miércoles, 27 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD - 7. Trinidad y sacramentos

 


Un discípulo preguntó al maestro:
—¿Por qué la Iglesia toma tan en serio los sacramentos?
El maestro señaló la lluvia que caía sobre la tierra.
—Porque Dios ama esconderse en cosas sencillas.

Tomó un poco de agua entre sus manos.
—En el bautismo no sólo cae agua; Dios hace nacer una vida nueva.
Encendió una vela.
—En la confirmación no sólo hay un rito; Dios fortalece el corazón con su Espíritu.
Partió un trozo de pan.
—En la eucaristía no sólo se comparte pan; Cristo mismo se entrega.
Y mostrando dos anillos añadió:
—En el matrimonio no sólo se unen dos personas; Dios habita en su alianza.

El discípulo sonrió:
—Entonces los sacramentos son signos de Dios.
El maestro negó con dulzura:
—Son más que signos. Son lugares donde Dios cumple lo que promete.

 *

Sacramentos 

¿Por qué son tan importantes los sacramentos? Es fácil de entender  la importancia que tienen si estudiamos a fondo lo que es un sacramento. Y no es otra cosa que un signo visible que remite a una realidad invisible. Es una definición clásica acerca de lo que es un sacramento. “Signo visible de una realidad invisible”. Visto así, un sacramento es un ramo de flores, elemento visible que deja ver la gratitud invisible de quien lo entrega; sacramento son los anillos que se intercambian, que permiten expresar el vínculo invisible entre dos personas, sacramento es la foto de mamá sobre la mesa del salón que evoca la presencia de alguien que ya no está físicamente; etc.  Los signos sacramentales no suelen tener mucho valor en sí mismos (el ramo de flores se marchita, los anillos pueden ser madera, la foto puede decolorarse y deteriorarse), el valor se lo da el significado.

La Santísima Trinidad, Dios en sí, es invisible a los ojos, inasible para las manos e inefable para la lengua, pero no es muda, habla; se comunica recurriendo, entre otros lenguajes al de la creación.


“El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.”
(Sal 19,2

Este salmo nos dice, como ya comentamos al hablar de la creación, que “todo nos habla de Dios”, y cada criatura es “signo” y, en sentido amplio, sacramento de Dios, aunque para diferenciarlos de los sacramentos concretos instituidos por Cristo llamamos “sacramentales” a estos signos nada institucionales.  

En los sacramentos nos encontramos con Dios; y hay entre ellos un sacramento de los sacramentos, el sacramento raíz, el que da sentido a todos los demás: Jesucristo, sacramento del Padre. En su paso por la historia Dios se ha hecho humanamente visible para nosotros en Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero. Su vida y su mensaje hizo posible que los hombres de su tiempo pudieran ver con sus propios ojos al Dios invisible. En él se cumple toda la revelación de Dios. A partir de entonces no hay encuentro con Dios Padre que no pase por el Hijo como Mediador; y eso sólo es posible en el Espíritu Santo. De ahí la fórmula que repetimos cuando nos dirigimos al Padre, “por Jesucristo tu Hijo, en el Espíritu Santo”.   Los Sacramentos entroncan con el Misterio Pascual de muerte y resurrección de Cristo: "Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua" (Jn 19,34), bautismo y eucaristía.

Jesús dejó de estar entre nosotros tras su ascensión. Pero dejó un sacramento que prolonga su ser entre nosotros: la Iglesia. La presencia visible de Dios la afirma en el evangelio cuando Jesús dice que “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18,20). La Iglesia es signo-sacramento de Dios en la historia,  “la Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.” (LG 1; CATIC 775). 

Y esa Iglesia, sacramento de Cristo, administra la gracia de Dios “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” con los siete sacramentos, signos instituidos por Cristo con los que la Santísima Trinidad se hace presente de una manera especialísima. Estos signos o sacramentos tan especiales los llamamos Bautismo, Confirmación, Penitencia, Eucaristía, Unción de enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio.  Con ellos celebramos sacramental y simbólicamente el encuentro con la Santísima Trinidad. Son signos comunitarios, compartidos por quienes se acogen a una misma fe católica, y que en momentos importantes de la vida aseguran la bendición de la Trinidad (nacimiento, madurez humana, necesidad de perdón, necesidad de alimento, vida familiar, enfermedad, consagración sacerdotal o religiosa). La gracia (vida) de la Santísima Trinidad nos llega muy especialmente por medio de las celebraciones sacramentales. 

La imagen de la Santísima Trinidad que veneramos no es un sacramento propiamente, es un sacramental; no garantiza la presencia de Dios; la Eucaristía como sacramento sí. Es la diferencia entre la procesión de la Santísima Trinidad y la procesión de Corpus Christi; en la primera salimos con una imagen de Dios por nuestras calles, en la segunda es el mismo Dios en Cristo realmente presente en el Pan Eucarístico el que sale con nosotros.

Deberíamos purificar nuestra fe acercándonos a la Palabra y los Sacramentos; no hace falta ir a ningún santuario lejano para beber agua bendita; los sacramentos, y especialmente el bautismo y la Eucaristía, son  Agua Bendita de Dios; basta tener fe y acercarse a ellos; lo dijo Jesús a la mujer Samaritana: “El que bebe el  agua de este pozo (este mundo) vuelve a tener sed;  pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,13-15).


El discípulo dijo al maestro:
—Entonces los sacramentos son signos de Dios.
El maestro negó con dulzura:
—Son más que signos. Son lugares donde Dios cumple lo que promete.


*

Minuto de Silencio

Mira la imagen de la Santísima Trinidad, y mira el Sagrario. Imagen y sacramento. Una vida espiritual avanzada relativiza las imágenes, que pueden conducir a la idolatría; los sacramentos, al ser simbólicos, piden una fe más grande, pero son el lugar donde Dios se da con total seguridad.

La palabra griega “Misterio” (misteryon) se tradujo al latín por “Misterium”; y a los sacramentos se les llamaba celebración de los “Misterios”; y luego se les denominó “sacramentum” (sacramento). Fijáos: se pasa de la contemplación del “Misterio de Dios” (Santísima Trinidad), a la celebración de los Misterios (sacramentos, acciones de Dios). La devoción a la Santísima Trinidad, sin la celebración de los misterios (especialmente recomendables para estos días la Penitencia y la Eucaristía) carecería de sentido.

Dice el himno de san Gregorio que recitamos cada día de la novena:


¿Quién podrá adentrarse
en el Misterio de tu ser trinitario?
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
Misterio de gracia inagotable.

Nosotros tenemos el privilegio de poder adentrarnos en ese Misterio por la participación en los Sacramentos.

martes, 26 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD - 6 Unidad en la diversidad (Iglesia)

 


Un maestro encendió tres velas y las puso sobre una mesa y preguntó a sus discípulos:
—¿Cuántas llamas ven?
—Tres —respondieron.
Entonces acercó lentamente las velas unas a otras hasta que las llamas se tocaron.

Los discípulos miraron en silencio. Ya no podían distinguir dónde terminaba una llama y comenzaba la otra.Parecía un solo fuego.

El maestro dijo:
—Así es Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero el amor los une tanto que son un solo Dios.

Después tomó las velas y las colocó en medio de la sala.
—Y así debe ser la Iglesia.
Muchos rostros, muchas voces, muchos dones… pero una sola llama.

Uno preguntó:
—¿Y cuándo sucede eso?
El maestro respondió:
—Cuando cada uno deja de querer brillar solo y aprende a arder con los demás.
Y añadió:
—Entonces Dios se hace visible en medio de ellos, como un único fuego nacido de muchas llamas.

*

Unidad, no uniformidad

Son muchas las sentencias o palabras de Jesús en las que habla de “ser uno con el Padre”, y una muy  directa: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30);  e Igual que el Padre y Él son uno, pide para que todos sus discípulos seamos uno:

No solo ruego por los que me has dado, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos,  para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 20-21)

 Es importante el tema de la “unidad”, pero no hay que confundirlo con la “uniformidad”; en la uniformidad cada uno desaparece en un modelo impersonal; se pierde la identidad de cada cual. Ponerse un uniforme es señal de pertenencia a una unidad grupal, pero también es como un signo de que uno no actúa por sí mismo sino para una entidad o institución mayor. El uniforme puede ayudar a quienes necesitan una referencia externa a la hora de acercarse a  una institución, pero es despersonalizador cuando quien lo lleva renuncia acríticamente a sus propios criterios y se deja llevar por las consignas del colectivo. Los totalitarismos son muy amantes de uniformes; y los peores son los uniformes mentales. Decía Ortega y Gasset que "nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros confines, nuestra prisión".

El pasado día de Pentecostés se proclamó una lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios que aclara muy bien cómo hemos de ser en  la Iglesia  “unidad”, pero sin romper la diversidad. La clave está en que la unidad sea “espiritual”, es decir, que no nos unan intereses espurios sino el Espíritu Santo, un mismo Espíritu, que respeta la identidad de cada uno.

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos

 Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.  Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”. (1 Cor 12,6-11)

Este modelo de sociedad que es la Iglesia tiene su espejo en la Santísima Trinidad, donde cada una de las personas tiene su identidad y función propia: Padre (creador, todopoderoso, paternal), Hijo (redentor, obediente, filial) y Espíritu Santo (santificador, dador de vida).  Y a pesar de las distintas funciones no hay choque entre ellos, porque todo lo que realizan es en función es desde la unidad y para la unidad.

Así debe ser la Iglesia: “Muchos rostros, muchas voces, muchos dones… pero una sola llama”, se dice en el relato de apertura. Y ésta llamada la unidad no es accidental u optativa, es esencial y obligatoria; nos jugamos en ella la eficacia de nuestra misión: hacer presente el Reino de Dios. Nadie va a creer el Evangelio si nos ve divididos. Es necesaria la unidad “para que el mundo crea que tú me has enviado”, dice Jesús; para que aquellos a los que anunciamos el evangelio crean de veras han de dar ante todo testimonio de unidad en torno a Dios.

Las primeras comunidades cristianas atraían a muchos hacia Dios por su testimonio de unidad. “mirad cómo se aman”, se decía, “se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch 4,33).

Minuto de silencio


—¿Cuándo sucede la unidad? , preguntó el discípulo.
Y el maestro respondió:
—Cuando cada uno deja de querer brillar solo y aprende a arder con los demás.
Y añadió:
—Entonces Dios se hace visible en medio de ellos, como un único fuego nacido de muchas llamas.

Que la contemplación de la Santísima Trinidad como “unidad en la diversidad” nos ayude a imitar al mismo Dios en su ser, a trabajar la unidad entre nosotros dando paso al Espíritu Santo. Que no busquemos tanto  deslumbrar con nuestras vidas sino alumbrar con la llama del Espíritu para que así el mundo crea.


Recitando las palabras finales del Himno de san Gregorio Nacianceno, pidiendo que la pequeña luz de tu vida se una en una llama con su Luz:

Santísima Trinidad,
mi Bienaventuranza, Soledad infinita,
Inmensidad donde me pierdo!,
Me entrego a Ti. Sumérgete en mí
para que yo me sumerja en Ti
mientras espero ir a contemplar en tu luz
el abismo de tus grandezas.

*
Casto Acedo
Mayo 2026

.

lunes, 25 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD 5 - Conocer-amar a Dios


Un discípulo preguntó al maestro:
—¿Por qué, después de tantos libros sobre Dios, siento que no lo conozco?

El maestro le dijo:
—¿Conoces a tu madre?
—Claro.
—¿Porque has estudiado un tratado sobre ella?
—No, porque la amo.

El maestro sonrió:
—Solo se conoce de verdad aquello que se ama. Sin amor, las personas se convierten en objetos; y Dios, en una idea.

Luego añadió:
—Por eso Dios es Trinidad: el Padre conoce al Hijo amándolo, el Hijo conoce al Padre entregándose a Él, y el Espíritu es el amor que los une. En Dios, conocer y amar son la misma cosa.

Y concluyó:
—Quien no ama, podrá hablar mucho de Dios; pero no lo habrá conocido jamás.

 *

Conocer-amar a Dios


En el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo se narra la parábola de el juicio final. En ella Jesús identifica a Dios con el prójimo. Dirigiéndose a las buenas personas, les dice:
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis,  estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme". (Mt 5, 34-36).
Hasta aquí todo bien. Pero lo sorprendente es que los justos no sabían que estaban ayudando a Dios mismo cuando ayudaban al prójimo:
Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?". Y el rey les dirá: "En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 5, 37-40)
Se dice literalmente en el texto que cada vez que amamos o despreciamos al prójimo no es que sea “como si” amáramos o despreciáramos a Dios, es que "de hecho" le amamos o le despreciamos. Y esto da a entender que “el prójimo es Dios para nosotros”, que hay una profunda simbiosis entre la presencia de Dios y la vid del hombre.

Si contemplamos a la Santísima Trinidad como Misterio de amor podemos entender esto mejor. Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres personas distintas, pero cada una de ellas está en la otra. Ofender o amar a una  de las personas es ofender o amar a las otras. Pues bien, ¡y esto es lo maravilloso!, Dios hace extensiva a la humanidad esa comunicación vital de la Trinidad. Con la encarnación del Hijo Dios ha entrado en la historia, se ha unido a la humanidad, se ha hecho uno de nosotros. Y nos ha enseñado que nada de lo que afecta los hombres le es ajeno; de ahí su empeño en mejorar el corazón y las vidas de aquellos con los que le tocó vivir.

Sin embargo, el concepto que mejor expresa lo que somos, lo que nos une y lo que nos debemos los unos a los otros, no es el de “solidaridad” sino el de “fraternidad”. Porque no somos un “aparte” de los otros sino “parte” de los otros.

Podemos entender esto mejor cuando hablamos de la familia. Mi hermano o hermana, mi padre o mi madre no son unos ”otros” cualquiera. En cierto modo los considero parte de mí mismo. Sus alegrías y sus penas, sus éxitos y sus fracasos, son míos. Porque hay algo que nos une: la sangre, el espíritu familia. Pues bien, toda la humanidad es nuestra familia; es lo que afirmamos cuando decimos “Padre nuestro”, no sólo de los cristianos, ni de los españoles, ni de los de izquierdas o los de derechas.

En la Biblia "conocer" y "amar" son conceptos imbricados. Quien no ama no pude conocer, porque su mirada está empañada y su visión de la realidad es distorsionada por su subjetividad pecadora.



"En Dios -en la Santísima Trinidad, dijo el maestro en la historia transcrita al principio- el Padre conoce al Hijo amándolo, el Hijo conoce al Padre entregándose a Él, y el Espíritu es el amor que los une. En Dios, conocer y amar son la misma cosa". Y concluyó: —Quien no ama, podrá hablar mucho de Dios; pero no lo habrá conocido jamás"

Adorar a Dios no es posible si odias al hermano. “Quien no ama a su hermano al que ve, no puede amar a Dios a quien no ve”, dice la carta de san Juan (1 Jn 4,20). El conocimiento verdadero se da en el amor: "El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1 Jn 4,8). En la Biblia “conocer” es amar. El odio distorsiona la visión de la realidad y sume el alma en la ignorancia de creer que su visión borrosa es la única verdad. Acceder al conocimiento de Dios exige apertura de mente y de corazón; si en tu mente y en tu corazón no caben el perdón y la misericordia para con el prójimo, tampoco cabe el conocimiento de Dios. A Dios no se accede por las ideas sino por el abandono amoroso.


Minuto de silencio

Contemplando a la Santísima Trinidad podemos miramos el modelo de familia que somos. Hay entre nosotros una diversidad en las apariencias, las formas, las creencias, las ideas, etc., pero también una unidad en el mismo Espíritu. Debería ver en la Trinidad a todo el mundo unido en un mismo Dios. Eso es lo que predicó Jesús: el Reino de Dios, un estilo de sentir y de vivir donde nadie es extraño a nadie, sino hermano, una fraternidad universal.

El modo de amar de Jesús, el Hijo, nos llama a imitar ese mismo amor. ¿Cómo? Acercándonos a quien tenemos que amar más con humildad, sin subjetivismos, mirándole desde Dios, es decir, con amor. Así le conoceremos, comprenderemos que sus actitudes negativas son fruto de sus circunstancias personales o sociales, y le amaremos in exigirle que responda a lo que nosotros esperamos de él. Así fue el amor que mostró Jesús.

Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor,
«desciende sobre mí» para que en mi alma
se realice como una encarnación del Verbo.
Que yo sea para El una humanidad suplementaria
en la que renueve todo su Misterio de amor.
(Santa Isabel de la Trinidad)

En el silencio de tu corazón, desea que también en ti se realice el mismo amor de Cristo encarnado, con palabras de santa Isabel de la Trinidad: "que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo".

Casto Acedo

Mayo 2026 

domingo, 24 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD 4 - Espíritu Santo (Pentecostés)

Vivir "en el Espíritu"

Un discípulo preguntó al Maestro:

—¿Qué significa vivir “en el Espíritu”?


El Maestro señaló una vela encendida.

—Mira la llama. No vive para sí misma; se consume dando luz y calor. Así es la vida espiritual: una vida marcada por el amor.

—¿Entonces el Espíritu Santo es amor?

El Maestro sonrió.

—Entre el Amante y el Amado, el Espíritu es el Amor mismo. La misericordia de Dios fluyendo entre el Padre y el Hijo y desbordándose  en la creación.


Luego añadió:

—Muchos creen que vivir en el Espíritu es tener experiencias extraordinarias. Pero el Espíritu suele parecerse más a una paciencia silenciosa, a un perdón inesperado, a una ternura que no se cansa, un deseo de justicia que no se detiene ante nada.

 

El discípulo preguntó:

—¿Y cómo sé si alguien vive en el Espíritu de Dios?

El Maestro respondió:

—Mira si ama. Porque donde el amor es verdadero, allí está respirando el Espíritu Santo.

 * 

Son hermosas las enseñanzas de San Agustín sobre la Santísima Trinidad. En su tratado sobre el Misterio usa muchas imágenes y comparaciones para intentar comprender lo incomprensible y hablar de lo inefable. Se refiere a la Trinidad comparándola con las facultades del alma:  memoria (Padre), entendimiento (Hijo) y voluntad (Espíritu Santo); o con la tríada que forman la fuente (P), el rio (H) y el agua que comparten (ES).

Una de esas comparaciones refiere que en Dios están presentes, “tres realidades: el que ama, lo que se ama y el amor. ¿Qué es el amor, sino vida que enlaza o ansía enlazar otras dos vidas, a saber, al amante y al amado? (De trinitate,9).

Cuando Jesús se acercó  Bautista al Juan para recibir su bautismo, dice la Sagrada Escritura que se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.  Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien complazco” (Mt 3,16-17)

Dios Padre es el amante que revela al Hijo desde el cielo. Jesús es el Hijo el Amado; y el  Espíritu Santo, dice san Agustín, es el Amor de Dios recibido en el Jordán y vuelto al Padre en el momento de la Cruz, cuando “Jesús, clamando con voz potente, dijo: ´Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu´. Y, dicho esto, expiró” (Lc 23,46), es decir, soltó el Espíritu” 

En el momento de su muerte Jesús parece decir al Padre: "todo está cumplido" (Jn 19,30); desde que comencé mi vida pública me he dejado arrastrar por tu Espíritu Santo, por tu mismo amor, Padre; Él “me ha ungido; me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia” (Lc 4, 18-19); ahora el Espíritu vuelve a Ti a la espera de Pentecostés, el día en que el mismo Espíritu de amor que estuvo conmigo sea dado a la humanidad toda para su santificación.

Vivir en cristiano es algo tan sencillo como conservar y dejar crecer en nosotros y en el mundo el amor que Dios nos ha dado con su Espíritu. 

*

"Ama y haz lo que quieras"


Son de agradecer los intentos  de san Agustín por explicarnos lo inexplicable con comparaciones. La imagen de Dios como Amante, Amado y Amor evangeliza el corazón, porque pone ante él una verdad que a menudo olvidamos: la centralidad del mandamiento  del amor. El mismo san Agustín resumió la moral cristiana en una frase escandalosa; algunos la consideran demasiado liberal, permisiva, rompedora; otros, los que conocen bien a san Agustín, saben que es una frase escandalosa no porque invite a la permisividad moral sino por su extrema exigencia: “Ama y haz lo que quieras”. Ama como Dios ama.

 

En su diálogo con la Samaritana Jesús, al referirse al culto debido a Dios le dice a la mujer:

“Se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”(Jn 4, 23-24).

Adorar a Dios en Espíritu y Verdad es adorarlo en la práctica del amor. Dios es Espíritu (es amor) y los que le adoran deben hacerlo amándole a Él y al prójimo con la misma intensidad con la que Jesús amó al Padre y nos amó a nosotros; hasta dar la propia vida por todos (cf Rm 5,8).

—¿Cómo sé si alguien vive en el Espíritu de Dios? – preguntó el discípulo.

El Maestro respondió:

—Mira si ama. Porque donde el amor es verdadero, allí está respirando el Espíritu Santo.

 *


Un minuto de silencio

 

Haz el minuto de silencio contemplando a la Santísima Trinidad, Misterio de amor. Mira como fluye el Amor entre el Padre y el Hijo; Padre e Hijo unidos por el Espíritu del Amor. Imagina una humanidad unida por ese mismo Espíritu. Sin  guerras, ni hambre, ni enfermos desatendidos; sin violencia, porque el Espíritu de Dios, Espíritu de paz, lo llena todo.

Ora con santa Isabel de la Trinidad:

¡Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor,

«desciende sobre mí» para que en mi alma

se realice como una encarnación del Hijo.

Que yo sea para El una humanidad suplementaria

en la que renueve todo su Misterio de amor.


*

Casto Acedo.

Mayo 2026

 

jueves, 21 de mayo de 2026

Novena Trinidad - 1 Dios es Misterio.




Dicen que una mujer murió después de una vida larga y llena de obligaciones. Había cuidado de su casa, de sus hijos, de su esposo y de todos los que acudían a ella. Cuando llegó ante Dios, escuchó una voz que le preguntó:
—¿Quién eres?
Ella respondió enseguida:
—Soy la esposa de Miguel.
Y Dios le dijo:
—No te he preguntado de quién eres esposa.

La mujer pensó un momento y contestó:
—Soy madre de cuatro hijos.
La voz respondió:
—No te he preguntado cuántos hijos tienes.

Algo confundida, añadió:
—Fui maestra durante treinta años. Ayudé a muchas personas.
Y Dios volvió a decir:
—No te he preguntado qué hacías.

La mujer guardó silencio. Por primera vez en su vida, no tenía un papel al que aferrarse, ni un nombre prestado, ni una tarea, ni una función.

Entonces la voz preguntó de nuevo, con dulzura:
—¿Quién eres… cuando no eres la esposa de nadie, ni la madre de nadie, ni lo que haces para los demás?

La mujer bajó la mirada. Hubo silencio en su corazón.
Y cuentan que ese silencio fue el comienzo para encontrarse a sí misma de verdad.

 

*


Sueles hablar acerca de lo que haces o de lo que tienes, incluso a veces hablas de lo que eres loando tus capacidades o tus logros. Pero si te preguntas desde fuera de ti mism@ "quién eres" no consigues dar con la respuesta adecuada.

 

¿Quién soy más allá de lo que hago, tengo o está escrito en mi DNI? Y aquí sólo cabe una respuesta: “Soy un misterio”, soy un misterio, algo que no puedo explicar con palabras; ¿quién es es@ que observa desde dentro mis pensamientos y mis obras? Porque y o no soy lo que pienso ni lo que hago, soy otro. No puedo explicar quién soy, solo puedo sentirme y vivirme. ¿Quién soy yo? Soy un misterio que tengo que conocer y vivir  desde mi sinceridad interior.

 

Dice la Biblia que Dios hizo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Y si yo soy un misterio para mí, ¿quién es Dios? ¿No es también un Misterio?   Podemos preguntarle a la gente acerca de quién es Dios, y unos te dirán que no existe, otros que una invención de la mente, otros, creyentes, te dirán que es el que hizo todo lo que veo y palpo, el que me ha salvado, el que me ha curado, etc... Y podríamos decir lo que se le dice a la mujer del cuento con el que iniciábamos este escrito: no pregunto si existe o no, tampoco lo que ha hecho, ni de qué te ha salvado, ni de qué enfermedad te libró; te pregunto "quién es Dios". Y si tú, imagen de Dios, eres "un misterio", Dios en sí es también un Misterio.

“¿Quién eres… cuando no eres la esposa de nadie, ni la madre de nadie, ni lo que haces para los demás? La mujer bajó la mirada. Hubo silencio en su corazón. Y cuentan que ese silencio fue el comienzo para  encontrarse de verdad”"

También al Misterio de Dios se accede por el silencio y la contemplación. "Contemplar" es "mirar otra vez", ir más allá de la cáscara, más allá del envoltorio de la persona, para poder verla en su ser eterno. Contemplar a Dios es callar nuestras ideas sobre Él, nuestras imágenes (también la imagen de la Santísima Trinidad que preside nuestra novena) y nuestras palabras.

A Dios sólo podemos acercarnos entrando en el mismo “silencio”, dejando a un lado nuestras visiones particulares, nuestras ideas interesadas acerca de Él, nuestras expectativas de lo que esperamos obtener de Él en esta novena o en nuestras oraciones. Ante el misterio, y Dios es el MISTERIO DE LOS MISTERIOS, no valen razonamientos (¿tres en uno?) ni componendas (imaginarlo según mi saber y conveniencia). Ante el Misterio  de Dios que nos sobrepasa sólo nos queda contemplarlo en el silencio.


Minuto de silencio

Haz un minuto de silencio... Y pregúntate: ¿Quién soy yo? Deja a un lado tus creencias, despójate de tus títulos (padre, madre, maestro, funcionario, vecino...) y ahonda en tu ser; “soy Hijo de Dios, estoy habitado por el Espíritu Santo”, soy “misterio”  ....Y desde lo más hondo de tu ser contempla (mira con los ojos del corazón) a la Santísima Trinidad; ve más allá de la imagen ... y pregunta a Dios: Señor, ¿quién eres Tú?  


Repite  interiormente con san Gregorio Nacianceno::

 

Oh Dios, Trinidad Santísima,  

eres “el más allá de todo”.

Trinidad bendita, Misterio insondable. 

¿Cómo llamarte con otro nombre?

No hay palabra que te exprese 

ni espíritu que te comprenda

si tu Espíritu no abre su entendimiento.


*

 Casto Acedo

Mayo 2026

 

Pentecostés (24 de Mayo)

 


HECHOS DE LOS APÓSTOLES
 2,1-11

AL cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:

«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

¡Palabra de Dios!

*


Espíritu Santo 

La semana pasada, celebrando la Ascensión, el Señor nos invitaba a quedarnos en casa a la espera del Espíritu. “Les ordenó que no se alejaran de Jerusalén" (Hch 2,4). Hoy, tras unos días de espera en oración, celebramos el envío y recepción del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es la persona más desconocida de la Santísima Trinidad. Y no sólo por ser la más difícil de dibujar o imaginar mentalmente. Es una persona que se resiste a ser cosificada. Pintamos al Padre como un abuelo sabio, canoso e indulgente, con reminiscencias manidas adquiridas desde la parábola del hijo pródigo. Al hijo le solemos representar con un rostro de atractiva humanidad, o con un gesto doloroso de entrega en la cruz. Pero para el Espíritu Santo nos faltan imágenes humanas de referencia; para describirlo recurrimos a símbolos: paloma, agua, viento, rocío, fuego, aceite, etc.,  que evocan, pero que no logran definir por sí mismas, el Misterio de Dios. 

Una de las cosas buenas que tiene la tercera Persona de la Santísima Trinidad es que es difícil de objetivar en una concreta imagen externa. Esto nos previene de caer en una sutil y camuflada idolatría. ¿No hay quien se focaliza en la imagen sin traspasar su significado?

Mejor el símbolo que la imagen. Las representaciones materiales son fácilmente manipulables; el cuadro o imagen del santo o la santa a quien acude el devoto permanece siempre el mismo (¡que no nos cambien el santo!), los símbolos, sin embargo, se disipan o se consumen, quedando sólo la referencia a lo simbolizado; de este modo remiten siempre a un reconocimiento más espiritual que material.

Así, al Espíritu no solemos darle culto sacando una enorme paloma en andas procesionales, ni poniendo cañones de aire que ventilen artificialmente los templos y las calles. Tampoco idolatrando un cirio, una hoguera o una pila de agua bendita; aunque algunos lo intenten. El Espíritu (mayúsculas) sólo puede ser adorado y reconocido en el espíritu (minúscula). Sin cultivo de una espiritualidad genuina, sin vida interior, no hay verdadero culto a Dios. La dificultad a la hora de acercarnos a Dios-Espíritu-Santo  no está tanto en la imposibilidad para imaginarlo sino en la poca relevancia que le damos en la vida personal y en la vida de la comunidad. 

Como realidad espiritual Dios Espíritu Santo nos previene de la idolatría material de las imágenes (cf Ex 20,3-4) e invita a ser conocido desde la fe que se nutre en la experiencia, a ser adorado como Presencia (presente) en el corazón del creyente y en el halo de divinidad que nimba a toda la creación.  “Se acerca la hora, ya está aquí, –dijo Jesús a la Samaritana- en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así.  Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».  (Jn 4, 23-24).


Pentecostés 

Pentecostés celebra la fiesta del Espíritu, fiesta de Dios, porque Dios es Espíritu. 

¿Qué ocurrió en Pentecostés? Algo  muy grande. Incomprensible. Inefable. El libro de Hechos de los apóstoles habla de un grupo de personas reunidas en un mismo lugar, en oración, abiertas en fe al porvenir de una promesa. En realidad no saben cómo continuar la obra del Resucitado, pero confían. Por eso oran a pecho descubierto, arrepentidos de su anterior abandono del maestro y felices de hacerle podido ver resucitado, vacíos de ego, abiertos al don de Dios. Y cuando retumba el lugar, sopla el viento y se posa en ellos el fuego, no cierran sus ventanas por miedo a una catástrofe, sino que se dejan invadir por esa Presencia de aire, luz y energía (fuerza) del Espíritu que cambia sus vidas y les impulsa a salir de sí y a anunciar con entusiasmo el Reino de Dios. 

Estamos hablando de un encuentro real y vivo con el Espíritu; o sea,  de una experiencia de Dios. Aquellos hombres y mujeres no fueron motivados a evangelizar partiendo de unos planes pastorales o ideas geniales acerca de cómo explicar algo (teologías). Salieron llenos de Espíritu y de vida. No supieron como decir lo que estaban viviendo, pero todos comunicaban y a todos se les entendía como si hablaran la lengua materna de los oyentes. Muchos se reían de ellos, pero no les importaba, porque habían dejado atrás el culto al qué dirán. 

Pedro da la razón de todo lo que sucede: Dios ha resucitado a Jesús, al que matasteis, y vuelto a la vida "ha derramado su Espíritu, tal como vosotros mismos estáis viendo y oyendo" (Hch 2,33).  La promesa del Nazareno, que había dicho que “cuando sea levantado (crucifixión, ascensión) sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32) se está cumpliendo.

Había en el lugar gente "venidas de todos los pueblos que hay bajo el cielo. ... acudió la multitud y quedaron desconcertados, estupefactos y admirados, diciendo: ¿No son galileos todos estos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros les oímos hablar en nuestra lengua nativa?" (Hch 2,5-8).  Se refieren a  la lengua del Espíritu Santo, lengua nativa, maternal, universal: el lenguaje del amor.

En medio del desconcierto, el estupor y la admiración que produce la pluralidad y diversidad de modos y maneras, hay un punto de unidad: un mismo Espíritu, "un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos" (Ef 4,5-6). Cuando Dios, "luz que ilumina a todas las naciones" (Lc 2,32), es acogido todo se unifica. Es un indicativo claro de hacia donde debe caminar la Iglesia, que no es sino hacia donde el Espíritu la lleva, a la edificación de una comunidad universal donde el amor sea el único criterio de pertenencia. 


¡Ven, Espíritu divino!

Pide hoy el don del Espíritu para ti, para la Iglesia y para el mundo. Este Soplo divino es la clave secreta, escondida, misteriosa, para alcanzar la paz, el progreso y el entendimiento entre todos los seres de la tierra; porque "hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Dios que obra todo en todos" (1 Cor 12,4-6).

¡Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno!

Amén.
😊

Mayo 2026
Casto Acedo.

NOVENA TRINIDAD - 7. Trinidad y sacramentos

  Un discípulo preguntó al maestro: —¿Por qué la Iglesia toma tan en serio los sacramentos? El maestro señaló la lluvia que caía sobre la ti...