EVANGELIO
Mt 10,37-42
Dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.
El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»
¡Palabra del Señor!
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Familia y discipulado
La lectura del evangelio de hoy es la conclusión del capítulo diez de san Mateo, que recoge el llamado "discurso apostólico", serie de consejos dados por Jesús a sus apóstoles de cara a una misión que no será fácil. Jesús dirá de sí mismo que no ha venido a traer paz sino espada (v.34), y avisa de que los problemas van a surgir incluso con los más cercanos, la propia familia; se enfrentarán “el hijo con su Padre y la hija con su madre, la nuera con la suegra, los enemigos de cada uno serán los de su propia casa” (vv.34-36). Ante las dificultades externas (rechazo, persecuciones) que encontrará el apóstol Jesús aconsejará perder los miedos, ya que el Padre no les dejará de su mano (vv. 29-30)
Al apóstol se le exige una entrega total, que incluye lo que parece un desapego familiar escandaloso. El amor al Señor habrá de ocupar el primer puesto en la consideración del discípulo: "El que quiera a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, nones digno de mi" (v.17). Palabras estas que sin un contexto adecuado parecen contradictorias puestas en boca de quien nunca negó sino que recapituló la validez del cuarto mandamiento, que manda amar a padre y madre (cf Mt 5,17; 19,19).
Evitemos una lectura fundamentalista de estas palabras. ¡Cuántos líderes de grupos sectarios las habrán utilizado para alejar a sus seguidores de los afectos familiares y fijarlos a la causa de la secta! Pero no es esta la intención de Jesús. Leído en su contexto, y aplicando el más elemental sensus fidei, Jesús no está invitando a volverse contra la familia, sólo está indicando que los problemas que por su causa puedan surgir dentro de ella han de ser dirimidos sin renunciar a la propia libertad personal.
Ser discípulo de Jesús no debe contaminar sino sanar las relaciones parentales. Se pide radicalidad en el seguimiento, pero ese imperativo se supone acompañado de actitudes positivas con los tuyos, aunque sin renunciar a la fe cuando ésta entra en conflicto con ellos. Esta es una cruz que no suele faltar en la vida del cristiano, una cruz que no se debe evadir sino gestionar. “El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mi” (v,38).
Cruz y discipulado
"El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí", dice Jesús. Por tanto, tomar la cruz es consustancial al seguimiento. La cruz es la señal del cristiano; así lo ensaña el catecismo. Pero ¿no es el amor la señal que nos identifica? Pues sí: “en esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13,35). Amor y cruz se identifican. Por eso podemos decir que lo propio de nuestra fe es el amor en la dimensión de la cruz, el amor ágape, que no mira a sí mismo sino a los hermanos; y ¿acaso no son los hermanos la cruz que llevó Cristo? (cf Jn 3,16).
Me gusta decir que los términos “cruz” y “realidad” son equivalentes para el evangelio. Cuando Jesús dice que hay que llevar la cruz no hace otra cosa que invitar a llevar la vida hacia adelante con amor. Llevar la cruz es aplicar amor a la situación personal, tal vez marcada por alguna enfermedad o limitación congénita; o por los problemas familiares; o por la marginación y el rechazo de quienes no te aceptan por tu fe o tus ideas. ¡Qué lejos esta concepción de "cargar con la cruz" de aquella que busca cruces exóticas recurriendo a cilicios y otros artilugios de tortura, prácticas normalmente desligadas de un amor concreto a Dios, al que considera un tirano exigente, al hermano e incluso a uno mismo!
Llevar la cruz es vivir buscando solucionar con amor los problemas familiares que se presentan; o luchar por arreglar las situaciones laborales complicadas a menudo por la falta de un trabajo digno o por la realidad de la explotación; o afrontar con empeño una salida justa a los problemas sociales que te toca en suerte vivir. La cruces son conflictos dolorosos que requieren mucha purificación en quienes los afrontan para encontrar soluciones. El reto está en hacerlo todo sin perder la paciencia y el amor. La referencia la tenemos en la cruz de Jesús. ¿Cómo vivió el rechazo? ¿Cuál fue su reacción ante los problemas reales que encontró en su camino?
Llevar la cruz es vivir buscando solucionar con amor los problemas familiares que se presentan; o luchar por arreglar las situaciones laborales complicadas a menudo por la falta de un trabajo digno o por la realidad de la explotación; o afrontar con empeño una salida justa a los problemas sociales que te toca en suerte vivir. La cruces son conflictos dolorosos que requieren mucha purificación en quienes los afrontan para encontrar soluciones. El reto está en hacerlo todo sin perder la paciencia y el amor. La referencia la tenemos en la cruz de Jesús. ¿Cómo vivió el rechazo? ¿Cuál fue su reacción ante los problemas reales que encontró en su camino?
Jesús dio su vida por nosotros. Antes que responder con odio y venganza -lo cual hubiera supuesto la victoria del mal- en la cruz optó por no soltar la perla que da valor al madero: el amor. Este es el camino de la cruz. “El que pierda su vida por mi, la encontrará” (v,39).
Acoger al misionero
Jesús termina su discurso de hoy con unas hermosas palabras que hablan de acogida. Si quienes rechazan a los discípulos están rechazando a Jesús, la otra cara de la moneda es la gratificante experiencia de quienes son acogidos por el hecho de ser sus discípulos.
Mi experiencia como sacerdote, y la de muchos otros que se dedican a la misión, es que generalmente somos acogidos por la gente con un cariño que está más allá de lo que merecemos. Las palabras de Jesús: “el que os acoge a vosotros, me recibe a mí” (v.40) las ve cumplidas sobradamente quien honradamente se dedica a la misión.
La experiencia de ser recibidos nos lleva al compromiso de abrir los brazos a todos como virtud fundamental. Se habla mucho de la acogida incondicional en el ámbito de la escucha y el cuidado. Acoger es recibir, dejar entrar en la propia casa, en la propia vida. Me he referido a la dicha que supone para el evangelizador “ser acogido”, aceptado, comprendido en su ministerio. El texto evangélico de hoy se refiere a la acogida que se da a Jesús en sus misioneros, actitud meritoria del “que recibe a un profeta, … a un justo,… a un discípulo” (v. 41). Anima así a los suyos, porque ser misionero tiene también su premio. Pero a su vez, quien recibe al misionero no perderá su paga (v. 42).
Acoger y ser acogido. Amar y ser amado. En activa o en pasiva estos verbos conjugan todo el quehacer de la evangelización.
Nos quejamos a menudo de que la Iglesia no es bien recibida por el mundo contemporáneo. Ahora bien, ¿es la Iglesia acogedora con el mundo? Acoger como Iglesia es “abrir las puertas”, dejar que otros entren en la vida de la comunidad con sus realidades: sus dudas, sus tropiezos, sus peculiaridades. La evangelización ha de estar marcada por la acogida. Y esta ha de ser universal, sin distinción. Acoger también a quienes no parecen merecerlo. ¿Acaso no enseñó Jesús a acoger a publicanos y pecadores?
Con excesiva frecuencia se demoniza y excluye del abrazo fraterno a quienes no cumplen las leyes y exigencias morales prescritos por los cánones para acceder a los sacramentos. Siempre tenemos la tentación de reducir la acogida en la Iglesia sólo a los “puros”, a los ya salvados y dignos de celebrar los Misterios. Esto supondría hacer gala de un refinado cinismo (cf Jn 8,7)
Jesús no ponía trabas a la acogida; vivó con brazos abiertos a todos; nosotros escatimamos ese don. En una encuesta realizada en Canadá hace unos años se preguntaba la razón por la cual la gente no se acercaba a la Iglesia. La respuesta de muchos fue que cuando entraban en ámbitos eclesiales se sentían juzgados y señalados; poco acogidos. ¡Qué distinto de la mirada de Jesús a Zaqueo, a la pecadora pública que le lavó los pies en casa de Simón, al ciego de nacimiento, a Mateo, etc. ¡Tenemos mucho que aprender del Maestro!
Una Iglesia que ama y acoge no suele ser rechazada. Lo digo por algunos que creen evangelizar proponiendo y poniendo normas, leyes y exigencias. Luego, cuando sienten el rechazo, estos mismos evangelizadores, apoyándose en que lo hacen por Cristo, se jactan del mérito de su virtud al ser rechazados. Hay quien confunde la parresía (valentía evangélica) con la obstinación fundamentalista. El anuncio valiente del evangelio no consiste en sacar pecho e imponer a otros doctrinas dogmatistas y cerrados criterios morales, sino en defender la causa de Dios, su amor misericordioso, por encima de cualquier otro valor. Y esto no es cuestión de verdades ortodoxas ni de leyes can, es asunto del corazón.
Si la persecución viene causada por un exceso de amor en defensa de los pobres, los débiles y los pecadores (que no es defensa de la miseria, el poder y el pecado), enhorabuena. ¡Bendita parresía! Forma parte de la dinámica del profeta el ser perseguido y marginado por los poderes instituidos. Pero seamos cautos y no confundamos algo tan serio como el martirio con la parodia de “hacerse el mártir”. Jesús murió crucificado, pero nunca se quejó de la realidad-cruz que le tocó vivir en su momento histórico. Éste es el camino, vivir con brazos abiertos hacia todos, y, con permiso del Maestro, poner la otra mejilla cuando desde dentro o desde fuera vengan los palos. Mucho valor, mucho amor, mucha humildad, mucha paciencia. Cargar la cruz. Cualidades del apóstol.
Concluyendo
Un domingo éste para evaluar nuestro discipulado desde el desapego de afectos subjetivistas y desde la aceptación de la cruz. ¿Amo a quienes no forman parte de mi círculo familiar y amistades con el mismo celo que a éstos? ¿Acepto que los demás puedan no comprender mi fe y mi apostolado? ¿Hasta qué punto me siento acogido por Jesús y acojo a todos como espero ser acogido por Él? Del sentimiento de ser amado y querido por Dios depende mucho la acogida que hago a los demás; y desde mi grado de acogida al otro puedo deducir mi fe en el Dios de la misericordia.
Como telón de fondo de todo lo dicho en el tema, la sentencia de Jesús que proclama: "El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará". En esto del seguimiento lo importante es estar dispuesto a darlo todo, a perderlo todo; que en el lenguaje del evangelio es encontrarlo todo.
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Junio 2026
Casto Acedo.


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