismas (de su interioridad) a las personas.   

Es un signo de esperanza que haya  pensadores que  pongan sobre el tapete la importancia de “no hacer nada”, de permanecer ociosos, de simplemente mirar y disfrutar de lo que se observa. Esto, seamos sinceros, se ha perdido en nuestra cultura; y gracias a a Dios no deja de ser una puerta abierta a la esperanza el interés actual por la meditación, una riqueza poco explotada en la Iglesia de los últimos tiempos a pesar de su rica tradición espiritual contemplativa. 

Jesús viene de nuevo en nuestro auxilio para invitarnos a no vivir para trabajar sino para gozar, considerando el trabajo no como fin sino como medio para lo verdaderamente importante: ser felices disfrutando de la creación y agradeciendo a Dios ese don. Así expresa Jesús la suerte de tener acceso a esta sabiduría: “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”. Este arranque de alegría y gratitud sólo puede venir de quien ha contemplado la belleza de la creación, ha palpado la sencillez y felicidad de los humildes y ha percibido la bondad del Padre que bendice al pobre con sus dones.

La vida sólo muestra su hermosura en la inactividad. Eso sí, no confundamos inactividad con diversión, que es actividad que distrae y dispersa la mente. La belleza de la inactividad está en la contemplación, que es estar en el presente sin huir de él, sino viviéndolo. Ah, ¡cómo me alegra el corazón saber que Dios es "presencia"! Estar con Dios es estar aquí, ahora, saboreando el instante. 


Ora et labora

Convenzámonos: la magia de la ociosidad contemplativa es la única capaz de generar una nueva forma de vida. Sólo incluyéndola en nuestra vida podemos abordar con éxito la renovación de nuestra persona, nuestra sociedad y nuestra Iglesia. Necesitamos fusionar en nuestra espiritualidad la oración y la acción, la actividad y la ociosidad consciente. Ora et labora, reza y trabaja. 

Sólo contemplando y amando puede mantenerse el debido respeto y amor al prójimo y a la creación. Al mundo no lo cambian  a mejor ni las guerras ni las revoluciones industriales; éstas son enemigas de la paz y la naturaleza; el auténtico cambio vendrá de la ociosidad contemplativa, de la escucha silenciosa de Dios haciéndote presente a Él. Ahí se gusta y adquiere la verdadera sabiduría, oculta a los sabios y entendidos de este mundo.

En la puerta de entrada de los campos de exterminio nazis daba la bienvenida a los reclusos una aforismo envenenado: Arbeit macht frei (“El trabajo hace libre”). Ciertamente que el trabajo dignifica y libera, pero el hombre no ha sido creado para trabajar sino para disfrutar de la vida en presencia de Dios  o, lo que es lo mismo, de la presencia de Dios en la vida. Poner la felicidad en los bienes materiales nos lleva a creer que mientras más se tiene más se es; es la filosofía del mundo. No, el trabajo, cuando es valorado desde la producción o rentabilidad no libera, somete. La verdad es muy otra: “La contemplación te hace libre”, la ociosidad como oportunidad de estar contigo mismo es sabiduría liberadora. No olvides que la meta última de la humanidad es un domingo sin ocaso, un descanso eterno. Gustar la ociosidad es un adelanto de la felicidad eterna. Trabaja pues lo necesario para vivir dignamente, y párate más a menudo a contemplar y disfrutar la misma vida. No esperes a mañana, hazlo ahora. 

¡Descansa (contempla) el domingo!
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Audio (16 m)

PowerPoint (Descansa en Dios)

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Julio 2026
Casto Acedo

viernes, 26 de junio de 2026

San Pedro y san Pablo (29 de Junio)

 

EVANGELIO
Mt 16,13-19 

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» 

Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» 

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» 

Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.» 

Palabra del Señor. 


Celebramos en una sola fiesta a dos grandes de la Iglesia, incluso podríamos decir que “los dos más grandes” si no fuera porque hace solo unos días hacíamos fiesta con san Juan Bautista, del cual dijo Jesús que “no ha nacido de mujer uno más grande” (Mt 11,11). Sea como fuere, celebrar a Pedro y a Pablo es celebrar a dos santos que, debilidades aparte, dieron testimonio de fidelidad al Evangelio sufriendo por su causa persecuciones, cárcel y la misma muerte.
Pedro, Pablo, ... y el Espíritu Santo

De san Pedro sabemos bastante por los santos Evangelios; ahí se nos cuenta su vocación, sus dudas, su traición y su constante conversión a Jesús. Luego el libro de los Hechos, en su primera mitad, nos narra los principios de su ministerio como cabeza visible de la Iglesia. A partir del capítulo 13 este libro que cuenta los inicios de la Iglesia, cede el protagonismo a Pablo, el apóstol misionero por excelencia, que sin dejar de aceptar la primacía de Pedro, y siempre fiel a su primado, a pesar de los disensos (cf Hch 15), extendió la fe de la Iglesia Cristiana por todo el Mediterráneo.

Pero, no nos engañemos, el verdadero protagonista de la expansión misionera no fue Pedro, tampoco Pablo, sino el Espíritu Santo; la comunión eclesial y su empuje misionero sólo se pueden explicar desde Dios: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra” (Hch, 1-8). La clave de la evangelización no está en el enviado (apóstol) sino en quien lo envía.  

A Pedro se le profetizó su entrega generosa a la tarea del evangelio y la que sería su muerte testimonial: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios” (Jn 21,18-19). Pablo no dudó en decir que “llevamos este tesoro –el Evangelio que predicamos- en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4,7). 

Con claridad vio San Lucas que Pedro y Pablo sólo fueron instrumentos en manos del Espíritu, por eso se percibe en el libro de los Hechos que el verdadero protagonista de la expansión misionera era el Espíritu que los iba llevando (cf Hch 10,19;11,12; 16,7;21,4); de hecho, ni siquiera se narran los martirios de Pedro y Pablo; el protagonismo del Espíritu en la vida de estos santos y en la de la misma Iglesia del comienzo parece decirnos que la Iglesia sigue siendo una tarea inconclusa y ha de vivir siempre entregada a la tarea de construir su unidad y completar su misión dejándose llevar por el soplo de Dios.

En el Evangelio que nos ofrece la liturgia en este día Pedro es proclamado por el Señor “mayordomo” de su Iglesia, poseedor de las llaves; el que tendrá el deber de administrar, de mantener la fe y la unidad en la casa de los cristianos. Pablo, por su parte, es elegido con miras a anunciar el Evangelio: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio” (1 Cor. 1,17; cf 9,16.23; Rm 1,9.14; 15,19; etc.). Unidad interna y testimonio externo de cara a la expansión del Reino de Dios y su Iglesia. Detengámonos en estos dos puntos:

1. Una Iglesia unida en la misma  fe (Pedro).

Cuando escuchamos eso de “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”(Mt 16,18) solemos referir esas palabras a Pedro; y no andamos desencaminados; pero no olvidemos que poco antes Pedro ha hecho una afirmación de fe trascendental para todos: “Tú (Jesús de Nazaret) eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Cristo, Dios Vivo)” (Mt 16,15). La piedra que hace posible la unidad en la Iglesia es la fe en Jesucristo, Hijo de Dios; la fe que no es fruto de especulaciones ni de experiencias místicas subjetivas, sino un regalo de la revelación de Dios: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso (el credo con que confiesas que yo soy Hijo de Dios) no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17). 

Así, pues, la persona de Pedro como cabeza de la Iglesia nos remite a la fe en Jesucristo como Dios. Y hacia ahí va nuestra primera reflexión: Mirar a Pedro es someter a crítica mi fe, preguntarme si es una fe soberbia que se quiere afirmar al margen o en contra de la comunidad, o si busca revisarse a la luz de la Iglesia presidida por Pedro. 

La fe, por otra parte, no es un asentimiento intelectual a verdades incomprensibles, sino una apuesta del corazón por aquel que te ha amado desde la eternidad. Mi vida cristiana tiene una roca: la fe en Cristo Jesús, cimiento donde se asienta la vida espiritual (cf 1 Cor 10,4). Cristo es la roca a la que Pedro me remite. 

No puedo creer a Pedro separado de Jesús; y teniendo en cuenta que el mérito de ser el primer Papa no se debe a sus cualidades físicas, intelectuales o espirituales (de las cuales parece ser que Pedro no hace gala en lo que de él sabemos por los evangelios), el valor de Pedro está en la elección de Dios, pura y simplemente en eso. Lo que da valor a la figura de Pedro no son sus obras sino la fe que se le encomienda conservar y cuidar como mayordomo. La unidad de la Iglesia se sostiene sobre esa fe; a Pedro se le da el poder de atar y desatar (cf Mt 16,19), es decir, de considerar si la fe y las correspondientes obras de quien se dice seguidor de Cristo, son las genuinas o no.


Quien cree que Jesús es el Mesías acepta también que Pedro ha sido el elegido para mantener viva la unidad del grupo de los Doce. Y Pedro no defrauda; más allá de sus debilidades fue y sigue siendo signo de unidad y motor de la evangelización. ¿Se hubiera mantenido unida la Iglesia sin una cabeza visible que aglutinara a todos como antes hizo Jesús? ¿Habría llegado a nosotros la Palabra de Dios si no hubiera sido por la Iglesia presidida por Pedro? 

Es verdad que la Iglesia es débil y está constantemente necesitada de reforma, lo que dice san Pablo del evangelizador podemos decirlo de la Iglesia toda: “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4,7). Son las cosas de Dios, que de la debilidad real de una Iglesia pecadora saca fuerzas para hacerse presente; lo que se dice de los mártires lo podemos decir de la Iglesia toda: “has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio” (Prefacio de los mártires).

Cale, pues, en nuestro corazón la figura de Pedro como símbolo de la unidad de la Iglesia en la misma fe. El mismo Pablo, más culto y preparado que Pedro, no dejó de acudir a Él y de someterse a sus orientaciones. Pablo tuvo claro que el ministerio de Pedro trascendía la persona misma del pescador y le acercaba a la verdad de Dios, oculta a los sabios de este mundo y manifestada a los pobres y sencillos (cf Mt 11,25). En el colegio apostólico, presidido por Pedro, veía Pablo la garantía de la fe y la de la unidad de la Iglesia: “Un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4,5). 


2. Una Iglesia misionera (Pablo)

Pablo ha pasado a la historia como el gran misionero, aquel que logró sacar al cristianismo de los estrechos lazos del judaísmo. Y no hay duda de que su aparición en escena, llevado por san Bernabé a presencia de Pedro, fue providencial. Proveniente del judaísmo fariseo más recalcitrante, tras su conversión Pablo se volvió un defensor acérrimo de la nueva doctrina. Si a Pedro le hemos mirado como garante de la fe, a Pablo lo miramos como misionero de esa fe.

A Pablo le tocó inculturar el Evangelio en un ambiente ajeno al mundo judío en el que se había gestado; pero supo hacerlo bien, y acercó la Palabra echando mano a los recursos que la misma cultura griega le ofrecía. ¡Cuánto tendríamos que aprender de él! En estos tiempos en los que Europa parece culminar el proceso secularizador iniciado con la Ilustración ¿no es hora de aprovechar todo lo que modernidad y posmodernidad tienen de evangélico para acercar el mensaje del Reino a los hombres de hoy?

 Tal vez la clave de la evangelización sea, como siempre ha sido, poner a Cristo y su Evangelio en el centro; todo lo demás queda supeditado a ello (cf Mt 6,33); obrando desde este presupuesto Pablo relativizó las estructuras judías (no sin las consecuentes disputas con Pedro y los judaizantes) y abrió las puertas de Cristo a los paganos. Con Pablo la Iglesia se hace universal (católica), como Cristo fue universal.

Convendría en nuestro tiempo seguir los pasos del apóstol de los gentiles, dejar a un lado la espiritualidad legalista y hermética que los siglos han ido incrustando en la barca de la Iglesia, y lanzarse a predicar un cristianismo de rostro nuevo, el mismo rostro de Cristo que predicó san Pablo: “Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Cor 1,22-25). 

Conviene a la causa del Reino dejar a un lado la idea de una Iglesia poderosa y triunfalista -hay quien confunde evangelizar el mundo con dominarlo-, y volver con san Pablo a la Iglesia de los pobres: “fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1 Cor 1,26-29). Poner a Cristo en el centro de todo; “abrid de par en par las puertas a Cristo”, decía el Papa Juan Pablo II. La centralidad de Cristo y su Cruz en la predicación de Pablo debería ser para todos nosotros un referente esencial para evangelizar nuestro tiempo.

Se trata de pasar de una Iglesia acomodada a una Iglesia en diáspora, siempre en camino, resuelta a hacer presente la soberanía de Dios y del hombre sobre cualquier cosa que le oprima. Iglesia de tránsito, de debilidad, de libertad ante los ídolos de este mundo: "Para la libertad nos ha liberado Cristo" (Gal 5,1).


* * *
Celebremos a san Pedro y a san Pablo congratulándonos de la unidad y la pujanza misionera de la Iglesia promovidas por ellos. Pero no perdamos tampoco la oportunidad para tomar conciencia de las adversidades a las que la Iglesia se enfrenta estos días.  Las divisiones internas existen en mayor o menor grado en la iglesia; hay que solucionar eso; y desde la unidad debemos trabajar para seguir extendiendo el Evangelio de Dios por el mundo. Todavía queda mucho por hacer. 

¡Que Pedro y Pablo, la unidad interna de la Iglesia y su proyección exterior, sean para nosotros motivo de alegría y compromiso misioneros! Es un deseo y una oración para este día de los santos apóstoles Pedro y Pablo. 

Y felicitaciones especiales a mi Parroquia de san Pedro de Mérida en la fiesta de su patrón 

Junio 2026
Casto Acedo.

jueves, 25 de junio de 2026

Amor de Cristo, amor universal (28 de Junio)

 


EVANGELIO
Mt 10,37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

¡Palabra del Señor!

*

Un amigo de mi  juventud  ponía en duda la idea de que pudiera haber un socialismo puro donde todos sean reconocidos y tratados por igual. Y lo argumentaba recurriendo al hecho de que un padre, por ley natural, siempre tratará de favorecer a su hijo rompiendo así con su subjetividad los principios de igualdad y justicia objetivas. 

En cierto modo podría tener razón, porque la familia, así como la confesión religiosa o la ideología propias son partes tan íntimas de nuestro ser que siempre tenderemos a concederles un poder que nunca deberíamos darles en el marco de nuestros principios de conciencia.  Y, bien mirado, el evangelio de hoy nos quiere advertir de este peligro. 

Partiendo de que en Dios encontramos la igualdad y la justicia, Jesús advierte de que esas virtudes tan nobles pueden ser degradadas por intereses que parecen justificados. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. ¿No es bueno querer a los padres y a los hijos más que a nadie? Sí y no. Es verdad que hay un mandamiento, el cuarto, que nos exige atender a la familia; pero no al precio de ser injustos con el resto de la humanidad.

O sea, que en lo referente al respeto e igualdad de las personas no valen categorías. Todos somos hijos de Dios, todos tenemos su misma sangre, luego todos somos iguales y merecemos el mejor trato. Pero en la práctica no suele ser así. Si observas tu relación con tus padres, tus hijos o tus hermanos, verás que no sólo hay un egoísmo personal según el cual yo mismo me miro por encima de otros, también existe un egoísmo familiar que cierra determinadas puertas a quienes no forman parte de ella. Y ampliando el campo, también hay un egoísmo político, social, religioso, etc. según el cual no nos vemos unos a otros con los ojos de Dios Padre de todos sino con las gafas de nuestro ego.

El evangelio de san Mateo, del que forma parte el texto de hoy, llama a un compromiso serio por el desapego de costumbres y tradiciones familiares y sociales que nos alejan del respeto y consideración que merecen todas y cada una de las personas del mundo; esas costumbres, no nos dejan ser nosotros mismos y hacen mucho daño; por ejemplo el rechazo al inmigrante amparados en que primero estamos nosotros, como si las fronteras fueran cosa de Dios; la defensa del nacionalismo amparados en que lo que tenemos y hemos conseguido como pueblo es nuestro y solo nuestro; o el ninguneo o minusvaloración de quienes no comparten mis creencias y prácticas religiosas o políticas, etc. Todo eso hace que terminemos marginando y persiguiendo a quienes no se amoldan a nuestros criterios o intereses.


Aferrados al automatismo de costumbres familiares o de clase creemos hallar en ellos la verdad de la vida. Pero lo cierto es que al dejarnos llevar por esos criterios nuestro amor no es universal sino parcial y así no hay modo de ser felices. Creemos ganar la vida encerrándonos en la isla del pequeño grupo y lo que hacemos es perderla. “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. La felicidad está más allá de nuestros guetos; está bien que cuidemos aquello que afectivamente nos seduce, pero es una monstruosidad que lo hagamos a cambio de ser injustos y desleales con los que no son parte de nuestro ámbito más cercano;  está bien cuidar la familia, la región, la nación, el continente, pero ¿justifica eso la minusvaloración o marginación de los que no consideramos como parte de estas realidades?

En conclusión: Sólo es digno de Jesús quien vive abierto a un amor sin límites ni restricciones. ¿Vas a negar un vaso de agua a alguien porque su pertenencia social o su visión de la vida no sea de tu agrado? Lo que Jesús defiende en el evangelio de hoy para sus seguidores, y que expone para defensa de la dignidad de sus discípulos, procuremos hacerlo extensivo a todo ser humano. Porque Dios es Padre de todos, y solo es digno de llamarle Padre quien de veras ha entendido la fraternidad universal. Quien vive según esta verdad habrá ganado la vida, recibirá la paga de la felicidad. 

*

Por cierto, ese amigo, desgraciadamente ya fallecido, y que me comentaba que no se podía ser justo e igualitario con todos porque los intereses familiares tiran mucho, llegó a ser alcalde socialista de mi pueblo natal. 

Para él mi recuerdo y mi oración deseando que junto al Padre eterno haya comprendido que los obstáculos que la propia familia puede poner a una vida justa y libre pueden superarse con la ayuda de la gracia de Dios. Basta afrontar con fe la cruz que trae consigo silenciar nuestros singulares afectos familiares. 

Quien deja a un lado "casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras" para servir al amor universal de Jesús "recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (Mt 19,29); quien se confía a Jesús y su mensaje recibe la paga de una vida justa, digna y feliz.

* * *

¡Feliz domingo!

Junio 2026
Casto Acedo. 


El mal, el maligno y la cizaña.

EVANGELIO En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:  -«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena...