
La Iglesia está llamada a alabar y adorar a Dios con sus palabras, con sus celebraciones, con los dones que ella misma ha recibido de Dios, con su entrega al servicio del mundo. No obstante y con frecuencia se vende a dioses extraños como lo son el éxito temporal, la autosatisfacción, el triunfalismo, el dominio sobre las instancias sociales o la acomodación al sistema imperante. Con sus idolatrías la Iglesia revive hoy la tragedia de volver la espalda a Dios, de no dejarle hueco, de “matar al Hijo” y querer quedarse la viña en propiedad cuando le ha sido dada sólo para administrarla (servicio).
La parábola de los viñadores homicidas se sigue actualizando, porque los hombres siguen despreciando la sabiduría de Dios y se creen dueños cuando solo son administradores de los bienes de la creación; la historia no deja de repetirse: “los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: "Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron.” (Mt 21:38-39).
¡Matemos al Heredero! ¡Matemos a Dios! Esa voluntad de muerte la vemos hoy en Gaza, Ucrania, Golfo Pérsico, Siria, El Congo, Somalia,... Tras la violencia se esconde el mismo pecado: "¡Matamos al heredero y nos quedamos con su herencia (sus recursos naturales: su petróleo, sus tierras raras, su mano de obra barata, ...)!" . No es lícito culpar de los males del mundo a Dios o a instancias religiosas o eclesiales; los últimos grandes conflictos mundiales brotan a la sombra de un mundo ateo y secularizado que ha ninguneado a su Creador y Redentor. Muerto el Padre se ningunea al hermano. Son muchos los que reconocen abiertamente que la muerte de Dios en nuestra cultura conduce irremediblemente a la muerte del hombre: “Esperando que diese el fruto dulce de las uvas, dio el fruto amargo de los agrazones” (Is 5,2). En una tierra donde debería crecer la generosidad, la cordura, la confianza y el amor entre hermanos, han crecido la avaricia, la locura, la sospecha, la conspiración, el robo y el crimen entre extraños que no se reconocen.
El olvido de Dios se convierte en un cáncer para quienes lo permiten. Hay un efecto bumerán cuando se rechaza a Dios; quien le da la espalda, él mismo se excluye de sus bienes y se acarrea la ruina. Le sucede como a la viña que no da fruto: “Haré de mi viña un erial que ni se pode ni se escarde. Crecerá la zarza y el espino, y a las nubes prohibiré llover sobre ella” (Is.5-6). No es que Dios se olvide de hecho de sus hijos, algo que sería incompatible con su ser Padre y Madre (cf Is 49,15); son los hijos los que libremente al repudiarle, al negarse a aceptar el proyecto (plan) de vida que tiene para ellos, rechazan su futuro, su realización plena.
La parábola de los viñadores homicidas, como imagen de la pasión y muerte de Jesús, no viene a condenarte sino a pedirte que te conviertas por la contemplación del amor de Dios. Pregúntate hoy por tu propia vida y la del mundo que habitas:
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