EVANGELIO
Mt.11,25-30
En aquel tiempo, exclamó Jesús:
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
¡Palabra del Señor!
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Hoy el comentario es un tanto filosófico a la luz del texto evangélico. Como complemento tienes un audio (16 m) y un PowerPoint al final.
La sociedad del cansancio
El filósofo de origen coreano Bjung-Chull Han, afincado en Alemania y reciente premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, tiene entre sus obras un ensayo de gran éxito que tituló La sociedad del cansancio (2010). Ahí explica cómo el mundo occidental, donde aparentemente gozamos de libertad para hacer lo que queramos, nos induce a ser sujetos de rendimiento, personas profesionalmente eficientes; para conseguir esos objetivos impuestos por la mentalidad liberal neocapitalista nosotros mismos nos esclavizamos y explotamos voluntariamente.
Vivimos obsesionados por estar subidos (mejor decir atados) al carro del consumo y la diversión, panacea de la felicidad. La constante batalla interna por subir y mantenernos en la cresta de la ola de la riqueza, el prestigio y el consumo es de hecho un acto de auto-explotación (yo mismo me exijo más y más) que genera auto-agresión (yo mismo me machaco a trabajar) y la sensación permanente de carencia (nunca tengo bastante) y de culpa (si no triunfo es porque no valgo).
Es un brevísimo resumen de la realidad que vivimos. Producimos, tenemos, acumulamos, consumimos, pero dentro de un círculo de eterna insatisfacción; como ratones de laboratorio nos obligamos a correr cada vez más rápido, como hámster en el interior de la rueda, para no llegar a ningún sitio. “Hoy nos explotamos por propia voluntad y con la creencia de que nos estamos realizando”, señala el surcoreano.
El problema de la realidad que desenmascara y expone el filósofo en La sociedad del cansancio encuentra su respuesta en el evangelio de hoy: “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Jesús quiere y puede sacarnos de la rueda que nos amarra y esclaviza. Vivir en Él es el contrapunto que necesitamos. El remedio al estrés y la autoexplotación está en seguirle, en tomar su yugo llevadero y su carga ligera, que es entrar en mansedumbre y humildad. “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso”.
Frente a la celeridad y el agobiante y perecedero círculo vicioso de la moda, Jesús propone la vuelta al valor permanente de la sencillez. Porque nuestros cansancios vienen de complicarnos la vida en exceso. Está bien preocuparnos por la casa, la comida y el vestido, pero ¿tiene sentido elevar a grado de necesidad irrenunciable poseer una lujosa mansión en Suiza, disfrutar carísimas delicatessen culinarias y vestir modelos exclusivos de diseñadores de culto? No merece la pena cuando se paga el precio de la propia felicidad. Sin embargo, hay quienes sí eligen hipotecar su vida trabajando y penando para disfrutar el lujo efímero de la moda.
La vida contemplativa
La alternativa que propone Jesús es despojarse de los agobios retornando a La vida contemplativa, que así se titula otro libro de Bjung-Chull, con el subtítulo de Elogio de la inactividad. Transcribo un fragmento:
“Nos estamos asemejando cada vez más a esas personas activas que ‘ruedan como rueda la piedra, conforme a la estupidez de la mecánica’. Dado que solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento, interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes. La existencia humana en conjunto está siendo absorbida por la actividad. ... No estamos accediendo ni a los dominios de la inactividad ni a sus riquezas. La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana. Hoy se ha ido difuminando hasta volverse una forma vacía de actividad” .
Como apéndice a este texto podemos añadir las palabras de Jesús: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera”, como si dijera: el estilo de vida que propongo no tiene el peso de la celeridad y la hiperactividad, no agobia ni estresa, es llevadero. Basta pararse, aquietarse, silenciarse y contemplar, mirar, disfrutar del espectáculo de la naturaleza y de la vida misma para darse cuenta de que la inactividad no tiene por qué ser necesariamente una forma "vacía de actividad". Al contrario, “la vida solo recibe su resplandor en la inactividad”, apostilla Bjung-Chull, y en tiempos de sobredosis informativa que generan un activismo mental desbocado e invitan a una movilidad sin orden, estas palabras cobran un sentido especial.
Los tiempos modernos son tan necios que consideran que permanecer quietos y en silencio esperando la revelación de la verdad, la bondad y la belleza de Dios y el mundo es un aburrimiento. Convencidos de esto se inventa una variedad casi infinita de diversiones, actividades que distraen y dispersan la conciencia personal alienando (alejando) cada vez más de sí mismas (de su interioridad) a las personas.
Es un signo de esperanza ante un mundo así el que haya pensadores que pongan sobre el tapete la importancia de “no hacer nada”, de permanecer ociosos, de simplemente mirar y disfrutar de lo que se observa. Esto, seamos sinceros, se ha perdido en nuestra cultura; y gracias a a Dios no deja de ser una puerta abierta a la esperanza el interés actual por la meditación, una riqueza poco explotada en la Iglesia de los últimos tiempos a pesar de su rica tradición espiritual.
Jesús viene de nuevo en nuestro auxilio para invitarnos a no vivir para trabajar, sino para gozar considerando el trabajo no como un fin sino como medio para lo verdaderamente importante: ser felices disfrutando de la creación y agradeciendo a Dios ese don. Así expresa Jesús la suerte de tener acceso a esta sabiduría: “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”. Este arranque de alegría y gratitud sólo puede venir de quien ha contemplado la belleza de la creación, ha palpado la sencillez y felicidad de los humildes y ha percibido la bondad del Padre que bendice al pobre con sus dones.
La vida sólo muestra su hermosura en la inactividad. Eso sí, no confundamos inactividad con diversión, que es actividad que distrae y dispersa la mente. La belleza de la inactividad está en la contemplación, que es estar en el presente sin huir de él, sino viviéndolo. Ah, ¡cómo me alegra el corazón saber que Dios es "presencia"! Estar con Dios es estar aquí, ahora, saboreando el instante.
Convenzámonos: la magia de la ociosidad contemplativa es la única capaz de generar una nueva forma de vida. Sólo incluyéndola en nuestra vida podemos abordar con éxito la renovación de nuestra persona, nuestra sociedad y nuestra Iglesia. Necesitamos fusionar en nuestra espiritualidad la oración y la acción, la actividad y la ociosidad consciente. Ora et labora, reza y trabaja.
Sólo contemplando y amando puede mantenerse el debido respeto y amor al prójimo y a la creación. Al mundo no lo cambian a mejor ni las guerras ni las revoluciones industriales; éstas son enemigas de la paz y la naturaleza; el auténtico cambio vendrá de la ociosidad contemplativa, de la escucha silenciosa de Dios haciéndote presente a Él. Ahí se gusta y adquiere la verdadera sabiduría, oculta a los sabios y entendidos de este mundo.
En la puerta de entrada de los campos de exterminio nazis estaba escrito un mensaje de bienvenida. “El trabajo hace libre” (Arbeit macht frei); es un aforismo envenenado; el hombre no ha sido creado para trabajar sino para disfrutar de la vida en presencia de Dios o, lo que es lo mismo, de la presencia de Dios en la vida. Poner la felicidad en los bienes materiales nos lleva a creer que mientras más se tiene más se es; es la filosofía del mundo. No, el trabajo, cuando es valorado desde la producción no libera, somete. La verdad es muy otra: “La contemplación te hace libre”, la ociosidad como oportunidad de estar contigo mismo es sabiduría. No olvides que la meta última de la humanidad es un domingo sin ocaso, un descanso eterno. Trabaja pues lo necesario para vivir dignamente, y párate más a menudo a contemplar y disfrutar la misma vida. No esperes a mañana, hazlo ahora.
¡Descansa (contempla) el domingo!
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Audio (16 m)
PowerPoint (Descansa en Dios)
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Julio 2026
Casto Acedo

