Contra el exceso de mal, exceso de bien.
Todos hemos acudido alguna vez a Dios pidiendo sanación para nosotros o para alguien a quien amamos y esperando ser escuchados en nuestras peticiones ¿Puede curar la Santísima Trinidad todas las enfermedades? Si por “curación” entendemos la restauración física y automática del cuerpo dañado o el alma rota, hemos de decir que sí. Dios ha obrado en la historia milagros que sanan el cuerpo y el Espíritu. El mismo Jesús obró milagros, y eso no lo podemos negar. Si Dios es “Todopoderoso”, y así lo afirma nuestra fe, el poder de sanar enfermedades lo tiene. Sin embargo, el dolor y el mal siguen existiendo.
No podemos entender el misterio del mal. Por eso decimos que es un misterio. Hay una sentencia sobre el poder de los dioses
para sanar que se le atribuye a Epicuro (siglo IV a.c.) y que se ha ido repitiendo a lo largo de los tiempos: “Si Dios quiere eliminar el mal y no puede,
no es omnipotente. Si puede y no quiere, no es bueno. Si puede y quiere, ¿por qué existe el mal?”.
Los grandes teólogos de la Iglesia han intentado responder a esta pregunta. San Agustín decía que el mal no es una “cosa” creada por Dios, sino una privación del bien, ligada a la libertad humana. Santo Tomás de Aquino sostuvo que Dios puede permitir males para sacar bienes mayores. Otros ven el sufrimiento unido al amor, la libertad y el crecimiento espiritual, especialmente a la luz de la cruz de Jesucristo.
Sea como sea, la filosofía no ha sido capaz de responder con claridad a la pregunta sobre el mal. Y la teología cristiana sólo tiene una respuesta para esa pregunta y esa respuesta es Jesucristo. Que no explicó el mal, con lo cual le permanece en el misterio, pero sí nos enseñó cómo afrontarlo; y lo hizo no sólo con palabras sino con hechos:
“Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,37-38)
La respuesta de Jesús al problema del mal es la de no pasar de él sino oponerse a él con la fuerza del bien. Ante el exceso del mal (odio) Jesús opone el exceso del bien (amor). Esta es la victoria de la Cruz: el mal no consiguió doblegar el amor del bien encarnado en Jesús. A éste no le preocupaba tanto el bien propio como el ajeno, es decir, respondió al mal no por interés personal sino por amor.
Cuando nos preguntamos acerca de qué está haciendo Dios para evitar el mal en el mundo Jesús parece dar una respuesta que no suele gustarnos: “Te he hecho a ti”. Y, aunque haya situaciones o realidades a las que no encontramos sentido, es cierto que muchos de los males existentes (hambre, guerras, marginación, abusos, etc) vienen causados por el odio y el egoísmo de la humanidad.
El toque de Dios
Decía el maestro Eckhart que ser espiritual y sabio sólo es posible cuando se ha llegado o traspasado la mitad de la vida, es decir, cuando ya se han derrumbado totalmente o en parte los proyectos idealistas que se tenían: familia feliz, buena posición social y económica, familia feliz, etc.). Cuando esto se derrumba, cuando ya vienen los achaques físicos y el cansancio de la vida, cuando comienzan a morir ante tus ojos aquellos con los que has compartido muchos de tus años, entonces tocas fondo; y uno de esas cosas que nos hacen tocar fondo es la enfermedad física y el desaliento espiritual.
Ahí, en la “humillación” de la soberbia juvenil, me doy cuenta de que necesito de Dios, y recurro a Él. Y está bien, siempre que lo haga desde la humildad y no desde la exigencia. Porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.(1 Pe 5,5; Sant 4,6; cf Lc 1,52).
La Santísima Trinidad es “salud”, palabra que proviene del latín “salus”, y que significa tanto salud como salvación. ¿Cómo lo hace? Tocando tu alma con su gracia. Pero debes permitir que te toque reconociendo tu debilidad, aceptándole como salvador y orando en el despojo y silencio de tu ser.
El Padre no espera que seas fuerte para amarte.El Hijo no vino a condenarte, sino a cargar contigo.Y el Espíritu Santo entra en el alma cuando por fin encuentra silencio.
El remedio a tus enfermedades exige de ti que no rehúyas el amor del Padre, que aceptes que el Hijo te ayude a llevar tus cruces y que entras en el silencio de la oración invocando al Espíritu que sana el corazón enfermo. En una palabra, si con fe buscar tocar a Dios como la mujer hemorroísa (cf Mt 9,18-26) o te dejas tocar los oídos y la lengua como el sordomudo del evangelio (Mc 7,31-37), vas por el buen camino de la sanación corporal y espiritual. Con el toque de la gracia “dejarás de sentirte solo. Y donde termina la soledad, comienza la sanación de la Santísima Trinidad”.
Minuto de Silencio:
Pide a Dios el don de conocer su amor que cura (cuida, da sentido y si es su voluntad sana materialmente) todas tus enfermedades y dolencias.
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