DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS
5,12-15
Hermanos: la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.
Palabra de Dios.
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EVANGELIO
Mt 10,26-33
Dijo Jesús a sus apóstoles:
—«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.
Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.
Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».
Palabra del Señor
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Recursos de apoyo o profundización sobre el texto al final; Power Point y audio (22 m)
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El miedo
Me gusta decir que el polo opuesto al amor no es el odio sino el miedo. ¿Qué es lo que me impide darme del todo a Dios y al prójimo? ¿Porqué me aferro a mis dineros, mis títulos o mis seguridades afectivas? ¿Qué lleva a tantas parejas a no comprometerse a vivir para siempre compartiendo cuerpo, alma y bienes? Tengo mi respuesta: el miedo. ¿Qué me ocurrirá si me entrego a Dios totalmente siguiendo los votos de virginidad, pobreza y obediencia abrazando la vida monástica? ¿Cómo voy a dormir tranquilo sin el “colchoncito” de mis ahorros o mi paguita de jubilación? ¿Quién me atenderá en la enfermedad o en la vejez si no tengo con qué pagar la atención que necesitaré? Sólo pensar en la carestía de bienes materiales, la falta de afectos humanos o la posibilidad de no significar nada para nadie, me aterra, me hace entrar en pánico y me lleva a aferrarme desesperadamente a las cosas, a las personas y a mi propio ego. Es por miedo que dejo de confiar en la providencia de Dios y me paso al bando de las seguridades -mejor decir inseguridades- mundanas (cf Mt 16,26). El miedo me hace posesivo, egoísta.
¿Se puede vivir sin miedos? El libro del Génesis nos dibuja el paraíso como un lugar de felicidad, donde el miedo no existe. “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31). Y ya sabemos que la bondad es el cimiento de la felicidad. Adán y Eva gozaban de bienestar físico y anímico; lo tenían todo para satisfacer sus necesidades materiales y espirituales. Vivían ajenos a la muerte; para siempre con Dios. Todo estaba a su servicio, aunque nada era suyo. Todo era de Dios.
Pero, como ya sabemos, en esa felicidad paradisíaca se entromete la Serpiente que lleva a Adán a perder la confianza en Dios y a hundirse en la miseria. La fiebre posesiva del egoísmo rompe la armonía de la creación y surge el miedo: “Oí tu ruido en el jardín -dice Adán tras la caída-, me dio miedo porque estaba desnudo, y me escondí” (Gn 3,10). Ha dado la espalda a Dios y le ha sobrevenido la desgracia. La vergüenza y el miedo se adueñan de su alma.
La historia de Adán y Eva es la historia de nuestro pecado. “Por un hombre -dice san Pablo- entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos, porque todos pecaron” (Rm 5,12). Somos pecadores porque desconfiamos de los planes de Dios para con nosotros; ponemos la felicidad en ser el centro del universo, en tenerlo todo por derecho, en ser pequeños dioses dignos de alabanza y de gloria. Pero solo Dios merece culto de adoración. Nuestra vida se encuentra consigo misma cuando se descentra de su ego y se centra en Dios; y pierde su sentido cuando le da la espalda al Creador. Sin Dios entramos en el caos y la oscuridad. Es el efecto del pecado, lo que ocurre cuando abandonamos la dulzura de la verdad y entramos a saborear la amargura de la mentira. Entonces sobreviene la tristeza, porque de la mentira sólo se puede sacar sufrimiento, asco y muerte.
Alza la mirada a la Cruz
“Ay de mí -dice san Pablo en otro lugar de la carta a los Romanos-. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte". Y La Palabra de Dios le responde. ¡Gracias sean dadas Dios, por Jesucristo nuestro Señor!” (Rm 7,24). El pecado me hace experimentar la insatisfacción y la muerte; y el remedio a esa frustración es Jesucristo, Nuevo Adán. ¡Grande es su amor! Dios mismo, encarnado en la persona del Hijo, viene a enseñarnos que al veneno de la Serpiente -la mentira, el odio y el ateísmo-, que tanto daño hace, se cura elevando Él la mirada, alzando la mirada a la Cruz (cf Jn 3,14-16), como canta el himno de la reciente visita del papa León a España. El ejercicio de contemplar el amor de Dios en Jesucristo crucificado nos devuelve la luz.
La semana pasada, en la segunda lectura de la misa, decía san Pablo algo que debería conmoverte: "Dios te sigue amando a pesar de tu pecado; y la prueba de su amor no es otra que su entrega en la Cruz por ti. Ahí, se entrega por ti; (la proposición “por” tiene un doble sentido: “porque tú le matas” y “porque te quiere”). Desde la cruz Dios mismo, crucificado por ti, no te mira con odio sino con amor; su amor es más fuerte que tu odio (cf Rm 5,6-8). ¡Mírale! ¿Qué más necesitas para convertirte a su amor? Si Dios está contigo, ¿qué temes?
Si con fe te adhieres a Él, nada ni nadie te podrá apartar del amor de Dios; su gracia no te da la espalda: “Si por el delito de uno sólo (Adán) murieron todos, con la gracia de Dios y el don otorgado por un sólo hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos” (Rm 5,15).
Perder el miedo
“No tengáis miedo a los hombres..., a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, dice hoy Jesús. No tengas miedo a romper la inercia de la irreligión, el consumismo y el miedo al qué dirán. Jesús sabe que para llevar a cabo el modo de vida que Él predica hace falta valor. Porque la Serpiente no deja de estar presente tentándote con una vida conformista y alienante. Cuando te falta verdadera fe en Jesús te puede el miedo al vacío, entras en pánico espiritual y te agarras a cualquier cosa; te amoldamos a las modas y el criterio de las mayorías y no vives tu vida sino la de otros, la que el mundo te quiera imponer.
Ser cristiano o cristiana es vocación de libertad. No temer al juicio de los hombres, sólo temer al juicio de Dios. Y el temor de Dios no es miedo sino prudencia, respeto, reverencia y reconocimiento de su grandeza; deseo de vivir de acuerdo con su voluntad sabiendo que es lo mejor que puedo hacer. Temor de Dios es amor a Él. “No hay temor en el amor -dice la primera carta de san Juan-, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1 Jn 4,18).
El antídoto contra el miedo es el amor,: no tu amor, siempre pobre y deficiente, sino el amor de Dios. Para quitar el miedo se deben poner los ojos en el Crucificado, dedicarle tiempo a la oración, meditar acerca del amor divino. A eso invita el salmo 34: “Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. El ángel del Señor acampa en torno a quienes lo temen y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él" (Sal 34,6.8-9.
Quien confía en mí y confiesa mi Nombre, dice Jesús hoy, “quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos” Te toca elegir, el miedo al qué dirán, la vergüenza de confesar tu fe, o el testimonio valiente ante quienes “matan el cuerpo pero no pueden matar el alma”. Dios se goza en quienes le temen (aman) y practican la justicia, (Hch 10,35), Dios está contigo, ¿a quién temeré? A nada ni a nadie (cf Sal 27,1).
Aprovecha este domingo (esta semana) para detectar tus miedos y reconocer los deseos o aferramientos que los producen. ¿Merece la pena poner la vida en tesoros que el tiempo y la vida te pueden robar? ¿Vivirás en el miedo a perderlo todo en un golpe de mala suerte? Pon tu corazón en el temor de Dios, en su amor infinito, que no te defraudará. Vivirás en confianza sabiendo que todo está en manos de Dios que sabe lo que te conviene (Mt cf 6,19-23).
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Recursos para interiorizar y profundizar:
Power Point
Audio (20 m)
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¡Feliz domingo!
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Casto Acedo
Junio 2026
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