jueves, 4 de junio de 2026

Corpus Christi (7 de Junio)


EVANGELIO 
Jn 6,51-58.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos se pusieron a discutir entre ellos:

—¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Jesús les dijo:

—En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente.

¡Palabra del Señor!

Recurso de audio (15 minutos) y PowerPoint al final del texto.


Eucaristía, Iglesia y Comunión.

La Solemnidad del Corpus Christi de este año estará marcada por la visita del Papa León XIV a Madrid, un acontecimiento que nos permitirá apreciar la relación íntima entre el Cuerpo de Cristo (“Corpus Christi; sacramento eucarístico) y el “Cuerpo místico de Cristo (la Iglesia).

Se señala el día de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, como el momento puntual en que tuvo lugar el nacimiento de la Iglesia. Pero ese momento clave no se puede entender separado de la globalidad de la vida de Jesús. Podremos decir que la Iglesia comienza su andadura con el misterio de la Encarnación, cuando el Espíritu Santo cubre a la Virgen María con su sombra y hace de ella la primera “cristiana” (Lc 1,35), imagen de la Iglesia que lleva a Cristo en su seno y cuya misión es hacerlo presente y darlo al mundo. Tampoco es desdeñable para la eclesiología el momento de la elección de los primeros discípulos y la selección de Doce de ellos para que continúen su obra misionera (Lc 9,1-2). El Evangelio de san Juan, en la pasión, nos ofrece también sus momentos eclesiales al hablar de la vid y los sarmientos, ¡qué hermosa imagen de la Iglesia! (Jn 15,1-17); al darnos a María como Madre al pie de la cruz (Jn 19,27); o al indicar cómo del costado abierto de Cristo mana sangre y agua (Jn 19,34), símbolos indubitables del Bautismo y la Eucaristía, sacramentos que introducen en la vida de la Iglesia y alimentan su vida espiritual.

Hoy, día del Corpus, podemos considerar también la institución de la Eucaristía como un hecho de especial relevancia eclesial. Hay quien ha dicho que la Iglesia nace en el momento en que Cristo, en su última cena, se entrega a sí mismo en el Sacramento del Pan y del Vino y pide a los suyos que repitan ese gesto: “haced esto en memoria mía” (1 Cor 11,24b), ¿no está aquí Jesús estableciendo una Iglesia que se ha de mantener en la memoria de su Señor poniéndolo en el centro de su ser? ¿Qué es la Iglesia sino la comunidad reunida para hacer memoria de la Pascua? Jesús instituye la Eucaristía como vínculo de comunión eclesial.

La segunda lectura de hoy forma parte de las palabras que san Pablo dirige a los Corintios advirtiéndoles de la gravedad que supone comer del mismo pan eucarístico y, sin embargo, vivir divididos y enfrentados:
"La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Cor 10,16-17).
La Eucaristía se afirma aquí claramente como el nexo de unión entre los miembros de la comunidad. En el capítulo 12 de la misma carta a los Corintios habla san Pablo de la Iglesia como Cuerpo de Cristo: “vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro” (12,27). Es una imagen preciosa de lo que somos, y de lo que Cristo es para nosotros. “Él es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia” (Col 1,18); sin Cristo el cuerpo que es la Iglesia anda descerebrado, sin inteligencia, sin oídos para escuchar la Palabra, sin visión y sin capacidad para gustar la sabrosa sabiduría divina. Cristo unifica el cuerpo, lo dinamiza y hace que sea cuerpo eucarístico (comunión).

Jesucristo, sumo Pontífice


Espero con interés poder ver al Papa León XIV presidiendo la Eucaristía multitudinaria en Madrid el día del Corpus, y llevando en sus manos la custodia en la procesión que tendrá lugar a continuación. Tendremos una imagen visual de la Iglesia, comunidad reunida en el nombre del Señor, presidida por el Sumo Pontífice. Pero no nos confundamos, la Cabeza de la Iglesia no es el Papa, es Aquel al que llevará en sus manos; la figura del Papa será la de la Iglesia que recibe a su Señor y, más que llevarlo, se deja llevar por Él. Será un signo eclesial digno de ser meditado: en medio de una masa ingente de fieles, escondido en el Misterio del Pan, Cristo camina con nosotros. Como trasfondo la Palabra de Dios a su Pueblo: “este es el pan del cielo...; el que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,58). Este mismo anuncio es el de las procesiones de Corpus que se celebrarán por todas partes en este día.

El único Sumo Pontífice (único puente, único mediador) es Jesucristo, a quien el Papa representa como cabeza de la Iglesia. Y el único Sumo Sacerdote que preside la celebración eucarística es también Jesucristo. Los demás sacerdotes no lo sustituyen sino que multiplican su presencia entre nosotros. 

La Solemnidad de Corpus Christi quiere poner a Cristo en el lugar que le corresponde, que no es otro que el más alto y a la vez el más cercano. Al mismo tiempo pretende hacernos ver que sin Él, sin su presencia, no podemos hacer nada. Una Iglesia sin Cristo no tiene sentido. Tampoco una fe cristiana en solitario.  La presencia de Cristo poliédrica, le podemos ver y sentir en la creación ("Toda criatura nos habla de Dios", Rm 1.20), en su Palabra (“El Verbo se hizo carne”, Jn 1,14), en los pobres (“Lo que hacéis con ellos, conmigo lo hacéis” Mt 25,40.45), en la Iglesia (“Donde dos más se reúnen en mi nombre, ahí estoy”, Mt 18,20) y en los Sacramentos (“Esto es mi cuerpo, mi sangre” Mt 26,27 y par). Todos estos lugares son complementarios. Hoy, día de Corpus Christi, lo contemplamos de modo especial en el Sacramento Eucarístico y en la Iglesia, sin olvidar las otras presencias.

Este domingo, con la visita del Papa a Madrid, se nos da un mensaje que no podemos ignorar: no hay vida auténticamente cristiana sin Iglesia, tampoco sin participación en los Sacramentos. Le podemos añadir que tampoco sin amor fraterno, sin Caridad, sin compromiso en la tarea de liberar a los pobres de su cautiverio. Jesús nos llama a conocerle en su Amor (su entrega eucarística en la cruz), y a hacer memoria de ese amor repitiendo su gesto de amor  sacramental y vital, manteniéndonos unidos a Cristo en su Iglesia a pesar de la debilidad de sus miembros y dándonos a los pobres como Cristo se da a nosotros. 

Cáritas tiene el Día del Corpus como día de la Caridad. El posterior viaje del Papa León XIV a Canarias nos recordará que la misa del domingo en Madrid continúa con el gesto práctico del amor a los más pobres. Eucaristía, Iglesia, Fraternidad y Caridad son cuatro caras de una misma realidad. No lo olvidemos.

¡Felíz día de Corpus Christi!

*
Recurso de audio:
*
Recurso  PowerPoint: Esquemático:

*
Casto Acedo
Junio 2026

viernes, 29 de mayo de 2026

Santísima Trinidad (Domingo 31 de Mayo)

  


EVANGELIO 
Jn 3,16-18

 Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Palabra del Señor

* * *
“El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía de las verdades de fe" . Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos. (Catecismo de la Iglesia Católica, 234)
Dios es Uno, y sin embargo son tres Personas. Dogma de fe. Durante mucho tiempo miré los dogmas como muros que encorsetaban mi mente, obstáculos insalvables que impedían el progreso de mi vida espiritual, imposiciones que limitaban mi libertad y ansias de volar.

Me costó tiempo descubrir que los dogmas no son jaulas donde se encierran las verdades acerca de Dios, sino puertas abiertas a la búsqueda de algo o de alguien siempre mayor.

La luz me vino al descubrir que los grandes dogmas de fe cristiana, tales como el de la naturaleza divina y humana de Cristo, la muerte y resurrección de Jesús, o la afirmación de que en Dios Uno hay una Trinidad de Personas, no son verdades impuestas a mi conciencia, sino todo lo contrario, una invitación a buscar y a creer en Dios como Misterio siempre abierto.

Tiendo a encerrar en mis propios esquemas mentales todo lo que vivo. Deseo comprenderlo todo, dominarlo con mi mente, sumarlo a mi modo particular de ver el mundo.   Cuando mis experiencias no encajan con mis ideales, desespero,  y al no estar dispuesto a vivir en la incertidumbre acabo inventando una explicación propia para el misterio de mi vida y el Misterio de Dios; es decir, acabo fabricando un ídolo, una imagen de Dios a mi gusto y manera, un “dogma personal”; y todo porque me cuesta aceptar que algo  escape a mi control y mis expectativas. Soberbia.

Aceptar un dogma de fe es un acto de humildad. El dogma me dice que para entrar en el Misterio modere las pretensiones de mi ego y me adhiera a una tradición, es decir, a una corriente de vida espiritual que lleva siglos fluyendo; me aconseja que me fíe de los santos que han creído y vivido en Dios y luego han querido expresar con palabras precisas en qué Dios han vivido y creído.

Como supongo que le  ocurre a cualquier persona, a mí también me parece racionalmente absurdo decir que “Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero”; 1+1+1 siempre han sido tres. Afirmar lo contrario es irracional. ¡Que me lo expliquen! Sin embargo, la experiencia de mi vida espiritual me dice que, aunque irracional, el Misterio parece “razonable”, es decir, puedo intuir que tres personas pueden amarse hasta el extremo de  formar una sola piña de amor sin dejar de ser ellas mismas. 

¿No es razonable que se pueda hablar de una única familia con muchos y variados miembros? ¿Es de locos admitir lo que la Biblia afirma sobre la pareja humana: “dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”? (Gn 2,24). Si miramos la vida sólo con los ojos de la ciencia la Trinidad es un absurdo, pero si miramos con los ojos del corazón, lo que parece irracional puede ser razonable.

Hoy para mí no supone un problema creer en la Santísima Trinidad. Cuando me paro a meditar o contemplar dirijo indistintamente mis pensamientos al Padre, al Hijo o al Espíritu Santo. Pero hay momentos en los que se desdibujan las imágenes concretas de las personas, y mi oración fluye en el Todo, el Dios Único que envuelve toda la creación. Y esta doble visión no me crea problemas; no la veo opuesta sino complementaria. Como cuando intento ser compasivo con un hermano o hermana concreto y esa compasión la vivo como dirigida a todos y a todo lo creado. Intuyo que desde la orilla del Misterio se ven las realidades divinas y humanas con más simpleza, sencillez y claridad.


Se me antoja decir que los dogmas de la Iglesia, y sobre todo éste de la Trinidad, el más importante de todos, son koans, definiciones absurdas e incomprensibles que hay que meditar, y que sólo pueden ser entendidas desde la revelación (“iluminación” diría un budista). La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los “misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto” (Vaticano I). 

Tomaré el dogma que hoy celebramos como una invitación a meditar descifrando  el koan que reza “Tres son Uno, Uno son Tres”. Sólo me será posible dilucidarlo yendo más allá de  palabras y conceptos, sumergiéndome en el silencio, soltando el lastre de mis pensamientos y dejándome llevar por el vuelo del Espíritu. Sé que éste me  “llevará hasta la Verdad plena”. En el resplandor de esta Verdad, si Él lo permite, conoceré a Dios y me reconoceré a mi mismo en Él.

Cada vez cala más en mi ánimo el convencimiento de que el Misterio de Dios Trino guarda el secreto de mi propia identidad; creo que para conocerme he de adentrarme en Dios, o dicho desde otra perspectiva: he de permitir que la Santísima Trinidad se adueñe de mí y ocupe el lugar que le corresponde en el centro de mi ser. Que Él sea en mí.  Creado a su imagen, también yo soy misterio para mí mismo. Y en verdad que el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del misterio de Dios. Pero esta es una cuestión para ser abordada en otro momento.

A todos mis feligreses de Trujillanos, felicidades en el día de su Patrona, ¿o es Patrón?, la Santísima Trinidad. Que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo os bendiga y reciba siempre de vosotros la alabanza y la gloria que le son propias y nunca le habéis negado.

* * *

Un comentario más amplio a la liturgia de hoy en: 


Mayo 2026
Casto Acedo

NOVENA TRINIDAD - 9. TRINIDAD Y RESURRECCIÓN

 


Un discípulo vivía atormentado por el miedo a la muerte. Cada vez que veía envejecer a alguien, cada vez que escuchaba hablar de enfermedad o despedidas, sentía un nudo en el pecho. Una noche fue a ver al maestro y le preguntó:
—¿Qué ocurre cuando morimos? ¿Todo termina?
El maestro no respondió. Lo llevó hasta un río ancho y silencioso que avanzaba lentamente hacia el horizonte.
—Mira el río —dijo.

Permanecieron allí largo rato. El agua seguía su camino sin detenerse. Entonces el maestro preguntó:
—¿Crees que el río teme llegar al mar?
—Tal vez —respondió el discípulo—. Al llegar, deja de ser río.
El maestro sonrió.
—Eso cree el río antes de conocer el mar.
El discípulo guardó silencio.

—Durante toda su vida —continuó el maestro— el río atraviesa montañas, barro, sequías y tormentas. A veces se siente fuerte; otras, apenas un hilo de agua. Pero todo su camino tiene una dirección. 
El anciano señaló el horizonte.
—Y al final descubre que no estaba perdiéndose… estaba regresando.

El discípulo preguntó en voz baja:
—¿Regresando a qué?
—A la inmensidad de donde vino.

El viento soplaba suavemente sobre el agua.
—La muerte —dijo el maestro— no es caer en la nada. Es entrar en el océano de Dios. Allí cesa el miedo, cesa la separación, cesa la sed.

El discípulo tenía los ojos húmedos.
—¿Entonces todo desemboca en Él?
—Todo —respondió el maestro—. Las alegrías y las heridas, las búsquedas y los cansancios, incluso las lágrimas que no entendiste. Nada se pierde. Todo encuentra descanso en Dios.

Después añadió:
—Por eso los sabios viven en paz. No porque conozcan todas las respuestas, sino porque ya han escuchado el rumor del mar mientras todavía caminan junto al río.

*

La Santísima Trinidad, Dios de vivos

Cerramos nuestra novena a la Santísima Trinidad meditando sobre algo que odia nuestra cultura: la muerte, una realidad a la que queremos escapar, pero que todos “viviremos” en algún momento. Y digo “viviremos” porque desde la perspectiva cristiana la muerte no es el cierre de la vida sino la apertura a una “vida nueva”. La vida como los ríos, desemboca en el mar, que no es sino el lugar de su origen, el punto de partida de las nubes que vierten su agua generando los ríos.  

Lo primero que hay que decir que la Santísima Trinidad no es Dios de muertos sino de vivos. Dice Jesús:

“Que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos». (Lc 20, 37-38).

Y el libro de la Sabiduría sentencia:

“Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera | y las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra”. (Sb 1,13-14)

La Santísima Trinidad estuvo presente toda ella, todo Dios, en la muerte del Hijo. En la cruz el Padre entrega al Hijo, el Hijo se entrega libremente y el Espíritu Santo es entregado al expirar Jesús. Pues bien, también la resurrección del Hijo es obra de la Trinidad. Hay textos del Nuevo Testamento que hablan de que el Hijo resucitó (1 Cor 15,4; Rm 6,9; etc), otros afirman que  el Padre resucitó a su Hijo (Hch 2,32; Rm 6,4; Gal 1,1; Ef 6,20; etc, y otros textos donde se menciona que el Espíritu vivificador lo resucitó  (Rm 1,4; 8,11).

Pensemos y meditemos hoy que el destino final del creyente es la resurrección. Son muchos los trujillaneros que a lo largo de siglos han adorado a la Santísima Trinidad y han venerado a Dios en su imagen.  Toda su vida, sus esfuerzos, sus lágrimas y sus alegrías, sus desvelos por el prójimo, su amor a Dios, ¿se perdió con la muerte? Sería el fracaso no sólo de nuestra fe sino también de toda vida; porque si “el río desapareciera sin tocar el mar” no habría retorno, ni agua, ni rio, ni mar. Pero, como dice san Pablo:

“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, las cosas  que Dios ha preparado para los que le aman”. (1 Cor 2,9).

El mismo optimismo respira san Pablo en este texto de sabor trinitario sobre la resurrección:

“El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”. (Rm  8,11
—¿Entonces todo desemboca en Dios?
—Todo —respondió el maestro—. Las alegrías y las heridas, las búsquedas y los cansancios, incluso las lágrimas que no entendiste. Nada se pierde. Todo encuentra descanso en Dios.

Traigamos a la mente para recordar, y al corazón para sentir y orar, a todos nuestros hermanos difuntos. Y ante la Santísima Trinidad, que “no es un Dios de muertos sino de vivos” agradezcámosle lo que Dios nos dio en todos ellos. Si estamos aquí es porque nuestros padres, abuelos, bisabuelos y todos nuestros antepasados, construyeron este templo, adquirieron esta imagen de la Santísima Trinidad y celebraron esta fiesta.

El credo habla de “la comunión de los santos”, una verdad de fe que nos enseña que no andamos solos por el mundo como peregrinos; también la Iglesia del cielo nos acompaña, vive en comunión con Dios y con nosotros. Por eso con los ángeles y los santos en cada misa cantamos la gloria de la Trinidad.

Un minuto de silencio

La Santísima Trinidad es “Dios de vivos”. La Vida fluye entre las tres personas del Misterio y se desborda en la creación, y especialmente en el corazón de la humanidad. DE Él venimos, hacia Él caminamos, y mientras esperamos el encuentro definitivo con Dios y con los santos que nos precedieron, alabamos y bendecimos a Dios en la confianza de que el movimiento del universo y nuestros movimientos conducen a Él:

Trinidad bendita,
el deseo universal, el gemido de todos, 
suspira por ti.
Todo cuanto existe, existe sólo en Ti.
En Ti desemboca el movimiento del universo.
Eres el fin de todos los seres; eres único.

*
Casto Acedo
Mayo 2026

jueves, 28 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD - 8. Trinidad y sanación

Un hombre llegó al maestro con el alma cansada.
—He rezado durante años —dijo—, pero sigo enfermo por dentro. Dios no me escucha.
El maestro lo observó en silencio y le preguntó:
—¿Cómo rezas?
El hombre respondió rápidamente:
—Pido. Suplico. Repito oraciones. Le digo a Dios todo lo que necesito.
El maestro sonrió levemente.
—Entonces nunca has orado.
El hombre se ofendió.
—¿Cómo puedes decir eso? Rezo todos los días.

Entonces el maestro tomó una taza y comenzó a llenarla hasta que el agua se derramó.
—Tu corazón está igual —dijo—. Tan lleno de palabras, de miedos, de ruidos y de exigencias, que no dejas entrar a Dios

Después lo llevó al jardín. No hablaron durante mucho tiempo. Solo escuchaban el viento entre los árboles y el canto de un pájaro lejano. Poco a poco, el hombre comenzó a relajarse. Por primera vez en muchos años dejó de pedir, dejó de pensar, dejó de luchar. Y empezó a llorar.

Entonces el maestro dijo suavemente:
—El Padre no espera que seas fuerte para amarte. El Hijo no vino a condenarte, sino a cargar contigo. Y el Espíritu Santo entra en el alma cuando por fin encuentra silencio. 

El hombre respiró profundamente, como si despertara de muchos años de cansancio.
-¿Ves? -dijo el maestro- , la oración no es convencer a Dios de que te ayude. La oración es permitir que Dios te toque
—¿Y cómo sabré que Dios me ha tocado? —preguntó.
El maestro sonrió:
—Porque dejarás de sentirte solo. Y donde termina la soledad, comienza la sanación de la Santísima Trinidad.

* * *

Contra el exceso de mal, exceso de bien.

Todos hemos acudido alguna vez a Dios pidiendo sanación para nosotros o para alguien a quien amamos y esperando ser escuchados en nuestras peticiones ¿Puede curar la Santísima Trinidad todas las enfermedades? Si por “curación” entendemos la restauración física y automática del cuerpo dañado o el alma rota, hemos de decir que sí. Dios ha obrado en la historia milagros que sanan el cuerpo y el Espíritu. El mismo Jesús obró milagros, y eso no lo podemos negar.   Si Dios es “Todopoderoso”, y así lo afirma nuestra fe, el poder de sanar enfermedades lo  tiene. Sin embargo, el dolor y el mal siguen existiendo

No podemos entender el misterio del mal. Por eso decimos que es un misterio. Hay una sentencia sobre el poder de los dioses para sanar que se le atribuye  a Epicuro (siglo IV a.c.) y que se ha ido repitiendo a lo largo de los tiempos:  “Si Dios quiere eliminar el mal y no puede, no es omnipotente. Si puede y no quiere, no es bueno. Si puede y quiere, ¿por qué existe el mal?”. 

Los grandes teólogos de la Iglesia han intentado responder a esta pregunta. San Agustín decía que el mal no es una “cosa” creada por Dios, sino una privación del bien, ligada a la libertad humana. Santo Tomás de Aquino sostuvo que Dios puede permitir males para sacar bienes mayores. Otros  ven el sufrimiento unido al amor, la libertad y el crecimiento espiritual, especialmente a la luz de la cruz de Jesucristo.

Sea como sea, la filosofía no ha sido capaz de responder con claridad a la pregunta sobre el mal. Y la teología cristiana sólo tiene una respuesta para esa pregunta y esa respuesta es Jesucristo. Que no explicó el mal, con lo cual le permanece  en el misterio, pero sí nos enseñó cómo afrontarlo; y lo hizo no sólo con palabras sino con hechos:

Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,37-38)

La respuesta de Jesús al problema del mal es la de no pasar de él sino oponerse a él con la fuerza del bien. Ante el exceso del mal (odio) Jesús opone el exceso del bien (amor). Esta es la victoria de la Cruz: el mal no consiguió doblegar el amor del bien encarnado en Jesús. A éste no le preocupaba tanto el bien propio como el ajeno, es decir, respondió al mal no por interés personal sino por amor.

Cuando nos preguntamos acerca de qué está haciendo Dios para evitar el mal en el mundo Jesús parece dar una respuesta que no suele gustarnos: “Te he hecho a ti”. Y, aunque haya situaciones o realidades a las que no encontramos sentido, es cierto que muchos de los males existentes (hambre, guerras, marginación, abusos, etc) vienen causados por el odio y el egoísmo de la humanidad.

El toque de Dios

Decía el maestro Eckhart que ser espiritual y sabio sólo es posible cuando se ha llegado o traspasado la mitad de la vida, es decir, cuando ya se han derrumbado totalmente o en parte los proyectos idealistas que se tenían: familia feliz, buena posición social y económica, familia feliz, etc.). Cuando esto se derrumba, cuando ya vienen los achaques físicos y el cansancio de la vida, cuando comienzan a morir ante tus ojos aquellos con los que has compartido muchos de tus años, entonces tocas fondo; y uno de esas cosas que nos hacen tocar fondo es la enfermedad física y el desaliento espiritual.

Ahí, en la “humillación” de la soberbia juvenil, me doy cuenta de que necesito de Dios, y recurro a Él. Y está bien, siempre que lo haga desde la humildad y no desde la exigencia. Porque Dios resiste a los soberbios y  da su gracia a los humildes.(1 Pe 5,5; Sant 4,6; cf Lc 1,52).

La Santísima Trinidad es “salud”, palabra que proviene del latín  salus”,  y que significa tanto salud como salvación. ¿Cómo lo hace? Tocando tu alma con su gracia.  Pero debes permitir que te toque reconociendo tu debilidad, aceptándole como salvador y orando en el despojo y silencio de tu ser. 

El Padre no espera que seas fuerte para amarte.
El Hijo no vino a condenarte, sino a cargar contigo.
Y el Espíritu Santo entra en el alma cuando por fin encuentra silencio.

El remedio a tus enfermedades exige de ti que no rehúyas el amor del Padre, que aceptes que el Hijo te ayude a llevar tus cruces y que entras en el silencio de la oración invocando al Espíritu que sana el corazón enfermo. En una palabra, si con fe buscar tocar a Dios como la mujer hemorroísa (cf Mt 9,18-26)  o te dejas tocar los oídos y la lengua como el sordomudo del evangelio (Mc 7,31-37), vas por el buen camino de la sanación corporal y espiritual.  Con el toque de la gracia  “dejarás de sentirte solo. Y donde termina la soledad, comienza la sanación de la Santísima Trinidad”.

Minuto de Silencio:

Pide a Dios el don de conocer su amor que cura (cuida, da sentido y si es su voluntad sana materialmente) todas tus enfermedades y dolencias.

Ten piedad de mí, Santísima Trinidad;
dame a conocer tu Amor infinito
que cura mis enfermedades.
Y déjame reposar
en tus entrañas de Amor,
Trinidad siempre amable.
(San Gregorio Nacianceno)

Casto Acedo
Mayo 2026

miércoles, 27 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD - 7. Trinidad y sacramentos

 


Un discípulo preguntó al maestro:
—¿Por qué la Iglesia toma tan en serio los sacramentos?
El maestro señaló la lluvia que caía sobre la tierra.
—Porque Dios ama esconderse en cosas sencillas.

Tomó un poco de agua entre sus manos.
—En el bautismo no sólo cae agua; Dios hace nacer una vida nueva.
Encendió una vela.
—En la confirmación no sólo hay un rito; Dios fortalece el corazón con su Espíritu.
Partió un trozo de pan.
—En la eucaristía no sólo se comparte pan; Cristo mismo se entrega.
Y mostrando dos anillos añadió:
—En el matrimonio no sólo se unen dos personas; Dios habita en su alianza.

El discípulo sonrió:
—Entonces los sacramentos son signos de Dios.
El maestro negó con dulzura:
—Son más que signos. Son lugares donde Dios cumple lo que promete.

 *

Sacramentos 

¿Por qué son tan importantes los sacramentos? Es fácil de entender  la importancia que tienen si estudiamos a fondo lo que es un sacramento. Y no es otra cosa que un signo visible que remite a una realidad invisible. Es una definición clásica acerca de lo que es un sacramento. “Signo visible de una realidad invisible”. Visto así, un sacramento es un ramo de flores, elemento visible que deja ver la gratitud invisible de quien lo entrega; sacramento son los anillos que se intercambian, que permiten expresar el vínculo invisible entre dos personas, sacramento es la foto de mamá sobre la mesa del salón que evoca la presencia de alguien que ya no está físicamente; etc.  Los signos sacramentales no suelen tener mucho valor en sí mismos (el ramo de flores se marchita, los anillos pueden ser madera, la foto puede decolorarse y deteriorarse), el valor se lo da el significado.

La Santísima Trinidad, Dios en sí, es invisible a los ojos, inasible para las manos e inefable para la lengua, pero no es muda, habla; se comunica recurriendo, entre otros lenguajes al de la creación.


“El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.”
(Sal 19,2

Este salmo nos dice, como ya comentamos al hablar de la creación, que “todo nos habla de Dios”, y cada criatura es “signo” y, en sentido amplio, sacramento de Dios, aunque para diferenciarlos de los sacramentos concretos instituidos por Cristo llamamos “sacramentales” a estos signos nada institucionales.  

En los sacramentos nos encontramos con Dios; y hay entre ellos un sacramento de los sacramentos, el sacramento raíz, el que da sentido a todos los demás: Jesucristo, sacramento del Padre. En su paso por la historia Dios se ha hecho humanamente visible para nosotros en Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero. Su vida y su mensaje hizo posible que los hombres de su tiempo pudieran ver con sus propios ojos al Dios invisible. En él se cumple toda la revelación de Dios. A partir de entonces no hay encuentro con Dios Padre que no pase por el Hijo como Mediador; y eso sólo es posible en el Espíritu Santo. De ahí la fórmula que repetimos cuando nos dirigimos al Padre, “por Jesucristo tu Hijo, en el Espíritu Santo”.   Los Sacramentos entroncan con el Misterio Pascual de muerte y resurrección de Cristo: "Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua" (Jn 19,34), bautismo y eucaristía.

Jesús dejó de estar entre nosotros tras su ascensión. Pero dejó un sacramento que prolonga su ser entre nosotros: la Iglesia. La presencia visible de Dios la afirma en el evangelio cuando Jesús dice que “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18,20). La Iglesia es signo-sacramento de Dios en la historia,  “la Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.” (LG 1; CATIC 775). 

Y esa Iglesia, sacramento de Cristo, administra la gracia de Dios “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” con los siete sacramentos, signos instituidos por Cristo con los que la Santísima Trinidad se hace presente de una manera especialísima. Estos signos o sacramentos tan especiales los llamamos Bautismo, Confirmación, Penitencia, Eucaristía, Unción de enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio.  Con ellos celebramos sacramental y simbólicamente el encuentro con la Santísima Trinidad. Son signos comunitarios, compartidos por quienes se acogen a una misma fe católica, y que en momentos importantes de la vida aseguran la bendición de la Trinidad (nacimiento, madurez humana, necesidad de perdón, necesidad de alimento, vida familiar, enfermedad, consagración sacerdotal o religiosa). La gracia (vida) de la Santísima Trinidad nos llega muy especialmente por medio de las celebraciones sacramentales. 

La imagen de la Santísima Trinidad que veneramos no es un sacramento propiamente, es un sacramental; no garantiza la presencia de Dios; la Eucaristía como sacramento sí. Es la diferencia entre la procesión de la Santísima Trinidad y la procesión de Corpus Christi; en la primera salimos con una imagen de Dios por nuestras calles, en la segunda es el mismo Dios en Cristo realmente presente en el Pan Eucarístico el que sale con nosotros.

Deberíamos purificar nuestra fe acercándonos a la Palabra y los Sacramentos; no hace falta ir a ningún santuario lejano para beber agua bendita; los sacramentos, y especialmente el bautismo y la Eucaristía, son  Agua Bendita de Dios; basta tener fe y acercarse a ellos; lo dijo Jesús a la mujer Samaritana: “El que bebe el  agua de este pozo (este mundo) vuelve a tener sed;  pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,13-15).


El discípulo dijo al maestro:
—Entonces los sacramentos son signos de Dios.
El maestro negó con dulzura:
—Son más que signos. Son lugares donde Dios cumple lo que promete.


*

Minuto de Silencio

Mira la imagen de la Santísima Trinidad, y mira el Sagrario. Imagen y sacramento. Una vida espiritual avanzada relativiza las imágenes, que pueden conducir a la idolatría; los sacramentos, al ser simbólicos, piden una fe más grande, pero son el lugar donde Dios se da con total seguridad.

La palabra griega “Misterio” (misteryon) se tradujo al latín por “Misterium”; y a los sacramentos se les llamaba celebración de los “Misterios”; y luego se les denominó “sacramentum” (sacramento). Fijáos: se pasa de la contemplación del “Misterio de Dios” (Santísima Trinidad), a la celebración de los Misterios (sacramentos, acciones de Dios). La devoción a la Santísima Trinidad, sin la celebración de los misterios (especialmente recomendables para estos días la Penitencia y la Eucaristía) carecería de sentido.

Dice el himno de san Gregorio que recitamos cada día de la novena:


¿Quién podrá adentrarse
en el Misterio de tu ser trinitario?
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
Misterio de gracia inagotable.

Nosotros tenemos el privilegio de poder adentrarnos en ese Misterio por la participación en los Sacramentos.

martes, 26 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD - 6 Unidad en la diversidad (Iglesia)

 


Un maestro encendió tres velas y las puso sobre una mesa y preguntó a sus discípulos:
—¿Cuántas llamas ven?
—Tres —respondieron.
Entonces acercó lentamente las velas unas a otras hasta que las llamas se tocaron.

Los discípulos miraron en silencio. Ya no podían distinguir dónde terminaba una llama y comenzaba la otra.Parecía un solo fuego.

El maestro dijo:
—Así es Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero el amor los une tanto que son un solo Dios.

Después tomó las velas y las colocó en medio de la sala.
—Y así debe ser la Iglesia.
Muchos rostros, muchas voces, muchos dones… pero una sola llama.

Uno preguntó:
—¿Y cuándo sucede eso?
El maestro respondió:
—Cuando cada uno deja de querer brillar solo y aprende a arder con los demás.
Y añadió:
—Entonces Dios se hace visible en medio de ellos, como un único fuego nacido de muchas llamas.

*

Unidad, no uniformidad

Son muchas las sentencias o palabras de Jesús en las que habla de “ser uno con el Padre”, y una muy  directa: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30);  e Igual que el Padre y Él son uno, pide para que todos sus discípulos seamos uno:

No solo ruego por los que me has dado, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos,  para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 20-21)

 Es importante el tema de la “unidad”, pero no hay que confundirlo con la “uniformidad”; en la uniformidad cada uno desaparece en un modelo impersonal; se pierde la identidad de cada cual. Ponerse un uniforme es señal de pertenencia a una unidad grupal, pero también es como un signo de que uno no actúa por sí mismo sino para una entidad o institución mayor. El uniforme puede ayudar a quienes necesitan una referencia externa a la hora de acercarse a  una institución, pero es despersonalizador cuando quien lo lleva renuncia acríticamente a sus propios criterios y se deja llevar por las consignas del colectivo. Los totalitarismos son muy amantes de uniformes; y los peores son los uniformes mentales. Decía Ortega y Gasset que "nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros confines, nuestra prisión".

El pasado día de Pentecostés se proclamó una lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios que aclara muy bien cómo hemos de ser en  la Iglesia  “unidad”, pero sin romper la diversidad. La clave está en que la unidad sea “espiritual”, es decir, que no nos unan intereses espurios sino el Espíritu Santo, un mismo Espíritu, que respeta la identidad de cada uno.

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos

 Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.  Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”. (1 Cor 12,6-11)

Este modelo de sociedad que es la Iglesia tiene su espejo en la Santísima Trinidad, donde cada una de las personas tiene su identidad y función propia: Padre (creador, todopoderoso, paternal), Hijo (redentor, obediente, filial) y Espíritu Santo (santificador, dador de vida).  Y a pesar de las distintas funciones no hay choque entre ellos, porque todo lo que realizan es en función es desde la unidad y para la unidad.

Así debe ser la Iglesia: “Muchos rostros, muchas voces, muchos dones… pero una sola llama”, se dice en el relato de apertura. Y ésta llamada la unidad no es accidental u optativa, es esencial y obligatoria; nos jugamos en ella la eficacia de nuestra misión: hacer presente el Reino de Dios. Nadie va a creer el Evangelio si nos ve divididos. Es necesaria la unidad “para que el mundo crea que tú me has enviado”, dice Jesús; para que aquellos a los que anunciamos el evangelio crean de veras han de dar ante todo testimonio de unidad en torno a Dios.

Las primeras comunidades cristianas atraían a muchos hacia Dios por su testimonio de unidad. “mirad cómo se aman”, se decía, “se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch 4,33).

Minuto de silencio


—¿Cuándo sucede la unidad? , preguntó el discípulo.
Y el maestro respondió:
—Cuando cada uno deja de querer brillar solo y aprende a arder con los demás.
Y añadió:
—Entonces Dios se hace visible en medio de ellos, como un único fuego nacido de muchas llamas.

Que la contemplación de la Santísima Trinidad como “unidad en la diversidad” nos ayude a imitar al mismo Dios en su ser, a trabajar la unidad entre nosotros dando paso al Espíritu Santo. Que no busquemos tanto  deslumbrar con nuestras vidas sino alumbrar con la llama del Espíritu para que así el mundo crea.


Recitando las palabras finales del Himno de san Gregorio Nacianceno, pidiendo que la pequeña luz de tu vida se una en una llama con su Luz:

Santísima Trinidad,
mi Bienaventuranza, Soledad infinita,
Inmensidad donde me pierdo!,
Me entrego a Ti. Sumérgete en mí
para que yo me sumerja en Ti
mientras espero ir a contemplar en tu luz
el abismo de tus grandezas.

*
Casto Acedo
Mayo 2026

.

lunes, 25 de mayo de 2026

NOVENA TRINIDAD 5 - Conocer-amar a Dios


Un discípulo preguntó al maestro:
—¿Por qué, después de tantos libros sobre Dios, siento que no lo conozco?

El maestro le dijo:
—¿Conoces a tu madre?
—Claro.
—¿Porque has estudiado un tratado sobre ella?
—No, porque la amo.

El maestro sonrió:
—Solo se conoce de verdad aquello que se ama. Sin amor, las personas se convierten en objetos; y Dios, en una idea.

Luego añadió:
—Por eso Dios es Trinidad: el Padre conoce al Hijo amándolo, el Hijo conoce al Padre entregándose a Él, y el Espíritu es el amor que los une. En Dios, conocer y amar son la misma cosa.

Y concluyó:
—Quien no ama, podrá hablar mucho de Dios; pero no lo habrá conocido jamás.

 *

Conocer-amar a Dios


En el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo se narra la parábola de el juicio final. En ella Jesús identifica a Dios con el prójimo. Dirigiéndose a las buenas personas, les dice:
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis,  estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme". (Mt 5, 34-36).
Hasta aquí todo bien. Pero lo sorprendente es que los justos no sabían que estaban ayudando a Dios mismo cuando ayudaban al prójimo:
Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?". Y el rey les dirá: "En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 5, 37-40)
Se dice literalmente en el texto que cada vez que amamos o despreciamos al prójimo no es que sea “como si” amáramos o despreciáramos a Dios, es que "de hecho" le amamos o le despreciamos. Y esto da a entender que “el prójimo es Dios para nosotros”, que hay una profunda simbiosis entre la presencia de Dios y la vid del hombre.

Si contemplamos a la Santísima Trinidad como Misterio de amor podemos entender esto mejor. Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres personas distintas, pero cada una de ellas está en la otra. Ofender o amar a una  de las personas es ofender o amar a las otras. Pues bien, ¡y esto es lo maravilloso!, Dios hace extensiva a la humanidad esa comunicación vital de la Trinidad. Con la encarnación del Hijo Dios ha entrado en la historia, se ha unido a la humanidad, se ha hecho uno de nosotros. Y nos ha enseñado que nada de lo que afecta los hombres le es ajeno; de ahí su empeño en mejorar el corazón y las vidas de aquellos con los que le tocó vivir.

Sin embargo, el concepto que mejor expresa lo que somos, lo que nos une y lo que nos debemos los unos a los otros, no es el de “solidaridad” sino el de “fraternidad”. Porque no somos un “aparte” de los otros sino “parte” de los otros.

Podemos entender esto mejor cuando hablamos de la familia. Mi hermano o hermana, mi padre o mi madre no son unos ”otros” cualquiera. En cierto modo los considero parte de mí mismo. Sus alegrías y sus penas, sus éxitos y sus fracasos, son míos. Porque hay algo que nos une: la sangre, el espíritu familia. Pues bien, toda la humanidad es nuestra familia; es lo que afirmamos cuando decimos “Padre nuestro”, no sólo de los cristianos, ni de los españoles, ni de los de izquierdas o los de derechas.

En la Biblia "conocer" y "amar" son conceptos imbricados. Quien no ama no pude conocer, porque su mirada está empañada y su visión de la realidad es distorsionada por su subjetividad pecadora.



"En Dios -en la Santísima Trinidad, dijo el maestro en la historia transcrita al principio- el Padre conoce al Hijo amándolo, el Hijo conoce al Padre entregándose a Él, y el Espíritu es el amor que los une. En Dios, conocer y amar son la misma cosa". Y concluyó: —Quien no ama, podrá hablar mucho de Dios; pero no lo habrá conocido jamás"

Adorar a Dios no es posible si odias al hermano. “Quien no ama a su hermano al que ve, no puede amar a Dios a quien no ve”, dice la carta de san Juan (1 Jn 4,20). El conocimiento verdadero se da en el amor: "El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1 Jn 4,8). En la Biblia “conocer” es amar. El odio distorsiona la visión de la realidad y sume el alma en la ignorancia de creer que su visión borrosa es la única verdad. Acceder al conocimiento de Dios exige apertura de mente y de corazón; si en tu mente y en tu corazón no caben el perdón y la misericordia para con el prójimo, tampoco cabe el conocimiento de Dios. A Dios no se accede por las ideas sino por el abandono amoroso.


Minuto de silencio

Contemplando a la Santísima Trinidad podemos miramos el modelo de familia que somos. Hay entre nosotros una diversidad en las apariencias, las formas, las creencias, las ideas, etc., pero también una unidad en el mismo Espíritu. Debería ver en la Trinidad a todo el mundo unido en un mismo Dios. Eso es lo que predicó Jesús: el Reino de Dios, un estilo de sentir y de vivir donde nadie es extraño a nadie, sino hermano, una fraternidad universal.

El modo de amar de Jesús, el Hijo, nos llama a imitar ese mismo amor. ¿Cómo? Acercándonos a quien tenemos que amar más con humildad, sin subjetivismos, mirándole desde Dios, es decir, con amor. Así le conoceremos, comprenderemos que sus actitudes negativas son fruto de sus circunstancias personales o sociales, y le amaremos in exigirle que responda a lo que nosotros esperamos de él. Así fue el amor que mostró Jesús.

Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor,
«desciende sobre mí» para que en mi alma
se realice como una encarnación del Verbo.
Que yo sea para El una humanidad suplementaria
en la que renueve todo su Misterio de amor.
(Santa Isabel de la Trinidad)

En el silencio de tu corazón, desea que también en ti se realice el mismo amor de Cristo encarnado, con palabras de santa Isabel de la Trinidad: "que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo".

Casto Acedo

Mayo 2026 

Corpus Christi (7 de Junio)

EVANGELIO  Jn 6,51-58. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi ca...