El dos de Noviembre, un día después de la Solemnidad de Todos los
Santos, la Iglesia dedica la liturgia del día a la memoria de los Fieles difuntos. No
podemos desligar esta memoria menor de la fiesta mayor que le antecede.
Nosotros, los que estamos de paso por el mundo -Iglesia peregrina- caminamos hacia
un lugar, una meta: la comunión total con la Iglesia triunfante; de ahí que,
para los creyentes, lejos de ser una mala noticia, la muerte es una
invitación a la esperanza, un interrogante con respuesta: ¡Cristo ha
resucitado!.
Es una pena que este grito de victoria, clave de la fe
cristiana, se vea oscurecido en un mundo que condena al olvido la pregunta
y la realidad de la muerte, cerrando así la puerta a la revolución que supone
creer en la Vida Eterna.
La muerte como tabú
Es
extraño celebrar un día de difuntos. Parece un día consagrado al pesimismo, a
la contemplación angustiosa del fracaso de la vida. La muerte y el dolor
físico y moral que conlleva suelen ser acontecimientos que
queremos mantener alejados de nuestra consideración. Si hasta no hace mucho era tabú (prohibido) todo
lo relacionado con el misterio del origen (sexualidad, nacimiento), hoy
podemos decir sin duda alguna que el tabú se ha trasladado al misterio del final (la
muerte). Parece como si quisiéramos conjurar el dolor
y la muerte negando su existencia.
Escondemos el dolor y el sufrimiento en
las camas de los hospitales, en los geriátricos, en los psiquiátricos, en los centros de atención a enfermos terminales, etc... Ocultamos el dolor y la muerte, o nos
desentendemos de ellos negándonos a mirarlos de frente. ¿Porqué? Seguramente porque las contrariedades de la vida, el sufrimiento y la muerte, son hechos que ponen al
descubierto la banalidad de nuestras vidas atadas al consumismo.
Para
los jóvenes, acostumbrados a ver la muerte virtual en medios audiovisuales y a divertirse con ella en las fiestas de Haloween, supone
un tremendo golpe toparse con la cruda realidad de la muerte concreta de personas cercanas. Las nuevas generaciones no han sido educadas para leer y encajar con sabiduría la muerte de los suyos; cuando
sucede tienen pocos recursos para gestionar los sentimientos que les causa, y en su desconcierto, tras un primer estado de shock, suelen reaccionar con una huida hacia atrás; olvidemos lo pasado y vivamos el "carpe diem" sin dejarnos atrapar por las preguntas que la muerte suscita; comamos y bebamos que mañana
moriremos.
No
se educa para afrontar la realidad de la muerte. El lenguaje siempre ha sido
limitado para expresar los sentimientos de pésame y dolor, pero las costumbres
sociales nos están llevando cada vez más a pasar cuanto antes el trago amargo
de la desaparición de los nuestros, a guardar un silencio incómodo y a seguir la vida como si nada.
El
“imaginario” y el lenguaje que nos ha servido tradicionalmente para hablar de
todo esto (ir al cielo, descansar en Dios, paraíso, vida eterna,...) se
ha desvanecido a gran velocidad, sin que lo
substituya ningún otro.

Mirar la vida desde la muerte no es abandonarse al pesimismo.
Es bueno vivir teniendo siempre presente la finitud de la vida humana. No quiero decir con esto que la muerte deba obsesionar la existencia y paralizar la tarea de los
vivos, pero sí que debería servir de revisión serena acerca de los parámetros
que aplicamos a la vida. La reflexión sobre la muerte es necesaria
para aprender a vivir. La vida que olvida la muerte corre el peligro de
detenerse en tonterías; corre también el peligro de ser manipulada, de ser
desvivida, de perderse, si no es consciente de su limitación y su finalidad.
Son
muchos los testimonios de personas que, tras salir de una enfermedad, de una
operación o de un accidente que les hizo tocar la frontera de la vida y de la
muerte, cambiaron de valores. Descubrieron hasta qué punto no eran dueños de su
vida, hasta dónde habían equivocado el norte; incluso llegaron a ver cómo
estaban siendo manipuladas por una sociedad sólo interesada en sus capacidades
productivas y consumidoras. En la cercanía de la muerte descubrieron de lo que
no deberían ser y lo que realmente merece la pena ser, lo que importa sobre
todo.
Mirar
la vida desde la muerte no es condenarse al pesimismo, sino construirse en
esperanza desde el realismo. Somos limitados, nos necesitamos unos a otros, está
en nuestro propio ser el proyectarnos más allá de la nada y el vacío al que
parece condenarnos nuestra cultura. Si al final no hay nada, la vida es
para nada; si al final está la plenitud, la vida se llena de esperanza.
Pensar la muerte y pensar desde la muerte.
A
nadie le deseamos ningún mal. Pero la muerte de los más allegados a cada uno, y cuya partida nos ha dolido como si nos arrancaran algo
nuestro, debería hacernos pensar en la muerte y repensar nuestra existencia desde ella.
Pensar
y aceptar que el dolor, el sufrimiento y la muerte están ahí y reconocerlo es
el primer paso para eliminarlo o superarlo. ¡No os dejéis embaucar por una sociedad que
esconde estas realidades y que predica un futuro paradisíaco e indolente! Hay
sufrimiento, hay dolor... hay muerte.
Mucha gente sigue sufriendo y sigue
muriendo. Están entre nosotros, sufren a escondidas; nuestra cultura rechaza a
los que se muestran enfermos y débiles, por eso muchos no desahogan su dolor;
nosotros mismos los escondemos por no sé qué intereses. No tengamos miedo a
reconocer nuestros propios dolores y sufrimientos, a aceptar nuestras contradicciones.
Y tampoco tengamos miedo a pedir a Dios que nos salve, que nos saque del dolor
y de la muerte. Nuestro Dios es el Dios de la vida.
Como
seres humanos deberíamos también pensar y meditar sobre el valor (los valores)
de la vida: la familia, la amistad, la paciencia, la bondad... Cuando
fallece un conocido tendemos a resaltar todo lo bueno y a olvidar lo menos
bueno de sus vidas. Qué bueno sería que siempre hiciéramos eso. ¿Porqué no
buscamos lo bueno sabiendo que eso es lo que queda?
Además,
la muerte debería lanzarnos a la contemplación del más allá, a meditar
sobre las cosas últimas. ¿Hay algo después? ¿Qué valor tiene una vida que termina con la muerte?
¿Merece la pena? ¿No habrá de ser considerada un fracaso? Un no creyente
carece de algo que posee quien cree, algo cuyo valor no solemos considerar: la
fe en la vida eterna. ¿No está el descenso de la fe relacionado con la negación de la trascendencia? O al revés: ¿No está el olvido-ocultación de la muerte relacionado
con el descenso de la fe? “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni mente alguna
puede concebir lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Cor
2,9).
La
muerte también nos lleva a meditar sobre los misterios cristianos. El
seguimiento de Jesucristo, su vida y su enseñanza, adquieren sentido desde la fe en que “resucitó
al tercer día”. Y este artículo de nuestra fe es de tal importancia
que “si Cristo no ha resucitado –dice san Pablo- vuestra fe
carece de sentido... Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta
vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1 Cor 17.19).
Para un
cristiano la muerte, enfocada desde la resurrección, queda despojada de
derrotismo y de negatividad; la muerte es parte del proceso de paso
(Pascua). “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos (Tm
2,8) ... Si con Él morimos, viviremos con Él" (Rm
14,8).
* * *
El
día dos de Noviembre no celebramos la derrota de la humanidad expuesta a una
vida sin sentido. Conmemoramos a nuestros
hermanos difuntos mientras aguardamos expectantes la resurrección. No pensamos en nuestros
familiares y amigos difuntos en clave de corrupción y muerte, sino en
clave de resurrección y vida. En clave de Pascua: “Porque si hemos sido
injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también
compartiremos su resurrección” (Rm 6,4).
Pidamos la resurrección para
ellos: “Dales, Señor, el descanso eterno”, mientras trabajamos por
construir en la tierra una cultura de vida donde la muerte se perciba como lo que es, el abandono de un sueño, el despertar a una realidad más plena.
Señor
Jesús, ¡resucita y da la vida eterna a nuestros hermanos difuntos! ¡Resucítanos también a nosotros, Señor! Despierta nuestra conciencia a la verdad de la vida como tránsito. ¡Ponnos en el camino que conduce a la vida eterna! Y tú,
María, Madre de Dios y madre nuestra, “ruega por nosotros, ahora y en la hora
de nuestra muerte”. Amén.
¡Que todos nuestros hermanos difuntos descansen en la felicidad eterna que Cristo inauguró para nosotros!.
Noviembre 2021
Casto Acedo.
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