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Casi nada
La sopa de piedra
Casi todos conocemos el cuento de la sopa de piedra; esa que habla del viajero que llegó a un pueblo donde nadie quería compartir lo suyo; nadie le daba de comer, y entonces sonrió y dijo:
—¿No me dais nada para comer? No importa. Prepararé una deliciosa sopa de piedra.
Los vecinos, intrigados, se acercaron para ver cómo era posible hacer una sopa con una simple piedra. El viajero llenó una olla con agua, puso una piedra limpia dentro y la colocó sobre el fuego. Después de probar el caldo, comentó:
—¡Qué buena va quedando! Aunque con una zanahoria estaría todavía mejor.
Un vecino fue a buscar una zanahoria. El viajero la añadió a la olla y volvió a probar.
—¡Excelente! Si tuviéramos una cebolla, sería una sopa extraordinaria.
Otra persona trajo una cebolla. Poco a poco, otros vecinos aportaron patatas, apio, tomates, sal, pimienta e incluso un poco de carne. Cuando la sopa estuvo lista, todos la probaron. Era deliciosa. Los habitantes compartieron la comida, rieron y disfrutaron juntos. Al terminar, alguien preguntó:
—¿De verdad la piedra hizo la sopa?
El viajero respondió con una sonrisa:
—No. La piedra solo ayudó a que todos recordaran que, cuando cada uno aporta un poco, se puede lograr algo grande”,
Es un cuento que recuerda a quien puso los cinco panes y los dos peces sobre el tapete. Y todos pudieron comer. Si cada persona, cada institución, cada región o país, pusieran lo que tienen en la mesa común de la humanidad, no habría necesidad en el mundo.
A menudo nos preguntamos -o nos preguntan- acerca de por
qué hay hambre y miseria y ¿qué está haciendo Dios para evitarlo? Y la respuesta,
en la mayoría de los casos, podría apuntar a la solución del problema. ¿Qué hace Dios, me dices? Ya ha puesto el remedio, te ha hecho a ti, te ha dado unas manos, una inteligencia, unas
capacidades, e incluso unos bienes que, si recurrimos a la sabiduría divina del
dar y el compartir, solucionarían el dolor humano que provoca el retener y acaparar.
Dios hace milagros, pero si está en tus manos el hacerlos Él no los va a hacer por ti. Sería una falta de respeto a la humanidad.
Un milagro eucarístico
El milagro que nos ocupa hoy es un milagro eucarístico. Hay en él panes y peces. No se
menciona el vino, pero seguro que alguno de los comensales llevaría su ración.
De todos modos, no hablo de un milagro sacramental, sino existencial. Si ya es
un misterio el de la transubstanciación eucarística, en virtud de la cual el
pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, también es un
misterio la transmutación de un corazón de piedra (dureza y egoísmo) en un
corazón de carne (ternura y misericordia). Tal vez este fuera el auténtico milagro: la conversión a la fe.
En la misa el sacerdote toma el pan y repite las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre”. Pan y vino puesto sobre la mesa del altar y bendecidos por Dios. El buen sacerdote, en recogimiento, pone también su cuerpo y su alma en la misma mesa. Los buenos fieles participantes en la celebración ponen también sobre el ara sus propias vidas, sus trabajos y sus fatigas, sus momentos de gozo y de dolor, sus bienes y sus escaseces. El sacerdote dice: “Orad hermanos para que este sacrificio mío y vuestro -nuestro- sea agradable a Dios Padre Todopoderoso”.
El sacrificio de la misa es agradable, no por los méritos de los fieles o por los méritos particulares del sacerdote; el “sacrificio mío” que precede al nuestro en la invitación a orar es el “mío” de Jesucristo que, vaciándose de todo en la cruz, se ofrece a sí mismo como alimento redentor para la humanidad. Arrojarse por amor al vacío de no tener nada es llenarse de Todo.
La Eucaristía es la escuela de las paradojas de Dios: el que se vacía se llena; dar es recibir; quien lo da todo lo posee todo; el último es el primero; el siervo es el Señor... El niño en su debilidad pone los panes y los peces, el Señor pone su bendición, y se produce el milagro de la fortaleza, la paz, la prosperidad y el bienestar material y espiritual que anhela la humanidad.
Es hermoso contemplar el momento en que Jesús “tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió os panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente”. Te puedes contemplar a ti mismo en la misa dominical, sentado o arrodillado en tu banco esperando tu ración de pan del cielo, o recibiendo en tu mano o tu boca el pan que es Cristo. También te puedes contemplar a ti mismo abrazando a la humanidad y diciendo para ella las mismas palabras de la consagración: "!Aquí estoy, hermanos, dispuesto a entregar mi cuerpo y sangre por vosotros!". Lo haces y el mundo cambia. ¡Este es el Misterio de la fe!, el milagro. Basta con que cada cual confíe y repita el gesto de Jesús y haga de sí mismo, de su vida, un ingrediente para “la sopa de piedra”; y completados los ingredientes de esa sopa del Reino Dios hará de ella un manjar que contiene en sí todo deleite.
¿A qué esperas para poner tu parte en la olla común? A eso acudes a la misa,
a poner junto a Jesús tus dones para construir con Él un mundo más humano, más divino. Si lo haces no te faltará su bendición.
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Recurso PowerPoint
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Recurso Audio
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¡Feliz domingo!.
Julio 2026
Casto Acedo

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