lunes, 20 de marzo de 2023

San José (20 de Marzo)

Hace ahora 27 años, Don Oswaldo Ordoñez (DEP), en aquel momento párroco de Calamonte, donde ejercía el ministerio junto con su hermano Néstor, me pidió que predicara en el día de la fiesta. Y rebuscando qué decir de san José en este blog, se me ha ocurrido la idea de transcribir la homilía que hice en la ocasión. Por si sirve de reflexión en el día de san José, aquí va. Y de paso felicidades a los que celebran hoy o celebraron ayer su onomástica, a los seminarios que celebran su día, a las demás instituciones que están bajo la advocación de san José, ... y a toda la Iglesia por tener un patrón tan discreto.
Y para quienes puedan pensar que voy con retraso en el día del santo, recordar que este año la Iglesia celebra al santo el día 20 de Marzo por la prevalencia del cuarto domingo de Cuaresma, que fue ayer.

 
HOMILIA PARA LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSE
 CALAMONTE (Badajoz)
19 de Marzo de 1996

Queridos hermanos:

Invitado por vuestro párroco, D. Oswaldo, me encuentro aquí compartiendo con vosotros el pan de la Palabra y la Eucaristía en este día tan importante para la comunidad cristiana de Calamonte.
 
Y aquí estamos, reunidos en torno a la mesa común, una mesa que siempre preside nuestro señor Jesucristo, pero que en el día de hoy tiene un invitado especial: san José. Su presencia queda patente en su imagen, pero donde se muestra de forma más patente es en la devoción que profesáis al santo. Los cristianos católicos adoramos a un solo Dios, al Dios trinitario, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero ese culto de adoración no nos impide darle gloria recordando y venerando las maravillas que ha hecho en medio de su pueblo. Y una de esas maravillas ha sido el seguirse manifestando a nosotros por medio de hombres santos que con su vida han dado testimonio de Dios.

Los santos, y entre ellos la Virgen Santísima y  san José, son para nosotros motivo de alegría y de esperanza, porque en ellos contemplamos la obra de Dios, lo que Dios ha obrado en medio de nosotros. Hoy, la Iglesia entera, y de una forma particular el pueblo de Calamonte, venera a san José. Tenéis el orgullo de tener por patrón al patrón de la Iglesia, al hombre al que Dios confió los primeros misterios de la salvación de los hombres (Oración colecta)


Patrono de la Iglesia

La oración colecta de la misa nos da una  primera clave para comprender bien la devoción a la persona de san José: ...haz que por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente (los primeros misterios de la salvación) y los lleve a plenitud en su misión salvadora.  Ser devoto de san José es continuar su tarea, la tarea de mantener viva la fe en el misterio de la encarnación de Jesús, el Hijo de Dios, y de entregar esa fe a todos los hombres para su salvación.
 
Nuestro Dios se ha ido revelando a los hombres a lo largo de la historia. La Palabra de Dios en la Biblia recoge la historia de la acción de Dios dirigida a un pueblo y unos hombres concretos: Abrahán, Moisés, los profetas, María... A su vez, la respuesta de estos hombres a Dios, su fe, sus buenas obras, se han hecho también revelación para nosotros. Dios no habla solo con Palabras, sino también con hechos. Los grandes hombres de la Biblia, su actuación, también son palabra de Dios, evangelio, buena noticia. El culmen de esta revelación, su plenitud, se nos dio en Jesucristo: reflejo de la gloria del Padre. Palabra y vida se han fundido en Él. Cristo es la Palabra hecha carne, Dios dentro de la historia.
 
A san José, hombre de fe, conocedor de las Escrituras, lo elige Dios para ser un fiel custodio del misterio de Cristo. Y, no sin dificultades, aceptó el encargo, la misión de facilitar la salvación de Dios a la humanidad .
 
Hoy la Iglesia tiene esa misma misión. Y al hablar de Iglesia, no quiero que penséis en el clero, en la jerarquía. Pensemos hoy en la Iglesia de Calamonte, en su comunidad cristiana. Hemos recibido una tradición. Y esa tradición no son unos ritos, ni unas prácticas rutinarias de fe. Una tradición es un hilo de vida, unos valores humanos (solidaridad, bondad, honradez, espíritu de sacrificio, etc.) y divinos (una fe viva y una esperanza ardiente en el Misterio de Dios), que se transmite de padres a hijos, de generación en generación.
 
La devoción a san José  es una tradición propia de esta comunidad. Y os toca ser garantes y fieles conservadores y transmisores de ella.  Ser devotos de san José es un gran privilegio, pero también un compromiso: imitar sus virtudes, procurar vivir en la fe como vivió él, dejarse arrastrar por el amor de Dios como él hizo. Mantener la celebración externa, la apariencia, sólo será posible si ésta responde a una interiorización de los mismos valores que vivió nuestro santo.
 
¿Cuáles son los valores concretos que sobresalen en san José?  La Palabra de Dios no nos dice gran cosa sobre Él. O mejor, nos dice mucho, pero con pocas palabras: “José...que era bueno”. De Jesús se decía: “todo lo ha hecho bien”. De José, su padre, que “era un hombre bueno”. Y, hermanos, la bondad es el mayor de los valores a los que uno puede aspirar. Ser bueno es ser santo. En estas palabras del evangelio, san Mateo está canonizando al esposo de María. Era bueno a los ojos de los hombres, y bueno a los ojos de Dios. Su santidad-bondad se nos manifiesta en sus virtudes. Comentemos algunas de ellas.


La virtud de la fe.

En la segunda lectura de la liturgia de hoy san Pablo nos dice de Abrahám: No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para  Abraham y su descendencia  la promesa de heredar el mundo. (Rm  4) Estas mismas palabras las podemos aplicar a José. Dios llamó a Abraham para una misión, también a san José . A ambos se les pidió confiar, creer, abandonar  sus  propios proyectos y abrazar los de Dios. Dios los eligió, los apartó, para ser santos.  Y ambos se lanzaron a vivir las pruebas de la fe, crucificando la razón, poniendo el amor a Dios sobre todas las demás cosas.
 
También a nosotros nos ha llamado Dios. También nos ha elegido por el bautismo «para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor».  También a mí y a ti, nos ha elegido el Señor, y nos ha traído esta mañana de san José a este lugar para aumentar nuestra fe y edificar nuestra vida con la contemplación de su obra: la obra que Dios hace en san José.
 
Es el Señor quien nos convoca. Nosotros solos no habríamos podido venir. Estaríamos mejor en casa, descansando, reponiendo fuerzas para seguir la fiesta... Hay que dar gracias a Dios, porque es el que llama, pero también,.  junto con la llamada, da la fuerza para responder.  Como todo depende de la fe, todo es gracia .(Rm 4) Lo mismo hizo con san José. Le llamó para una delicada tarea, para una paternidad un tanto irregular, y él aceptó fortalecido por la gracia que le vino por  la fe. Por eso estamos de fiesta; porque Dios se fijó en san José y lo bendijo.

Obediencia.

La fe es un don de Dios, una llamada que pide una respuesta: la obediencia. Dios no se entromete en la vida del hombre sin su permiso. Tal vez pensemos que José fue un «pobre hombre» al que Dios le fastidió sus planes, una víctima de la elección de Dios, uno al que le tocó el papel del feo de la fiesta.  Pensar así es minusvalorar a Dios, o, peor aún, entender a Dios como enemigo nuestro. Y Dios no es así. Él no viene a robarnos la vida, sino a dárnosla, a planificárnosla. Dios no destruye en nosotros lo humano, sino que lo potencia.
 
José podría haber actuado denunciando a María, y dejándo que fuera condenada a muerte. Si así lo hubiera hecho sus paisanos le hubieran considerado un hombre de honor amante de las leyes. Sin embargo, respetó el misterio, creyó la Palabra que le anunció que lo que llevaba María en su seno era cosa de Dios y aceptó el compromiso. Su respuesta estuvo preñada de amor a Dios y, cómo no, de amor a María.  Obró valientemente. Pudo más en él el amor que el odio, la fidelidad interna que la «honra externa».
 
 Tal vez habría lavado su honra con la denuncia de María y su posterior condena a morir apedreada; hubiera blanqueado la fachada, pero prefirió mantener limpia la copa por dentro, aunque por fuera se le tildara de «deshonrado». Dios no le arrancó su humanidad, sino que lo hizo «más humano» en el más amplio sentido de la palabra: más sensible a su dimensión espiritual, más sensible a la situación un tanto embarazosa de María. Amó a María repetándola sin pedir nada a cambio. Hubo de crucificar su razón,  y hubo de pasar por alto el “miedo al qué dirán”  para dar paso a la obediencia de la fe.
 
Jesús, en un momento de su vida pública dijo : “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado”. En la prueba de la pasión repetirá: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Esa obediencia sin condiciones a los deseos del Padre fueron también una realidad en san José. 
 
La fe gigantesca de José,  y su obediencia a la voluntad de Dios, son, sin duda, sus mayores virtudes. Desde ella hay que entender su vida y los motivos de su patronazgo sobre la Iglesia.
 
Padre y esposo.  
 
Sólo desde la fe podemos entender la paternidad de san José. Elegido por Dios para “aparecer’ como padre de un niño que sabe que no es obra suya. Renunciar a la “bendición”  que suponía para un buen judío de su tiempo, tener una descendencia propia. Aceptar en su casa a una mujer sobre la que pesaba la sospecha de la deshonra. Al aceptar a María, José adquirió una responsabilidad tremenda.

¡Por amor a Dios! -podemos decir. También por amor a María. No se comprendería el uno sin el otro. El amor a Dios no quita el amor a la esposa.José amó respetando el misterio en su esposa. ¡Qué ejemplo para nuestros matrimonios! Amar sabiendo respetar la identidad y originalidad del otro.
 
Como pareja matrimonial un tanto irregular, José y María, son todo un ejemplo a seguir. Esposo-esposa, y Dios en medio. Jesús, el Hijo, que podría haber sido motivo de discordia, por sus orígenes no muy claros, se convierte en motivo de unión, en semilla de amor fecundo.
 
Poner a Dios-en-medio (Dios-con-nosotros) es garantía de fidelidad, de entrega, de proyecto común que no se encierra en las cuatro paredes de una casa, sino que se proyecta hacia metas insospechadas. José es modelo de fidelidad a Dios, y esa fidelidad se manifiesta también en la fidelidad a su compromiso matrimonial vivido con renuncias y sacrificios.
 
Con respecto a Jesús, José debió tener la actitud que a menudo echamos de menos en las relaciones padre-hijo. Él tuvo conciencia de que los hijos no son propiedad de sus padres. A ellos solo les incumbe la tarea de educarlos. Los hijos son de Dios. Son hijos de la libertad. Por eso, tanto ahora, como en cualquier época, la tarea de educar es difícil. Educar para la libertad. Si Jesús se manifestó en su vida pública como el hombre libre por excelencia, san José puso en ello, sin duda, su granito de arena.
 
 
Trabajador.
 
Uno de los pocos detalles que nos desvela la escritura sobre san José es su condición de trabajador. A Jesús le llamaban “el hijo del Carpintero de Nazaret”. El trabajo del santo era, por tanto, un trabajo manual. Por ello es también patrono de los obreros.
 
Su fe no le impidió realizar su trabajo, al contrario, le dió un sentido.  Para un cristiano, para un devoto de san José, el trabajo manual no es un signo de maldición divina. Nuestra fe no dió sus primeros pasos en una familia de aristócratas, sino en una familia de obreros, de pequeños artesanos.  Para José y Jesús de Nazaret, el trabajar con sus manos no sólo fue una necesidad por tener que  ganarse el sustento diario, también fue un medio de santificación. Trabajar es colaborar con el Padre en la obra de la creación. El trabajo bien hecho me santifica y santifica al mundo. Y en esto, san José nos da también un ejemplo. “Un hombre justo”, un “hombre trabajador”.
 
Por ello, privar a un hombre de la posibilidad de un trabajo con que mantener dignamente a su familia y realizarse como ser humano útil a la comunidad, es algo cristianamente inaceptable. No se puede ser devoto de san José sin valorar la dignidad del trabajo ni el derecho de todo hombre tiene a este medio de realización personal y plenitud de vida. El título de “obrero” dado a san José por el pueblo cristiano es una invitación apremiante a reconocer el derecho al trabajo y la obligación de trabajar.
 
Ser santo no es sentarse a mirar la inmensidad del cielo esperando que Dios venga a recogernos. Ser santo es tener los pies bien puestos en la tierra, construir aquí abajo el Reino de Dios con la esperanza de que un día se vea cumplido plenamente.
 
Y hay una pregunta que los creyentes que más asiduamente pisamos la Iglesia deberíamos hacernos: ¿porqué el mundo obrero se aleja de ella? San José era obrero.

Conclusión.

Hoy estamos de fiesta. Damos gloria a Dios por el testimonio que san José es para todos nosotros. Somos sus devotos. No olvidemos que esa devoción nos obliga a seguir el camino de las virtudes señaladas por él.

Tampoco olvidemos que la fiesta tiene que crear entre todos los calamonteños, como entre todos los hombres,  un sentido de unidad y fraternidad por encima de ideologías y formas de entender la vida. La fe en el mismo Dios en quien creyó san José nos une por encima de cualquier otra cosa.

Demos gracias a Dios y a san José, y continuemos la celebración eucarística con devoción. ¡Que la protección de san José esté siempre con nosotros!. 
 
Casto Acedo. Calamonte, 1996





martes, 21 de febrero de 2023

Miércoles de Ceniza (22 de Febrero)

EVANGELIO
 Mateo 6,1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuand noo hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. 

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará». 

Palabra del Señor

En los días de Carnaval, fiesta pagana con cierto deje de reacción anticristiana, vemos como la gente se disfraza, se pone la máscara, juega a ser aquello que querría ser pero que no puede o no quiere, porque muchos condicionamiento o esclavitudes se lo impiden. No hace falta decir que tras la máscara se esconden las frustraciones y miedos que sólo el anonimato que facilita es capaz de romper.

Al Carnaval le sigue el Miércoles de Ceniza; y con él entramos en Cuaresma, tiempo de desenmascararse, de mirarse cara a cara al espejo, de despejar el rostro propio ante Dios; cuarenta días para entrenarnos en el noble arte de la "sinceridad para con Dios y para conmigo mismo", sinceridad que exige asumir el hecho de que somos mortales.  El "no moriréis" que predica la Serpiente en el jardín del Edén 
(Gn 3,4) es una mentira. La muerte descubre la verdad  que somos: "eres polvo y al polvo volverás" (Gn 3,19), eres un ser para la muerte. Y, oh paradoja, sólo la muerte dará acceso a la vida eterna. "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere..." (Jn 12,24).
 
AYUNO, ORACION Y LIMOSNA
 
La Iglesia nos propone en Cuaresma unas prácticas espirituales muy útiles para redescubrir las fuentes de la vida eterna. Se trata de la oración, el ayuno y la abstinencia. Oración para adentrarnos, pequeños como somos, en la grandeza de Dios; ayuno para despojarnos de la falsedad y mirarnos tal como somos: débiles y mortales;  y limosna para situarnos en lugar del prójimo  y compadecer con él y de él. Tres prácticas que ayudan a reflotar esa empresa que es nuestra vida cristiana.  

1.-LA LIMOSNA. La limosna es un acto de misericordia y bondad hacia el prójimo. Si Dios se muestra en la Escritura como el defensor de los pobres, el discípulo también debe serlo.  

Dar limosna  es un gesto que no podemos reducir al hecho de desprendernos de unas monedas. La limosna paternalista está fuera de lugar. Hay que buscar las causas de la pobreza, y actuar sobre ellas. La limosna ha de hacerse desde la justicia, dando no por compasión sino como respuesta a un derecho que el prójimo tiene. Y ha de hacerse  en secreto, "que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha" (Mt 6,3).

La Caridad no debe ser un espectáculo, un medio para ganar fama, sino un acto de humildad. 

Desprenderse a escondidas de algo sin esperar nada a cambio, servir a los más pobres, comprometerse en la vida pública como servicio al bien común por  pura gratuidad, esa es la auténtica limosna, la que Dios quiere.


2.- LA ORACION. La Cuaresma invita a acrecentar la oración, a dedicar más tiempo a la búsqueda y encuentro con Dios. Sabemos que necesitamos de Dios, que nuestra carga es pesada y no podemos con ella. Cualquier mortificación que vivamos sin la mística de la oración no tendrá sentido.

La oración la practicó Jesús los cuarenta días que estuvo en el desierto siendo tentado por el diablo. El cristiano que vive la cuaresma ¿no va a necesitarla? En cuaresma somos invitados a intensificar la lectura de la Palabra de Dios, a cultivar la oración personal y comunitaria y a una participación más frecuente en los sacramentos (Eucaristía dominical y diaria, Penitencia....); no olvidemos que el espíritu del mal y la injusticia no puede ser arrojado fuera más que con las armas de la oración y el ayuno (Mc 9,29).

3.- EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA. Llevar una vida moderada, tomar conciencia de que "no sólo de pan vive el hombre" (Lc 4,4). El ayuno no puede limitarse a la privación de comida. El ayuno que Dios quiere es el ayuno de injusticias, purificación del espíritu más que del estómago.

¿Quiere esto decir que debemos abandonar el signo externo y centrarnos en el interno? ¡De ninguna manera! Ciertamente lo que cuenta en la práctica del ayuno es la disposición interior, pero ¿será capaz de ayunar de soberbia, avaricia o  gula espiritual, quien es incapaz de privarse de ello materialmente?

El ayuno externo ayuda a profundizar en el interno, obliga a tomar conciencia de la necesidad de privarse de alguna que otra comodidad. Hemos de evitar la paradoja de “ayunar exteriormente  sin ayuno interior”, es decir, abstenernos de comer alimentos, pero no renunciar a alimentar nuestro ego con alimentos como la soberbia o la ira; pero también és aconsejable evitar el “no ayunar material” ya que el olvido de la práctica exterior también puede arrastrarnos al abandono  de la exigencia interior. 

De todas formas, no consideremos el ayuno como una competición (“a ver quien resiste más sin comer”), ni tampoco como una huelga de hambre (1); el ayuno es un gesto de oración que se orienta a la “conversión personal”.


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(1) NOTA: Para clarificar ideas: ¿Qué diferencia hay entre  "practicar el ayuno" y hacer "huelga de hambre"?

Las diferencias entre el ayuno y la huelga de hambre:
-La huelga es más radical, a veces un absoluto que llega hasta el sacrificio de la vida. El ayuno siempre es moderado y nunca debe perjudicar la salud.
-La huelga es un grito de protesta. El ayuno es oración.
-La huelga es una denuncia de la injusticia. El ayuno es anuncio de otra realidad.
-La huelga ha de ser conocida. El ayuno no debe notarse.
-La huelga es un arma de lucha social. El ayuno es un medio de lucha contra ti mismo y tus pasiones.
-La huelga quiere cambiar la sociedad. El ayuno quiere cambiar el corazón.
-La huelga suele tener resultados espectaculares. El ayuno no tiene repercusiones en lo político-social.
        Pero la huelga y el ayuno, si son limpios, brotan de una raíz común, que es el amor. 
 
 (Tomado de El otro, la nueva teofanía, Cuaresma y Pascua, 1995; editado por Caritas Española, pg 37).

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El Evangelio que se proclama el Miércoles de Ceniza nos regala un programa para avanzar en la conversión.  Es un gran error el creer que ya estamos convertidos del todo; siempre estamos en camino. Este año, la Cuaresma quiere que des un paso más hacia adelante, hacia el encuentro con Dios, que te comprometas un poco más, que te vayas “con-formando” progresivamente con Cristo.

La escucha de la Palabra de Dios en actitud orante, la celebración de los sacramentos (Penitencia y la Eucaristía), y la práctica del amor cristiano serán otros pasos que puedes dar para alcanzar la meta: tu propia salvación, un sentido para tu vida que va más allá de la muerte. 
 
Si estás dispuesto a seguir ese camino, si quieres practicar el ejercicio de la Cuaresma, acércate y deja que el sacerdote imponga sobre tu cabeza la ceniza. Te dirá: “Conviértete y cree en el evangelio”, o bien, “acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”. Este pequeño gesto es un primer paso hacia la Pascua; luego has de seguir el camino.

[Misa e imposición de la ceniza el Miercoles, a las 7 de la tarde (San Pedro de Mérida) y a las 8 (Trujillanos)]

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Otro comentario-reflexión sobre el sentido de la Cuaresma en:

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Febrero 2023
Casto Acedo

sábado, 21 de enero de 2023

Entra en tu vida (Domingo 22 de Enero)

EVANGELIO Mt 4,12-17

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

¡Palabra de Dios!


Los pecados capitales

En nuestros días son muchas las personas las que acuden a los centros de psicología demandando ayuda para llevar adelante su vida. Buscan luz que les ayude a salir de la oscuridad en la que parecen vivir. Antes de existir profesionales y centros de terapia psicológica las personas buscaban consejo recurriendo al confesor o al sacerdote o director espiritual. Hoy parece más común confesar las propias miserias al psicólogo que acercarse al confesionario en un apartado rincón del templo. Habrá que tomar nota de por qué han cambiado las cosas; no nos detenemos aquí a dar explicaciones.

Los desajustes personales que se confiesan al psicoterapeuta siguen siendo los mismos que antes se declaraban en el confesionario: problemas de caracteres fuertes que se resisten a la humildad (soberbia), de seguridad económica (avaricia), desajustes afectivo-sexuales (lujuria),  impaciencia que conduce a impulsos violentos (ira), desorden en la alimentación por exceso o defecto (gula), desgana para el trabajo u otras actividades (pereza), o tristeza por el bien ajeno (envidia).

A los pecados capitales se les describe en la antigüedad patrística como pensamientos o demonios. Y se escribieron tratados sobre ellos, como el Tratado práctico, de Evagrio Póntico (siglo IV), donde se exponen los “ocho pensamientos” (a los siete pecados que nos han llegado se le añade la acedia) y se dan consejos “contra los ocho pensamientos”. Cualquier estudioso que se acerca a este autor queda sorprendido por su finura psicológica.

¿Qué tiene todo esto que ver con el evangelio de hoy? Bastante. En él se dice que “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra y sombras, una luz les brilló”. No cabe duda de que Jesús viene a iluminar a quienes viven en la oscuridad a la que le han llevado los pensamientos o pecados capitales que hemos citado y buscan refugio y ayuda para reorganizar su vida. La propuesta de Jesús es muy sencilla: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, cambiad vuestra visión de las cosas, Dios está cerca de vosotros y quiere ayudaros a recobrar la felicidad.

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Convertíos

Jesús invita a la metanoia, palabra griega que traducimos por conversión o cambio de vida aunque noia se refiere más a la mente-conocimiento (gnosis), y tal vez también podríamos traducir como ir más allá (meta) de la mente (noia) mundana. Solemos decir muy acertadamente que convertirse es cambiar de mentalidad, comenzar a pensar y vivir con los ojos puestos más allá de lo inmediatamente dado, pasar de la superficial a lo profundo.

La conversión tiene mucho que ver con la vida. Tan es así que me atrevería a decir que no es otra cosa sino "entrar en la propia vida". Los pecados capitales te sacan de ti mismo, te alejan de tu esencia, te hacen vivir en la ficción del ego. “Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3,17). Convertirte es alejar de ti los pensamientos (mentalidad) soberbios que te corrompen y “volver a ti mismo”, regresar con humildad a lo que eras por naturaleza antes de la caída y recobraste luego por el bautismo. Convertirte es renovar tu bautismo, nacer de nuevo, renacer a tu espíritu por el Espíritu (cf Rm 8,16)

¡Qué importante es tomar conciencia de esto!, reconocer que “el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo” (Gn 4,7). Puedes vencerlo gracias a que el Reino de los cielos, el mismo Jesús, está cerca de ti revistiéndote con las armas que necesitas (Ef 6,10-18)

Hay un libro de psicología que invita a practicar el autoconocimiento, a conocer la propia mente, sus mecanismos, trampas y autoengaños y a dar pasos hacia la renovación interior: “Sal de tu mente, entra en tu vida. La nueva Terapia de Aceptación y Compromiso”. Salvando las distancias, veo en el título un resumen de la conversión que Jesús predica. Jesús te pide ir más allá (meta) de tu mente o mentalidad (noia), de los pensamientos que perturban tu corazón, del ego que te domina, y regresar a casa,  reencontrarte contigo mismo, vivir aceptando, eligiendo y comprometiéndote con la vida para la que has sido creado y a la que Dios te llama.

El mensaje de Jesús caló en sus oyentes no por ser una nueva filosofía sino por su carácter práctico: ¡entra en tu vida! No basta saber que te conviene dejar atrás la vida oscura, has de dar pasos hacia la Luz, donde está la vida auténtica. "Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús" (Flp 3,13-14); debes abandonar las prácticas egoístas para que emerja en ti la vida nueva que eres. Como dice el título del libro citado, "salir de la mente (aposento del ego) y entrar en la vida", soltar los pensamientos que te impiden ser tú mismo y vivirte mirándote en el espejo de la Palabra de Dios (Mt 7,24-27; GS 22).


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Al invitarte a la conversión el evangelio de hoy quiere que vuelvas a tu origen, que te despojes de lo viejo, que abandones  los pensamientos ególatras y te dejes iluminar por los pensamientos de Dios (evangelio). No eres feliz a causa de tu enorme soberbia, tu ira impaciente, tu amarga envidia, tu insistente pereza, tu avaricia insaciable, tu lujuria desbordada o tu gula insaciable. Necesitas terapia, sanación. 

La personalidad de Jesucristo es muy rica en matices. Son muchos los títulos que se le atribuyen: Mesías, Pastor, Maestro, Camino, Luz, Verdad, etc. Los santos padres en sus escritos también destacaron en Él su calidad de Terapeuta. No es ésta faceta de su personalidad un invento de teólogos antiguos, está suficientemente atestiguada en los Evangelios: “Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23).

Puedes acudir al psicólogo, y tal vez sea necesario que lo hagas como ayuda para reconocer tus insatisfacciones, pero te aconsejo que no minusvalores la ayuda de Aquel que no sólo aliviará o distraerá con consejos tus sufrimientos sino que sanará la herida que los provoca.  La auténtica sanación y conversión apunta hondo, al núcleo del ser,  allí donde se enraízan las pasiones humanas (cf Mt 15,18-19). 

Jesús comienza su proyecto de evangelización con este eslogan: “Convertíos”. Con ello  invita a volver a Dios, a conocerle como Padre y reconocerte en Él como hijo. A los que acudían a Él, “Jesús los acogía, les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación” (Lc 9,11). 

¡Conviértete!, es una llamada a salir de tus pecados (tus pensamientos erróneos) y entrar en tu vida, la vida auténtica que se sostiene en la práctica de las virtudes que proclaman las bienaventuranzas (pobreza, paciencia, misericordia, humildad, etc.). La vocación cristiana no es otra que la llamada a descubrirte a ti mismo en estas virtudes. Tú eres paz, misericordia, perdón, amor, ...,  lo contrario es el pecado que te hace ser lo que no eres. Convertirte es volver a lo que eres desde la creación, a lo que perdiste en la caída, y recuperaste con tu bautismo.

No estás solo en el empeño, Jesús y su  Iglesia te acompañan y te ayudan.  Pídele cita, cuéntale tus penas, confiésale tus errores, escucha su Palabra, déjate abrazar por su perdón y entra en el grupo de los que viven unidos por su Espíritu. Un buen programa para hacer efectiva tu vuelta a casa. 
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Nota: La  liturgia de hoy propone leer Mt 4,12-17, que trata de la invitación a convertirse y la llamada de los primeros discípulos. No obstante permite centrarse sólo en la primera temática, vv. 12-17. Es lo que hago aquí. Pero si alguien desea centrarse en el segundo tema puede ir aquí:

¡Feliz domingo!

Enero 2023
Casto Acedo

sábado, 5 de noviembre de 2022

¿Es aburrido el cielo? (6 de Noviembre)

 

EVANGELIO 
Lucas 20,27-38.

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
- «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano . Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».

Jesús les dijo:
-«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.

Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

¡Palabra del Señor!


El cielo debe de ser muy aburrido. Allí los hombres no se casan ni las mujeres toman esposo, no se puede disfrutar de un buen banquete de bodas gustando los mejores vinos y los más sabrosos manjares. Tampoco se puede practicar sexo, ni tomar drogas, que para tantos es la panacea de la felicidad.

¿Qué es una vida sin los gustos de la buena mesa y los placeres de la carne? Además, en el cielo no hay cuentas bancarias a las que mirar devotamente y sobre las que sostener mi estatus, ni registro de títulos académicos o nobiliarios. Ni siquiera se puede disfrutar de las desgracias ajenas practicando el noble arte del chinchorreo, porque allí todos son buenos y todo juicio malicioso un imposible. ¿Tiene sentido una existencia así, privada de los placeres del cuerpo y del alma? ¿Quién quiere ir a un cielo así?

No es extraño que los saduceos, contemporáneos de Jesús, negaran la resurrección. Ellos formaban parte de la casta de gobernantes, del grupo de los ricos y poderosos de Israel. “No hay resurrección”, decían; y esta negación tenía su lógica: “Dios premia a los buenos en la tierra, y a nosotros nos ha dado riquezas porque somos buenos; y el que es pobre es porque se lo merece; algo habrá hecho”. 

Por otro lado, el también importante grupo de los fariseos, amantes de la ley, afirmaban que "sí hay resurrección" para quienes cumplen los preceptos establecidos. 

¿Y qué dice Jesús? Jesús dice sí a la resurrección, pero no como premio al cumplimiento de la ley sino por pura fidelidad-amor  de Dios que nos hace participar de su naturaleza viviente: “Que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos”.

* * *
Ahora bien ¿cómo será el cielo en el que resucitaremos? 

Nuestra imaginación tiende a hacer un cielo a medida de nuestros deseos y nuestros gustos. Para hablar del cielo los cristianos hemos recurrido al imaginario terrenal y lo hemos pintado como un lugar suave y cálido, lleno de simpáticas y luminosas nubes, un vergel que contrasta con la sequedad del desierto, un paraíso complaciente, un banquete de bodas donde todos pueden degustar sin límites manjares suculentos. Son imágenes que intentan explicar el cielo, pero que a veces no hacen sino deificar muy sutilmente los placeres de la carne.

Reducir el cielo a la suma plena de placeres de la tierra es un equívoco lamentable. Lo sabemos por experiencia. Cuando se da el abuso en lo que nos parecía placentero: comida, bebida, sexo, vacaciones, reconocimientos humanos, etc., el exceso empieza a causar tedio, insatisfacción y vacío.  Todo placer mundano lleva ínsito, inherente, el sufrimiento. Una vez satisfechos los deseos  suele venir el cansancio, el aburrimiento y el tedio. Sabemos que el placer es efímero, se acaba, y ya sólo de pensar su finitud comenzamos a sufrir su pérdida. ¿Cómo va a ser el cielo un lugar de placer eterno si éste no puede ser infinito? 

Pero hay esperanza: la misma frustración del placer parece despertar en el alma el anhelo de hallar algo que me satisfaga eternamente. El anhelo es distinto al deseo, aunque fáciles de confundir, igual que ocurre con el placer y el gozo. Una frase atribuida a Thomas Merton puede ayudar a entender lo que pretendo decirte: “No busques descanso en ningún placer, porque no fuiste creado para el placer sino para el gozo. Y si no conoces la diferencia entre el placer y el gozo aún no has comenzado a vivir” (Th. Merton). 

El deseo de placer lo motiva algo exterior que seduce y ata mis sentidos; el anhelo de gozo  me nace  de dentro y despierta lo mejor que hay en mi interioridad, donde me descubro -lo dice el evangelio de hoy- como "hijo de Dios, hijo de la resurrección".


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La vida verdadera no es la que obtenemos por disfrute y apego a los placeres, sino por el gozo de vivir en Dios y en su creación. “El reino de Dios -y con él el estado de cielo- no es comida y bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Rm 14,17).  Quien vive el gozo de la unión de su espíritu con el Espíritu de Dios comienza a vivir la vida eterna.

No dediques mucho tiempo a imaginar el cielo, porque no es un lugar sino un estado. No vas al cielo, estás en el cielo. Más que desbordar tu imaginación lo que necesitas es abrirte al silencio, dejar que Dios te hable, despertar tu corazón al Misterio inagotable de la divinidad y convertirte a la mirada de Jesús sobre las cosas: “En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles”. 

Es como si dijera Jesús: en este mundo vivimos momentos de placer y de gozo; pero no os apeguéis a esas experiencias en lo que tienen de mundanas, porque “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 10,9). Simplemente calla, ama y espera. 

El cielo no es ni aburrido ni divertido, es placer sin asomo de sufrimiento, un inimaginable gozoso placer.

¡Feliz y gozoso domingo!
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