sábado, 1 de noviembre de 2025

Meditar sobre la muerte (Domingo 2 de Noviembre).

Tal vez algunos hayáis recibido ya este escrito, aunque más amplio. Se trata de una breve reflexión sobre la muerte, que considero interesante para el día de difuntos, 2 de Noviembre. Reconozco que algunos esperarían una reflexión más devota; pero aquí me sale la vena más filosófica y experiencial.

 

"Ser para la muerte"

El filosofo alemán M. Heidegger dijo que la persona humana es un ser que no solo nace y muere sino que además, se pregunta por el nacimiento y la muerte; un ser que pregunta y pide una respuesta; y que es consciente de su finitud porque sabe que algún día morirá. Y esta constatación, tan simple de por sí, exige un encaje en la vida, encaje que a su vez dará lugar a decisiones trascendentales sobre el modo de entenderse y conducirse.

El filósofo habla de "ser para la muerte"; la muerte determina la vida; la muerte, que se intuye en un futuro incierto, está ya en el presente marcando el ritmo de los días. Y ciertamente que quien toma conciencia de esto se está abriendo a una vida más auténtica, más ajustada a la realidad, más sabia. 

Podemos constatar, sin lugar a dudas, que nadie podrá morir ni vivir por nosotros. Y esto nos obliga a ser responsables, a responder a los retos que vida y muerte plantean. No podemos quedarnos encerrados en nuestro vivir día a día dando la espalda a la cuestión de la muerte. Aunque muchos lo intenten llega un momento en que no tiene sentido ignorarla. ¿Qué sentido tiene trabajar sin descanso para acumular bienes, mendigar alabanzas y engordar el propio ego con títulos y consideraciones si el mañana es tan incierto como la propia muerte? ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? (Mt 17,26) ¿Merece la pena agobiarse por el mañana?, (Mt 6,34), etc. Son algunas de las muchas preguntas que provoca la muerte y cuyas respuestas han ido elaborando caminos de sabiduría.

Presencia de la muerte

Distinguen los filósofos entre tiempo cronológico, tiempo lineal, externo, cuantificable, homogéneo, mensurable y dividido en instantes (Aristóteles) y duración, tiempo vivido desde dentro, continuo, cualitativo, instantáneo (H. Bergson). Todos sabemos que un día de veinticuatro horas puede vivirse como eternidad por algunos y como momento fugaz por otros. Cuando alguien dice acerca de algo que “se me ha hecho una eternidad”, o confiesa “¡qué pronto se me hace el tiempo que estoy contigo!”, habla de un tiempo distinto al del reloj.

En realidad todo está en el presente, porque sólo el presente existe; el pasado fue y el futuro siempre se escapa; el pasado y el futuro solo existen en el presente. Cuando vivo el presente estoy viviendo, cuando pienso en el pasado o en el futuro la nostalgia o las expectativas ilusas me están sacando del aquí y ahora de la vida.

Sólo en el presente de mi existir me vivo; sólo  vivo el instante. Y aquí es interesante tener en cuenta que la muerte, como futuro que vivo en el presente, me ayuda a disfrutar cada minuto, a saborear cada momento en su instante único. La muerte, que como realidad futura es inexistente, es determinante para leer el presente. En el siglo IV dijo Epicuro que “la muerte no es nada para nosotros, porque cuando nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no existimos”. Sin embargo, ¿no será que la misma vida es muerte? 

Vivir como si la muerte no existiera es un desatino. Hay que aceptar que la vida tiene un fin: morir; y entiendo ese "fin" no sólo como dato cronológico sino también existencial; la finalidad, el fin, de la vida es morir; vivir para morir. Esto si que es un misterio, el misterio cristiano por excelencia, si le añadimos que "morir es vivir"; como si la muerte fuera la semilla donde se encierra la vida para poder ser fructífera (Jn 12,24).  

Merece la pena pensar en esto, y meditar sobre ello. Es un misterio el hecho de que por la muerte de Cristo nos venga la vida y que Él hubiera dicho que el que quiera vivir que muera primero (Mt 1,39). Tampoco se pueden desdeñar las palabras de san Pablo cuando dice que para él morir con Cristo es ganancia (Flp 1,21), idea que santa Teresa expone en su célebre "Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero". La manera de fundir vida y muerte en estos textos revela la mística, el misterio de que quien huye de la muerte acaba perdiendo la vida; y quien la abraza la encuentra (Mt 16,25).


 Meditar-contemplar  la muerte

No hay que ser muy inteligente para entender que no hay nada más cierto que la muerte. De ahí que no podamos hablar de misterio al referirnos no al hecho de la muerte como evidencia física sino al sentido que aporta a la realidad de la vida este acontecimiento.

El filósofo Sören Kierkegaard dio a entender que sufrimos una enfermedad mortal que se llama vida. La ciencia misma advierte que el proceso de la vida biológica se realiza al ritmo de la muerte; las células que hoy componen nuestro cuerpo no son las que existían al principio ni serán las que lo conformen en unos años. El cuerpo, además, envejece y se deteriora por más que le apliquemos potingues que mantengan terso y brillante el cutis. Aunque cuidemos la apariencia de la carrocería, e incluso aunque seamos exquisitos en la alimentación y el ejercicio físico, los órganos internos, el motor, las vísceras, la parte más vital del ser humano, acaban por colapsar y sobreviene la muerte. El cuerpo envejecido dejará de funcionar.

Deberíamos meditar a menudo sobre la muerte, quizá no a diario ni de modo obsesivo, pero sí tenerla en cuenta para dar un sentido sólido a la vida.  Es verdad que la inevitabilidad de la muerte puede ser ignorada; pero en ese caso estaríamos negando una parte de la realidad que nos afectaría. Quien la acepta y se hace amigo de la muerte puede aspirar a superar el miedo  haciendo de ella una aliada en su día a día.  Vivirse desde la muerte es entenderla y abrazarla como fuente de sabiduría. 

¿Qué sabiduría y beneficios aporta la contemplación de la muerte a la vida espiritual? El primer beneficio de meditar sobre la muerte es que muchos problemas se evaporan sólo con esta práctica. Porque aceptando la muerte consigues de principio soltar la obsesión por el cuerpo y los apegos a bienes materiales que son sobrevalorados ignorando que algún día habrán de dejarse.  

Un segundo beneficio es que la muerte enseña a considerar que todos participamos del mismo destino, y con ello se fortalece el espíritu compasivo al constatar que la muerte no es sólo cosa mía, es común a todos, tiene un aspecto comunitario que me mueve a sentirme más unido al sufrimiento y el destino de todas y cada una de las personas.

Y el tercer beneficio es que contemplando la muerte, y más en concreto mi muerte, aprendo a entenderla como parte de mi ser, y eso me ayuda a no temerla sino a amarla; y desde ahí  puedo acceder a una gran paz interior; y desde esa paz inclinarme a llevar una vida más ética y bondadosa, con desapego de este mundo y amor a las virtudes eternas. Lo realmente nefasto es la muerte interior, que se da cuando se pone la vida en las posesiones y los placeres mundanos. Todo lo que vemos y disfrutamos ahora, algún día dejará de existir  (Lc 21,6).

Conversión desde la cercanía de la muerte

Son numerosos los casos conocidos de personas que tras pasar por una experiencia cercana a la muerte han dado un giro total a sus vidas. Ese suceso supuso para ellas un auténtico despertar a la vida espiritual. A partir de ahí se plantearon: “¡tengo que cambiar mi vida”!.

En el crecimiento espiritual se puede llegar incluso a dar gracias a Dios por la “hermana muerte”, como canta san Francisco de Asís: “Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar".  Es consolador que san Francisco llame "hermana" a la muerte.

Un ejemplo admirable y actual de lo mucho que se puede aprender al tocar de cerca, meditar y contemplar el acontecimiento de la muerte lo tenemos en Franz Jalics (1927-2021), místico de nuestro siglo. Él cuenta dos momentos en los que la cercanía de la muerte le abrió el alma y le puso en las puerta de entrada a una vida más espiritual y plena. 

El primer momento le ocurrió en 1945 durante un bombardeo.  Cuando tenía diecisiete años, fue movilizado como cadete para participar en la Segunda Guerra Mundial y vivió en Nuremberg la experiencia de sentirse víctima de un ataque aéreo . En medio de la explosión de las bombas, y ante la posibilidad inminente de morir, sintió un terror intenso. Sin embargo, en ese mismo instante, experimentó una paz profunda y una revelación espiritual poderosa: “Vi la vida eterna… Yo soy Dios, soy uno con Él.”

Percibió que Dios era uno con su ser, una experiencia de unidad que cambió radicalmente su comprensión de la vida. Este suceso quedó grabado como la vivencia que definirá luego  el sentido de su misión espiritual: mostrar que Dios está presente en todas las dimensiones de la existencia. Así lo narra en primera persona:

"Si bien yo sabía ya a los seis años que sería sacerdote, la experiencia fundamental de mi vida fue a los diecisiete, en el bombardeo de Nüremberg. Fue ahí donde tuve la principal revelación de mi vida y donde se me hizo claro que mi misión en el mundo era mostrar el camino contemplativo, es decir, que Dios estaba en todo. Es evidente que entonces no podía saber todavía el cómo apostólico, pero sí el qué. La experiencia del miedo y de la rabia por no querer morir se me quedó grabadísima, pues fue en ese instante cuando vi, aunque apenas fueran un par de segundos, cómo es Dios uno conmigo. "Yo vi la vida eterna", podría decir. O, más aún: "Yo soy Dios, soy uno con Él".
Tras esta experiencia tuve que acabar el bachillerato y, dos años después, entré en el noviciado jesuita, donde ya a los diez días me atreví a decir a uno de mis compañeros que todos aquellos incontables actos de piedad que estructuraban la jornada estaban muy bien, pero que todo eso era innecesariamente complicado. Quiero decir que desde muy joven era consciente de que había que simplificar; y ello porque lo que yo había visto de Dios durante el bombardeo de Nüremberg era totalmente simple. Más tarde, en Argentina, en diversos grupos y en diálogo con otras religiones, empecé a desarrollar esta intuición de la simplicidad de la contemplación.
Un segundo momento experiencial donde vió Jalics la cercanía de la muerte tuvo lugar al sufrir un  secuestro y detención en Argentina (1976). Durante cinco meses, detenido por la dictadura argentina, permaneció en prisión, esposado y encapuchado. Esta experiencia de vivir sin saber cada día si sería el último supuso para él una noche oscura que solidificó su camino espiritual.  La idea de morir en cualquier momento estuvo siempre presente.

Durante ese confinamiento, recurrió constantemente a la oración del nombre de Jesús como mantra y soporte espiritual. “No fue el sufrimiento físico lo más duro, sino el proceso espiritual que me llevó a una profunda limpieza interna”. Esa purificación le permitió luego construir su método de oración contemplativa y asistencia espiritual.


Conclusión 

Como en el caso de Franz Jalics, a muchas personas la experiencia - meditación -contemplación sobre la muerte, les ha conducido a un cambio radical de valores y de vida que se pueden resumir así:

* Dejar atrás el miedo, la ansiedad y el egoísmo. Entre los miedos que se dejan atrás al abrazar la muerte están  el de la inseguridad económica, la enfermedad o la misma muerte física.  Y como consecuencia se vive una experiencia de libertad que lanza a quien la posee a vivir de un modo nuevo, siguiendo con entusiasmo la vocación de amor a la que se siente llamada por Dios. 

* Otro beneficio fruto de la aceptación de la muerte es que se gana en simplicidad. La vida no es tan complicada cuando se acepta en su curso natural y en su limitación temporal. Desde ahí se aprende a vivir en el presente, descubriendo a Dios como Presencia amorosa y auténtica. 

* Y, de telón de fondo, se da una unificación con el Todo y con todos; espontáneamente se  adopta una espiritualidad basada en la reconciliación interna, el perdón y el silencio contemplativo. Se pasa a vivir en la "comunión de los santos", sabiéndose uno entre tantos que ya recorrieron el camino de la vida  y otros tantos que lo recorren con uno. Las barreras que hasta entonces me separaban de la humanidad desaparecen; cada ser humano es mi hermano, y cada ser vivo es mi compañero de viaje. Sé que cuando llegue al final seremos todos iguales, porque nos iguala el amor de Dios, que no hace distinción ni acepción de personas (Lc 20,21; Hch 10,34; Rm 2,11; Gal 2,6).

Meditar y contemplar la muerte no es, por tanto, un ejercicio de prevención de vicios por el miedo al infierno; tampoco es una invitación al pesimismo; es una oportunidad para crecer en el espíritu. 

La consideración de la fragilidad de la vida y las experiencias de vulnerabilidad, cuando se miran desde el proyecto de Dios, conducen a un cambio interior necesario para que  dejando atrás lo que antes considerábamos importante, caminemos con esperanza hacia el futuro glorioso al que da paso la experiencia de la muerte (cf Flp 3,8-11).

Noviembre 2025
Casto Acedo

jueves, 30 de octubre de 2025

Solemnidad de Todos los Santos (1 de Noviembre)

 

EVANGELIO, Mt 5,1-12.

Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los humildes, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor 

*



Puedes acercarte a este texto evangélico queriendo extraer de él unas enseñanzas prácticas para la vida, tales como "tengo que vivir pobre, practicar la misericordia, mantener limpia mi alma, ser pacífico, etc". Pero si te limitas a ver en las bienaventuranzas una simple versión  actualizada de los diez mandamientos no has calado en su hondura.

Estos dichos de Jesús son algo más que una invitación a ser mejores; eso sería sólo un efecto colateral de su contemplación. Las Bienaventuranzas son, antes que un discurso programático,  un discurso autobiográfico, una autobiografía de Jesús. No hay nada que se diga en ellas que el mismo Jesús no haya vivido, ratificando que en Jesús palabra y acción, dichos y hechos están en perfecta armonía.

Por esto hoy, día de Todos los Santos, te invito a contemplar a Jesús, el Santo entre los Santos, el Santísimo, tal como nos lo retratan los aforismos que llamamos bienaventuranzas y que pronuncia Él mismo ante la muchedumbre como introducción  del llamado Sermón del monte (Mt 5-7). En cada bienaventuranza puedes pensar en algunos "santos" que la han vivido o la viven de modo especial. Es hermoso comprobar como Jesús, por medio de ellos, "por la comunión de los santos", sigue enteramente manifestándose al mundo.

1. Bienaventurados, dichosos, felices, los pobres, dice Jesús. Y basta mirar su nacimiento o su vida pública para reconocer en Jesús a Aquel que “siendo rico se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza" (2 Cor 8,9). Se despojó de su rango, dirá también san Pablo (Flp 2,7). Y el mismo lo dirá de sí: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8,20). 

* ¿No vivió de sete modo san Francisco de Asís, enamorado de la dama Pobreza, despegado de todos los bienes, libre como el viento para anunciar el evangelio de la alegría allá por donde andaba? Si algo caracteriza a un santo es su liberación de las ataduras mundanas y su abandono total a la providencia de Dios.

2. Bienaventurados los mansos. No me gusta la palabra "mansos" por lo que de connotación negativa tiene en nuestra cultura, yo diría mejor  "pacientes, dóciles a la voluntad de Dios". Así se reveló Jesús: "manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). No dejó de mostrarse bravo ante lo que consideró un atropello a los derechos de Dios cuando en el templo arrojó al suelo las mercancías, echando afuera a los bueyes y abriendo las jaulas de las palomas; pero nunca se mostró impaciente con las personas; al contrario, tuvo paciencia con todos, especialmente con los discípulos, a los que les costaba tanto ir asimilando su mensaje. 

*Recuerda la paciencia de san Felipe Neri con niños y jóvenes: "sed buenos... si podéis", les decía. O la mansedumbre de san Francisco de Sales que, aunque de temperamento colérico, dedicó años a dominar su carácter para imitar a Jesús;  su compromiso y configuración con Él lo convirtió en un modelo de amabilidad, bondad y autocontrol, lo que le valió el título de "el santo de la amabilidad" o "el santo gentil".

3. Felices, bienaventurados, los que lloran. Como hizo Jesús camino de Jerusalén "al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: ¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos! "( Lc 19,41-42).  Es tal la compasión de Jesús, su condolencia con la humanidad, que asume como propio el dolor y el sufrimiento humano y llora por todos. Como  hizo con ocasión de la muerte de Lázaro y el duelo de sus hermanas: "¿Dónde lo habéis enterrado?. Le contestaron: Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería!" (Jn 11,34-36). Las lágrimas no son siempre y necesariamente signo de debilidad o miedo; en ocasiones son también muestra de solidaridad y compasión por los que sufren. Y signo de la vulnerabilidad propia de un gran amor. Las lágrimas nos hacen humanos, y nos felicitamos por ello con Jesús, Dios humanado. 

*San Oscar Romero lloró en varias ocasiones al ver la injusticia, la pobreza y la violencia que sufría el pueblo salvadoreño, su rebaño. Y de un modo especial lloró y pasó la noche en oración tras el asesinato de su amigo, el padre Rutilio Grande; y desde entonces decidió dedicarse  al servicio de los pobres y a denunciar con valentía las injusticias. Sus lágrimas le dispusieron al martirio.

4. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que viven anhelando un mundo mejor.  "Pasó haciendo el bien" (Hch 10,38). Se preocupó por los necesitados, por dar pan a los hambrientos, salud a los enfermos y ánimo a los desesperados. "Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9,36). Su muerte fue consecuencia de su defensa de la persona frente a la hipocresía de las estructuras religiosas farisaicas y la tiranía de los poderes políticos. Su condena a muerte se debió al deseo de los privilegiados de acallar  su libertad de palabra y de acción en favor de los desfavorecidos. Y se justificó como virtud lo que sólo fue un crimen detestable. "Conviene que muera un solo hombre por el pueblo" (Jn 18,14). 

*Santa Teresa de Calcuta sintió sed y hambre de justicia, y dedicó su vida al servicio silencioso, la compasión y el amor concreto a los más pobres, a quienes veía abandonados como ovejas sin pastor; decía "no podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con gran amor",  y también decía: "la mayor injusticia es no amar"

5. En un mundo donde la venganza y el revanchismo no están del todo mal vistos, Jesús predicó y practicó la misericordia, el perdón. Felices los misericordiosos. Incluso en las circunstancias más delicadas, en medio del dolor, la soledad y el sufrimiento de la cruz, Jesús gritó orando por los mismos que le daban muerte: “Padre, perdónalos” (Lc 23,34).

*En el mismo trance que Jesús, San Esteban, mientras era lapidado por dar testimonio de la fe, "cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y, con estas palabras, murió" (Hch 7,60). 

6. También nos felicitamos con Jesús, y le felicitamos, como no-violento e incansable trabajador por la paz. No tengáis miedo, decía; el miedo genera pasividad, o violencia y rechazo. "La paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14,16). Jesús trabajó por esa paz que es algo más que el silencio de las armas. La paz es felicidad porque serena el corazón y lo llena de alegría. La paz no es fruto del miedo sino del amor y el perdón. Esta es la paz de Jesús.  Dios Padre "reconcilió todas las cosas,  las del cielo y las de la tierra, ¡haciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col 1,20).

*San Juan XXIII, papa; escribió Pacem in Terris (Paz en la Tierra), un documento histórico que clama por la paz mundial, basada en la verdad, la justicia, la caridad y la libertad. La encíclica apelaba a todas las personas de buena voluntad, no solo a los católicos, a buscar una solución pacífica de los conflictos. No hay santo que no haya sido agente de reconciliación; porque quien vive en el amor ilumina a quienes desean apartarse de la violencia.

7. Que se feliciten también en Jesús los que sufren persecución por causa de la justicia. Dichoso Jesús, que vivió en carne esa persecución de parte de las autoridades. Dichoso, porque no traicionó su misión de justicia sino que la completó con su muerte en la cruz. Quien predica un mundo justo, fraterno, que hace de la igualdad bandera, corre el riesgo de ser difamado, marginado e incluso asesinado, por aquellos que no quieren renunciar a su posición de poder. Estos perseguidos no son felices por sufrir persecución, sino porque su causa es de Dios, y tienen razones para estar satisfechos de su entrega. 

* Así fue santo Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra, ejecutado por negarse a aceptar la suprema autoridad del rey sobre la Iglesia; patrono de la libertad de conciencia que murió defendiendo su convicción moral y la justicia para la fe que profesaba. ¡Cuántos santos -ya mencionamos a Oscar Romero- han sufrido y sufren persecución en lugares donde las fuerzas del mal no soportan la presencia de la justicia y la bondad!

8.  Jesús fue vejado y se burlaron de él (cf Mt 27,27-31). Felicidades, en fin, a todos los que con Jesús y por Jesús sufren calumnias, injurias y mentiras;  los que son ridiculizados o rechazados por poner en la mesa del mundo el nombre de Dios; los que no se avergüenzan de ser y llamarse discípulos de Jesús. Tienen motivos para estar contentos y felices por su valentía y coherencia al defender con todo empeño la libertad y el derecho a creer y practicar la fe.

*Son innumerables los santos y mártires que sufrieron vejaciones y calumnias por su condición de discípulos de Jesús. Muchos seguidores suyos han sido insultados y calumniados por quienes se resisten a dar la razón a Dios en ellos. El mismo Jesús dijo a los suyos: "llegará incluso un día en el que  quien os dé muerte pensará que da culto a Dios" (Jn 16,2).


* * *
Como puedes ver, cada una de las bienaventuranzas  pueden y deben mirarse teniendo como  trasfondo la figura de Jesús. Es más, solo contemplando su obra y su entrega, su muerte y su resurrección, tienen sentido. Pero también están escritas las bienaventuranzas en la piel de la Iglesia, cuerpo de Cristo; sobre todo en la Iglesia triunfante, aquellos que "han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap 7.14). En Jesús y en la Iglesia del cielo las bienaventuranzas del Reino alcanzan la perfección.

Hoy nos alegramos por este gran regado de Dios: el don de su Hijo y su mensaje de felicidad. Y también nos alegramos por los que, siguiendo sus huellas, fueron felices como Él lo fue. No puedo imaginar a Jesús ni a ninguno de los santos cristianos  como personas tristes. Fueron felices en la tierra y lo son ahora vivos por siempre en la casa del Padre.

Pero bajemos la mirada también a la tierra, porque los que aún vivimos en ella estamos también de fiesta; porque “somos santos” . A los primeros cristianos se les denominaba, y san Pablo lo hace a menudo en sus cartas, como “los santos” (cf Rm 1,7); porque lo eran. Santo es el objeto o la persona que se separa de la maldad del mundo y se consagra a Dios. En el bautismo fuimos apartados para Él; el sacramento nos ha hecho santos. Somos parte de la Iglesia que vive en la "comunión de los santos"; ellos, los que llegaron, forman parte de nosotros y nosotros parte de ellos. Nosotros en la Iglesia peregrina, ellos en la Iglesia triunfante. Es verdad que quienes seguimos caminando por la historia estamos expuestos al pecado, pero no por eso vivimos abandonados de Dios.  Dios sigue estando en nosotros santificándonos con su gracia. Ser santo no es un título nobiliario, es un don y una tarea.

Alegrémonos con los mejores hijos de la Iglesia, los santos del cielo, y ojalá un día los "santos y pecadores" que aún vivimos en tránsito por el mundo,  gocemos con ellos de la  plenitud de la gloria de Dios que ahora participamos en la esperanza y los sacramentos. Y, mientras nos llega el momento final, no olvidemos que nuestra vocación no es al sufrimiento y la muerte sino a la felicidad y la vida. No permitamos que la tristeza ahogue nuestras aspiraciones a vivir el día a día en la santidad y el gozo del Señor.

Bendiciones en la Solemnidad de Todos los Santos.
Noviembre 2025
Casto Acedo

jueves, 23 de octubre de 2025

30º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C (26 de Octubre)

 

 EVANGELIO Lc (18,9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

¡Palabra del Señor!

* * *
Puedes enfocar tu vida desde el exterior o desde el interior, desde la fachada o desde dentro de casa. Según decidas así serán tus cuidados y desvelos. Te desvelarás por cultivar tu imagen o bien te preocuparás ante todo por tu estado de ánimo interior . Tienes que decidir donde pones tu atención. Lo que no puedes hacer es comer y cantar, nadar y guardar la ropa, apoyar tu vida en brillos exteriores y al mismo tiempo gozar  de solidez interior; la vida auténtica es única y no se puede desdoblar; es un error querer llevar una doble vida. Lo dice el evangelio: “no  se puede servir a dos señores” (Lc 16,13).

La parábola que hoy te pone el Señor pretende desenmascarar el fariseo que hay en ti, ese ego que tienes, que presume de virtuoso pero es amante del vicio, que cuida la apariencia ignorando el fondo, que teme ser visto en su pobre realidad y se defiende ocultándola tras una máscara fantástica.

Dos hombres van al templo a orar. Sus maneras de rezar muestran cómo un mismo acto puede ser bueno o no; lo que  justifica o hace bueno un acto es la actitud con que se ejecuta. En la parábola uno va al templo a presumir, otro a humillarse ante Dios. Ya de principio aprendes de la parábola que puedes orar desde tu realidad o desde tus sueños, desde tu verdad o desde tus mentiras.

El fariseo

El fariseo, en realidad, no ora, porque no se pone él mismo ante Dios. Observa cómo se describe: “no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano”. No se define por lo que es sino por lo que no es. Me recuerda a mí mismo cuando critico a alguien; lo que hago, más que condenar al otro, es justificarme yo. “Mira ese, bla, bla, bla, pero -pienso en mis adentros- yo no soy así”.

El fariseo me recuerda a mí mismo cuando evalúo lo bien que hago las cosas, las alabanzas que me merezco, lo injustas que son conmigo las personas que me rodean o lo injusto que es Dios que no tiene en cuenta mis desvelos por Él y por su Iglesia. ¿Acaso este soy yo? ¿O es ese ego que me he inventado para estar contento conmigo mismo sin crear problemas a los demás?

El fariseísmo es un vicio muy sutil; te encierra en una jaula de oro de la que cuesta salir porque hasta cierto punto es cómoda; ¡se está tan bien en ella!. ¿Cómo no felicitarme y jactarme de las alabanzas que otras personas me dirigen? ¿Quién va a negar -mas allá de un educado “por Dios, no lo merezco”- que me gustan los reconocimientos y  homenajes? ¿No te has deprimido nunca al menos un poco porque crees que no te han tratado o recibido como crees que mereces? ¡Quién se habrán creído que soy! ¿Un cualquiera?

Fíjate bien en para quién propone Jesús esta parábola: para  ”algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. Este soy yo, y si no me reconozco debería cerrar el evangelio, porque no me estoy enterando de nada.


El pecador

El publicano, sin embargo, no se considera mejor que el otro; simplemente reconoce lo que es, y desde su ser pobre, débil y pecador se relaciona con Dios. No hace, como el fariseo,  un monólogo consigo mismo; en su oración hay diálogo, porque no se presenta ante Dios como querría ser sino como es, y desde su ser real habla con Él. Le gustaría ser humilde, pero le come la soberbia; sabe que debe perdonar a quien le ofende, pero no lo consigue; sufre arranques de violencia que no consigue frenar; se deja llevar por la gula, la envidia y la lujuria,  ante las cuales se siente incapaz, etc. ¿Entiendes ahora por qué santa Teresa dice que “humildad es andar en verdad”? El publicano está en la verdad de sí mismo, mientras que el fariseo vive en la mentira.

El publicano no es, en lo exterior, mejor que el fariseo; pero reacciona no ocultando su pecado a sí mismo y a Dios, sino poniéndolo delante y pidiendo a Dios que se apiade de él. Ha entendido que Jesús no ha venido para los justos sino para los pecadores (Lc 5,32 y sabe que difícilmente curará su enfermedad si no comienza por reconocerla y confesarla al médico.

Podríamos llamar a esta parábola la de “los dos pecadores”, como lo es en la parábola del Hijo pródigo (cf Lc 15,11-31), uno que reconoce el error que comete al vivir lejos del Padre (“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”)  y otro que vive lejos pero se cree que está en casa: “Tantos años como te sirvo y a mí nunca me has dado un cabrito, y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

* * *

Es evidente que Jesús, tal como muestran los evangelios, es indulgente con los pecadores que se reconocen como tales, como si pasara por alto el mal que hicieron y del cual se sienten avergonzados o arrepentidos. Con ellos se muestra Jesús misericordioso. Sin embargo, a los fariseos le reprocha que no sean capaces de ver sus propias mentiras y contradicciones; éstos se justifican porque creen que no hacen nada malo; Jesús, sin embargo, los confrontará diciéndoles que, si bien es verdad que aparentemente no hacen nada malo, lo que les desacredita es que tampoco hacen nada bueno; cumplen con los ritos exteriores, pero se olvidan del amor y la justicia debida a los hermanos. Ni entran en el Reino, porque se creen estúpidamente en él,  ni dejan entrar a otros, porque los miran con desdén -"¡yo no soy como esos!"- y no soportan que nadie les haga sombra; esto es lo que le duele a Jesús y le lleva a lamentarse por ellos (cf Mt 23,1-36).

Un buen domingo este para mirarte en tus adentros y desenmascarar al fariseo que te habita (ego arrogante y pagado de sí mismo) y dejar que el publicano (pecador arrepentido) que eres te enseñe a vivir en el camino de la humildad: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. 
* 
¡Feliz domingo!

Octubre 2025

Casto Acedo

miércoles, 15 de octubre de 2025

29º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C (19 de Octubre)

EVANGELIO Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.

«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”.

Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.

Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

¡Palabra del Señor!

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El domingo pasado, a partir de la narración de la curación de los diez leprosos, de los cuales sólo uno volvió para dar gracias, veíamos dos modos de oración: la de petición “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”, y la de acción de gracias, uno de los diez leprosos curados “se volvió y se postró a los pies de Jesús dándole gracias”. 

Hoy el evangelio nos indica otra cualidad importante en la oración y por extensión a la vida cristiana: la perseverancia, que junto a la humildad, que se dejará ver en el evangelio del próximo domingo, completan toda una lección para quienes desean llevar una vida según Cristo.

Hablar de perseverancia en la sociedad que el Papa Francisco llamó de la "rapidación”, donde se vive de manera acelerada y teniendo el consumo como objetivo prioritario, parece un atrevimiento mayúsculo; porque la perseverancia requiere paciencia, virtud poco amada por una cultura que lo quiere todo ya mismo y no se resigna a esperar a mañana. 

La mayoría de los fracasos en la vida espiritual suelen tener como trasfondo la impaciencia. Se comienza a caminar en solitario, o en grupos de fe, con ilusión; algo normal si se tiene en cuenta que a la entrada en religión le suele preceder una vida de "cansancio vital". Pero más tarde o más temprano, el ideal de vida feliz que se esperaba de lo espiritual muestra su cara oculta: el aburrimiento y el hastío. 

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La sociedad de consumo lo invade todo. No podemos negar que esta sociedad transforma a los alumnos de la universidad en proyectos de rentabilidad,  a los ancianos en clientes de geriátrico, al obrero en máquina de producción, al periodista en propagandista, al político en clérigo del bienestar o al intelectual en inventor de slogans. Lo dicho: todo para "ya mismo"; y la madurez requiere tiempo.

La espiritualidad y la religión no escapan a esta contaminación consumista. ¿No son consumistas las primeras comuniones, las bodas, los bautizos, e incluso las confirmaciones? La celebración de los sacramentos está cada vez más como orientada al consumo, y como tal requiere rapidez, desconexión con el espíritu crítico y sometimiento a los deseos superficiales de quien los recibe y al beneficio de quienes negocian con ellos. Es duro decirlo, pero muchos sacramentos de la Iglesia (bautismos, bodas, comuniones) giran más sobre el consumo material que sobre la fe. No hay tiempo (falta paciencia) para interiorizar con una preparación adecuada y discernida espiritualmente. El tiempo es oro, un capital necesario para crecer espiritualmente, pero lo hemos corrompido al hacer de él un instrumento al servicio de un rápido enriquecimiento. Así lo denunciaba Amós hace unos domingos: Ay de los explotadores que "exprimen al pobre y despojan a los miserables diciendo:¿cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para vender el grano?" (Am 8,5). Sufren la lentitud del calendario, tienen prisas para hacer el mal, les falta paciencia y perseverancia para el bien.

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Una vida espiritual auténtica sólo es posible desde la perseverancia en la fe. Santa Teresa insiste en ello:  "Tornando a los que quieren ir por él (camino de perfección o viaje divino) y no parar hasta el fin, ... digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo..." (Camino, 21,2). Parece que la santa está describiendo la tenacidad de la viuda frente al juez injusto.

Sin perseverancia no hay avance en la vida interior. La viuda del evangelio espera justicia, pero las circunstancias no son las más apropiadas. La definición que por dos veces se da del juez de la parábola es lacónica y pone en evidencia el muro con el que se encuentra la fe, la realidad de un mundo “que ni cree en Dios, ni le importan los hombres”. ¿No es el ateísmo y la indiferencia una buena definición del ser íntimo del consumismo? Sólo me importo yo y mis intereses.

Queda claro que el mundo del consumo no está por la labor de mirar a Dios y potenciar el espíritu fraternal de la comunión de bienes. Por eso, como el juez de la parábola, no hace caso al Evangelio. 

Pues bien, en un mundo de increencia e indiferencia toca hoy ser cristianos. ¿Cómo? Con ingenio y perseverancia en buscar y practicar lo que es justo y verdadero. Esto sólo es posible desde la constancia en la escucha orante de la Palabra de Dios; la oración constante para no dejar resquicio al diablo (Ef 4,27) es un buen  antídoto para afrontar la seducción del consumismo; y sólo desde la perseverancia en ella tendrá éxito la lucha por la justicia más allá de los convencionalismo políticos y sociales.

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La viuda tenía motivos para desilusionarse y abandonar su militancia espiritual, pero no lo hizo, y siendo persistente día a día en su clamor logró derribar el muro del ateísmo y la desidia que parecían infranqueables. 

La conclusión de la parábola es clara: la perseverancia, hija predilecta de la fe, todo lo alcanza.  Viene muy bien aplicar esto a nuestra vida personal (formación, oración, práctica de la caridad), eclesial (¿quién ha dicho que un persistente anuncio del evangelio no puede derribar el individualismo y el consumismo sacramental?) y social (si quieres puedes, quien no cesa en su empeño por cambiar el mundo lo puede lograr).

Termina el texto evangélico, y yo termino este comentario, lanzando al aire la misma enigmática pregunta de Jesús tras ensalzar la perseverancia de la viuda. “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Para pensárselo. 

¡Feliz domingo!
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Octubre 2025
Casto Acedo. 

jueves, 9 de octubre de 2025

28º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C (12 de Octubre)

Hoy prevalece el domingo sobre la fiesta de la Nuestra Señora  del Pilar. No obstante, por motivos pastorales se puede celebrar la fiesta mariana en la liturgia del domingo. Al final van unas notas que pueden ayudar a enfocar el evangelio desde la figura de la Virgen María.  

EVANGELIO 
Lc 17,11-19

“Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
-«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo:
-«Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo:
-«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo:
-«Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

¡Palabra del Señor!

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“Jesús, maestro. Ten compasión de nosotros”. Hermosa oración para ser pronunciada con los labios del cuerpo o del alma acosados por la enfermedad. “¡Jesús, maestro, ten piedad de mi!”. ¿Quién no ha gritado así alguna vez pidiendo ayuda a Dios? ¿Y quién no ha sabido alguna vez que su grito fue escuchado, que el cuerpo sanó tras la enfermedad, el alma se calmó tras la tormenta o el ambiente de nubarrones se despejó?

Las experiencias de sanación física o espiritual forman parte de nuestra vida; por ello deberíamos mirar el pasar de los días con ojos cada vez más positivos. Porque muy a menudo caemos en la negatividad del “todo está muy mal”, “la cosa se está poniendo  fea”,  “hasta dónde vamos a llegar”, etc. Lo negativo ejerce sobre nosotros una atracción que, curiosamente, no le permitimos a lo positivo.

Parece ser un vicio muy humano el de vivir instalados en la cultura de la queja, cerrando la puerta a la luz que proporciona la mística del agradecimiento. El evangelio de hoy parece ratificar esa tendencia mayoritaria a no disfrutar lo que recibimos; diez son curados de la lepra física, pero sólo uno se curó de su propio egoísmo. “¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, dónde están?.

Sólo uno de los leprosos fue lo suficientemente contemplativo como para darse cuenta de que su curación  no fue a consecuencia, ni de su grito oracional ni del cumplimiento del rito de presentarse a los sacerdotes; sólo uno trascendió su mente y percibió en el corazón que fue el poder de Jesús, la confesión de su nombre, la causa de su sanación. Diez fueron insistentes en su oración de petición, sólo uno, el contemplativo, meditó en lo recibido y alabó a Dios dándole gracias. Diez tuvieron delante a  Dios, sólo uno lo vio.

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Cada día despierto al milagro de la vida. Sale el sol, o el cielo gris cubre el firmamento y me bendice con la lluvia; puedo levantarme de la cama por mi pie; desayuno permitiéndome elegir tomar unas tostadas con café solo o con leche, o té, o zumo de frutas; salgo a la calle y me encuentro con amigos a los que dar los buenos días; me traslado al trabajo con comodidad andando, tomando el autobús o conduciendo mi propio vehículo; realizo mi trabajo y tomo una pausa para tomar un refrigerio; regreso a casa donde me espera la familia para compartir el almuerzo; luego de recoger todo disfruto un ligero y distendido descanso en el sofá hasta el momento de distraer la tarde compartiendo juego o deberes con mis hijos, dedicado a alguna afición, haciendo alguna compra fuera, o tomando algo en el bar de la esquina;  al caer la noche ceno en familia, veo un poco de televisión y me retiro a descansar.

No me falta nada, tengo todo lo necesario para vivir; o eso me parece. Pero hay algo esencial que falta en mi día a día. En mi andadura diaria, tal como la he presentado, faltan tiempos de silencio y oración, momentos de pausa en medio del ajetreo para percibir que mi vida no es una rutina programada; faltan espacios de serenidad para abrir los ojos y ser consciente del milagro de la vida que se me está concediendo. Echo de menos ahí un tiempo de oración para dar gracias. Puede ser la celebración de la misa -eucaristía es acción de gracias- u oración personal en casa o en alguna iglesia, capilla o ermita. En todo caso, momentos de despertar al presente con gratitud.

Sólo uno de los diez leprosos se volvió a dar gracias; lo cual indica que sólo uno de diez despertó al milagro de vivir. Sólo uno era hombre de oración contemplativa. Su acción de gracias le abrió a la sanación espiritual que está más allá de lo que se ve a simple vista; “levántate, vete, tu fe te ha salvado”, 

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El evangelio de hoy te está invitando a abrir en tu vida espacios de oración, a hacer pausas para mirar dónde estás, para abrir los ojos y ver la suerte que tienes al estar aquí, ahora, vivo; momentos para pararte, vivir el instante, y estar agradecido por todo lo que recibes sin ni siquiera merecerlo. Tu horario, para ser completo, debería incluir tiempos para la oración, para alimentar, además del cuerpo y la mente, el espíritu que eres. No te basta vivir como un vegetal o un animal. Además de carne e instinto de supervivencia, Dios te ha dado también un espíritu que participa del suyo, que te hace libre y capaz de tomar tus propias decisiones. La vida no se te da predeterminada sino abierta a un futuro que puedes elegir. Pararte y hacer silencio, orar y meditar, es tomar consciencia de los dones recibidos, es sonreír mientras te disfrutas vivo y miras con entusiasmo el horizonte a fin de seguir caminando por las sendas de la gratitud.

Insisto: diez fueron curados, sólo uno vuelve para dar gracias. Curiosamente un samaritano, el que menos esperaba un judío que fuera virtuoso. Los otros nueve volvieron a su vida anterior; seguramente olvidaron pronto el don recibido, o simplemente lo asimilaron como algo que merecieron por sus méritos. Nueve volvieron a su vida de siempre, sin haber logrado una mirada profunda sobre ella. Tras la alegría del momento resurgiría la insatisfacción y su ser profundo, que no había cambiado en la prueba de la enfermedad, volvería a la queja; ahora no por la lepra sino por cualquier otra causa. Cuando el fondo no cambia, la vida tampoco. ¡Siempre encontramos razones para la queja! Ay, si…

Este domingo Jesús quiere que hagas balance de tus quejas y tus gratitudes. Mira que tienes más razones para agradecer que para quejarte, aunque ya sabes que te has educado para lo segundo. Tus automatismos mentales son comunes a los de tu sociedad: “el que no llora no mama”, “el que no se queja no saca nada”, … ¡Qué triste!. No te fíes de esta filosofía;  despierta a la vida y mira por cuántas cosas puedes dar gracias hoy.

¿Quién es más feliz? ¿El que se queja de todo o el que todo lo agradece? Responde tú mismo o tú misma a la pregunta y extrae de tu respuesta la sabiduría que necesitas para ser feliz. Esto es orar, abrir los ojos a la realidad presente y hacer ejercicios de agradecimiento.

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Otro comentario a la liturgia de este domingo 

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Fiesta de Nuestra Señora del Pilar 

Celebramos a la Virgen María como patrona de la Hispanidad; y al hilo del Evangelio de este domingo, que nos incita a la gratitud y la generosidad, no podemos menos que dar gracias a Dios por el don de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra.

Damos gracias a Dios porque María es para nosotros “salud”, y podemos dirigir a ella la misma oración de los leprosos a Jesús: “Señora nuestra, ten compasión de nosotros”.  Jesús orienta a los leprosos para que se dirijan a los sacerdotes; María nos dirige a su Hijo: "Haced lo que Él os diga" (Jn 2,5)

Tuvieron fe los leprosos, y ni siquiera hubieron de llegar a los sacerdotes para quedar limpios. ¡Qué importante es la fe! Por la fe en la palabra de Jesús se realiza el milagro de la curación, algo que nos recuerda las enseñanzas del domingo pasado: “El justo vivirá por su fe” (Hbc 2,4). “«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería” (Lc 17,6). 

Cuando hablamos de “Virgen del Pilar” estamos hablando de María, imagen y ejemplo de fe. El pilar es Cristo, y María se asienta en la fe en la promesa de que Dios, revelado en su Hijo, no defrauda. “Fíat. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). La fe facilita y colabora a hacer posible el milagro de la Encarnación; asentarnos en la Roca que es Cristo (1 Cor 10,4), creer su Evangelio, es el principio de toda sanación-salvación; "la fe es garantía de las cosas que esperamos y certeza de las realidades que no vemos" (Hb 11,1). La fe, algo aparentemente banal, es garantía de seguridad y prosperidad en el futuro; con fe podemos salir adelante en todos los proyectos que nos propongamos,  algo que pedimos hoy a la Virgen como Patrona de la Hispanidad.

La fiesta de hoy está muy unida a la Solemnidad del apóstol de Santiago que celebramos como  patrón de España el 25 de julio; de él se dice en su Prefacio que “con su guía y patrocinio se conserva la fe en España y en los pueblos hermanos y se dilata por toda la tierra”. Fe y misión son las palabras claves que definen a Santiago, las mismas palabras que definen a María del Pilar: asentada en la Roca con su fiat, y misionera que acerca al mundo la salvación.

Pidamos para España y los pueblos hermanos profundizar en la fe que recibimos del Apóstol, y en la cual la Virgen nos acompaña; y no dejemos de solicitar y actuar el impulso misionero que difundió el Evangelio en Hispanoamérica; que la fe recibida se conserve y acreciente a pesar de las dificultades de los tiempos que vivimos.

Como el leproso que volvió a Jesús tras su curación, hagamos del día de hoy una acción de gracias; no cabe duda de que el legado del Evangelio sigue presente en España;  reconozcamos todo lo que de Jesús y María, hemos recibido. Lo que tenemos no ha salido de la nada; todo es don de Dios, ¡Demos gloria a Dios! De los diez leprosos que se beneficiaron de la curación sólo uno volvió a dar gracias. Toda España y la humanidad entera se beneficia del amor y la misericordia de Dios, pocos lo reconocen y vuelven su mirada agradecidos a Él.  Pero quién despierta a la fe y adquiere un espíritu de gratitud no sólo se beneficia de la salud material, también tiene la dicha de vivir una intensa renovación espiritual. 

En estos tiempos en que parece que la fe anda en crisis y flaquea la misión, volvamos hoy la mirada a Cristo y a su Madre y escuchemos la Palabra de Jesús y María que dice: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Octubre  2025
Casto Acedo

miércoles, 24 de septiembre de 2025

26º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C (28 de septiembre)

 

EVANGELIO. 

 Lc 16,19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:

-“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.

Pero Abrahán le dijo: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.

Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.

Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. 

Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.

Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”.

¡Palabra de Dios!

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En línea con el evangelio de la semana pasada, este relato de Jesús sigue mostrando el poder e influencia que ejerce la riqueza sobre quienes la poseen, y las consecuencias que se derivan de una mala relación con ella.

Ya en la antigua Grecia un sabio advirtió de que  “el amor al dinero es la metrópolis de todos los males” (Demócrito), la ciudad donde habita la corrupción y la injusticia. Tal vez sea una apreciación en exceso negativa; en realidad todo lo creado es bueno en sí mismo, la maldad o bondad de las cosas es una cualidad que no se deriva del ser sino del uso que se hace de ellas. Vivir del dinero, hacer un uso prudente y justo del mismo es de sabios, vivir en el dinero, poner en él el valor y la esperanza última, es caer en la dependencia de un virus que corrompe alma y cuerpo.

Sin que apenas te des cuenta, la acumulación de bienes y su disfrute egoísta va cegando  los ojos de tu espíritu. Donde antes veías hermanos ahora ves competencia; donde antes te sabías seguro por tu pobreza y sencillez, ahora te sientes agobiado por la ansiedad de tener más y más y en el temor de perderlo todo; donde antes tenías espacios para un encuentro sin barreras, ahora tienes alambradas disuasivas. 

La riqueza y la opulencia es un veneno mortal; mata la ilusión y la esperanza; el oro es un dios glotón e insaciable; crees tener algo y no tienes nada; llenando tu estómago con caprichos lo único que consigues es vaciar tu corazón de esperanzas y sumergirte en la desesperación.

El rico del evangelio tenía en la puerta a Lázaro, un mendigo al quien ni siquiera le daban “lo que cae de la mesa del rico”. Era tan mísero y enfermo que “hasta los perros venían y le lamían las llagas”. Pero el rico no lo veía, su riqueza le había cegado; su vida opulenta  impide a este jactancioso ver la necesidad y practicar la misericordia. El gusto por la vida golosa y cómoda afofa las carnes y endurece el corazón. Quien se entrega egoístamente a los placeres del cuerpo fácilmente olvida el tiempo en que no disfrutó y las amistades que le acompañaron en tiempos de desgracia. Literalmente: ha entrado en oscuridad y no ve más allá de sus narices.  Todo lo aprendido en la adversidad, que le permitió ver la necesidad del indigente, deja de estar ahí; ahora no lo ve, todo a su alrededor se ha oscurecido.

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¿Cuál es el pecado del rico epulón? No es la posesión y el disfrute de sus bienes sino la falta de compasión derivada del apego ellos. Quien cierra su corazón al hermano necesitado ha olvidado quién es su Padre, se ha alejado de Él; y también se ha olvidado de sí mismo, de su ser creado para amar; lo de ir al infierno no es sólo desmarcarte de Dios, también es alejarte de ti, dejar de ser tú, experimentarte como extraño y hostil a ti mismo.  Dios es misericordia, y la vida sólo merece la pena si se es “misericordioso como Dios es misericordioso” (cf Lc 3,36); el epulón ha olvidado su ser divino afanándose por la vida temporalmente placentera que facilita el dinero, “que es una idolatría” (Ef 5,5).

Lázaro es prójimo (próximo) del rico, pero éste lo mantuvo en la periferia, fuera de su casa, olvidado efectiva y afectivamente, arrojado a la intemperie. ¿Cómo no ver cada día al mendigo recostado en tu misma puerta?

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Me pregunto: ¿sería muy religioso este rico? Y ateniéndome a la parábola me atrevo a decir que sí lo era. Lo evidencia su diálogo con Abrahán en el infierno. Hay un “epulón falso espiritual” que podemos contemplar en él. Conocía las escrituras, al menos había oído hablar de ellas, pero no las escuchaba; puede que dedicase tanto tiempo a sus rezos como a sus comilonas y orgías. Suele ocurrir en personas amantes del derroche, justificar sus excesos buscando el equilibrio en la máxima de que “quien peca y reza, empata”. 

Esta ilusión del "empate" es muy propio de quien vive instalado en la religiosidad del rito y el espectáculo, cuya única obsesión es la de no ser sorprendido en pecado mortal en el instante fatal de la muerte. ¿No se ha usado este evangelio para alimentar la religiosidad del miedo y de cumplimiento de mínimos? No nos paramos en esto, pero no puedo evitar mencionarlo.

El rico se da cuenta de su error al verse en el infierno, y se le despierta la vena compasiva, aunque sólo sea para los suyos: “Te ruego, padre Abrahán, que mandes a Lázaro  a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. La respuesta es lacónica: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Es decir, tienen la Palabra de Dios, que mediten y la hagan suya; que se dejen transformar por ella.

El epulón no ve claro que el camino de la auténtica evangelización sea la escucha de la Palabra. ¿No sería mejor meter un poco de miedo al infierno? ¿No es más fácil y efectivo pastoralmente mostrar el poder portentoso y amenazador de de Dios? ¿Quién no ha pensado nunca que la mejor evangelización sería un milagro de aparición o de curación? No nos engañemos, el milagro no conduce necesariamente a la fe, e incluso a veces la entorpece. Si la fe, como solemos decir, es creer sin ver, ¿cómo de  grande la fe de quien cree después de haber visto? "Dichosos los que crean sin haber visto" (Jn 20,29).

La fe auténtica es más espontánea, más libre, más natural que la que nace del miedo; la fe madura nace de la escucha de la Palabra, que no se impone sino que entra por el oído calentando y enamorando el corazón. "La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la Palabra de Cristo" (Rm 10,17) ¡Qué importante es esto! El evangelio de hoy lo expone así: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto». A la fe y la salvación se llega subidos al carro de la escucha de la Palabra y el entusiasmo por la Sabiduría divina,  no por el temor al castigo. Dios ¿es amor, o es un castigador vengativo?

Dijo Theilard de Chardin que “no somos seres humanos viviendo una experiencia espiritual; somos seres espirituales viviendo una experiencia humana”. "La Palabra se hizo carne" (Jn 1,14). Ser divinos y alcanzar el cielo sólo es posible siendo humanos, en el sentido más profundo del término. Amar es propio de lo humano; odiar es inhumano. 

Piensa esta semana en lo “humano” (compasivo) que eres. Suelta y deja ir todo lo que te corta las alas para volar en libertad, todo lo que en ti hay de rico epulón. Sé humilde, muéstrate humano con los pobres lázaros que habitan las periferias de tu corazón y del mundo y tendrás alas para volar al cielo. 

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¡BUEN DOMINGO!

Septiembre 2025

Casto Acedo

La fiesta de los amigos (Todos los Santos, 1 de Noviembre)

"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Pad...