martes, 8 de abril de 2025

Domingo de Ramos (13 de Abril)

 

EVANGELIO
 Lc 19,29-40

En aquel tiempo Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos diciéndoles: - Id a la aldea de enfrente: al entrar encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?, contestadle: “El Señor lo necesita”.

Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: -¿Por qué desatáis el borrico?

Ellos contestaron: -El Señor lo necesita.

Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos, y le ayudaron a montar. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los milagros que habían visto, diciendo: ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo alto!

Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.

El replicó: - Os digo que, si éstos callan, gritarán las piedras.

¡Palabra del Señor!

*


La Semana Santa es una excelente oportunidad para entrar en ti y discernir cristianamente todo lo que en estos días pasa por tu cabeza y tu corazón. Ya sabes que el ambiente secularizado en que vivimos no invita a interioridades, que ha decaído la práctica de hacer una lectura creyente de la vida y los días de la semana santa suelen leerse más como oportunidad de asueto y dispersión para unos y de negocio turístico para otros. ¿Podrás desmarcarte de todo esto? Merece la pena hacer un esfuerzo. Difícil, pero posible.

Aquí tienes unas ideas para enfocar la Semana Santa de un modo nuevo.



La Semana Santa no se celebra en primavera por casualidad. Son fechas en las que la vida comienza a florecer. La creación está de estreno estos días.  Un viejo refrán reza que el “el domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos”, o dicho con otras palabras: quien no renueva (compra, adquiere) algo en su vida estos días es que está manco, paralizado o muerto. Así, el Domingo de Ramos, es cada año una llamada a renovar, a dar los últimos  retoques al traje nuevo tejido en el taller de vida espiritual de la Cuaresma. 

Para la renovación deseada el primer paso es entrar con Jesús en la Ciudad Santa, el templo del Espíritu Santo que eres. ¡Anímate! ¡Estrena vida!  Abre la puerta de tu corazón y deja que Jesús, que viene a ti humilde y pacífico, a lomos de un asno,  entre en tu casa, en tu interioridad. 

Date la oportunidad; no dejes que el racionalismo y el materialismo consumista del hombre viejo  emboten tu mente. Para facilitarle la entrada a Jesús en ti aléjate de todo lo que te disperse, disfruta estos días de tiempos de silencio, de alguna lectura espiritual sólida, de la charla con quien te pueda ayudar a conocer a Jesús y conocerte más a ti mismo o a ti misma. Deja por unos días el cuidado obsesivo por distraerte (distracción es dispersión) y dedica tiempo a concentrarte y gustar de tu interioridad. 

Puedes planear para estos días un viaje de turismo personal espiritual, un viaje por los parajes y paisajes de tu alma. Haz una procesión de silencio por tu jardín interior; recurriendo a santa Teresa contémplate como un castillo habitado en su centro por un Rey. Paséate por él, conócete y céntrate en Cristo. Vives en las periferias del castillo, enajenado, lejos de ti, y Dios te regala estos días  para apropiarte de tu vida, mirarte y vivirte desde el hondón de tu alma, donde Él te habita. 

La procesión de Ramos es todo un símbolo del paso que te invito a dar. Partes  de la Plaza pública (exterioridad), foro profano por excelencia, lugar de mercado y negocios, ágora de discusiones y polémicas, punto de fricciones económicas e ideológicas, y desde ahí te diriges al templo  (interioridad),  ámbito de lo sagrado, zona de escucha, espacio de silencio, morada de Dios. 

Con esta idea de fondo, dejando atrás el dominio de la sensualidad, del cálculo y de la razón práctica, adéntrate en el reino de lo sagrado, donde el Misterio te abre a lo insospechado; oportunidad de experimentar el Misterio de Dios,  lo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó; lo que Dios tiene preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9). Ese Misterio insondable no es un nuevo descubrimiento de la física, ni el último teorema matemático, ni la más reciente moda filosófica, ni un nuevo y emocionante invento; es una persona: Jesucristo, “misterio mantenido en secreto durante siglos, y revelado ahora para nuestra salvación” (Rm 16,25-26).

Para ayudarte en el proceso de recogimiento y peregrinación interior al encuentro con Jesús, la Iglesia te ofrece una serie de protocolos: bendición de ramos, misa de la cena del Señor, memoria de la Pasión, adoración de la Cruz, renovación del bautismo, mesa eucarística…, además de otras muchas oportunidades, como pueden ser los viacrucis o las horas santas. Todos estos recursos los tienes a tu disposición para lograr un mayor acercamiento a Dios, que se deja ver más que nunca en estos días. La entrada a la dimensión espiritual de esta semana es gratuita, y no tienes que pagar aranceles. La gracia de Dios no se puede comprar ni vender. Cosas de Dios. 

Te espera tu comunidad el Domingo de Ramos. Tu presencia será una forma de decirle a a Jesús  y a todos que no están solos. Y una oportunidad para sentir que tampoco tú estás solo.  Tu presencia es evangelizadora y fecunda para ti.

Abril 2025. 
Casto Acedo. 

Hora Santa (Ser, sentir y hacerse Eucaristía)

 

Nota: 

En la dirección que de Drive que se indica tenéis:

-*en documento PDF el mismo texto escrito aquí: HORA SANTA, 2025 (Guión), Aunque tal vez sea más práctico, por resumido, el texto del cuadernillo,

*un cuadernillo de dos folios doblados por ambas caras que podéis imprimir -aconsejable alguna copistería-  y que puede servir de guía para los orantes. El  texto de cada apartado está aquí resumido, y también están las letras de los temas musicales; y

*los tres temas musicales en mp3. 

https://drive.google.com/drive/folders/1Sys-Hpafl26YSn1sE09Vj1S158Q-FwXQ?usp=sharing

Si al clickar os pide que se autorice pedid autorización a trujisampe@gmail.com. 

Buen provecho.

* * *

SER, SENTIR Y HACERSE EUCARISTÍA

(Momentos de oración para el Jueves Santo) 

En esta noche de tránsito hacia la Pascua, siguiendo la recomendación del Señor, nos reunimos para orar. Y lo hacemos ante el Santísimo Sacramento, Misterio de fe, esperanza y amor.

La Eucaristía contiene en sí todo el ser, pensar y obrar de Jesús. Cuando decimos que Jesús se nos da en ella estamos diciendo que en ahí, en ese poco ce pan y vino, nos está dejando todo su ser, toda su experiencia vital, todo su legado espiritual.

Presintiendo su partida de entre nosotros el Señor nos deja la Eucaristía como testamento; con ella y en ella podemos seguir siendo con Él, sintiendo con Él, obrando con Él.

Aspiramos a ser con Jesús, a estar con Él, a hacer de nuestra vida Eucaristía, acción de gracias al Padre por todo lo que en el Hijo nos regala.

 

ORACIÓN

 

Esta es la noche, Señor,
que adelanta la Pascua,
la noche en que la luz de tu Palabra,
hecha carne,
ilumina la oscuridad
de las sombras que nos cercan.

¡Estad en vela!
¡Manteneos despiertos! -nos dices-
Velad y orad
para no caer en la prueba.

Queremos orar contigo,
sintiendo tu presencia entre nosotros,
confesando que en tu Nombre
podemos vencer al mal y a la muerte.

Contigo siempre vence la esperanza.

Permítenos entrar en tu misterio de Amor.
Amor de respeto, de disponibilidad,
de servicio concreto al Padre,
sirviendo en todo a nuestros hermanos.

Danos la gracia de estar contigo en esta hora.
Que seas alabado y glorificado en nuestra oración,
que las personas que amamos
y aquellas a las que nos cuesta amar
se beneficien de nuestra oración,
y que nuestra intimidad contigo sirva de aliento
a fin de que el mundo camine sin tropiezos
hacia su perfección en el amor y la paz.

Amén

*




1.

Eucaristia, SER de Cristo. 

“Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».  Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. (Mt 26,26-28)

“Tomad y comed, esto es mi cuerpo... Tomad y bebed, esta es mi sangre”. No dice Jesús esto “es como mi cuerpo” o “como mi sangre”. ¡No, no dice “como”!, dice “es mi cuerpo”, “es mi sangre”, todo mi ser presente en este pan y este vino.

Jesús es Dios, todo el ser de Dios concentrado en la Eucaristía, con toda su humanidad, con su cuerpo y con su sangre, y toda su divinidad: “Mi padre es quien os da el verdadero pan del cielo” ( ) .

En los signos Eucarísticos está el ser mismo  de Dios. Tomar y comer su pan es participar del ser de Jesús; al participar en la Eucaristía  Dios me hace ser como Él, hijo amado del Padre.

Contemplamos, pues, en la reserva Eucaristía el Misterio de Dios; todo su ser en Jesús; pan del cielo. El mismo Dios se hace alimento en Jesús, se hace comida para que participemos de Él, de su divinidad. Comiendo de su pan y bebiendo de su vino nuestro ser se transforma. Dice san Agustín que “cuando recibimos cualquier alimento lo comido se transforma en mí; sin embargo, cuando recibo el pan Eucarístico yo me transformo en lo que recibo”

¡Silénciate y permite que tu alma sea moldeada según el pan que comulgas y que ahora contemplas y adoras!

(Tiempo de silencio) 

Audición: ESTÁS AQUÍ  (Jesed)   

Estas aquí,  aunque no te pueda ver
pues escondes tu gloria y majestad.

Estas aquí revestido solamente en el amor
bajo la forma de un pan...
 

Con sencillez te me vienes a entregar
Y en mi interior vas haciendo maravillas

Corazón con corazón, en profunda comunión
me haces templo de la Santa Trinidad. 
 

Estas aquí, aunque no te pueda ver ...  

Ven y cena conmigo, ven y mora en mi hogar,
ven y nunca me dejes pues sin ti me moriría

Me has herido con tu amor, Ven y mora en mi interior.

De ti quiero comulgar, señor...

 *

2.

La Eucaristía, SENTIR de Cristo 

“Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.  El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.  Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo,  hecho obediente hasta la muerte,  y una muerte de cruz” (Flp 2, 5-8).

Sabemos mucho. Nuestra mente, a lo largo de los años, se ha llenado de conceptos, ideas, lecciones. Sabemos mucho, pero, aunque algunos crean que basta saber para ser felices, la realidad es muy otra. No disfrutamos de la vida con el cerebro sino con el corazón: "No el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente."

La Eucaristía nos conecta directamente con un momento de la vida de Jesús en que los sentimientos afloran muy intensamente en Él. “Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él  y les dijo: `Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer´” (Lc 22,14-15). La institución del sacramento está más cargada de sentimientos que de ideas. La mente no puede comprender el misterio, sólo el corazón tiene acceso a Él por la fe.

¿Qué sentimientos embargan a Jesús esta noche? Primeramente una cierta sensación de fracaso. “Mirad: la mano del que me entrega está conmigo, en la mesa” (Jn 22,21). No hay odio en estas palabras; los discípulos se miran y se preguntan quién será el traidor.

Y acto seguido se enzarzan en una disputa “a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor. Pero él les dijo: ´Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve” (Jn 22, 24-26)

Jesús siente en esos momentos una necesidad al mismo tiempo dolorosa y dulce, necesidad de amar hasta el extremo. En Getsemaní clamará: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” Y se le apareció un ángel del cielo, que le confortaba” (Jn 22,42-43). El dolor lo ponen los discípulos que le abandonan y le hacen sentir la soledad de la noche oscura del alma; la dulzura la pone el Padre que le conforta por mano de un ángel.

El cuerpo y la sangre compartida en la última cena sirvió de poco a los suyos, “levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza”. Entristecido él mismo por la debilidad de los suyos, aún encuentra palabras para exhortarlos: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación». (Jn 22,45-46)

La Eucaristía invita a vivir los sentimientos de Cristo: despojo, servicio, entrega.

No nos hacen grandes las ideas que conocemos y predicamos sino los sentimientos que vivimos. “A la tarde, -dice san Juan de la Cruz- te examinarán del amor”.  Al final de nuestros días no nos preguntarán el catecismo, y tampoco se nos pedirá el balance de oraciones y actos de culto celebrados; se nos examinará de un sentimiento: del amor.

Contempla el Misterio eucarístico, donde el corazón de Cristo sigue deseando ardientemente sentarse a la mesa con los suyos; donde el amor desbordante de Dios se manifiesta despojándose de su categoría de Dios, donde se anonada haciéndose pan; por amor, todo por amor a la humanidad. Contempla y siente su amor haciéndolo tuyo. Jesús eucaristía es aliento de esperanza.

Mirando su humildad gloria a su grandeza,  y siente su amor haciendo tuyos los mismos sentimientos de “ser  hijo de Dios y servidor de todos”.

(Tiempo de silencio)

 

Audición: Miradle  (Ain Karem) 

Tened los mismos sentimientos y actitudes del Señor

Despojado, siervo humilde:
dame un corazón puro, con espíritu firme,
dispuesto a venderlo todo, pronto para servir.

Obediente hasta la muerte en la cruz:
dame un corazón noble, con espíritu generoso,
firme en la contrariedad, en el Padre abandonado.

Amor compasivo:
dame un corazón bondadoso, maduro en el amor
por la fuerza de tu Espíritu, afincado entre los tuyos.
¡Miradle y quedaréis radiantes! Será perpetua vuestra alegría.

*

3.

La Eucaristía, AMOR de Cristo

“Me buscáis -dijo Jesús a la turba que le abrumaba- no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios». Ellos le preguntaron: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,26-28)

Uno esperaría que Jesús, a la pregunta: ¿qué tenemos que hacer para realizar la obra de Dios?, respondiera: Amaos unos a otros. Pero dice: la obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado. ¡Qué serio parece lo de creer en Jesús! No se trata de asentir con la razón a su existencia sino con el corazón y las manos. Creer en el enviado es fiarse de su amor e imitarlo.

Hay una piedad falsa que llamamos “piedad del golpe de pecho”. Es la piedad que se queda en los sentimientos, mejor diríamos en el sentimentalismo; se queda en las formas, sin ir al fondo y al barro.

La forma son los adornos: la fidelidad y perfección con que practicamos nuestras devociones, la estética de nuestros altares y cantos litúrgicos y todo lo que emociona nuestro corazón; son formas sin fondo si no mueven nuestro cuerpo a abrazar a los hermanos más pobres y necesitados.

El fondo es la compasión que traspasa los límites del interiorismo y sale a la calle; Iglesia en salida, dice el Papa Francisco. Amor que no teme mancharse con el barro de las miserias humanas conviviendo con ellas.

“Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Jesús instituyó la Misa como un recuerdo. ¿Recuerdo de qué? De toda su vida. San Juan en su evangelio evita narrar propiamente la institución; se limita a destacar el lavatorio de los pies. Y termina, como los otros evangelistas, apelando a la memoria; pero en este caso no tanto al recuerdo del rito sino del acto de servir a los más pobres lavándoles los pies. Lavar los pies a quien llegaba a casa era tarea de esclavos, de siervos; y Jesús realiza ese gesto socialmente denigrante. Carga con el oficio y el desprestigio social de los esclavos.

En camino hacia el Calvario cargará con los pecados de la humanidad. Subirá con ellos al árbol de la Cruz, y podemos entender sus palabras eucarísticas. “Esta es mi sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados”. (Mt 26,28).

En Jesús rito y vida se unifican y complementan; el rito explica, la vida realiza; las palabras de la última cena dan las claves de su pasión: "esta es la razón por la que me dejo en manos de los que me crucifican, amor, sólo por amor; podría destruiros, podría pedir a mi Padre que mandara un ejército de ángeles que acabara con vosotros (cf Mt 26,53-54), pero “yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37), y el amor es la única verdad".

Resulta curioso que la “obra de Dios” sea “creer”. Podría decir “amar” y nos parecería más lógico y amable. Pero dice “creer”; porque sólo quien cree de veras ama, sólo quien se entusiasma con la persona de Jesús encuentra el verdadero amor, sólo quien se pierde en Él puede llegar a amar como Él.

Cuando Jesús dijo «la obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» “Le replicaron: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?". La obra de Jesús es la obra del amor; lo único capaz de saciar el corazón. Jesús es ese amor. Jesús es la obra de Dios. Hemos sido creados para amar, para dejarnos comer por los que nos rodean. Amando hemos encontrado la clave para vivir satisfechos. Al hablar del pan del cielo, los judíos dijeron: «Señor, danos siempre de este pan» (Jn 6,29-34). Aunque tal vez ignoraban que ese pan lleva consigo la muerte al propio ego para resucitar a Él.

Mírate en Jesús crucificado, entregado voluntariamente por ti, porque te ama. Y pregúntate: ¿A cuántas personas amo como él me ama? ¡A cuántos enemigos tengo que perdonar!, ¡Cuántas injusticias tengo que restañar!

San Agustín oraba así: “Dame, Señor. lo que me pides y pídeme lo que quieras”. La Eucaristía es el alimento con el que Dios te da la fuerza o virtud necesaria para llevar adelante la vida misma de Jesús en ti. Haz tuya esta oración: Señor, ¡dame siempre de tu pan!, y pídeme lo que quieras.

(Silencio)


Audición: La medida del amor (Hakuna)  

¿Cuál es la medida del amor?

¿Cuánto alcanzan los latidos del dolor?
“Padre mío, dales tu perdón;
aún no saben que esas manos son de Dios”.

Se conmueve el universo en cada golpe
y el silencio deja hablar al corazón.
Un madero y unos clavos empapados
de la sangre del más bello Redentor.

Tu dolor me vuelve loco, me da vida,

y sin hablar me enseña todo
lo que puede un corazón,
la medida sin medida del Amor.

 

En la Cruz clavaron el amor,
y un abrazo se hizo eterno en mi dolor.
Clávame contigo, mi Jesús,
quiero darme y darlo todo como Tú.
 

Se conmueve el universo en cada golpe
y el silencio .....

 *



(Tiempo para compartir, dar gracias, pedir dones

o simplemente alabar y adorar)

 * * *

Oración final

Cenar con los amigos, abrirles el corazón sin miedo,
lavarles los pies con mimo y respeto,
hacerse pan tierno compartido y vino nuevo bebido.

Embriagarse de Dios,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Visitar a los enfermos, cuidar a ancianos y niños,
dar de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos;
acoger a emigrantes y perdidos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Enseñar al que no sabe, 
dar buen consejo al que lo necesita,
corregir al que se equivoca. 
Consolar al triste,
tener paciencia con las flaquezas del prójimo.
Pedir a Dios por amigos y enemigos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Trabajar por la justicia, 
desvivirse en proyectos solidarios,
superar las limosnas. 
Amar hasta el extremo,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Ofrecer un vaso de agua, 
brindar una palabra de consuelo,
abrazar con todas nuestras fuerzas, 
denunciar leyes injustas,
salir de mi casa y de mi círculo.
Construir una ciudad para todos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Un gesto solo, uno solo, desborda tu amor,
que se nos ofrece como manantial de vida.
Si nos dejamos alcanzar y lavar,
todos quedamos limpios, 
como niños recién bañados,
para descansar en su regazo,

¡Lávame, Señor! ¡Lávanos, Señor!

 * * *

EL señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleva a la vida eterna.

¡Buenas noches!

 

jueves, 3 de abril de 2025

El caso de la mujer adúltera (V Cuaresma. 6 de Abril)



EVANGELIO
Juan 8,1-11.

¨En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
- «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
- «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
- «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».

Ella contestó:
- «Ninguno, Señor».

Jesús dijo:
- «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más»."

Palabra del Señor

*

El pasaje de la mujer adúltera, es una lección para "los que se creen justos y desprecian a los demás". Para poner en evidencia la falsedad farisaica el evangelio de san Lucas narra la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). San Juan es más directo y pone ante nuestros ojos un caso concreto de desprecio al pecador a cuenta de quienes se creen santos.

El filósofo Thomas Hobbes dijo en su momento que «el hombre es un lobo para el hombre», es decir, un ser que se realiza destruyendo, sometiendo y devorándolo al otro. Tal vez la definición sea exagerada (aún creo en la bondad del género humano), pero observando el medio ambiente que vivimos y los acontecimientos políticos, económicos y bélicos del momento no puedo ocultar que el aforismo de Hobbes lleva algo de verdad.

Desde el puesto de observador imparcial es imposible no ver como muchas personas sólo  parecen realizarse cuando encuentran carnaza que devorar, cuando tienen a tiro de piedra algún adúltero o adúltera en quien gozarse apedreándole y despedazándole con sus malas maneras o su fruición verbal. Produce tristeza ver esto no sólo en personas individuales sino también a nivel de colectivos sociales; sorprender al otro en infidelidad y exponerlo a escarnio, juicio y condena públicas parece ser la táctica política preferida hoy por muchos.  Así, regocijándose en la miseria del otro, muestra el fariseo-hombre-lobo su personalidad; es un ser tan acomplejado e inseguro que solo sabe afirmarse a sí mismo negando a los otros. 

Aquellos que pretendían poner en evidencia a Jesús a costa de la mujer adúltera pertenecían a ese gremio: el de los fariseos-hombres-lobo comedores de carroña, raza de los que se creen impecables, inmaculados, santos, y, por tanto, convencidos de su derecho a juzgar y decidir sobre los demás con total impunidad.

Frente a la postura condenatoria propia de la tribu farisaica el evangelio revela la actitud acogedora y compasiva de Jesús. Leíamos la pasada semana, en el capítulo 15 de san Lucas, que Jesús acogía a los publicanos y los pecadores, y los fariseos le criticaban por ello (cf Lc 15,1-2). El episodio de la adúltera redefine la actitud legalista farisaica y la misericordiosa de Jesús.

"Para comprometerlo y poder acusarlo" llevan ante Él a una mujer sorprendida en adulterio. No les importa la mujer ni lo que pueda ocurrir con ella; para ellos es simplemente un objeto para un fin: ridiculizar y desautorizar a Jesús. Y con este fin le preguntan: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices?” (Jn 8,4-5). Si dice que no hay que apedrearla dirán de Jesús que va contra la ley, y si responde que sí perderá el favor del pueblo, que lo tiene por justo, bueno y misericordioso.

Situado ante la trampa, la respuesta de Jesús es, tras breve reflexión mientras escribe en el suelo, escueta y sorprendente: “el que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8,7). Con estas sencillas y concisas palabras pone a los judíos ante su propia miseria; les obliga a mirarse a sí mismos; ¡y bien que lo hicieron!, porque “se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos” (Jn 8,9). Jesús los puso ante el espejo de la verdadera justicia, la que ellos esperaban para sí mismos de Dios: la compasión y la misericordia.

Y, ¡aleluya!, los fariseos reaccionaron con la catequesis de Jesús; primero los más viejos, tal vez porque la vejez, aparte de endurecer el corazón, también lo ablanda con la memoria de las propias miserias. Sea como fuere, y aunque solo fuera por vergüenza, aquellos lapidadores tuvieron la suficiente honradez como para reconocer que estaban equivocados; y no porque la ley de lapidar a la adúltera no existiera, que existía y por tanto actuaban conforme a ella, sino porque descubrieron que, ley aparte, ellos deberían ser los primeros en ser apedreados hasta morir.

Tuvieron aquellos fariseos la honradez de mirar su propio pecado, y desde ahí fueron capaces de dejar caer las piedras dispuestas a ser lanzadas y mostrar misericordia. Aquellos judíos acusadores son pues, criticables por una parte, pero dignos de consideración por el valor de reconocer su propio error. Iniciaron ahí su conversión al Dios del perdón.

* * *

Este domingo previo a Ramos el Evangelio  te pone ante ti mismo. Quiere que mires tus manos cargadas de piedras dispuestas para ser arrojadas sobre unos y otros sin misericordia. Quiere Jesús que te preguntes: ¿Acaso estoy libre de pecado? ¿No soy tan miserable como los adúlteros a los que apedreo con mis juicios mentales y mis palabras? ¿Con qué derecho me erijo en acusador de mi hermano? Jesús te invita hoy a perdonar y a pedir perdón, entre otras razones porque “si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas”(Mt 6,15); no porque no quiera Dios perdonarte, sino porque la puerta del perdón es única, y cuando se cierra impide el paso en ambos sentidos.

Jesús no se goza en condenar, sino en salvar. Ese es el camino a seguir, el de quien no construye su personalidad pisoteando al prójimo, sino aupándole del barro, perdonándole y animándole a cambiar de vida: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,11). ¿No es hermoso oír estas palabras como dirigidas a uno mismo?

En estos días que restan para la Semana Santa, suelta las piedras acumuladas en tus manos, descárgate de juicios y violencias, y toma la rama de olivo, porque va a entrar en tu vida el Rey de la paz y la misericordia.

* * *

Hace tres años, con la guerra de Ucrania recién iniciada, comentaba el acontecimiento al hilo del evangelio de hoy. 

Durante estos años, hasta el triunfo electoral de  Donald Trump, hemos ido congelando o archivando en nuestro pensar y sentir ordinarios las noticias bélicas de Ucrania y Rusia; nos hemos acostumbrado a las noticias de la guerra. Ahora nos ponemos nerviosos porque sin el apoyo de EEUU nos dicen que nuestra economía, seguridad y vida capitalista puede entrar en un tiempo de riesgo serio. ¿De verdad nos importan las vidas de los miles de ucranianos y rusos que han muerto estos años? Por el interés mostrado parece que lo único que nos importamos somos nosotros. 

Lo que de verdad necesitamos todos (Europa, EEUU, Rusia y Ucrania, Irán, Israel y Palestina, etc.) es una conversión del corazón a la misericordia. Sin perdón no es posible la paz. No avanzaremos hacia la paz mientras sigamos viendo en "la mujer adúltera" nuestras propias sombras: ¿no deseamos apedrear en la adúltera nuestro inconfesable deseo de adulterio?, ¿no odiamos en los beligerantes de las guerras de hoy el oculto deseo de venganza que todos llevamos dentro y que se activa cuando hallamos a quien odiar "decentemente"?. La verdadera conversión a la misericordia debe comenzar por uno mismo. Jesús pone ante sus detractores un espejo donde mirarse; observa cómo sólo aceptando que su odio a la adúltera nos es sino el odio a sus propios deseos adúlteros se desactiva la violencia de los fariseos, se sueltan las piedras y se puede comenzar un camino de reconciliación. 

El artículo de hace tres años lo tienes en:


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Abril 2025
Casto Acedo 

lunes, 31 de marzo de 2025

Prepara tu Celebración Penitencial


Prepara tu celebración del perdón

En estos días están teniendo lugar en las Parroquias las Celebraciones Penitenciales de Cuaresma, con las que nos disponemos  como cristianos a vivir en profundidad los días de Pascua de Resurrección.

Como creyentes nos preguntamos hasta que punto estamos respondiendo con fe y buenas obras al llamamiento que el Señor nos hizo en su momento y que renueva cada día. Una Celebración Penitencial (la “confesión” decíamos antes) debe ser algo más que un rito. Hay dos elementos que no pueden faltar para que sea y signifique algo: Dios y tú. Se trata de celebrar un encuentro de la misericordia, bondad y luz de Dios con tu propio ser, que puede estar dañado por el la dureza de corazón, la malicia y la oscuridad. Dios te interpela estos días y tú respondes (responsabilidad) de tu vida ante Él y la comunidad.

Para celebrar bien la Penitencia lo primero que has de poner ante ti son tus faltas, reconocer tus pecados; y para eso, previamente, los has de conocer. No puedo saber qué es mejorable en mí si primero no sé en qué cosas he empeorado. 

Solemos vivir muy a nuestro aire y nos cuesta ver el daño que nos hacemos y hacemos a otras personas con determinados actos y actitudes. En nuestra cultura, que peca de arrogancia, tendemos a echar balones fuera; nos apuntamos los  éxitos y las bondades, pero tendemos a ocultar y no reconocer los fracasos y las maldades. Nadie cuelga en su cuenta de Facebook o Watsap sus maldades -aunque algunos ingenuamente las dejan ver-, sólo publicamos las bondades. Pero si te detienes a mirar con atención puedes observar que, sin negar que con tu modo de vida y comportamientos haces mucho bien, también salen de ti palabras, obras y omisiones que a veces hacen mucho daño; en algunas ocasiones te das cuenta de ello, pero miras para otro lado; en otras ni siquiera te fijas ni eres consciente del daño que provocan tus actos. Acostumbrados a verlo todo desde nuestro exclusivo punto de vista nos volvemos ciegos para advertir el mal que hacemos; los malos son los otros, no yo.

Cinco pautas 

Tradicionalmente la Iglesia ha considerado cinco pautas para corregir la ceguera a la que nos conducen las maldades. Son cinco puntos que tradicionalmente se enseñan en la catequesis como premisas para que se dé una buena Celebración del perdón. Con estos cinco pasos, a veces entendidos rutinariamente y mal, la Iglesia te invita a trabajarte espiritualmente a fin de dar los pasos adecuados que te lleven a conocer los males que te afligen y a permitir así que sean sanados por Dios y no causen daño a nadie. Veamos esos cinco puntos o pautas.

Primero EXÁMEN DE CONCIENCIA (CATIC. Catecismo de la Iglesia Católica, 454). Algo absolutamente imprescindible es conocer tu realidad. Para ello necesitas pararte, silenciar tu alma y mirar con serenidad su hondura. A veces nos sentimos culpables pero sin saber de qué o por qué; no logramos identificar el mal que nos posee. Mentalmente no asumimos algunos de nuestros actos concretos y tendemos a esconderlos en el trastero del corazón, en un rincón donde creemos que podremos evitarlos y así no nos dañarán. Pero el pecado y la culpa son  obstinados y tarde o temprano afloran, ¿porqué no sacarlos a la luz de la conciencia y sanarlos?. Otras veces nos sentimos culpables de todo, “me arrepiento de todos mis pecados”, decimos al confesor, pero estas palabras son sólo una máscara para no enfrentarnos a lo concreto que de verdad nos hace sentirnos culpables.

¿Bajo qué luz examinamos nuestra conciencia? En tiempos de subjetivismos y de idolatría de la conciencia personal la tentación es la de poner como criterio de juicio moral los parámetros que nosotros mismos hemos establecido. La conciencia es el sagrario del alma, así lo dice el Concilio Vaticano II (GS,16), pero este sagrario requiere un cuidado, una formación espiritual que la eduque y la purifique, porque puede que el dios que la habite no sea el Dios verdadero. Para un buen examen de conciencia la luz propia de la conciencia no es suficiente, ya que ella misma tiende a desterrar en el inconsciente las cosas que nos desagradan.  Hay otra luz que debemos aplicar al examen, la Luz de Dios que alumbra a quien no teme que sus obras sean vistas ( cf Jn 3,21 ). Si no queremos engañarnos a nosotros mismos debemos examinarnos a la luz de Dios,  que es el mismo Jesucristo, “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9,5). 

“Conviene -dice el CATIC- preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Los textos más adaptados a este respecto se encuentran en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas: Rm 12–15; 1 Co 12–13; Ga 5; Ef 4–6, etc." (n.1454) Toma nota de estas citas y medítalas.

Un buen examen de conciencia requiere pararte, contemplarte, definir tus insatisfacciones, ¿por qué no soy feliz?, ¿por qué murmuro contra Dios?, ¿por qué existe rencor y odio en mi corazón?, etc. A tus insatisfacciones deberás añadir las reacciones que producen en ti: juicios, violencia, mentiras, desprecio del prójimo, etc. Las malas acciones no nacen por generación espontánea, hay una semilla del mal que facilita su nacimiento; igual que hay una semillas del bien (Espíritu Santo, gracia de Dios) que fructifica en buenas obras.

Analiza pues, tu vida a la luz de Jesucristo y su Palabra. Mírate en Él como si te miraras en un espejo; viendo su humildad -dice santa Teresa- podrás ver tu soberbia, viendo su amor podrás discernir tus odios, viendo su hermosura lograrás ver tu fealdad. Es importante tomar conciencia de las propias maldades a la luz de la infinita bondad de Dios revelada en Jesucristo. ¿Cuánto me falta para ser como Él?

El segundo requisito o pauta para una celebración fructífera de la penitencia es tener DOLOR DE CORAZÓN (CATIC 1451-1453), es decir, que de veras te sientas dolido por tus faltas. Ese dolor puede tener dos causas: una más perfecta, que es cuando el dolor procede de la contemplación del amor de Dios, es decir, te sientes dolido por no responder debidamente al amor que te tiene (contricción); la otra causa, menos perfecta, que llamamos atricción, es que te duela el pecado por temor a las consecuencias negativas para tu paz y salud interior hoy o para tu salvación eterna mañana (miedo al purgatorio o el infierno). Aquí deberías revisarte: ¿sientes tus faltas como una ingratitud al amor de Dios?, ¿o tu dolor es narcisista y te duele el mal solamente por el daño que produce en ti y en los demás?.

Sólo desde el dolor de corazón se puede activar un cambio en tu vida. Si no te duele el pecado, o, peor aún, si ni siquiera tienes conciencia de él, difícilmente podrás dar un giro a tu vida para mejor.  Pasas entonces por el mundo como elefante por cacharrería, rompiendo cosas con indolencia.

El tercer punto para una buena penitencia es PROPÓSITO DE ENMIENDA, que consiste en el esfuerzo de comprometerte en un proceso de cambio personal. No vale querer cambiar de vida teóricamente, algo que de algún modo queremos todos; se trata de decidir un sí comprometido desde dentro, un sí que vaya más allá de las palabras y los propósitos. Si no hay este deseo de mejorar estamos ante un autoengaño penitencial; solo lavarás la fachada para ocultar los defectos y seguir igual.


Nos quedan dos elementos entre los importantes para el Sacramento de la Penitencia; el primero de éstos que quedan es CONFESAR LOS PECADOS (CATIC 1455-1456), que deberíamos entender como algo más que acercarnos al confesionario y recitar unas palabras acusatorias con frecuencia nada sólidas. Aquí se trata de decir interiormente a Dios y explícitamente al confesor la verdad de lo que ocultamos; y esta verdad no la podemos decir a otros si antes no nos la decimos a nosotros mismos.

Nos cuesta reconocer, poner nombre y pronunciar los propios pecados; es triste comprobar que no es fácil atrevernos a decirnos en voz alta a nosotros mismos, a otros y a Dios en el confesor, la verdad de lo que deseamos, sentimos, pensamos o hacemos. Una verdad que a veces avergüenza. Pronunciar tu pecado es ponerle nombre: vivo en la avaricia, mi corazón es adúltero, me domina la ira, la gula me puede, soy incapaz de refrenar mi lujuria, me come la envidia, etc...). Poner nombre al pecado es importante; cualquier psicólogo sabe que lo más importante para la sanación del alma que pide ayuda es descubrir y poner nombre -traer a la consciencia e identificar- el mal que causa su tristeza y no le deja vivir. Así ocurre con el Sacramento del perdón; señalar con nombre la falta nos permite desactivar su poder y echarla fuera.

Finalmente, el quinto y último condicionante para una buena celebración penitencial es CUMPLIR LA PENITENCIA (CATIC 1459.1460). Quien vive un sincero arrepentimiento con dolor de haber obrado el mal no puede evitar el deseo de reparar el daño causado. Es lo que llamamos “hacer penitencia” (satisfacción) que no puede limitarse a rezar un número determinado de padrenuestros, ni a hacer tal o cual acto piadoso, sino asumir las consecuencias de nuestros actos y reparar el daño producido.

Si he robado lo lógico es que la penitencia sea devolver aquello de lo que me apropié, e incluso reparar el perjuicio realizado con ello si lo hubiere; si he difamado deberé devolver la buena fama; si he despreciado a alguien marginándolo es mi tarea penitencial acogerle y servirle de puerta para que se sienta querido y aceptado; si he colaborado a la muerte o mutilación de alguien mi penitencia será tomar sobre mis hombros las responsabilidades de esa persona; por ejemplo, si he provocado la muerte de un padre de familia, y esta se queda sin recursos, deberé asumir de alguna manera en mi cuidado lo que otros han perdido por causa  mi pecado; etc.

Dios perdona gratuitamente al pecador arrepentido que tiene voluntad de reparar. No pide nada a cambio, porque Dios no necesita nada de él. Pero el pecador sí que necesita reparar en lo posible el daño producido:  Para lograr la paz de la conciencia no es suficiente con pedir y recibir perdón; la misma dinámica de la conversión supone aceptar en cierto modo el precio de nuestros actos. Esta es la penitencia a cumplir. 

Pedir perdón y permanecer en la fantasía de la impunidad es un gesto superficial que no lleva a ninguna modificación (conversión) seria. La conversión al bien siempre desemboca en reparación del mal. Tenemos el ejemplo de san Pablo; éste persiguió a los cristianos; y cuando camino de Damasco se vio y se miró a sí mismo a los ojos del Señor (“Soy Jesús, a quien tú persigues”. Hch 26,14) da un giro tal a su vida pasando de perseguidor a perseguido, muriendo finalmente mártir; satisfizo con creces el daño que con su fanatismo farisaico había producido.

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Ahí tienes los cinco puntos. Prepara desde ahí tu Penitencia de Cuaresma. No te plantees la confesión de tus pecados como un trámite sino como un momento importante dentro de un proceso: tu propio camino de crecimiento espiritual. La gracia de Dios, su perdón te ayuda a caminar erguido ahí donde tú pareces zozobrar. No desaproveches la oportunidad de este sacramento.
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Marzo 2025
Casto Acedo

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