martes, 28 de marzo de 2023

Una reflexión sobre el sacramento de la Penitencia

Hace dos años que este comentario acerca del Sacramento de la Penitencia fue publicado en este blog. No viene mal reconsiderar cada año lo que se expone, y que, superando el reduccionismo práctico de "confesión-absolución-penitencia", invita a ver el Sacramento desde una perspectiva más amplia. 


Somos muchos los que en los días finales de Cuaresma acudimos al Sacramento de la Penitencia o Reconciliación. El apremio de las fechas, la mentalidad de “cumplimiento pascual” tan arraigada en nuestros pueblos y la consideración del rito sobre todo como “confesión auricular individual”, hacen que el sentido último del sacramento corra el riesgo de diluirse. La consecuencia de esta disolución es obvia: se cumple con lo mandado, hay "confesión" y absolución, pero la misericordia de Dios, por no decir Dios mismo, la esencia del sacramento, sigue en penumbra; y tras el rito  “la vida sigue igual”.

En otro orden de cosas, hay quien dice que “ya nadie o muy pocos se confiesan”, lo cual personalmente no me escandaliza, porque creo que la crisis espiritual no está en el hecho en sí de la confesión sino en la pérdida del sentido del pecado, en la propensión a no reconocerse pecador y en el desprecio de la virtud de la humildad, madre del arrepentimiento. El trasfondo de todo creo puede estar en la expulsión de Dios no sólo del del ámbito público sino también del privado.  Para muchos de los que se dicen creyentes Dios es considerado sólo como un apaño para momentos de bajo ánimo, una pastilla a la que recurro cuando mis caprichosos deseos no son correspondidos y entro en caída libre; Dios "para mí". 

* 1 *

Una primera pregunta: ¿Qué es el pecado? Si hiciéramos una encuesta entre personas asiduas a la Iglesia hallaríamos respuestas de catecismo tales como que el pecado es  una “desobediencia voluntaria a la ley de Dios”. Pero difícilmente encontramos personas que vayan más allá de la consideración del pecado como transgresión de unas leyes o mandamientos que a veces parecen absurdos. Sea como sea pocos entienden el pecado como un daño que se infringe uno a sí mismo o al prójimo cuando no se es fiel a los designios de Dios. 

La culpa y el pecado parecen haber desaparecido  en el mundo de hoy. Sin embargo, como dice el catecismo de la Iglesia Católica,


“el pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia” (CATIC 386). 

La cursiva es del propio catecismo. ¿Cómo vamos a comprender el pecado si no existe un vínculo, una relación con Dios?

Más que el incumplimiento de una ley el pecado es la ruptura de una relación que tiene consecuencias deplorables. Ahora bien, ¿basta que haya ruptura entre personas para que podamos hablar de pecado? Muchos, a la hora de analizar su conciencia en estos días se limitan a mirar cómo tratan a su esposo o esposa, a su familia, al vecino, al compañero de trabajo, etc., olvidando el enfoque teológico, es decir, la relación con Dios.  Sin conocimiento de Dios no podemos conocer el pecado (lo cual no quiere decir que no exista), y sin la revelación de Dios no  podemos conocer a Dios (que existe aunque lo desconozcamos o ignoremos).  Así explicita esto el mismo catecismo:


“La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente” (CATIC 387).

Bastan los dos números citados del Catecismo para que nos planteemos en estos días el sentido que ha de tener nuestra celebración del perdón, que no es sino el de un encuentro de Dios, a quien antes reconoces que no prestabas mucha atención y al que ahora, reconociendo tus errores, estás dispuesto a aceptar y a vivir una etapa nueva en tu relación con Él. El pecado en este caso era el obstáculo que impedía la comunicación; y no se trata de actos sino de actitudes, de tomas de posición contrarias a la voluntad de Dios revelada en la Escritura. El pecado es ir contra esa voluntad divina,  unas veces  por ignorancia y otras por desidia.

¿Qué tengo que hacer, entonces, para que la celebración del Sacramento del perdón sea lo más correcta posible?

*Primero poner los medios para salir de la ignorancia. ¿Cómo? Recurriendo al conocimiento de Dios que se revela en la Sagrada Escritura. “Lámpara es tu palabra para mis pasos” (Sal 118,1), por tanto necesito esa Palabra para conocer los designios de Dios y no errar en la vida. Cuando la Palabra va calando en mi corazón ya están siendo sanadas mis heridas. La Palabra cura (Mt 8,8)  y limpia (Jn 15,3), es medicina y fortaleza. Para prepararte a la celebración penitencial te aconsejo que medites detenidamente el salmo 118; habla sobre la Palabra de Dios, y es  muy largo, 176 versículos, pero merece la pena; y más cuando se ha llegado a la certeza de que Jesús de Nazaret es la Palabra de Dios hecha carne. Se entiende entonces que Jesús, por la Palabra, nos abre los ojos y nos sana.

*Y en segundo lugar, conviene tener asumido que el pecado, más que un acto concreto, es un “misterio”, el misterio del mal que se apodera del espacio interior, del alma. Los psicólogos y gurús de la nueva espiritualidad (nueva era) suelen identificar el pecado con el “ego”, una personalidad o personaje ficticio, que sirve a intereses creados y que oscurece y oculta mi ser original (soy criatura de Dios renacida por el bautismo) entorpeciendo la correcta relación conmigo mismo, con los hermanos y con toda la creación; poca o nula importancia dan las nuevas espiritualidades al pecado como ruptura con Dios.


* 2 *

Como dice uno de los textos del catecismo antes citados, se siente la tentación de explicar el pecado únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.”. 

Cuando la propia vida y la historia se miran exclusivamente con las gafas del "yo, mi, me", desde el prisma de la subjetividad autorreferencial, tendemos a considerar al pecado como enfermedad psicológica, una desviación de la mente que puede ser erradicada con una buena terapia. La experiencia demuestra, no obstante, que siguiendo métodos terapéuticos no siempre se resuelven los conflictos y los síntomas vuelven a aparecer de nuevo una y otra vez.  ¿No será  por el olvido de que somos seres en relación no sólo uno mismo sino también con el prójimo y con Dios? 

Algunas escuelas de psicología se están planteando ya si no hay que ir más allá de la mente y su dinámica, al espíritu y la espiritualidad subyacente, para lograr determinadas curaciones. Somos mente (psiché, alma) pero también espíritu abierto a la trascendencia.

¿Es el pecado algo más que un desajuste psicológico? ¿Basta trabajar sus afectos y tus aflicciones con un buen psicólogo para sanar la vida? Muchos piensan que sí, que con unas sesiones de mindfullnes y de terapia psicológica que empoderen al paciente es suficiente para que todo lo que está roto en el mundo se recomponga. Sería preferible decir "en su mundo", porque suelen sostener que el mal no es sino una mala visión, un problema visual del pecador. "Deja ir los problemas, suéltalos, no te ates a ellos,  y verás como te encuentras mejor. Tú puedes", dicen algunos gurús de la autoayuda. ¡Hay que ser ingenuos para creer esto! La táctica del avestruz que esconde la cabeza bajo tierra. Abre los ojos, despierta. No confundas la ingenuidad con la bondad, la primera es miope, la segunda es experta en ver las cruces  propias y las ajenas y en poner soluciones.  

Pienso que la psicología es un magnífico instrumento para observar los devastadores efectos del pecado: incomunicación, soberbia, tristeza, ira, violencia, lujuria,  envidias, etc., pero ¿basta con conocer el mal para que quede sanado? ¿Es el diagnóstico lo único necesario para curar una enfermedad? ¿Basta con ser consciente y empoderarse del propio ser para salir del agujero de la caída? Cierto es que saber lo que no funciona bien en ti es el principio de la conversión (cambio de vida), pero estoy convencido de que sólo un plus de amor mayor que el que yo me tenga puede sacarme del hoyo en el que he caído. 

El misterio del pecado -y digo misterio porque el mal es una realidad incomprensible e inexplicable-,  sólo puede ser vencido adentrándome en el misterio de Dios. Dios es amor; sólo el amor de Dios tiene suficiente poder para disolver las deficiencias y fallos de mis amores.

Sólo un amor más grande me libera de quedar atado a amores pequeños como son el amor a mí mismo, o el amor a mis objetivos o aspiraciones, o el amor a los que o de los que me rodean. Si mi salud espiritual, mi santidad, depende de personas  tan limitadas como yo, es grande el peligro de fracasar. Son amores parciales, limitados, imperfectos.  Pero si mi confianza y fuerza las pongo en Dios, un amor superior, infinito, eterno, puedo aspirar a poner remedio definitivo a mis males.  

* 3 *

Desde las premisas expuestas quiero advertir que una Celebración Penitencial sólo tiene sentido si se la enmarca en un proceso de fe y de crecimiento espiritual que tiene como referencia primera el amor de Dios. Si haces de ella sólo un "lavado de cara" un simple "maquillaje", un "lifting" espiritual, entonces es mejor que no te confieses, porque lo único que harás será tapar las ronchas que te han salido a causa de la infección que pudre tus entrañas. Si las tripas enfermas de tu alma no se exponen a la misericordia de Dios no podrán curarse para siempre, y las ronchas seguirán apareciendo una y otra vez. 

El legalismo es la enfermedad del fariseo, la convicción de que se pueden hacer apaños con Dios, engañarle, mostrarle los eccemas de la piel mientras se le oculta el cáncer que corroe el espíritu. Cuando se hace una confesión sin el debido examen a la luz de la Palabra y el necesario arrepentimiento y dolor de los pecados, lo que se está haciendo en realidad es un ejercicio de soberbia e hipocresía; un pecado multiplicado. Corruptio optimi pessima, la corrupción de los mejores es la peor, dice el dicho latino. "Si estuvierais ciegos -dice Jesús a los fariseos-, no tendríais pecado; pero como decís "vemos", vuestro pecado permanece" (Jn 9,41), y se hace cada vez más grande, añado.



* 4 *

Si te estás preparando para celebrar la Penitencia estos días, ya sea en comunidad o individualmente, no pienses que el sacramento se juega entre tú y la psicología, tú y las leyes morales, tú y tu relación con el prójimo, tú y tu aceptación de ti mismo. El sacramento es un misterio de encuentro entre tú y Dios, tu ser limitado y pecador y el Ser misericordioso e infinito que es Dios. Dejarte abrazar por Dios no va a producir en ti un simple cambio legal, un paso de pecador a justificado, sino un cambio tremendamente vital,  paso de siervo a hijo de Dios, de ajeno a amigo de Jesús, de sufrirte vacío a sentirte habitado por el Espíritu, pasas de ser admirador de Dios a ser un enamorado. La Penitencia, el perdón de Dios, no te sube a un pedestal, te baja a ras de tierra, donde puedes  encontrarte con Jesús, Dios encarnado y crucificado, Dios amante.

Al preparar tu Penitencia no te fijes en tus actos pecaminosos: violencia, juicios injustos, envidias, apropiación indebida de cosas o personas, crímenes verbales, etc. Los actos externos son la punta del iceberg, lo que más se ve, pero no lo son todo en el “misterio del mal”. Si es verdad que no nos justifican las obras sino el amor que ponemos en las obras, también es verdad que no nos hacen pecadores las malas acciones sino el impulso maléfico que las provoca. Por eso, ahonda y busca las causas que te llevan a obrar incorrectamente. La psicología te puede ayudar. Es importante conocer el mal que padece tu alma,  como es importante también conocer a Dios y tenerlo en cuenta.

Cuando te limitas a confesar los actos cometidos, y  te desinteresas sobre la causa interior  que los provoca, las mismas faltas vuelven a ser materia de la próxima confesión. Deberías preguntarte ¿por qué? Y posiblemente descubras que en realidad no estás convertido a Dios, no vives de cara a Él sino a otras cosas, esas “otras cosas” que no quieres soltar y que hace años que pactaste contigo mismo -o con el diablo- hasta dónde estás dispuesto a llegar en tu renuncia. Tu corazón está atado a otros dioses que no son el Dios de Jesucristo. Tu tesoro no está en Dios, y “donde está tu tesoro está tu corazón”.

Termino recomendándote que medites sin prisas todo lo que he dicho acerca de la ley, la confesión, el misterio del mal, Dios, la renuncia, etc... Y que te replantees seriamente por qué te confiesas estos días. ¿Por ley o por compunción amorosa? ¿Haces una confesión de tus pecados  interesada para alejar de ti el miedo a perderte el cielo, o es una confesión del amor de Dios que consideras que no mereces y sin embargo recibes? Si tu respuesta es la primera, compadécete de ti mismo, porque al creer que tienes que ser siempre perfecto te estás perdiendo la alegría de la vida; si es la segunda, alégrate, porque estás en el buen camino, la senda de los pecadores que se saben amados.

Leyendo los evangelios, pregúntate: ¿Quiénes eran los amigos que se escogió Jesús? ¿Fariseos que ponían su fe en el cumplimiento de las leyes, o pecadores como Pedro, Mª Magdalena, Zaqueo, Pablo de Tarso, etc? Es claro que lo que sanó a éstos últimos fue el misterio del amor de Dios en Jesús; se dieron cuenta de que ganar el cielo no es un juego de habilidades y cumplimientos legales sino un modo de existencia donde el amor de Dios es lo primero. Fue el amor de Dios en Jesús lo que les sedujo, no un acceso al cielo a plazos y con rebajas.

Cuando te acerques a "confesar" uno de estos días, no absolutices tus pecados; confiesa el amor de Dios, el único que puede sanar tu corazón enfermo. Y aprovecha para replantearte si tu espiritualidad es farisaica (alcanzar el cielo por tus méritos) o cristiana (vivir el cielo como un don de la misericordia divina que recibes  con humildad),  y ¿por qué no plantearte un reinicio de tu vida a partir del Evangelio de la misericordia?

¡Feliz encuentro con el Señor en el Sacramento del Perdón! 

Marzo 2023 -2025

Casto Acedo 

319

lunes, 20 de marzo de 2023

San José (20 de Marzo)

Hace ahora 27 años, Don Oswaldo Ordoñez (DEP), en aquel momento párroco de Calamonte, donde ejercía el ministerio junto con su hermano Néstor, me pidió que predicara en el día de la fiesta. Y rebuscando qué decir de san José en este blog, se me ha ocurrido la idea de transcribir la homilía que hice en la ocasión. Por si sirve de reflexión en el día de san José, aquí va. Y de paso felicidades a los que celebran hoy o celebraron ayer su onomástica, a los seminarios que celebran su día, a las demás instituciones que están bajo la advocación de san José, ... y a toda la Iglesia por tener un patrón tan discreto.
Y para quienes puedan pensar que voy con retraso en el día del santo, recordar que este año la Iglesia celebra al santo el día 20 de Marzo por la prevalencia del cuarto domingo de Cuaresma, que fue ayer.

 
HOMILIA PARA LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSE
 CALAMONTE (Badajoz)
19 de Marzo de 1996

Queridos hermanos:

Invitado por vuestro párroco, D. Oswaldo, me encuentro aquí compartiendo con vosotros el pan de la Palabra y la Eucaristía en este día tan importante para la comunidad cristiana de Calamonte.
 
Y aquí estamos, reunidos en torno a la mesa común, una mesa que siempre preside nuestro señor Jesucristo, pero que en el día de hoy tiene un invitado especial: san José. Su presencia queda patente en su imagen, pero donde se muestra de forma más patente es en la devoción que profesáis al santo. Los cristianos católicos adoramos a un solo Dios, al Dios trinitario, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero ese culto de adoración no nos impide darle gloria recordando y venerando las maravillas que ha hecho en medio de su pueblo. Y una de esas maravillas ha sido el seguirse manifestando a nosotros por medio de hombres santos que con su vida han dado testimonio de Dios.

Los santos, y entre ellos la Virgen Santísima y  san José, son para nosotros motivo de alegría y de esperanza, porque en ellos contemplamos la obra de Dios, lo que Dios ha obrado en medio de nosotros. Hoy, la Iglesia entera, y de una forma particular el pueblo de Calamonte, venera a san José. Tenéis el orgullo de tener por patrón al patrón de la Iglesia, al hombre al que Dios confió los primeros misterios de la salvación de los hombres (Oración colecta)


Patrono de la Iglesia

La oración colecta de la misa nos da una  primera clave para comprender bien la devoción a la persona de san José: ...haz que por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente (los primeros misterios de la salvación) y los lleve a plenitud en su misión salvadora.  Ser devoto de san José es continuar su tarea, la tarea de mantener viva la fe en el misterio de la encarnación de Jesús, el Hijo de Dios, y de entregar esa fe a todos los hombres para su salvación.
 
Nuestro Dios se ha ido revelando a los hombres a lo largo de la historia. La Palabra de Dios en la Biblia recoge la historia de la acción de Dios dirigida a un pueblo y unos hombres concretos: Abrahán, Moisés, los profetas, María... A su vez, la respuesta de estos hombres a Dios, su fe, sus buenas obras, se han hecho también revelación para nosotros. Dios no habla solo con Palabras, sino también con hechos. Los grandes hombres de la Biblia, su actuación, también son palabra de Dios, evangelio, buena noticia. El culmen de esta revelación, su plenitud, se nos dio en Jesucristo: reflejo de la gloria del Padre. Palabra y vida se han fundido en Él. Cristo es la Palabra hecha carne, Dios dentro de la historia.
 
A san José, hombre de fe, conocedor de las Escrituras, lo elige Dios para ser un fiel custodio del misterio de Cristo. Y, no sin dificultades, aceptó el encargo, la misión de facilitar la salvación de Dios a la humanidad .
 
Hoy la Iglesia tiene esa misma misión. Y al hablar de Iglesia, no quiero que penséis en el clero, en la jerarquía. Pensemos hoy en la Iglesia de Calamonte, en su comunidad cristiana. Hemos recibido una tradición. Y esa tradición no son unos ritos, ni unas prácticas rutinarias de fe. Una tradición es un hilo de vida, unos valores humanos (solidaridad, bondad, honradez, espíritu de sacrificio, etc.) y divinos (una fe viva y una esperanza ardiente en el Misterio de Dios), que se transmite de padres a hijos, de generación en generación.
 
La devoción a san José  es una tradición propia de esta comunidad. Y os toca ser garantes y fieles conservadores y transmisores de ella.  Ser devotos de san José es un gran privilegio, pero también un compromiso: imitar sus virtudes, procurar vivir en la fe como vivió él, dejarse arrastrar por el amor de Dios como él hizo. Mantener la celebración externa, la apariencia, sólo será posible si ésta responde a una interiorización de los mismos valores que vivió nuestro santo.
 
¿Cuáles son los valores concretos que sobresalen en san José?  La Palabra de Dios no nos dice gran cosa sobre Él. O mejor, nos dice mucho, pero con pocas palabras: “José...que era bueno”. De Jesús se decía: “todo lo ha hecho bien”. De José, su padre, que “era un hombre bueno”. Y, hermanos, la bondad es el mayor de los valores a los que uno puede aspirar. Ser bueno es ser santo. En estas palabras del evangelio, san Mateo está canonizando al esposo de María. Era bueno a los ojos de los hombres, y bueno a los ojos de Dios. Su santidad-bondad se nos manifiesta en sus virtudes. Comentemos algunas de ellas.


La virtud de la fe.

En la segunda lectura de la liturgia de hoy san Pablo nos dice de Abrahám: No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para  Abraham y su descendencia  la promesa de heredar el mundo. (Rm  4) Estas mismas palabras las podemos aplicar a José. Dios llamó a Abraham para una misión, también a san José . A ambos se les pidió confiar, creer, abandonar  sus  propios proyectos y abrazar los de Dios. Dios los eligió, los apartó, para ser santos.  Y ambos se lanzaron a vivir las pruebas de la fe, crucificando la razón, poniendo el amor a Dios sobre todas las demás cosas.
 
También a nosotros nos ha llamado Dios. También nos ha elegido por el bautismo «para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor».  También a mí y a ti, nos ha elegido el Señor, y nos ha traído esta mañana de san José a este lugar para aumentar nuestra fe y edificar nuestra vida con la contemplación de su obra: la obra que Dios hace en san José.
 
Es el Señor quien nos convoca. Nosotros solos no habríamos podido venir. Estaríamos mejor en casa, descansando, reponiendo fuerzas para seguir la fiesta... Hay que dar gracias a Dios, porque es el que llama, pero también,.  junto con la llamada, da la fuerza para responder.  Como todo depende de la fe, todo es gracia .(Rm 4) Lo mismo hizo con san José. Le llamó para una delicada tarea, para una paternidad un tanto irregular, y él aceptó fortalecido por la gracia que le vino por  la fe. Por eso estamos de fiesta; porque Dios se fijó en san José y lo bendijo.

Obediencia.

La fe es un don de Dios, una llamada que pide una respuesta: la obediencia. Dios no se entromete en la vida del hombre sin su permiso. Tal vez pensemos que José fue un «pobre hombre» al que Dios le fastidió sus planes, una víctima de la elección de Dios, uno al que le tocó el papel del feo de la fiesta.  Pensar así es minusvalorar a Dios, o, peor aún, entender a Dios como enemigo nuestro. Y Dios no es así. Él no viene a robarnos la vida, sino a dárnosla, a planificárnosla. Dios no destruye en nosotros lo humano, sino que lo potencia.
 
José podría haber actuado denunciando a María, y dejándo que fuera condenada a muerte. Si así lo hubiera hecho sus paisanos le hubieran considerado un hombre de honor amante de las leyes. Sin embargo, respetó el misterio, creyó la Palabra que le anunció que lo que llevaba María en su seno era cosa de Dios y aceptó el compromiso. Su respuesta estuvo preñada de amor a Dios y, cómo no, de amor a María.  Obró valientemente. Pudo más en él el amor que el odio, la fidelidad interna que la «honra externa».
 
 Tal vez habría lavado su honra con la denuncia de María y su posterior condena a morir apedreada; hubiera blanqueado la fachada, pero prefirió mantener limpia la copa por dentro, aunque por fuera se le tildara de «deshonrado». Dios no le arrancó su humanidad, sino que lo hizo «más humano» en el más amplio sentido de la palabra: más sensible a su dimensión espiritual, más sensible a la situación un tanto embarazosa de María. Amó a María repetándola sin pedir nada a cambio. Hubo de crucificar su razón,  y hubo de pasar por alto el “miedo al qué dirán”  para dar paso a la obediencia de la fe.
 
Jesús, en un momento de su vida pública dijo : “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado”. En la prueba de la pasión repetirá: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Esa obediencia sin condiciones a los deseos del Padre fueron también una realidad en san José. 
 
La fe gigantesca de José,  y su obediencia a la voluntad de Dios, son, sin duda, sus mayores virtudes. Desde ella hay que entender su vida y los motivos de su patronazgo sobre la Iglesia.
 
Padre y esposo.  
 
Sólo desde la fe podemos entender la paternidad de san José. Elegido por Dios para “aparecer’ como padre de un niño que sabe que no es obra suya. Renunciar a la “bendición”  que suponía para un buen judío de su tiempo, tener una descendencia propia. Aceptar en su casa a una mujer sobre la que pesaba la sospecha de la deshonra. Al aceptar a María, José adquirió una responsabilidad tremenda.

¡Por amor a Dios! -podemos decir. También por amor a María. No se comprendería el uno sin el otro. El amor a Dios no quita el amor a la esposa.José amó respetando el misterio en su esposa. ¡Qué ejemplo para nuestros matrimonios! Amar sabiendo respetar la identidad y originalidad del otro.
 
Como pareja matrimonial un tanto irregular, José y María, son todo un ejemplo a seguir. Esposo-esposa, y Dios en medio. Jesús, el Hijo, que podría haber sido motivo de discordia, por sus orígenes no muy claros, se convierte en motivo de unión, en semilla de amor fecundo.
 
Poner a Dios-en-medio (Dios-con-nosotros) es garantía de fidelidad, de entrega, de proyecto común que no se encierra en las cuatro paredes de una casa, sino que se proyecta hacia metas insospechadas. José es modelo de fidelidad a Dios, y esa fidelidad se manifiesta también en la fidelidad a su compromiso matrimonial vivido con renuncias y sacrificios.
 
Con respecto a Jesús, José debió tener la actitud que a menudo echamos de menos en las relaciones padre-hijo. Él tuvo conciencia de que los hijos no son propiedad de sus padres. A ellos solo les incumbe la tarea de educarlos. Los hijos son de Dios. Son hijos de la libertad. Por eso, tanto ahora, como en cualquier época, la tarea de educar es difícil. Educar para la libertad. Si Jesús se manifestó en su vida pública como el hombre libre por excelencia, san José puso en ello, sin duda, su granito de arena.
 
 
Trabajador.
 
Uno de los pocos detalles que nos desvela la escritura sobre san José es su condición de trabajador. A Jesús le llamaban “el hijo del Carpintero de Nazaret”. El trabajo del santo era, por tanto, un trabajo manual. Por ello es también patrono de los obreros.
 
Su fe no le impidió realizar su trabajo, al contrario, le dió un sentido.  Para un cristiano, para un devoto de san José, el trabajo manual no es un signo de maldición divina. Nuestra fe no dió sus primeros pasos en una familia de aristócratas, sino en una familia de obreros, de pequeños artesanos.  Para José y Jesús de Nazaret, el trabajar con sus manos no sólo fue una necesidad por tener que  ganarse el sustento diario, también fue un medio de santificación. Trabajar es colaborar con el Padre en la obra de la creación. El trabajo bien hecho me santifica y santifica al mundo. Y en esto, san José nos da también un ejemplo. “Un hombre justo”, un “hombre trabajador”.
 
Por ello, privar a un hombre de la posibilidad de un trabajo con que mantener dignamente a su familia y realizarse como ser humano útil a la comunidad, es algo cristianamente inaceptable. No se puede ser devoto de san José sin valorar la dignidad del trabajo ni el derecho de todo hombre tiene a este medio de realización personal y plenitud de vida. El título de “obrero” dado a san José por el pueblo cristiano es una invitación apremiante a reconocer el derecho al trabajo y la obligación de trabajar.
 
Ser santo no es sentarse a mirar la inmensidad del cielo esperando que Dios venga a recogernos. Ser santo es tener los pies bien puestos en la tierra, construir aquí abajo el Reino de Dios con la esperanza de que un día se vea cumplido plenamente.
 
Y hay una pregunta que los creyentes que más asiduamente pisamos la Iglesia deberíamos hacernos: ¿porqué el mundo obrero se aleja de ella? San José era obrero.

Conclusión.

Hoy estamos de fiesta. Damos gloria a Dios por el testimonio que san José es para todos nosotros. Somos sus devotos. No olvidemos que esa devoción nos obliga a seguir el camino de las virtudes señaladas por él.

Tampoco olvidemos que la fiesta tiene que crear entre todos los calamonteños, como entre todos los hombres,  un sentido de unidad y fraternidad por encima de ideologías y formas de entender la vida. La fe en el mismo Dios en quien creyó san José nos une por encima de cualquier otra cosa.

Demos gracias a Dios y a san José, y continuemos la celebración eucarística con devoción. ¡Que la protección de san José esté siempre con nosotros!. 
 
Casto Acedo. Calamonte, 1996





Horario Peregrinación a Fátima

PEREGRINACION AL SANTUARIO DE FÁTIMA Horario programado (Hora española) Sábado,  3 de Mayo *07:30 Salida desde san Pedro de Mérida.  Parada ...