jueves, 26 de septiembre de 2024

Recibe el bien (Domingo 26º Ciclo B)

 


EVANGELIO Mc   9,38-41

“En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.” Jesús replicó: No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro". 

* * *

El Papa Francisco nos ha retado a construir una “Iglesia en salida”; y  hay quienes entienden este reto como un salir a pescar en la calle para llevar mucha gente al templo. Esto no es exactamente lo que hace y dice Jesús. El evangelio de hoy lo ratifica.

El apóstol Juan solicita a Jesús permiso para frenar la actividad de gente que iban por ahí haciendo el bien en su nombre; consideraba el apóstol que Jesús y el bien que reporta es patrimonio o propiedad del grupo de los doce. Y el mismo Jesús le recrimina su actitud: “No se lo prohibáis, el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

No hay que envidiar, censurar ni poner trabas a quienes hacen el bien, aunque no estén en la nómina de nuestro grupo; al contrario, se ha de apoyar toda iniciativa buena y de buena voluntad venga de quien venga.

La presencia y la acción de Dios no se ciñe a los muros de los templos o al reducido grupo de los que se reúnen en ellos para escuchar la Palabra o celebrar los sacramentos. El Reino de Dios es más amplio que la Iglesia; a Dios se le puede ver, más allá de los ámbitos sagrados de la religión, en toda circunstancia y en toda persona o grupo que obra el bien.

Por tanto, siéntete hermano de todo aquel que coincide contigo en la búsqueda de la verdad y la práctica de la justicia. La teología que inspiró el Concilio Vaticano II habla de “cristianos anónimos”. Hay muchos. Personas que buscan la verdad y practican el bien siguiendo los dictados de su conciencia.

Un buen ejercicio para esta semana puede ser mirar si hay fuera de la Iglesia personas que viven los valores del Reino de Dios: paz, justicia, bondad, generosidad. A quienes practican estas virtudes considéralos de nuestro grupo; y no te preocupes si no van a misa o incluso si dicen ser ateos. Tal vez no han conocido a Dios con su mente, pero lo llevan en el corazón. ¿Se puede decir lo mismo de todos los que nos consideramos dentro de la Iglesia?

No juzgues a nadie por sus prácticas o no-prácticas religiosas. Si ves a alguien ayudando al prójimo únete a él sin preguntarte si es no-creyente, si es cristiano o de alguna otra religión. A los ojos de Dios lo definitivo no es la afiliación religiosa o las experiencias místicas gozadas sino la práctica del amor, la cruda y palpable realidad de una vida compasiva en todo y con todos.

Haz el bien y no mires a quién, dice el refrán. Y, con una ligera variante, podemos decir también:  Recibe el bien y no mires de quien.

¡Feliz domingo !

* * *

Un comentario más amplio a la Palabra de hoy en:

https://blogdecastoacedo.blogspot.com/2021/09/fuera-de-la-iglesia-no-hay-salvacion.html

Septiembre 2024

Casto Acedo. 

martes, 17 de septiembre de 2024

El justo, perseguido (22 de Septiembre)

 


PRIMERA LECTURA Sb 2,12.17-20.

Se dijeron los impíos: «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.»

EVANGELIO Mc 9,30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.

Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.»

Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.

*
El justo –dicen los malos- resulta incómodo. La justicia incomoda a quien vive instalado en la injusticia, y su reacción suele ser el rechazo del justo, la marginación, e incluso la eliminación. Ahí hallamos el origen y la causa de la pasión y muerte de Jesucristo. Él era justo, y su “luz” puso en evidencia la injusticia que se oculta en el corazón del malvado. Frente a la inocente mirada del justo sólo quedan dos opciones: o aceptar la luz que irradia, y el consiguiente reconocimiento de la propia oscuridad (arrepentimiento y conversión), o tratar de huir de esa mirada descreditándola o, en última instancia, dedicarse a eliminarla (obcecación en el pecado).
*
.

El justo sufre persecución

La historia del “justo injustamente perseguido” que nos describe la primera lectura de este domingo es la historia de Jesús. Pero también es la historia de muchos personajes de la Biblia: Abel, acechado, envidiado y asesinado por su hermano Caín; Moisés, rechazado por el Faraón; David, perseguido por Saúl; los grandes profetas, desterrados y perseguidos por el pueblo y por los reyes; Pablo de Tarso, acusado de blasfemo y enemigo por los fariseos a los que pone en evidencia con su predicación acerca de la inutilidad de la ley como clave de la vida religiosa; etc….

La misma actitud beligerante  se da en la vida de los “justos” (santos) en la historia de la Iglesia: primeros mártires perseguidos (san Esteban, los apóstoles), grandes santos de la antigua historia de la Iglesia que han sufrido la violencia del martirio: Ignacio de Antioquia, Tomás Moro, Oscar Romero, Ignacio Ellacuría, etc. O los más recientes casos de cristianos que sufren persecución en el mundo islámico, en las sociedades consumistas occidentales, o en cualquier lugar donde se denuncian la injusticias como una ofensa al mismo Dios.

Ser "justo”, vivir en coherencia con el Dios de Jesucristo, predicar su doctrina y, sobre todo vivirla, desagrada a muchos. Podemos hablar del “Dios conflictivo”, Dios que, presente en los sencillos de corazón, entra en conflicto con el mundo, no porque los santos deseen ese conflicto, pero su forma de pensar y actuar  hallan la oposición de quienes no están dispuestos  a rendirse al bien de Dios.

El conflicto entre el bien y el mal, las tinieblas y la luz,  es  inevitable. Jesús lo da a entender en su predicación: "¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12,51-53). Quien tiene los criterios de Dios no puede menos que entrar en disonancia con quien se rige por esquemas de poder, fama y dinero. Son dos mentalidades distintas e irreconciliables: la de Dios y la mundana (cf Jn 17,13-26).

Se impone estar atentos, porque no pocas veces la mentalidad de este mundo impregna incluso a la Iglesia. Ya en sus inicios -lo veíamos el domingo pasado en el evangelio- el mismo san Pedro expresó su discrepancia con los planes de Dios al querer convencer a Jesús de que cambiara de camino, de que no se dirigiera a la cruz, que huyera de su misión; el mismo Jesús le llama la atención: “apártate, Satanás, tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mc 8,33); un poco después son los apóstoles los que manifiestan que su mentalidad, sus pensamientos, necesitan conversión: “por el camino habían discutido quién era el más importante” (Mc 9,34).


Ser cristiano desconcierta 
.
La Palabra de hoy nos invita a una elección: o seguir los caminos del mundo, “donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males” (Sant 3,16) o seguir los caminos de Dios: “los que siembran la paz y su fruto es la justicia” (cf Sant 3,18). 

Teóricamente lo tenemos claro; pero no nos engañemos: lo que pide el Señor a sus discípulos no es que se aprendan la lección, como los fariseos estudiosos de la ley, sino que practiquen la justicia siguiendo el estilo de vida que él propone. Y cuesta aterrizar en la realidad viviendo  según los esquemas de Dios. Cuando el evangelio entra en el mundo genera en las personas y en las instituciones un desconcierto que hay que saber discernir.

Primeramente me desconcierto y divido yo mismo. El rechazo a los  planes de Dios no se da solo entre mi yo creyente y los otros; también en mi mismo interior se da con frecuencia ese rechazo; son muchas las ocasiones en que me niego a aceptar los retos que me propone el evangelio. El evangelio tiene su grado de incomodidad. Me incomoda cuando me hace ver que soy ricos y tacaño para con mis hermanos, intolerante y soberbio, remiso a ayudar a otros si ello me supone pérdidas económicas o de consideración social, etc. 

"El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días, resucitará" (Mc 9,31). Todo crecimiento espiritual, todo seguimiento de Jesús, trae consigo la muerte del ego para que florezca el yo auténtico, el hijo de Dios que soy. Observa que no sólo desde fuera encuentro oposición a mi ser creyente; también en mi interior surge la duda acerca de si Dios, finalmente, estará conmigo. Es importante mirar dentro de mi. 

La vida  de fe tiene un enemigo oculto en mi personal visión mundana de las cosas. Recuerda Getsemaní: "no sea lo que yo quiero, Padre, sino lo que tú quieres".  El camino para ser fuertes en la persecución se fragua en el corazón. Es lo primero que hay que sanar si de veras queremos superar las pruebas que nos llegan desde el exterior.

Y si es necesario un fortalecimiento personal para mantener la calma en medio de las tormentas, no menos necesario es el fortalecimiento institucional. A nivel de Iglesia es bueno repasar si en nuestra institución los que cuenta es los más débil o lo más fuerte, lo más sencillo o lo más ostentoso. 

"Tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó, y les dijo: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mi" (Mc 9,36-37). El niño, en la cultura judía del siglo I carecía de importancia, no era tenido en cuenta. Lo que Jesús quiere decir a sus discípulos y nos dice hoy a nosotros es que hay que hacerse pequeño, y desde ahí, desde abajo, ser misericordioso y acogedor con los que menos cuentan según la escala dominante. “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

La defensa de los débiles siempre crea problemas. Raramente encontramos oposición a nuestras creencias a no ser que estas salgan a la calle y tomen partido por la justicia. Podemos aprender mucho sobre la grandeza e nuestra fe observando el efecto que produce en nuestro entorno. ¿Ladran? Luego cabalgamos. Si las críticas a la Iglesia son debidas a la defensa de la vida, la denuncia de la injusticia y la afirmación de Dios, ¡enhorabuena!, vamos por buen camino.

A todos nos gusta una Iglesia socialmente bien considerada. Pero no siempre se da esa consideración. Y para caer bien tendemos a hacer una iglesia según el modelo del mundo, cuando su misión es precisamente la contraria: hacer un mundo según el modelo del evangelio. Si lo que ofrecemos en la Iglesia es más de lo mismo (poder, privilegios y cargos de honor), ¿para qué sirve?, eso ya lo hay fuera de ella.

Una Iglesia que  no desconcierta y crea polémica, que no suscita críticas y persecución, que no da problemas a la sociedad acomodada, una iglesia así está sobrando. Pero si su presencia desquicia a los que andan cómodamente dormidos en sus algodones, ¡alegraos!, también a Jesús lo persiguieron y condenaron; cuando ladran los perros es porque algo está vivo y se mueve. La persecución por el Reino es una señal de que se marcha por caminos de fidelidad  a Dios.


Pide lo que nunca 
te has atrevido a pedir

Entra  hoy en oración ante el Señor y su Palabra con toda sinceridad. Contempla en tu interior la voluntad de Dios, su opción por los últimos, y trata de ver cuán lejos estás de ella. Atrévete a reconocer que el primer "impío" que te acecha y persigue lo tienes en ti mismo. Cuídate de no escucharle. Pide perdón y la gracia de la conversión. Convertirse es cambiar tu mente. Acostúmbrate a ver en las persecuciones un desafío para crecer y afróntalas con gallardía.  

¡Trabaja en ti las virtudes cristianas! Soportar la persecución sólo es posible dejándote curtir por la fuerza de las virtudes divinas. ¡La fuerza me viene del Señor! 

No me resisto a no transcribir hoy el texto completo de la carta de Santiago (3,16–4,3) que hoy propone la liturgia; es un buen programa para matar el ego y resucitar a Cristo; con Él lo puedo todo:
"Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones".   
Cuando pidas algo a Dios piensa más en los demás que en ti. Y pídele al Señor sufrimientos, persecuciones y desprecios si son convenientes para tu madurez cristiana; esas son las cosas que reza la oración colecta del XXVII domingo ordinario: "que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir". Cuando sueltas la inquietud y el miedo a la pasión y la muerte hallas la resurrección y la vida, la verdadera alegría. 
“Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”. (Mt 5,11-12) 

Septiembre 22
Casto Acedo

jueves, 5 de septiembre de 2024

"Effetá". ¡Ábrete!. (Domingo 8 de Septiembre)



EVANGELIO 
Marcos (7,31-37)

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.

Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor

* * *

Hacer hablar y oír a un sordomudo es sacarlo del aislamiento social al que se ve sometido.  La experiencia de encuentro del sordomudo con Jesús (Mc 7,31-37) aparece como horizonte deseable para todos, porque todos adolescemos de cierta ceguera y sordera. No puede ser feliz un hombre encerrado en sí mismo, incomunicado, sordo a la Palabra y los signos de Dios, o física, psicológica y espiritualmente aislado de los demás. Jesús actúa eficazmente sobre esas barreras. /  El ritual del Bautismo, tiene un rito denominado Éffetá (ábrete) inspirado en la curación del sordomudo: tocando con el dedo pulgar los oídos y la boca del bautizando el ministro dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda a su tiempo escuchar su palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén". / El bautismo y cualquier sacramento tienen una enorme  carga sacramental (hacen presente y visible lo que parece lejano e invisible). A partir de de ellos, como a partir del milagro que se narra hoy va surgiendo todo un mundo nuevo que cambia la visión y la vida de las personas y da origen a la Iglesia / Todo comienza con una apertura personal de la mente y del corazón a Dios.


Abrir el corazón 

El hecho de que “effetá” sea una invitación a abrir (en este caso los oídos) sugiere que todo cristiano debe ser una persona abierta. 

Cuando invitamos a alguien a participar en unos días de retiro espiritual o en cualquiera otra experiencia formativa o de oración, solemos recomendarle que tenga una actitud de apertura; sin ella todo será inútil, porque, como dijo san Agustín, “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti” es decir, Dios no fuerza ni violenta la libertad del hombre. Cuando la persona cierra su corazón a Dios, y me atrevo a decir que es una actitud muy común en nuestra cultura de la duda y la sospecha, es como si vistiera un impermeable,  por mucha agua que caiga sobre él no le mojará ni le empapará.
 
¿Qué hacer para “estar abierto” a la fe? Pues primeramente liberarse de los  patrones mentales adquiridos, las sospechas y suspicacias que tenemos frente a Dios. Hay quienes tienen una imagen de Dios poco interesante, y no le presta atención alguna. Otros lo confunden con un ideal, una idea y una palabra preciosas pero vacías de contenido. Y hay quien lo ve como un recurso de ingenuos para consolarse en los sufrimientos. 

Muchos suelen confundir Dios con la experiencia religiosa; no es raro encontrar hombres de Iglesia que nunca hablan de Dios, pero sí te  cuentan aquél momento, aquellos días de retiro, esa vivencia de "Ejercicios espirituales", del "Cursillo de cristiandad" o  del "Retiro de "Emaús", etc., en que les embargó la emoción de la presencia divina.  Escucharon a Dios un momento, sintieron su roce, pero ahí quedó todo. La vuelta a "la normalidad" volvió a cerrar su corazón. Estuvieron atentos al mensaje, pero no vieron al Mensajero.  Al poco volvieron a quedarse sordos y mudos. Ya no escuchan nada más, ya no hablan de otra cosa más que de su experiencia; quedaron atrapados en ella como principiantes y cerraron la puerta de su corazón a la constante novedad  de  Dios. Añoran tanto el pasado que ya no ven a Dios en el presente. Las vivencias espirituales y las ideas  que dichas experiencias de Dios han generado en él se han metamorfoseado en prejuicios, en sentimientos e ídolos hermosos pero inertes; espiritualidad nostálgica.

La condición previa para el encuentro es liberarse de prejuicios, de ideas previas que entorpecen la escucha como cera acumulada en los oídos. Son ideas (ideales) que tematizaron una experiencia de ayer pero que hoy son un obstáculo. El Dios que fue (tu experiencia de ayer) impide ver al Dios que es (su Presencia divina hoy). Se precisa una cura de silencio, un retiro al desierto, para poder oír  y ver a Dios en el susurro de la vida diaria, no en los recuerdos ni en las ensoñaciones sino en los entresijos en los que aquí y ahora se mueve tu corazón.  Es importante minimizar lo que Dios pudo haberte dicho ayer y ponerte en apertura total a lo que Él quiera darte a experimentar y entender hoy. Un consejo:   ¡Ábrete a la Presencia,  Dios presente!.
 
* * *

Effetá , ¨¡ábrete!”.
 
El pasaje de la curación del sordomudo  nos ofrece el ejemplo de un hombre que pasa de la cerrazón del corazón a la apertura, de la mudez a la alabanza, de la oscuridad a la luz. “Le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar” (Mc 7,32).  Se trata de alguien que no oye y a causa de ello no puede hablar con corrección; en su soledad e incomunicación se limita a gritar y hacerse notar. Incapacitado para oír a Jesús no muestra ningún interés en acercarse a Él; su prejuicio: lo mío no tiene remedio. Son otros los que toman la iniciativa y lo presentan. Quieren que Jesús le toque, que le desate de su atadura, que le haga saber que Dios está con él. ¡Qué importante el papel de estos mediadores -sacerdotes, catequistas, animadores- para poder iniciar en la fe a los sordomudos de hoy!
 
Jesús no realiza el milagro enseguida; previamente escenifica unos trámites: “Apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua” (Mc 7,33). Comienza por apartar al que le presentan; no hay prisas; es importante que sepa por qué y para qué lo han llevado allí. Superar prejuicios requiere tiempo. Imagino la expectación reflejada en los ojos de aquel hombre que es llevado ante Jesús; la mirada como única comunicación entre ambos. Inquietud y esperanza en el ciego, paciencia en Jesús. El lenguaje de la mirada lleva al ciego a un grado de confianza y apertura interior que prepara su curación. Luego Jesús, volviendo la mirada  "al cielo suspiró y le dijo: “Effetá”, esto es, ´¡ábrete!´. Y al momento se le abrieron los oído, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad” (Mc 7,34-35). Se ha producido el milagro. El encuentro con Jesús ha dado un resultado positivo.  

¿Qué hubiera ocurrido si el sordomudo se hubiera resistido a los que querían llevarle a Jesús? ¿Y si ante Jesús le hubiera podido el pánico, o la sensación de estar haciendo el ridículo, y hubiera echado a correr? ¿Y si se hubiera molestado al sentir los dedos de Jesús en sus oídos o se hubiera negado a ofrecer su lengua para el contacto? Cuando la cultura de la sospecha entra en juego no hay milagro. El sordomudo mantuvo una actitud de apertura, de confianza, hubo de apartar sus prejuicios dejándose llevar pacientemente por Jesús.
 


Recuperar nuestra vida sacramental
 
Permíteme un poco de teología para invitar a la práctica de los sacramentos, porque este milagro tiene un claro eco sacramental. Ya hemos apuntado que el "effetá" ha pasado a formar parte del rito bautismal. 

Un sacramento es un “signo visible de la gracia invisible”, así lo define el concilio de Trento, aunque me gusta más la definición de sacramento como "encuentro con Dios". En el pasaje que comentamos se conjuga claramente el significado las dos definiciones. El sacramento por excelencia es Jesucristo, y lo que cura al sordomudo es el cruce de su historia con la de Jesús que le sale al encuentro. Sacramento es también la Iglesia, porque por ella, por aquellos que nos animan y presentan ante Jesús como al sordomudo, también nos viene la sanación; y sacramentos son finalmente  los siete sacramentos de la Iglesia: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de enfermos, Matrimonio, Orden. En la celebración de éstos encontramos, como en el milagro referido, gestos, oraciones y  palabras que sanan. Y para recibir estos sacramentos se requiere también una preparación, un apartarnos a un lado para dejarnos mirar por el amor de Jesús, pera personalizar nuestra confianza en Dios.
 
Jesús pudo prescindir de trámites para la curación de aquel hombre. Pero no fue así. En este caso, como en otros tantos casos de curaciones, echa mano de gestos y de palabras. Recordemos como unta con barro los ojos del ciego de nacimiento en el evangelio de san Juan  (9,6). Así actúa Jesús; así acerca la gracia de Dios a los hombres; Dios invisible se hace visible y cercano en los signos; y en los mismos signos (sacramentos) el hombre  se puede acercar a Dios.  

Ahora bien, la práctica de los sacramentos no es lo definitivo y último en la vida del cristiano. La vida del sordomudo no se consumó en su curación; el mismo evangelio nos dice que los que vieron el signo lo proclamaron con insistencia, y muchos, entre ellos es de suponer que estaba el ciego curado,  se sumarían a los seguidores del Maestro.
 
Así, partiendo del acontecimiento se produce un cambio en la vida de los afectados que luego se extiende al ambiente. Los testigos se hacen eco del acontecimiento. La fe en Jesús, que “todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37), dará lugar a comunidades que supondrán un nuevo milagro para muchos, porque en ellas encontrarán la clave para una visión nueva de sus vidas. 

Repito que la práctica sacramental no es lo definitivo para el cristiano, pero es un paso esencial. Sin encuentro  no hay cambio; los sacramentos son una oportunidad de acercarnos a Dios con la seguridad de que su mano nos tocará, y cambiará nuestro destino.

Dios, que se hizo visible en la historia por la encarnación de Jesucristo, se sigue haciendo presente en sus sacramentos. Cuando se recibe el bautismo, la confirmación, o cualquier otro sacramento, y ponemos como ejemplo eminente el Sacramento de la Eucaristía, tenemos la garantía de que Dios se adentra en nuestra historia.
 
 
Concluyendo.

El Evangelio de hoy te invita a curar tu sordera.

Eres sordo cuando no escuchas la Palabra de Dios incumpliendo así el mandato fundamental del Señor: “¡Escucha, Israel!” (Dt 4,1); lo eres cuando elevas tus ideas preconcebidas (pre-juicios) de Dios a la categoría de ídolo, porque los ídolos  "tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen"(Sal 115,5); también  eres sordo cuando cierras el oído al grito de los que sufren, algo que Dios nunca hace (Dt 3,9);  o cuando das un rodeo para no ver, como hicieron el sacerdote y el levita de la parábola del samaritano (Lc 10,25-37); sordo eres cuando te aíslas en tu casa, en tus ideas y creencias, en tus esquemas mentales, en tus manías, y no te abres a los signos de los tiempos que te hablan de Dios.

Mudo eres cuando tu boca no proclama la alabanza y gloria de Dios, cuando te sumes  en un silencio cobarde ante la injusticia, o te muestras esquivo ante quien está pidiendo tu comprensión y tu perdón; eres mudo cuando el temor a ser rechazado silencia tu testimonio de fe.

Si eres sordo y mudo acércate a Jesús en la Iglesia, escuchando en ella la palabra y recibiendo con buena disposición de ánimo los sacramentos. Entonces “¡los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mundo cantará!” (Is 35,5-6) ¡Proclamarás luego tu alegría y la grandeza de Dios!

Hoy, al acercarte Jesús a ti en la comunión eucarística déjate hacer, siente cómo Jesús toca  tu lengua y te dice: ¡Effetá, ábrete! Déjate llevar por su tacto y su poder. Comulgar no es un rito, es un acto de sanación. Dile a Jesús: ¡No soy digo de Ti, pero sé que una palabra tuya, un toque tuyo, de Tí, Palabra  hecha carne en la Eucaristía, bastará para romper mi sordera y mi mudez!
 
Septiembre 2024
Casto Acedo

jueves, 29 de agosto de 2024

Hipocresía y sinceridad del corazón (1 de Septiembre)


EVANGELIO
Mc 7,1-8.14-15.21-23

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»

Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.» Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

Palabra del Señor

* * *


El juego de la hipocresía es como lanzar una flecha, esperar que se clave en algún lugar incierto y luego dibujarle alrededor una diana. Hipócrita es quien vive como le da la gana, pero justifica lo que hace dibujando desde su desidia un mundo adaptado a sus criterios.  / El término hipócrita se utilizó en la  Grecia antigua para definir a los actores de teatro, que  recitando sucesos ficticios pretendían tener verosimilitud. El hipócrita, obsesionado por la buena imagen, tiende a representar su obra ocultando lo real. / Contra hipocresía, sinceridad. Una buena práctica basada en una buena teoría, y una buena teoría verificada con la practica. La una apoya y sostiene a la otra cuando se acompasan bien. Ora et labora, ley y vida, pensar y hacer,... deberían caminar siempre unidas. / Para Jesús de Nazaret no hay nada más detestable que la doble vida; no son los ladrones ni las prostitutas quienes reciben broncas de su parte, son los fariseos, que se creen cumplidores impolutos,  los únicos a quienes Jesús sanciona duramente.  /  A los hipócritas no les llega la Palabra al centro del corazón, y al justificarse descentran y corrompen sus vidas. Cuando revises tu vida hazlo desde los criterios evangélicos, no desde tus hábitos adquiridos o tus  automatismos mentales. No dibujes la diana alrededor de tus actos, sé honrado y reconoce que no siempre das en el blanco   / El remedio contra la hipocresía es  la sanación del corazón. 

* * *
Teoría y práctica 

En un mundo pragmático y vitalista como el nuestro, donde lo importante son los hechos y las vivencias, tildar a alguien de “teórico” es poco menos que un insulto; lo que importa es la práctica, lo que se hace, decimos; afirmación que tiene sus pros y sus contras. A favor tenemos la valoración de la vida como acción; en contra la posibilidad de un activismo despersonalizante.  
 
Todos presumimos de ser coherentes, de hacer lo que pensamos y creemos que debemos hacer; pero, seamos sinceros, sabemos que no es así. No obstante, nos obstinamos en convencernos de que sí, y  para ello cuando no hacemos el bien que pensamos nos las arreglamos para pensar como un bien todo lo que hacemos. Colocamos la diana adornando la flecha. Maldades como la soberbia, la avaricia y el enriquecimiento desmedido, el aborto, la infidelidad, la marginación, el abandono de ancianos, las envidias, las mentiras, etc. las terminamos justificando cuando se nos hace difícil rechazarlas por lo que suponen de muerte para el  ego. ¡Nos queremos tanto a nosotros mismos!
 
Hay quien ha dicho que cuando se deja de creer en Dios, se acaba  creyendo en cualquier cosa; yo añadiría que cuando se pierde la fe en poder vivir coherentemente (moral objetiva) se termina acomodando la moral al propio ego (moral subjetiva).  
 

 El pecado de la hipocresía

 Amparados en un cómodo “lo importante es actuar” hay quien rehúye la autocrítica acerca de sus actos, haciendo de su propia práctica la única vara de medir; así, el hombre religioso, sin negar a Dios en teoría, tiende a erigirse a sí mismo en dios justificando sus desmanes y exigiendo a los demás lo que él mismo no estaría dispuesto a hacer (ateísmo práctico, moral farisaica,  Mt 23,4). Sordos que no quieren oír la voz de Dios o de su propia conciencia..

Me hago el sordo ante Dios cuando entronizo mi ego como medida de todo. Es este un pecado que se justifica en la sordera voluntaria, y que  se apoya en:


* excusas externas tales como que “no tengo tiempo para leer el evangelio, ni para meditar, ni para hacer silencio y detenerme a escuchar”.  El ruido de los negocios no deja tiempo para abrir el oído; las ambiciones del mundo no dejan lugar para la humildad de y ante Dios. Son obstáculos externos que impiden la escucha. Pero por otro lado también hay también 

 * barreras internas que no dejan que la Palabra empape el corazón: aversión a todo lo que me molesta y afición desmedida a lo que me agrada; o sea, aburguesamiento. La Palabra de Dios, que es “viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo” (Hb 4,12), pone en evidencia  la falsedad e incomoda a la insensibilidad evangélica de la vida burguesa; por ello huye de la escucha. “De esto te oiremos hablar en otra ocasión”, le dijeron a Pablo en el Areópago (Hch 17,32). 

El mensaje de fondo de la liturgia de la Palabra de este domingo  invita a huir de la hipocresía acercándonos a  la necesaria coherencia entre teoría y práctica: “Dichoso el que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica” (Lc 11,28).  San Marcos, en línea con  Moisés y con Santiago, viene a decir que la Palabra no puede aparcarse en la superficie, que  no bastan los cumplimientos externos (ritualismo), hay que actuar desde el corazón: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mc 7,6). ¿Quién está cerca del Señor?, pregunta el salmista; y responde: “El que procede honradamente y practica la justicia” (Sal 14,2).

El vicio ante el que Jesús se muestra más intolerante en los evangelios es sin duda alguna la hipocresía de los fariseos, el delito de presumir que eres oyente y cumplidor de  la Palabra cuando no es cierto. Frente a los que "dicen, pero no hacen" (Mt 1,3) Jesús se muestra como aquel que aúna en su persona la teoría y la práctica, la fe y las obras, el corazón y la lengua, el decir y el hacer.  

 Al hipócrita no le llega la Palabra “al corazón”; no le interesa. Ha hecho de la fe una “estructura” donde todo está organizado, donde todo tiene su explicación y su lugar, donde hay respuesta para todo (¡ay de quienes se las saben todas!),  pero no hay vida. ¿No damos a veces esa sensación los hombres de Iglesia? ¿No tienes a menudo ese sentimiento de que todo está fijado, calculado, estipulado,  y por tanto, muerto? ¿No embota tu mente el Código de Derecho Canónico (normas, cláusulas, prohibiciones) y la obsesión por  las rúbricas litúrgicas (lo importante es “cómo” celebrar más que el “qué” se celebra)? ¿No sientes necesidad de una comunidad que te proporcione el calor de una auténtica familia?. 


Corazón que siente, corazón que ama.
 
Sin negar la validez del Código ni el de las rúbricas litúrgicas, el evangelio de Jesucristo  pone en claro que en las cosas de Dios lo primordial  no son las normas ni las formas, sino el corazón. El corazón es lo más íntimo del hombre, su conciencia, su “sagrario” (GS 16). El encuentro salvador con Dios se da ahí, en el “castillo interior”, en la conciencia. Es ahí donde anida la verdadera maldad y la verdadera bondad. Por eso hemos de orar: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme" (Sal 50,12).Y es ahí, a la raíz del corazón, adonde debe llegar la Palabra sanadora de Dios: “Arrancaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36,26).
 
Cuando la Palabra de Cristo penetra hasta el hondón del alma iluminado la conciencia, sanan las heridas y  cambia  la textura del corazón, que pasa de ser abrupta y fría piedra a ser carne cálida y suave; el corazón regado con el agua que es Cristo se hace más humano, más capaz de sentir la injusticia infligida al prójimo, más preparado para compadecerse de las injusticias, para «visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones, y no mancharse las manos con este mundo» (Sant 1,27). Quien vive desde la bondad del corazón escapa a la superficialidad del activismo y al engaño de la hipocresía. El "corazón sincero" es el centro que unifica una buena teoría con una buena práctica; cuando se dice de alguien que tiene un buen corazón se está diciendo que sabe lo que debe y tiene que hacer, y lo hace. 

* * *


Revisa tu vida, tus "tradiciones personales", tus leyes y costumbres, los automatismos mentales que te llevan a un  activismo irreflexivo. Profundiza en los principios sagrados que pueden sostenerte como hombre de fe: Dios es Padre (Amor), Jesucristo es el mismo Dios amando (mi modelo de excelencia moral), y yo soy criatura de Dios, nacido del Amor y llamado a vivir en Iglesia (comunidad del amor y de la misericordia que se recibe de Dios y se comparte con los hermanos). Llena de esto tu corazón y expulsa de él "
los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad", elementos que lo enferman y pervierten.

Cuando tengas que elegir situado en la encrucijada de caminos diversos quédate con la Palabra y lo pensamientos de Dios relativizando los tuyos.  Deja que Jesucristo sea el Señor de tu vida, el que está en el centro, el que te conduce; y meditando sus bienaventuranzas ponlas en práctica, no contentándote con oírlas engañándote a ti mismo, “porque quien oye la palabra y no la pone en práctica, se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo, y apenas se miraba daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en la ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichosos al practicarla” (Sant 1,23-25). Una vida teórica queda desacreditada si no se practica; pero no olvides que la solución no está en despreciar las buenas enseñanzas sino en aprenderlas y ponerlas por obra. ¡Danos, Señor, un corazón grande para amar! El verdadero cristiano no vive desde las normas y los ritos sino desde el corazón.

*


Permíteme una última reflexión. Al leer el texto de la foto que abre esta entrada, "le vi la cara a la hipocresía y les juro que es igualita a alguien que yo conozco", ¿se te ha ocurrido pensar que quien la pronuncia eres tú al mirarte al espejo? Si así ha sido, enhorabuena; si no, ¡estate atento!, vigila, la hipocresía se suele escudar en aquello de ¡qué falso es el mundo!, excepto yo. 

Buen domingo.

Agosto 2024
Casto Acedo.

viernes, 23 de agosto de 2024

Hora de decidir (25 de Agosto)


DEL IBRO DE JOSUÉ (Primera lectura)
24,1-2a.15-17.18b

Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.»

El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Palabra de Dios
*
EVANGELIO
Jn   6,60-69

Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».... y desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?».

Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

Palabra del Señor

*
La vida no se da hecha; la recibimos como un proyecto que se ha de realizar tomando decisiones, o sea, ejerciendo la libertad. Ser cristiano no es algo que recibimos con la nacionalidad, la familia o el bautismo; llega un momento en que hay que hacer una elección consciente, como el Pueblo de Israel en la Asamblea de Siquém o como los discípulos de Jesús tras el discurso del pan de vida. ¿Qué criterios deberíamos tener en cuenta a la hora de decidirnos?  El evangelio apunta que es de sabios fiarse más de la experiencia propia que de teorías o ensoñaciones idílicas. Se trata de mirar la propia vida y discernir si verdaderamente los momentos en que has sentido cerca a Dios te han llenado más que aquellos en que te echaste en brazos de los ídolos. Un buen ejercicio para decidir es pararte, meditar, sopesar cómo andas de fe. Pregúntate:  ¿Qué aporta Jesús a mi vida?  ¿Soy feliz estando con Él? Cuando medito los textos de la Escritura, ¿encuentro en ellas palabras de vida eterna?  Anota, compara, y decide.

* * *


Hay momentos en la vida en que nos vemos forzados a tomar decisiones que pueden variar el curso de nuestra historia personal. Optamos ya en la adolescencia por estudiar o no estudiar, por escoger esta especialidad o aquella; más tarde  habrá que tomar la decisión de casarse y formar una familia, seguir la vida religiosa o simplemente mantenerse célibe; también puede tocarnos elegir en vivir en tal o cual ciudad o país o lanzarse a tal o cual negocio, etc.

Hubo un tiempo en que la religión, el trabajo, el domicilio, e incluso el esposo o la esposa, venían dados por la costumbre o la tradición; generalmente los padres, apoyados en la tradición social y familiar  determinaban la elección. 
Hoy puedes elegir tu religión, tu trabajo, tu modelo de familia,  e incluso algunos  se atreven a afirmar -en el colmo de las opciones- que también puedes elegir tu ser masculino o femenino (?). Sea como sea te encuentras ante la belleza y el riesgo de la libertad. Y a
unque los patrones familiares o sociales pesan bastante a la hora de la decisión, la elección es siempre una tarea muy personal. 

Cuando el pueblo de Israel entró en contacto con los pueblos que habitaban en Canaán, entre ellos los amorreos que cita la lectura,  hubo de  convivir con la cultura y religión propias de esos pueblos; y en ese ambiente muchos israelitas se deslizaron peligrosamente o incluso cayeron en la tentación de seguir los valores y la práctica de sus cultos idolátricos. 

Josué, sucesor de Moisés,  viendo cercana su muerte, y consciente de la situación,  reúne en Siquén “a todas las tribus de Israel, a los ancianos de Israel, a los jefes, a los jueces y a los magistrados” (Jos 24,1).  Es lo que se llama la Asamblea de Siquén. Allí les recuerda todo lo que Dios ha hecho por ellos desde la elección de Abrahán hasta el momento presente (24,2-13), algo que algunos parecían haber olvidado.  Luego pone a los Israelitas en el trance de elegir: “Si os resulta duro servir al Señor, escoged a quién servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos 24,15).  ¿Dios o los ídolos? Se trata de una decisión importante para cada tribu de Israel, y por tanto para cada persona. De su respuesta dependerá su futuro.

Observa algo importante: ante el riesgo de una pérdida de identidad como Pueblo de Yahvé, Josué invoca la experiencia histórica 
que les ha configurado como tal: “porque el Señor nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la esclavitud, e hizo ante nuestros ojos grandes prodigios” (Jos 24,17).  Y el pueblo, haciendo memoria de su experiencia, decide: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!” (Jos 24,16),  "serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!” (24,18), “¡al Señor nuestro Dios serviremos y obedeceremos su voz!” (24,31). 

La experiencia de Dios como liberador y salvador es importante a la hora de tomar una decisión por Él.  

Es hora de decidir

En una situación similar a la de Josué coloca Jesús a sus seguidores. Tras el largo discurso del pan de vida, dice el evangelio que “muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?" (Jn 6,60), ¿Quién está dispuesto a dejarse comer o triturar por amor a la humanidad? ¿Quién va a renunciara a sí mismo por el Padre Dios y los hermanos? La dureza del mensaje de Jesús hace entrar en crisis a sus seguidores.

No es extraño que muchos abandonen a Jesús. No fueron capaces de dar el salto a la fe ante estas palabras que apuntaban directamente a cambiar el modo de vida: “Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él” (Jn 6,66).  Otros, que  habían tratado a Jesús más de cerca, deciden dar un paso adelante apoyados en la experiencia de estar con Él: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios” (Jn 6,68-69).

Muchos se acercaron a Jesús esperando recibir mucho; y en un principio así fue, recibieron dones abundantes. A todos nos ha pasado: acudimos a Jesús por  lo que nos beneficia.  Pero la relación con Él no se para ahí, su misma dinámica pide un paso más,  el paso  de ser Con el discurso del pan de vida abre Jesús a sus seguidores una visión nueva, les invita a un  cambio  fundamental: pasar de recibir (ser sólo discípulos) a dar (ser apóstoles y mártires, testigos de lo recibido). Este sigue siendo un punto de inflexión en la vida personal de cada discípulo y de cada comunidad, un momento en el que, ante la persona de Jesucristo,  toca decidir si  seguir adelante con Él dándose hasta el final o echarse atrás. No valen términos medios. 
 
* * *

También tú sigues a Jesús; has sabido que Él puede colmar tus anhelos de una vida y un mundo mejores; pero llegan  momentos en que descubres que te estás buscando a ti mismo en Jesús; y te das cuenta de que eso no es lo correcto. Cuando ves eso sabes que debes dar un paso decisivo en tu vida espiritual; deberás renunciar a “tus sueños”, a “tus planes” para servir a los planes de Dios (Reino). Ante tal descubrimiento, que es una gracia de Dios, no es raro entrar en pánico por lo que supone de renuncia. La tentación de echarte atrás no te va a faltar. 
 
Sabes que si quieres crecer en la vida en el Espíritu ya no puedes dejarte llevar por la inercia de una religiosidad tradicional o de costumbre, una religiosidad de intereses y folklores; tienes que “optar”, elegir; hoy más que nunca sabes que no se es cristiano por nacimiento, sino por decisión. Este domingo, en la meditación de la liturgia de la Palabra, el mismo Jesús que provocó a la multitud te pone a ti ante la tesitura de tomarte en serio la fe o retirarte. Dios te está llamando a revisar tu vida y a personalizar tu fe abrazando el compromiso serio de vivir con Él y como Él, diciendo "hasta aquí he llegado", me vuelvo atrás. Y no vale nadar y guardar la ropa.

Es hora de renovar la Alianza, de dotar de sentido tu bautismo. Es tiempo de aligerar tu ego, de desmontar lo que de farisaico hay en tu religiosidad, de vaciarte y decidirte por un seguimiento más auténtico. Esta decisión de seguir a Cristo no es una opción intrascendente ni un mandato imperativo, es una decisión personal. Y sabes que si no te decides por Él, con todas las consecuencias que implica, irás perdiendo fuelle, te irás muriendo interiormente y caminarás sin remedio hacia atrás, hacia una vida gris e insípida.

 * 

Personalizar la fe y orarla

La experiencia y el conocimiento personal de Jesús, la personalización de la fe, es hoy más necesaria que nunca, porque los patrones religiosos familiares y sociales ya no tienen poder de convicción que tuvieron en otros tiempos. 

Es verdad que  el pluralismo cultural y religioso en que estamos inmersos hace complicado el arraigo y desarrollo de la vida cristiana; lo hace más difícil, pero también más apasionante. El hecho de convivir con otras creencias religiosas pone en jaque mi fe y me obliga a profundizar en mi propia identidad si quiero seguir siendo católico. Porque es muy común entre nosotros querer ser  cristianos, pero condicionales, "a condición de" poder mantener la adhesión a Jesús sin renunciar a los ídolos particulares. 

Como a los judíos del tiempo de Jesús, nos escandaliza la pretensión de absoluto que reclama Jesús. Lo pide todo, lo exige todo, y yo sólo estoy dispuesto a darle una parte. Me niego a aceptar que quien me ha dado todo tenga ahora derecho a exigirme el todo.

En tiempos de relativismo tanto “todo” resulta escandaloso. ¿Cómo romper la dinámica del escándalo?

- Primero recurriendo a la experiencia: haz una lista, como hizo Josué, de todo lo que el Señor ha hecho contigo, todo lo que te ha dado, tus  momentos de encuentro con el Señor, las veces que te ha tomado de la mano y te ha librado del dolor y el sinsentido; las veces que ha alegrado tu corazón con su presencia y su amor. Sólo desde la memoria de tu experiencia de Dios podrás decir con Israel: “lejos de mí abandonar al Señor, porque Él me sacó de la esclavitud e hizo ante mí  grandes prodigios” (cf Jos 24,16.17). ¡Conecta con tu  tradición cristiana! Rememora tu historia personal de fe. 

- En segundo lugar convéncete de lo que dice san Juan de la Cruz: “para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada”. Jesús es el “Todo”. Merece la pena dejarlo "todo" por Él. Decídete por su seguimiento; a fin de cuentas: ¿hay quien dé más que Él?


-Finalmente, reza con Pedro y con toda la Iglesia. A los apóstoles  les mantuvo en fidelidad la experiencia de  vida con Jesús. Pedro nos da una oración magnífica que ensalza los tesoros recibidos de Dios. Una vez que se ha probado la miel ¿merece la pena volver a la hiel?  “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).  Repite estas palabras a Jesús en el silencio de tu meditación y afianza con ellas tu pertenencia a Jesús.
 
Agosto 2024.
Casto Acedo

La fiesta de los amigos (Todos los Santos, 1 de Noviembre)

"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Pad...