martes, 17 de febrero de 2026

El desierto (I Cuaresma. 22 de Febrero).

 

EVANGELIO
Mateo 4,1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: 
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Palabra del Señor

* * *
Añado al terminar esta entrada, siempre lo añado en este domingo, y por si te interesa,  un comentario más amplio a partir del texto de El gran inquisidor de Doistoievsky. A mí me ha sido muy útil como revisión de vida.  Y también para charlas cuaresmales. Quienes son asiduos lectores de mis comentarios  ya conocerán este texto, pero lo vuelvo a poner para quienes no lo conocen. El texto lo escribí en el mes de Febrero de 2011. Si lo prefieres puedes ir directamente a  este comentario, más abajo con el título: LAS TENTACIONES DE JESUS EN EL DESIERTO. 

* * *
 

I
EL DESIERTO DE LA VIDA

La Cuaresma invita a entrar en el desierto, es decir, en el despojo, la ausencia de adornos; es una llamada a quebrar máscaras, romper fachadas y vaciar todo lo que no es esencial para ser yo mismo. ¿Qué otra cosas sino viene a significar que “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado"? Fue arrastrado allí para ser puesto ante sí mismo, con sus debilidades y poderes, y tomar las decisiones oportunas.
 
En el desierto físico no hay nada con que adornar la vida, nada puede cubrir el cuerpo expuesto al sol, los vientos y las tormentas de polvo o arena; el agua escasea tanto para el sustento como para el aseo. ¡Tendré que soportar mi propio olor! ¿Comida? Sólo unas hiervas. Eso sí, las serpientes y alimañas vagan en busca de algo que devorar. 

La materialidad del desierto con sus condiciones y dificultades son una imagen. El desierto al que se refiere el texto evangélico de este domingo no es un lugar físico, sino espiritual. Entrar en el desierto es entrar en uno mismo, en la propia interioridad, sin que nada entorpezca el encuentro con mi yo más íntimo. 

En el desierto solo me queda mirarme a mí mismo, pensar en mí mismo, escucharme a mí mismo,... En la soledad del desierto se madura o se muere.

Al adentrarnos en el desierto interior surgen dudas y preguntas ¿Merece la pena tanta soledad y silencio? ¿Tiene sentido la vida si no la puedo distraer con multitud de cosas? ¿Existe Dios? Y si existe ¿verdaderamente me ama? ¿Está o no está Dios conmigo? Todas estas preguntas van a la raíz de la persona. Responder positivamente a ellas es de vital importancia para sobrevivir al desierto de la existencia. 

Sin embargo hay quienes prefieren huir del desierto, porque les resulta desagradable encontrarse con sus basuras, que se tapan mejor bajo la alfombra del ruido de la ciudad.  Es la tentación de volver a Egipto, al lugar donde estabas antes, conviviendo con el pecado (dinero, riqueza, poder); allí, al menos, "comíamos pan y cebolla", éramos esclavos pero se estaba mejor (cf Ex 16,3). Una pena; en realidad no estabas mejor en la vieja vida de pecado, simplemente no  te dabas cuenta de lo mal que estabas. 

El retorno a la ciudad tampoco es fácil. Cuando se ha probado la miel del desierto se detectan mejor las hieles de la ciudad. Inmerso en el caos de los tiempos modernos descubre el peregrino que ni las cosas de Dios que hasta aquí practicó, ni las cosas de los hombres que hasta entonces gustó, le satisfacen.  A la noche del sentido le sigue la noche del espíritu y llama a su puerta la tentación más dura, la de Getsemaní.  Hay que decidir: Dios o el mundo, su prestigio o el mío, la sumisión a su poder (humildad) o el encumbramiento de mi ego (soberbia), la voluntad de Dios o la mía. 

* * *

Entrar en el desierto es entrar en la adversidad. Los momentos duros de la vida pueden hundir mi ánimo, alejarme de mí mismo y de Dios. Pero son también una oportunidad para crecer, para superarme y madurar.

Una mal encajada estancia en el desierto, una huida hacia atrás, un no gustarme a mi mismo al mirarme en el espejo del alma, me conducen a repetir una y otra vez los  parámetros de la inmadurez personal: tener, aparentar, mandar. Quiero alimentar con ellos mi ser y sólo encuentro nada y vacío. 

Envuelto en ruidos ensordecedores, rodeado de serpientes y demás animales de sangre fría, azuzado una y otra vez por el dragón del consumo, zarandeado por la vorágine del relativismo, borracho de mensajes, datos y estadísticas sin alma, me siento solo, muy solo. La masa humana ejerce de atracción hacia el mal y es fácil dejarse llevar por ella; como dice T. Kempis: “cuando estuve entre los hombres volvíme menos hombre”.

El desierto es una experiencia interior, pero he de vivirla en la ciudad, en un ambiente no muy espiritual. He de vivir mi desierto en la ciudad, sabiendo que estoy en el mundo (sistema liberal capitalista) pero no soy del mundo.

Las tentaciones del desierto de la vida 

¿Qué pecados afloran en el desierto de la ciudad? Los de siempre: tener, aparentar, poder ¿Cómo reacciono ante ellos?


a) En el desierto, temeroso de no ser nadie me aferro con ansiedad al pan. Acumulo y acumulo panes, dinero, propiedades, como si pudieran salvarme de la soledad que me abruma. No acabo de entender que "no solo de pan vive el hombre", y que hay cosas tan importantes o más que el bienestar material. No basta con comer si no se sabe para qué se come. Lo realmente valioso no son los medios para vivir sino la vida misma. "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su vida?" (Mt 16,25). Resumir la vida en el acto de consumir es rebajar al hombre a la categoría de animal de zahurda.
 
b) El desierto desmonta la imagen que tengo de mí mismo. Me creía seguro y ahora me desespero, me creía con mucha fuerza y ahora descubro que soy limitado, me creía inmortal y ahora veo cercana la muerte. Por eso huyo al mundo del ruido y de las prisas,  a la distracción de Babel; en ella puedo olvidarme de mi verdadera identidad, o intentar ocultarla entre distracciones (diversiones, dispersión). 
 
Al hombre no le gusta reconocerse en las debilidades que el desierto pone en evidencia; le cuesta aceptar que aquello en lo que ha puesto su esperanza acabará por desaparecer de su vista; incluso él mismo se verá abocado al horno crematorio, todo él reducido a cenizas que se guardan en una urna funeraria. No apetece contemplar la muerte como verdad incontrovertible. Se engaña quien se niega a aceparse en lo que es, y asumir que somos mortales es clave para no caer en el ridículo de vivir desconectado de mi ser más íntimo. 

El miedo a encarar la realidad hace al ser humano camaleón de ideas, siervo del ambiente, ambiguo: aquí de derechas, allí de izquierdas; el domingo creyente, el lunes ateo: hoy rojo, mañana azul, pasado amarillo; todo para ocultar su vida de color gris oscuro. La no aceptación de uno mismo da lugar al hombre esquizofrénico, sometido a la presión del papel social. Y esto ocurre cuando no quiere salir del armario de las propias fantasías y afrontar la realidad de su ser débil y pecador.  No me gusto a mí  mismo, pero soy tozudo y me resisto a cambiar. Un buen día se me descolgarán las máscaras y caeré en el tremendo agujero de la depresión moral, psíquica y espiritual. El diablo habrá vencido.

La Cuaresma, no obstante, viene a decirme que aún estoy a tiempo de volver al camino. Basta que desmonte mis ideales de grandeza, mis falsas apariencias y me inicie en el conocimiento de la Verdad.



c) Finalmente digamos que el desierto me humilla. En el desierto estoy sólo, no mando sobre nadie; con suerte mandaré un poco sobre mi mismo, porque no siempre tengo la dignidad y la  fuerza necesaria para obedecer a los mandatos de mi propia conciencia.
 
Cuando no consigo edificar mi personalidad  desde dentro (vida interior) tiendo a definirme por mis influencias (vida exterior). Para ser alguien me esfuerzo en ser el primero en algo, y si es en mucho, mejor. Como me cuesta aceptar mis límites y mi insignificancia me dedico a zancadillear a quienes se oponen a mi objetivo de sobresalir y mandar. Una crítica por aquí, un chismorreo por allá, y poco a poco voy creyendo que se apagan las luces que ceo que me hacen sombra; pero  me engañas a mi mismo porque sin darme cuenta la falta de relaciones entre iguales (amistad verdadera) me va sumiendo en  una oscura soledad (soledad del dictador).
 
Necesito crecer en humildad. Las relaciones humanas, y también la relación con Dios, no tienen lugar en vertical sino en horizontal. El lenguaje de los pobres lo entienden todos, porque está hecho de necesidad y de apoyo mutuo. Y con respecto a Dios he de aprender que  sólo lo puedo encontrar allí donde estoy y no donde mi soberbia o mi sumisión servil a otros o mi poder sobre ellos me coloque. Bajarme del pedestal ha de ser el primer paso para renovar mi vida. Dios se ha hecho hombre en Jesús, no debería buscarlo sólo en lo alto, porque está junto a mi, más aún, "en mi interior". Sólo tengo que disminuir para que Él crezca (Jn 3,30). 

No olvides que la gloria del mundo es pasajera, y sólo la gloria de Dios permanecerá para siempre. Mírate siempre desde Él y que todo lo que hagas sea parea gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; para gloria de Dios. Si así lo haces nunca te equivocarás. 


Febrero 2026
Casto Acedo

* * *

II
LAS TENTACIONES DE JESÚS
EN EL DESIERTO.


Cada año abrimos el ciclo de domingos de Cuaresma con el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11). Este texto contiene un excelente resumen del enfrentamiento entre dos estilos de vida diferentes e incompatibles: el estilo del mundo, “mundanal” en el sentido peyorativo, y el estilo de Dios.



Siempre que escucho el pasaje evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto me viene a la memoria el relato de El gran Inquisidor de F. Dostoievsky, libro 5º de Los hermanos Karamazov, sin duda el capítulo más conocido. Es impresionante el monólogo del Inquisidor General ante un Jesús que permanece en silencio. Este relato, escrito desde el lado de la Iglesia Ortodoxa rusa del siglo XIX, y que pretende ser una crítica al jesuitismo y a la Iglesia Católica de la época, me ha sido muy útil como reflexión sobre el tema de la verdadera libertad (libre albedrío) y las renuncias que exige. ¡Cuántas veces nos dejamos seducir por lo inconveniente! Ni yo, ni la Iglesia, ni la sociedad a la que pertenezco,  estamos exentos de la tentación de vender el alma (la vida) al diablo.

La siguiente reflexión, muy extensa pero interesante,  tiene como trasfondo el relato de F. Dostoievsky, y aunque se puede leer y entender sin la lectura previa del mismo, creo que la lectura de éste supera con creces a lo que intento decir como comentario al pasaje de las tentaciones. Por eso recomiendo su lectura. Lo tienes disponible en:


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Tras el bautismo, el Espíritu lleva a Jesús al desierto y lo somete a  la tentación. Ser bautizado es el comienzo de un camino. Se parte de un estado de gracia y hay que llegar a una meta manteniéndose firme en el propósito. Y en ese camino hacia el encuentro con Dios tienen lugar las tentaciones que ponen a prueba la auténtica libertad.



La tentación del pan

Si nos dieran a escoger entre un Dios que nos facilite el pan, o un Dios que nos diese la libertad y la responsabilidad para adquirirlo trabajando, posiblemente escogeríamos el primero. “No solo de pan vive el hombre” (Mt 4,4), pero en tiempos tan pragmáticos como los presentes solemos considerar el pan como lo primero y lo más importante: “más vale pan sin honra, que honra sin pan”. También en el subconsciente colectivo de la Iglesia se deja ver el convencimiento de que desde la riqueza se predica mejor y con más efectividad que desde la pobreza. Por eso nos gusta una Iglesia rica y esplendorosa. 

Me dirás que no, porque tú no estás de acuerdo con los tesoros vaticanos, pero yendo más cerca: ¿porqué permitimos unos pasos e imágenes de Semana Santa lujosos y llamativos?, ¿no somos más proclives a adornar imágenes (de Dios) que a alimentar y  vestir a los hijos de Dios que son su imagen?  ¿No estamos orgullosos del poder económico de nuestra parroquia, de  nuestra cofradía o hermandad? ¿No mostramos complacientes el fastuoso centro de espiritualidad que ha construido nuestra orden religiosa o movimiento eclesial?  La riqueza nos da seguridad y aumenta nuestra vanidad colectiva. Por una parte criticamos las riquezas de la Iglesia, pero por otra nos empeñamos en seguir vistiendo de oro a nuestros santos; encendemos una vela a Dios y otra al diablo.

Jesús, sin embargo, escogió el camino utópico (?) de la pobreza (o mejor, de la justicia), de aceptar que lo importante en la vida no es acumular tesoros sino vivir la “sabiduría” de la pobreza generosa. “Buscad ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de él (su justicia), y Dios os dará lo demás” (Mt 6,33). La elección de Jesús fue una opción atípica entonces y ahora. 

Lo fácil, si se puede, es escoger el sendero corto del enriquecimiento rápido; muchos  estarían agradecidos a Jesús si hubiera escogido esa senda. Sin embargo Jesús elige el camino largo: la solución no está en abarrotar de riquezas al hombre, sino en crear un sistema justo (Reino) que haga posible una riqueza para todos. Si no hay justicia es porque no escucháis a Dios, que no está contra la riqueza sino contra la injusticia (el pecado) que pone la riqueza en manos de unos pocos.

La Cuaresma llama al seguimiento de Jesús, y su victoria en esta tentación me invita:

*Personalmente a buscar la justicia de Dios antes que la riqueza.

*Eclesialmente a vivir una Iglesia pobre, que se cimente en la Palabra de Dios como su gran riqueza y que confíe en Dios antes que en sus bienes.

*Socialmente me pone ante el dilema de escoger entre una sociedad clasista opulenta o una sociedad solidaria y pobre cuyo valor supremo sea la persona.



La tentación del milagro-espectáculo.
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 Si nuevamente nos dieran a escoger entre una celebración litúrgica con mucha pompa (decoración llamativa del templo, música coral, orquesta, solemnidad...) o una Eucaristía sencilla, posiblemente también escogeríamos la primera. “Jesús ¿No te seguirían si hicieras un milagro, si te tiraras desde arriba y tu pie no tropezara?" (cf Mt 4,5-6)- le propone el diablo-. Nosotros creeríamos mejor en un Jesús que nos ofreciera algún milagro, un Jesús espectacular. Entonces le seguiríamos y obedeceríamos ciegamente sus requerimientos. Abandonaríamos los dilemas de nuestra conciencia y nos pondríamos sin dudas en manos de sus representantes en la tierra sin tener que preocuparnos de más. 

¿Por qué no escogería Jesús ese camino: ser famoso para ser escuchado y seguido? Al contrario, escogió el camino de la humillación, el olvido y el desprecio. Pudo haber reaccionado deslumbrando a sus enemigos con grandes prodigios, y el temor  de Dios (miedo a Dios) haría que todos se le sometieran. Pero no, él se empeña en pasar desapercibido y solicitar una fe pura, sin evidencias. “No me ha enviado el Padre para violar las leyes de la naturaleza, sino para enseñaros a vivir con ellas”- parece decir.

No obstante, nosotros seguimos queriendo ver el milagro. Blasfemamos de un Dios que no actúa como a nosotros nos gustaría, desesperamos de un Dios que no responde con generosidad a nuestros merecimientos. Y acudimos en masa a Lourdes, a Fátima, a todos esos lugares que nos hablan de hechos maravillosos, de milagros. Buscamos incansablemente y con ansiedad un Dios milagrero que se ponga a nuestro servicio, que se postre a nuestros pies; y rehuimos el camino de Jesucristo que, "lejos de tentar al Padre (Dios)" (Mt 4,7), lejos de exigirle, acepta vivir en continua obediencia. "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado"(Jn 4,34).

Volverse a Dios en el camino  de la vida (Cuaresma) supone:

*Personalmente: depurar mi fe de cualquier deseo de dominio sobre Dios, renunciar a todo derecho ante él; soy pecador y ante Él no tengo derecho a nada, todo lo bueno que recibo es pura gracia. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para limpiar mi fe de adherencias bastardas, para que sea fe pura, de confianza en la palabra y en la voluntad de Dios por encima de mi deseo personal.

*Eclesialmente la “tentación del milagro” me pide trabajar por una Iglesia que hace penitencia (pena, se esfuerza) no para que un Dios encolerizado cambie su mirada sobre los hombres, sino para que sean los hombres (yo) los que cambien (conviertan) su mirada hacia y sobre Dios. El milagro no está en un cambio del curso de la naturaleza, sino en un cambio de los corazones. El milagro no está en que los panes y los peces se multipliquen, sino en el hecho de que los hombres se sienten en la misma mesa y compartan lo mucho o poco que tienen; entonces, después de comer todos hasta saciarse, sobrarán panes y peces, porque en el amor crece la abundancia de bienes. No hay que pedir milagros, sólo hay que dejar que Dios los haga en nuestro corazón. ¡Conviértenos a Ti, Señor!

*Y socialmente esta prueba del espectáculo-milagro me está indicando que el camino por el que los cristianos hemos de conducirnos no debe ser el de la propaganda puntual, sino el  trabajo del día a día "sin que sepa tu mano derecha lo que hace tu izquierda" (Mt 6,3). Hemos de destapar y denunciar el protagonismo egolátrico de los discursos-espectáculo, de la solidaridad-espectáculo, de la información-espectáculo: "No hagáis el bien para que os vean los hombres", los que lo hacen así "os aseguro que ya han recibido su paga" (Mt 6,1-2). No nos dejemos seducir por los índices de audiencia, ni elevemos las verdades estadísticas al grado de dogmas de fe. Sólo Dios tiene la verdad, y se manifiesta en Jesucristo de forma clara, realista, y escondida en la cruz, símbolo del antimilagro: “¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!” (Mt 27,40), y Jesús no bajó. Es la acción (penitencia) de Dios en la inacción, en el silencio; es la pasividad activa, sin espectáculo. Desde la cruz Jesús, el justo injustamente condenado, denuncia sin palabras la hipocresía de una sociedad que hace de la Declaración Universal de los Derechos Humanos una hermosa catequesis para los beatos del cristianismo, del laicismo y del cientifismo.



La tentación del poder.

Si Jesús hubiera aceptado el ofrecimiento del diablo, hubiese podido realizar una de las más viejas aspiraciones del hombre con respecto a Dios: ponerse en sus manos todopoderosas con la seguridad de que hubiera vengado las injusticias (¡las ajenas, con las propias sería misericordioso!) y reorganizado todo conforme a su señorío. Porque al mundo le gusta tener un dueño ante quien inclinarse, un dueño que oriente su conciencia: Hitler, Franco, Stalin, Ben Laden, Putin, ... ¡el que sea, con tal exima del deber de decidir por uno mismo! Los grandes dictadores no son fruto de la casualidad, son fruto de un oculto deseo del hombre, que tiene miedo a la libertad y prefiere que le digan por donde tiene que ir, porque le resulta más cómodo que elegir responsablemente. 

Los hombres quieren un mesías, un salvador, alguien que les haga sentirse miembros de una nación, de una raza, de un pueblo escogido y que les dirija hacia el anhelo y el tormento mayor de  la humanidad: la unidad y plenitud universal de todos los hombres. El pueblo quiere y espera un mesías.

Cediendo a la tentación del poder, Jesús hubiera podido imponer a todos la verdad y la bondad del Evangelio. Podría haber hecho del Evangelio una ideología (otros lo han hecho posteriormente). Sin embargo, ese no fue su camino. De haberlo hecho, Jesús hubiera dicho no al hombre, porque el poder y la fuerza sólo pueden conducir a la eliminación física o moral (metafísica) del hombre. Sin libertad, y la más mínima violencia física, afectiva o estructural atenta contra ella, el hombre no es hombre. Y un Jesús poderoso sólo hubiera sido un mesías de fantasmas, de infrahombres, de seres atemorizados. “Un mundo feliz”, un mundo infelizmente feliz, porque sería inhumano.

Por eso la respuesta de Jesús a los requerimientos del poder fue la adecuada: “Adorarás al señor tu Dios y sólo a él le darás culto” (Mt 4,10), es decir, sólo servirás a Dios. En él está el único poder que no anula al hombre, porque "la gloria de Dios es que el hombre viva" (san Ireneo), porque “Dios es Amor” (1 Jn 4,8), y el amor, es lo único que garantiza la libertad y los derechos del hombre por encima de las leyes y las instituciones. Frente a la tentación del poder, la entrega a la voluntad de Dios; o lo que es lo mismo: servicio a Dios sirviendo al hombre, porque el amor a Dios pasa necesariamente por el amor al hombre; así lo enseñó Jesús y así lo vivió.

¿Qué interpelaciones recibo desde aquí?

*Mi respuesta cristiana personal ante los reclamos del poder no puede ser otra que la del servicio. Mi poder y autoridad sobre mis hijos, sobre mis alumnos, sobre mis inferiores en el cargo, ... sólo tiene justificación si se ejerce como una forma de amar; sólo el amor justifica la autoridad que Dios me da sobre mis hermanos. La virtud de la humildad, hermana mayor de la caridad, me salvará del peligro de autoritarismo. Por ello necesito vivir en la verdadera humildad, en la conciencia de que si puedo mandar es sólo porque sé obedecer (ejercer la autoridad buscando la voluntad de Dios). Cuidado con el poder porque, como el dinero, corrompe todo lo que toca y si me apego (afectivamente) a él seré capaz de cualquier cosa con tal de no perderlo.

*Como Iglesia no estamos exentos del apego al poder. Durante muchos siglos la Iglesia en Occidente ha estado ligada al poder. Aún hoy le quedan retazos de entonces, y la pérdida de poder e influencia políticas es sentida por muchos como una desgracia. Hemos de tener mucho cuidado cuando afirmamos que “hay crisis de fe”; a veces confundimos la pérdida de la fe con una pérdida de poder por parte de la Iglesia. Cuando la Iglesia tuvo el poder las masas estuvieron unidas a la Iglesia, lo que hace sospechar que no les atraía tanto Cristo como el poder que irradiaba la Institución. Y ello nos engañó, haciéndonos creer que el mundo occidental era cristiano. ¿Merece la pena tener nostalgia de aquellos tiempos? La nueva Iglesia del siglo XXI no se puede levantar desde la creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Se impone mirar al futuro, caminar con la mirada hacia adelante, donde está Cristo nuestra esperanza. ¿Cómo ha de ser la Iglesia del futuro? No lo sabemos. Pero la fe nos dice que no puede ser una Iglesia asida al poder, sino una iglesia desarmada, pertrechada con la debilidad de la cruz para confundir a los fuertes (cf 1 Cor 1,25). Una Iglesia que vive de la experiencia (mística) de Dios; Iglesia diaconisa, que imita a Cristo-servidor; ¿acaso no es el testimonio de servicio-amor al mundo la mejor arma para la “nueva evangelización”?

*Y socialmente la tentación del poder nos obliga a desenmascarar a todos aquellos, o todo aquello, que basa su existencia en la imposición. Se trata de crear la cultura de la igualdad, del diálogo, de la corresponsabilidad. Todos hemos de sentirnos responsables de los aciertos y errores sociales. Todos hemos de participar en la construcción de una sociedad nueva. Rehuir la participación dejando la tarea en manos de unos pocos privilegiados (aunque estos hayan surgido de unas elecciones democráticas más o menos limpias) es dejar que el poder se acumule en un punto y enferme de soberbia corrompiéndolo todo. Es cómodo dejar que te manden. ¡Pero no es bueno! Ser críticos es una obligación cristiana; aunque la crítica no guste a los criticados; la de Jesús no gustó, y por eso lo mataron. ¿Va a ser menos el discípulo?

* * *


La respuesta de Jesús a las llamadas del mal, su enfrentamiento con los “demonios”, no fue puntual; no se redujo a 40 días con sus noches, sino que lo fue durante toda su vida. “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38).

La última tentación la vivió en Getsemaní. Allí advertía a sus discípulos: “velad y orad para que podáis hacer frente a la prueba” (Mt 26,41), allí pidió que “si es posible que pase de mí esta copa de amargura” (Mt 26,39a). ¿Tiene sentido morir por unos hombres que te han abandonado y que han respondido con odio a todo el bien que les has hecho? Jesús se mantuvo firme en la fe que había puesto en su Padre Dios. “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39b). ¿Quedó por ello hipotecada su libertad? De ninguna manera; en la cruz mostró no sólo su fidelidad al Padre sino también su libertad de elección superando los atractivos del mal. Por eso la cruz es salvadora, porque muestra el amor sin límites, el amor puro, que no fue esclavo ni del dinero, ni de la “buena fama”, ni del poder.

Jesús, hombre libre, es el camino de la libertad (de la cuaresma). Su respuesta debería ser la nuestra, sus pasos nuestros pasos.

Febrero 2011
Casto Acedo. 

lunes, 16 de febrero de 2026

Miércoles de Ceniza (18 de Febrero)


EVANGELIO 
Mt 6,1-6.16-18

En  aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

*

¡Convertíos!

Un año más el Miércoles de Ceniza abre el tiempo de Cuaresma y Pascua, fechas que nos invitan a intensificar nuestras actividades espirituales de cara a una mayor profundización.

Se abre el tiempo con un grito: “¡Convertíos y creed en el Evangelio!” (Mc 1,15); es la llamada de Jesús que se hace apremiante ante la fragilidad de la naturaleza humana y la fugacidad del tiempo: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (cf Gn 3,19).

“¡Convertíos!”. La palabra griega que usan los evangelios es metanoia (μετάνοια), que significa literalmente «cambio de mente» o ir «más allá de la mente».  La conversión apunta a "ir más lejos" o "adentrarse en un lugar más profundo", romper y trascender patrones de pensamiento y acciones enquistados en la rutina. Si a “¡convertíos!” le añadimos la palabra “Evangelio”, se nos está invitando a dejar nuestro pensar y obrar e ir hacia un pensar y obrar distintos, según Dios (Is 55,8). 

El texto evangélico de este día (Mt 6,1-6.16-18) avisa sobre ello: deja atrás los pensamientos mundanos, las convenciones sociales de la apariencia; deja a un lado el “practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos” y pásate a una percepción distinta de la realidad y a un nuevo actuar desde Dios.

Convertirte es esto: mirar tu vida desde Dios y darle un giro a partir de la visión divina revelada en el Evangelio de Jesús. La Cuaresma invita a practicar la oración para adentrarte  en tu vida y dejarte llevar por Él, a tomarte en serio el  ayuno de ídolos para entrar en armonía con tu ser profundo y a hacer limosna como práctica de comunicación de bienes espirituales y materiales.

Oración. Esperanza.
Mirar el amor de Dios

Primeramente, convertirte es ir más allá en tus pensamientos acerca de Dios. Decía san Anselmo que Dios es "aquello mayor que lo cual nada puede pensarse". En la filosofía de la época era como decir que no hay pensamiento más grande y perfecto que el de Dios. Dios es el conocimiento por excelencia; y en Él el amor y el conocimiento se funden. “Falta fidelidad y falta amor, falta el conocimiento de Dios en el país”, dice Oseas. (4,1); y pide conocer a Dios adentrándose en sus pensamientos para modelar desde ahí los nuestros: “quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6,6).

Dios conoce y nos conoce; aunque es mejor decir que Dios ama y nos ama. Porque sólo el amor permite conocer. Quien odia a alguien nunca lo conocerá, sólo quien ama accede al ámbito del otro. ¡Qué importante es orar! En Nube del no-saber se dice: “¡eleva tu corazón al Señor con un suave movimiento de amor, deseándole por sí mismo y no por sus dones!” (n 3). Ámale como Él te ama, con absoluta gratuidad; no necesita nada de ti.

La oración como acto de amor, tan recomendable en el tiempo de Cuaresma, te abre al conocimiento de Dios, y te ayuda a convertir la imagen imperfecta que solemos tener de Él.  Buen ejercicio es  para estos días mirar-contemplar a Dios no desde nuestros interés sino desde Él mismo, contemplar a "Dios en sí", en lo en lo que es: puro Amor. ¿Cómo? Con atención amorosa (San Juan de la Cruz), poniendo en Él el corazón (la conciencia) más que la mente. Contempla y ama a Dios por lo que es, no por los beneficios que pueda reportarte; éstos se te darán si es su voluntad (cf Mt 6,33). Te basta con poner en él tu esperanza.

Ayuno. Fe.
Conocerme para ser libre.

Mirarme a mí mismo desde Dios me ayuda a aceptarme tal y como soy: débil, falible, inseguro, inmaduro y maleable. Y Dios me quiere como soy. Si acepto ese amor  ya he dado el primer paso hacia la conversión de mi persona. 

El amor de Dios viene a mi como Luz. Contemplándole veo cuánto de oscuridad hay en mi alma. Antes de acercarme a Él sólo veía mis gracias y mis apariencias. Vanidad. Ahora sé que no todo lo que tengo es malo, pero aunque algunas cosas sean buenas en sí mismas (mi familia, mi trabajo, mis títulos, mis propiedades, etc.), cuando las considero méritos propios y no don de Dios,  se transforman en ídolos que me impiden estar con Él. Es lo que dice san Pablo: "Todo me es lícito, pero no todo me conviene" (1 Cor 6,12). Debería  ayunar de todo lo malo, y también de lo que, siendo bueno, me conviene no idolatrar; el objetivo de este ayuno no es otro que  ser libre para darme a Dios.

No permitir que nada ocupe el lugar de Dios; esto es ayunar. Es bueno comer, trabajar, prosperar social y económicamente,  tener una familia, etc. pero no debo poner en esas cosas el sentido último de mi vida. "El que por mi deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (Mt 19,29; Mc 10,19). Cuando corto las ligaduras que me atan a los bienes que tengo  y me quedo desnudo ante Dios, entonces me conozco, y veo que sólo el amor de Dios me hace digno; mi autoestima no se apoya entonces en mis ídolos sino en el amor que Dios me tiene. Ayunar de todo lo superfluo para afianzarme sólo en Dios, ¿no es este el camino de la fe?


Limosna. Caridad.
Compasión y entrega. 

Al mismo ritmo y la misma medida con que me miro a mí mismo desde el amor de Dios, miro a mis hermanos y hermanas con amor. Si el primer paso de la conversión a Dios me lleva a orar a quien está “más allá” de mí mismo, y el segundo me purifica de mis idolatrías por el ayuno, el tercer paso me dirige a amar al prójimo con el mismo amor con que me siento amado de Dios.

El amor de Dios no hace acepción de personas, “hace salir hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45). Sólo desde la mirada luminosa de Dios purifico mi mirada al hermano. La gracia del amor de Dios cambia mi percepción, y donde antes veía un rival o un extraño, ahora veo un hermano y una hermana a quien amar. 

La oración y el ayuno verifican su autenticidad con la práctica de la limosna. Y ésta no se mide por la cantidad de bienes que se comparten sino por la calidad del corazón que la practica. ¡Que tu limosna tenga la calidad del amor sincero,, abundante y gratuito!. A la hora de exigirte en el compartir ten cuidado con las racionalizaciones; la mente del mundo es muy astuta, y siempre te dirá a la baja hasta donde debes dar. No es cristiana una limosna calculada, premeditadamente pactada con el ego, cerrada a un amor y donación al alta, sin límites; así es la donación de Dios.

San Juan de la Cruz, maestro de almas, te da pistas para enfocar tu limosna: “¿Qué aprovecha dar tú a Dios una cosa si él te pide otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo, que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a que tú te inclinas”. La medida de la limosna se ha de poner en la voluntad de Dios, no en la propia.  

Y para terminar sobre la importancia de la limosna, no me resisto a volver a citarte el texto de Isaías que se proclamó hace dos semanas, y que indica cómo la limosna-caridad es el principio y final del encuentro con Dios, la guinda del pastel de la Cuaresma y de la Pascua: “Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz … Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy” (Is 58,7-9). Ahí está el Señor, donde tu entrega se hace carne. Un buen programa para asegurarte la conversión que se te pide en Cuaresma. ¡Practica la virtud de la caridad!

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Organiza bien tus prácticas de ayuno, limosna y  oración personal y comunitaria en estos días de Cuaresma.  Comienza acudiendo a tu parroquia el Miércoles de Ceniza. No estás solo; en la celebración de ese día comprobarás que son muchos los que inician contigo el camino de la Pascua. 

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Otros comentarios para Miércoles de Ceniza:

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¡Buena Cuaresma!

Febrero 2026

Casto Acedo 

miércoles, 11 de febrero de 2026

Elegir lo mejor (15 de Febrero de 2026)


EVANGELIO
Mateo 5,17-37:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. ... Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. 

Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. ...

Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón....

Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto».

¡Palabra del Señor!

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Decía san Pablo hablando del final de la vida: "deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor" (Flp 1,23). Me quedo con la expresión última. Si algo puede satisfacer el final o la finalidad de la vida ese algo es Cristo que  "es, con mucho, lo mejor". Y  desde ahí quiero leer el evangelio de hoy. Las correcciones que Jesús hace al decálogo no suponen una anulación de la ley sino una invitación a ir, más allá de la letra, lanzarse "a lo mejor",  al  espíritu de la ley, que es lo que la hace atractiva, sanadora  y gratificante. 

Una espiritualidad para adultos

Casi todos aprendimos los diez mandamientos cuando nos prepararon para la Primera Comunión. Desde niños aprendimos a leer nuestra vida moral desde ellos. A esa edad entendíamos el pecado como una norma divina que era necesario cumplir para ir al cielo. 

Muchos de los niños de entonces, ya adultos, se han quedado ahí, atados a los hilos de los mandamientos como única herramienta para revisar sus vidas; de ahí que la gran preocupación de quienes recibieron esa formación cristiana no sea otra que evitar  cruzar el límite de lo permitido (¿hasta dónde es pecado y hasta dónde no?). Las personas estancadas en este fariseísmo sufren lo indecible porque viven en la contradicción de que el pecado (que quieren rechazar) les resulta más atractivo y apetecible que el amor de Dios (que deberían abrazar).  
 
Los mandamientos pertenecen al Antiguo Testamento, a los tiempos de la preparación; la ley es parte de la pedagogía divina que apunta a Aquel que está por encima de la ley, Jesús, que trae algo nuevo. Si no fuera así, si Jesús no hubiera añadido ninguna novedad  al modo de vivir la relación con Dios, ¿para qué vino? ¿Qué sentido tendría la Encarnación si con la ley de Moisés ya se hubiera dicho todo?

Jesús aporta la madurez necesaria para superar el legalismo infantil de la religión judía; su reiterado “habéis oído que se dijo (pasado), pero yo os digo (presente, futuro)” pone en evidencia la corrección de lo viejo. Más tarde san Pablo dirá: "Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño" (1 Cor 13,11). Para san Pablo, como para Jesús, la libertad moral que da el Espíritu está por encima de la ley (cf Gal 4-5); Jesús y san Pablo hablan de una espiritualidad para adultos que han superado el miedo infantil al castigo (moral heterónoma) y se mueven impulsados por el amor (moral autónoma). 

Según Jesús, el acierto a la hora de enfocar la vida no está en el sometimiento a un código moral, sino en el sano ejercicio de la propia libertad. El hombre es un ser creado en y para la libertad y como tal tiene el deber de elegir. Por su parte, el mal no es un castigo de Dios por las negligencias cometidas sino la consecuencia más o menos directa de elecciones equivocadas (pecados). Así lo dice el libro del Eclesiástico, “ante ti están fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida, le darán lo que él escoja” (15,17-18). Y el éxito de la vida está en arriesgar y escoger lo mejor.Limitarse a vivir en la tibieza de la Ley no suele dar muchas satisfacciones; a la hora de elegir, el seguidor de Jesús no debe conformarse con el cumplimiento -cumplo y miento-, porque “si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 5,20). Jesús recomienda hacer una opción por “lo mejor” yendo más allá de la norma, pasar del "habéis oído que se dijo" al “pero yo os digo…”.

Las propuestas de Jesús: ¿Qué es lo mejor…?
 
¿Qué es "lo mejor"?. Las correcciones o apostillas de Jesús a la ley que se introducen con la expresión "pero yo os digo" no pretenden añadir nuevas exigencias a lo ya escrito sino aportar luz para ver con claridad que tras cada mandamiento del decálogo se esconde un aviso para no perderse en el camino de felicidad que es el camino de las bienaventuranzas. Tal vez Jesús pudo haber dicho ¿qué es lo mejor,  seguir fríamente los preceptos del Decálogo o ahondar en el significado profundo de esas normas humanizándolas y haciéndolas propias? (cf Mt 5,17-19). 

Lo primero que nos enseña Jesús es que seguir los impulsos del Espíritu de libertad es más comprometido y a la vez más gozoso que seguir la letra de la ley; porque el Espíritu supone y supera a la ley;  y aquello que sin Él es una carga, con Él es un gozo.
 
1. ¿Qué es "lo mejor": vivir toda tu vida conteniendo los impulsos asesinos por temor a la cárcel en esta vida o al infierno en la otra, o buscar con empeño la concordia con todos los que te rodean viviendo la reconciliación? (cf Mt 5,21-24). ¿De veras crees que los asesinos y pendencieros son felices?. Nadie que es feliz por dentro saca violencia hacia fuera. En la violencia  no hay felicidad. Pero tampoco hay mucha satisfacción en quien racanea el amor.

"No matarás”, dice el quinto mandamiento, y muchos, para justificar su mezquindad espiritual, siguen recurriendo al “yo ni robo ni mato”; es la espiritualidad del cementerio donde todo está quieto, porque no hay vida. Pero Jesús no ha venido a aquietarnos sino a inquietarnos con sus propuestas. La   vida no crece en la pasividad del no matar con la espada o con la lengua sino en la actividad de quien apuesta por el perdón y el amor. Por tanto, si tu hermano tiene quejas contra ti -¡atención! si él tiene quejas contra ti, no sólo si tú las tienes contra él!-, reconcíliate con él antes de acercarte al altar de Dios. Es lo mejor, porque tendrás unas relaciones con Dios y con los hermanos.
 
 2.  ¿Qué es ¨lo mejor": entrar en pleitos por pura soberbia y deseo de dominio, o evitarlos potenciando la virtud de la humildad? (cf Mt 5,25-26). La vida evangélica busca ante todo el diálogo desde la igualdad; no se soluciona nada venciendo al adversario con las malas artes de unos pleitos que se pueden amañar. Eso no hace sino alimentar tu ansiedad. Ya sabes: “¡pleitos tengas y los ganes!”. Sé humilde y no quieras imponerte por la fuerza a los demás.  En el plato de la felicidad la humildad es el producto base.


3. ¿Qué es "lo mejor": obsesionarte ciegamente por la mujer (el marido) de tu prójimo (prójima) hasta el punto de llegar al adulterio con ella (con él), o cortar de raíz esa obsesión que te conducirá al sufrimiento de una vida de traición y mentira? (cf Mt 5, 27-28). No sólo hay un adulterio de los cuerpos, también hay un “adulterio del corazón” que desea. Todos sabemos que la fidelidad matrimonial no es cuestión de fría legalidad sino de fidelidad en el amor. Ser fiel es vivir el día a día entregado a la propia familia, cultivar la gracia del sacramento; esto es lo mejor. Hacer dejación de ello es ser infiel a la palabra dada con el “si quiero”.  Aventurarse en relaciones extramatrimoniales, además de lo que supone de deshonestidad y engaño suele acarrear sufrimientos impredecibles. La estabilidad familiar es un bien inenarrable que hay que buscar y proteger a cualquier precio. No te dejes embaucar por cantos de sirena. 

 4. ¿Qué es ¨lo mejor": cortar de raíz con determinadas propiedades, relaciones, ideas y actitudes tóxicas que están robándote la libertad y la vida, o seguir aferrado a ellas hipotecando tu libertad? (cf Mt 5,29-30). La calidad de la fruta depende de la tala del árbol. Podar todo lo que entorpece el buen desarrollo de una planta no es matarla sino revivirla. Cada uno sabe cuáles son las ramas que le estorban para crecer como discípulo. Ya lo dijo Jesús: “Vende todo lo que tienes y luego sígueme” (Mt 19,21).

 5. ¿Qué es "lo mejor": padecer el fracaso afectivo y familiar que supone un proceso de divorcio, o esforzarse por cultivar el día a día del amor matrimonial? (Mt 5,31-33). El triunfo del amor es el triunfo de la cruz, sabiduría de Dios (cf 1 Cor 2,7-8), donde Cristo se mantuvo fiel a Dios y al hombre siendo fiel a su misión. Sólo con la mirada común puesta en el crucificado, dejando que su mirada penetre el ser de la pareja matrimonial, es posible la unidad y fidelidad hasta la muerte. 

Cuando llegan las dificultades en la vida matrimonial, lo mejor -aunque no precisamente lo que más gusta- es amar en la dimensión de la cruz buscando en la medida de lo posible el retorno al amor primero. "El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta: no se irrita; no lleva cuentas del mal;  no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.  Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca" (1 Cor 4-8), pero en su ignorancia “los príncipes de este mundo no han conocido esta sabiduría, pues si la hubiesen conocido nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria” (1 Cor 2,8).

6. ¿Qué es "lo mejor": echar mano de firmas y juramentos para ser creído, o llevar una vida honesta, sincera y honrada que no necesite de artificios para que seas reconocido como “hombre (mujer) de palabra”? (cf Mt 5,33-37). Quien necesita imperiosamente de juramentos para justificar y asegurar sus palabras es porque sabe que su vida nada en la mentira. Y la mentira es cosa del diablo.

* * *
 
El sermón del monte con sus "pero yo os digo" expone un proyecto de vida para valientes que, como Jesús, se preguntan: ¿cuál es la voluntad de Dios para mi matrimonio, para mi familia, mi trabajo, mis diversiones, mi futuro... para toda mi vida? ¿Cómo vivir todas estas realidades felizmente y sin engaños? Para hallar la respuesta adecuada hay que impregnarse del Espíritu de las bienaventuranzas del Reino. 

La ley parece recurrir al miedo para guiarte y evitar el mal. Has buscado la felicidad sometiéndote a unas normas externas (la letra de la ley); y hay momentos en los que te has sentido satisfecho de ser cumplidor de esa ley, pero también ha habido situaciones que te han revelado tu impotencia para conseguirlo. Has acudido una y otra vez al confesionario con sincero arrepentimiento y empeño por mejorar y reiniciar el camino; pero todo sigue igual. La inseguridad y el miedo persisten.  Las propuesta de Jesús supera el imperativo de los mandamientos para ir a las bienaventuranzas. "En el amor no hay temor" (1 Jn 4,18)  sino dicha y felicidad.

Deberías vivir más atento a la interioridad que a la exterioridad de tu vida, porque en cada caída exterior (pecado) se esconde una falla interior que deberías retocar (conversión). Para eso sirven los mandamientos, para poner en evidencia el pecado, los actos fallidos. Dice san Pablo: "La ley ha intervenido para que abundara el delito; pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). Jesús no suprime la ley (quedaríamos ciegos para ver las causas de nuestras desdichas), pero quiere que nos demos cuenta de que quien salva del pecado no es la ley (¿alguien es capaz de vivir por sí mismo cumpliendo la perfección de los mandamientos?) sino la gracia de Dios, su amor misericordioso, capaz de llenar el vacío de la falla interior que te hace tropezar. ¿Cómo llenar ese vacío?  Jesús, que quiere para ti lo mejor, puede llenarlo, y para ello te da sus "pero yo os digo", su proyecto de  vida basado en un amor sin límites ni recortes.

¡Feliz domingo! 

Febrero 2026
Casto Acedo. 

El desierto (I Cuaresma. 22 de Febrero).

  EVANGELIO Mateo 4,1-11 En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar ...