Hoy es el día de la Ascensión; nos guste o no hoy Jesús se va de entre nosotros. Los últimos domingos lo hemos visto animándonos a no desfallecer, “que no se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1), que no os inquiete mi partida; yo no os abandono, “no os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (14,18). Hoy, Jesús, que vino desde el seno de la Trinidad, vuelve al lugar del que procede y al que ha pertenecido siempre. Este gesto nos da a entender que también nosotros, que “venimos de Dios” estamos destinados a regresar a Él. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo” (14,3). Jesús nos ha mostrado con el ejemplo de su vida el camino a seguir. De Dios venimos, a Dios vamos.

"Haced discípulos"
En el momento mismo de su partida, anima a los suyos seguir la misma tarea a la que fue enviado por el Padre: despertar la conciencia de la humanidad para que se vuelva al mismo Dios del que procede. Para la misión les da este mandato: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar lo que os he mandado”.
Un mandato múltiple: “haced discípulos”, “bautizad”, “enseñar”. La Iglesia sigue cumpliendo ese mandato, pero ¿acertadamente? Desde luego la Iglesia bautiza, enseña y hace discípulos; sin embargo, creo que hemos perdido el orden. El primer mandato del Señor es “haced discípulos”, y a partir de ahí bautizar y enseñar.
¿Cuál puede ser el principal déficit de la evangelización hoy? Muchos sostienen que es la falta de conexión entre la fe y la vida. Hay prácticas rituales cristianas que realizamos, normas morales cristianas que procuramos cumplir, pero falta espiritualidad evangélica, vida animada desde dentro por el Espíritu, vida discipular. Tal vez hemos reducido la Iglesia a una comunidad masiva donde se “bautiza” (bautismos, comuniones, confirmaciones, confesiones, bodas,...), incluso se “enseña” (se dan principios morales), pero ¿cómo andamos en lo de “haced discípulos”? Jesús es lo primero que manda. ¿No da la sensación de que sobran bautizados y faltan discípulos? Sin discipulado, sin seguimiento de la persona de Jesús, sin amor al Maestro, sin dinámica interior cristiana, sin conexión fe-vida, ¿de qué sirven las prácticas rituales?
Cuando hablamos de "crisis de vocaciones (sacerdotales y religiosas)" estamos hablando de "crisis de discipulado"; la escasez de vocaciones a la vida religiosa son la consecuencia de la escasez de discípulos.
¿Quién es discípul@?
¿Quién es un verdadero discípulo? Es quien ha conocido a Jesús, se siente enamorado de su persona, ha “visto y oído” sus enseñanzas haciéndolas suyas, y está preparado para seguir sus huellas. Con la mirada puesta en el mandato de Dios el discípulo está en espera, atento a recibir el bautismo del Espíritu Santo que le llevará a andar por los caminos del mundo dando testimonio de la vida y las enseñanzas de su Maestro con su palabra, con su vida, y si es necesario con su muerte.
El discípulo cristiano es un converso volcado en Jesucristo, alguien que ha puesto su mirada más allá de los criterios humanos de realización
personal para adoptar criterios o intereses evangélicos que suelen chocar con los mundanos. Donde del mundo dice que hay que vivir la vida acaparando y poseyendo
el discípulo dice que hay que negar los propios deseos aunque esto suponga
sufrimientos: «El que quiera venir en pos de mí, que se
niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque, quien quiera
salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el
Evangelio, la salvará". (cf Mc 8,3-5)
El
discipulado supone también interés por adquirir una formación cristiana integral, no sólo orante, litúrgica y
sacramental, también necesita una cabeza bien amueblada para “dar
explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15). El anuncio del evangelio necesita
de personas que conozcan bien el mundo en que viven y que sepan el modo y manera
de inculturar en él las enseñanzas del Maestro. En esto el discípulo ha de ser siempre un buen aprendiz que, anclado en los sentimientos de Cristo Jesús (cf Flp 2, 6-11) estudia teología -lo que Dios dice
y lo que los hombres dicen de Él- a fin de servir mejor al mundo empapándolo de su Evangelio.
Además, y
esto es muy importante, el discípulo cristiano no es individualista sino que forma
parte de una comunidad; vive la fe en un contexto de iglesia (asamblea),
amando y sirviendo en ella, haciendo que la comunidad en la que el discípulo vive su fe sea con él testimonio
del Reino que predica; el discípulo da testimonio personal y comunitario de Cristo.
Ser discípulo lleva implícita la responsabilidad de hacer proselitismo, una tarea que parece no estar muy de moda porque se interpreta mal. Para un cristiano hacer prosélitos no es comer el coco a la gente, o engañarla con emociones fáciles para que aumente el número de afiliados a la Iglesia; el proselitismo nace de la urgencia irresistible por transmitir la propia experiencia de Dios a fin de que también otros se beneficien de ella. El “sabor de Dios” (experiencia) no es compatible con un regusto avaro e individualista porque lleva implícito el deseo de comunicar lo recibido: “¡Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos¡" (Mt 28,19) es un mandato que responde a una necesidad.
Un aforismo clásico atribuido a Platón y a Santo Tomás de Aquino dice que “el bien se difunde por sí mismo” (bonum est diffusivum sui). Ahora bien, esa difusión no es milagrosa. Quien gusta el bien, además de sentir la urgencia de transmitir lo recibido, no puede tampoco evadirse de la necesidad de hallar los medios pedagógicos y tecnológicos necesarios para difundirlo. Al “sabor” hay que aplicarle una buena dosis de “saber” para que la experiencia del Misterio encuentre caminos y cauces que la hagan accesible a otros. En este sentido, no es casual que en el Día de la Ascensión, cuando celebramos la partida del Señor de entre nosotros, la Iglesia celebre la Jornada mundial de las comunicaciones sociales.
El Papa León XIV, en su mensaje para este día, y ante el reto de la Inteligencia artificial (IA) invita a Custodiar voces y rostros humanos. No cabe duda -dice el Papa- de que la IA es un instrumento excelente para anunciar el Evangelio, aunque también tiene sus peligros, entre ellos el de anular el pensamiento propio, simular relaciones humanas u ofrecer una visión parcial y alterada de la realidad. No obstante puede ser aprovechada como medio de evangelización si se hace uso de ella con responsabilidad, mecanismos de protección ante los posibles abusos de la máquina y educación; todo ello sin renunciar a que “el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona... Custodiar la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también la innovación tecnológica”.
La mayoría de los que nos decimos cristianos hemos sido bautizados cuando éramos unos bebés. No es un inconveniente para ser cristiano, pero si puede serlo si creemos que por haber pasado por la pila bautismal, e incluso por la Primera comunión y la Confirmación, ya somos cristianos adultos. “Cristiano quiere decir discípulo de Cristo”, rezaba el catecismo que aprendí. Hoy entiendo que “ser discípulo” es algo más que ser bautizado. Hay un segundo bautismo, el bautismo del Espíritu, la conversión auténtica a Cristo más allá de los formalismos sacramentales. Lo que distingue al discípulo de Cristo, sin detrimento del ex opere operato del sacramento, no es el hecho de haberse bautizado, sino la calidad del seguimiento de Jesús.
Jesús se va. Es necesario. Ahora quedan sus seguidores. Al marcharse te invita implícitamente a revisar tu identidad de discípulo, a renovar tu bautismo, a profundizar cada día más en sus enseñanzas y a replantearte tu seguimiento a la luz de su Espíritu. Y explícitamente te manda que con tu palabra y tu testimonio hagas discípulos a quienes encuentras en tu camino, para que reciban el bautismo (o activen el bautismo recibido abriéndose al Espíritu recibido en él) y conozcan y vivan cada vez más en la espiritualidad del Evangelio de Cristo.
No hay duda alguna de que el evangelio de hoy, al poner el "haced discípulos" como primera obligación del misionero, está dando una clara consigna para la renovación pastoral de nuestras parroquias. Sabemos que el giro desde una sacramentalización enquistada hasta un discipulado fluido y evangelizador no es fácil; pero también sabemos que, para superar el neopaganismo ambiental que nos envuelve e incluso para penetrar en ciertas capas de la institución eclesial, no estamos solos.
“Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. Su Espíritu sigue haciéndolo presente. ¡Adelante con tu personal renovación espiritual y con tu misión eclesial!
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Audio 22 m (muy bueno)












