Cada año, en el penúltimo domingo del mes de Octubre celebra
la Iglesia el día del DOMUND (Domingo Mundial de la Propagación de la Fe), una
jornada instituida por el papa Pio XI en 1926. Este año celebramos su centenario.
Quienes ya pintamos canas tenemos el día del DOMUND impreso
en nuestra mente y en nuestra interioridad como una fecha que nos invitaba a
extender el Evangelio por el mundo, y ese mundo lo visibilizábamos con los rostros
de niños de todas las razas. A los pueblos lejanos los misioneros les
anunciaban la salvación operada por Jesús; nosotros colaborábamos con nuestras
oraciones y donativos. Partíamos de una base: España ya es cristiana, yo ya estoy
convertido.
Me gusta el lema de este año, Uno en Cristo – Unidos en
la misión, porque a mi parecer rompe esquemas; sobre todo en su parte
primera. Querer, buscar, saber y ser “uno en Cristo” me parece suficiente para
empapar este domingo de espíritu misionero.
El plan pastoral de nuestra diócesis tiene entre sus primeros objetivos para los próximos años algo tan esencial como es “el primer anuncio”, el
interés por llevar la buena noticia de Jesús al mundo. Es una idea
cien por cien misionera, muy acertada siempre que ese anuncio provenga de quien
se siente uno en Cristo, y esto en dos direcciones: quien siente su
presencia en su propio ser hasta el punto de decir “soy otro Cristo” y quien en
Cristo se siente Iglesia, “uno en el Uno con otros unos”. A partir de aquí
puedo entender la segunda parte del eslogan: Unidos en la misión.
*
La cosa empezó en "Nazaret
¿Cuál es el primer anuncio que debe hacer un cristiano? Lo resumiría
en estas palabras: "Dios te ama, Cristo está contigo, abre los ojos a su
presencia sanadora". Es como decir: “El reino de Dios está cerca, créetelo y vuélvete
a Él” (cf Mc 1,15). Pero como las palabras cuando no las sostiene la vida suelen
caer en saco roto, es bueno llenarlas de contenido antes de verterlas hacia
afuera. Y ese contenido no es otro que la propia vida. El primer anuncio del
evangelio ha de ser testimonial, martirial, martirio humilde y
anónimo antes que espectacular.
“La cosa empezó en Galilea” (Hch 10,37). Así anuncia san Pedro el inicio del
ministerio, la predicación, los milagros y la pasión, muerte y resurrección de Jesús tras su bautismo por Juan. Es verdad que todo empieza en Galilea, pero no con el bautismo de
Juan sino con la encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María, en Nazaret.
Solemos marginar y ningunear el misterio de la vida oculta de Jesús en sus años
de niñez, juventud y madurez. Nos llama más la atención el espectacular evangelio
de los milagros, las masas sometidas a la Palabra y la explosión de sentimientos
que la pasión y resurrección suscitan. Ahora bien, si tenemos que anunciar a
Jesús, no podemos olvidar que la mayor parte de su vida la pasó en el anonimato
social. La cosa se maduró y maduró en Nazaret antes de extenderse por Galilea y toda Palestina.
En el silencio de Nazaret se fue forjando la explosión dolorosa y gloriosa de Jerusalén. Ahí aprendió Jesús a hablar, a vivir en familia y en buena vecindad y, si es cierto lo que muchos estudiosos de su persona dicen, aprendió de forma progresiva a saberse Hijo de Dios, Uno con el Padre, hombre (uno con la humanidad) semejante en todo a nosotros menos en el pecado, y destinado a una misión muy personal y especial. .
Cristo "prendió sufriendo a obedecer" (Hbr 5,8), es decir, experimentó el dolor que trae consigo ser misionero, responder a su vocación como Hijo.
Imitar a Cristo en el silencio
Para anunciar a Cristo hay que vivir en Cristo, y este vivir
se aprende en Nazaret. Allí Jesús, en su humanidad, tomó conciencia
progresiva de la riqueza de vivir en obediencia al Padre. Karl Rahner, al
comentar los ejercicios de san Ignacio en el punto en que invita a pedir la
gracia de “imitar a Cristo”, escribe que esa imitación no consiste en hacer
arqueología de su persona rescatando de Él los detalles más espectaculares de
su vida en aquel tiempo. No hay que ambicionar brillar y resplandecer como mártir crucificado que fue (al menos no se debe buscar eso), ni tampoco consiste el imitar a Cristo en seguir
una lista de normas morales, sino en algo tan simple como entrar en el
movimiento de su vida.
Las verdades más simples suelen ser las más ignoradas; somos hijos de Dios y participamos de la misma naturaleza divina de Jesucristo. Su llamada no va contra nuestra naturaleza, sino que es una invitación a desplegar lo que ya somos. No es que tenga que unirme a Cristo para vivir en Él, es que Cristo ya vive en mi, mi naturaleza es la de Cristo, porque he sido creado a su imagen y semejanza. Sólo debo dejar que la luz de Cristo que tengo en mi centro resplandezca en mi e ilumine a mis hermanos (cf . Mt 5,14-16). De lo dicho podemos deducir que hacer el primer anuncio del evangelio no es otra cosa que mostrar al mundo lo que ya soy: hijo de Dios.
El primer paso de la nueva evangelización consiste en reconocer y reconocerte en el Cristo que te habita y vivirlo en tu Nazaret particular, vivir en obediencia al Padre cada rutina del día; equilibrar tu vida con la sabiduría de Cristo, conjugando la obediencia y la libertad.
Vivirme desde el centro crístico (cristiano) de mi ser supone riesgo y cierta soledad. Pero no se madura mirándose el ombligo sino imitando a Jesús en una vida gastada por los demás. Éste es el primer anuncio que Dios te pide. Son muchos los cristianos que se viven como tales en la cotidianidad de su familia, su trabajo, su rutina; “en todo amar y servir” diría san Ignacio. Muchos lo hacen aparentemente en solitario, pero no es así, con su espíritu y comunión con el Uno están viviendo la fe en comunidad. Éstos no buscan flashes publicitarios ni likes consoladores.
Evangelizar es desaparecer, anonadarse, hacerse nada, dejar que el amor de Dios fecunde el mundo desde tu insignificancia. Un auténtico misionero busca vivir el día a día en imitación de Cristo, dejándose llevar por el impulso de su Espíritu, y todo lo demás vendrá sólo si Dios quiere (Mt 6,33). Si no creo que el testimonio de una vida oculta en Cristo sea la base primera de toda evangelización, es que aún no me he enterado de nada.
Uno en Cristo, unidos en la misión. ¿No es sorprendente que Teresa de Lisieux sea patrona de las misiones? Ora et laborat (Reza y trabaja). Solemos identificar al misionero con el laborat. Sin embargo, quien vive en Cristo, quien se deja llevar por el “cristo que lleva dentro”, ya está siendo misionero. ¿No era eso lo que decía santa Teresa de Lisieux cuando hizo de su vida un evangelio de amor?: “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor”. Ni una sola oración, ni un sólo acto de justicia, se pierden sin cumplir la misión de acercar la vida nueva de Cristo a mundo.
Medítalo: cuando estudias, cuando rezas, cuando cocinas, cuando te diviertes, ... siendo Uno con Cristo, eres misionero, porque pones la luz de Dios en el mundo.
*
Espero que esta reflexión tan atípica sobre ser misionero “desapareciendo”
te ayude a reflexionar. Me la ha sugerido la ingente cantidad de envíos por Wahsap
que he recibido del Obispado invitándome a hacer cosas como asistir a reuniones
de acción, formación o retiros... Y no menciono los envíos de otras personas o
instancias. Creo que el mundo hiper-informado en que vivimos está pidiendo
pararse, escuchar, orar y dejar que sea Dios quien en lo oculto, en la noche,
en la oscuridad de la fe anónima y sencilla de los anonadados, quien se pronuncie.
El despertar de la vida monástica (no sólo y necesariamente regular) creo que
es un signo de evangelio en el mundo para un primera anuncio.
Oremos por las misiones y los misioneros, es decir oremos
por toda la Iglesia.
*
Octubre 2026
Casto Acedo



1 comentario:
"pararse, escuchar, orar y dejar que sea Dios quien en lo oculto, en la noche, en la oscuridad de la fe anónima y sencilla de los anonadados, quien se pronuncie".
Estas palabras me las transmitió Casto y, curiosamente, en mi consulta, dos de mis pacientes, que son matrimonio, con una espiritualidad que impregnan la sesión cada vez que acuden a consulta, las repitieron con la misma esencia: "será Dios quien me encuentre" y saber esto, me da serenidad y calma mi angustia y la impaciencia en la que vivo y vivimos.
Muy agradecida por estas reflexiones 🙏
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