jueves, 2 de julio de 2026

Elogio de la contemplación (5 de Julio )


EVANGELIO 
 Mt.11,25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús: 

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. 

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

¡Palabra del Señor!

* * *

Hoy el comentario es un tanto filosófico a la luz del texto evangélico. Como complemento tienes un audio (16 m) y un PowerPoint al final. 


La sociedad del cansancio

El filósofo de origen coreano Bjung-Chull Han, afincado en Alemania y reciente  premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, tiene entre sus obras un ensayo de gran éxito que tituló La sociedad del cansancio (2010). Ahí explica cómo el mundo occidental, donde aparentemente gozamos de libertad para hacer lo que queramos, nos induce a ser sujetos de rendimiento, personas profesionalmente eficientes; para conseguir esos objetivos impuestos por la mentalidad liberal neocapitalista nosotros mismos nos esclavizamos y explotamos voluntariamente. 

Vivimos obsesionados por estar subidos (mejor decir atados) al carro del consumo y la diversión, panacea de la felicidad. La constante batalla interna por subir y mantenernos en la cresta de la ola de la riqueza, el prestigio y el consumo es de hecho un acto de auto-explotación (yo mismo me exijo más y más) que genera auto-agresión (yo mismo me machaco a trabajar) y la sensación permanente de carencia (nunca tengo bastante) y de culpa (si no triunfo es porque no valgo). 

Es un brevísimo resumen de la realidad que vivimos. Producimos, tenemos, acumulamos, consumimos, pero dentro de un círculo de eterna insatisfacción; como ratones de laboratorio nos obligamos a correr cada vez más rápido, como hámster en el interior de la rueda, para no llegar a ningún sitio. “Hoy nos explotamos por propia voluntad y con la creencia de que nos estamos realizando”, señala el surcoreano.

El problema de la realidad que desenmascara y expone el filósofo en La sociedad del cansancio encuentra su respuesta en el evangelio de hoy: “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Jesús quiere y puede sacarnos de la rueda que nos amarra y esclaviza. Vivir en Él es el contrapunto que necesitamos. El remedio al estrés y la autoexplotación está en seguirle, en tomar su yugo llevadero y su carga ligera, que es entrar en mansedumbre y humildad. “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso”.

Frente a la celeridad y el agobiante y perecedero círculo vicioso de la moda, Jesús propone la vuelta al valor permanente de la sencillez. Porque nuestros cansancios vienen de complicarnos la vida en exceso. Está bien preocuparnos por la casa, la comida y el vestido, pero ¿tiene sentido elevar a grado de necesidad irrenunciable poseer una lujosa mansión en Suiza, disfrutar carísimas delicatessen culinarias y vestir modelos exclusivos de diseñadores de culto? No merece la pena cuando se paga el precio de la propia felicidad. Sin embargo, hay quienes sí eligen hipotecar su vida trabajando y penando para disfrutar el lujo efímero de la moda.


La vida contemplativa

La alternativa que propone Jesús es despojarse de los agobios retornando a La vida contemplativa, que así se titula otro libro de Bjung-Chull, con el subtítulo de Elogio de la inactividad. Transcribo un fragmento:
“Nos estamos asemejando cada vez más a esas personas activas que ‘ruedan como rueda la piedra, conforme a la estupidez de la mecánica’. Dado que solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento, interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes. La existencia humana en conjunto está siendo absorbida por la actividad. ...  No estamos accediendo ni a los dominios de la inactividad ni a sus riquezas. La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana. Hoy se ha ido difuminando hasta volverse una forma vacía de actividad” .
Como apéndice a este texto podemos añadir las palabras de Jesús: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera”, como si dijera: el estilo de vida que propongo no tiene el peso de la celeridad y la hiperactividad, no agobia ni estresa, es llevadero. Basta pararse, aquietarse, silenciarse y contemplar, mirar, disfrutar del espectáculo de la naturaleza y de la vida misma para darse cuenta de que la inactividad no tiene por qué ser necesariamente una forma "vacía de actividad". Al contrario, “la vida solo recibe su resplandor en la inactividad”, apostilla Bjung-Chull, y en tiempos de sobredosis informativa que generan un activismo mental desbocado  e invitan a una movilidad sin orden, estas palabras cobran un sentido especial.

Los tiempos modernos son tan necios que consideran que permanecer quietos y en silencio esperando la revelación de la verdad, la bondad y la belleza de Dios y el mundo es un aburrimiento. Convencidos de esto se inventa una variedad casi infinita de diversiones, actividades que distraen y dispersan la conciencia personal alienando (alejando) cada vez más de sí mismas (de su interioridad) a las personas.   

Es un signo de esperanza ante un mundo así el que haya  pensadores que  pongan sobre el tapete la importancia de “no hacer nada”, de permanecer ociosos, de simplemente mirar y disfrutar de lo que se observa. Esto, seamos sinceros, se ha perdido en nuestra cultura; y gracias a a Dios no deja de ser una puerta abierta a la esperanza el interés actual por la meditación, una riqueza poco explotada en la Iglesia de los últimos tiempos a pesar de su rica tradición espiritual. 

Jesús viene de nuevo en nuestro auxilio para invitarnos a no vivir para trabajar, sino para gozar considerando el trabajo no como un fin sino como medio para lo verdaderamente importante: ser felices disfrutando de la creación y agradeciendo a Dios ese don. Así expresa Jesús la suerte de tener acceso a esta sabiduría: “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”. Este arranque de alegría y gratitud sólo puede venir de quien ha contemplado la belleza de la creación, ha palpado la sencillez y felicidad de los humildes y ha percibido la bondad del Padre que bendice al pobre con sus dones.

La vida sólo muestra su hermosura en la inactividad. Eso sí, no confundamos inactividad con diversión, que es actividad que distrae y dispersa la mente. La belleza de la inactividad está en la contemplación, que es estar en el presente sin huir de él, sino viviéndolo. Ah, ¡cómo me alegra el corazón saber que Dios es "presencia"! Estar con Dios es estar aquí, ahora, saboreando el instante. 


Ora et labora

Convenzámonos: la magia de la ociosidad contemplativa es la única capaz de generar una nueva forma de vida. Sólo incluyéndola en nuestra vida podemos abordar con éxito la renovación de nuestra persona, nuestra sociedad y nuestra Iglesia. Necesitamos fusionar en nuestra espiritualidad la oración y la acción, la actividad y la ociosidad consciente. Ora et labora, reza y trabaja. 

Sólo contemplando y amando puede mantenerse el debido respeto y amor al prójimo y a la creación. Al mundo no lo cambian  a mejor ni las guerras ni las revoluciones industriales; éstas son enemigas de la paz y la naturaleza; el auténtico cambio vendrá de la ociosidad contemplativa, de la escucha silenciosa de Dios haciéndote presente a Él. Ahí se gusta y adquiere la verdadera sabiduría, oculta a los sabios y entendidos de este mundo.

En la puerta de entrada de los campos de exterminio nazis estaba escrito un mensaje de bienvenida. “El trabajo hace libre” (Arbeit macht frei); es un aforismo envenenado; el hombre no ha sido creado para trabajar sino para disfrutar de la vida en presencia de Dios  o, lo que es lo mismo, de la presencia de Dios en la vida. Poner la felicidad en los bienes materiales nos lleva a creer que mientras más se tiene más se es; es la filosofía del mundo. No, el trabajo, cuando es valorado desde la producción no libera, somete. La verdad es muy otra: “La contemplación te hace libre”, la ociosidad como oportunidad de estar contigo mismo es sabiduría. No olvides que la meta última de la humanidad es un domingo sin ocaso, un descanso eterno. Trabaja pues lo necesario para vivir dignamente, y párate más a menudo a contemplar y disfrutar la misma vida. No esperes a mañana, hazlo ahora. 

¡Descansa (contempla) el domingo!
*
Audio (16 m)

PowerPoint (Descansa en Dios)

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Julio 2026
Casto Acedo

viernes, 26 de junio de 2026

San Pedro y san Pablo (29 de Junio)

 

EVANGELIO
Mt 16,13-19 

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» 

Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» 

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» 

Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.» 

Palabra del Señor. 


Celebramos en una sola fiesta a dos grandes de la Iglesia, incluso podríamos decir que “los dos más grandes” si no fuera porque hace solo unos días hacíamos fiesta con san Juan Bautista, del cual dijo Jesús que “no ha nacido de mujer uno más grande” (Mt 11,11). Sea como fuere, celebrar a Pedro y a Pablo es celebrar a dos santos que, debilidades aparte, dieron testimonio de fidelidad al Evangelio sufriendo por su causa persecuciones, cárcel y la misma muerte.
Pedro, Pablo, ... y el Espíritu Santo

De san Pedro sabemos bastante por los santos Evangelios; ahí se nos cuenta su vocación, sus dudas, su traición y su constante conversión a Jesús. Luego el libro de los Hechos, en su primera mitad, nos narra los principios de su ministerio como cabeza visible de la Iglesia. A partir del capítulo 13 este libro que cuenta los inicios de la Iglesia, cede el protagonismo a Pablo, el apóstol misionero por excelencia, que sin dejar de aceptar la primacía de Pedro, y siempre fiel a su primado, a pesar de los disensos (cf Hch 15), extendió la fe de la Iglesia Cristiana por todo el Mediterráneo.

Pero, no nos engañemos, el verdadero protagonista de la expansión misionera no fue Pedro, tampoco Pablo, sino el Espíritu Santo; la comunión eclesial y su empuje misionero sólo se pueden explicar desde Dios: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra” (Hch, 1-8). La clave de la evangelización no está en el enviado (apóstol) sino en quien lo envía.  

A Pedro se le profetizó su entrega generosa a la tarea del evangelio y la que sería su muerte testimonial: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios” (Jn 21,18-19). Pablo no dudó en decir que “llevamos este tesoro –el Evangelio que predicamos- en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4,7). 

Con claridad vio San Lucas que Pedro y Pablo sólo fueron instrumentos en manos del Espíritu, por eso se percibe en el libro de los Hechos que el verdadero protagonista de la expansión misionera era el Espíritu que los iba llevando (cf Hch 10,19;11,12; 16,7;21,4); de hecho, ni siquiera se narran los martirios de Pedro y Pablo; el protagonismo del Espíritu en la vida de estos santos y en la de la misma Iglesia del comienzo parece decirnos que la Iglesia sigue siendo una tarea inconclusa y ha de vivir siempre entregada a la tarea de construir su unidad y completar su misión dejándose llevar por el soplo de Dios.

En el Evangelio que nos ofrece la liturgia en este día Pedro es proclamado por el Señor “mayordomo” de su Iglesia, poseedor de las llaves; el que tendrá el deber de administrar, de mantener la fe y la unidad en la casa de los cristianos. Pablo, por su parte, es elegido con miras a anunciar el Evangelio: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio” (1 Cor. 1,17; cf 9,16.23; Rm 1,9.14; 15,19; etc.). Unidad interna y testimonio externo de cara a la expansión del Reino de Dios y su Iglesia. Detengámonos en estos dos puntos:

1. Una Iglesia unida en la misma  fe (Pedro).

Cuando escuchamos eso de “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”(Mt 16,18) solemos referir esas palabras a Pedro; y no andamos desencaminados; pero no olvidemos que poco antes Pedro ha hecho una afirmación de fe trascendental para todos: “Tú (Jesús de Nazaret) eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Cristo, Dios Vivo)” (Mt 16,15). La piedra que hace posible la unidad en la Iglesia es la fe en Jesucristo, Hijo de Dios; la fe que no es fruto de especulaciones ni de experiencias místicas subjetivas, sino un regalo de la revelación de Dios: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso (el credo con que confiesas que yo soy Hijo de Dios) no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17). 

Así, pues, la persona de Pedro como cabeza de la Iglesia nos remite a la fe en Jesucristo como Dios. Y hacia ahí va nuestra primera reflexión: Mirar a Pedro es someter a crítica mi fe, preguntarme si es una fe soberbia que se quiere afirmar al margen o en contra de la comunidad, o si busca revisarse a la luz de la Iglesia presidida por Pedro. 

La fe, por otra parte, no es un asentimiento intelectual a verdades incomprensibles, sino una apuesta del corazón por aquel que te ha amado desde la eternidad. Mi vida cristiana tiene una roca: la fe en Cristo Jesús, cimiento donde se asienta la vida espiritual (cf 1 Cor 10,4). Cristo es la roca a la que Pedro me remite. 

No puedo creer a Pedro separado de Jesús; y teniendo en cuenta que el mérito de ser el primer Papa no se debe a sus cualidades físicas, intelectuales o espirituales (de las cuales parece ser que Pedro no hace gala en lo que de él sabemos por los evangelios), el valor de Pedro está en la elección de Dios, pura y simplemente en eso. Lo que da valor a la figura de Pedro no son sus obras sino la fe que se le encomienda conservar y cuidar como mayordomo. La unidad de la Iglesia se sostiene sobre esa fe; a Pedro se le da el poder de atar y desatar (cf Mt 16,19), es decir, de considerar si la fe y las correspondientes obras de quien se dice seguidor de Cristo, son las genuinas o no.


Quien cree que Jesús es el Mesías acepta también que Pedro ha sido el elegido para mantener viva la unidad del grupo de los Doce. Y Pedro no defrauda; más allá de sus debilidades fue y sigue siendo signo de unidad y motor de la evangelización. ¿Se hubiera mantenido unida la Iglesia sin una cabeza visible que aglutinara a todos como antes hizo Jesús? ¿Habría llegado a nosotros la Palabra de Dios si no hubiera sido por la Iglesia presidida por Pedro? 

Es verdad que la Iglesia es débil y está constantemente necesitada de reforma, lo que dice san Pablo del evangelizador podemos decirlo de la Iglesia toda: “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4,7). Son las cosas de Dios, que de la debilidad real de una Iglesia pecadora saca fuerzas para hacerse presente; lo que se dice de los mártires lo podemos decir de la Iglesia toda: “has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio” (Prefacio de los mártires).

Cale, pues, en nuestro corazón la figura de Pedro como símbolo de la unidad de la Iglesia en la misma fe. El mismo Pablo, más culto y preparado que Pedro, no dejó de acudir a Él y de someterse a sus orientaciones. Pablo tuvo claro que el ministerio de Pedro trascendía la persona misma del pescador y le acercaba a la verdad de Dios, oculta a los sabios de este mundo y manifestada a los pobres y sencillos (cf Mt 11,25). En el colegio apostólico, presidido por Pedro, veía Pablo la garantía de la fe y la de la unidad de la Iglesia: “Un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4,5). 


2. Una Iglesia misionera (Pablo)

Pablo ha pasado a la historia como el gran misionero, aquel que logró sacar al cristianismo de los estrechos lazos del judaísmo. Y no hay duda de que su aparición en escena, llevado por san Bernabé a presencia de Pedro, fue providencial. Proveniente del judaísmo fariseo más recalcitrante, tras su conversión Pablo se volvió un defensor acérrimo de la nueva doctrina. Si a Pedro le hemos mirado como garante de la fe, a Pablo lo miramos como misionero de esa fe.

A Pablo le tocó inculturar el Evangelio en un ambiente ajeno al mundo judío en el que se había gestado; pero supo hacerlo bien, y acercó la Palabra echando mano a los recursos que la misma cultura griega le ofrecía. ¡Cuánto tendríamos que aprender de él! En estos tiempos en los que Europa parece culminar el proceso secularizador iniciado con la Ilustración ¿no es hora de aprovechar todo lo que modernidad y posmodernidad tienen de evangélico para acercar el mensaje del Reino a los hombres de hoy?

 Tal vez la clave de la evangelización sea, como siempre ha sido, poner a Cristo y su Evangelio en el centro; todo lo demás queda supeditado a ello (cf Mt 6,33); obrando desde este presupuesto Pablo relativizó las estructuras judías (no sin las consecuentes disputas con Pedro y los judaizantes) y abrió las puertas de Cristo a los paganos. Con Pablo la Iglesia se hace universal (católica), como Cristo fue universal.

Convendría en nuestro tiempo seguir los pasos del apóstol de los gentiles, dejar a un lado la espiritualidad legalista y hermética que los siglos han ido incrustando en la barca de la Iglesia, y lanzarse a predicar un cristianismo de rostro nuevo, el mismo rostro de Cristo que predicó san Pablo: “Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Cor 1,22-25). 

Conviene a la causa del Reino dejar a un lado la idea de una Iglesia poderosa y triunfalista -hay quien confunde evangelizar el mundo con dominarlo-, y volver con san Pablo a la Iglesia de los pobres: “fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1 Cor 1,26-29). Poner a Cristo en el centro de todo; “abrid de par en par las puertas a Cristo”, decía el Papa Juan Pablo II. La centralidad de Cristo y su Cruz en la predicación de Pablo debería ser para todos nosotros un referente esencial para evangelizar nuestro tiempo.

Se trata de pasar de una Iglesia acomodada a una Iglesia en diáspora, siempre en camino, resuelta a hacer presente la soberanía de Dios y del hombre sobre cualquier cosa que le oprima. Iglesia de tránsito, de debilidad, de libertad ante los ídolos de este mundo: "Para la libertad nos ha liberado Cristo" (Gal 5,1).


* * *
Celebremos a san Pedro y a san Pablo congratulándonos de la unidad y la pujanza misionera de la Iglesia promovidas por ellos. Pero no perdamos tampoco la oportunidad para tomar conciencia de las adversidades a las que la Iglesia se enfrenta estos días.  Las divisiones internas existen en mayor o menor grado en la iglesia; hay que solucionar eso; y desde la unidad debemos trabajar para seguir extendiendo el Evangelio de Dios por el mundo. Todavía queda mucho por hacer. 

¡Que Pedro y Pablo, la unidad interna de la Iglesia y su proyección exterior, sean para nosotros motivo de alegría y compromiso misioneros! Es un deseo y una oración para este día de los santos apóstoles Pedro y Pablo. 

Y felicitaciones especiales a mi Parroquia de san Pedro de Mérida en la fiesta de su patrón 

Junio 2026
Casto Acedo.

jueves, 25 de junio de 2026

Amor de Cristo, amor universal (28 de Junio)

 


EVANGELIO
Mt 10,37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

¡Palabra del Señor!

*

Un amigo de mi  juventud  ponía en duda la idea de que pudiera haber un socialismo puro donde todos sean reconocidos y tratados por igual. Y lo argumentaba recurriendo al hecho de que un padre, por ley natural, siempre tratará de favorecer a su hijo rompiendo así con su subjetividad los principios de igualdad y justicia objetivas. 

En cierto modo podría tener razón, porque la familia, así como la confesión religiosa o la ideología propias son partes tan íntimas de nuestro ser que siempre tenderemos a concederles un poder que nunca deberíamos darles en el marco de nuestros principios de conciencia.  Y, bien mirado, el evangelio de hoy nos quiere advertir de este peligro. 

Partiendo de que en Dios encontramos la igualdad y la justicia, Jesús advierte de que esas virtudes tan nobles pueden ser degradadas por intereses que parecen justificados. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. ¿No es bueno querer a los padres y a los hijos más que a nadie? Sí y no. Es verdad que hay un mandamiento, el cuarto, que nos exige atender a la familia; pero no al precio de ser injustos con el resto de la humanidad.

O sea, que en lo referente al respeto e igualdad de las personas no valen categorías. Todos somos hijos de Dios, todos tenemos su misma sangre, luego todos somos iguales y merecemos el mejor trato. Pero en la práctica no suele ser así. Si observas tu relación con tus padres, tus hijos o tus hermanos, verás que no sólo hay un egoísmo personal según el cual yo mismo me miro por encima de otros, también existe un egoísmo familiar que cierra determinadas puertas a quienes no forman parte de ella. Y ampliando el campo, también hay un egoísmo político, social, religioso, etc. según el cual no nos vemos unos a otros con los ojos de Dios Padre de todos sino con las gafas de nuestro ego.

El evangelio de san Mateo, del que forma parte el texto de hoy, llama a un compromiso serio por el desapego de costumbres y tradiciones familiares y sociales que nos alejan del respeto y consideración que merecen todas y cada una de las personas del mundo; esas costumbres, no nos dejan ser nosotros mismos y hacen mucho daño; por ejemplo el rechazo al inmigrante amparados en que primero estamos nosotros, como si las fronteras fueran cosa de Dios; la defensa del nacionalismo amparados en que lo que tenemos y hemos conseguido como pueblo es nuestro y solo nuestro; o el ninguneo o minusvaloración de quienes no comparten mis creencias y prácticas religiosas o políticas, etc. Todo eso hace que terminemos marginando y persiguiendo a quienes no se amoldan a nuestros criterios o intereses.


Aferrados al automatismo de costumbres familiares o de clase creemos hallar en ellos la verdad de la vida. Pero lo cierto es que al dejarnos llevar por esos criterios nuestro amor no es universal sino parcial y así no hay modo de ser felices. Creemos ganar la vida encerrándonos en la isla del pequeño grupo y lo que hacemos es perderla. “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. La felicidad está más allá de nuestros guetos; está bien que cuidemos aquello que afectivamente nos seduce, pero es una monstruosidad que lo hagamos a cambio de ser injustos y desleales con los que no son parte de nuestro ámbito más cercano;  está bien cuidar la familia, la región, la nación, el continente, pero ¿justifica eso la minusvaloración o marginación de los que no consideramos como parte de estas realidades?

En conclusión: Sólo es digno de Jesús quien vive abierto a un amor sin límites ni restricciones. ¿Vas a negar un vaso de agua a alguien porque su pertenencia social o su visión de la vida no sea de tu agrado? Lo que Jesús defiende en el evangelio de hoy para sus seguidores, y que expone para defensa de la dignidad de sus discípulos, procuremos hacerlo extensivo a todo ser humano. Porque Dios es Padre de todos, y solo es digno de llamarle Padre quien de veras ha entendido la fraternidad universal. Quien vive según esta verdad habrá ganado la vida, recibirá la paga de la felicidad. 

*

Por cierto, ese amigo, desgraciadamente ya fallecido, y que me comentaba que no se podía ser justo e igualitario con todos porque los intereses familiares tiran mucho, llegó a ser alcalde socialista de mi pueblo natal. 

Para él mi recuerdo y mi oración deseando que junto al Padre eterno haya comprendido que los obstáculos que la propia familia puede poner a una vida justa y libre pueden superarse con la ayuda de la gracia de Dios. Basta afrontar con fe la cruz que trae consigo silenciar nuestros singulares afectos familiares. 

Quien deja a un lado "casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras" para servir al amor universal de Jesús "recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (Mt 19,29); quien se confía a Jesús y su mensaje recibe la paga de una vida justa, digna y feliz.

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¡Feliz domingo!

Junio 2026
Casto Acedo. 


Recibir a Cristo, acoger al hermano (28 de Junio)

EVANGELIO
Mt 10,37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. 

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. 

El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

¡Palabra del Señor! 

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Al final tienes recursos sobre el tema desarrollado: un PowerPoint y un audio (19 m)


Familia y discipulado

La lectura del evangelio de hoy es la conclusión del capítulo diez de san Mateo, que recoge el llamado "discurso apostólico", serie de consejos dados por Jesús a sus apóstoles de cara a una misión que no será fácil.  Jesús dirá de sí mismo que no ha venido a traer paz sino espada (v.34), y avisa de que los problemas van a surgir incluso con los más cercanos, la propia familia; se enfrentarán “el hijo con su Padre y la hija con su madre, la nuera con la suegra, los enemigos de cada uno serán los de su propia casa” (vv.34-36).  Ante las dificultades externas (rechazo, persecuciones) que encontrará el apóstol Jesús aconsejará perder los miedos, ya que el Padre no les dejará de su mano (vv. 29-30)

Al apóstol se le exige una entrega total, que incluye  lo que parece un desapego familiar escandaloso. El amor al Señor habrá de ocupar el primer puesto en la consideración del discípulo: "El que quiera a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, nones digno de mi" (v.17). Palabras estas que sin un contexto adecuado parecen contradictorias puestas en boca de quien nunca negó sino que  recapituló la validez del cuarto mandamiento, que manda amar a padre y madre (cf Mt 5,17; 19,19). 

Evitemos una lectura fundamentalista de estas palabras. ¡Cuántos líderes de grupos sectarios las habrán utilizado para alejar a sus seguidores de los afectos familiares y fijarlos a la causa de la secta! Pero no es esta la intención de Jesús. Leído en su contexto, y aplicando el más elemental sensus fidei, Jesús no está invitando a volverse contra la familia, sólo está indicando que los problemas que por su causa puedan surgir dentro de ella han de ser dirimidos sin renunciar a la propia libertad personal. 

Ser discípulo de Jesús no debe contaminar sino sanar las relaciones parentales. Se pide  radicalidad en el seguimiento, pero ese imperativo se supone acompañado de actitudes positivas con los tuyos, aunque sin renunciar a la fe cuando ésta entra en conflicto con ellos. Esta es una cruz que no suele faltar en la vida del cristiano, una cruz que no se debe evadir sino gestionar. “El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mi” (v,38).




Cruz y discipulado 

"El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí", dice Jesús. Por tanto, tomar la cruz es consustancial al seguimiento. La cruz es la señal del cristiano; así lo ensaña el catecismo.  Pero ¿no es el amor la señal que nos identifica? Pues sí: “en esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13,35). Amor y cruz se identifican. Por eso podemos decir que lo propio de nuestra fe es el amor en la dimensión de la cruz, el amor ágape, que no mira a sí mismo sino a los hermanos; y ¿acaso no son los hermanos la cruz que llevó Cristo?  (cf Jn 3,16). 

Me gusta decir que los términos “cruz” y “realidad” son equivalentes para el evangelio. Cuando Jesús dice que hay que llevar la cruz no hace otra cosa que invitar a llevar la vida hacia adelante con amor. Llevar la cruz es aplicar amor a la situación personal, tal vez marcada por alguna enfermedad o limitación congénita; o por los problemas familiares; o por la marginación y el rechazo de quienes no te aceptan por tu fe o tus ideas.  ¡Qué lejos esta concepción de "cargar con la cruz" de aquella que busca cruces exóticas recurriendo a  cilicios y otros artilugios de tortura, prácticas normalmente desligadas de un amor concreto a Dios, al que considera un tirano exigente, al hermano e incluso a uno mismo!

Llevar la cruz es vivir buscando solucionar con amor los problemas familiares que se presentan; o luchar por arreglar las situaciones laborales complicadas a menudo por la falta de un trabajo digno o por la realidad de la explotación; o afrontar con empeño una salida justa a los problemas sociales que te toca en suerte vivir. La cruces son conflictos dolorosos  que requieren mucha purificación en quienes los afrontan para encontrar soluciones. El reto está en hacerlo todo sin perder la paciencia y el amor. La referencia la tenemos en la cruz de Jesús. ¿Cómo vivió el rechazo? ¿Cuál fue su reacción ante los problemas reales que encontró en su camino? 

Jesús dio su vida por nosotros. Antes que responder con odio y venganza -lo cual hubiera supuesto la victoria del mal- en la cruz optó por no soltar la perla que da valor al madero: el amor. Este es el camino de la cruz. “El que pierda su vida por mi, la encontrará” (v,39). 



Acoger al misionero

Jesús termina su discurso de hoy con unas hermosas palabras que hablan de acogida. Si quienes rechazan a los discípulos están rechazando a Jesús, la otra cara de la moneda es la gratificante experiencia de quienes son acogidos por el hecho de ser sus discípulos. 

Mi experiencia como sacerdote, y la de muchos otros que se dedican a la misión, es que generalmente somos acogidos por la gente con un cariño que está más allá de lo que merecemos. Las palabras de Jesús: “el que os acoge a vosotros, me recibe a mí” (v.40) las ve cumplidas sobradamente quien honradamente se dedica a la misión. 

La experiencia de ser recibidos nos lleva al compromiso de abrir los brazos a todos como virtud fundamental. Se habla mucho de la acogida incondicional en el ámbito de la escucha y el cuidado. Acoger es recibir, dejar entrar en la propia casa, en la propia vida. Me he referido a la dicha que supone para el evangelizador “ser acogido”, aceptado, comprendido en su ministerio. El texto evangélico de hoy se refiere a la acogida que se da a Jesús en sus misioneros, actitud meritoria del “que recibe a un profeta, … a un justo,… a un discípulo” (v. 41). Anima así a los suyos, porque ser misionero tiene también su premio. Pero a su vez, quien recibe al misionero no perderá su paga (v. 42).


Acogida y evangelización 

Acoger y ser acogido. Amar y ser amado. En activa o en pasiva estos verbos conjugan todo el quehacer de la evangelización.  

Nos quejamos a menudo de que la Iglesia no es bien recibida por el mundo contemporáneo. Ahora bien, ¿es la Iglesia acogedora con el mundo? Acoger como Iglesia es “abrir las puertas”, dejar que otros entren en la vida de la comunidad con sus realidades: sus dudas, sus tropiezos, sus peculiaridades. La evangelización ha de estar marcada por la acogida. Y esta ha de ser universal, sin distinción. Acoger también a quienes no parecen merecerlo. ¿Acaso no enseñó Jesús a acoger a publicanos y pecadores? 

Con excesiva frecuencia se demoniza y excluye del abrazo fraterno a quienes no cumplen las leyes  y exigencias morales prescritos por los cánones para acceder a los sacramentos. Siempre tenemos la tentación de reducir la acogida en la Iglesia sólo a los “puros”, a los ya salvados y dignos de celebrar los Misterios. Esto supondría hacer gala de un refinado cinismo (cf Jn 8,7)

 Jesús no ponía trabas a la acogida; vivó con brazos abiertos a todos; nosotros escatimamos ese don. En una encuesta realizada en Canadá hace unos años se preguntaba la razón por la cual la gente no se acercaba a la Iglesia. La respuesta de muchos fue que cuando entraban en ámbitos eclesiales se sentían juzgados y señalados; poco acogidos. ¡Qué distinto de la mirada de Jesús a Zaqueo, a la pecadora pública que le lavó los pies en casa de Simón, al ciego de nacimiento, a Mateo, etc. ¡Tenemos mucho que aprender del Maestro! 

Una Iglesia que ama y acoge no suele ser rechazada. Lo digo por algunos que creen evangelizar proponiendo y poniendo normas, leyes y exigencias. Luego, cuando sienten el rechazo, estos mismos evangelizadores, apoyándose en que lo hacen por Cristo, se jactan del mérito de su virtud al ser rechazados. Hay quien confunde la parresía (valentía evangélica) con la obstinación fundamentalista. El anuncio valiente del evangelio no consiste en sacar pecho e imponer a otros doctrinas dogmatistas y cerrados criterios morales, sino en defender la causa de Dios, su amor misericordioso, por encima de cualquier otro valor. Y esto no es cuestión de verdades ortodoxas ni de leyes can, es asunto del corazón.

Si la persecución viene causada por un exceso de amor en defensa de los pobres, los débiles y los pecadores (que no es defensa de la miseria, el poder y el pecado), enhorabuena. ¡Bendita parresía! Forma parte de la dinámica del profeta el ser perseguido y marginado por los poderes instituidos. Pero seamos cautos y no confundamos algo tan serio como el martirio con la parodia de “hacerse el mártir”. Jesús murió crucificado, pero nunca se quejó de la realidad-cruz que le tocó vivir en su momento histórico. Éste es el camino, vivir con brazos abiertos hacia todos, y, con permiso del Maestro, poner la otra mejilla cuando desde dentro o desde fuera vengan los palos. Mucho valor, mucho amor, mucha humildad, mucha paciencia. Cargar la cruz. Cualidades del apóstol.


Concluyendo

Un domingo éste para evaluar nuestro discipulado desde el desapego de afectos subjetivistas y desde la aceptación de la cruz.  ¿Amo a quienes no forman  parte de mi círculo familiar y amistades con el mismo celo que a éstos? ¿Acepto que los demás puedan no comprender mi fe y mi apostolado? ¿Hasta qué punto me siento acogido por Jesús y acojo a todos como espero ser acogido por Él? Del sentimiento de ser amado y querido por Dios depende mucho la acogida que hago a los demás; y desde mi grado de acogida al otro puedo deducir mi fe en el Dios de la misericordia. 

Como telón de fondo de todo lo dicho en el tema, la sentencia de Jesús que proclama: "El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará". En esto del seguimiento lo importante es estar dispuesto a darlo todo, a perderlo todo; que en el lenguaje del evangelio es encontrarlo todo. 

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Nota: 
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Junio 2026
Casto Acedo.  

viernes, 19 de junio de 2026

No tengáis miedo (21 de Junio)



DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 
5,12-15

Hermanos: la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.

Palabra de Dios.

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EVANGELIO
Mt 10,26-33
Dijo Jesús a sus apóstoles:

—«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».

Palabra del Señor

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Recursos de apoyo o profundización sobre el texto al final; Power Point y audio (22 m)
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El miedo

Me gusta decir que el polo opuesto al amor no es el odio sino el miedo. ¿Qué es lo que me impide darme del todo a Dios y al prójimo? ¿Porqué me aferro a mis dineros, mis títulos o mis seguridades afectivas? ¿Qué lleva a tantas parejas a no comprometerse a vivir para siempre compartiendo cuerpo, alma y bienes? Tengo mi respuesta: el miedo. ¿Qué me ocurrirá si me entrego a Dios totalmente siguiendo los votos de virginidad, pobreza y obediencia  abrazando la vida monástica? ¿Cómo voy a dormir tranquilo sin el “colchoncito” de mis ahorros o mi paguita de jubilación? ¿Quién me atenderá en la enfermedad o en la vejez si no tengo con qué pagar la atención que necesitaré? Sólo pensar en la carestía de bienes materiales, la falta de afectos humanos o la posibilidad de no significar nada para nadie, me aterra, me hace entrar en pánico y me lleva a aferrarme desesperadamente a las cosas, a las personas y a mi propio ego. Es por miedo que dejo de confiar en la providencia de Dios y me paso al bando de las seguridades -mejor decir inseguridades- mundanas (cf Mt 16,26). El miedo me hace posesivo, egoísta.

¿Se puede vivir sin miedos? El libro del Génesis nos dibuja el paraíso como un lugar de felicidad, donde el miedo no existe. “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31). Y ya sabemos que la bondad es el cimiento de la felicidad. Adán y Eva gozaban de bienestar físico y anímico; lo tenían todo para satisfacer sus necesidades materiales y espirituales. Vivían ajenos a la muerte; para siempre con Dios. Todo estaba a su servicio, aunque nada era suyo. Todo era de Dios. 

Pero, como ya sabemos, en esa felicidad paradisíaca se entromete la Serpiente que lleva a Adán a perder la confianza en Dios y a hundirse en la miseria. La fiebre posesiva del egoísmo rompe la armonía de la creación y surge el miedo: “Oí tu ruido en el jardín -dice Adán tras la caída-, me dio miedo porque estaba desnudo, y me escondí” (Gn 3,10). Ha dado la espalda a Dios y le ha sobrevenido la desgracia. La vergüenza y el miedo se adueñan de su alma. 

La historia de Adán y Eva es la historia de nuestro pecado. “Por un hombre -dice san Pablo- entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos, porque todos pecaron” (Rm 5,12). Somos pecadores porque desconfiamos de los planes de Dios para con nosotros; ponemos la felicidad en ser el centro del universo, en tenerlo todo por derecho, en ser pequeños dioses dignos de alabanza y de gloria. Pero solo Dios merece culto de adoración. Nuestra vida se encuentra consigo misma  cuando se descentra de su ego y se centra en Dios; y pierde su sentido cuando le da la espalda al Creador. Sin Dios entramos en el caos y la oscuridad. Es el efecto del pecado, lo que ocurre cuando abandonamos la dulzura de la verdad y entramos a saborear la amargura de la mentira. Entonces sobreviene la tristeza, porque de la mentira sólo se puede sacar sufrimiento, asco y muerte.

Alza la mirada a la Cruz

“Ay de mí -dice san Pablo en otro lugar de la carta a los Romanos-. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte". Y La Palabra de Dios le responde. ¡Gracias sean dadas Dios, por Jesucristo nuestro Señor!” (Rm 7,24). El pecado me hace experimentar la insatisfacción y la muerte; y el remedio a esa frustración es Jesucristo, Nuevo Adán. ¡Grande es su amor! Dios mismo, encarnado en la persona del Hijo, viene a enseñarnos que al veneno de la Serpiente -la mentira, el odio y el ateísmo-, que tanto daño hace, se cura elevando Él la mirada, alzando la mirada a la Cruz (cf Jn 3,14-16), como canta el himno de la reciente visita del papa León a España. El ejercicio de contemplar el amor de Dios en Jesucristo crucificado nos devuelve la luz.

La semana pasada, en la segunda lectura de la misa, decía san Pablo algo que debería conmoverte: "Dios te sigue amando a pesar de tu pecado; y la prueba de su amor no es otra que su entrega en la Cruz por ti. Ahí, se entrega por ti; (la proposición “por” tiene un doble sentido: “porque tú le matas” y “porque te quiere”). Desde la cruz Dios mismo, crucificado por ti, no te mira con odio sino con amor; su amor es más fuerte que tu odio (cf Rm 5,6-8). ¡Mírale! ¿Qué más necesitas para convertirte a su amor? Si Dios está contigo, ¿qué temes? 

Si con fe te adhieres a Él, nada ni nadie te podrá apartar del amor de Dios; su gracia no te da la espalda: “Si por el delito de uno sólo (Adán) murieron todos, con la gracia de Dios y el don otorgado por un sólo hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos” (Rm 5,15).



Perder el miedo

“No tengáis miedo a los hombres..., a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, dice hoy Jesús. No tengas miedo a romper la inercia de la irreligión, el consumismo y el miedo al qué dirán. Jesús sabe que para llevar a cabo el modo de vida que Él predica hace falta valor. Porque la Serpiente no deja de estar presente tentándote con una vida conformista y alienante. Cuando te falta verdadera fe en Jesús te puede el miedo al vacío, entras en pánico espiritual y te agarras a cualquier cosa; te amoldamos a las modas y el criterio de las mayorías y no vives tu vida sino la de otros, la que el mundo te quiera imponer.

Ser cristiano o cristiana es vocación de libertad. No temer al juicio de los hombres, sólo temer al juicio de Dios. Y el temor de Dios no es miedo sino prudencia, respeto, reverencia y reconocimiento de su grandeza; deseo de vivir de acuerdo con su voluntad sabiendo que es lo mejor que puedo hacer. Temor de Dios es amor a Él. “No hay temor en el amor -dice la primera carta de san Juan-, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1 Jn 4,18).

El antídoto contra el miedo es el amor,: no tu amor, siempre pobre y deficiente,  sino el amor de Dios. Para quitar el miedo se deben poner los ojos en el Crucificado, dedicarle tiempo a la oración, meditar acerca del amor divino. A eso invita el salmo 34: “Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. El ángel del Señor acampa en torno a quienes lo temen y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él" (Sal 34,6.8-9.

Quien confía en mí y confiesa mi Nombre, dice Jesús hoy, “quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos” Te toca elegir, el miedo al qué dirán, la vergüenza de confesar tu fe, o el testimonio valiente ante quienes “matan el cuerpo pero no pueden matar el alma”. Dios se goza en quienes le temen (aman) y practican la justicia, (Hch 10,35), Dios está contigo, ¿a quién temeré? A nada ni a nadie (cf Sal 27,1).

Aprovecha este domingo (esta semana) para detectar tus miedos y reconocer los deseos o aferramientos que los producen. ¿Merece la pena poner la vida en tesoros que el tiempo y la vida te pueden robar? ¿Vivirás  en el miedo a perderlo todo en un golpe de mala suerte?  Pon tu corazón en el temor de Dios, en su amor infinito, que no te defraudará. Vivirás en confianza sabiendo que  todo está en manos de Dios que sabe lo que te conviene (Mt cf 6,19-23).
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Recursos para interiorizar y profundizar:

Power Point

Audio (20 m)
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¡Feliz domingo!

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Casto Acedo
Junio 2026

Elogio de la contemplación (5 de Julio )

EVANGELIO    Mt.11,25-30 En aquel tiempo, exclamó Jesús:  «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas ...