jueves, 29 de octubre de 2026

La fiesta de los amigos (Todos los Santos, 1 de Noviembre)

"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).

¿Halloween o Santos? 

Da cierta tristeza ver cómo las nuevas generaciones se van alejando de la tradición cristiana en la fiesta de Todos los Santos. Y es más triste aún que se esté tergiversando el sentido del día con unas celebraciones paganas, superficiales y vacías de contenido que parecen menospreciar  la realidad de la muerte y lo que buscan es esconder el miedo; como si bromear con la muerte fuera el antídoto para escapar a una realidad que esconde un secreto: el paso a una Vida Nueva. 

Pero, no seamos pesimistas, miremos el fenómeno Halloween como una oportunidad para pasar a algo nuevo; creo que la celebración pagana de Halloween está dando lugar entre los creyentes a un interés por recuperar el sentido cristiano del Día de los Santos. En su momento robamos a la muerte su día; ahora parece renacer de sus cenizas -nunca mejor dicho-, pero, como dice el Cantar de los cantares: "el amor es más fuerte que la muerte" (8,6).  Y esto mismo dicen los santos con sus vidas.

Hablar de santidad ha sido siempre un tema común en la predicación de la Iglesia. Ya sabemos lo que dice la primera carta de san Pedro: «Sed santos, porque yo soy santo» (1,16; Lev 19,2); una cita que a veces se equiparán a las palabras del Señor en san Mateo: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (5,48). Me da que ambas citas se han entrecruzado torpemente en muchas conciencias .Ese cruce ha sugerido que un “santo” sea para muchos  un "ser perfecto”. Y en cierto modo es así, un santo es alguien separado de todo aquello que le contamina, alguien que no tiene pecado; y esto es afirmativo si  lo referimos a quienes han vivido el martirio y las virtudes heroicas que le han servido de purgación y méritos para la vida eterna. Me refiero aquí a los santos del cielo. Pero cuando se dice que seamos santos, ¿nos está diciendo el Señor que seamos “perfectos” o simplemente que procuremos alejarnos del mal, aunque una y otra vez fracasemos?


¿Perfección o santidad?

Hay un texto sorprendente que me abrió los ojos acerca de la equiparación de la santidad con la perfección. Es del siglo IV, de san Gregorio de Nisa.  En su obra La vida de Moisés toma como modelo de vida correcta la de Moisés, que lideró al pueblo en su camino del Éxodo; este episodio es imagen espiritual de la salida del pecado (esclavitud en Egipto) hasta alcanzar las puertas de la Tierra Prometida (cielo). Trata el libro, por tanto, de Moisés como   figura del camino a la santidad cristiana (bautismal).

Dando consejos san Gregorio a quienes le habían preguntado sobre la vida perfecta responde que 
“hay dos cosas que están por encima de mis fuerzas: explicar en qué consiste la perfección y practicarla en mi vida”, y añade luego que “en lo referente a la virtud su único límite es no tener límite, como nos enseña el apóstol san Pablo... que no cesó jamás de ´lanzarse en busca de lo que aún no había alcanzado´ (Flp 3,13).... La virtud no tiene límite. -repite el santo- Y tampoco puede afirmarse que quienes procuran vida virtuosa alcanzan la perfección. Precisamente por esto. Hablando en propiedad, el único bueno en el verdadero sentido de la Palabra, es Dios, pues es la bondad por esencia”, y Dios es infinito, no tiene límite, “así pues, resulta absolutamente imposible alcanzar la perfección, porque, tal como queda dicho, la perfección no tiene límite. El límite de la perfección es no tenerlo. ¿Cómo, entonces, se podría llegar al límite si tal límite no existe?” (números 3-8)
Perdonad estas citas tan largas, y un tanto filosóficas, pero las considero importantes para lo que voy a decir. Con estos razonamientos comienza su tratado san Gregorio, que sigue luego los pasos del pueblo de Israel por el desierto, guiado por Moisés, modelo ejemplar de quienes quieren llevar una vida virtuosa o santa. Y al final termina concluyendo: 
He descrito la vida del gran Moisés como ejemplo patente de belleza. Cada uno de nosotros imitando sus obras, haremos nuestra la imagen de esta belleza. ´Has hallado gracia a mis ojos y yo te conozco por tu nombre´, dijo Dios a Moisés, ... llamado por Dios mismo amigo de Dios´(Ex 33,11) ... Te conocerá Dios como amigo y lo serás de verdad. En eso consiste realmente la perfección. No en dejar la vida de pecado por temor al castigo, como si fuéramos esclavos, ni en practicar el bien por la esperanza de la recompensa, traficando en la vida virtuosa con mentalidad interesada y calculadora. No busques los bienes que, como Dios ha prometido, ciertamente colmarán nuestra esperanza. Aspiremos a no perder la amistad divina y a no estimar nada por encima de lo que es honroso y amable. Aspiremos a ser amigos de Dios. En esto consiste a mi parecer la vida perfecta” (nn. 319-320).
San Gregorio elude la palabra “perfección” como sinónimo de santidad, sin negar por eso la perfección y la santidad de Dios. No llama a los santos "perfectos" sino “amigos de Dios”.

Aspiremos a ser amigos de Dios, dice. ¡Como me recuerda esto las célebres palabras de santa Teresa cuando dice que “en estos tiempos son menester amigos fuertes de Dios para sustentar los flacos" (V 15,5);  o cuando define la oración como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (V 8,5). Ser santos es, por tanto,  cuestión de amistad.


Santos, amigos de Dios.

Creo que es una buena enseñanza para el día de Todos los Santos la que nos da san Gregorio. Es necesario desligar a la santidad de la idea de perfección (diría mejor perfeccionismo) a la que se le ha presentado unida con demasiada insistencia; hay una palabra más apropiada para decir santidad: “amistad con Dios”. 

¿En qué Dios creemos? ¿En un Dios principalmente perfecto (para perfeccionistas), o en un Dios amigo (para todos)? Piensa un momento en un amigo que te exija una  perfección extrema, que esté constantemente reprochándote tus errores, que no soporte que tengas un pelo en la chaqueta o una arruga en la camisa, que te apuntille una y otra vez cómo debes comportarte, etc. Antipático, ¿verdad? Un verdadero amigo no puede ser así; éste te acepta con tus virtudes y tus defectos, te escucha siempre, te corrige con cariño, sabes que siempre lo tienes ahí; compadece tus pecados, y si te alejas de él siempre está abierto a retornar.

¿Has pensado alguna vez que lo que Dios te pide es que seas su amigo? ¿Por qué no traducir el “sed santos como yo soy santo” por “sed amigos de Dios como yo soy vuestro amigo”? . A los métodos y ardores de la nueva evangelización le está faltando algo de esto. Dejar la obsesión de la “perfección” (perfeccionismo), virtud para fariseos hipócritas que se escudan en virtudes desencarnadas y que sólo muestran la frustración de un imposible, porque la vida perfecta  no se puede alcanzar en esta vida de imperfección. No hagas inútil la pasión de Cristo (cf Gal 2,21), reconoce tus imperfecciones y procura trabajar tu relación con Dios como amigo; y acércate a la humanidad toda como amiga de tu Amigo. Ser santo es cultivar una relación “tú a Tú” con Dios y por extensión a los prójimos.

Aparca la idea del santo vestido de pizarrín, el traje impoluto, los ojos en blanco, la mirada al cielo o al suelo, el corazón asustado, los andares huidizos. ¿A quién vas a engañar? No anda así quien se ha emborrachado de Dios, quien es su amigo, quien se embarra en las calles y trata a diario con Él. Para terminar: piensa cómo te imaginas el Cielo. ¿Cómo un lugar luminoso, festivo y fascinante? ¿o como un jardín limpísimo, silencioso, gris y aburrido? ¿No has celebrado nunca una fiesta con tus amigos? Eso es el cielo.

Felicita a Todos los Santos en su día; son los mejores amigos de Dios y los  mejores hijos de la Iglesia. No han roto con nosotros al partir al cielo; siguen en comunión con nuestra Iglesia peregrina, con nosotros.  Diles que te enseñen cómo les fue con el Gran Amigo. Se aprende mucho de ellos.

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Audio complementario (20 m):


FELIZ DÍA DE LOS AMIGOS DE DIOS
Día de todos los Santos.

Octubre 2026
Casto Acedo

jueves, 22 de octubre de 2026

Ama y haz lo que quieras (Domingo 25 de Octubre)

 


EVANGELIO
Mateo 22,34-40.

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

Palabra del Señor

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La postura judía: el hombre al servicio de la ley

¿Dónde está la trampa de la pregunta sobre el mandamiento principal? En tiempos de Jesús los eruditos judíos andaban embarcados en discusiones meticulosas sobre las prescripciones legales. Habían llegado a cifrar en más de seiscientos -en concreto 623- los preceptos que debería cumplir escrupulosamente cualquier judío que se preciara de tal. En el empeño habían llegado incluso a estipular el número de pasos que se pueden dar en sábado sin dejar de guardar ese día para el Señor. Tanto legalismo tuvo sus consecuencias: el espíritu quedó ahogado por la ley, la libertad aplastada por la “necesidad legal"; y como consecuencia última la ley pasó a ocupar el lugar de la misericordia.

Jesús denuncia duramente tal estado de cosas: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello” (Mt 23,23). Cuando los estudiosos se centran en la investigación de algo sin tener en cuenta a la persona, como cuando los científicos se dedican a jugar con las leyes de la naturaleza sin sopesar las consecuencias para la humanidad, nos podemos temer lo peor. Eso  Eso pasaba a los fariseos. Analizaban meticulosamente  los preceptos del decálogo prescindiendo del hecho de que la ley es para servicio del hombre y no el hombre para servir a la ley, tal como  lo hizo saber Jesús (cf Mc 2,27; Mt 12,1-13). El resultado no fue otro que el olvido de la misericordia de Dios y la reducción de la vida religiosa a esclavitud  bajo la ley; un legalismo sin amor.

Cuando a Jesús le preguntan “para ponerlo a prueba: “Maestro ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?” (Mt 22,35-36) discutían si habría algún precepto que pudiera resumir  todos los demás. Con su pregunta pretenden que Jesús tome partido por un bando u otro de las estériles discusiones del momento. Dada su apuesta por el hombre se podría esperar de Él una respuesta en extremo humanista -más importante que amar a Dios es amar al hombre- con la cual se le podría acusar de menospreciar a Dios.


Jesús: La ley al servicio de las personas.

Pero Jesús, como hizo en otros casos, no cae en la trampa de entrar en polémicas inútiles, ni tampoco en el error de reducir la religión a simple humanismo o humanitarismo. Su respuesta va al grano poniendo en evidencia la vacuidad de las discusiones teológicas desligadas del verdadero amor a Dios y del compromiso por el bien de las personas. Recurriendo a la misma ley mosaica Jesús remite a la más esencial enseñanza del pueblo de Israel, y que lo será también del nuevo pueblo que es la Iglesia; en línea con la más pura tradición judía responde: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser" (cf Dt 6,4). Este mandamiento es el principal y primero".

El precepto se recoge en el libro del Deuteronomio 6,4 con una invitación primera que san Mateo no recoge: escuchar (¡escucha, Israel!), porque si se carece de la actitud adecuada de escucha y se acude a la Sagrada Escritura para justificar las propias ideas, de nada sirve el mandato. Sin una escucha atenta, sin la debida atención de la mente y el corazón a la voluntad de Dios, toda discusión religiosa pierde su sentido. Y el amor a Dios, cuando se percibe en la escucha atenta y contemplativa, conduce inexorablemente al amor al prójimo. La lógica de quien escucha a Dios es responder con el mismo amor que recibe de Él,  y eso lleva a amar a quienes Él ama: “el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas” (Mt 22,37-40).

Dejando a un lado el mandato de escuchar, en la respuesta de Jesús tenemos tres preceptos en uno: amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo. Ninguno de estos preceptos es veraz sin el otro, y no hay contradicción entre ellos, porque poner en primer lugar a Dios no supone rebajar al hombre, sino, al contrario, traerá consigo el reconocerlo en lo que realmente es y está llamado a ser en plenitud: hijo de Dios. Y amar a Dios en el hombre no sólo es una opción, sino una necesidad, porque el amor a Dios a quien no se ve es imposible sin amar al hermano al que se ve (1 Jn 4,20).

Por otro lado, estos dos amores -a Dios y al prójimo- sólo son posibles desde un hombre que se ama a sí mismo al contemplarse y sentirse agraciado de Dios. Quien se desprecia a sí mismo se incapacita para amar a otros y al Otro. Más allá de los razonamientos legales, la razón de fondo del compromiso de amar no nace de la institución de una ley que está sobre todas las leyes, sino de un acontecimiento: el amor de Dios que se ha manifestado en Jesucristo y ha alcanzado a la persona. La gratitud del converso al amor de Dios del que estaba tan necesitado se expande sin violencia interior hacia los que a su vez le necesitan; entre ellos los emigrantes, a los que la primera lectura de hoy apunta sin concesiones: "No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros  en la tierra de Egipto" (Ex 22,20), realmente todos somos emigrantes de paso en este mundo, y desde esa conciencia se nos llama a acoger a los emigrantes. Si Dios te ha mostrado su amor eligiéndote, ¿responderás tú rechazando a tu prójimo?


De Dios hacia el hombre

En los últimos tiempos se ha acusado a la religión cristiana, y a las Iglesias que la predican, de ser alienantes, de alejar a los hombres de su propia realidad, de pasividad ante los problemas de la humanidad, de no hacer frente a las injusticias y crímenes que causan tanto daño y que son a su vez una de las principales causas de ateísmo, blasfemia y defección cristiana para el hombre contemporáneo (cf Gaudium et Spes,19).

¿Cómo respondería la cultura ilustrada de hoy a la pregunta sobre lo “lo más importante del cristianismo”? Me atrevo a sugerir que respondería que lo primordial es el “amor al prójimo”, dando así la vuelta al orden expuesto por Jesús, que no va del hombre a Dios sino de Dios al hombre. ¿Y no es lo mismo? Pues sí, porque la primacía del amor a Dios es la garantía del amor al hombre; el cristiano ama al prójimo desde una motivación muy concreta: el descubrimiento del amor de Dios, la experiencia de sabernos criaturas necesitadas, y el sentimiento de filiación que nos hace sentirnos “hermano”. 

Mirado desde el amor de Dios, misericordia infinita, cambia la visión del a realidad. Contemplemos las guerras que estamos viviendo estos días. Soy optimista y quiero pensar que en su más íntima interioridad nadie quiere la guerra. A nadie le falta la buena voluntad para poner fin a tanta violencia y destrucción.  Entonces, ¿por qué existen las guerras? Puede ser que el motivo sea que miramos el amor desde nosotros, prescindiendo de Dios; y cuando así se hace es fácil engañarse con la convicción farisaica de la propia virtud como superior a la virtud de los otros en los que solo vemos malicia. 

Construir la paz pide un primer paso esencial: mirar el amor de Dios, "amar a Dios sobre todo y sobre todos", ponerlo como referencia absoluta para la vida. Buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia (cf Mt 6,33) con los ojos puestos en Dios. El segundo paso es  mirar al prójimo y mirarme a mí mismo. Dios es amor; yo y mi prójimo somos semejantes a Dios, pero Él es el modelo. Dios es amor misericordioso, capaz de perdonar. Que el segundo mandamiento sea "semejante al primero" dice mucho; está indicando que sólo si ponemos  la mirada en el amor de Dios y nos dejamos seducir por Él puede haber paz entre todos. 

El sentimiento de fraternidad nace de saber que "somos uno en Cristo" (Gal 3,28; Jn 17,21; Rom 12,5; Ef 4,4-6). En Él el amor al Padre y el amor al prójimo se funden. El cúlmen del amor de Dios se revela en el Calvario. Contemplar a Dios en la cruz, ablandarse ante el amor de Dios ahí revelado, es el antídoto para la guerra. "Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mi" (Jn 12,32). Cuando elevamos el amor a Dios y el amor de Dios a la categoría de principal, cuando oramos contemplando su amor, cuando nuestro corazón se empapa de Dios y se compadece afectiva y efectivamente del otro, estamos trabajando acertadamente por la paz.

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"Ama y haz lo que quieras". Lo dijo san Agustín. Así explica este santo cual es mandamiento principal de la ley. No puede haber dualidad en el amor; si amas a Dios amas al prójimo y te amas a ti mismo. El amor es uno. Para un cristiano el amor no es simple cuestión humana (liberalismo, igualitarismo y solidaridad), sino ante todo una realidad divina (abrazo en libertad, igualdad y fraternidad); no nace el amor en el huerto de las ideas sino en el ámbito del corazón, no es fruto de la ley sino de la contemplación (conciencia) del amor de Dios-Trinidad-Amor. El motor del amor a uno mismo (autoestima) y del amor al prójimo (bondad y compasión) fluye del amor a Dios que nos llega por la contemplación del mismo Dios y la práctica de la misericordia para con los hermanos necesitados, a imitación de Dios encarnado en Jesús, que no hace nada que no sea amar.

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Recurso audio 15 m 

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Octubre 2026
Casto Acedo.

viernes, 16 de octubre de 2026

A Dios lo que es de Dios (18 de Octubre)

 

EVANGELIO
Mt 22,15-21

"En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.

Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»

Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»

Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»

Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»"

Palabra del Señor

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El capítulo 21 del evangelio de san Mateo comienza narrando la entrada de Jesús en Jerusalén para, acto seguido, entrar en el templo y expulsar de allí a los mercaderes, curar algunos enfermos y provocar con ello la indignación de los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley que ponen en duda su autoridad (cf Mt 21,1-27). El pueblo le aclama y le escucha, y las autoridades conspiran contra Él. 

En este contexto refiere Jesús las parábolas de los dos hijos, los labradores homicidas y las bodas. La conclusión es siempre la misma: ya que los judíos se comportan como hijos obedientes sólo de palabra y no dan los frutos esperados se les quitará el Reino a este pueblo y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos; y se invitará a la boda a todo el que quiera asistir, ya que los primeros invitados han rechazado la invitación (cf Mt, 1,28-22,14).
 
Con estas parábolas y con el gesto de expulsar del templo a los mercaderes Jesús ataca directamente a los principales del judaísmo y al mismo templo, la institución judía más importante, centro del culto y del poder limitado que los romanos permiten a los judíos.

Atacar el templo es atacar los fundamentos de la religiosidad y la autoridad judía; para los sanedritas, reacios a aceptar el cambio revolucionario que Jesús predica, no queda más salida que acabar con este hombre que pone en duda la legitimidad del culto y la ley; hay que buscar la forma de desacreditarlo ante sus seguidores, y hacerlo de manera que los romanos tomen cartas en el asunto y los responsables judíos queden al margen de la trama.




 
Lo divino no excluye lo humano
 
Tal como se escenifica en la entrada triunfal en Jerusalén, el pueblo aclama a Jesús y se pone de su lado (Mt 21,1-11); por su parte los fariseos ven menguar su influencia, y movidos por el miedo a que el Nazareno les quite su autoridad e influencia “se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta” (Mt 22,15). 

Se acercan a Jesús, y preparando el terreno para luego comprometerle, pronuncian una sentencia que a pesar de su intencionalidad malévola resume excelentemente la visión que el pueblo tiene de Jesús: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias” (Mt 22,16). Una vez cebado el pez con el engaño de la alabanza, le dan a morder un anzuelo envenenado: "¿es lícito pagar impuestos al César o no?" (Mt 22,17). 

Tal vez cabría decir aquí aquello de "gracias por la flor pero me cago (con perdón) en el tiesto". Si Jesús dice que sí le considerarán partidario del imperio romano y contrario al deseo de libertad del pueblo; si dice que no se le acusará de sedicioso y habrá motivos para entregarlo al poder del César. Jesús, contra todo pronóstico, no responde ni que sí ni que no; astutamente, como hizo en el caso de la mujer adúltera que también le presentaron para comprometerle (cf Jn 8,3-11), reenvía la pregunta a la conciencia de sus interlocutores: “Enseñadme la moneda del impuesto. … ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: del César. Entonces les replicó: pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,19-21).

Jesús evita responder con un sí o un no; a todos nos gustaría que Jesús nos dijera sí o no cada vez que le dirigimos una propuesta o pregunta; pero Jesús no hace eso; se limita a poner delante del hombre su propia responsabilidad en la toma de decisiones. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21), unas palabras que muchos malinterpretan al sostener que con ella Jesús separa la religión de la vida política, lo sagrado de lo profano. 

¿Debe el cristiano alejarse de cualquier compromiso político y dedicarse a la contemplación de los misterios divinos hasta que llegue la hora de la muerte? ¡De ninguna manera! ¿Significa la respuesta de Jesús  que todo cristiano en los asuntos temporales tiene que obedecer sin rechistar a la autoridad política de turno? Tampoco. No es ese el sentido en que se deben leer las palabras de Jesús; a los fariseos y al pueblo que le escucha Jesús les dice que hay unos deberes temporales que cumplir, unas tareas políticas y sociales que realizar; hay que darle al César lo suyo cumpliendo con los deberes políticos y fiscales necesarios para el bien común, y eso es inexcusable.


Dar a Dios lo suyo

Lo que hace inexcusables los deberes económicos y políticos es la obligación de darle a Dios lo suyo, que es justicia y derecho, protección del pobre, del huérfano y de la viuda (Is 1,17), y en esto no hay elección. Ahora bien, no dice Jesús el cómo concreto para hacerlo; ¿pagando el denario al César? Tal vez. O mejor no pagando y acogiéndose a la objeción fiscal.  Si la autoridad se opone a lo que Dios quiere, entonces el cristiano no está obligado a someterse a ella, ya que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 4,19).

"Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Entender esta expresión es cuestión de sentido común; no separa dos realidades, sino que las implica. Se trata de dar al hombre lo mejor, sabiendo que al hacerlo se le está dando también a Dios lo suyo.

El culto que Dios quiere es precisamente el de una vida entregada a una mayor justicia (Am 21,24). El amor a Dios y el amor al prójimo tienen en común que ninguno de ellos es posible sin el otro (1 Jn 4,20). Cuando Jesús pide dar a Dios y al César lo que a cada cual le corresponde no está invitando a la fuga mundi, a la esquizofrenia de llevar una doble vida: la profana y la sagrada, la pública y la privada, la de los negocios y la de la sacristía, la del trabajo y la de de los rezos, la del sindicato y la de la limosna paternalista. 

¡Ay de los que piensan que la Iglesia debe huir de la política! Llevan razón si por política se entiende la toma de postura partidista a favor de los poderosos y en contra de los débiles. Pero si por política se entiende el arte de edificar una ciudad (polis) donde habite la justicia, sabemos que el discípulo no puede excusarse de aportar su saber y sentir cristiano al respecto, porque es deber suyo encarnarse en la realidad del mundo; como el Maestro, dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Creo que queda bien explicado el sentido de las palabras de Jesús sobre lo que corresponde  dar a Dios y al César. Dios es un referente inexcusable a la hora de analizar y evaluar nuestros compromisos sociales, el César también merece respeto cuando representa al pueblo y nuestra conciencia nos dice que obra justamente en sus decisiones. 

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Octubre 2026
Casto Acedo

Domund y primer anuncio (18 de Octubre)


EVANGELIO 
Jn  17, 6.14-23
Este no es el evangelio de este domingo. Es  parte de la oración sacerdotal de Jesús en el Evangelio de Juan, donde se inspira el lema del DOMUND este año. 

"Padre: He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y
tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. ... Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.  No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno.

No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.  

No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. 

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí."

Palabra del Señor.

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Uno en Cristo, unidos en la misión

Cada año, en el penúltimo domingo del mes de Octubre celebra la Iglesia el día del DOMUND (Domingo Mundial de la Propagación de la Fe), una jornada instituida por el papa Pio XI en 1926. Este año celebramos su centenario.

Quienes ya pintamos canas tenemos el día del DOMUND impreso en nuestra mente y en nuestra interioridad como una fecha que nos invitaba a extender el Evangelio por el mundo, y ese mundo lo visibilizábamos con los rostros de niños de todas las razas. A los pueblos lejanos los misioneros les anunciaban la salvación operada por Jesús; nosotros colaborábamos con nuestras oraciones y donativos. Partíamos de una base: España ya es cristiana, yo ya estoy convertido.

Me gusta el lema de este año, Uno en Cristo – Unidos en la misión, porque a mi parecer rompe esquemas; sobre todo en su parte primera. Querer, buscar, saber y ser “uno en Cristo” me parece suficiente para empapar este domingo de espíritu misionero.

El plan pastoral de nuestra diócesis tiene entre sus primeros objetivos para los próximos años algo tan esencial como es “el primer anuncio”, el interés por llevar la buena noticia de Jesús al mundo. Es una idea cien por cien misionera, muy acertada siempre que ese anuncio provenga de quien se siente uno en Cristo, y esto en dos direcciones: quien siente su presencia en su propio ser hasta el punto de decir “soy otro Cristo” y quien en Cristo se siente Iglesia, “uno en el Uno con otros unos”. A partir de aquí puedo entender la segunda parte del eslogan: Unidos en la misión.

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La cosa empezó en "Nazaret

¿Cuál es el primer anuncio que debe hacer un cristiano? Lo resumiría en estas palabras: "Dios te ama, Cristo está contigo, abre los ojos a su presencia sanadora". Es como decir: “El reino de Dios está cerca, créetelo y vuélvete a Él” (cf Mc 1,15). Pero como las palabras cuando no las sostiene la vida suelen caer en saco roto, es bueno llenarlas de contenido antes de verterlas hacia afuera. Y ese contenido no es otro que la propia vida. El primer anuncio del evangelio ha de ser testimonial, martirial; martirio humilde y anónimo antes que  espectacular.

“La cosa empezó en Galilea” (Hch 10,37). Así anuncia san Pedro el inicio del ministerio, la predicación, los milagros y la pasión, muerte y resurrección  de Jesús tras su bautismo por Juan. Es verdad que todo empieza en Galilea, pero no con el bautismo de Juan sino con la encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María, en Nazaret. Solemos marginar y ningunear el misterio de la vida oculta de Jesús en sus años de niñez, juventud y madurez. Nos llama más la atención el espectacular evangelio de los milagros, las masas sometidas a la Palabra y la explosión de sentimientos que la pasión y resurrección suscitan. Ahora bien, si tenemos que anunciar a Jesús, no podemos olvidar que la mayor parte de su vida la pasó en el anonimato social. La cosa se maduró y maduró en Nazaret antes de extenderse por Galilea y toda Palestina.

En el silencio de Nazaret se fue forjando la explosión dolorosa y gloriosa de Jerusalén. Ahí aprendió Jesús a hablar, a vivir en familia y en buena vecindad y, si es cierto lo que muchos estudiosos de su persona dicen, aprendió de forma progresiva a saberse Hijo de Dios, Uno con el Padre, hombre (uno con la humanidad) semejante en todo a nosotros menos en el pecado, y destinado a una misión muy personal y especial.  .

Cristo "prendió sufriendo a obedecer" (Hbr 5,8), es decir, experimentó el dolor que trae consigo ser misionero,  responder a su vocación como Hijo. 

Imitar a Cristo en el silencio

Para anunciar a Cristo hay que vivir en Cristo, y este vivir se aprende en Nazaret. Allí  Jesús, en su humanidad, tomó conciencia progresiva de la riqueza de vivir en obediencia al Padre. Karl Rahner, al comentar los ejercicios de san Ignacio en el punto en que invita a pedir la gracia de “imitar a Cristo”, escribe que esa imitación no consiste en hacer arqueología de su persona rescatando de Él los detalles más espectaculares de su vida en aquel tiempo. No hay que ambicionar brillar y resplandecer como mártir crucificado que fue (al menos no se debe buscar eso), ni tampoco consiste el imitar a Cristo en seguir una lista de normas morales, sino en algo tan simple como entrar en el movimiento de su vida.

Las verdades más simples suelen ser las más ignoradas; somos hijos de Dios y participamos de la misma naturaleza divina de Jesucristo. Su llamada no va contra nuestra naturaleza, sino que es una invitación a desplegar lo que ya somos. No es que tenga que unirme a Cristo para vivir en Él, es que Cristo ya vive en mi, mi naturaleza es la de Cristo, porque he sido creado a su imagen y semejanza. Sólo debo dejar que la luz de Cristo que tengo en mi centro resplandezca en mi e ilumine a mis hermanos (cf . Mt 5,14-16). De lo dicho podemos deducir que hacer el primer anuncio del evangelio no es otra cosa que mostrar al mundo lo que ya soy: hijo de Dios. 

El primer paso de la nueva evangelización consiste en reconocer y reconocerte en el Cristo que te habita y vivirlo en tu Nazaret particular, vivir en obediencia al Padre cada rutina del día; equilibrar tu vida con la sabiduría de Cristo, conjugando la obediencia y la libertad.   



Vivirme desde el centro crístico (cristiano) de mi ser supone riesgo y cierta soledad. Pero no maduraré mirándose el ombligo sino imitando a Jesús en una vida diaria y anónima gastada por los demás. Éste es el primer anuncio que Dios pide. Son muchos los cristianos que se viven como tales en la cotidianidad de su familia, su trabajo, su rutina; “en todo amar y servir”, pero sin espectacularidad,  diría san Ignacio. Muchos lo hacen; y habrá quienes le acusen de individualista y solitario, pero no es así, viviendo en con el Uno están viviendo la fe en comunidad.  Éstos no buscan flashes publicitarios ni likes consoladores, aceptan el anonadamiento como condición del discípulo.  

Evangelizar es desaparecer, anonadarse, hacerse nada, dejar que el amor de Dios fecunde el mundo desde la insignificancia. Un auténtico misionero busca vivir el día a día en imitación de Cristo, dejándose llevar por el impulso del Espíritu, y todo lo demás  vendrá sólo si Dios quiere (Mt 6,33). Si no creo y asumo que el testimonio de una vida oculta en Cristo sea la base primera de toda evangelización es que aún no me he enterado de nada.

Uno en Cristo, unidos en la misión. ¿No es sorprendente que Teresa de Lisieux sea patrona de las misiones? Ora et labora (reza y trabaja). Solemos identificar al misionero con el labora. Sin embargo, quien vive en Cristo, quien se deja llevar por "el Cristo que lleva dentro”, ya está siendo misionero. ¿No era eso lo que decía santa Teresa de Lisieux cuando hizo de su vida un evangelio de amor?: “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor”. Ni una sola oración, ni un sólo acto de justicia, se  pierden sin cumplir la misión de acercar la vida nueva de Cristo al mundo.

Medítalo: cuando estudias, cuando rezas, cuando cocinas, cuando te diviertes, ... siendo Uno con Cristo, eres misionero, porque pones la luz de Dios en lo alto del monte (cf Mt 5,14-16). "Id a Galilea, allí me veréis" (Mt 28), dijo Jesús tras su resurrección. En Galilea, en las tareas diarias, en las rutinas del día a día, vemos a Dios y lo anunciamos. 

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Espero que esta reflexión tan atípica sobre "ser misionero desapareciendo” te ayude a reflexionar. Me la ha sugerido la ingente cantidad de envíos por Wahsap que he recibido del Obispado invitándome a hacer cosas como asistir a reuniones de acción, formación o retiros... Y no menciono los envíos de otras personas o instancias. Creo que el mundo hiper-informado en que vivimos está pidiendo pararse, escuchar, orar y dejar que sea Dios quien se pronuncie en lo oculto, en la noche, en la oscuridad de la fe anónima y sencilla de los anonadados. El despertar de la vida monástica -no sólo y necesariamente en instituciones reguladas- creo que es un signo evangélico imprescindible, algo necesario para un primer anuncio. Quien lo recibe entiende que Dios no te llama a subirse a un pedestal sino a entrar cada cual con su amor en su realidad cotidiana.

Oremos por las misiones y los misioneros, es decir oremos por toda la Iglesia.

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Octubre 2026

Casto Acedo


jueves, 8 de octubre de 2026

El banquete (11 de Octubre)


EVANGELIO
Mt 22,1-14

Jesús tomó la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.

Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

¡Palabra del Señor!

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El texto evangélico

El evangelio de san Mateo recoge una serie de parábolas con las que va ilustrando cómo el Reino de Dios se adentra en el mundo y en contra de lo previsto es acogido con gozo por aquellos que parecerían indignos de él (publicanos, prostitutas, ciegos, cojos, enfermos, …) y rechazado con algo más que excusas por los que en teoría deberían ser los mejores receptores (escribas, sacerdotes, fariseos y saduceos).

Hoy, con la parábola de el rey que celebra la boda de su hijo e invita a sus principales, el evangelio propone meditar sobre la importancia que damos al misterio del Reino; o dicho de otro modo: cómo reaccionamos a la irrupción de Dios en nuestras vidas. Los primeros interpelados de la parábola excusan su asistencia; en este caso su pecado es el desprecio y rechazo de la invitación; algunos incluso responden violentamente. Pero no basta con aceptar la invitación, también el Rey pide responder a ella con buena disposición. Entre los que se sientan a la mesa puede haber quienes no sean dignos de ocupar el lugar que se le ofrece.

Banquete: signo de amistad.

Tal vez en una sociedad consumista, habituada a comer y a beber hasta saciarse, comparar el Reino de Dios con un banquete no tenga el mismo empuje que en épocas o lugares de carencias y austeridades obligadas. En tiempos de excesos culinarios solemos confundir comilonas y banquetes. La comilona es un acto de culto a los placeres del cuerpo, el banquete es una mesa compartida que sobre todo alimenta el espíritu; aunque a menudo se solapan las realidades y el banquete va acompañado de una comida abundante.

El banquete tiene siempre un motivo espiritual que celebrar: cumpleaños, aniversario, bodas, jubilación, etc. Habitualmente llamamos banquete a cualquier comida que celebra un acontecimiento personal, familiar o social. Comer juntos, tomar unas copas con los amigos, reunirse en torno a una mesa y compartir el pan, son signos de cercanía e intimidad. ¡Nadie invita a comer en su casa a su enemigo! Y si lo invita es para dar con la enemistad con ese gesto; cada vez que se firma una alianza de ayuda, protección o unión entre dos partes, se suele sellar con un banquete.

El banquete no lo define la abundancia de manjares; si así fuera ¿qué sentido tiene hablar de el banquete de la Eucaristía donde sólo se toma un poco de pan y de vino? Al banquete lo define el motivo del encuentro, la satisfacción interior, el gozo de compartir el Reino de Dios, que, como dice san Pablo, "no es comida y bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo" (Rm 14-17). El banquete eucarístico es el banquete de la vida compartida.
Cuando Jesús instituye la Eucaristía en el contexto de una cena festiva (la cena de la Pascua judía) sabe muy bien lo que hace; pone ese sacramento en conexión con la experiencia humana universal de celebrar lo importante con una comida. Haciendo memorial de la liberación de Egipto (Pascua) Jesús hace presente el acontecimiento de ayer en el hoy e i invita a mirar el mañana con esperanza. Ayer, hoy y siempre. Donde hay banquete festivo hay futuro, porque la humanidad camina inexorable hacia el punto omega de la historia en el que “el Señor preparará un festín de manjares suculentos y de vinos generosos” para celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte (Is25,6.8). La Eucaristía, con su significado y su compromiso, apunta con esperanza hacia ese día de plenitud en el que Dios “enjugará las lágrimas de todos los rostros y se dirá: aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara” (Is 25,8-9).


El banquete del Reino de Dios

"El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia" (Sal 103,8). Si meditamos con detenimiento la parábola del banquete del rey que celebra las bodas de su hijo, podemos observar que el soberano se muestra en extremo paciente. Hace un primer llamamiento a sus invitados cuya respuesta resume Mateo con un “no quisieron ir”. Y vuelve a mandar criados apremiándoles porque “todo está a punto. Venid a la boda” (22,3-4); ¿vais a dejar que se estropeen los alimentos y tengan que ser dados a los animales o arrojados a la basura?

Sin embargo, tal argumento de razón humanitaria tampoco animó a los convidados; la respuesta de algunos fue excusarse con otros deberes: “uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios” (Mt 22,5), argumentos que recuerdan las múltiples excusas que solemos poner para justificar nuestra falta de compromiso cristiano, ya sea en lo referente a la participación en la vida litúrgica (misa dominical) o a los deberes morales inexcusables (mandamiento del amor).

La reacción de otros fue más violenta, y recuerda a los que no sólo se muestran indiferentes a Dios, sino además beligerantes contra su presencia: “los demás echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos” (Mt 22,6). Hasta aquí la paciencia de Dios, que condena a la ruina a los que no aceptan su ganancia.

Pero ¿se malogrará el banquete solo porque hay algunos desagradecidos que no acuden a la llamada del rey? De ninguna manera. El proyecto de Dios no se interrumpe por el pecado del hombre; Dios seguirá derramando su amor y su gracia.


La fiesta de Dios es para todos

De nuevo manda a los criados. Esta vez la invitación es universal, para todos, para gente de toda condición y extracción social, sin distinguir siquiera entre buenos y malos. Quedan abolidas las distinciones y diferencias, tanto que incluso los buenos se van a encontrar codo con codo con personas indignas tal como lo deja ver la parábola. Porque ésta da de
repente un giro inesperado: “Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta” (Mt 25,11); el rey le llama la atención: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” (Mt 22,12).

Hay quien dice que esta segunda parte de la parábola es un añadido de Mateo, que quiere quedar claro a los cristianos del siglo I que no basta acudir a la llamada, el bautismo en sí mismo no salva, se requiere también un cambio de vida. Y así es, el hecho de que los pecadores sean invitados al banquete no les excusa de reformar su vida para hacerse dignos de semejante invitación.

La rutina cristiana tiende a imponerse y el cristiano ha de renovar constantemente su vestido (vida); en línea con san Pablo, diríamos que hay que desprenderse del hombre viejo, de “todo lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, liviandad, malos deseos y codicia, que es una idolatría. … ¡Lejos de vosotros todo lo que signifique ira, indignación, malicia, injurias o palabras groseras! No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo y de sus acciones, y revestíos del hombre nuevo, … de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia; soportándoos mutuamente y perdonándoos… Y por encima de todo, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección” (Col 3,5.8-10.12-14). Baste esta cita para entender lo que significa tener o no tener el traje adecuado para la fiesta.

Los primeros invitados fueron condenados por su rechazo explícito de la invitación; el que no iba con el vestido adecuado también es condenado, no porque de palabra o ritualmente haya sido declarado ajeno a la invitación, sino porque su vida desdice de su anfitrión. No basta asistir a la boda, no todo se reduce a buenas palabras y oraciones; no todo el que dice “Señor, Señor” es digno del banquete, sino el que hace la voluntad del Padre (cf Mt 7,21).


¿Dónde está el Reino de Dios?

Nunca las parábolas comienzan diciendo “el Reino de los cielos se parece a un convento, o a un seminario, o a un congreso de teología, a una tanda de ejercicios espirituales…”. No. Cuando el Papa Francisco hablaba de una Iglesia en salida se podría caer en el error de creer que ese salir afuera tiene como fin captar adeptos para meterlos en recintos institucionales. ¡Qué equivocados estamos! Seguimos equiparando dos realidades que a veces parecen pero no son lo mismo.

Una Iglesia en salida es la que busca fuera de sus muros el Reino de Dios, la que sale a calles y caminos a hacerse presente y a encontrarse con su Dios. Es un acierto abrir los ojos y ver a Dios más allá de los altares, despertar la conciencia a la presencia de Dios en las realidades de cada día.

Observa las parábolas. No hablan de lugares cerrados y asfixiantes sino de experiencias de expansión y de gozo. El Reino se parece a un campo en tiempos de siembra o de cosecha, al hallazgo fortuito o trabajado de un tesoro o de una perla de gran valor, al crecimiento de las semillas, a la libertad de los pájaros o la belleza de las flores, a un patrón que pone la misericordia en un lugar más eminente que la justicia conmutativa o distributiva; el Reino se parece a uno que inesperadamente encuentra un tesoro, o al comerciante que encuentra una perla, o a la mujer que haya la moneda perdida, ... o a un banquete de bodas, una fiesta; el Reino de Dios es algo que se mueve en ámbitos de frescura humana, de luz, de gozo y de sana convivencia.

No se trata de encerrar el Reino entre los muros de un templo sino de hacer de todo el mundo un templo acogedor donde Dios sea glorificado. Por esto pregúntate dónde ves signos del Reino, qué parábolas vivas detectas en tu entorno: el niño que sonríe, el obrero que celebra su trabajo bien hecho, el profesor que goza con su tarea de educar, la madre que cuida con cariño de los suyos, el político o sindicalista preocupado de veras por el pan de los que no tienen trabajo, … Y mírate al espejo cada mañana, y sonríe. Si notas que tu sonrisa es forzada, cierra los ojos, déjate mirar por Dios y ábrelos de nuevo para volverte a mirar. Así hasta que, reconciliado con Dios y contigo, te rías con la espontaneidad con que lo hace el niño y todo aquel que se sabe querido y perdonado. Esa sonrisa será el traje adecuado para asistir al banquete de vida que Dios prepara para ti cada día, un banquete existencial de caridad que puedes sellar sacramentalmente con la oración y la eucaristía.

Y no olvides que también en tu interior está el Reino. El invitado que no llevaba el traje de fiesta es el que ha menospreciado su vida interior, ha descuidado su vestido de fiesta. Entrar en el banquete es entrar en uno mismo, conocerse y reconocerse hijo de Dios y hermano universal. Ahora bien, no seamos puritanos, la mesa eucarística del Reino no es el banquete de los perfectos y los puros, es el de los humildes que se saben indignos de ser invitados y asistir. El traje de bodas es la humildad.

Antes de poner en marcha las horas de tu jornada, y antes de acudir al banquete de tu Señor, ponte el traje de la bondad, la esperanza, la compasión, la justicia, la dulzura y la alegría, ... el traje de la humildad. Revístete de Cristo Jesús para participar en el banquete de la vida a la que cada día te invita tu Señor.

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PowerPoint y  Audio de lo tratado en:

https://drive.google.com/file/d/1VR_zVKodLLWZdt14IUv3caq6rhZYBjq3/view?usp=sharing

https://drive.google.com/file/d/1oPcDQ8hbE5qUgUx1OInN2gKSV0fGR0fF/view?usp=sharing

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Octubre 2026.
Casto Acedo  

lunes, 5 de octubre de 2026

Decálogo de un buen lector

Decálogo de un buen lector
de la Palabra de Dios en la misa

1

1.   Sentarse cerca del Ambón y avanzar con naturalidad, haciendo una inclinación sobre el altar (o el celebrante) con digna sencillez.

 2

2.  Antes asegurarse de que el libro y la lectura es el que corresponde. No hacer ruidos con las páginas y darle la vuelta sin cortar la lectura.

 3

3.  Esperar un momento antes de comenzar. No leer lo que está en rojo.

 4

4.  Decir el título con toda claridad y hacer una pausa. Lo mismo al final, hacer una pausa antes de decir con nitidez la expresión “Palabra de Dios”. Que se distinga el texto de lo demás.

 5

5.  Leer el texto con dicción correcta, sin correr, con claridad, con piadosa y ejemplar actitud.

 6

6.  Cuando se han terminado las lecturas volver a su sitio con digna discreción, como se hizo al subir.

 7

7.  Saber que los domingos y fiestas normalmente hay dos lecturas, una del Antiguo Testamento y otra del Nuevo Testamento (salvo en pascua, que se lee los Hechos de los Apóstoles).

 8

8. Después de la primera lectura se proclama el Salmo Responsorial, compuesto de un estribillo o antífona y de unas estrofas. Lo normal es que sea cantado, pero si no es posible, por lo menos el estribillo para que responda el pueblo.

 9

9.   Antes del Evangelio, de pie, se canta el Aleluya, obligatorio en Pascua. En los otros tiempos (o a diario) si no se canta puede omitirse.

 10

Los días de diario solo hay una lectura, el salmo y el evangelio, al que puede preceder el aleluya cantado o un versículo.

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Una idea clave

El buen lector no busca que la gente diga «qué bien lee», sino que la asamblea pueda escuchar, comprender y acoger la Palabra de Dios.

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Para ampliar:

https://www.youtube.com/watch?v=VwRY0qa1I5Q

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Septiembre 2026


La fiesta de los amigos (Todos los Santos, 1 de Noviembre)

"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Pad...