"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).
¿Halloween o Santos?
Da cierta tristeza ver cómo las nuevas generaciones se van alejando de la tradición cristiana en la fiesta de Todos los Santos. Y es más triste aún que se esté tergiversando el sentido del día con unas celebraciones paganas, superficiales y vacías de contenido que parecen menospreciar la realidad de la muerte y lo que buscan es esconder el miedo; como si bromear con la muerte fuera el antídoto para escapar a una realidad que esconde un secreto: el paso a una Vida Nueva.
Pero, no seamos pesimistas, miremos el fenómeno Halloween como una oportunidad para pasar a algo nuevo; creo que la celebración pagana de Halloween está dando lugar entre los creyentes a un interés por recuperar el sentido cristiano del Día de los Santos. En su momento robamos a la muerte su día; ahora parece renacer de sus cenizas -nunca mejor dicho-, pero, como dice el Cantar de los cantares: "el amor es más fuerte que la muerte" (8,6). Y esto mismo dicen los santos con sus vidas.
Hablar de santidad ha sido siempre un tema común en la predicación de la Iglesia. Ya sabemos lo que dice la primera carta de san Pedro: «Sed santos, porque yo soy santo» (1,16; Lev 19,2); una cita que a veces se equiparán a las palabras del Señor en san Mateo: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (5,48). Me da que ambas citas se han entrecruzado torpemente en muchas conciencias .Ese cruce ha sugerido que un “santo” sea para muchos un "ser perfecto”. Y en cierto modo es así, un santo es alguien separado de todo aquello que le contamina, alguien que no tiene pecado; y esto es afirmativo si lo referimos a quienes han vivido el martirio y las virtudes heroicas que le han servido de purgación y méritos para la vida eterna. Me refiero aquí a los santos del cielo. Pero cuando se dice que seamos santos, ¿nos está diciendo el Señor que seamos “perfectos” o simplemente que procuremos alejarnos del mal, aunque una y otra vez fracasemos?
¿Perfección o santidad?
Hay un texto sorprendente que me abrió los ojos acerca de la equiparación de la santidad con la perfección. Es del siglo IV, de san Gregorio de Nisa. En su obra La vida de Moisés toma como modelo de vida correcta la de Moisés, que lideró al pueblo en su camino del Éxodo; este episodio es imagen espiritual de la salida del pecado (esclavitud en Egipto) hasta alcanzar las puertas de la Tierra Prometida (cielo). Trata el libro, por tanto, de Moisés como figura del camino a la santidad cristiana (bautismal).
Dando consejos san Gregorio a quienes le habían preguntado sobre la vida perfecta responde que
“hay dos cosas que están por encima de mis fuerzas: explicar en qué consiste la perfección y practicarla en mi vida”, y añade luego que “en lo referente a la virtud su único límite es no tener límite, como nos enseña el apóstol san Pablo... que no cesó jamás de ´lanzarse en busca de lo que aún no había alcanzado´ (Flp 3,13).... La virtud no tiene límite. -repite el santo- Y tampoco puede afirmarse que quienes procuran vida virtuosa alcanzan la perfección. Precisamente por esto. Hablando en propiedad, el único bueno en el verdadero sentido de la Palabra, es Dios, pues es la bondad por esencia”, y Dios es infinito, no tiene límite, “así pues, resulta absolutamente imposible alcanzar la perfección, porque, tal como queda dicho, la perfección no tiene límite. El límite de la perfección es no tenerlo. ¿Cómo, entonces, se podría llegar al límite si tal límite no existe?” (números 3-8)
Perdonad estas citas tan largas, y un tanto filosóficas, pero las considero importantes para lo que voy a decir. Con estos razonamientos comienza su tratado san Gregorio, que sigue luego los pasos del pueblo de Israel por el desierto, guiado por Moisés, modelo ejemplar de quienes quieren llevar una vida virtuosa o santa. Y al final termina concluyendo:
He descrito la vida del gran Moisés como ejemplo patente de belleza. Cada uno de nosotros imitando sus obras, haremos nuestra la imagen de esta belleza. ´Has hallado gracia a mis ojos y yo te conozco por tu nombre´, dijo Dios a Moisés, ... llamado por Dios mismo amigo de Dios´(Ex 33,11) ... Te conocerá Dios como amigo y lo serás de verdad. En eso consiste realmente la perfección. No en dejar la vida de pecado por temor al castigo, como si fuéramos esclavos, ni en practicar el bien por la esperanza de la recompensa, traficando en la vida virtuosa con mentalidad interesada y calculadora. No busques los bienes que, como Dios ha prometido, ciertamente colmarán nuestra esperanza. Aspiremos a no perder la amistad divina y a no estimar nada por encima de lo que es honroso y amable. Aspiremos a ser amigos de Dios. En esto consiste a mi parecer la vida perfecta” (nn. 319-320).
San Gregorio elude la palabra “perfección” como sinónimo de santidad, sin negar por eso la perfección y la santidad de Dios. No llama a los santos "perfectos" sino “amigos de Dios”.
Aspiremos a ser amigos de Dios, dice. ¡Como me recuerda esto las célebres palabras de santa Teresa cuando dice que “en estos tiempos son menester amigos fuertes de Dios para sustentar los flacos" (V 15,5); o cuando define la oración como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (V 8,5). Ser santos es, por tanto, cuestión de amistad.
Santos, amigos de Dios.
Creo que es una buena enseñanza para el día de Todos los Santos la que nos da san Gregorio. Es necesario desligar a la santidad de la idea de perfección (diría mejor perfeccionismo) a la que se le ha presentado unida con demasiada insistencia; hay una palabra más apropiada para decir santidad: “amistad con Dios”.
¿En qué Dios creemos? ¿En un Dios principalmente perfecto (para perfeccionistas), o en un Dios amigo (para todos)? Piensa un momento en un amigo que te exija una perfección extrema, que esté constantemente reprochándote tus errores, que no soporte que tengas un pelo en la chaqueta o una arruga en la camisa, que te apuntille una y otra vez cómo debes comportarte, etc. Antipático, ¿verdad? Un verdadero amigo no puede ser así; éste te acepta con tus virtudes y tus defectos, te escucha siempre, te corrige con cariño, sabes que siempre lo tienes ahí; compadece tus pecados, y si te alejas de él siempre está abierto a retornar.
¿Has pensado alguna vez que lo que Dios te pide es que seas su amigo? ¿Por qué no traducir el “sed santos como yo soy santo” por “sed amigos de Dios como yo soy vuestro amigo”? . A los métodos y ardores de la nueva evangelización le está faltando algo de esto. Dejar la obsesión de la “perfección” (perfeccionismo), virtud para fariseos hipócritas que se escudan en virtudes desencarnadas y que sólo muestran la frustración de un imposible, porque la vida perfecta no se puede alcanzar en esta vida de imperfección. No hagas inútil la pasión de Cristo (cf Gal 2,21), reconoce tus imperfecciones y procura trabajar tu relación con Dios como amigo; y acércate a la humanidad toda como amiga de tu Amigo. Ser santo es cultivar una relación “tú a Tú” con Dios y por extensión a los prójimos.
Aparca la idea del santo vestido de pizarrín, el traje impoluto, los ojos en blanco, la mirada al cielo o al suelo, el corazón asustado, los andares huidizos. ¿A quién vas a engañar? No anda así quien se ha emborrachado de Dios, quien es su amigo, quien se embarra en las calles y trata a diario con Él. Para terminar: piensa cómo te imaginas el Cielo. ¿Cómo un lugar luminoso, festivo y fascinante? ¿o como un jardín limpísimo, silencioso, gris y aburrido? ¿No has celebrado nunca una fiesta con tus amigos? Eso es el cielo.
Felicita a Todos los Santos en su día; son los mejores amigos de Dios y los mejores hijos de la Iglesia. No han roto con nosotros al partir al cielo; siguen en comunión con nuestra Iglesia peregrina, con nosotros. Diles que te enseñen cómo les fue con el Gran Amigo. Se aprende mucho de ellos.
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Audio complementario (20 m):
FELIZ DÍA DE LOS AMIGOS DE DIOS
Día de todos los Santos.
Octubre 2026
Casto Acedo



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