jueves, 6 de agosto de 2026

Dios en tu interior (9 de Agosto)


PRIMERA LECTURA 
(1 Re19,9a.11-13a):

Cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo: «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va pasar!»
Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hizo trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva.

EVANGELIO 
Mt 14, 22-33

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar.Llegada la noche, estaba allí solo.

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.

Jesús les dijo en seguida: —«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó: —«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua».

Él le dijo: —«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:  —«Señor, sálvame».

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: —«¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: —«Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

*


La fe  es un susurro de Dios al corazón.

Nos gustan los triunfalismos; y a esta tendencia no escapa la fe. Nos contagiamos de la farándula política y mediática e imitando sus métodos nos obsesionamos por ponerla en escena  recurriendo a las masas.  ¡Que se vea! Nos sorbe el seso la obsesión por celebrar   triunfales y ruidosos eventos que hagan visible la presencia de Dios. ¿Son buenas estas dramatizaciones religiosas? Yo diría que ni tan buenas como dicen los que las promueven, ni tan malas como denuncian los que las proscriben; la bondad o malicia está en el lugar que le asignemos a esos actos religiosos espectaculares.

Cuando a Elías, en momentos difíciles, comenzó a dudar de Él e incluso de sí mismo deseándose la muerte, Dios le llevó a hacer un retiro de silencio en el monte Horeb, en el desierto del Sinaí. En el mismo  espacio donde Dios se dio a conocer portentosamente a Moisés,  es conminado Elías a permanecer en una gruta a la espera de noticias de Dios.

Durante su estancia fueron pasando ante él espectaculares fenómenos naturales: un viento huracanado (no olvidemos que el viento es signo del Espíritu), un terremoto (signo de presencia de Dios en algunos salmos), fuego (como el de la zarza ardiendo, o la columna que acompañaba a los israelitas en su camino). Todos estos signos magníficos fueron para Elías precursores de la llegada de Dios, pero no su presencia misma. “Allí no estaba el Señor” (1 Re 19,11-12).

Finalmente se escucha afuera el rumor de la brisa, y en ella es Dios mismo quien se presenta. Dios llega en el susurro, en el silencio, en la “música callada” de san Juan de la Cruz. La brisa es signo del Mesías, el Siervo, que no gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará” (Is 42,2-3). Dios no grita, susurra, acaricia. El susurro es el Siervo de Dios que viene, Jesucristo; en Él pone el Padre su complacencia (fe), y en él también nosotros hemos de poner la confianza (fe), en la dulzura del encuentro con Cristo hallamos a Dios. 

La voz de Dios no hay que buscarla en el espectáculo, no está en el ruido de la tormenta y el terremoto, ni en el fuego cegador; está en el silencio: "Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva" (1 Re 19, 12b-13). La revelación de Dios en la caricia del viento nos recuerda los encuentros de Adán con Dios,  "que se paseaba por el jardín a la ahora de la brisa" (Gn 3,8). Para disfrutar su su compañía hay que aguzar el oído, afinar el alma para sentir su presencia escondida en las realidades del mundo; en la tarea del del silencio se vacía el alma para la escucha; y ahí  se manifiesta Dios mismo, sin un tercero. Es una experiencia vez dulce y a la vez sorprendente, por eso Elías cubre su rostro con el manto, esa presencia es excesiva, un don inmensamente grande e irresistible. 

Elías es pionero de la experiencia de Dios en el interior, un Dios que san Agustín define como "interior intimo meo", más interior a mi que mi mismo yo.  Te buscaba fuera y tú estabas dentro, dirá el santo. Comenzó su camino espiritual buscando a Dios fuera, en sus manifestaciones externas. Batalló con su mente, su corazón y sus protagonismos; lo quería encontrar fundido con las ideas, los sentimientos y  los gustos divinos. Es normal que  se empiece por buscar fuera. Dios es el Otro a cuyo encuentro salgo; pero la insatisfacción de esa búsqueda me lleva a encontrarlo en la interioridad donde más que encontrar a Dios es Dios quien me encuentra a mi. Luego vuelvo la mirada hacia afuera y todo se transfigura; porque me siento parte de un mundo al que ya no miro como extraño sino como amigo, como parte de mi vida, un mundo amado y redimido por el mismo Dios que me ama y me redime. Dios y el mundo son parte de mi. Lo siento cuando el Espíritu acaricia mi rostro con su brisa suave que inspira y expira mi alma llenándome de su ser y vaciándome de las cosas que no me dejan ser uno con Él. 


La fe es también un grito 
en medio de  ruidos amenazantes

En el evangelio vemos cómo Pedro se deja fascinar por el hecho de poder andar sobre el agua. Asustado por la presencia extraordinaria de Jesús que camina sobre el lago pide un signo para creer: “Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Y, sin apartar sus ojos de Él se echa al agua; pero cuando el ruido y la fuerza del viento distraen su atención empieza a hundirse,  grita: “Señor, sálvame”. 

La oración de Pedro es un grito en medio de los ruidos amenazantes del mundo, un retorno a la mirada de Jesús,  que enseguida extiende la mano, lo agarra y le dice: “¡Qué poca fe!”. ¡Qué poca confianza tienes en mí! ¿De veras creías que iba a dejar que te hundieras? Cuando Jesús, con Pedro de su mano, subió a la barca, amainó el viento. (Mt 14,28-31).  Cuando tomas conciencia de que Dios se aloja en tu corazón sobreviene la calma. Le ocurrió a Elías y le ocurre a Pedro.

¡Qué magnífica imagen de la vida espiritual! ¡Y qué excelente imagen de la Iglesia! A los que se amedrentan por las tormentas que envuelven y amenazan con hundir la barca, decirles que ésta se hundirá sólo si no va Cristo en ella; o en otros términos: las cosas no marchan bien para la Iglesia cuando no hay fe, cuando no hay silencio y vuelta de la mirada a Cristo, cuando no se pone atención a la voz de Dios que en la tormenta te dicre: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” (Mt 14,27). 

Cuando el miedo y la desconfianza te invaden, ¿qué puedes hacer? Arrodillarte a la puerta de la cueva, hacer silencio para dejar que Dios se manifieste; y cuando lo sientas, postrarte ante Jesús, como los discípulos en la barca; y renovar tu confianza en Él interiorizándole: “Realmente eres el Hijo de Dios” (Mt 14,33).

* * *
Ante ti han pasado y pasarán hoy muchas cosas, muchos acontecimientos. Revisa tu vida y pregúntate dónde y cuándo hoy Dios te ha susurrado su Palabra y ha dejado sentir su presencia: en tu trabajo, en tu descanso de vacaciones, en el encuentro con tus amigos o vecinos, en tu familia, en el rato de oración, en tu tarea y compromiso parroquial o social, en el servicio concreto que has prestado…. Los sucesos más puntuales, espectaculares y ruidosos han cautivado más tu atención; otros hechos de vida fueron más silenciosos, más cotidianos, aparentemente más insignificantes e intrascendentes, pero no por ello menos significativos.

Si descubres la presencia de Dios en alguno de ellos, si al caer en la cuenta nacen en ti deseos de cubrirte el rostro y de póstrate ante Él diciendo ¡qué grande eres, Señor!, felicítate porque tienes fe. No sabrás explicarla, pero al sentirla adviertes que los vientos y tormentas que amenazaban tu vida han perdido peso y ya no ocupan el centro de la barca. Has encontrado en la fe el punto de apoyo que necesitaba la palanca de tu vida para poder moverse ella misma y mover el mundo.

Julio 2026
Casto Acedo 

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