miércoles, 29 de abril de 2026

Felipe y Tomás (4º Pascua A)

 EVANGELIO
Juan 14, 1-12

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: —«No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y a donde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice: —«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde: —«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice: —«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica: —«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre».

Palabra del Señor.

* * *

¿Pueden dos personas pasar semanas, meses, incluso años, viviendo cerca y no conocerse a pesar de estar juntos tanto tiempo? ¿Se puede compartir, camino, casa, mesa, incluso lecho, con alguien sin llegar a conocerlo en profundidad?

¡Pues sí! La experiencia enseña que dos personas que comparten muchas circunstancias de la vida (esposos, hermanos, compañeros de estudio o trabajo, etc.) pueden no llegar a compartir lo más sagrado: su interioridad. Se comparten cosas (tiempo, dinero, espacio, aficiones, ideas...incluso los propios cuerpos, como en el caso de los esposos y/o amantes), y sin embargo, el corazón, la identidad personal del otro, puede permanecer ajena, extraña y lejana.

Felipe

Algo así le pasó a Felipe. Había compartido con Jesús los caminos, la mesa, el trato cercano y directo; le había oído hablar una y otra vez del Padre, incluso le vio hacer milagros. En el tiempo que llevaba con Él le había sorprendido su grandiosa sencillez, su modo de conjugar la voluntad del Padre con su libertad inaudita ante los hombres,... pero aún no le conocía a fondo, no había entrado en el misterio de Dios que era Jesús. En lenguaje teológico actual podríamos decir que conocía al Jesús histórico, pero aún no se había acercado al Cristo de la fe.

Por eso, en su ignorancia hace a Jesús una petición: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Y Jesús le responde como con palabras a la vez duras y cariñosas: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,8-9).

Felipe, discípulo y apóstol, estaba en la primera fase de su conocimiento de Jesucristo. Le fascina su humanidad. Pero su persona encierra un misterio que el Evangelio de san Juan, con claro enfoque pospascual, va poniendo poco a poco en evidencia: su divinidad. Todos los signos que hace y las palabras que dice Jesús tienen como finalidad mostrar ese misterio; el evangelio ha sido escrito "para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre" (Jn 20,31)

Cada uno de nosotros podemos pasar años siguiendo a Jesús, oyéndole, contemplándole en su deambular evangélico por Galilea, Samaria y Judea, etc., pero puede que aún no nos hayamos dado cuenta de que Jesús es el rostro visible del Padre Dios. La humanidad de Jesús nos fascina, porque nos atrae su abundante ternura y misericordia. Su muerte la asimilamos como final lógico de un hombre bueno a manos de los malvados a los que resulta molesto. Sin embargo, el hecho fundamental de su divinidad que es la resurrección, no es tan fácil de digerir por nuestra mentalidad cientificista.

Y aquí entra en juego la contemplación serena, la mirada a Jesús "desde la otra orilla", la consideración de su persona (ser) más allá de sus obras (hacer): "¿Quién es este...?" (Mc 4,41, Lc 7,49; 9,9; ; Mt 21,10). Hay un inconveniente para conocer el misterio de la persona de Jesús; sólo se accede al "secreto de la persona de Jesús" por el camino de la gracia; es puro don de Dios. "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo", dijo Pedro en Cesarea de Filipo, y Jesús le responde "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16,16-17).


"Se encarnó por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre", reza el credo. "Dios hecho hombre". Una afirmación que tal vez por ser tan excesivamente proclamada y oída en ámbitos doctrinales y litúrgicos ha perdido fuerza e impacto vital. Si nos permitiéramos una encuesta entre los que se dicen cristianos, tal vez nos sorprendería la cantidad de arrianos -así se llaman los que niegan la divinidad de Jesús- que existen en nuestra iglesia.

Son muchos los que aceptan la humanidad de Jesús en su ser y en su manera humana de actuar, pero no tantos los que se atreverían a aceptar su palabra cuando dice que "quien me ve a mi ve al Padre" (Jn 14,9) o "el Padre y yo somos uno" (Jn 10,30).

Seamos sinceros. Lo que el mundo cristiano de hoy necesita es incidir un poco más en la divinidad de Jesús. Tal vez en tiempos de excesivo pietismo necesitó apuntalar su humanidad, pero cuando el activismo y la exterioridad parecen ser lo único valioso, no vendría mal una dosis de mística e  interioridad.

Olvidamos que Jesús, según el parecer de los teólogos, fue creciendo en la toma de conciencia de su especial filiación divina; y no hay duda de que su obrar misericordioso es fruto de su conciencia de ser Hijo del Padre de misericordia. Así también nosotros, tomando conciencia de nuestra filiación divina ("somos hijos de Dios"), somos también movidos a crecer en humanidad teniendo cada día una mayor conciencia de ser coparticipes de la divinidad, como Jesús.

El punto de referencia de lo que somos lo tenemos en Él. Acercándonos, conociéndole, nos acercamos al corazón de Dios, a su misterio; y aprendemos que somos hijos en el Hijo (cf Rm 8, 16-17), y asumimos desde ahí las cualidades de su ser.

La catequesis más excelsa sobre el Padre Dios es la que nos da el Hijo “A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). Los evangelios son el testimonio de su paso entre nosotros, de su cercanía. No creemos en un Dios lejano y ajeno, sino cercano y familiar, que comparte nuestras vidas y puede ser contemplado en nuestra historia. Es algo inaudito, pero real; es la grandeza del cristianismo.


Tomás

Tomás, como Felipe, también pide explicaciones. Este apóstol resume en sus actitudes algo tan humano como son las dudas de fe. “Los discípulos le decían: -Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20,24-25).

Había escuchado Tomás con atención las palabras de Jesús: “os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y a donde yo voy ya sabéis el camino” (Jn 14,3-4); y Tomás pide aclaración: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Y Jesús le responde: yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 5-,6).

Jesús revela a Tomás y de paso a todos nosotros algo inaudito: para ir al Padre no hay unos caminos (moral, normas de comportamiento), ni unas verdades (dogmas, filosofías, doctrinas), ni unas energías naturales (fuerzas cósmicas). A Dios sólo se llega por medio de una persona: Jesucristo.

"Yo soy el camino, la verdad y la vida". No consiste la salvación en que nosotros salgamos a la búsqueda de un camino, una verdad o un amor, sino en que dejemos que el Camino, la Verdad y la Vida, es decir, la persona de Jesús, venga a nosotros. Se trata de dejarnos encontrar por Dios (dar paso en mí a la gracia), dejando atrás la idea de llegar a Él por caminos voluntaristas o mágicos (cumplimiento de una ley, dominio de unas técnicas, esoterismo, etc.). Tomás y Felipe buscaban, pero su vida no cambió definitivamente hasta que ellos mismos se dejaron encontrar por Dios en Jesús.

Lo definitivo en el seguimiento no son las normas o leyes a seguir, sino Aquel a quien se sigue ("Yo soy el camino"); la última palabra no la tiene el hombre, sino Dios Padre que se ha dado a conocer en el Hijo ("Yo soy la Verdad"); y la vida eterna no consiste en que nosotros amemos, sino en que Él nos amó primero en Jesús ("Yo soy la vida").

Ser discípulo no es seguir un manual de instrucciones sino dejarse embaucar por Jesucristo y su modo de vivir que avalan su identidad: “Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre en mi. Si no, creed a las obras” (Jn 14,11). Cuando el evangelio de san Juan parece excesivamente volátil da un giro y toma tierra: creed a las obras. Si al hablar de Felipe indicábamos la importancia de la divinidad, aquí se señala la humanidad que se revela en sus obras.

Las obras de Jesús, en especial su misericordia para con los más débiles y menos amables, dan consistencia a sus palabras. La teología de la acción verifica y apuntala la de la contemplación. ¿Sería de fiar Jesús cuando dice que creamos en Él si su biografía no nos mostrara en su obrar que era un hombre de Dios? Jesús nos revela su relación con el Padre: “Yo estoy en el Padre y el Padre en mi” (Jn 14,11); “El Padre y yo somos uno” (Cf Jn 17,22). Jesús es Dios. No podemos negar su divinidad, porque eso sería negar sus obras, que son de Dios.

Tomás pidió ver las llagas de la pasión para creer en la resurrección. Y Jesús les mostró las manos y el costado (Jn 20,25), signos físicos de su humanidad entregada. En este caso las obras, los hechos, llevan a Tomás a la fe en Jesús como "Dios hecho hombre".

Es un buen camino el testimonio para evangelizar; pero la fe más firme llega en la intemperie y la sequedad: "Dichosos los que crean sin haber visto" (Jn 20,29). ¿Por qué la fe es más firme en la oscuridad? Porque las obras humanas, donde a veces se apoya la fe, pueden fallar y ponerla en crisis. Pero el abandono de la voluntad a Dios más allá de apoyos humanos, da lugar a una fe más pura sostenida sólo por la gracia de Dios.



Creer, orar, amar.

"Cuando me vaya...", dice Jesús a los suyos. Él se va y aquí quedamos nosotros. Es hora de caminar en la ausencia, la hora de los discípulos, el momento de la fe y el testimonio de los hechos. Creer en Él y hacer lo que él hizo será el modo de seguir estando cerca de Él.

Puede que tengas una inteligencia solamente humana de Jesús; te da la sensación de tras su paso por la história lo único que queda  es el ejemplo de su vida como ley suprema a seguir. Si es así es muy triste, porque la ley no salva ni da vida (Rm 7,7-25; Gal 3). Sólo cuando al ejemplo de Jesús crucificado se le une la presencia de Dios en Él ("Señor mío y Dios mío", Jn 20,28), adquiere sentido la vida cristiana. 

"El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores" (Jn 14,13). Quien cree en Jesús hace las mismas obras que Él. Obrando como Él y con Él tus obras se teñirán de humildad; tu fe te hará ver que todo viene de Él, y que no tienes motivos para vanagloriarte de nada de lo que haces; porque tus buenas obras son gracia de Dios y producto de la fe con la que te abres a sus dones. ¿Es tu vida como la suya? ¿Vives con entrega al servicio de Dios y de los hermanos? ¿Haces, como Jesús, las obras de Dios? ¿No? Entonces te falta fe. La falta de fe puede venir por el poco tiempo dedicado a la contemplación-oración. Creer, orar, amar, tres verbos que se han de conjugar juntos.

La Pascua nos sigue invitando a creer desde las obras de Jesús y a obrar según nuestra fe en Él. Con Tomás y Felipe, entra en intimidad con Jesús, escúchale, pregúntale, aclara tus dudas y no dejes de seguirle.
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Mayo 2026,
Casto Acedo

jueves, 23 de abril de 2026

Yo soy la Puerta

EVANGELIO Jn 1,1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor

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Recurso de audio al final de la entrada. 
Y también una reflexión centrada más en el Buen Pastor que en la Puerta
y un tema musical: "Voz suave del Buen Pastor". 


YO SOY LA PUERTA

Hablar de Dios no es fácil. Tal vez por ello, desde el púlpito los predicadores tendemos a disertar sobre moral, costumbres, normas de comportamiento o avisos espirituales. Hablar de Dios y de las cosas del espíritu es complicado. Para ello hemos de echar mano de símbolos. 

Uno de los símbolos recurrentes en casi todas las religiones es el de la Puerta.  En el budismo e hinduismo la puerta simboliza el paso del mundo material al espiritual. En el judaísmo se presenta el símbolo de la puerta como el acceso a un mundo sagrado donde se encuentra cobijo y protección; es frecuente  en esta tradición colocar en la jamba derecha de la  puerta la mezuzá, un pergamino que contiene pasajes de la Ley (Dt 6, 4-9 y 11,13-21) y que se pone en el marco derecho de las puertas de los hogares judíos en cumplimiento de un mandamiento bíblico, simbolizando la fe en un solo Dios, su protección y la identidad judía de la casa. Hay un lugar seguro tras la puerta y afuera está el peligro. En el islam se habla de las puertas del paraíso, donde también hay varias puertas, cada una asociada a una de las virtudes.

¡Qué distinto es el evangelio de Jesucristo! Para que le conozcamos echa mano de imágenes que podamos entender. Y no solo imágenes para dar a entender la personalidad de Jesucristo sino para definirse en ellas. En el Evangelio de san Juan son muy recurrentes  los “ego eimi” (yo soy), palabra griega que nos recuerda el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, cuando Dios revela a Moisés su nombre en el monte Horeb: Yahvé: Yo soy el que soy- (Ex 3,14).  Queriendo dar a conocer  su divinidad  Jesús se presenta en san Juan como “yo soy el Pan de vida, yo soy el Buen Pastor, yo soy la Vid, yo soy la Puerta, yo soy el Camino, yo soy la Verdad, yo soy la Resurrección y la vida”.

“Soy la puerta”, dice Jesús hoy. El símbolo no se cita como  un medio para llegar a Dios; va más lejos: el mismo Jesucristo habla de sí mismo no como Puerta que lleva a algún sitio sino más bien como lugar al que se llega; más que entrar por la puerta se invita a entrar en la puerta. Los "yo soy" invitan a relativizar las mediaciones (agua, puerta, luz, pastor) e ir directamente a Dios.

La puerta de la vida

Hay momentos en la vida en que nos vemos en la tesitura  de elegir entre varias opciones. ¿Qué camino seguir? Andamos estancados en un lugar cerrado, como un gran salón circular con numerosas puertas invitándonos a ser abiertas y a pasar a través de ellas a una situación mejor. ¿Qué puerta cruzar para dejar atrás la desesperanza?  Algunas de las puertas que tenemos ante nosotros  nos seducen con músicas celestiales, otras con luces llamativas, en otras se vislumbra un paraíso dulce e indoloro, ... casi  todas son puertas anchas y fáciles de abrir.

Pero hay una puerta que no te invita a entrar recurriendo a la trampa de satisfacer tus apetitos. Es una puerta más estrecha que las otras, lo cual parece indicar que hay que adelgazar un poco para poder traspasarla. "Entrad por la puerta estrecha -dice Jesús-. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos" (Mt 7,12-14). No se puede entrar por la puerta estrecha con los bolsillos llenos; antes hay que eliminar las carnes superficiales, aquellas que engorda el ego.

La puerta estrecha es la puerta de la Verdad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,31). dice el rótulo que la adorna. La verdad no admite componendas. La puerta estrecha de la verdad pide  aceptar que se vive en la mentira y exige soltar los engaños para pasar por ella. 

Para los cristianos, tal como nos enseña el evangelio de hoy, la puerta de la liberación es Cristo mismo. No dice Jesús “yo soy como una puerta” sino “yo soy la puerta”, la única puerta de la salvación. Antes ha expuesto una parábola acerca de ladrones y bandidos que entran al redil de las ovejas saltando la tapia. Hay que precaverse para no ser engañados por quienes acceden al redil sin tener en cuentas a Cristo. Son los falsos pastores, mercenarios y asalariados que no buscan el bien de las ovejas sino su propio beneficio (Jn 10,8-14).

Para acertar a elegir la puerta de la vida el Evangelio nos da una pista: conocer a Jesús por la escucha de la Palabra, la oración y el seguimiento; todo esto nos proporcionará la intimidad necesaria y  el conocimiento cierto del Buen Pastor, que conoce y  llama “por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Y cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”. 


Libertad para entrar y salir

Lo de ser puerta hay que saber entenderlo bien. Puede que haya quien piense que entrar en Jesús es entrar en una clausura irreversible. Jesús es la Puerta, pero no es una Puerta cerrada que se abre sólo desde fuera. También se abre desde dentro. Entrar en Cristo es un acto de libertad; es la garantía de la libertad misma. La libertad no se agota en la entrada. También se puede abandonar el redil. Estamos ante la libertad del amor y la misericordia, la única libertad verdadera; porque el amor de Dios no impone nada; es pura gracia, puro don.

Hay una parábola o cuento que nos habla del Buen Pastor y que apostilla esa santa libertad que la misericordia divina concede a quienes se acogen a ella:

Un pastor notó que le faltaba una oveja y salió a buscarla sin dudar. Tras encontrarla herida y cansada, la cargó con cuidado y la devolvió al redil. Esa noche, cerró la puerta… pero dejó abierto el hueco por donde ella había escapado. La oveja lo vio. Se acercó al agujero, miró afuera, sintió la libertad… y también el vacío. Luego miró al pastor, que no dijo nada ni la detuvo. Podía irse otra vez. Pero esta vez, eligió quedarse.

El hecho de que la puerta quede siempre abierta para salir es el detalle que nos ayuda a distinguir la fe cristiana auténtica de la sectaria.  La puerta que es Jesús no se cierra tras el paso del rebaño. La Iglesia de Jesús no es una secta que separa del mundo. Jesús es la Puerta que permanece siempre abierta. “Quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir”, nos dice.  Quien permanece en Él no lo hace por obligación sino por amor; porque se ha dejado seducir por el Amor de Dios y se abandona a Él. 

Cuando se celebra un año santo se bendice la Puerta Santa. Por ella entran los que quieren acogerse a la misericordia de Dios y entrar en su casa. Casa de Dios es la Iglesia, casa suya es el Cielo. Jesús es la Puerta del Cielo preanunciada en el Salmo 118,20: "Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella"Sin lugar a dudas la imagen de la Puerta que presenta el evangelio sugiere la entrada a un lugar nuevo, a una forma nueva de vivir una vida eterna.

* * *

En fin, entrar por una puerta o atravesar una puerta es una imagen sugestiva para significar una transformación o un cambio espiritual, el paso de una situación en la que se estaba a otra distinta.  Hablamos así de "la puerta del cielo” o “las puertas del infierno” como algo que separa dos mundos muy diferentes. En el caso de Jesús, más que de trasformación o cambio de posición, parece que se habla de la Puerta como lugar de comunión  y encuentro. 

En las letanías el Rosario también se dice que María es “Puerta del Cielo”. La Virgen es puerta porque da acceso a la Puerta que lleva en su vientre. En realidad la puerta del cielo es Cristo. Con su muerte y resurrección el Hijo de María ha acercado a la tierra  las puertas de la Vida eterna para todo el que quiera pasar a ella. 

Escucha hoy a Jesús: “Yo soy la puerta... yo he venido para que mis ovejas tengan vida y la tengan abundante”. Jesús es una perta que te abraza y te acoge, que te cuida y te protege, sin violencias, sin imposiciones, apelando siempre a tu libertad. No desea que entres en su casa por la puerta de la ley y el miedo sino por la del amor. Contémplalo hoy como esa puerta que encuentras siempre abierta; especialmente cuando todas las demás puertas se te han cerrado.  

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Recurso: audio de 7 m:

https://drive.google.com/file/d/14qYALvRV6owjd0tXLYlKg-4GkVTYuRV6/view?usp=sharing

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2

YO SOY EL BUEN PASTOR



Jesús, el Buen Pastor.

El de "Buen Pastor" es uno de los primeros títulos aplicados a Jesús por su Iglesia. Lo encontramos en los evangelios; y ya en las catacumbas y en los mosaicos de las antiguas basílicas es frecuente la iconografía del "pastor", joven y fuerte, que carga una oveja sobre sus hombros, imagen que nos remite también a Cristo camino del Calvario cargando con la cruz de nuestras injusticias y librándonos así de muerte eterna. Pastor y cordero dan pie en la Escritura para describir a Jesús, buen Pastor que al dar su vida por las ovejas es también Cordero inmolado. 

¿Qué rasgos de buen pastor 
encontramos en Jesús de Nazaret?

1. “El buen pastor da la vida por las ovejas” (Jn 10,11): No es buen pastor en el sentido bíblico el que se dedica a alimentar y cuidar las ovejas con ánimo de lucro; tampoco es buen Pastor el que va detrás de las ovejas azuzándolas, obligándolas a ir por donde él quiere que vayan. Más bien es el que va delante con el callado de la Cruz y con su testimonio, ganándose el respeto y admiración de sus ovejas por el cariño y la entrega de su vida conduciéndolas así hacia fuentes tranquilas y reparando sus fuerzas (Sal 23,2). Jesús sigue siendo así buen pastor en la Eucaristía, donde da la vida por sus ovejas y repara sus fuerzas con el alimento de la vida eterna.

2. “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10,7). Muy unida a la definición de Jesús como Pastor, esta la de “Puerta de las ovejas”. Es una imagen con resonancias eclesiales. El buen Pastor da acceso al aprisco por la puerta, sin las mentiras, engaños y manipulaciones propias de los mercenarios y los malos pastores. Entrando por la Puerta que es Jesús se adquiere la verdadera libertad, porque “podrá entrar y salir y encontrará pastos” (Jn 10,9). En el aprisco del buen Pastor, en la Iglesia, a la que se tiene acceso por la puerta de la ciudad amurallada, las ovejas encuentran seguridad y salvación. 

Aquí hay una llamada a la Iglesia para que tenga siempre abiertas las puertas de la misericordia, la Puerta que es Jesús. Que nadie necesitado de ayuda: inmigrantes. dependientes físicos y anímicos y demás marginados por su religión, fe, pensamiento o condición social, racial, sexual, etc., encuentre cerrada la puerta de Jesús en la Iglesia. Cristo es Puerta abierta al mundo entero, sin excepción o acepción de personas.

3. “Yo soy el buen pastor que conozco a mis ovejas y las mías me conocen” (Jn 10,14). Propio del buen Pastor es “conocer”, estar abierto al ser y a la realidad, sea cual sea, de las ovejas. El verbo “conocer” tiene un hondo sentido bíblico: conocer es amar. Ya sabemos que sólo desde un amor muy sincero y respetuoso se puede llegar al conocimiento de otra persona. Como Puerta y Pastor Jesucristo está abierto a la escucha, al conocimiento de cada discípulo en particular. Por eso “llama por el nombre a las ovejas y las saca fuera”, y como puerta abierta deja que las ovejas entren su misma vida.

Decir “yo conozco a las mías y las mías me conocen” es decir “yo amo a las mías y las mías me aman”. Hay un conocimiento que va más allá de lo netamente intelectual; es el conocimiento del amor, que no se apoya en la química de las neuronas, sino en el movimiento del corazón que late por el Otro. 

Estamos ante el misterio del encuentro con Dios, que no se puede expresar con palabras: “que ni basta ciencia humana para lo saber entender, ni experiencia para lo saber decir; porque sólo el que por ello pasa sabrá sentir, mas no decir” (San Juan de la Cruz). Entre el Pastor y las ovejas se da una relación de intimidad cuyo fruto es la  paz y la serenidad. No como el ladrón o los falsos pastores que hacen estragos que crean desconcierto en la interioridad y en el redil. Por sus obras los conocereis (Mt 7,20).


4.”El buen pastor va delante de las ovejas, y las ovejas le siguen”Un buen pastor no usa a sus ovejas como escudo, no huye cuando viene el lobo, sino que va delante de ellas. El falso pastor va detrás de las ovejas, ya sea bailando al ritmo de sus gustos para obtener sus votos, o azuzándolas con autoritarismos a fin de explotarlas y proteger sus intereses. Los que así obran no son buenos pastores sino mercenarios. 

Cristo buen Pastor va delante de los suyos en el camino del Calvario, dándolo todo por no traicionar la verdad; y también va delante de ellos a Galilea, donde en la fiesta de la resurrección participan de la fiesta de su victoria. 

5. “Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer” (Jn 10,16a). El buen Pastor tiene una preocupación pastoral y sacramental: mimar a sus ovejas, intimar con ellas, apacentarlas debidamente; pero no menos cierta y apremiante es su preocupación evangelizadora: traer otras ovejas al redil, ya sea de entre las que se han salido de él (alejados) y de las que nunca han estado (lejanos). 

Esta figura del buen Pastor nos obliga a repasar nuestra eclesiología, nuestra imagen de Iglesia y de hermandad cristiana, centrada más de lo debido en una pastoral de mantenimiento y descuidada, o poco interesada por las ovejas que han perdido su sentido de pertenencia y ya no son del redil, que suelen ser la mayoría. Es cierto que debemos cultivar nuestras prácticas religiosas y nuestras tradiciones como comunidad parroquial; pero sin olvidar que la iglesia y en ella la parroquia no son fin en sí mismas. Su misión es trabajar con un fin: “que todos sean uno para que el mundo crea” (Jn 17,21). La meta: que haya un solo rebaño y un solo Pastor. 

El proselitismo, palabra maldita en nuestro tiempo, es inherente al evangelio. Para salvar la maldición hay que entender bien qué es ser proselitista; no se trata de imponer, sino de la necesidad de comunicar espontáneamente la riqueza (buena noticia) que se ha encontrado. 

6. “Escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,16b). Acabo estas notas sobre el buen Pastor con una optimista mirada escatológica, es decir, una mirada esperanzada al futuro, hacia la promesa de Dios. Escatología quiere decir “cosas últimas”. Miramos el futuro con la esperanza que nos da el presente del amor dre Dio, sabiendo que a pesar de que las dificultades de la evangelización no son pocas, el éxito está garantizado por la Palabra: “Habrá un solo rebaño”; así, en futuro perfecto. 

La meta de la unidad de todos con Dios al final de los tiempos tiene su realidad en el presente. En la Eucaristía dominical adelantamos "el domingo sin ocaso en el que la humanidad entrará en el descanso" de la vida eterna, tal como reza uno lo prefacios de la misa. 

Es importante ir creando entre todos un sentido de unidad en el Uno, de pertenencia a un solo Cuerpo místico, a un solo rebaño unido por un mismo Espíritu, con el Padre, en Cristo. Cuando lo hacemos, estamos adelantando el cielo.

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TemaS musicalES: 
Voz suave del Buen Pastor


Abril 2026
Casto Acedo 

jueves, 16 de abril de 2026

Camino de Emaús (19 de Abril)

 


EVANGELIO
Lucas 24,13-35.

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:«¿Qué?».

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

¡Palabra del Señor!

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El comentario evangélico de  hoy es deudor de unas páginas de Felicísimo  Martínez Díez en:

         -“Creer en Jesucristo, vivir en cristiano”, (Navarra,2005), 619-623, y
         -¿Ser cristiano hoy?, Ed. Verbum Dei, (Navarra, 2007) 276-278.

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Audio sobre el texto al final de esta entrada.

El episodio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) es un relato eminentemente catequético. Toda experiencia de conversión personal y toda la misión de Iglesia se reflejan en este texto. Emaús es el relato de un camino hacia la luz.

La narración parte de una situación de muerte (desánimo, cansancio, sufrimiento desesperanza) que, por la escucha de la Palabra y la visión del Resucitado en el  Sacramento,  sufre una transformación radical. Los que se han sentido aplastados por los dramáticos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús, hallan en la resurrección el punto de apoyo necesario para liberarse de sus miedos y cobardías y se lanzan a un seguimiento valiente
 de la persona de Jesús y su predicación del Reino . 

Seguir a Jesús antes de la Pascua 

La frustración que muestran los de Emaús al desconocido que les sale al paso es la de quien, falto de la fe pascual y confrontado con la realidad del fracaso y de la muerte, ve con tristeza el ocaso de sus ilusiones, sus proyectos y sus esperanzas; es la experiencia de quienes se ilusionan con el Jesús terreno (histórico) y no llegan a completar su percepción del Jesús histórico con el Cristo de la fe (eterno).

Los evangelios testimonian la dispersión de los discípulos tras la muerte de Jesús. ¿Por qué la mayoría huyen y se esconden?  Unos le siguieron “porque han comido de los panes y se han saciado” (Jn 2,26); otros buscaron solo la curación física sin querer profundizar más (cf Jn 6,2); entre sus discípulos había quienes aspiraban a medrar buscando los primeros puestos (cf Mt 20,20-28). Cada uno tenía un motivo más o menos interesado para escuchar y acompañar a Jesús por los caminos de Palestina.

Muchos, desencantados, le abandonaron pronto; tal como hicieron también la mayoría de los discípulos del grupo de los doce huyen ante la perspectiva de tener que compartir la cruz con el Maestro; le dan plantón (cf Jn 6,66); algunos incluso le traicionan (cf Mt 26,49) y le niegan (Mt 26,69-75). El seguimiento del Jesús pre-pascual termina en la duda y en la incredulidad; no fue capaz de mantenerse más allá de la prueba de la cruz. 

Nadie puede negar la buena voluntad con la que los de Emaús (prototipos del discipulado) se embarcaron en el seguimiento de Jesús; pero  tras la tragedia de la cruz les venció el desánimo; ahora “caminan hacia atrás”, vuelven al lugar de donde partieron; “En Egipto comíamos pan hasta hartarnos” (Ex. 16,3). ¿No reconoces en ti esta experiencia? 

Todos los que estamos por la causa de Jesús hemos vivido esa tentación de volver sobre nuestros pasos cuando el futuro ha perdido su horizonte. Lo mejor –decimos- es dejarnos de idealismos, de utopías que solo existen en nuestra imaginación, y conformarnos con lo que hay: relativismo, disfrute de la vida a costa de quien sea, consumo, indiferencia, ir tirando... ¡Todo lo demás está condenado al fracaso! 

Si Jesús de Nazaret, pura bondad y misericordia, capaz de apasionar a las masas con su modo de vida y su palabra, acabó siendo derrotado, ¿para qué seguir intentándolo? ¿Qué vamos a conseguir los que no somos ni sombra de lo que Él fue? Descolocados por el escándalo de la cruz reaccionamos huyendo de nosotros mismos, de nuestros ideales y nuestras esperanzas. ¡Sálvese quien pueda!


El seguimiento del Resucitado.

¿Cómo reacciona Dios cuando vas de vuelta a Egipto, cuando añoras la vida antes de conocerle? Su respuesta constante es la fidelidad: Dios sigue caminando contigo, “Jesús se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo” (Lc 24,15-16). 

Nunca deja Dios de estar a tu lado, pero en las noches oscuras del sentido y del espíritu, los envites de la duda, la debilidad y el pecado, te impiden una visión clara de su presencia. ¿Cómo curar esta ceguera? La intervención de Jesús resucitado se da de forma escalonada; los de Emaús  no vivieron una conversión súbita, sino progresiva; hay un proceso por el que va aflorando en el corazón la fe pascual.

Primeramente, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,27). Jesús enseña a leer los acontecimientos desde la fe en las Escrituras, a hacer una lectura creyente de la historia personal y comunitaria. Muestra cómo actúa Dios, cómo se manifiesta en la paradoja de la cruz, cómo hay que buscarlo en la madeja enredada de los fracasos, depurando los egoísmos que sutilmente anidan en el seguimiento. Es la luz de la Palabra que te abre una puerta para ver más allá de tus oscuridades.

Pero no basta eso para ver con claridad. La Palabra ilumina la oscuridad y suscita el deseo de cambiar, lo cual mueve a orar pidiendo al Peregrino que no se aleje:  “¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!” (Lc 24,29). A menudo la persona siente la emoción de la Palabra en su interior: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?” (Lc 24,32); pero cuando el discípulo está demasiado abatido necesita algo más. Lo pide en la oración: "¡Quédate!, no te vayas, no me dejes solo. Necesito que sigas dando luz a mis ojos. Quédate, que atardece en mi vida".

Jesús escucha la oración y se queda. “Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos” (Lc 24,30-31). El gesto eucarístico de Jesús remata la faena que inicia la Palabra; el gesto está cargado de una fuerza imparable porque transmite, sin palabras, todo el mensaje de la salvación (kerigma): “mi cuerpo entregado,... mi sangre derramada,... para el perdón-salvación vuestra”. Es Él.  ¡ha resucitado! Es esa certeza, esa seguridad más allá de la razón, la que cambia todo. Aquél que murió en la cruz, está vivo. ¡Lo hemos visto!

Los mismos que le conocieron en sus predicaciones, en sus milagros y luego en su pasión y muerte, ahora “lo habían reconocido al partir el pan" (Lc 24,35). La experiencia del Jesús terreno al que los discípulos habían seguido y del que ahora se alejaban, se completa con la visión de Cristo resucitado. Es el paso del Jesús histórico al Cristo de la fe, la percepción de que la muerte no es el final, sino el principio de algo nuevo.


La Pascua  cambia la mirada sobre el  mundo

Como creyente, sabes que la irrupción nueva de Cristo Resucitado en tu vida es la que te ensancha el corazón. De la contracción temerosa pasas a la expansión, de la dispersión vuelves a la concentración, de la tristeza al gozo, el miedo a la cruz se transforma en alegría de padecer por Cristo. 


Tras la experiencia pascual inicias un nuevo seguimiento animado por la fe en “el que vive” (Ap 1,18) y que conduce inevitablemente al entusiasmo de la misión: “Levantándose al momento, volvieron a Jerusalén” (Lc 24,33). La fe nacida en la superación de la muerte es más pura, más decidida, más activa; misionera.

¿Dónde he de situarme para ser merecedor de él? Hoy como ayer, para ver a Jesús no basta con quedarme en Jerusalén llorando junto al sepulcro. A los discípulos se les pide que vayan “a Galilea, allí me verán” (cf Mt 28,10); Galilea es el lugar donde vivían antes, y donde comenzaron el seguimiento del Nazareno. Tras la experiencia de la cruz vuelven al día a día, pero con una nueva mirada que supera el duelo y crea un modo nuevo de vivir.

Como los de Emaús, tal vez muchos estén de vuelta, flacos de fe, parcos en esperanzas y tímidos en amor. ¿En qué medida estás entre ellos? La dureza de la vida, las experiencias dolorosas hunden a muchos que  creían que estar sólidamente asentados sobre roca. Pero el resucitado sigue presente, aunque tus ojos no sean capaces de reconocerlo. Otros le ven a diario: ¡Cuántos serán los que están viendo a Jesús en estos días viviendo en solidaridad y compasión, dando su vida por los demás!, Cristo Eucaristía partiendo y compartiendo su pan con los enfermos y los pobres, con los marginados, los que viven en soledad y abandono. ¿Quedará sin fruto tanto amor entregado, tanta vida ofrecida con Cristo a Dios en la misa del mundo?

Cuesta ver a Jesús cuando las lágrimas del dolor empañan los ojos, pero basta echar  una mirada positiva al mundo  para descubrirle en Galilea, en el amor que muchos practican, en los pequeños y grandes gestos de solidaridad Cristo sigue regalándonos su presencia resucitada. Tal vez algún día debas decir: "Era necesario que pasara todo esto" (Lc 24,26), que vinieran tiempos de desolación y sufrimiento. Comprenderás entonces que a la vida se llega por la muerte, y que huir en el momento de la noche es quedarse a medio camino.  

Vuelve a Jerusalén (a la oración, a la contemplación de los misterios), donde Jesús se te hará presente en la Comunidad; y luego dirígete a Galilea (a la vida diaria con sus trabajos y sus momentos de descanso) y abre los ojos y los oídos. Ahí lo verás. Porque sigue presente en cada persona que ama y sirve, en el que  lucha por superar su enfermedad, en el niño que comienza a descubrir la luz de la vida, en todo aquel que se pone al servicio de quien le pueda necesitar. También le verás en la luz de la primavera que acaba superando al invierno, en el futuro despejado que creías oscuro para siempre, en cada detalle que te muestra que la vida sigue adelante.

Mirarle ahí, resucitado,  es un poderoso antídoto contra el veneno del derrotismo. Conoces la frase: "si lloras porque no ves el sol, las lágrimas no te permitirán ver las estrellas". Me parece una buena conclusión para este domingo. No te enclaustres en tus dolores, penas y fracasos, y confía en que tu oscuridad es un buen principio para que se manifieste la Luz de Dios. A los que abatidos y tristes iban de regreso a Emaús Jesús les hizo ver que la necedad y escándalo de la Cruz es sabiduría y fuerza de Dios. Misteriosamente, en la Cruz hay incrustadas unas piedras preciosas: fe, esperanza, y amor; mucho amor.

Jesús sigue hoy resucitado y presente. ¡Mira al mundo con  los ojos nuevos de la fe!

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Audio sobre el texto  (20 minutos)


Abril 2026.
Casto Acedo.

martes, 14 de abril de 2026

Virgen de la Albuera (9º día, puerta)

NOVENA 

A LA VIRGEN DE LA ALBUERA

Dia 9º. Puerta

Vos sois, ¡Oh Abogada y patrona nuestra!, aquella hermosa Puerta que vio Ezequiel cerrada siempre para la culpa y abierta para la misericordia. Vos sois aquella puerta de oro donde el pobre paralítico pedía limosna y la lograba. Vos sois, finalmente, aquella puerta del cielo que vio Jacob de nuestra España, Santiago, por donde todos los justos han entrado en la gloria. Hasta ahora a nadie se le ha cerrado esta puerta; a cualquiera que ha pedido a ella se le ha socorrido en lo necesario. Pues, Señora, no sea yo sólo el desgraciado que llegando a vuestra puerta, tan patente para todos, la halle para mí cerrada. Aquí me tenéis postrado a vuestros pies; llamando estoy a la puerta de vuestra misericordia; no me desechéis sin consuelo ni sin el favor que os pido en esta Novena, si conviene para adoraros por una eternidad en la gloria. Amén.

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Hay una puerta en la parte este de las murallas de Jerusalén (hoy tapiada; ver foto) que el profeta Ezequiel señala como la puerta por donde entrará el Mesías esperado en su venida. A esta puerta también se le llama la puerta Dorada o puerta Oriental. 

Apelando imaginativamente a esta puerta el autor de nuestra Novena nos presenta hoy a la Virgen de la Albuera como “aquella hermosa Puerta que vio Ezequiel cerrada siempre para la culpa y abierta para la misericordia” (cf Ez 44,1-10). La Virgen de la Albuera se muestra así como madre misericordiosa y atenta a quienes esperan que se abra para ellos la puerta del Cielo por donde entrará en el mundo el Mesías que cubrirá las necesidades de quienes le esperan.

También se menciona hoy en la Novena una “Puerta del cielo” que ve Jacob. El nombre de Jacob se refiere al patriarca Jacob, que tuvo la visión en sueños de una escalera que llegaba hasta el cielo por donde subían y bajaban ángeles (cf Gn 28,10-19). Ese sueño ha quedado en la historia de la espiritualidad cristiana como referente de la experiencia mística, es decir, de que es posible el acercamiento y la visión de Dios en esta vida, vislumbrando así el cielo.

Pero nuestro autor amplía el significado de esa escalera que lleva a la puerta del cielo hablando del “Jacob de nuestra España”.  El nombre de Jacob pasa a decirse en español San-tiago (que viene de “San-Iacob), a quien la Virgen María se aparece en Zaragoza, a orillas del Ebro, sobre un pilar animándole y ratificándole como apóstol misionero de España. La Virgen de la Albuera, contemplada sobre el trasfondo de la Virgen del Pilar, se presenta aquí como “la puerta del cielo que vio Santiago” cuando se le apareció la Virgen María.

Menciona nuestra novena otra puerta, la puerta Hermosa, una de las que daba acceso al Templo ya dentro de la ciudad. En  esa puerta san Pedro curó a un paralítico que pedía limosna, según cuenta el libro de los Hechos de los apóstoles. Una puerta donde se piden gracias y Dios cura las dolencias materiales y espirituales (Hch 3,1-8).

En conclusión: la Virgen de la Albuera es puerta por donde nos viene la misericordia de Dios, puerta a donde podemos ir a pedir con la seguridad de que seremos escuchados si la petición es justa y conviene a nuestra salvación, y puerta del cielo, escalera de acceso a la eternidad; puerta, en fin,  por la que el Mesías entró en la historia y entrará  al final de los tiempos. Postrados ante la Virgen María podemos esperar su venida.

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En el Evangelio es el mismo Jesús el que dice: “: yo soy la puerta de las ovejas. … Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. (Jn 10,7-9). La puerta que es María conduce a Jesús.

Esta puerta de entrada en Dios tiene sus exigencias; si se quiere entrar en la Vida de Cristo no se puede estar a Dios rogando y con el mazo dando, sirviendo a Dios y al dinero, golpeándose el pecho y mostrándose duro de corazón, pidiendo misericordia y condenando al prójimo; la puerta de la salvación pide elegir un modo de vida que sea coherente con el Evangelio reflejado en las virtudes que veneramos en la Virgen de la Albuera: transparencia de vida, obediencia a Dios, humildad, capacidad de sacrificio, etc.

Entrar en la Vida Nueva o en el Cielo a través de la puerta que es  nuestra Madre, y que asume en sí ser Puerta de acceso a su hijo Jesús,  pide el compromiso de esforzarnos en imitarla. “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos"; pero él os dirá: ´No sé quiénes sois´" ( Lc 13,24-25).

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Hemos acompañado a la Virgen y a la comunidad parroquial esforzándonos con la participación en esta Novena. Ella es la puerta por la que queremos entrar en la vida de Dios.

Durante estos nueve días la hemos contemplado como Paraíso, Fuente, Piscina, Paloma, Nave, Nube, Columna, Torre y Puerta. Son imágenes bíblicas. Ella dijo en el momento de la Anunciación, cuando el Ángel le propuso el plan de Dios de ser Madre de Jesús, “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”. Fue su compromiso, el culmen de su particular Novena. Lo que le propuso Dios no fue una puerta ancha para seguir los caprichos de su corazón sino una puerta estrecha sumisa a la voluntad del Padre. El anciano Simeón se lo profetizó: “A ti, una espada te traspasará el alma”.

Que la Virgen te conceda lo que le has estado pidiendo en esta Novena; y como es de bien nacidos el ser agradecidos, que tus peticiones vayan a unidas de tu parte  al compromiso de honrar a Nuestra Señora de la Albuera con aquello que ella más desea: que entres en comunión de vida con su hijo y tu hermano mayor Jesucristo; es decir, que no estés cerrado, sino con las puertas de tu alma abiertas, para que el Señor Jesucristo habite en ti como habitó en ella.

Decía más arriba que no es honrado el estar rezando y con el mazo dando. Si la Virgen ha abierto la puerta de su ser a la escucha de tus oraciones, ¿no es de recibo que tú también abras tu puerta a la Vida de Dios? A menudo te preguntas si tus oraciones serán correctas; lo serán cuando no te límites a pedir gracias a la Virgen sino cuando a tus peticiones le acompañe una respuesta positiva a la petición que ella te hace: “Haced lo que Él os diga”; haz lo que Jesús te dice; entonces, como en las bodas de Caná, se producirá el milagro. En tu vida se dará un paso importante; tu agua se convertirá en vino, tu tristeza en alegría, tu desazón en gozo. ¡Atrévete a responder a la petición que hoy te hace la Virgen de la Albuera!


Bajo tu amparo nos acogemos, 
Madre de la Albuera,
santa Madre de Dios.
No desoigas la oración 
de tus hijo necesitados.
Líbranos de todo peligro,
oh siempre Virgen,
gloriosa y bendita. 

San Pedro de Mérida
Abril 2026
Casto Acedo

Felipe y Tomás (4º Pascua A)

  EVANGELIO Juan 14, 1-12 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:  —«No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la ca...