Centro la reflexión del 11º domingo en el tema de la compasión, aunque la primera lectura y el evangelio de este día parecen sugerir más el tema de la elección. De todos modos, ¿para qué eligie el Señor? Para prolongar en la historia su presencia haciendo visible y palpable la compasión de Dios. Puede aprovecharse la reflexión que propongo como tema sugerente también para el día del Corazón de Jesús.
CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS, 5,6-11.
Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ... Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.
EVANGELIO. Mt 9,36-10,8
Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
—«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.
Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
—«No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.
Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».
Palabra del Señor.
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Audio (22 minutos) y PowerPoint al final del texto
Compasión
Si hay una palabra que define al Dios de judíos, musulmanes y cristianos, esa es “compasión”. Cuando Moisés preguntó a Dios por su nombre “el Señor pasó ante él proclamando: el Señor, el Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Ex 34,6). El Corán abre su mensaje con alabanzas a la compasión de Dios: "Alabado sea Dios, Señor del universo, el compasivo, el misericordioso” (1 S 1-2), y Jesús invita a ser como Él, igual al Padre en compasión y misericordia: "Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13,14-15). “Sed compasivos como vuestro padre del cielo es compasivo” (Lc 6,36).
Hoy el Evangelio abre proclamando la compasión de Dios en Jesucristo: “Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”.
La definición de Dios que da san Juan en su primera carta, “Dios es amor” (1 Jn 4,8), podría decirse como "Dios es compasión", porque ¿qué es amar sino "con-padecer", hacer propios los gozos y sufrimientos de la humanidad. La compasión es consecuencia necesaria del amor. ¿Acaso se puede amar sin gozarse de los bienes y condolerse de los sufrimientos de los demás? Pues bien, si el amor de Dios es universal también lo es su compasión.
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Jesús hizo de su vida un acto de compasión. Desde la encarnación hasta la cruz va dejando ver el alcance de la misericordia del Padre. Desborda compasión cuando le sale al paso la enfermedad y la muerte (Mt 20,34; Mc 1,41; Lc 7,13); se duele con quienes padecen hambre (Mt 14,14; 15,32 / Mc 6,34; 8,2), o, como deja ver el evangelio de este domingo, hace suyos los sentimientos de quienes viven extenuados y abandonados (Mt 9,36). En estos textos el evangelista echa mano de un término griego: splagchnizomai, que significa sentirse conmovido en las entrañas y en los intestinos, misericordia entrañable.
En los relatos de los milagros encontramos esta palabra una y otra vez: “Se le acerca un leproso, suplicándole ... Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio»” (Mc 1,40-41). “Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer” (Mt 15,32), dijo antes de la multiplicación de los panes. Antes de resucitar a un joven hijo único de una viuda “se compadeció de ella y le dijo: «No llores»” (Lc 7,13).
La cima de la compasión divina de Dios en Jesús se revela en la cruz; ahí confluye el amor del Padre, que se da en la adversidad suprema, con el pecado de quienes le crucifican: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Segunda lectura de hoy). ¿Puede existir un amor o compasión mayor? Es tan grande que en ese cruce de la gracia de Dios y el pecado de la humanidad se obra el milagro de la sanación. Como quedó sanado el centurión, que al ver la entereza y misericordia que mostró Jesús en su pasión y crucifixión, exclamó: "Verdaderamente este era hijo de Dios" (Mc 15,41). ¿Qué vió este hombre para hacer semejante confesión de fe? Vio cómo la maldad, provocando hasta el extremo a Jesús con la soledad y el dolor de la pasión, no pudo conseguir de Jesús una blasfemia sino una fidelidad inconmovible a Dios Padre, que en Él se deja ver como pura compasión.
El amor compasivo es clave en el Evangelio; no hay "Buena Noticia" sin amor compasivo. Y podemos decir sin temor a equivocarnos que la fe en la eficacia salvadora de la compasión y su práctica constituyen la clave de la vida. Si Dios es compasión y el hombre y la mujer son creados a imagen semejanza de un Dios compasivo, es claro que la compasión es parte esencial del ser humano. Sin la práctica del amor-compasión la semejanza divina y el proyecto humano de realización personal según su ser divino queda incompleto; por eso Jesús invita directamente a practicar la compasión, no sólo para hacer méritos sino para llegar a conocernos y a aceptarnos en lo que somos y ser felices siendo fieles al "amor que somos desde la creación". EL amor no es algo que tengamos que recibir de fuera, es más un bien un talento que recibimos al nacer y que debemos poner en juego. Desperdicia su vida quien no desarrolla en su ser el amor compasivo que es.
La variedad de la compasión
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7) “Andad, aprended lo que significa "Misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9,13). “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,12)
La compasión es el camino de la felicidad que Dios quiere para ti, un ejercicio que podemos contemplar como autocompasión, como amor al prójimo y como amor de Dios (cf Mt 22,36-39).
1) Autocompasión. Para acceder a las riquezas de la compasión has de cambiar primero tu mirada sobre ti mismo. ¡Si conocieras el don de Dios! ¡Sí supieras el aprecio en que te tiene! Acostumbrado cada cual a verse como el eje sobre el que gira todo lo que ocurre a su alrededor, necesitamos aprender a mirarnos desde fuera, con los ojos del mismo Dios. El primer paso para alcanzar compasión es comprender que eres una de esas ovejas a las que Jesús mira y compadece porque anda perdida y extenuada. Cansancio y pérdida de sentido son la consecuencia del alejamiento del amor de Dios y el consecuente olvido del prójimo. ¿No has sentido nunca esas sensaciones? Soledad, vacío, oscuridad. Ahí Jesús te sale al paso y se compadece de ti.
Sentir la compasión de Dios sobre ti es un buen ejercicio de oración; un primer paso necesario para amar, perdonar y aceptar a otros. No puedes amar a otros si no empiezas por amarte, perdonarte y aceptarte a ti mismo. Contemplarte desde Dios te lleva a quererte desde Él, a reconciliarte contigo, a pedir perdón a Dios. "Por Jesucristo hemos obtenido la reconciliación".
2) Padecer con todos. Deberías abrir tus puertas de par en para hacer tuyo el gozo y el sufrimiento del mundo. Esto sólo es posible desde un maduro amor fraterno. La compasión no es un simple gesto externo de solidaridad, algo tan simple como poner tu tiempo, tu dinero o tus conocimientos al servicio de quien goza o sufre en el cuerpo o en el espíritu. Ser compasivo es algo profundo, un sentimiento que nace de la conciencia de fraternidad; un sentir que el hermano soy yo y un estar dispuesto a entregar la propia vida practicando las obras de misericordia, como Jesús.
Quién vive la compasión no hace suyo el gozo y el padecimiento de la humanidad por simple empatía o capacidad para ponerse en lugar de otros seres; su motivación es más honda: ha llegado a asimilar que el prójimo no le es ajeno, que él es en ellos y ellos son en él, que ellos son su carne y en ellos es él mismo quien sufre. Quien compadece hace suyos los gozos y los sufrimientos del mundo, como Jesús (cf GS 1).
3) El misterio de la compasión: misterio de la cruz. Observa cómo en la cruz de Jesús confluyen todos los males del mundo; "cargó con nuestros pecados" (1 Pe 2,24). Contémplale en la cruz bebiendo el cáliz amargo de la miseria humana, sufriendo toda su negrura. Y contempla también en la cruz el corazón de Jesús, llama ardiente, horno encendido de amor que acoge con paciencia y perdón todo el sufrimiento del mundo, todo pecado. Mientras más miseria absorbe y quema, más potente es la llama del amor y más calor y luz desprende. “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”, dice San Pablo (Rm 5,20). Este el milagro de la compasión, que es capaz de sobreponerse sobre el odio poniendo amor en su lugar. "¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!" (Lc 23,34).
Dice san Juan de la Cruz hablando del fuego del Espíritu: ¡Oh cauterio suave! ... matando muerte, en vida eterna la has trocado! Ser compasivo es "matar muerte", responder con amor, perdón y aceptación al odio, la venganza y el rechazo. Porque el exceso del mal sólo lo vence otro exceso, el exceso del amor, exceso de la cruz. El amor compasivo de Cristo es enorme e inimaginable porque abraza y y purifica en su fuego los pecados del mundo entero. "Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado" (1 Pe, 2,24).
La práctica de la compasión te conecta con el Corazón de Jesús. Cuando reconoces tus errores, te auto-compadeces y te acercas al amor sanador de Jesús; cuando acoges en ti los gozos y los sufrimientos del mundo y alimentas el fuego de tu corazón con el fuego del amor y el perdón te haces un solo ser con Jesús. Cada vez que tus entrañas se conmueven ante el sufrimiento y suavizas el dolor de tus hermanos haciendo tuya la cruz, estás manteniendo encendida la llama del amor divino en tu corazón. Ahí estás encontrando tu ser en Cristo reconciliando a toda la humanidad consigo misma y con Dios, porque estás siguiendo el mandato de Jesús: "Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis".
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Contemplación y acción.
Todo lo dicho te puede servir para contemplar la compasión de Dios y te da pistas para encontrarte con ella. Pero no olvides que esto que lees y puedes contemplar en la oración son sólo letras o ideas en tu mente y sentimientos en tu corazón. Son sólo la chispa que puede provocar el incendio. De nada sirve si no pasas de la contemplación a la acción. De ti depende que el fuego del Reino de Dios se extienda por el mundo (Lc 12.49).
Sin compromiso de vida por tu parte todo lo dicho aquí es sólo un juego de palabras que se lleva el viento. El amor compasivo sólo se palpa en la vida. ¿Recuerdas lo que le dijo Jesús a quien le preguntó quién era el prójimo al que debe amar? Le respondió con la parábola de El buen samaritano, y luego le preguntó: "¿Cuál de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». El dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo»" (Lc 10, 36-37). Recuerda que en este pasaje todo comenzó por la pregunta acerca del mandamiento principal de la ley; y Jesús le contestó: ser compasivo de hecho. ¿Ves lo que hizo el buen samaritano?: ¡Anda y haz tú lo mismo!
Algo de esto ha dicho el papa León en su discurso en Canarias. "Nadie puede arrodillarse ante Dios si desprecia al hermano". Como creyente medita estas palabras antes de opinar sobre inmigración o de verte ante la elección de acoger o no a inmigrantes. Compasión ante todo.
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Recursos.
Audio sobre este tema (22 m):
PowerPoint:
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¡Feliz domingo!
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Junio 2026
Casto Acedo
