La narración parte de una situación de muerte (desánimo, cansancio, sufrimiento desesperanza) que, por la escucha de la Palabra y la visión del Resucitado en el Sacramento, sufre una transformación radical. Los que se han sentido aplastados por los dramáticos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús, hallan en la resurrección el punto de apoyo necesario para liberarse de sus miedos y cobardías y se lanzan a un seguimiento valiente de la persona de Jesús y su predicación del Reino .
Los evangelios testimonian la dispersión de los discípulos tras la muerte de Jesús. ¿Por qué la mayoría huyen y se esconden? Unos le siguieron “porque han comido de los panes y se han saciado” (Jn 2,26); otros buscaron solo la curación física sin querer profundizar más (cf Jn 6,2); entre sus discípulos había quienes aspiraban a medrar buscando los primeros puestos (cf Mt 20,20-28). Cada uno tenía un motivo más o menos interesado para escuchar y acompañar a Jesús por los caminos de Palestina.
Muchos, desencantados, le abandonaron pronto; tal como hicieron también la mayoría de los discípulos del grupo de los doce huyen ante la perspectiva de tener que compartir la cruz con el Maestro; le dan plantón (cf Jn 6,66); algunos incluso le traicionan (cf Mt 26,49) y le niegan (Mt 26,69-75). El seguimiento del Jesús pre-pascual termina en la duda y en la incredulidad; no fue capaz de mantenerse más allá de la prueba de la cruz.
Todos los que estamos por la causa de Jesús hemos vivido esa tentación de volver sobre nuestros pasos cuando el futuro ha perdido su horizonte. Lo mejor –decimos- es dejarnos de idealismos, de utopías que solo existen en nuestra imaginación, y conformarnos con lo que hay: relativismo, disfrute de la vida a costa de quien sea, consumo, indiferencia, ir tirando... ¡Todo lo demás está condenado al fracaso!
Si Jesús de Nazaret, pura bondad y misericordia, capaz de apasionar a las masas con su modo de vida y su palabra, acabó siendo derrotado, ¿para qué seguir intentándolo? ¿Qué vamos a conseguir los que no somos ni sombra de lo que Él fue? Descolocados por el escándalo de la cruz reaccionamos huyendo de nosotros mismos, de nuestros ideales y nuestras esperanzas. ¡Sálvese quien pueda!
Nunca deja Dios de estar a tu lado, pero en las noches oscuras del sentido y del espíritu, los envites de la duda, la debilidad y el pecado, te impiden una visión clara de su presencia. ¿Cómo curar esta ceguera? La intervención de Jesús resucitado se da de forma escalonada; los de Emaús no vivieron una conversión súbita, sino progresiva; hay un proceso por el que va aflorando en el corazón la fe pascual.
Primeramente, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,27). Jesús enseña a leer los acontecimientos desde la fe en las Escrituras, a hacer una lectura creyente de la historia personal y comunitaria. Muestra cómo actúa Dios, cómo se manifiesta en la paradoja de la cruz, cómo hay que buscarlo en la madeja enredada de los fracasos, depurando los egoísmos que sutilmente anidan en el seguimiento. Es la luz de la Palabra que te abre una puerta para ver más allá de tus oscuridades.
Pero no basta eso para ver con claridad. La Palabra ilumina la oscuridad y suscita el deseo de cambiar, lo cual mueve a orar pidiendo al Peregrino que no se aleje: “¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!” (Lc 24,29). A menudo la persona siente la emoción de la Palabra en su interior: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?” (Lc 24,32); pero cuando el discípulo está demasiado abatido necesita algo más. Lo pide en la oración: "¡Quédate!, no te vayas, no me dejes solo. Necesito que sigas dando luz a mis ojos. Quédate, que atardece en mi vida".
Jesús escucha la oración y se queda. “Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos” (Lc 24,30-31). El gesto eucarístico de Jesús remata la faena que inicia la Palabra; el gesto está cargado de una fuerza imparable porque transmite, sin palabras, todo el mensaje de la salvación (kerigma): “mi cuerpo entregado,... mi sangre derramada,... para el perdón-salvación vuestra”. Es Él. ¡ha resucitado! Es esa certeza, esa seguridad más allá de la razón, la que cambia todo. Aquél que murió en la cruz, está vivo. ¡Lo hemos visto!
Los mismos que le conocieron en sus predicaciones, en sus milagros y luego en su pasión y muerte, ahora “lo habían reconocido al partir el pan" (Lc 24,35). La experiencia del Jesús terreno al que los discípulos habían seguido y del que ahora se alejaban, se completa con la visión de Cristo resucitado. Es el paso del Jesús histórico al Cristo de la fe, la percepción de que la muerte no es el final, sino el principio de algo nuevo.
Tras la experiencia pascual inicias un nuevo seguimiento animado por la fe en “el que vive” (Ap 1,18) y que conduce inevitablemente al entusiasmo de la misión: “Levantándose al momento, volvieron a Jerusalén” (Lc 24,33). La fe nacida en la superación de la muerte es más pura, más decidida, más activa; misionera.
¿Dónde he de situarme para ser merecedor de él? Hoy como ayer, para ver a Jesús no basta con quedarme en Jerusalén llorando junto al sepulcro. A los discípulos se les pide que vayan “a Galilea, allí me verán” (cf Mt 28,10); Galilea es el lugar donde vivían antes, y donde comenzaron el seguimiento del Nazareno. Tras la experiencia de la cruz vuelven al día a día, pero con una nueva mirada que supera el duelo y crea un modo nuevo de vivir.
Como los de Emaús, tal vez muchos estén de vuelta, flacos de fe, parcos en esperanzas y tímidos en amor. ¿En qué medida estás entre ellos? La dureza de la vida, las experiencias dolorosas hunden a muchos que creían que estar sólidamente asentados sobre roca. Pero el resucitado sigue presente, aunque tus ojos no sean capaces de reconocerlo. Otros le ven a diario: ¡Cuántos serán los que están viendo a Jesús en estos días viviendo en solidaridad y compasión, dando su vida por los demás!, Cristo Eucaristía partiendo y compartiendo su pan con los enfermos y los pobres, con los marginados, los que viven en soledad y abandono. ¿Quedará sin fruto tanto amor entregado, tanta vida ofrecida con Cristo a Dios en la misa del mundo?
Cuesta ver a Jesús cuando las lágrimas del dolor empañan los ojos, pero basta echar una mirada positiva al mundo para descubrirle en Galilea, en el amor que muchos practican, en los pequeños y grandes gestos de solidaridad Cristo sigue regalándonos su presencia resucitada. Tal vez algún día debas decir: "Era necesario que pasara todo esto" (Lc 24,26), que vinieran tiempos de desolación y sufrimiento. Comprenderás entonces que a la vida se llega por la muerte, y que huir en el momento de la noche es quedarse a medio camino.
Mirarle ahí, resucitado, es un poderoso antídoto contra el veneno del derrotismo. Conoces la frase: "si lloras porque no ves el sol, las lágrimas no te permitirán ver las estrellas". Me parece una buena conclusión para este domingo. No te enclaustres en tus dolores, penas y fracasos, y confía en que tu oscuridad es un buen principio para que se manifieste la Luz de Dios. A los que abatidos y tristes iban de regreso a Emaús Jesús les hizo ver que la necedad y escándalo de la Cruz es sabiduría y fuerza de Dios. Misteriosamente, en la Cruz hay incrustadas unas piedras preciosas: fe, esperanza, y amor; mucho amor.










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