—¿Cuántas llamas ven?
—Tres —respondieron.
Entonces acercó lentamente las velas unas a otras hasta que las llamas se tocaron.
Los discípulos miraron en silencio. Ya no podían distinguir dónde terminaba una llama y comenzaba la otra.Parecía un solo fuego.
El maestro dijo:
—Así es Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero el amor los une tanto que son un solo Dios.
Después tomó las velas y las colocó en medio de la sala.
—Y así debe ser la Iglesia.
Muchos rostros, muchas voces, muchos dones… pero una sola llama.
Uno preguntó:
—¿Y cuándo sucede eso?
El maestro respondió:
—Cuando cada uno deja de querer brillar solo y aprende a arder con los demás.
Y añadió:
—Entonces Dios se hace visible en medio de ellos, como un único fuego nacido de muchas llamas.
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Unidad, no uniformidad
Son muchas las sentencias o palabras de Jesús en las que habla de “ser uno con el Padre”, y una muy directa: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30); e Igual que el Padre y Él son uno, pide para que todos sus discípulos seamos uno:
“No solo ruego por los que me has dado, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 20-21)
Es importante el tema de la “unidad”, pero no hay que confundirlo con la “uniformidad”; en la uniformidad cada uno desaparece en un modelo impersonal; se pierde la identidad de cada cual. Ponerse un uniforme es señal de pertenencia a una unidad grupal, pero también es como un signo de que uno no actúa por sí mismo sino para una entidad o institución mayor. El uniforme puede ayudar a quienes necesitan una referencia externa a la hora de acercarse a una institución, pero es despersonalizador cuando quien lo lleva renuncia acríticamente a sus propios criterios y se deja llevar por las consignas del colectivo. Los totalitarismos son muy amantes de uniformes; y los peores son los uniformes mentales. Decía Ortega y Gasset que "nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros confines, nuestra prisión".
El pasado día de Pentecostés se proclamó una lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios que aclara muy bien cómo hemos de ser en la Iglesia “unidad”, pero sin romper la diversidad. La clave está en que la unidad sea “espiritual”, es decir, que no nos unan intereses espurios sino el Espíritu Santo, un mismo Espíritu, que respeta la identidad de cada uno.
“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos
Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”. (1 Cor 12,6-11)
Este modelo de sociedad que es la Iglesia tiene su espejo en la Santísima Trinidad, donde cada una de las personas tiene su identidad y función propia: Padre (creador, todopoderoso, paternal), Hijo (redentor, obediente, filial) y Espíritu Santo (santificador, dador de vida). Y a pesar de las distintas funciones no hay choque entre ellos, porque todo lo que realizan es en función es desde la unidad y para la unidad.
Así debe ser la Iglesia: “Muchos rostros, muchas voces, muchos dones… pero una sola llama”, se dice en el relato de apertura. Y ésta llamada la unidad no es accidental u optativa, es esencial y obligatoria; nos jugamos en ella la eficacia de nuestra misión: hacer presente el Reino de Dios. Nadie va a creer el Evangelio si nos ve divididos. Es necesaria la unidad “para que el mundo crea que tú me has enviado”, dice Jesús; para que aquellos a los que anunciamos el evangelio crean de veras han de dar ante todo testimonio de unidad en torno a Dios.
Las primeras comunidades cristianas atraían a muchos hacia Dios por su testimonio de unidad. “mirad cómo se aman”, se decía, “se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch 4,33).
Minuto de silencio
—¿Cuándo sucede la unidad? , preguntó el discípulo.
Y el maestro respondió:
—Cuando cada uno deja de querer brillar solo y aprende a arder con los demás.
Y añadió:
—Entonces Dios se hace visible en medio de ellos, como un único fuego nacido de muchas llamas.
Que la contemplación de la Santísima Trinidad como “unidad en la diversidad” nos ayude a imitar al mismo Dios en su ser, a trabajar la unidad entre nosotros dando paso al Espíritu Santo. Que no busquemos tanto deslumbrar con nuestras vidas sino alumbrar con la llama del Espíritu para que así el mundo crea.
Recitando las palabras finales del Himno de san Gregorio Nacianceno, pidiendo que la pequeña luz de tu vida se una en una llama con su Luz:






