
EVANGELIO Mt 25,1-13
"Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis."
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco."
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»"
¡Palabra del Señor!
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Nota: Advierto que la primera parte del comentario gira sobre el eje de la primera lectura, del libro de la Sabiduría, 6,12-16:
"La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento".
¡Palabra de Dios!
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El ser humano no se limita a encajar sus días automáticamente en el puzle de la naturaleza y la historia. No solamente ve y vive, sino que se pregunta por lo que ve y lo que vive; tiene sed de saber, de comprender, de unificar sus experiencias en un todo. Es connatural a toda persona el deseo de salir de sí a la búsqueda de respuestas acerca de la vida; intuye que más allá de las apariencias se esconde el misterio. Hay en la persona sed de Sabiduría: “mi alma está sedienta de ti” (Sal 62,2). A quien se esfuerza por buscar y ahondar en la verdad del misterio y va modelando su vida desde el conocimiento místico que halla en él se le llama sabio.
¿Quién es sabio?
¿Qué es un sabio? No es precisamente quien tiene un coeficiente intelectual alto y es capaz de almacenar y procesar datos en su cerebro-mente. De ser así, con el desarrollo actual de la mal llamada inteligencia artificial, cualquier computadora de hoy sería más sabia que cualquier humano, porque nadie es capaz de almacenar y cruzar datos con el orden y la precisión con que lo hace un chip informático. Para ser sabio no basta saber, se necesita ante todo "saborear", es necesario adentrarse en la vida para gustarla o sufrirla. Así se adquiere la sabiduría, algo que no puede sentir ni vivir ninguna maquina. La sabiduría auténtica no es medible ni computable, no tiene medida ni puede ser sometida a cálculo, forma parte de lo “indescifrable” (el misterio) de la persona. “Radiante e inmarcesible es la sabiduría”, (Sab 6,13).
Pero ¿dónde encontrarla? ¿Dónde hallar la auténtica sabiduría? ¿Se puede comprar con dinero? ¿Será sólo asequible para los pocos privilegiados que tengan acceso a grandes centros universitarios? ¡Nada de eso! No necesitamos estudios superiores ni riquezas materiales para adquirirla: “Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien la busca no se fatigará, pues a la puerta la hallará sentada” (Sb 6,14-15). Para adquirirla hay que desposeerse de saberes; en realidad, la auténtica sabiduría no se posee, se la desea. Decir "la tengo" es perderla.
El estudio-trabajo compulsivo y la acumulación de teorías, tan propio de las sociedades científico-técnicas, más que ser una ventaja son un obstáculo para el sabio. La sabiduría auténtica no se adquiere por la dedicación al estudio teórico ni la acumulación de títulos académicos; se necesita una disposición (o afición) especial del corazón. "No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas internamente", dijo en su día San Ignacio de Loyola.
Adquirir la sabiduría cristiana requiere vaciarse de saberes aprendidos en la escuela; porque “ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella; en los caminos se les muestra benévola, y les sale al encuentro en todos sus pensamientos” (Sb 6,17).
La sabiduría de Dios, por tanto, sale a tu encuentro; y para dejarte alcanzar por ella sólo te pide entrar en silencio contemplativo para, de este modo, abrir tu mente y tu corazón. Ahora bien, cuando te mantienes despierto, fiel al ejercicio que supone la práctica de la meditación y contemplación, cómo saber si estás en la verdadera sabiduría. La respuesta te la da Jesús: por sus frutos la conocerás (cf Mt 7,16). Porque la auténtica sabiduría te da serenidad, paz, alegría, vida; mientras que el falso saber engendra la desorientación, la crispación, el cansancio, la oscuridad y la muerte. Revisa hacia dónde te conduce el saber o la sabiduría que gobierna tu vida y juzga por ti mismo si estás en el lado bueno. Sino es así, ¡permanece atento! Mantén encendida la lámpara del deseo.
La sabiduría es amante, despierta, prudente, fuerte...
"Pensar en la sabiduría es prudencia consumada, y quien vela por ella, pronto se verá sin afanes” (Sab 6,14) . Según esto, una de las actitudes cristianas más importantes relacionadas con la sabiduría es la vigilancia. Y de ello nos habla la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1-13). La vigilancia es la virtud de los que esperan, y también de los sabios.
El sabio se ejercita en la vigilancia, en la atención y el cuidado del jardín de la sabiduría, para que no crezca en él la cizaña de la mentira. El cuidado atento y la atención en esperanza son el aceite que se necesita para que prenda en el alma la lámpara sabiduría. Con el cuidado de las virtudes y la mirada en Él nos disponemos para recibirla (cf 1 Cor 1,7-2.16).
¿Cuáles son esas virtudes que propiciarán el encuentro con la verdadera sabiduría? ¿Qué aceite necesita la lámpara para que ilumine el espacio de mi vida?
* La primera virtud es el amor (caridad), porque nadie está expectante y alegre esperando que venga algo que no quiere o alguien a quien no ama; si no tienes amor ni a Dios ni al prójimo, no esperarás nada de ellos; con amor adquirirás el conocimiento que no se adquiere con las letras y los números. Amar es desear. Se trata de una deseosa espera orante. Lo dice santa Teresa, que de esto sabía mucho: no está la cosa en "hablar mucho, sino en amar mucho".
* Junto al amor se necesita perseverancia en la oración o trato con Cristo. El mismo Jesús dice “Velad y orad para no caer en la tentación” (Mt 26,41); estas palabras las pronunció en Getsemaní, el lugar de la tentación de la huida; te conviene pues orar, sobre todo cuando sobreviene el desánimo y el deseo de abandonar. Ahí es donde el demonio de la ignorancia tira de ti para apartarte de Cristo, sabiduría de Dios (1 Cor 2,6-10). Perseverancia, pues, en el trato con el Maestro, porque es la fuente de la sabiduría divina.
* También es importante la prudencia. Cuando la tentación incita y provoca al alma se hace imprescindible la sensatez y el buen juicio. Piensa. Adán y Eva en el paraíso (Gn 3,1-8), David en la terraza de su casa (2 Sam 11), Pedro en casa de Anás (Lc 22, 54-62), ¿habrían sucumbido si realmente hubieran “vigilado” y respondido con prudencia al provocador?; ¡de cuántas caídas te librarás si eres prudente! No olvides que el diablo, señor de la necedad y la mentira, aprovecha la imprudencia, el descuido y la distracción para hacerse con su presa. "Temer (respetar) al Señor es sabiduría, apartarse del mal es prudencia" (Job 28,28). Son abundantes las citas bíblicas donde la prudencia aparece ligada a la sabiduría.
* La virtud de la esperanza vigilante va a exigir también fortaleza. El aceite de las lámparas que las vírgenes prudentes tuvieron en abundancia nos recuerda la unción bautismal: “para que el poder de Dios te fortalezca te ungimos con éste óleo de salvación”. Por la unción el bautizado es fortalecido para vivir el mandamiento del amor. La fortaleza es don del Espíritu Santo; saldrás vencedor si, como David frente a Goliat, te confías al poder de Dios: "Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo" (1 Sam 11,45).
*Y un último detalle sobre la sabiduría que se deja ver claramente en el evangelio de hoy. La negativa de las vírgenes sabias a compartir su aceite con las necias parece egoísmo; y lo es si no tememos en cuenta que la sabiduría (el aceite de las lámparas) es como la fe: personal e intransferible. Nadie puede creer por ti, tampoco esperar o amar. No puedes alumbrar tu vida con el aceite de otras personas; ellas te pueden orientar, pero nunca suplir tu libertad. Es tuya la responsabilidad de mantener encendida en ti la lámpara de las virtudes. Para escapar de la ignorancia de "mundo, demonio y carne" -dice san Juan de la Cruz- el alma ha de ir "disfrazada" (revestida) de estos colores: "blanco, verde y colorado, por los cuales son denotadas las tres virtudes teologales, que son: fe, esperanza y caridad, con las cuales no solamente ganará la gracia y voluntad de su Amado, pero irá muy amparada y segura de sus tres enemigos". Entonces llegará el esposo y pasará al banquete de bodas.
Cuida la sabiduría recibida
Sé, pues, vigilante, porque el enemigo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (cf 1 Pe,5-8). Despierta tus sentidos, atento a las fauces de la fiera que a veces es tu propio ego que se resiste a dar paso al hombre nuevo que hay en ti; otras veces es el sistema social injusto que te arrastra; en otros momentos la fiera es la mentalidad consumista que aturde tus sentidos; o los medios de comunicación que manipulan la verdad ofreciendo solo una cara de la noticia; o el sistema educativo impuesto que a menudo no forma personas sino ciudadanos y súbditos serviles.
¡Estate alerta! Cuida la sabiduría recibida. Que nada acabe devorando aquello que has aprehendido en la cercanía de Jesús. Mantente firme y alcanzarás el premio. Si te mantienes vigilante y fiel no sólo adquirirás las habilidades necesarias para vivir con gozo y sabiamente el día a día de tu vida, sino que, además, te estarás garantizando el triunfo definitivo, cuando el Señor te lleve con él en la resurrección final (cf 1 Tes 4,13). Entrarás entonces en el banquete de bodas preparado para los que esperan al Esposo con sus lámparas encendidas (cf Mt 25,10).
Un consejo-resumen final: Es tu responsabilidad adquirir y cultivar la sabiduría. Deséala y se te dará a conocer. Está a la puerta de tu casa. No esperes que nadie te la venda; las virtudes del sabio, la esperanza, la fe y el amor, son personales e intransferibles, si fuera posible creer, amar y esperar por otro, ¿no habrían compartido las vírgenes sensatas su aceite con las necias? (Mt 25,8-9). Hay cosas que nadie puede vivir por ti. No te duermas, ama, reza y se prudente. Sé sabio.
Noviembre 2026
Casto Acedo
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