jueves, 30 de julio de 2026

La sopa de piedra (2 de Agosto)


EVANGELIO 
Mt 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: —«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer».

Jesús les replicó: —«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».

Ellos le replicaron: —«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

Les dijo: —«Traédmelos».

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor.

Recursos audio y video al final.

Casi nada

"Dadles vosotros de comer", dice Jesús a los discípulos preocupados por el gentío y la hora. Ellos debieron tomárselo a broma: "¿Nosotros? ¡No tenemos casi nada!”. Es lo que solemos decir cuando las cosas escasean. “Si aquí o tememos más que cinco panes y dos peces”, es decir, "casi nada". Con esto no se soluciona el problema. Pero a Jesús no le pareció tan poca cosa lo de los cinco panes y los dos peces: “Traédmelos”, es decir, sacad ese “casi nada” que tenéis, negociad lo poco y obtendréis lo mucho (Mt 25,14-25, Parábola de los talentos).

El evangelio de hoy apunta a la fusión de dos realidades que, cuando se cruzan, hacen milagros: la generosidad humana y la bendición divina. Dios no saca panes de la nada, el milagro parte de algo que la persona que entra en diálogo con Él pone sobre la mesa; san Juan en su evangelio dice por boca del apóstol Andrés: “Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero ¿qué es eso para tanta gente?” (Jn 6,9). No es mucho lo que tiene el niño, pero ¿y si de pronto todos los que habían acudido a escuchar al Maestro se hacen como niños y pierden el miedo a poner sobre la mesa lo poco que traen? Muchos creen que si lo hacen lo perderán, pero ¿y si en vez de perderlo lo multiplican? 

Tenemos fe en los milagros, pero también creemos que sin niños que pongan en común lo poquito que tienen es imposible el milagro.  Si lees detenidamente los milagros de Jesús en los evangelios observarás que a todo milagro le precede un acto de fe, y en este caso la multiplicación se realiza por medio de la fe en la matemática divina: quien más amor da, más amor tiene. Partid, repartid, vaciaros, dad... Los discípulos repartieron y, tras saciarse la multitud,  "recogieron doce cestos llenos de sobras".

La sopa de piedra

Casi todos conocemos el cuento de la sopa de piedra; esa que habla del viajero que llegó a  un pueblo donde nadie quería compartir lo suyo; nadie le daba de comer, y entonces sonrió y dijo:

—¿No me dais nada para comer? No importa. Prepararé una deliciosa sopa de piedra.

Los vecinos, intrigados, se acercaron para ver cómo era posible hacer una sopa con una simple piedra. El viajero llenó una olla con agua, puso una piedra limpia dentro y la colocó sobre el fuego. Después de probar el caldo, comentó:
—¡Qué buena va quedando! Aunque con una zanahoria estaría todavía mejor.

Un vecino fue a buscar una zanahoria. El viajero la añadió a la olla y volvió a probar.
—¡Excelente! Si tuviéramos una cebolla, sería una sopa extraordinaria.

Otra persona trajo una cebolla. Poco a poco, otros vecinos aportaron patatas, apio, tomates, sal, pimienta e incluso un poco de carne. Cuando la sopa estuvo lista, todos la probaron. Era deliciosa. Los habitantes compartieron la comida, rieron y disfrutaron juntos. Al terminar, alguien preguntó:
—¿De verdad la piedra hizo la sopa?

El viajero respondió con una sonrisa:
—No. La piedra solo ayudó a que todos recordaran que, cuando cada uno aporta un poco, se puede lograr algo grande”,

Es un cuento que recuerda a quien puso los cinco panes y los dos peces sobre el tapete. Y todos pudieron comer. Si cada persona, cada institución, cada región o país, pusieran lo que tienen en la mesa común de la humanidad, no habría necesidad en el mundo.

A menudo nos preguntamos -o nos preguntan- acerca de por qué hay hambre y miseria y ¿qué está haciendo Dios para evitarlo? Y la respuesta, en la mayoría de los casos, podría apuntar a la solución del problema. ¿Qué hace Dios, me dices? Ya ha puesto el remedio, te ha hecho a ti, te ha dado unas manos, una inteligencia, unas capacidades, e incluso unos bienes que, si recurrimos a la sabiduría divina del dar y el compartir, solucionarían el dolor humano que provoca el retener y acaparar.  Dios hace milagros, pero si está en tus manos el hacerlos Él no los va a hacer por ti. Sería una falta de respeto a la humanidad.

Un milagro eucarístico

El milagro que nos ocupa hoy es un milagro eucarístico. Hay en él panes y peces. No se menciona el vino, pero seguro que alguno de los comensales llevaría su ración. De todos modos, no hablo de un milagro sacramental, sino existencial. Si ya es un misterio el de la transubstanciación eucarística, en virtud de la cual el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, también es un misterio la transmutación de un corazón de piedra (dureza y egoísmo) en un corazón de carne (ternura y misericordia). Tal vez este fuera el auténtico milagro: la conversión a la fe.

En la misa el sacerdote toma el pan y repite las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre”. Pan y vino puesto sobre la mesa del altar y bendecidos por Dios. El buen sacerdote, en recogimiento, pone también su cuerpo y su alma en la misma mesa. Los buenos fieles participantes en la celebración ponen también sobre el ara sus propias vidas, sus trabajos y sus fatigas, sus momentos de gozo y de dolor, sus bienes y sus escaseces. El sacerdote dice: “Orad hermanos para que este sacrificio mío y vuestro -nuestro- sea agradable a Dios Padre Todopoderoso”. 

El sacrificio de la misa es agradable, no por los méritos de los fieles o por los méritos particulares del sacerdote; el “sacrificio mío” que precede al nuestro en la invitación a orar es el “mío” de Jesucristo que, vaciándose de todo en la cruz, se ofrece a sí mismo como alimento redentor para la humanidad. Arrojarse por amor al vacío de no tener nada es llenarse de Todo. 

La misa es todo un acontecimiento salvador. El mismo Dios dándose en alimento, anticipo de la pasión y de la muerte que se desborda en abundancia de vida en la resurrección. Jesús no se limita a dar panes y peces (lo  que tiene) sino que se da a sí mismo (lo que es); se vacía de todo, se hace nada, para que podamos saciarnos de sus dones. Este ese el Camino de la fe.

La Eucaristía es la escuela de las paradojas de Dios:  el que se vacía se llena; dar es recibir; quien lo da todo lo posee todo; el último es el primero; el siervo es el Señor... El niño en su debilidad  pone los panes y los peces, el Señor pone su bendición, y se produce el milagro de la fortaleza, la paz, la prosperidad y el bienestar material y espiritual que anhela la humanidad. 

Es hermoso contemplar el momento en que Jesús “tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió os panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente”. Te puedes contemplar a ti mismo en la misa dominical, sentado o arrodillado en tu banco esperando tu ración de pan del cielo, o recibiendo en tu mano o tu boca el pan que es Cristo. También te puedes contemplar a ti mismo abrazando a la humanidad y diciendo para ella las mismas palabras de la consagración: "!Aquí estoy, hermanos, dispuesto a entregar mi cuerpo y sangre por vosotros!". Lo haces y el mundo cambia. ¡Este es el Misterio de la fe!, el milagro. Basta con que cada cual confíe y repita el gesto de Jesús y haga de sí mismo, de su vida,  un  ingrediente para “la sopa de piedra”;  y completados los ingredientes de esa sopa del  Reino Dios hará de ella un manjar que contiene en sí todo deleite.   

¿A qué esperas para poner tu parte en la olla común? A eso acudes a la misa, a poner junto a Jesús tus dones para construir con Él un mundo más humano, más divino. Si lo haces no te faltará su bendición.

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Recurso PowerPoint

https://drive.google.com/file/d/1i1yVD3OBd9wAtGa4V_NRcxyLd6kUX54F/view?usp=sharing

Recurso Audio

https://drive.google.com/file/d/1ZcyI_Q_2A7ekR1NVGf_qpTPK7gdsUTMD/view?usp=sharing

¡Feliz domingo!.

Julio 2026

Casto Acedo

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