domingo, 23 de julio de 2023

SAN PEDRO DE MERIDA. Acoger al peregrino.

 

El próximo martes, 25 de Julio, de paso hacia la JMJ, Jornada Mundial de la Juventud y encuentro con el papa Francisco con los jóvenes,  que se celebra en Lisboa, recalan en nuestro  pueblo un grupo de ochenta jóvenes de unas parroquias de barrios de la periferia de Barcelona, en concreto las Parroquias de Sant Mateu y Sant Rafael.  Salieron de Barcelona el día 26 de Junio, bendecidos por su Arzobispo, y van a recorrer en total 1.276 kms. 

La razón y objetivos de la peregrinación los podéis leer  y ver clickando en las siguientes fotos o enlaces:

https://alfayomega.es/100-jovenes-catalanes-parten-a-pie-hasta-la-jmj-de-lisboa-para-sufraga-la-reconstruccion-de-su-parroquia/

https://www.youtube.com/watch?v=7YpGNbV2Ub4

Como podéis ver en los enlaces citados no mueve a estos jóvenes un interés de simple diversión  o entretenimiento; es una ocasión para el encuentro, la amistad, y la vivencia cristiana. Una oportunidad para conectar con Jesús en el camino que marca el Evangelio. Nunca olvidarán estos chicos y chicas la heroicidad de la que están siendo protagonistas y de la cual tal vez no están siendo muy conscientes.

Será una experiencia que no olvidarán, y no sólo por lo que conlleva de dificultad y cansancios sino, sobre todo, porque "caminando juntos" hacen evangelio, construyen la Iglesia.  Eso forma parte de los objetivos que se buscan en esta peregrinación: "hacer una Iglesia Nueva", su templo parroquial necesitado de reformas (Iglesia) y la misma Iglesia que somos, tan necesitada de ser rejuvenecida.

No podemos cerrar nuestro corazón a esta oportunidad de estar con ellos en su travesía. Es una obra de misericordia "acoger al peregrino". ¡Seamos hospitalarios! La hospitalidad nos hace más humanos y por ende más cristianos. Cada hermano que Dios  pone en nuestro camino es un regalo que Dios nos  hace, una oportunidad para santificarnos y crecer espiritualmente.

El grupo tiene prevista la llegada sobre las 12 del mediodía. Disfrutarán de  un baño en la piscina, por lo que agradecemos a los responsables de la misma sus facilidades para ello, y pasarán la noche en la Casa de la Cultura del pueblo, por lo que también se agradece desde aquí al Ayuntamiento  la disponibilidad para ello.

Yo no podré estar presente ese día; pero nos hemos organizado para apoyar a estos jóvenes. Por parte de la Parroquia y la Hermandad hemos decidido facilitarles unos bocadillos y refrescos para la comida del mediodía y unos dulces del pueblo para el desayuno.  Y para la cena varias personas se han ofrecido ya a preparar tortillas, canapés u otras cosas. Quien quiera colaborar con algún alimento, y a fin de equilibrar así lo que se aporte,  que se ponga en contacto con las mujeres responsables de la Hermandad.

A una hora que nos puede parecer intempestiva habrá en la Iglesia un acto religioso en dos partes. A las 16, 15 horas una oración comunitaria (Hora santa con Exposición del Santísimo), y a las 17 horas misa. Recordad que el Martes 25 es el día de Santiago Apóstol. También es una oportunidad para rezar por ellos y por nuestros jóvenes a los pies de Ntra. Sra. de la Albuera. 

Desde aquí, con sencillez y con amor cristiano, os invito a que sepáis compartir con los peregrinos la alegría y a que participéis tanto en la oración como en la misa, y también  a que seamos transparentes y generosos en la acogida. Acoger a estos jóvenes es evangelizar y recibir la bendición de Dios. Recuerda las palabras de Jesús: "El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa". (Mt 10,42). Es Palabra de Dios. 

Bendiciones para los que vienen y los que les reciben. 

Vuestro Párroco.

Casto Acedo.  


viernes, 30 de junio de 2023

Fraternidad universal (Domingo 2 de Julio)



EVANGELIO
Mt 10,37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

¡Palabra del Señor!

*

Un amigo de mi  juventud  ponía en duda la idea de que pudiera haber un socialismo puro donde todos sean reconocidos y tratados por igual. Y lo argumentaba recurriendo al hecho de que un padre, por ley natural, siempre tratará de favorecer a su hijo rompiendo los principios de igualdad y justicia. 

En cierto modo podría tener razón, porque es cierto que la familia, así como la confesión religiosa o la ideología son parte tan íntima de nuestro ser  que siempre tendremos el peligro de concederles sobre nuestros principios de conciencia  un poder que nunca deberíamos darle.

Tal vez sobre algo de esto nos quiere advertir el Señor en el evangelio de hoy. Partiendo de que en Dios encontramos la igualdad y la justicia, Jesús advierte de que esas virtudes tan nobles pueden ser degradadas por intereses que parecen justificados. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. ¿No es bueno querer a los padres y a los hijos más que a nadie? Sí y no. Es verdad que hay un mandamiento, el cuarto, que nos exige atender a la familia; pero no al precio de ser injustos con el resto de la humanidad.

O sea, que en lo referente al respeto e igualdad de las personas no valen categorías. Todos somos hijos de Dios, todos tenemos su misma sangre, luego todos somos iguales y merecemos el mejor trato.

Pero en la práctica no suele ser así. Si observas tu relación con tus padres, tus hijos o tus hermanos, verás que no sólo hay un egoísmo personal según el cual yo mismo me pongo por encima de otros, también existe un egoísmo familiar que cierra determinadas puertas a quienes no forman parte de ella. Y ampliando el campo, también hay un egoísmo político, social, religioso, etc. según el cual no nos vemos unos a otros con los ojos de Dios Padre de todos sino con las gafas de nuestro ego.

El evangelio de san Mateo, del que forma parte el texto de hoy llama a un compromiso serio por el desapego de costumbres y tradiciones familiares y sociales que nos alejan del respeto y consideración que merecen todas y cada una de las personas del mundo; esas costumbres, no nos dejan ser nosotros mismos y hacen mucho daño; por ejemplo el rechazo al inmigrante amparados en que primero estamos nosotros, como si las fronteras fueran cosa de Dios; la defensa del nacionalismo amparados en que lo que tenemos y hemos conseguido como pueblo es nuestro y solo nuestro; o el ninguneo o minusvaloración de quienes no comparten mis creencias y prácticas religiosas o políticas, etc. Todo eso hace que terminemos marginando y persiguiendo a quienes no se amoldan a nuestros criterios o intereses.


Aferrados al automatismo de costumbres familiares o de clase creemos hallar en ellos la verdad de la vida. Pero lo cierto es que al dejarnos llevar por esos criterios nuestro amor no es universal sino parcial y así no hay modo de ser felices. Creemos ganar la vida encerrándonos en la isla del pequeño grupo y lo que hacemos es perderla. “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. La felicidad está más allá de nuestros guetos; está bien que cuidemos aquello que afectivamente nos seduce, pero es una monstruosidad que lo hagamos a cambio de ser injustos y desleales con los que no son parte de nuestro ámbito más cercano;  está bien cuidar la familia, la región, la nación, el continente, pero ¿justifica eso la marginación de los que no consideramos como parte de estas realidades?

En conclusión: Sólo es digno de Jesús quien vive abierto a un amor sin límites ni restricciones. ¿Vas a negar un vaso de agua a alguien porque su pertenencia social o su visión de la vida no sea de tu agrado? Lo que Jesús defiende en el evangelio de hoy para sus seguidores, y que expone para defensa de la dignidad de sus discípulos, procuremos hacerlo extensivo a todo ser humano. Porque Dios es Padre de todos, y solo es digno de llamarle Padre quien de veras ha entendido la fraternidad universal. Quien vive según esta verdad habrá ganado la vida, recibirá la paga de la felicidad. 

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Por cierto, ese amigo, desgraciadamente ya fallecido, y que me comentaba que no se podía ser justo e igualitario con todos porque los intereses familiares tiran mucho, llegó a ser alcalde socialista de mi pueblo natal. 

Para él mi recuerdo y mi oración deseando que junto al Padre eterno haya comprendido que los obstáculos que la propia familia puede poner a una vida justa y libre pueden superarse con la ayuda de la gracia de Dios. Basta afrontar con fe la cruz que trae consigo silenciar nuestros singulares afectos familiares. 

Quien deja a un lado "casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras" para servir al amor universal de Jesús "recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (Mt 19,29); quien se confía a Jesús y su mensaje recibe la paga de una vida justa, digna y feliz.

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Un comentario más amplio al evangelio de hoy en:

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¡Feliz domingo!

Julio 2023
Casto Acedo. 


viernes, 23 de junio de 2023

Arrasar y reedificar (San Juan Bautista, 24 de Junio)


170
Magnífico este cuadro de Leonardo da Vinci: Juan Bautista, joven, señalando hacia arriba, a la cruz, donde imaginariamente pende el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo"; el Salvador al que su mensaje precede. Su cara de satisfacción y alegría contrasta con otras imágenes que le representan con gesto adusto o amenazador, como si la penitencia y la conversión a Dios fuera más un castigo que  un regalo divino. 
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LECTURA DEL LIBRO DE JEREMIAS 1,4-10
(Primera lectura de la misa de vísperas de la Solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista)

EL Señor me dirigió la palabra: «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones».

Yo repuse: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño».

El Señor me contestó:«No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte —oráculo del Señor—».

El Señor extendió la mano, tocó mi boca y me dijo:«Voy a poner mis palabras en tu boca. Desde hoy te doy poder sobre pueblos y reinos para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para reedificar y plantar».

Palabra de Dios.

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El 24 de Junio, seis meses antes del nacimiento de Jesús (24 de diciembre) celebramos la Solemnidad del nacimiento de san Juan Bautista, un santo que juega un papel fundamental en la preparación evangélica. Juan anunció que se acercaba Cristo (el Mesías) y preparó su llegada. Por eso se le llama “precursor”, que significa “persona que precede a otra anunciándola”.

Acudían a escuchar su predicación muchos insatisfechos, es decir, personas que no acababan de hallar la felicidad en los ritos y leyes judías y buscaban sinceramente a Dios. Juan Bautista ofrecía un camino esos buscadores.

Ese grupo de personas que acuden a Juan me recuerda a las personas que hoy acuden a los gurús de la posmodernidad, a libros de autoayuda, a escuelas de relajación y meditación buscando respuesta a la misma pregunta: ¿Qué tenemos que hacer para hallar paz y felicidad? ¿Cómo debemos vivir para no sentirnos frustrado? ¿Qué tenemos que hacer para que nuestras familias sean un verdadero hogar? ¿Cómo educar bien a nuestros hijos? ¿Qué hacer para que nuestra Iglesia despierte? ¿Qué tenemos que hacer...?

El bautista responde en dos tiempos, consciente de que lo primero es quitar la venda de los ojos, lo que impide ver, y luego conducirse en la buena dirección.

Lo de quitar la venda es el primer paso. ¿Qué te está impidiendo ver? ¿Qué basuras enfangan tu mirada? ¿qué “gafas oscuras” llevas que no logras ver sino tinieblas? ¿Son las gafas de la economía?: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». ¿Son las del “sálvese quien pueda” de la pasividad social y la corrupción?: «No exijáis más de lo establecido». ¿O tu mirada está cegada por violencias, mentiras y ambiciones: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». (Lc 3,10-14). Antes de ver la luz hay que limpiar los ojos.

Juan Bautista cumple la profecía de Jeremías: “Voy a poner mis palabras en tu boca. Desde hoy te doy poder sobre pueblos y reinos para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para reedificar y plantar” (Jr 4, 9-10). Para disfrutar de la felicidad has de comenzar por desprenderte de todas esas cosas en las que hasta ahora has puesto tus esperanzas; debes desnudarte, matar el ego que ha mandado en ti hasta el momento. Las cosas exteriores que idolatras no te pueden satisfacer plenamente.  Primero, por tanto,  “arrancar y arrasar, destruir y demoler” las causas de tu desdicha. No se puede nadar y guardar la ropa, no hay libertad si no sueltas las cadenas que te atan al exterior.

Y luego de vaciarte de todo lo que hasta ahora no te ha servido más que para entretener la vida, luego de quedar tu alma como un solar limpio de escombros y malas hierbas Juan Bautista te llama a “reedificar y plantar”. En resumen, lo primero es quitar lo viejo, y lo segundo poner lo nuevo; ese es el bautismo que predica y practica Juan: “un bautismo de conversión”, de cambio de mentalidad; “para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Mc 1,17).

Liberado de lo que te ata eres libre para seguir a Cristo, el único que puede satisfacer tu hambre y sed de justicia, el que sacia tu necesidad de amar. Juan era experto en prácticas ascéticas, “iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre” (Mc 1,6), pero sabe que no basta con esas penitencias. Tanta perfección puede conducir a la soberbia, por eso dirige luego su mirada a Jesús: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc. 1,6-8)


Quédate con dos lecciones del Bautista, que puedes leer a nivel personal y a nivel eclesial: desprenderte de estorbos y adherirte a Jesús.

A nivel personal.

1ª lección: Su “desapego”, su libertad para vivir sin dependencias materiales, afectivas o espirituales. Eso le dio una transparencia y honestidad que le facilitó el poder vivir sin miedo a proclamar la verdad. Libertad de palabra y libertad de acción, libertad profética. ¿No merece la pena vivir como él?

2ª lección: Su humildad, eje y clave para ser feliz. Detrás de cada una de mis insatisfacciones está del deseo de que todo ocurra como yo quiero, que todos bailen al son de mi música. Juan Bautista dice: mira a Jesús, pon tus ojos en Dios; deja que las cosas sean como son, acepta su voluntad; reconoce que sólo Él puede llenar tu vida, porque es la única agua capaz de satisfacer tu alma. Jesús te bautiza con “Espíritu Santo”. Yo, dice san Juan, sólo soy un servidor de Dios; a Él es a quien debéis dirigiros.

A nivel eclesial:

1ª lección: Purificar la Iglesia. En tiempos de crisis de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, de desorientación comunitaria y sacramental, de confusión sobre qué camino seguir, san Juan nos dice que debemos “destruir y demoler” todo aquello que sólo es apariencia de Iglesia: automatismos, costumbres, prácticas ceremoniales que están ocultando la riqueza de los ritos sacramentales, distracciones (diversiones) que no llenan e impiden la verdadera alegría. Una Iglesia con mucha ceremonia y poca relación personal y comunitaria con Cristo es una farsa. “Este pueblo me honra con los labios -dice Jesús- pero su corazón está lejos de mi” (Mc 7,6).

2ª lección:  Comunidades vueltas a Cristo. No basta “arrancar y arrasar”, quitar cosas sin poner nada. También el dedo del Bautista indica que hemos de girarnos hacia Jesús con humildad. Y en la Iglesia falta mucho de esa humildad radical necesaria para construir una comunidad viva, cristalina, que haga decir a quien la mira “mirad como se aman”, mirad como son atendidos los enfermos, los niños, los ancianos, ... ¿cómo es posible? Y responderíamos con el salmo: es el Señor quien lo hace, es un milagro patente (Sal 117,23). La humildad y el martirio de Juan apuntan a la humildad de la Cruz, referencia de la Iglesia de Cristo.

*
Celebra a san Juan con este doble mensaje: soltar el veneno que mata el alma y respirar el aire limpio del evangelio de Jesús. Acércate a Jesús, mírate en Él y vive desde Él; y acércate a tu Iglesia, haz Iglesia, vive el amor fraterno y la misericordia. Pero si lo ves difícil comienza por revisar qué está impidiendo que vivas eso que crees, esperas y amas. Tal vez debes comenzar por arrasar, arrancar de tu vida algunas cosas antes de poder reedificar. 

Junio 2026
Casto Acedo

viernes, 12 de mayo de 2023

El Espíritu de la verdad (Domingo, 14 de Mayo)

EVANGELIO
Jn 14,15-21

Dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque. no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. 
No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 
El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Palabra del Señor

 

Verdad y verdades

Basta abrir los medios tradicionales de comunicación o las redes sociales para comprobar que hoy la verdad no es precisamente un valor en alza. La sociedad de la información es paradójicamente sociedad de la desinformación. Nunca hubo tantos medios de información y nunca estuvimos tan mal informados. No es accidental el hecho de que un gobierno establezca una "oficina anti-bulos" para prevenir el daño que la no-verdad puede ejercer sobre la ciudadanía. Idea noble y digna de elogio si no escondiera el peligro de crear un ministerio de la verdad que, en otra paradoja evidente, sería la consagración de la mentira. 

Esta supuesta defensa de la verdad se predica sin tener en cuenta la jaculatoria pos-moderna que repite incansable que todo es relativo y que no hay verdad, sólo verdades. Hoy se habla incluso de la post-verdad, que no es sino la construcción mediática de los hechos a gusto del consumidor. Si la mentira es "decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar", la post-verdad es la elevación de la mentira a categoría de verdad objetiva, es decir, lograr que las cosas no sean lo que son sino lo que yo quiero que sean. 

Pero, seamos honrados: la verdad existe, la post-verdad no. Y el peligro está en construir una sociedad sobre verdades parciales subjetivas y contrarias  cuando sólo la verdad objetiva es digna de fe. ¿No se da a menudo la situación de dos visiones subjetivas enfrentadas e incapaces de crear comunión al no aceptar una verdad objetiva? 

Todo esto, más allá de parecer un juego de palabras, es algo muy serio, porque en el juego de la verdad arriesgamos algo tan importante como la paz social. A la situación actual de Europa y de España me remito. ¿No consiste la paz entre Rusia y Ucrania en acordar una sola verdad? ¿No hay en España un cierto tufillo a verdades a medias que no hacen sino crear divisiones? 

A un mundo sin verdad o medias verdades (no sabemos qué es peor) nos han ido acercando los maestros de la sospecha (Feuerbach, Marx, Nietzsche y Freud): no hay Dios, no hay justicia, no hay nada, no hay realidad. No hay verdad. Todo es motivo de sospecha, nada digno de confianza. No hay Dios, sólo hay "nada". ¿Será cierto? Y si lo es, ¿no hay nada ni nadie en qué o en quien confiar? Si no hay una verdad absoluta que esté por encima de nuestras verdades, ¿hacia dónde vamos? ¿No estamos perdidos en el espacio?

En una palabra, ¿no nos estamos quedando huérfanos? 


El espíritu de la verdad 

El Señor, poco antes de partir -próximamente celebraremos el día de la Ascensión-, promete que no dejará huérfanos a los suyos, sino que les mandará un Defensor al que, curiosamente, define como el “Espíritu de la Verdad” (Jn 14,17). 

¿Es posible que exista este Espíritu? La "Verdad", así, en singular absoluto, es una palabra caída en desuso, y ya hemos dado a entender que insignificante para el hombre contemporáneo. Sin embargo, Jesús dijo: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. Pilato le responde:“¿Y qué es la verdad?”(Jn 18,37-38). La pregunta del procurador quedó en suspenso, sin respuesta. Tal vez por su escepticismo pueda ser considerado Pilato un adelantado a nuestro tiempo en el que creer en la verdad es ser un hereje de la -otra paradoja- "absoluta relatividad".

Hay verdad. Y la podemos definir con dos palabras que se complementan mutuamente: amor y humildad. Si se ha de creer en algo éste algo es el Amor; y a este Amor sólo se puede acceder  desde la humildad. 

Y es evidente que, para llegar a conocer y vivir la verdad como humildad se precisa una alta dosis de conocimiento de sí, otro valor en declive debido a los engaños y a utoengaños a los que nos someten y  nos sometemos.

¿Cómo llegar a alcanzar humildad? Santa Teresa aprendió en la contemplación que humildad y verdad son dones de Dios, y van de la mano.
"Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira" (6M 10,7). 
La santa recibió esta revelación en una intuición divina -"sin considerarlo, sino de presto"-: sólo en la Verdad que es Dios, se tiene acceso a la verdad que somos y estamos llamados a vivir. Dios. El Espíritu de la verdad (Jn 14,16), que arraiga allí donde hay humildad, es el único que nos garantiza una verdad sólida. 


Adoradores en espíritu y en verdad

Enfrentado al Dios de la Verdad está el Príncipe de la mentira, el diablo, que trabaja para que sigamos ignorando el Amor, lo cual equivale a ignorar a Dios. Así  quien adora al señor de la mentira “no puede recibir al Espíritu de la Verdad, ya que no lo ve ni lo conoce” (Jn 14,17), es decir, lo ignora. Cuestión aparte es si se trata de una ignorancia culpable o inocente.

A menos que pongamos algún remedio el señor de la mentira va ganando terreno y haciendo poco a poco su obra. ¿Qué hacer? Jesús envía el “Espíritu de la verdad” que nos libera de nuestras mentiras y de las falsedades en y con las cuales nos tiene encadenado el mundo. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad –dice Jesús- , os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13).

Hay una palabra que define a Dios como la verdad: “amen”. Es una palabra que significa algo sólido, digno de confianza, estable, para siempre. Cuando se habla de Dios en la Biblia se dice de él que es fiel. La verdad es Dios, porque es digno de confianza y no falta nunca a sus promesas. En él la verdad se equipara a la fidelidad. El Dios de la verdad es el Dios fiel. Podemos fiarnos de Dios, podemos abandonarnos confiadamente a él, porque no nos defraudará. Él es la verdad porque es fidelidad amorosa, amor invencible.

Y esta verdad-amor que es Dios se ha manifestado en Jesucristo. En la persona de Jesucristo se revela la verdad de Dios, la verdad del hombre y, por tanto, también la propia verdad. Abrazar la verdad que es Jesús es abrazar su evangelio: “En verdad, en verdad, os digo... (amen, amen, dico vobis)”.

Cristo ha venido a dar testimonio de la verdad. Con Él cambia el modo de entender las relaciones con Dios y con el prójimo. Hay que construir no desde la ley y el templo, sino desde la verdad. “La ley fue dada por Moisés, por Cristo viene la gracia y la verdad” (Jn 1,17). “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,23). Todos sabemos lo que quiere decir esto; los profetas del Antiguo Testamento ya habían preparado el terreno cuando echaron en cara a los poderosos la falsedad de su fe y de sus actos de culto.

Lo que Dios quiere es “adoradores en espíritu y en verdad”, o lo que es lo mismo, hombres misericordiosos capaces de servir a Dios y a los hombres sin artimañas ni componendas, en la desnudez de la verdad. Vivir en la verdad es amar. Del odio no surge conocimiento alguno sino oscuridad e ignorancia. Conocer la verdad es conocer a Dios, y este conocimiento viene del amor y se manifiesta en el amor. “Quien dice: ´Yo le conozco´ y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1 Jn 2,4). 

Hay que ser muy humilde para aceptar la Palabra de Dios como la verdad definitiva sobre la persona, el mundo y la historia. Pero es el camino; basta dejarle a Dios la última palabra.

Sé pues, celosamente libre para buscar la verdad, y celosamente humilde para  seguir siendo libre.

Mayo 2023
Casto Acedo.

jueves, 13 de abril de 2023

Domingo de la misericordia (16 de Abril)


Domingo de la Divina Misericordia

EVANGELIO 
Juan 20,19-30

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Palabra del Señor

 * * *

Este segundo domingo de Pascua se celebra el Domingo de la Divina Misericordia, título que recibió gran impulso con el pontificado de Juan Pablo II.

¿Por qué la misericordia de Dios adquiere importancia en la Pascua? ¿No es más cosa de la Cuaresma? La Cuaresma invita a ponernos en manos de Dios misericordioso tras reconocer nuestros pecados, pero es en la Pascua donde se muestra explosiva y sorprendente la divina misericordia.

Contemplemos a los apóstoles “en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Habían apresado a Jesús y lo habían matado,  ¿qué esperaban sus seguidores sino correr la misma suerte? Ese miedo estaba justificado. Pero hay otro miedo del que no hablan  expresamente los evangelios, pero se intuye. En otros textos de apariciones, al presentarse Jesús a los suyos, comienza con una frase muy significativa: “No tengáis miedo”. ¿A qué miedo se refiere aquí el Señor? 

No es difícil de imaginar. Le  habían traicionado y abandonado. ¿Para qué vendrá Jesús ahora?  ¿Se vengaría de ellos por haberle traicionado? Tal vez por eso Jesús comienza calmándoles: “¡No tengáis miedo!”, tal como dijo a los de Emaús todo lo ocurrido estaba previsto por el Padre, y Él sabía que eran “torpes y necios para entender las escrituras” (Lc 24,25), muy limitados para la fe que se les exigía. Su principal pecado fue la ignorancia, "pues, si hubiesen conocido la sabiduría divina, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria" (1 Cor 2,8).

No entran la revancha y la exclusión en los planes de Dios Padre sino la restauración e inclusión de todo en Jesucristo, el Hijo. Dios no sólo perdona todo dando su Espíritu sino que, además, da con él el poder de perdonar, que no es otro que el poder de amar perdonando. "A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados".

“Dios es amor” (1 Jn 4,8) y en su ser “no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 2,13), su respuesta al odio no puede ser otra que la misericordia. ¿Para qué vino Jesús sino para amar? Llegada la plenitud de los tiempos Dios envió a su hijo al mundo para que todos volvieran a Él, que es como decir para que nos diéramos cuenta de quién es Él;  no es un patrón que impone unas normas sino un Padre que ama y perdona; por su misericordia no eres siervo sino hijo de Dios (cf Gal 4,4-7). 

La resurrección va a suponer un giro de ciento ochenta grados. Es el punto omega en el que culmina el amor de Dios. Lo que va a contar de ahora en adelante no es el dedo acusador de la ley sino los brazos abiertos de la misericordia divina manifestada en Jesucristo. Decir "Jesús ha resucitado" es decir "Dios te ama".

“Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. A partir de ahora lo que moverá al discípulo de Jesús no será el temor servil a Dios, ni el miedo a los judíos, sino al amor y la alegría. Sabemos que lo más contrario al amor no es el odio sino el miedo; y lo más parecido a él no son las buenas obras sino la alegría con que éstas se hacen. La presencia de Jesús da alegría e infunde paz. Por tres veces repite Jesús en el evangelio: “Paz a vosotros”. La clave del crecimiento espiritual está en la paz y la alegría. Y quien vive en paz y alegría las irradia. 

Misericordia de Dios, paz de Dios y alegría de Dios brillan de modo especial en este domingo. No debemos confundir la misericordia de Dios con la nuestra, ni su alegría con nuestros contentos, ni su paz con el silencio de las armas. La misericordia divina no es el fruto de una “buena confesión de nuestros pecados”, ni su alegría es la consecuencia de nuestras satisfacciones, ni su paz el resultado de nuestra paciencia. 

La divina misericordia es ante todo un don de Dios que sólo se comprende desde la experiencia personal del encuentro con el Resucitado. Repito: la misericordia, la paz y la alegría  son dones de Dios; y quien los deja entrar en su vida, los goza. Si hasta ahora yo buscaba esos dones sin conseguirlos, ahora es Dios el que me los regala sin yo merecerlos. ¡Basta que tengas fe! "Dichosos los que crean sin haber visto".

Me gusta decir que la Iglesia es la comunidad de los que se han encontrado con Jesucristo resucitado. ¡El Señor ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!  Estas dos frases resumen la experiencia de ser Iglesia; en ellas yo confieso mi fe,  mi experiencia de haberme encontrado con Cristo, y otros ratifican y comparten conmigo esa experiencia. La Iglesia es la comunidad de los que comparten ese Misterio. A partir de mi experiencia todo lo que sabía sobre Jesús y sobre mí se ilumina. 

Cuando los discípulos conocen y aceptan al Resucitado, cuando “se les abrieron los ojos y le reconocieron”, se “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24, 31.45).  A la  luz de la vida, muerte y resurrección de Jesús comprendieron su propia vida. Fue entonces cuando Tomás profesó su fe: “¡Señor  mío y Dios mío!”. Ha entrado en la Iglesia del Resucitado; ya no es un extraño entre los demás discípulos.

* * *

No me resisto a señalar otro dato importante en el evangelio de hoy. Jesús resucita “el domingo de Pascua”, se aparece a los suyos “el primer día de la semana”, domingo, y vuelve a aparecerse estando Tomás “a los ocho días”, otro domingo. Los primeros cristianos celebramos el domingo como el día del Señor  (eso significa domingo) porque en este día recordamos la resurrección. Es muy importante no perder esta tradición fundamental para nosotros: el domingo. Su celebración participando en la misa, descansando, conviviendo con familia y amigos, debería adquirir relevancia en nuestra vida personal y parroquial.

Sobre la importancia del tema puedes leer lo publicado en otro de mis blogs:

https://blogdecastoacedo.blogspot.com/2022/04/domingo-de-la-misericordia-24-de-abril.html

Feliz domingo de la octava, y no dejes de anunciar a otros que ¡Jesucristo ha resucitado!, porque ¡verdaderamente ha resucitado!.

Abril 2023

Casto Acedo

martes, 28 de marzo de 2023

Una reflexión sobre el sacramento de la Penitencia

Hace dos años que este comentario acerca del Sacramento de la Penitencia fue publicado en este blog. No viene mal reconsiderar cada año lo que se expone, y que, superando el reduccionismo práctico de "confesión-absolución-penitencia", invita a ver el Sacramento desde una perspectiva más amplia. 


Somos muchos los que en los días finales de Cuaresma acudimos al Sacramento de la Penitencia o Reconciliación. El apremio de las fechas, la mentalidad de “cumplimiento pascual” tan arraigada en nuestros pueblos y la consideración del rito sobre todo como “confesión auricular individual”, hacen que el sentido último del sacramento corra el riesgo de diluirse. La consecuencia de esta disolución es obvia: se cumple con lo mandado, hay "confesión" y absolución, pero la misericordia de Dios, por no decir Dios mismo, la esencia del sacramento, sigue en penumbra; y tras el rito  “la vida sigue igual”.

En otro orden de cosas, hay quien dice que “ya nadie o muy pocos se confiesan”, lo cual personalmente no me escandaliza, porque creo que la crisis espiritual no está en el hecho en sí de la confesión sino en la pérdida del sentido del pecado, en la propensión a no reconocerse pecador y en el desprecio de la virtud de la humildad, madre del arrepentimiento. El trasfondo de todo creo puede estar en la expulsión de Dios no sólo del del ámbito público sino también del privado.  Para muchos de los que se dicen creyentes Dios es considerado sólo como un apaño para momentos de bajo ánimo, una pastilla a la que recurro cuando mis caprichosos deseos no son correspondidos y entro en caída libre; Dios "para mí". 

* 1 *

Una primera pregunta: ¿Qué es el pecado? Si hiciéramos una encuesta entre personas asiduas a la Iglesia hallaríamos respuestas de catecismo tales como que el pecado es  una “desobediencia voluntaria a la ley de Dios”. Pero difícilmente encontramos personas que vayan más allá de la consideración del pecado como transgresión de unas leyes o mandamientos que a veces parecen absurdos. Sea como sea pocos entienden el pecado como un daño que se infringe uno a sí mismo o al prójimo cuando no se es fiel a los designios de Dios. 

La culpa y el pecado parecen haber desaparecido  en el mundo de hoy. Sin embargo, como dice el catecismo de la Iglesia Católica,


“el pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia” (CATIC 386). 

La cursiva es del propio catecismo. ¿Cómo vamos a comprender el pecado si no existe un vínculo, una relación con Dios?

Más que el incumplimiento de una ley el pecado es la ruptura de una relación que tiene consecuencias deplorables. Ahora bien, ¿basta que haya ruptura entre personas para que podamos hablar de pecado? Muchos, a la hora de analizar su conciencia en estos días se limitan a mirar cómo tratan a su esposo o esposa, a su familia, al vecino, al compañero de trabajo, etc., olvidando el enfoque teológico, es decir, la relación con Dios.  Sin conocimiento de Dios no podemos conocer el pecado (lo cual no quiere decir que no exista), y sin la revelación de Dios no  podemos conocer a Dios (que existe aunque lo desconozcamos o ignoremos).  Así explicita esto el mismo catecismo:


“La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente” (CATIC 387).

Bastan los dos números citados del Catecismo para que nos planteemos en estos días el sentido que ha de tener nuestra celebración del perdón, que no es sino el de un encuentro de Dios, a quien antes reconoces que no prestabas mucha atención y al que ahora, reconociendo tus errores, estás dispuesto a aceptar y a vivir una etapa nueva en tu relación con Él. El pecado en este caso era el obstáculo que impedía la comunicación; y no se trata de actos sino de actitudes, de tomas de posición contrarias a la voluntad de Dios revelada en la Escritura. El pecado es ir contra esa voluntad divina,  unas veces  por ignorancia y otras por desidia.

¿Qué tengo que hacer, entonces, para que la celebración del Sacramento del perdón sea lo más correcta posible?

*Primero poner los medios para salir de la ignorancia. ¿Cómo? Recurriendo al conocimiento de Dios que se revela en la Sagrada Escritura. “Lámpara es tu palabra para mis pasos” (Sal 118,1), por tanto necesito esa Palabra para conocer los designios de Dios y no errar en la vida. Cuando la Palabra va calando en mi corazón ya están siendo sanadas mis heridas. La Palabra cura (Mt 8,8)  y limpia (Jn 15,3), es medicina y fortaleza. Para prepararte a la celebración penitencial te aconsejo que medites detenidamente el salmo 118; habla sobre la Palabra de Dios, y es  muy largo, 176 versículos, pero merece la pena; y más cuando se ha llegado a la certeza de que Jesús de Nazaret es la Palabra de Dios hecha carne. Se entiende entonces que Jesús, por la Palabra, nos abre los ojos y nos sana.

*Y en segundo lugar, conviene tener asumido que el pecado, más que un acto concreto, es un “misterio”, el misterio del mal que se apodera del espacio interior, del alma. Los psicólogos y gurús de la nueva espiritualidad (nueva era) suelen identificar el pecado con el “ego”, una personalidad o personaje ficticio, que sirve a intereses creados y que oscurece y oculta mi ser original (soy criatura de Dios renacida por el bautismo) entorpeciendo la correcta relación conmigo mismo, con los hermanos y con toda la creación; poca o nula importancia dan las nuevas espiritualidades al pecado como ruptura con Dios.


* 2 *

Como dice uno de los textos del catecismo antes citados, se siente la tentación de explicar el pecado únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.”. 

Cuando la propia vida y la historia se miran exclusivamente con las gafas del "yo, mi, me", desde el prisma de la subjetividad autorreferencial, tendemos a considerar al pecado como enfermedad psicológica, una desviación de la mente que puede ser erradicada con una buena terapia. La experiencia demuestra, no obstante, que siguiendo métodos terapéuticos no siempre se resuelven los conflictos y los síntomas vuelven a aparecer de nuevo una y otra vez.  ¿No será  por el olvido de que somos seres en relación no sólo uno mismo sino también con el prójimo y con Dios? 

Algunas escuelas de psicología se están planteando ya si no hay que ir más allá de la mente y su dinámica, al espíritu y la espiritualidad subyacente, para lograr determinadas curaciones. Somos mente (psiché, alma) pero también espíritu abierto a la trascendencia.

¿Es el pecado algo más que un desajuste psicológico? ¿Basta trabajar sus afectos y tus aflicciones con un buen psicólogo para sanar la vida? Muchos piensan que sí, que con unas sesiones de mindfullnes y de terapia psicológica que empoderen al paciente es suficiente para que todo lo que está roto en el mundo se recomponga. Sería preferible decir "en su mundo", porque suelen sostener que el mal no es sino una mala visión, un problema visual del pecador. "Deja ir los problemas, suéltalos, no te ates a ellos,  y verás como te encuentras mejor. Tú puedes", dicen algunos gurús de la autoayuda. ¡Hay que ser ingenuos para creer esto! La táctica del avestruz que esconde la cabeza bajo tierra. Abre los ojos, despierta. No confundas la ingenuidad con la bondad, la primera es miope, la segunda es experta en ver las cruces  propias y las ajenas y en poner soluciones.  

Pienso que la psicología es un magnífico instrumento para observar los devastadores efectos del pecado: incomunicación, soberbia, tristeza, ira, violencia, lujuria,  envidias, etc., pero ¿basta con conocer el mal para que quede sanado? ¿Es el diagnóstico lo único necesario para curar una enfermedad? ¿Basta con ser consciente y empoderarse del propio ser para salir del agujero de la caída? Cierto es que saber lo que no funciona bien en ti es el principio de la conversión (cambio de vida), pero estoy convencido de que sólo un plus de amor mayor que el que yo me tenga puede sacarme del hoyo en el que he caído. 

El misterio del pecado -y digo misterio porque el mal es una realidad incomprensible e inexplicable-,  sólo puede ser vencido adentrándome en el misterio de Dios. Dios es amor; sólo el amor de Dios tiene suficiente poder para disolver las deficiencias y fallos de mis amores.

Sólo un amor más grande me libera de quedar atado a amores pequeños como son el amor a mí mismo, o el amor a mis objetivos o aspiraciones, o el amor a los que o de los que me rodean. Si mi salud espiritual, mi santidad, depende de personas  tan limitadas como yo, es grande el peligro de fracasar. Son amores parciales, limitados, imperfectos.  Pero si mi confianza y fuerza las pongo en Dios, un amor superior, infinito, eterno, puedo aspirar a poner remedio definitivo a mis males.  

* 3 *

Desde las premisas expuestas quiero advertir que una Celebración Penitencial sólo tiene sentido si se la enmarca en un proceso de fe y de crecimiento espiritual que tiene como referencia primera el amor de Dios. Si haces de ella sólo un "lavado de cara" un simple "maquillaje", un "lifting" espiritual, entonces es mejor que no te confieses, porque lo único que harás será tapar las ronchas que te han salido a causa de la infección que pudre tus entrañas. Si las tripas enfermas de tu alma no se exponen a la misericordia de Dios no podrán curarse para siempre, y las ronchas seguirán apareciendo una y otra vez. 

El legalismo es la enfermedad del fariseo, la convicción de que se pueden hacer apaños con Dios, engañarle, mostrarle los eccemas de la piel mientras se le oculta el cáncer que corroe el espíritu. Cuando se hace una confesión sin el debido examen a la luz de la Palabra y el necesario arrepentimiento y dolor de los pecados, lo que se está haciendo en realidad es un ejercicio de soberbia e hipocresía; un pecado multiplicado. Corruptio optimi pessima, la corrupción de los mejores es la peor, dice el dicho latino. "Si estuvierais ciegos -dice Jesús a los fariseos-, no tendríais pecado; pero como decís "vemos", vuestro pecado permanece" (Jn 9,41), y se hace cada vez más grande, añado.



* 4 *

Si te estás preparando para celebrar la Penitencia estos días, ya sea en comunidad o individualmente, no pienses que el sacramento se juega entre tú y la psicología, tú y las leyes morales, tú y tu relación con el prójimo, tú y tu aceptación de ti mismo. El sacramento es un misterio de encuentro entre tú y Dios, tu ser limitado y pecador y el Ser misericordioso e infinito que es Dios. Dejarte abrazar por Dios no va a producir en ti un simple cambio legal, un paso de pecador a justificado, sino un cambio tremendamente vital,  paso de siervo a hijo de Dios, de ajeno a amigo de Jesús, de sufrirte vacío a sentirte habitado por el Espíritu, pasas de ser admirador de Dios a ser un enamorado. La Penitencia, el perdón de Dios, no te sube a un pedestal, te baja a ras de tierra, donde puedes  encontrarte con Jesús, Dios encarnado y crucificado, Dios amante.

Al preparar tu Penitencia no te fijes en tus actos pecaminosos: violencia, juicios injustos, envidias, apropiación indebida de cosas o personas, crímenes verbales, etc. Los actos externos son la punta del iceberg, lo que más se ve, pero no lo son todo en el “misterio del mal”. Si es verdad que no nos justifican las obras sino el amor que ponemos en las obras, también es verdad que no nos hacen pecadores las malas acciones sino el impulso maléfico que las provoca. Por eso, ahonda y busca las causas que te llevan a obrar incorrectamente. La psicología te puede ayudar. Es importante conocer el mal que padece tu alma,  como es importante también conocer a Dios y tenerlo en cuenta.

Cuando te limitas a confesar los actos cometidos, y  te desinteresas sobre la causa interior  que los provoca, las mismas faltas vuelven a ser materia de la próxima confesión. Deberías preguntarte ¿por qué? Y posiblemente descubras que en realidad no estás convertido a Dios, no vives de cara a Él sino a otras cosas, esas “otras cosas” que no quieres soltar y que hace años que pactaste contigo mismo -o con el diablo- hasta dónde estás dispuesto a llegar en tu renuncia. Tu corazón está atado a otros dioses que no son el Dios de Jesucristo. Tu tesoro no está en Dios, y “donde está tu tesoro está tu corazón”.

Termino recomendándote que medites sin prisas todo lo que he dicho acerca de la ley, la confesión, el misterio del mal, Dios, la renuncia, etc... Y que te replantees seriamente por qué te confiesas estos días. ¿Por ley o por compunción amorosa? ¿Haces una confesión de tus pecados  interesada para alejar de ti el miedo a perderte el cielo, o es una confesión del amor de Dios que consideras que no mereces y sin embargo recibes? Si tu respuesta es la primera, compadécete de ti mismo, porque al creer que tienes que ser siempre perfecto te estás perdiendo la alegría de la vida; si es la segunda, alégrate, porque estás en el buen camino, la senda de los pecadores que se saben amados.

Leyendo los evangelios, pregúntate: ¿Quiénes eran los amigos que se escogió Jesús? ¿Fariseos que ponían su fe en el cumplimiento de las leyes, o pecadores como Pedro, Mª Magdalena, Zaqueo, Pablo de Tarso, etc? Es claro que lo que sanó a éstos últimos fue el misterio del amor de Dios en Jesús; se dieron cuenta de que ganar el cielo no es un juego de habilidades y cumplimientos legales sino un modo de existencia donde el amor de Dios es lo primero. Fue el amor de Dios en Jesús lo que les sedujo, no un acceso al cielo a plazos y con rebajas.

Cuando te acerques a "confesar" uno de estos días, no absolutices tus pecados; confiesa el amor de Dios, el único que puede sanar tu corazón enfermo. Y aprovecha para replantearte si tu espiritualidad es farisaica (alcanzar el cielo por tus méritos) o cristiana (vivir el cielo como un don de la misericordia divina que recibes  con humildad),  y ¿por qué no plantearte un reinicio de tu vida a partir del Evangelio de la misericordia?

¡Feliz encuentro con el Señor en el Sacramento del Perdón! 

Marzo 2023 -2025

Casto Acedo 

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La fiesta de los amigos (Todos los Santos, 1 de Noviembre)

"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Pad...