jueves, 12 de marzo de 2026

La luz (IV Cuaresma. 15 de Marzo)



EVANGELIO
Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.

Y sus discípulos le preguntaron:

—«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?».

Jesús contestó:

—«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Dicho esto escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:

—«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

—«¿No es ése el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:

—«El mismo».

Otros decían:

—«No es él, pero se le parece».

Él respondía:

—«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

—«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo».

Algunos de los fariseos comentaban:

—«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:

—«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:

—«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:

—«Que es un profeta».

—«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

—«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:

—«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús les dijo:

—«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es».

Él dijo:

—«Creo, señor».

Y se postró ante él.

¡Palabra del Señor!

*

 

(Resumen de video y comentario amplio en audio al final de esta entrada)
 
El relato de la curación del ciego de nacimiento es la escenificación de la lucha entre los hijos de la Luz y los astutos hijos de las tinieblas (cf Lc 16,8). Y es curioso que Jesús no rechace al que vive en el pecado (“empecatado” llaman los fariseos al ciego), y se muestre duro e intransigente con los que “creen ver”: los fariseos. Éstos, instalados en su ego, se creen en posesión de la verdad (luz), pero viven en la mentira (tinieblas); y lo peor es que no quieren ver, porque si ven su realidad, su yo real, se verían obligados a aceptar la muerte de su ego en el que tienen puesta su vida y que les facilita una vida de privilegios.

Los escribas y fariseos no quieren ver porque les da miedo a perder su status egóico; son incapaces de ver que más que perder ganarían si se abrieran a la realidad pura y dura de la presencia de Dios.  No hay peor ceguera que la del que no quiere ver; porque, en gran medida, el ver es cuestión de voluntad. Los propios intereses son con frecuencia la causa de la debilidad visual. No ve el rico su inmensa riqueza, ni el poderoso su calidad de opresor; no ve el político encumbrado las necesidades del pueblo, ni ve el sacerdote ritualista los sufrimientos de sus fieles y de su mundo; no ve el violento su violencia, ni el perezoso su holgazanería..., porque si lo vieran, si se atrevieran a contemplarse desde fuera, verían la realidad y se verían a sí mismos en ella. Y en este caso ¿podrían soportar su vida hipócrita?.

Un ciego de nacimiento

"Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento (que nunca había visto)".  Así comienza el evangelio de este domingo, que termina  con una afirmación que nos sitúa a cada uno ante nuestra  visión o nuestra ceguera: “Los fariseos ... le preguntaron: ¿También nosotros estamos ciegos? Jesús les contestó: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

Encontramos por un lado a un hombre ciego, que no grita, como el ciego Bartimeo de Mc 10,46-52. No hay una petición de sanación, aquí la iniciativa es totalmente de Jesús, que lo  ve, se acerca y le cura con un signo (sacramento): le unta los ojos con barro y le manda lavarse en la piscina de Siloé; y él se deja hacer y obedece, porque en su pobreza no tiene nada que perder y mucho que ganar; y se le abren los ojos. Este ciego, partiendo de la aceptación de su ceguera inicia un camino de conversión, un camino de Cuaresma que le llevará a cambiar de bando (lo expulsaron de la sinagoga) y a confesar abiertamente su fe en Jesús como Salvador.


 
Del otro lado están  los enemigos de la luz: los que se creen seguros de sí mismos, los que están seguros de marchar por las sendas del bien, la bondad y la luz. “¿Tú -dicen al ciego- nos vas a dar lecciones a nosotros?”. La soberbia que anida en el corazón de los fariseos los hace acreedores del título de “hijos de las tinieblas”.

El primer paso de la curación (conversión) del ciego (pecador) parte del reconocimiento de su ceguera (pecado). Desde ahí inicia un camino que culmina con la aceptación de Jesús como el Señor y la profesión de fe: "Creo, Señor". La conversión del ciego no estuvo libre de dificultades; encuentra la oposición de los fariseos, el rechazo frontal de los judíos que lo expulsan de la sinagoga y la indiferencia de sus padres que no quieren tener problemas; pero se sobrepone a los obstáculos y culmina felizmente en la aceptación de Jesús como el Salvador y la sumisión con Cristo a la voluntad de Dios: “se postró ante él”.

En tiempo de Cuaresma, una primera enseñanza de este pasaje es clara: nos hemos de saber ciegos, y hemos de dejar que Jesús se acerque a nosotros y abra nuestra vida a la luz. Con la lámpara que es Cristo, abramos los ojos a la ceguera del mundo y sus causas (ansia de poder, obsesión compulsiva por tener-consumir, deseo desenfrenado de sobresalir como sea, culto excesivo al cuerpo y a la propia imagen, menosprecio del pobre y el pequeño...) de la que no somos sólo observadores sino también partícipes. ¡Este mundo está loco! –decimos-; este mundo está ciego, y nosotros, tu y yo, participamos de su ceguera. ¿Quién nos librará de esta oscuridad?

 
“Yo soy la luz del mundo”
 
Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo”, dice Jesús. "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida". (Jn 8,12). Jesús es la Luz. Así lo vamos a significar en la solemne Vigilia Pascual: “¡Luz del mundo!” dirá el celebrante; y el pueblo, al tiempo que se deja iluminar por la luz Pascual, responde: “¡Demos gracias a Dios!”, luego canta: “¡Oh luz gozosa, de la santa gloria del Padre celeste e inmortal, Santo y feliz Jesucristo!”. La Pascua es la fiesta de la luz, de Cristo-Luz. Es tan definitiva y determinante su aparición que incluso la oscuridad es llamada dichosa, porque ha merecido ser alumbrada por una luz tan esplendente: “Oh feliz culpa, que mereció tan gran Redentor”, ¡feliz oscuridad que merece luz tan radiante! Las alabanzas a la oscuridad y al pecado no lo son por sí mismos, sino por la luz y la gracia que los disipa.

El reconocimiento del propio pecado es previo para recibir el perdón, la aceptación de la propia oscuridad es camino imprescindible para llegar a la luz. Desde la debilidad y aparente oscuridad de la cruz Cristo nos conduce a la claridad de la resurrección. La Pascua unifica muerte y resurrección, y ésta tiene la última palabra. Esto se significa el momento de encender el Cirio Pascual en la Noche Santa: se incrustan en el cirio cinco granos de incienso, en forma de cruz, recordando el martirio del Santo de Dios, mientras se dice: “Por sus llagas santas y gloriosas, nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Amén”. Luego se enciende el cirio con el fuego nuevo diciendo: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”.

Somos ciegos, habitantes de las tinieblas, pecadores dando tumbos por “cañadas oscuras”, pero la Luz del Padre, encendida en las llagas gloriosas del Salvador, viene en nuestra ayuda, y nos hace “hijos de Dios” . “La palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre... Vino a los suyos... Y a cuantos la recibieron ... les dio poder para ser hijos de Dios” (cf Jn 1,9-12:). Cristo-Luz es nuestro valedor en la oscuridad: “El Señor es mi pastor, nada me falta...; aunque camine por cañadas oscuras nada temo” (Salmo 22,1.4).
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Brille vuestra luz delante de los hombres
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El cristiano, que vivía en la oscuridad, ha sido iluminado y prendido en la luz que es Cristo: “a vosotros se os confía acrecentar esa luz, para que caminando como hijo de la luz podamos salir al encuentro del Señor”. (Ritual del bautismo; palabras dirigidas a los padres/padrinos con respecto al hijo/ahijado, pero extensibles a todo bautizado adulto).

El cristiano es Hijo de la Luz. No teme que sus obras sean vistas por los hombres. Por el contrario, los hijos de las tinieblas, esconden sus obras, porque “da vergüenza mencionar las cosas que los hijos de las tinieblas hacen a escondidas” (Ef 5,12). La Cuaresma es tiempo para pasar de las tinieblas a la luz. En una doble fase. Somos, por un lado, receptores de la luz que es Cristo. Debemos aceptar nuestras sombras afrontando sin miedos la mirada de Dios sobre nuestra vida; se trata de mirarnos desde Cristo: “Tu luz, Señor, nos hace ver la luz” (Sal 35,10). Y prendidos en su luz, en un segundo momento, debemos ser luz “delante de los hombres” (Mt 5,16).
 
¿Cómo podemos ser luz? La carta a los Efesios nos da unas claves: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz).” (Ef 5,8). Ser luz viviendo en la bondad (hacer algo tan simple y complicado como “ser buenos”) la justicia (un cristiano debe destacar por su compromiso por un mundo cada vez más justo), y la verdad (vivir con humildad aceptando la realidad de  ser criatura de Dios; vivir en la verdad es vivir en conformidad con la sagrada Escritura, que pone luz en el corazón del hombre descubriendo sus claroscuros; el mundo de la mentira y el engaño, del falseamiento y la manipulación, necesita defensores de la verdad, profetas dispuestos a poner en el mundo la Luz de la Palabra aún a riesgo de sufrir persecución y muerte). Se trata de adquirir la visión de Dios, que no ve las apariencias, sino el corazón (1 Sm 16,7).


Hoy nos reconocemos ciegos, arrojados a los caminos de un mundo en oscuridad. No caigamos en el error de los fariseos, que se creían justos, porque “si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”. (Jn 9,41). La cuaresma viene a despertarnos, a abrir nuestros ojos: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”(Ef 5,14).

Cristo es el Agua viva, se nos dijo el domingo pasado, Cristo es la Luz, decimos hoy, y la próxima semana, cercana ya la Pascua, se añadirá que Cristo es la Resurrección y la Vida. ¿Cómo te estás disponiendo para que su “paso” (pascua) sea fructífero en tu vida ? ¿Acaso no quieres que inunde con su agua tu desierto, ilumine con su luz tu oscuridad y revivan con su resurrección tus muertes? Dispón tu corazón a ello.

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Un video resumen de todo lo dicho en:


Y un audio de 20 m.:


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Marzo 2026
Casto Acedo.

jueves, 5 de marzo de 2026

El agua (III Cuaresma.8 de Marzo)

 

EVANGELIO. Jn 4,5-42.

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»

La mujer le dice: «Señor, dame de esa agua así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla.»

Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve.»

La mujer le contesta: «No tengo marido».

Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dijo: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»

En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor

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Cuando llegue la Noche Santa recurriremos a unos símbolos muy concretos para celebrar el encuentro con Cristo Resucitado: la luz (Lucernario), el agua (Rito de bendición del agua y renovación del bautismo), y la vida (Eucaristía: “Yo soy el pan de la Vida, el que come de este pan vivirá para siempre”, Jn 6,35).

Los domingos tercero al quinto de Cuaresma, la proclamación evangélica nos dispone de manera inmediata a la Celebración Solemne de la Vigilia Pascual introduciéndonos en el Misterio por la presentación-comprensión-asimilación de los símbolos que nos hablan de Dios y nos acercan a Él.  Jesús dirá de Él mismo que es "agua viva" (Jn 4,14; evangelio de la Samaritana), "luz del mundo” (Jn 9,5; ciego de nacimiento), “resurrección y vida" (Jn 11,25; resurrección de Lázaro). Hoy, al hijo del encuentro con la samaritana,  el tema que nos ocupa es el agua como símbolo de Dios y de su gracia. 

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Agua
 
Este domingo nos habla de "agua". El agua es un signo ambivalente. Por una parte, hablar del agua es hablar de vida, porque es un elemento básico para la subsistencia del hombre ya que cubre una necesidad vital y permanente sin la cual no podríamos vivir (¡lástima que solo nos demos cuenta de ello cuando nos falta!). El agua es también elemento de limpieza para el cuerpo, la ropa, la vivienda; es recreo y belleza en los jardines y fuentes; el agua es vitalidad. Donde no hay agua hay sufrimiento y muerte; la imagen paradigmática de esta sequedad es el desierto, lugar de vacío, soledad y muerte. Y muy al contrario, donde hay agua hay vida, y por eso el paraíso siempre se ha dibujado como un vergel bien regado.
 
Pero el agua contiene también una simbólica negativa: es desgracia en inundaciones, maremotos y todo tipo de desbordamientos. ¿Quién no recuerda las impresionantes imágenes de destrucción y muerte causados por  la DANA que sufrimos el año pasado al este de España? 

El agua sana, pero también asola y ahoga. Es signo de vida, pero no lo es menos de muerte. El exceso de agua provoca destrucción y la ausencia o escasez trae consigo la “sed”. El pan (alimento) es necesario para poder subsistir, pero lo es más el agua. La vida cristiana, que es oasis pero también desierto, lleva implícita la experiencia de la sed.
 
La Sagrada Escritura asocia el agua con el Espíritu de Dios, que purifica, da vida, recrea, limpia del mal y ahoga el pecado. Pasajes bíblicos paradigmáticos, como el relato de la creación del mundo, donde se señala que “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gn 1,2), el diluvio (cf Gn 6,5-8,20), el paso -Pascua- del mar rojo (cf Ex 14) o el prodigio del manantial de agua que mana de la roca (Ex. 17,3-7), nos sirven en bandeja la consideración  del agua como elemento sacramental en los que Dios en su mismo Espíritu  se manifiesta.




El agua que es Dios

“Si alguno tiene sed, que venga a mí” -dice Jesús. Nosotros acudimos as Él cada domingo; a recibirle en el agua de la Palabra y en el Pan Eucarístico ¿Qué sed sacia en nosotros este Misterio? 
En momentos de sequedad espiritual nos acucia la sed, y por eso acudimos a manantiales que pudieren saciaros. Muchas veces erramos acudiendo a pozos que sólo palían temporalmente nuestra sed; pero hay un pozo que sí nos llena del todo: Jesús, agua viva. 

La mujer samaritana (cf Jn 4), siguiendo la rutina de su tarea diaria, va a buscar su agua al pozo de Jacob. Y allí Jesús se acerca a ella. Se trata de una mujer insatisfecha; cinco veces había buscado la felicidad, y cinco veces había fracasado (“has tenido cinco maridos y el de ahora no es tu marido”, Jn 4,18). Jesús le hace sentir hondo esos fracasos. Había buscado saciar su sed en aguas que no podían satisfacerle plenamente. 

Cuando la samaritana y Jesús comienzan su diálogo, cada cual habla de un agua distinta, y según deja ver el diálogo también cada cual se refiere a una sed distinta. La samaritana habla del agua material, tangible, perecedera, objeto de nuestros deseos naturales, agua buena para nuestra vida diaria siempre que no nos apeguemos demasiado a ella. Este 
agua natural no sacia plenamente y obliga a volver una y otra vez al pozo. Jesús, sin embargo, habla de un agua espiritual, intangible, sobrenatural, eterna; quien la bebe nunca más tendrá sed; habla del agua que es Dios mismo, y que sacia de una vez para siempre: “el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4,13).

El agua que Jesús ofrece a la samaritana y te ofrece a ti hoy es la gracia de Dios, su Espíritu. “El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: ´Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí; como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva´. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él". (Jn 7,37-39). “El agua que yo le daré se convertirá dentro de Él en un surtidor que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14).

La sed.

Pregúntate: ¿Qué sed te mueve  este año a adentrarte en el desierto de la Cuaresma? ¿Qué insatisfacción? 

La samaritana representa a la humanidad que tiene sed, y que aún no sabe qué agua le conviene para alcanzar la verdadera felicidad. Jesús sí lo sabe. Jesús también tiene sed, una sed distinta: “Dame de beber” (Jn 4,7). Jesús tiene sed de diálogo, de comunicación, sed de ayudar a los que tienen sed. En la cruz gritó: “Tengo sed” (Jn 19,28), sed de salvación, sed de ti; en su sed de amor quiere suscitar el acercamiento, provocar el encuentro. “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (Jn 4,10). Poco a poco, Jesús va adoctrinando a la mujer invitándola al conocimiento del Espíritu Santo (“si conocieras el don de Dios…”) y el reconocimiento de Él mismo como  Hijo (Mesías) enviado  (“..y quién es el que te pide de beber”).

Porque tiene sed de ti -¡admirable misterio!-, el mismo Jesús se acerca hoy al pozo de tu vida, a ese pozo natural al que acudes cada día a sacar agua: el pozo del trabajo, las amistades, los negocios, la familia… Jesús te sale al encuentro allí donde tienes puesta tu esperanza, donde crees que vas a encontrar la felicidad plena. Dios te sale al encuentro junto al brocal de tu pozo, ahí donde estás.
 
¿Cuál es tu pozo? ¿De qué agua bebes? Hay aguas que sacian sólo momentáneamente, pozos exteriores que te exigen caminar diariamente hacia ellos para proporcionarte una satisfacción momentánea. Jesús te ofrece un agua diferente, el agua viva de su costado (cf Jn 19,34;1 Jn 5,6) “que se convertirá dentro de tí en un surtidor que salta hasta la vida eterna”; el agua interior del Espíritu Santo, la Gracia de Dios, que habitará en ti, y dará consistencia eterna a las aguas de la amistad, la familia, el trabajo,… que brotarán de tu interior.

En Cuaresma  contempla la sed de Jesús: la sed de misericordia que en Él te muestra el Padre Dios, y acompásala con la sed de la humanidad, con tu sed: sed de paz, de justicia, de comunicación, de armonía... Cuando la sed del hombre se cruza con la sed de Dios se produce el milagro de la Pascua. Cristo pasó por la vida de la samaritana; ésta, aunque no llegó a entender muy bien lo que Jesús le decía, mantuvo abierto el diálogo con Él, y se produjo el encuentro.
 
Y como fruto del encuentro el anuncio, la misión. El agua de Dios no se queda estancada en quien la recibe, sino que salta hacia fuera, transforma al discípulo en en apóstol, como la samaritana:  “dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?” (Jn 4,29). Y “Jesús se quedó allí dos días” (Jn 4,40), hasta que la fe de los samaritanos maduró un poco: “nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo” (4,42).
 
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A menudo nos cansamos del camino de cuaresma, nos cansa la vida, dice el poema de Antonio Machado (1). Nos preguntamos entonces por qué Dios nos ha traído a este desierto. El sentimiento de fracaso nos lleva con frecuencia a preguntarnos si Dios estará o no estará con nosotros (cf Ex 17,3.7). La mujer samaritana nos dice que sí, que le ha conocido, que le ha escuchado, y en la escucha ha recibido su compasión. También san Pablo nos hace saber que el amor de Dios ha sido derramado como agua viva en nuestros corazones, y hay esperanza (Rm 5,5).

Deja que este domingo te refresque el agua que es Cristo. Déjate lavar por Él como Pedro en el cenáculo (cf Jn 13,8-10). Recuerda el bautismo en el que fue sepultado tu pecado por el poder del agua. Déjate encontrar de nuevo por Jesús. Bebe del agua de su Palabra, de su presencia eucarística, de su estancia entre los pobres. Dile: -Señor, ¡tengo sed de tantas cosas buenas y nobles!... ; enuméralas y confía que el Agua de Dios no te ha de faltar para poner fin a tus insatisfacciones.

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(1) El poema de A. Machado refleja muy bien cómo la vida es soledad y sequedad. Y en esa sequedad nace en nosotros la búsqueda. La misma búsqueda va preñada de la gracia del  encuentro, como hemos visto en el evangelio de la Samaritana.

Señor, me cansa la vida,
tengo la garganta ronca
de gritar sobre los mares,
la voz de la mar me asorda.

Señor, me cansa la vida 
y el universo me ahoga.
Señor, me dejaste solo,
solo, con el mar a solas.

O tú y yo jugando estamos
al escondite, Señor,
o la voz con que te llamo
es tu voz.

Por todas partes te busco,
sin encontrarte jamás,
y en todas partes te encuentro
sólo por irte a buscar.

(Antonio Machado)

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Marzo 2026
Casto Acedo. 

La fiesta de los amigos (Todos los Santos, 1 de Noviembre)

"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Pad...