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YO SOY LA PUERTA
Hablar de Dios no es fácil. Tal vez por ello, desde el púlpito los predicadores tendemos a disertar sobre moral, costumbres, normas de comportamiento o avisos espirituales. Hablar de Dios y de las cosas del espíritu es complicado. Para ello hemos de echar mano de símbolos.
Uno de los símbolos recurrentes en casi todas las religiones es el de la Puerta. En el budismo e hinduismo la puerta simboliza el paso del mundo material al espiritual. En el judaísmo se presenta el símbolo de la puerta como el acceso a un mundo sagrado donde se encuentra cobijo y protección; es frecuente en esta tradición colocar en la jamba derecha de la puerta la mezuzá, un pergamino que contiene pasajes de la Ley (Dt 6, 4-9 y 11,13-21) y que se pone en el marco derecho de las puertas de los hogares judíos en cumplimiento de un mandamiento bíblico, simbolizando la fe en un solo Dios, su protección y la identidad judía de la casa. Hay un lugar seguro tras la puerta y afuera está el peligro. En el islam se habla de las puertas del paraíso, donde también hay varias puertas, cada una asociada a una de las virtudes.
¡Qué distinto es el evangelio de Jesucristo! Para que le conozcamos echa mano de imágenes que podamos entender. Y no solo imágenes para dar a entender la personalidad de Jesucristo sino para definirse en ellas. En el Evangelio de san Juan son muy recurrentes los “ego eimi” (yo soy), palabra griega que nos recuerda el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, cuando Dios revela a Moisés su nombre en el monte Horeb: Yahvé: Yo soy el que soy- (Ex 3,14). Queriendo dar a conocer su divinidad Jesús se presenta en san Juan como “yo soy el Pan de vida, yo soy el Buen Pastor, yo soy la Vid, yo soy la Puerta, yo soy el Camino, yo soy la Verdad, yo soy la Resurrección y la vida”.
“Soy la puerta”, dice Jesús hoy. El símbolo no se cita como un medio para llegar a Dios; va más lejos: el mismo Jesucristo habla de sí mismo no como Puerta que lleva a algún sitio sino más bien como lugar al que se llega; más que entrar por la puerta se invita a entrar en la puerta. Los "yo soy" invitan a relativizar las mediaciones (agua, puerta, luz, pastor) e ir directamente a Dios.
La puerta de la vida
Hay momentos en la vida en que nos vemos en la tesitura de elegir entre varias opciones. ¿Qué camino seguir? Andamos estancados en un lugar cerrado, como un gran salón circular con numerosas puertas invitándonos a ser abiertas y a pasar a través de ellas a una situación mejor. ¿Qué puerta cruzar para dejar atrás la desesperanza? Algunas de las puertas que tenemos ante nosotros nos seducen con músicas celestiales, otras con luces llamativas, en otras se vislumbra un paraíso dulce e indoloro, ... casi todas son puertas anchas y fáciles de abrir.
Pero hay una puerta que no te invita a entrar recurriendo a la trampa de satisfacer tus apetitos. Es una puerta más estrecha que las otras, lo cual parece indicar que hay que adelgazar un poco para poder traspasarla. "Entrad por la puerta estrecha -dice Jesús-. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos" (Mt 7,12-14). No se puede entrar por la puerta estrecha con los bolsillos llenos; antes hay que eliminar las carnes superficiales, aquellas que engorda el ego.
La puerta estrecha es la puerta de la Verdad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,31). dice el rótulo que la adorna. La verdad no admite componendas. La puerta estrecha de la verdad pide aceptar que se vive en la mentira y exige soltar los engaños para pasar por ella.
Para los cristianos, tal como nos enseña el evangelio de hoy, la puerta de la liberación es Cristo mismo. No dice Jesús “yo soy como una puerta” sino “yo soy la puerta”, la única puerta de la salvación. Antes ha expuesto una parábola acerca de ladrones y bandidos que entran al redil de las ovejas saltando la tapia. Hay que precaverse para no ser engañados por quienes acceden al redil sin tener en cuentas a Cristo. Son los falsos pastores, mercenarios y asalariados que no buscan el bien de las ovejas sino su propio beneficio (Jn 10,8-14).
Para acertar a elegir la puerta de la vida el Evangelio nos da una pista: conocer a Jesús por la escucha de la Palabra, la oración y el seguimiento; todo esto nos proporcionará la intimidad necesaria y el conocimiento cierto del Buen Pastor, que conoce y llama “por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Y cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
Lo de ser puerta hay que saber entenderlo bien. Puede que haya quien piense que entrar en Jesús es entrar en una clausura irreversible. Jesús es la Puerta, pero no es una Puerta cerrada que se abre sólo por fuera. También se abre desde dentro. Entrar en Cristo es un acto de libertad y una garantía de la libertad misma. Pero esa libertad no se agota en la entrada. También se puede abandonar el redil.
Hay una parábola o cuento que nos habla del Buen Pastor y que que apostilla esa santa libertad que la misericordia divina concede a quienes se acogen a ella:
Un pastor notó que le faltaba una oveja y salió a buscarla sin dudar. Tras encontrarla herida y cansada, la cargó con cuidado y la devolvió al redil. Esa noche, cerró la puerta… pero dejó abierto el hueco por donde ella había escapado. La oveja lo vio. Se acercó al agujero, miró afuera, sintió la libertad… y también el vacío. Luego miró al pastor, que no dijo nada ni la detuvo.. Podía irse otra vez. Pero esta vez, eligió quedarse.
El hecho de que la puerta quede siempre abierta para salir es el detalle que nos ayuda a distinguir la fe cristiana auténtica de la sectaria. La puerta que es Jesús no se cierra tras el paso del rebaño. La Iglesia de Jesús no es una secta. Jesús es la Puerta que permanece siempre abierta. “Quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir”, nos dice. Quien permanece en Él no lo hace por obligación sino por amor; porque se ha dejado seducir por el Amor de Dios y se abandona a Él.
Cuando se celebra un año santo se bendice la Puerta Santa. Por ella entran los que quieren acogerse a la misericordia de Dios y entrar en su casa. Casa de Dios es la Iglesia, casa suya es el Cielo. Jesús es la Puerta del Cielo preanunciada en el Salmo 118,20: "Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella". Sin lugar a dudas la imagen de la Puerta que presenta el evangelio sugiere la entrada a un lugar nuevo, a una forma nueva de vivir una vida eterna.
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En fin, entrar por una puerta o atravesar una puerta es una imagen sugestiva para significar una transformación o un cambio espiritual, el paso de una situación en la que se estaba a otra distinta. Hablamos así de "la puerta del cielo” o “las puertas del infierno” como algo que separa dos mundos muy diferentes. En el caso de Jesús, más que de trasformación o cambio de posición, parece que se habla de la Puerta como lugar de comunión y encuentro.
En las letanías el Rosario también se dice que María es “Puerta del Cielo”. La Virgen es puerta porque da acceso a la Puerta que lleva en su vientre. En realidad la puerta del cielo es Cristo. Con su muerte y resurrección el Hijo de María ha acercado a la tierra las puertas de la Vida eterna para todo el que quiera pasar a ella.
Escucha hoy a Jesús: “Yo soy la puerta... yo he venido para que mis ovejas tengan vida y la tengan abundante”. Jesús es una perta que te abraza y te acoge, que te cuida y te protege, sin violencias, sin imposiciones, apelando siempre a tu libertad. No desea que entres en su casa por la puerta de la ley y el miedo sino por la del amor. Contémplalo hoy como esa puerta que encuentras siempre abierta; especialmente cuando todas las demás puertas se te han cerrado.
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Recurso: audio de 7 m:
https://drive.google.com/file/d/14qYALvRV6owjd0tXLYlKg-4GkVTYuRV6/view?usp=sharing
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YO SOY EL BUEN PASTOR











