jueves, 9 de julio de 2026

Escuchar la Palabra (12 de Julio)

Audio (17 minutos) y PowerPoint al final del texto


La Biblia habla de los ídolos como de seres mudos (1 Cor 12,2) que “tienen ojos y no ven, tienen boca y no hablan”, (Sal 115,5); también en los evangelios aparecen “demonios mudos”, que ni hablan ni dejan hablar, condenando al hombre al abandono de la incomunicación, al silencio y la soledad como signos de muerte (cf Mc 9,17-27).

Por su parte, Dios se hace tangible en la palabra, una  palabra “viva y eficaz, tajante como espada de doble filo” (Hb 4,12); Dice el credo que Dios habló por los profetas y finalmente nos ha hablado por el Hijo (cf Hb 1,1). La Palabra definitiva de Dios nos viene dada en el profeta por antonomasia: Jesucristo, Palabra hecha carne, (Jn 1,14). En él se cumple en plenitud la profecía: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, pare que de semilla al sembrador y pan al que come; así será la Palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is, 55,10-11). 

La Palabra de Dios se hace operativa en Jesús revelando los misterios del Reino (parábolas, discursos) y realizando la promesa de salvación (milagros, conversión, sanación espiritual). De Jesús se dice que “todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37).

Dios se revela en la Palabra hecha carne

Cuando Jesús narra la parábola del sembrador, está poniendo al descubierto el corazón de cada uno de los que le contemplan y escuchan. Porque Cristo es el sembrador, que ha salido del seno de la Trinidad y se ha manifestado como Palabra-revelación salvadora. Unos le reciben y otros no, los primeros permanecen en la muerte, los que le escuchan alcanzan la vida de hijos de Dios (cf Jn 1,11-12). En la escucha o el rechazo de la palabra se manifiesta la aceptación o el rechazo de Dios mismo.

La semilla es el Reino de Dios, que, en definitiva también lo podemos personificar en Jesús, ya que él es el Rey; y abrazar los valores del Reino es abrazarle a Él. En una cultura como la nuestra, donde el valor de la “imagen” parece estar muy por encima de la “palabra” no conviene olvidar que la Palabra de Dios se visibiliza en Jesucristo, que no es por tanto discurso vacío de estilo filosófico, sino vida plena. Antes que discurso la Palabra es acontecimiento.

Modos de rechazar y acoger la Palabra

Pero yendo a lo concreto: ¿Cómo reaccionamos ante la Palabra de Dios? El mismo evangelio nos da tres ejemplos de respuestas negativas  y un ejemplo de aceptación positiva.


1. Oídos cerrados

Primeramente está la semilla “que cae al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron”; se trata de los que “escuchan la palabra del Reino sin entenderla”, ¿porqué? Tal vez por desinterés, porque tener embotado el corazón lleno de superficialidades, incapacita para entender. ¡A mí no me hables de esas cosas! ¡Lo importante es vivir el día a día, aprovechar el momento! Como le dijeron a Pablo en el Areópago: ¡Ya vendremos a oírte en otra ocasión! (Hch 17,32).

Al borde del camino la tierra está tan dura como el corazón apisonado por la banalidad; también por la rutina de quien ha hecho de la fe un rito o una teología desconectada de la vida.  Ahí todo lo serio y profundo rebota y es incapaz de arraigar; unos simples pájaros bastan para que la semilla ni siquiera tenga la oportunidad de humedecerse. En lugar así ni siquiera merece la pena sembrar. Es trabajo perdido. ¿No fue eso lo que le pasó a Jesús con los fariseos?  

Viene bien aquí el consejo de Jesús para cuando el sembrador encuentra un terreno insensible ante las realidades espirituales o endurecido por la rutina o moralina religiosa: “no deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas a los puercos” (Mt 7, 6a).


2. La inconstancia.

Viene luego lo que “cayó en terreno pedregoso... brotó enseguida; pero cuando salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó” ... significa que la escucha y la acepta enseguida con alegría, pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe”. Faltan raíces: no ha calado en profundidad. ¡Sí creo, pero...!.

A la Palabra le basta un “sí” o un “no”, le sobran los “peros” (cf Mt 5,37); cuando aparecen los "peros" es porque no la palabra 
se ha puesto en la base de la vida de modo incondicional , sino sólo como uno entre otros muchos recursos que se adaptan a la propia comodidad para ir tirando; no hay constancia. Ahora esto, mañana lo otro. Una espiritualidad de "culo de mal asiento".

¡Qué importante es la constancia! Si hay una virtud capaz de sacar adelante una cosecha es la constancia para desbrozar, quitar las piedras, remover la tierra, sembrar, arrancar las malas hierbas con cuidado, abonar...Los tiempos que corren son tiempos de prisas e impaciencias; todo tiene que ser ¡ya!

Los ritmos de Dios son distintos, la Palabra ha de ir empapando la tierra poco a poco, como la lluvia constante y la nieve. No son malos los momentos de euforia, pero siempre que no deslumbren y se tamicen en la constancia, a veces dolorosa y cansina, del día a día. Se requiere ser constantes en la escucha (¡todos los días un tiempo dedicado a la oración-escucha de la Palabra!) para conjurar así al enemigo que no ceja en su empeño de derribarnos.


3. Ahogados por los agobios.

En tercer lugar habla Jesús de lo que “cayó entre zarzas ... Es el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas los ahogan y se queda estéril”. 

Los afanes de la vida. Demasiadas preocupaciones. También hoy estos afanes forman parte de nuestra cultura. ¡Tengo tantas ocupaciones!: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10,41-42). 

El afán de hacer (tanto vales tanto haces), el afán de poseer (tanto vales tanto tienes) acaban por ahogar la vida (tanto vales, ¡tanto!, porque eres hijo de Dios).


4. El silencio y la escucha

La parábola concluye revelando la actitud correcta ante la Palabra: la semilla que “cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta... significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése da fruto”. 

Entender la Palabra de Dios. No basta con la buena voluntad. La Escritura requiere una correcta lectura; hay quienes no la entienden, porque sólo ven en ella una serie de historias inventadas por el hombre; otros la consideran desfasada; hay quien cree que basta un estudio pormenorizado de los géneros literarios y la historia de la redacción; otros la reducen a un conjunto de buenos consejos para la vida... ¡La Palabra es mucho más!

Acceder a ella es cuestión de fe y de una adecuada actitud de silencio y escucha; sólo desde ahí se percibe la Palabra como la voz de Jesucristo que habla, santifica e ilumina a sus discípulos. 

La lectura y escucha de la palabra se ha de hacer buscando en el silencio del corazón su sentido espiritual profundo, descubriendo en la meditación la afinidad entre el Espíritu que se manifiesta en la Escritura y mi propio espíritu; todo ello desde la profundidad del alma: hurgando, cavando, limpiando el terreno de mi corazón, para que entre dentro, germine y de el fruto de las buenas obras.

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Como la Virgen María, sé buen oyente de la Palabra". Escucha la Palabra, y permite que se cumpla en tí (Lc1,38). Así estas edificando tu vida sobre un cimiento sólido; si la desprecias o te limitas a ver en ella unas ideas preciosas sin conexión con tu vida, te estás perdiendo su riqueza, y puede que sin ella camines hacia la ruina (cf Mt 7,24-27).

No esperes grandes signos para responder a la llamada de Dios; de la escucha constante de su Palabra o del rechazo de la misma depende tu vida (cf Lc 16,29-31; Jn 15,3-5). ¡Revísate!,  ¿Qué clase de tierra eres? ¿Terreno duro sin desbastar? ¿Terreno pedregoso? ¿Vives entre zarzas? ¿Qué deberías de hacer para ser buena tierra? 

Contempla a María, Madre del Silencio, oyente de la Palabra. Ella fue tierra fértil, imagen de la Iglesia, solar fecundo donde arraiga y germina la salvación. Empapada por la lluvia y la nieve que son los dones del Espíritu, la Palabra de Dios se hizo carne en ella como en la mejor tierra; en María germinó el Salvador. Un buen modelo a venerar y un inmejorable ejemplo a seguir.

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Audio (17 minutos).
https://drive.google.com/file/d/11mWcuo-bqQcPJ6o3n1y_lwkRlbNwGobj/view?usp=sharing

PowerPoint
https://drive.google.com/file/d/1xvXp2wiUeapFSsxP95UMhHwwe5dqU1jX/view?usp=sharing 

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Casto Acedo. Julio 2026

jueves, 2 de julio de 2026

Elogio de la contemplación (5 de Julio )


EVANGELIO 
 Mt.11,25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús: 

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. 

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

¡Palabra del Señor!

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Hoy el comentario es un tanto filosófico a la luz del texto evangélico. Como complemento tienes un audio (16 m) y un PowerPoint al final. 


La sociedad del cansancio

El filósofo de origen coreano Bjung-Chull Han, afincado en Alemania y reciente  premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, tiene entre sus obras un ensayo de gran éxito que tituló La sociedad del cansancio (2010). Ahí explica cómo el mundo occidental, donde aparentemente gozamos de libertad para hacer lo que queramos, nos induce a ser sujetos de rendimiento, personas profesionalmente eficientes; para conseguir esos objetivos impuestos por la mentalidad liberal neocapitalista nosotros mismos nos esclavizamos y explotamos voluntariamente. 

Vivimos obsesionados por estar subidos (mejor decir atados) al carro del consumo y la diversión, panacea de la felicidad. La constante batalla interna por subir y mantenernos en la cresta de la ola de la riqueza, el prestigio y el consumo es de hecho un acto de auto-explotación (yo mismo me exijo más y más) que genera auto-agresión (yo mismo me machaco a trabajar) y la sensación permanente de carencia (nunca tengo bastante) y de culpa (si no triunfo es porque no valgo). 

Es un brevísimo resumen de la realidad que vivimos. Producimos, tenemos, acumulamos, consumimos, pero dentro de un círculo de eterna insatisfacción; como ratones de laboratorio nos obligamos a correr cada vez más rápido, como hámster en el interior de la rueda, para no llegar a ningún sitio. “Hoy nos explotamos por propia voluntad y con la creencia de que nos estamos realizando”, señala el surcoreano.

El problema de la realidad que desenmascara y expone el filósofo en La sociedad del cansancio encuentra su respuesta en el evangelio de hoy: “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Jesús quiere y puede sacarnos de la rueda que nos amarra y esclaviza. Vivir en Él es el contrapunto que necesitamos. El remedio al estrés y la autoexplotación está en seguirle, en tomar su yugo llevadero y su carga ligera, que es entrar en mansedumbre y humildad. “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso”.

Frente a la celeridad y el agobiante y perecedero círculo vicioso de la moda, Jesús propone la vuelta al valor permanente de la sencillez. Porque nuestros cansancios vienen de complicarnos la vida en exceso. Está bien preocuparnos por la casa, la comida y el vestido, pero ¿tiene sentido elevar a grado de necesidad irrenunciable poseer una lujosa mansión en Suiza, disfrutar carísimas delicatessen culinarias y vestir modelos exclusivos de diseñadores de culto? No merece la pena cuando se paga el precio de la propia felicidad. Sin embargo, hay quienes sí eligen hipotecar su vida trabajando y penando para disfrutar el lujo efímero de la moda.


La vida contemplativa

La alternativa que propone Jesús es despojarse de los agobios retornando a La vida contemplativa, que así se titula otro libro de Bjung-Chull, con el subtítulo de Elogio de la inactividad. Transcribo un fragmento:
“Nos estamos asemejando cada vez más a esas personas activas que ‘ruedan como rueda la piedra, conforme a la estupidez de la mecánica’. Dado que solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento, interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes. La existencia humana en conjunto está siendo absorbida por la actividad. ...  No estamos accediendo ni a los dominios de la inactividad ni a sus riquezas. La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana. Hoy se ha ido difuminando hasta volverse una forma vacía de actividad” .
Como apéndice a este texto podemos añadir las palabras de Jesús: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera”, como si dijera: el estilo de vida que propongo no tiene el peso de la celeridad y la hiperactividad, no agobia ni estresa, es llevadero. Basta pararse, aquietarse, silenciarse y contemplar, mirar, disfrutar del espectáculo de la naturaleza y de la vida misma para darse cuenta de que la inactividad no tiene por qué ser necesariamente una forma "vacía de actividad". Al contrario, “la vida solo recibe su resplandor en la inactividad”, apostilla Bjung-Chull, y en tiempos de sobredosis informativa que generan un activismo mental desbocado  e invitan a una movilidad sin orden, estas palabras cobran un sentido especial.

Los tiempos modernos son tan necios que consideran que permanecer quietos y en silencio esperando la revelación de la verdad, la bondad y la belleza de Dios y el mundo es un aburrimiento. Convencidos de esto se inventa una variedad casi infinita de diversiones, actividades que distraen y dispersan la conciencia personal alienando (alejando) cada vez más de sí mismas (de su interioridad) a las personas.   

Es un signo de esperanza que haya  pensadores que  pongan sobre el tapete la importancia de “no hacer nada”, de permanecer ociosos, de simplemente mirar y disfrutar de lo que se observa. Esto, seamos sinceros, se ha perdido en nuestra cultura; y gracias a a Dios no deja de ser una puerta abierta a la esperanza el interés actual por la meditación, una riqueza poco explotada en la Iglesia de los últimos tiempos a pesar de su rica tradición espiritual contemplativa. 

Jesús viene de nuevo en nuestro auxilio para invitarnos a no vivir para trabajar sino para gozar, considerando el trabajo no como fin sino como medio para lo verdaderamente importante: ser felices disfrutando de la creación y agradeciendo a Dios ese don. Así expresa Jesús la suerte de tener acceso a esta sabiduría: “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”. Este arranque de alegría y gratitud sólo puede venir de quien ha contemplado la belleza de la creación, ha palpado la sencillez y felicidad de los humildes y ha percibido la bondad del Padre que bendice al pobre con sus dones.

La vida sólo muestra su hermosura en la inactividad. Eso sí, no confundamos inactividad con diversión, que es actividad que distrae y dispersa la mente. La belleza de la inactividad está en la contemplación, que es estar en el presente sin huir de él, sino viviéndolo. Ah, ¡cómo me alegra el corazón saber que Dios es "presencia"! Estar con Dios es estar aquí, ahora, saboreando el instante. 


Ora et labora

Convenzámonos: la magia de la ociosidad contemplativa es la única capaz de generar una nueva forma de vida. Sólo incluyéndola en nuestra vida podemos abordar con éxito la renovación de nuestra persona, nuestra sociedad y nuestra Iglesia. Necesitamos fusionar en nuestra espiritualidad la oración y la acción, la actividad y la ociosidad consciente. Ora et labora, reza y trabaja. 

Sólo contemplando y amando puede mantenerse el debido respeto y amor al prójimo y a la creación. Al mundo no lo cambian  a mejor ni las guerras ni las revoluciones industriales; éstas son enemigas de la paz y la naturaleza; el auténtico cambio vendrá de la ociosidad contemplativa, de la escucha silenciosa de Dios haciéndote presente a Él. Ahí se gusta y adquiere la verdadera sabiduría, oculta a los sabios y entendidos de este mundo.

En la puerta de entrada de los campos de exterminio nazis daba la bienvenida a los reclusos una aforismo envenenado: Arbeit macht frei (“El trabajo hace libre”). Ciertamente que el trabajo dignifica y libera, pero el hombre no ha sido creado para trabajar sino para disfrutar de la vida en presencia de Dios  o, lo que es lo mismo, de la presencia de Dios en la vida. Poner la felicidad en los bienes materiales nos lleva a creer que mientras más se tiene más se es; es la filosofía del mundo. No, el trabajo, cuando es valorado desde la producción o rentabilidad no libera, somete. La verdad es muy otra: “La contemplación te hace libre”, la ociosidad como oportunidad de estar contigo mismo es sabiduría liberadora. No olvides que la meta última de la humanidad es un domingo sin ocaso, un descanso eterno. Gustar la ociosidad es un adelanto de la felicidad eterna. Trabaja pues lo necesario para vivir dignamente, y párate más a menudo a contemplar y disfrutar la misma vida. No esperes a mañana, hazlo ahora. 

¡Descansa (contempla) el domingo!
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Audio (16 m)

PowerPoint (Descansa en Dios)

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Julio 2026
Casto Acedo

jueves, 21 de mayo de 2026

Novena Trinidad - 3 Dios en mi interior


Un hombre fue a visitar a un maestro espiritual.
—Quiero ver a Dios —le dijo—. He rezado durante años y sigo sintiéndolo lejos.

El maestro le entregó una lámpara de aceite apagada.
—Entra en aquella habitación oscura.
El hombre obedeció.
—¿Qué ves? —preguntó el maestro desde fuera.
—Nada.
—Enciende la lámpara.
El hombre buscó fuego y la encendió. La habitación se iluminó al instante.

Entonces el maestro entró y preguntó:
—¿La luz vino de fuera de la habitación?
—No —respondió el hombre—. Ya estaba en la lámpara.
El maestro asintió.
—Así ocurre con Dios. Pasas la vida buscándolo fuera, cuando la chispa ya fue puesta dentro de ti.

El hombre preguntó:
—Entonces, ¿por qué no lo siento?
El maestro respondió:
—Porque una lámpara cubierta de polvo apenas deja pasar la luz.
—¿Y cuál es ese polvo?
—El miedo. El ego. La necesidad de aparentar. El ruido interior.

El hombre quedó en silencio. Y el maestro concluyó:
—No tienes que fabricar la presencia de Dios. Solo dejar que brille.

*

Ayer contemplábamos a Dios en la creación. Hoy lo contemplamos en su obra maestra: el hombre y la mujer. Si, como decíamos ayer, la obra de arte es expresión del alma del artista, el hombre y la mujer son un reflejo privilegiado del ser de Dios; hechos a “imagen y semejanza del creador”.
"Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra». Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó”.(Gn 1,26-27)
“Hagamos”, dice el texto bíblico. Se usa el plural, como si Dios Padre creador hablara consigo mismo. Diálogo intratrinitario. La Santísima Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu- existe en la eternidad, antes de la creación del mundo. El mismo Génesis nos lo deja ver. Estas son las palabras con las que se abre la Biblia:

“Al principio creó Dios (PADRE) el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios (ESPIRITU SANTO) se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios (HIJO, PALABRA DEL PADRE) [1]: «Exista la luz». Y la luz existió" , etc. (Gn 1,1-3ss)

Cada hombre y cada mujer lleva en sí la chispa  de Dios, su Espíritu:
“El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo”. (Gn 2,7).
El aliento o Espíritu Santo de Dios está en nosotros. Tenemos, cuerpo, tenemos alma y tenemos el Espíritu, chispa divina que viene a nuestro espíritu y nos hace hijos suyos, nos confiere una dignidad divina (cf Rm 8,16). Y si el Espíritu Santo de Dios habita en nosotros, algo que se ratifica solemnemente en el Bautismo, toda la Santísima Trinidad está dentro de cada uno de nosotros en virtud de la intercomunicación y estancia de cada  persona de la Trinidad en las otras (perijóresis).

Si Dios está dentro de nosotros, ¿por qué no lo vemos?. Tal vez porque no lo buscamos ahí. Lo buscamos fuera, a veces en las cosas que no son Dios; el pecado ha oscurecido la mirada y, como dice san Agustín, “aturdida por las pasiones corpóreas y arrastrada fuera de sí misma por las formas sensibles, se olvida de lo que fue”; el pecado, dice este santo, consiste en que “el alma busca fuera de sí lo que puede encontrar en sí misma” (El Espíritu y el alma, 1).

El polvo, la suciedad el pecado, que cubre nuestra alma no nos deja ver lo que somos. Como dice el maestro de la narración transcrita al prinmcipio

"Una lámpara cubierta de polvo apenas deja pasar la luz. Y ese polvo, fruto del olvido de Dios (pecado) es el miedo, el ego, la necesidad de aparentar, el ruido interior.
—No tienes que fabricar la presencia de Dios -dijo el maestro-. Solo dejar que brille.
Una buena lección para que reflexiones cuáles son los lodos que me impiden ver a Dios dentro de mi. Porqué Dios está ahí, interior intimo meo (más dentro de mí que mi misma interioridad); y aunque sea infiel Él sigue estando, permanece en mi interior. Si no lo veo es porque me ciegan otras cosas que ocupan demasiado espacio en mi corazón.  

Una invitación para este día: Deja que la luz de la Santísima Trinidad brille en tu alma; deja que ilumine tus pensamientos, marque el ritmo de tus sentimientos y sea el motor de todos tus deseos.

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Minuto de silencio

Párate hoy y piensa:  El Espíritu Santo, la Santísima Trinidad, está dentro de mí. Yo la busco fuera, me ciego a veces con su imagen de madera, o con una idea de Dios que no corresponde a la realidad, esperando que venga a mí, que entre en mi corazón. Esa imagen es ciega y no habla. El Dios en el que "vivimos, nos movemos y existimos" (hch17,28), el que llevo dentro de mí, sí habla a mi conciencia. Pero  mis ambiciones, mi soberbia, mi afán de protagonismo, tapan mis oídos para no escucharle y mis ojos para no verle. 

"Dichosos los impíos de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8).Necesito limpiar mi alma para que nada pueda turbar mi paz y así pueda ver en sus aguas serenas la presencia de Dios. Ora con santa Isabel de la Trinidad:  

¡Santísima Trinidad a quien adoro!
Que nada pueda turbar mi paz,
ni hacerme salir de Ti, ¡oh Inmutable!,
sino que cada minuto me sumerja más
en la hondura de tu Misterio.
Inunda mi alma de paz; haz de ella tu cielo,
la morada de tu amor y el lugar de tu reposo.
(Santa Isabel de la Trinidad)

Medita lo que dice san Pablo:
“Huid de la inmoralidad. ... ¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios?.” (1 Cor 6,18-19)
Siente la presencia de la Santísima Trinidad en lo más hondo de tu ser, ahí donde tu espíritu se sumerge en el Espíritu de Dios hasta casi hacerse uno con Él.

"No tienes que fabricar la presencia de Dios. Solo dejar que brille".

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[1] San Juan nos dice en su Evangelio: “En el principio existía la Palabra , y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Por medio de ella se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de cuanto se ha hecho” (Jn 1,1-3).

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Casto Acedo
Mayo 2026


jueves, 12 de marzo de 2026

La luz (IV Cuaresma. 15 de Marzo)



EVANGELIO
Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.

Y sus discípulos le preguntaron:

—«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?».

Jesús contestó:

—«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Dicho esto escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:

—«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

—«¿No es ése el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:

—«El mismo».

Otros decían:

—«No es él, pero se le parece».

Él respondía:

—«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

—«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo».

Algunos de los fariseos comentaban:

—«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:

—«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:

—«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:

—«Que es un profeta».

—«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

—«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:

—«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús les dijo:

—«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es».

Él dijo:

—«Creo, señor».

Y se postró ante él.

¡Palabra del Señor!

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(Resumen de video y comentario amplio en audio al final de esta entrada)
 
El relato de la curación del ciego de nacimiento es la escenificación de la lucha entre los hijos de la Luz y los astutos hijos de las tinieblas (cf Lc 16,8). Y es curioso que Jesús no rechace al que vive en el pecado (“empecatado” llaman los fariseos al ciego), y se muestre duro e intransigente con los que “creen ver”: los fariseos. Éstos, instalados en su ego, se creen en posesión de la verdad (luz), pero viven en la mentira (tinieblas); y lo peor es que no quieren ver, porque si ven su realidad, su yo real, se verían obligados a aceptar la muerte de su ego en el que tienen puesta su vida y que les facilita una vida de privilegios.

Los escribas y fariseos no quieren ver porque les da miedo a perder su status egóico; son incapaces de ver que más que perder ganarían si se abrieran a la realidad pura y dura de la presencia de Dios.  No hay peor ceguera que la del que no quiere ver; porque, en gran medida, el ver es cuestión de voluntad. Los propios intereses son con frecuencia la causa de la debilidad visual. No ve el rico su inmensa riqueza, ni el poderoso su calidad de opresor; no ve el político encumbrado las necesidades del pueblo, ni ve el sacerdote ritualista los sufrimientos de sus fieles y de su mundo; no ve el violento su violencia, ni el perezoso su holgazanería..., porque si lo vieran, si se atrevieran a contemplarse desde fuera, verían la realidad y se verían a sí mismos en ella. Y en este caso ¿podrían soportar su vida hipócrita?.

Un ciego de nacimiento

"Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento (que nunca había visto)".  Así comienza el evangelio de este domingo, que termina  con una afirmación que nos sitúa a cada uno ante nuestra  visión o nuestra ceguera: “Los fariseos ... le preguntaron: ¿También nosotros estamos ciegos? Jesús les contestó: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

Encontramos por un lado a un hombre ciego, que no grita, como el ciego Bartimeo de Mc 10,46-52. No hay una petición de sanación, aquí la iniciativa es totalmente de Jesús, que lo  ve, se acerca y le cura con un signo (sacramento): le unta los ojos con barro y le manda lavarse en la piscina de Siloé; y él se deja hacer y obedece, porque en su pobreza no tiene nada que perder y mucho que ganar; y se le abren los ojos. Este ciego, partiendo de la aceptación de su ceguera inicia un camino de conversión, un camino de Cuaresma que le llevará a cambiar de bando (lo expulsaron de la sinagoga) y a confesar abiertamente su fe en Jesús como Salvador.


 
Del otro lado están  los enemigos de la luz: los que se creen seguros de sí mismos, los que están seguros de marchar por las sendas del bien, la bondad y la luz. “¿Tú -dicen al ciego- nos vas a dar lecciones a nosotros?”. La soberbia que anida en el corazón de los fariseos los hace acreedores del título de “hijos de las tinieblas”.

El primer paso de la curación (conversión) del ciego (pecador) parte del reconocimiento de su ceguera (pecado). Desde ahí inicia un camino que culmina con la aceptación de Jesús como el Señor y la profesión de fe: "Creo, Señor". La conversión del ciego no estuvo libre de dificultades; encuentra la oposición de los fariseos, el rechazo frontal de los judíos que lo expulsan de la sinagoga y la indiferencia de sus padres que no quieren tener problemas; pero se sobrepone a los obstáculos y culmina felizmente en la aceptación de Jesús como el Salvador y la sumisión con Cristo a la voluntad de Dios: “se postró ante él”.

En tiempo de Cuaresma, una primera enseñanza de este pasaje es clara: nos hemos de saber ciegos, y hemos de dejar que Jesús se acerque a nosotros y abra nuestra vida a la luz. Con la lámpara que es Cristo, abramos los ojos a la ceguera del mundo y sus causas (ansia de poder, obsesión compulsiva por tener-consumir, deseo desenfrenado de sobresalir como sea, culto excesivo al cuerpo y a la propia imagen, menosprecio del pobre y el pequeño...) de la que no somos sólo observadores sino también partícipes. ¡Este mundo está loco! –decimos-; este mundo está ciego, y nosotros, tu y yo, participamos de su ceguera. ¿Quién nos librará de esta oscuridad?

 
“Yo soy la luz del mundo”
 
Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo”, dice Jesús. "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida". (Jn 8,12). Jesús es la Luz. Así lo vamos a significar en la solemne Vigilia Pascual: “¡Luz del mundo!” dirá el celebrante; y el pueblo, al tiempo que se deja iluminar por la luz Pascual, responde: “¡Demos gracias a Dios!”, luego canta: “¡Oh luz gozosa, de la santa gloria del Padre celeste e inmortal, Santo y feliz Jesucristo!”. La Pascua es la fiesta de la luz, de Cristo-Luz. Es tan definitiva y determinante su aparición que incluso la oscuridad es llamada dichosa, porque ha merecido ser alumbrada por una luz tan esplendente: “Oh feliz culpa, que mereció tan gran Redentor”, ¡feliz oscuridad que merece luz tan radiante! Las alabanzas a la oscuridad y al pecado no lo son por sí mismos, sino por la luz y la gracia que los disipa.

El reconocimiento del propio pecado es previo para recibir el perdón, la aceptación de la propia oscuridad es camino imprescindible para llegar a la luz. Desde la debilidad y aparente oscuridad de la cruz Cristo nos conduce a la claridad de la resurrección. La Pascua unifica muerte y resurrección, y ésta tiene la última palabra. Esto se significa el momento de encender el Cirio Pascual en la Noche Santa: se incrustan en el cirio cinco granos de incienso, en forma de cruz, recordando el martirio del Santo de Dios, mientras se dice: “Por sus llagas santas y gloriosas, nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Amén”. Luego se enciende el cirio con el fuego nuevo diciendo: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”.

Somos ciegos, habitantes de las tinieblas, pecadores dando tumbos por “cañadas oscuras”, pero la Luz del Padre, encendida en las llagas gloriosas del Salvador, viene en nuestra ayuda, y nos hace “hijos de Dios” . “La palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre... Vino a los suyos... Y a cuantos la recibieron ... les dio poder para ser hijos de Dios” (cf Jn 1,9-12:). Cristo-Luz es nuestro valedor en la oscuridad: “El Señor es mi pastor, nada me falta...; aunque camine por cañadas oscuras nada temo” (Salmo 22,1.4).
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Brille vuestra luz delante de los hombres
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El cristiano, que vivía en la oscuridad, ha sido iluminado y prendido en la luz que es Cristo: “a vosotros se os confía acrecentar esa luz, para que caminando como hijo de la luz podamos salir al encuentro del Señor”. (Ritual del bautismo; palabras dirigidas a los padres/padrinos con respecto al hijo/ahijado, pero extensibles a todo bautizado adulto).

El cristiano es Hijo de la Luz. No teme que sus obras sean vistas por los hombres. Por el contrario, los hijos de las tinieblas, esconden sus obras, porque “da vergüenza mencionar las cosas que los hijos de las tinieblas hacen a escondidas” (Ef 5,12). La Cuaresma es tiempo para pasar de las tinieblas a la luz. En una doble fase. Somos, por un lado, receptores de la luz que es Cristo. Debemos aceptar nuestras sombras afrontando sin miedos la mirada de Dios sobre nuestra vida; se trata de mirarnos desde Cristo: “Tu luz, Señor, nos hace ver la luz” (Sal 35,10). Y prendidos en su luz, en un segundo momento, debemos ser luz “delante de los hombres” (Mt 5,16).
 
¿Cómo podemos ser luz? La carta a los Efesios nos da unas claves: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz).” (Ef 5,8). Ser luz viviendo en la bondad (hacer algo tan simple y complicado como “ser buenos”) la justicia (un cristiano debe destacar por su compromiso por un mundo cada vez más justo), y la verdad (vivir con humildad aceptando la realidad de  ser criatura de Dios; vivir en la verdad es vivir en conformidad con la sagrada Escritura, que pone luz en el corazón del hombre descubriendo sus claroscuros; el mundo de la mentira y el engaño, del falseamiento y la manipulación, necesita defensores de la verdad, profetas dispuestos a poner en el mundo la Luz de la Palabra aún a riesgo de sufrir persecución y muerte). Se trata de adquirir la visión de Dios, que no ve las apariencias, sino el corazón (1 Sm 16,7).


Hoy nos reconocemos ciegos, arrojados a los caminos de un mundo en oscuridad. No caigamos en el error de los fariseos, que se creían justos, porque “si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”. (Jn 9,41). La cuaresma viene a despertarnos, a abrir nuestros ojos: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”(Ef 5,14).

Cristo es el Agua viva, se nos dijo el domingo pasado, Cristo es la Luz, decimos hoy, y la próxima semana, cercana ya la Pascua, se añadirá que Cristo es la Resurrección y la Vida. ¿Cómo te estás disponiendo para que su “paso” (pascua) sea fructífero en tu vida ? ¿Acaso no quieres que inunde con su agua tu desierto, ilumine con su luz tu oscuridad y revivan con su resurrección tus muertes? Dispón tu corazón a ello.

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Un video resumen de todo lo dicho en:


Y un audio de 20 m.:


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Marzo 2026
Casto Acedo.

jueves, 5 de marzo de 2026

El agua (III Cuaresma.8 de Marzo)

 

EVANGELIO. Jn 4,5-42.

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»

La mujer le dice: «Señor, dame de esa agua así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla.»

Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve.»

La mujer le contesta: «No tengo marido».

Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dijo: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»

En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor

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Cuando llegue la Noche Santa recurriremos a unos símbolos muy concretos para celebrar el encuentro con Cristo Resucitado: la luz (Lucernario), el agua (Rito de bendición del agua y renovación del bautismo), y la vida (Eucaristía: “Yo soy el pan de la Vida, el que come de este pan vivirá para siempre”, Jn 6,35).

Los domingos tercero al quinto de Cuaresma, la proclamación evangélica nos dispone de manera inmediata a la Celebración Solemne de la Vigilia Pascual introduciéndonos en el Misterio por la presentación-comprensión-asimilación de los símbolos que nos hablan de Dios y nos acercan a Él.  Jesús dirá de Él mismo que es "agua viva" (Jn 4,14; evangelio de la Samaritana), "luz del mundo” (Jn 9,5; ciego de nacimiento), “resurrección y vida" (Jn 11,25; resurrección de Lázaro). Hoy, al hijo del encuentro con la samaritana,  el tema que nos ocupa es el agua como símbolo de Dios y de su gracia. 

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Agua
 
Este domingo nos habla de "agua". El agua es un signo ambivalente. Por una parte, hablar del agua es hablar de vida, porque es un elemento básico para la subsistencia del hombre ya que cubre una necesidad vital y permanente sin la cual no podríamos vivir (¡lástima que solo nos demos cuenta de ello cuando nos falta!). El agua es también elemento de limpieza para el cuerpo, la ropa, la vivienda; es recreo y belleza en los jardines y fuentes; el agua es vitalidad. Donde no hay agua hay sufrimiento y muerte; la imagen paradigmática de esta sequedad es el desierto, lugar de vacío, soledad y muerte. Y muy al contrario, donde hay agua hay vida, y por eso el paraíso siempre se ha dibujado como un vergel bien regado.
 
Pero el agua contiene también una simbólica negativa: es desgracia en inundaciones, maremotos y todo tipo de desbordamientos. ¿Quién no recuerda las impresionantes imágenes de destrucción y muerte causados por  la DANA que sufrimos el año pasado al este de España? 

El agua sana, pero también asola y ahoga. Es signo de vida, pero no lo es menos de muerte. El exceso de agua provoca destrucción y la ausencia o escasez trae consigo la “sed”. El pan (alimento) es necesario para poder subsistir, pero lo es más el agua. La vida cristiana, que es oasis pero también desierto, lleva implícita la experiencia de la sed.
 
La Sagrada Escritura asocia el agua con el Espíritu de Dios, que purifica, da vida, recrea, limpia del mal y ahoga el pecado. Pasajes bíblicos paradigmáticos, como el relato de la creación del mundo, donde se señala que “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gn 1,2), el diluvio (cf Gn 6,5-8,20), el paso -Pascua- del mar rojo (cf Ex 14) o el prodigio del manantial de agua que mana de la roca (Ex. 17,3-7), nos sirven en bandeja la consideración  del agua como elemento sacramental en los que Dios en su mismo Espíritu  se manifiesta.




El agua que es Dios

“Si alguno tiene sed, que venga a mí” -dice Jesús. Nosotros acudimos as Él cada domingo; a recibirle en el agua de la Palabra y en el Pan Eucarístico ¿Qué sed sacia en nosotros este Misterio? 
En momentos de sequedad espiritual nos acucia la sed, y por eso acudimos a manantiales que pudieren saciaros. Muchas veces erramos acudiendo a pozos que sólo palían temporalmente nuestra sed; pero hay un pozo que sí nos llena del todo: Jesús, agua viva. 

La mujer samaritana (cf Jn 4), siguiendo la rutina de su tarea diaria, va a buscar su agua al pozo de Jacob. Y allí Jesús se acerca a ella. Se trata de una mujer insatisfecha; cinco veces había buscado la felicidad, y cinco veces había fracasado (“has tenido cinco maridos y el de ahora no es tu marido”, Jn 4,18). Jesús le hace sentir hondo esos fracasos. Había buscado saciar su sed en aguas que no podían satisfacerle plenamente. 

Cuando la samaritana y Jesús comienzan su diálogo, cada cual habla de un agua distinta, y según deja ver el diálogo también cada cual se refiere a una sed distinta. La samaritana habla del agua material, tangible, perecedera, objeto de nuestros deseos naturales, agua buena para nuestra vida diaria siempre que no nos apeguemos demasiado a ella. Este 
agua natural no sacia plenamente y obliga a volver una y otra vez al pozo. Jesús, sin embargo, habla de un agua espiritual, intangible, sobrenatural, eterna; quien la bebe nunca más tendrá sed; habla del agua que es Dios mismo, y que sacia de una vez para siempre: “el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4,13).

El agua que Jesús ofrece a la samaritana y te ofrece a ti hoy es la gracia de Dios, su Espíritu. “El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: ´Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí; como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva´. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él". (Jn 7,37-39). “El agua que yo le daré se convertirá dentro de Él en un surtidor que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14).

La sed.

Pregúntate: ¿Qué sed te mueve  este año a adentrarte en el desierto de la Cuaresma? ¿Qué insatisfacción? 

La samaritana representa a la humanidad que tiene sed, y que aún no sabe qué agua le conviene para alcanzar la verdadera felicidad. Jesús sí lo sabe. Jesús también tiene sed, una sed distinta: “Dame de beber” (Jn 4,7). Jesús tiene sed de diálogo, de comunicación, sed de ayudar a los que tienen sed. En la cruz gritó: “Tengo sed” (Jn 19,28), sed de salvación, sed de ti; en su sed de amor quiere suscitar el acercamiento, provocar el encuentro. “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (Jn 4,10). Poco a poco, Jesús va adoctrinando a la mujer invitándola al conocimiento del Espíritu Santo (“si conocieras el don de Dios…”) y el reconocimiento de Él mismo como  Hijo (Mesías) enviado  (“..y quién es el que te pide de beber”).

Porque tiene sed de ti -¡admirable misterio!-, el mismo Jesús se acerca hoy al pozo de tu vida, a ese pozo natural al que acudes cada día a sacar agua: el pozo del trabajo, las amistades, los negocios, la familia… Jesús te sale al encuentro allí donde tienes puesta tu esperanza, donde crees que vas a encontrar la felicidad plena. Dios te sale al encuentro junto al brocal de tu pozo, ahí donde estás.
 
¿Cuál es tu pozo? ¿De qué agua bebes? Hay aguas que sacian sólo momentáneamente, pozos exteriores que te exigen caminar diariamente hacia ellos para proporcionarte una satisfacción momentánea. Jesús te ofrece un agua diferente, el agua viva de su costado (cf Jn 19,34;1 Jn 5,6) “que se convertirá dentro de tí en un surtidor que salta hasta la vida eterna”; el agua interior del Espíritu Santo, la Gracia de Dios, que habitará en ti, y dará consistencia eterna a las aguas de la amistad, la familia, el trabajo,… que brotarán de tu interior.

En Cuaresma  contempla la sed de Jesús: la sed de misericordia que en Él te muestra el Padre Dios, y acompásala con la sed de la humanidad, con tu sed: sed de paz, de justicia, de comunicación, de armonía... Cuando la sed del hombre se cruza con la sed de Dios se produce el milagro de la Pascua. Cristo pasó por la vida de la samaritana; ésta, aunque no llegó a entender muy bien lo que Jesús le decía, mantuvo abierto el diálogo con Él, y se produjo el encuentro.
 
Y como fruto del encuentro el anuncio, la misión. El agua de Dios no se queda estancada en quien la recibe, sino que salta hacia fuera, transforma al discípulo en en apóstol, como la samaritana:  “dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?” (Jn 4,29). Y “Jesús se quedó allí dos días” (Jn 4,40), hasta que la fe de los samaritanos maduró un poco: “nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo” (4,42).
 
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A menudo nos cansamos del camino de cuaresma, nos cansa la vida, dice el poema de Antonio Machado (1). Nos preguntamos entonces por qué Dios nos ha traído a este desierto. El sentimiento de fracaso nos lleva con frecuencia a preguntarnos si Dios estará o no estará con nosotros (cf Ex 17,3.7). La mujer samaritana nos dice que sí, que le ha conocido, que le ha escuchado, y en la escucha ha recibido su compasión. También san Pablo nos hace saber que el amor de Dios ha sido derramado como agua viva en nuestros corazones, y hay esperanza (Rm 5,5).

Deja que este domingo te refresque el agua que es Cristo. Déjate lavar por Él como Pedro en el cenáculo (cf Jn 13,8-10). Recuerda el bautismo en el que fue sepultado tu pecado por el poder del agua. Déjate encontrar de nuevo por Jesús. Bebe del agua de su Palabra, de su presencia eucarística, de su estancia entre los pobres. Dile: -Señor, ¡tengo sed de tantas cosas buenas y nobles!... ; enuméralas y confía que el Agua de Dios no te ha de faltar para poner fin a tus insatisfacciones.

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(1) El poema de A. Machado refleja muy bien cómo la vida es soledad y sequedad. Y en esa sequedad nace en nosotros la búsqueda. La misma búsqueda va preñada de la gracia del  encuentro, como hemos visto en el evangelio de la Samaritana.

Señor, me cansa la vida,
tengo la garganta ronca
de gritar sobre los mares,
la voz de la mar me asorda.

Señor, me cansa la vida 
y el universo me ahoga.
Señor, me dejaste solo,
solo, con el mar a solas.

O tú y yo jugando estamos
al escondite, Señor,
o la voz con que te llamo
es tu voz.

Por todas partes te busco,
sin encontrarte jamás,
y en todas partes te encuentro
sólo por irte a buscar.

(Antonio Machado)

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Marzo 2026
Casto Acedo. 

La fiesta de los amigos (Todos los Santos, 1 de Noviembre)

"Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Pad...