sábado, 19 de abril de 2025

Resurrección (20 de Abril)


EVANGELIO Jn 20,1-9

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
 
Palabra del Señor
*

 La noche de la Pascua

Todas las celebraciones del año litúrgico convergen en la noche del Sábado Santo, en la celebración de la Solemne Vigilia Pascual, pórtico del Domingo de Resurrección. No es una noche cualquiera: “Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?” (Pregón Pascual). Esta es la noche en la que la oscuridad de estos días encuentra luz y esperanza.

Estamos en la noche del reencuentro de Dios con la humanidad. Es tan glorioso este acontecimiento que en una lectura creyente de la historia se puede decir algo aparentemente paradójico: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo” ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”. (Pregón Pascual). San Pablo lo dirá de otro modo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).  Sin el pecado de Adán, Cristo no nos habría redimido, y no hubiéramos conocido la grandeza del amor de Dios revelada en Cristo.

Esta es la noche en que “se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino” (Pregón). La vida de Dios alcanza de pleno al hombre, porque la resurrección abre el acceso a Dios. "Dios se hace hombre para que el hombre sea divinizado" (San Atanasio).

En esta noche converge 
toda la historia de la salvación

Los motivos de nuestra alegría pasan ante nosotros en la liturgia de la Palabra que narra los hitos de nuestra salvación, desde la creación del mundo y del hombre (Gn 1, 1-31;2,1-2), hasta la nueva creación por la resurrección (evangelio: Mt 28,1-10) y el bautismo (epístola: Rm 6,3-11). Contemplamos como la Iglesia ve la salvación incluso en las situaciones más difíciles, como lo fueron el sacrificio de Abrahán (Gn 22,1-18), el paso del mar Rojo (Ex. 14,15-15,1), o el momento del Exilio (Ez 36,16-28).

El mensaje central de todas las lecturas proclamadas confluye en una afirmación incontestable: La victoria es de nuestro Dios. Ya no hay situaciones totalmente desesperadas. “La tumba está vacía. No está aquí: HA RESUCITADO, como había dicho” (Mt 28,6a).

Con la resurrección las situaciones oscuras  (el dolor, la enfermedad y la muerte) adquieren una perspectiva distinta  Ya no hay lugar para la desesperación total.   Si el que murió en la cruz y “descendió a los infiernos”  ha resucitado siendo acreditado por el Padre ¿qué mal podemos temer?

"No temáis", dirá Jesús resucitado a sus discípulos bloqueados por un hecho hasta entonces  inusual que les lleva a confundirlo con un fantasma. Soy yo, que vuelvo para estar con vosotros y sosteneros en vuestra lucha. Es como si dijera con Juliana de Nordwich: "Todo irá bien ...  El Señor nunca dijo ‘no seréis zarandeados por la tempestad’ o ‘no os veréis abrumados por el trabajo’ o ‘no os faltará consuelo’, sino que dijo: ‘No seréis vencidos’. Dios quiere que tengamos en cuenta estas palabras, de forma que siempre, tanto en la alegría como en el dolor, tengamos una total confianza". 

Bautismo y Eucaristía.

En esta noche y este día eminentemente Pascual adquieren su sentido los sacramentos, y especialmente el Bautismo y la Eucaristía.  

“Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6,4). Hoy renovamos las promesas de nuestro bautismo que nos injerta en la Vida resucitada del Señor: “Si hemos muerto con Cristo (ritual y existencialmente), creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,8). Este es nuestro gozo y nuestro “secreto” (el misterio de nuestra fe y nuestra esperanza).

También la Eucaristía celebra en esencia el misterio de la Pascua. Jesús resucitado parte el pan con nosotros y para nosotros.  La Eucaristía nos permite participar con Cristo y por Cristo en la experiencia de la resurrección. “El que come de este pan vivirá para siempre... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,51.54).

*

Que se abran las ventanas de nuestro espíritu y expandan la noticia: ¡Cristo ha resucitado!  “Verdaderamente ha resucitado el Señor” (Lc 24,34). Esta es la causa y razón de nuestra esperanza.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCION!

Abril 2025

Casto Acedo

jueves, 17 de abril de 2025

Fraternidad (17 de Abril)


EVANGELIO
 Juan (13,1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»

Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»

Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»

Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.» 

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Palabra del Señor

*

Cada vez me llena menos la palabra "solidaridad"; y no es porque sea un término que considere peyorativo sino incompleto a la hora de expresar la virtud necesaria para la construcción de un mundo mejor. Solidaridad me remite a una causa exterior a la que se ha de dar respuesta; prefiero la palabra "fraternidad", que  es el sentimiento de una pertenencia; la solidaridad se tiene o no, la hermandad indica una realidad que se es. 

Ser fraterno es algo más que optar por una causa. En la fraternidad entra en juego lo más sagrado de mi persona: mi mismo ser interior, mi sangre y mi carne, que hace míos los gozos y los dolores de mis hermanos. Puedo o no puedo solidarizarme con tal o cual persona o grupo sufriente, con este o aquel colectivo marginado; pero si soy hermano la cuestión no es si puedo o no puedo ser solidario, la cuestión es que no existe tal cuestión, porque si entiendo al otro como parte de mí, su gozo es mi gozo y su dolor mi dolor.

 Así, cuando mi hermano está en apuros, no tengo que decidir si ponerme o no de su parte porque la decisión ya está tomada; mi hermano es parte de mí, y darle la espalda sería un atentado contra mi propia dignidad personal. Ser hermano es, pues, mucho más que ser solidario. Puedo dejar de ser solidario apoyado en tal o cual excusa más o menos convincente, y puedo hacerlo sin que se produzca en mí una ruptura personal; pero no puedo dejar de ser hermano de mi hermano sin que mi naturaleza me lo reproche y mis entrañas se resientan. 

Ante el sufrimiento humano podemos tomar una postura "solidaria", por ejemplo, ayudando económica o estratégicamente a los refugiados o a los damnificados en una catástrofe humanitaria, pero ¿qué harías si un "hermano de sangre" estuviera viviendo la tragedia de la guerra o del hambre? Entonces tu respuesta no sería simplemente "solidaria" sino "fraterna", de hermano. No te plantearías qué puedes hacer, tu corazón te arrastraría a dar lo mejor de ti. ¿Entiendes ahora la diferencia? No es lo mismo mandar al criado que lave los pies al visitante que lavárselos tú mismo espontáneamente. Es cuestión de cercanía, de encarnación. 

La  solidaridad es como un deber de justicia, una  obligación moral, la caridad es una virtud teologal, algo más que la justicia. Reducir la caridad a justicia es uno de los pecados de nuestro tiempo. Creemos que es caridad prolongar unas acciones caritativas puntuales, poner remedio a necesidades ocasionales. Pero es mucho más, es dejar fluir en el corazón el amor de Dios vertiéndolo en los hermanos.

En el día de Jueves Santo proclamamos que el mundo necesita la justicia solidaria, pero sabemos que ésta, sin la caridad fraterna queda humanamente incompleta. Podemos poner al servicio del mundo una máquina o una inteligencia artificial más eficiente que una persona para solucionar problemas sociales de distribución de las riquezas, pero ¿bastaría con eso? Desde luego que no. Hay que aprender a practicar la caridad con justicia y la justicia con caridad. Marta y María. Marta, que arregla los desórdenes y daños generados por el pecado, y María, que al “exceso del mal” que es la injusticia opone el “exceso de amor” que es la caridad.

La justicia que se practica en la solidaridad suele llevar cuenta de lo que hace; ahora bien, el amor olvida lo que hace. “¿Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?", dicen los justos de la parábola del juicio final (cf Mt 25,37-39). La caridad cumple toda justicia, hace lo que hay que hacer, pero sin saberlo, es decir, sin tenerlo en cuenta, porque entiende que es lo suyo. ¿No es este el verdadero amor?

La caridad es amor sin límites, “amor excesivo” de Dios como remedio al “mal excesivo” del mundo; este es el amor que celebramos el Jueves Santo. El gesto inaudito del “Maestro” que lavando los pies a sus discípulos se hace siervo de los siervos no realiza un acto de justicia, sino un acto de amor simple y loco que abre puertas a la esperanza.  

No te conformes con ser solidario; trabaja en ti la fraternidad. Feliz Jueves Santo.

*

Abril 2024

Casto Acedo

martes, 8 de abril de 2025

Domingo de Ramos (13 de Abril)

 

EVANGELIO
 Lc 19,29-40

En aquel tiempo Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos diciéndoles: - Id a la aldea de enfrente: al entrar encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?, contestadle: “El Señor lo necesita”.

Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: -¿Por qué desatáis el borrico?

Ellos contestaron: -El Señor lo necesita.

Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos, y le ayudaron a montar. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los milagros que habían visto, diciendo: ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo alto!

Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.

El replicó: - Os digo que, si éstos callan, gritarán las piedras.

¡Palabra del Señor!

*


La Semana Santa es una excelente oportunidad para entrar en ti y discernir cristianamente todo lo que en estos días pasa por tu cabeza y tu corazón. Ya sabes que el ambiente secularizado en que vivimos no invita a interioridades, que ha decaído la práctica de hacer una lectura creyente de la vida y los días de la semana santa suelen leerse más como oportunidad de asueto y dispersión para unos y de negocio turístico para otros. ¿Podrás desmarcarte de todo esto? Merece la pena hacer un esfuerzo. Difícil, pero posible.

Aquí tienes unas ideas para enfocar la Semana Santa de un modo nuevo.



La Semana Santa no se celebra en primavera por casualidad. Son fechas en las que la vida comienza a florecer. La creación está de estreno estos días.  Un viejo refrán reza que el “el domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos”, o dicho con otras palabras: quien no renueva (compra, adquiere) algo en su vida estos días es que está manco, paralizado o muerto. Así, el Domingo de Ramos, es cada año una llamada a renovar, a dar los últimos  retoques al traje nuevo tejido en el taller de vida espiritual de la Cuaresma. 

Para la renovación deseada el primer paso es entrar con Jesús en la Ciudad Santa, el templo del Espíritu Santo que eres. ¡Anímate! ¡Estrena vida!  Abre la puerta de tu corazón y deja que Jesús, que viene a ti humilde y pacífico, a lomos de un asno,  entre en tu casa, en tu interioridad. 

Date la oportunidad; no dejes que el racionalismo y el materialismo consumista del hombre viejo  emboten tu mente. Para facilitarle la entrada a Jesús en ti aléjate de todo lo que te disperse, disfruta estos días de tiempos de silencio, de alguna lectura espiritual sólida, de la charla con quien te pueda ayudar a conocer a Jesús y conocerte más a ti mismo o a ti misma. Deja por unos días el cuidado obsesivo por distraerte (distracción es dispersión) y dedica tiempo a concentrarte y gustar de tu interioridad. 

Puedes planear para estos días un viaje de turismo personal espiritual, un viaje por los parajes y paisajes de tu alma. Haz una procesión de silencio por tu jardín interior; recurriendo a santa Teresa contémplate como un castillo habitado en su centro por un Rey. Paséate por él, conócete y céntrate en Cristo. Vives en las periferias del castillo, enajenado, lejos de ti, y Dios te regala estos días  para apropiarte de tu vida, mirarte y vivirte desde el hondón de tu alma, donde Él te habita. 

La procesión de Ramos es todo un símbolo del paso que te invito a dar. Partes  de la Plaza pública (exterioridad), foro profano por excelencia, lugar de mercado y negocios, ágora de discusiones y polémicas, punto de fricciones económicas e ideológicas, y desde ahí te diriges al templo  (interioridad),  ámbito de lo sagrado, zona de escucha, espacio de silencio, morada de Dios. 

Con esta idea de fondo, dejando atrás el dominio de la sensualidad, del cálculo y de la razón práctica, adéntrate en el reino de lo sagrado, donde el Misterio te abre a lo insospechado; oportunidad de experimentar el Misterio de Dios,  lo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó; lo que Dios tiene preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9). Ese Misterio insondable no es un nuevo descubrimiento de la física, ni el último teorema matemático, ni la más reciente moda filosófica, ni un nuevo y emocionante invento; es una persona: Jesucristo, “misterio mantenido en secreto durante siglos, y revelado ahora para nuestra salvación” (Rm 16,25-26).

Para ayudarte en el proceso de recogimiento y peregrinación interior al encuentro con Jesús, la Iglesia te ofrece una serie de protocolos: bendición de ramos, misa de la cena del Señor, memoria de la Pasión, adoración de la Cruz, renovación del bautismo, mesa eucarística…, además de otras muchas oportunidades, como pueden ser los viacrucis o las horas santas. Todos estos recursos los tienes a tu disposición para lograr un mayor acercamiento a Dios, que se deja ver más que nunca en estos días. La entrada a la dimensión espiritual de esta semana es gratuita, y no tienes que pagar aranceles. La gracia de Dios no se puede comprar ni vender. Cosas de Dios. 

Te espera tu comunidad el Domingo de Ramos. Tu presencia será una forma de decirle a a Jesús  y a todos que no están solos. Y una oportunidad para sentir que tampoco tú estás solo.  Tu presencia es evangelizadora y fecunda para ti.

Abril 2025. 
Casto Acedo. 

Hora Santa (Ser, sentir y hacerse Eucaristía)

 

Nota: 

En la dirección que de Drive que se indica tenéis:

-*en documento PDF el mismo texto escrito aquí: HORA SANTA, 2025 (Guión), Aunque tal vez sea más práctico, por resumido, el texto del cuadernillo,

*un cuadernillo de dos folios doblados por ambas caras que podéis imprimir -aconsejable alguna copistería-  y que puede servir de guía para los orantes. El  texto de cada apartado está aquí resumido, y también están las letras de los temas musicales; y

*los tres temas musicales en mp3. 

https://drive.google.com/drive/folders/1Sys-Hpafl26YSn1sE09Vj1S158Q-FwXQ?usp=sharing

Si al clickar os pide que se autorice pedid autorización a trujisampe@gmail.com. 

Buen provecho.

* * *

SER, SENTIR Y HACERSE EUCARISTÍA

(Momentos de oración para el Jueves Santo) 

En esta noche de tránsito hacia la Pascua, siguiendo la recomendación del Señor, nos reunimos para orar. Y lo hacemos ante el Santísimo Sacramento, Misterio de fe, esperanza y amor.

La Eucaristía contiene en sí todo el ser, pensar y obrar de Jesús. Cuando decimos que Jesús se nos da en ella estamos diciendo que en ahí, en ese poco ce pan y vino, nos está dejando todo su ser, toda su experiencia vital, todo su legado espiritual.

Presintiendo su partida de entre nosotros el Señor nos deja la Eucaristía como testamento; con ella y en ella podemos seguir siendo con Él, sintiendo con Él, obrando con Él.

Aspiramos a ser con Jesús, a estar con Él, a hacer de nuestra vida Eucaristía, acción de gracias al Padre por todo lo que en el Hijo nos regala.

 

ORACIÓN

 

Esta es la noche, Señor,
que adelanta la Pascua,
la noche en que la luz de tu Palabra,
hecha carne,
ilumina la oscuridad
de las sombras que nos cercan.

¡Estad en vela!
¡Manteneos despiertos! -nos dices-
Velad y orad
para no caer en la prueba.

Queremos orar contigo,
sintiendo tu presencia entre nosotros,
confesando que en tu Nombre
podemos vencer al mal y a la muerte.

Contigo siempre vence la esperanza.

Permítenos entrar en tu misterio de Amor.
Amor de respeto, de disponibilidad,
de servicio concreto al Padre,
sirviendo en todo a nuestros hermanos.

Danos la gracia de estar contigo en esta hora.
Que seas alabado y glorificado en nuestra oración,
que las personas que amamos
y aquellas a las que nos cuesta amar
se beneficien de nuestra oración,
y que nuestra intimidad contigo sirva de aliento
a fin de que el mundo camine sin tropiezos
hacia su perfección en el amor y la paz.

Amén

*




1.

Eucaristia, SER de Cristo. 

Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».  Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. (Mt 26,26-28)

“Tomad y comed, esto es mi cuerpo... Tomad y bebed, esta es mi sangre”. No dice Jesús esto “es como mi cuerpo” o “como mi sangre”. ¡No, no dice “como”!, dice “es mi cuerpo”, “es mi sangre”, todo mi ser presente en este pan y este vino.

Jesús es Dios, todo el ser de Dios concentrado en la Eucaristía, con toda su humanidad, con su cuerpo y con su sangre, y toda su divinidad: “Mi padre es quien os da el verdadero pan del cielo” ( ) .

En los signos Eucarísticos está el ser mismo  de Dios. Tomar y comer su pan es participar del ser de Jesús; al participar en la Eucaristía  Dios me hace ser como Él, hijo amado del Padre.

Contemplamos, pues, en la reserva Eucaristía el Misterio de Dios; todo su ser en Jesús; pan del cielo. El mismo Dios se hace alimento en Jesús, se hace comida para que participemos de Él, de su divinidad. Comiendo de su pan y bebiendo de su vino nuestro ser se transforma. Dice san Agustín que “cuando recibimos cualquier alimento lo comido se transforma en mí; sin embargo, cuando recibo el pan Eucarístico yo me transformo en lo que recibo”

¡Silénciate y permite que tu alma sea moldeada según el pan que comulgas y que ahora contemplas y adoras!

(Tiempo de silencio) 

Audición: ESTÁS AQUÍ  (Jesed)   

Estas aquí,  aunque no te pueda ver
pues escondes tu gloria y majestad.

Estas aquí revestido solamente en el amor
bajo la forma de un pan...
 

Con sencillez te me vienes a entregar
Y en mi interior vas haciendo maravillas

Corazón con corazón, en profunda comunión
me haces templo de la Santa Trinidad. 
 

Estas aquí, aunque no te pueda ver ...  

Ven y cena conmigo, ven y mora en mi hogar,
ven y nunca me dejes pues sin ti me moriría

Me has herido con tu amor, Ven y mora en mi interior.

De ti quiero comulgar, señor...

 *

2.

La Eucaristía, SENTIR de Cristo 

“Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.  El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.  Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo,  hecho obediente hasta la muerte,  y una muerte de cruz” (Flp 2, 5-8).

Sabemos mucho. Nuestra mente, a lo largo de los años, se ha llenado de conceptos, ideas, lecciones. Sabemos mucho, pero, aunque algunos crean que basta saber para ser felices, la realidad es muy otra. No disfrutamos de la vida con el cerebro sino con el corazón: "No el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente."

La Eucaristía nos conecta directamente con un momento de la vida de Jesús en que los sentimientos afloran muy intensamente en Él. “Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él  y les dijo: `Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer´” (Lc 22,14-15). La institución del sacramento está más cargada de sentimientos que de ideas. La mente no puede comprender el misterio, sólo el corazón tiene acceso a Él por la fe.

¿Qué sentimientos embargan a Jesús esta noche? Primeramente una cierta sensación de fracaso. “Mirad: la mano del que me entrega está conmigo, en la mesa” (Jn 22,21). No hay odio en estas palabras; los discípulos se miran y se preguntan quién será el traidor.

Y acto seguido se enzarzan en una disputa “a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor. Pero él les dijo: ´Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve” (Jn 22, 24-26)

Jesús siente en esos momentos una necesidad al mismo tiempo dolorosa y dulce, necesidad de amar hasta el extremo. En Getsemaní clamará: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” Y se le apareció un ángel del cielo, que le confortaba” (Jn 22,42-43). El dolor lo ponen los discípulos que le abandonan y le hacen sentir la soledad de la noche oscura del alma; la dulzura la pone el Padre que le conforta por mano de un ángel.

El cuerpo y la sangre compartida en la última cena sirvió de poco a los suyos, “levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza”. Entristecido él mismo por la debilidad de los suyos, aún encuentra palabras para exhortarlos: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación». (Jn 22,45-46)

La Eucaristía invita a vivir los sentimientos de Cristo: despojo, servicio, entrega.

No nos hacen grandes las ideas que conocemos y predicamos sino los sentimientos que vivimos. “A la tarde, -dice san Juan de la Cruz- te examinarán del amor”.  Al final de nuestros días no nos preguntarán el catecismo, y tampoco se nos pedirá el balance de oraciones y actos de culto celebrados; se nos examinará de un sentimiento: del amor.

Contempla el Misterio eucarístico, donde el corazón de Cristo sigue deseando ardientemente sentarse a la mesa con los suyos; donde el amor desbordante de Dios se manifiesta despojándose de su categoría de Dios, donde se anonada haciéndose pan; por amor, todo por amor a la humanidad. Contempla y siente su amor haciéndolo tuyo. Jesús eucaristía es aliento de esperanza.

Mirando su humildad gloria a su grandeza,  y siente su amor haciendo tuyos los mismos sentimientos de “ser  hijo de Dios y servidor de todos”.

(Tiempo de silencio)

 

Audición: Miradle  (Ain Karem) 

Tened los mismos sentimientos y actitudes del Señor

Despojado, siervo humilde:
dame un corazón puro, con espíritu firme,
dispuesto a venderlo todo, pronto para servir.

Obediente hasta la muerte en la cruz:
dame un corazón noble, con espíritu generoso,
firme en la contrariedad, en el Padre abandonado.

Amor compasivo:
dame un corazón bondadoso, maduro en el amor
por la fuerza de tu Espíritu, afincado entre los tuyos.
¡Miradle y quedaréis radiantes! Será perpetua vuestra alegría.

*

3.

La Eucaristía, AMOR de Cristo

“Me buscáis -dijo Jesús a la turba que le abrumaba- no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios». Ellos le preguntaron: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,26-28)

Uno esperaría que Jesús, a la pregunta: ¿qué tenemos que hacer para realizar la obra de Dios?, respondiera: Amaos unos a otros. Pero dice: la obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado. ¡Qué serio parece lo de creer en Jesús! No se trata de asentir con la razón a su existencia sino con el corazón y las manos. Creer en el enviado es fiarse de su amor e imitarlo.

Hay una piedad falsa que llamamos “piedad del golpe de pecho”. Es la piedad que se queda en los sentimientos, mejor diríamos en el sentimentalismo; se queda en las formas, sin ir al fondo y al barro.

La forma son los adornos: la fidelidad y perfección con que practicamos nuestras devociones, la estética de nuestros altares y cantos litúrgicos y todo lo que emociona nuestro corazón; son formas sin fondo si no mueven nuestro cuerpo a abrazar a los hermanos más pobres y necesitados.

El fondo es la compasión que traspasa los límites del interiorismo y sale a la calle; Iglesia en salida, dice el Papa Francisco. Amor que no teme mancharse con el barro de las miserias humanas conviviendo con ellas.

“Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Jesús instituyó la Misa como un recuerdo. ¿Recuerdo de qué? De toda su vida. San Juan en su evangelio evita narrar propiamente la institución; se limita a destacar el lavatorio de los pies. Y termina, como los otros evangelistas, apelando a la memoria; pero en este caso no tanto al recuerdo del rito sino del acto de servir a los más pobres lavándoles los pies. Lavar los pies a quien llegaba a casa era tarea de esclavos, de siervos; y Jesús realiza ese gesto socialmente denigrante. Carga con el oficio y el desprestigio social de los esclavos.

En camino hacia el Calvario cargará con los pecados de la humanidad. Subirá con ellos al árbol de la Cruz, y podemos entender sus palabras eucarísticas. “Esta es mi sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados”. (Mt 26,28).

En Jesús rito y vida se unifican y complementan; el rito explica, la vida realiza; las palabras de la última cena dan las claves de su pasión: "esta es la razón por la que me dejo en manos de los que me crucifican, amor, sólo por amor; podría destruiros, podría pedir a mi Padre que mandara un ejército de ángeles que acabara con vosotros (cf Mt 26,53-54), pero “yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37), y el amor es la única verdad".

Resulta curioso que la “obra de Dios” sea “creer”. Podría decir “amar” y nos parecería más lógico y amable. Pero dice “creer”; porque sólo quien cree de veras ama, sólo quien se entusiasma con la persona de Jesús encuentra el verdadero amor, sólo quien se pierde en Él puede llegar a amar como Él.

Cuando Jesús dijo «la obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» “Le replicaron: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?". La obra de Jesús es la obra del amor; lo único capaz de saciar el corazón. Jesús es ese amor. Jesús es la obra de Dios. Hemos sido creados para amar, para dejarnos comer por los que nos rodean. Amando hemos encontrado la clave para vivir satisfechos. Al hablar del pan del cielo, los judíos dijeron: «Señor, danos siempre de este pan» (Jn 6,29-34). Aunque tal vez ignoraban que ese pan lleva consigo la muerte al propio ego para resucitar a Él.

Mírate en Jesús crucificado, entregado voluntariamente por ti, porque te ama. Y pregúntate: ¿A cuántas personas amo como él me ama? ¡A cuántos enemigos tengo que perdonar!, ¡Cuántas injusticias tengo que restañar!

San Agustín oraba así: “Dame, Señor. lo que me pides y pídeme lo que quieras”. La Eucaristía es el alimento con el que Dios te da la fuerza o virtud necesaria para llevar adelante la vida misma de Jesús en ti. Haz tuya esta oración: Señor, ¡dame siempre de tu pan!, y pídeme lo que quieras.

(Silencio)


Audición: La medida del amor (Hakuna)  

¿Cuál es la medida del amor?

¿Cuánto alcanzan los latidos del dolor?
“Padre mío, dales tu perdón;
aún no saben que esas manos son de Dios”.

Se conmueve el universo en cada golpe
y el silencio deja hablar al corazón.
Un madero y unos clavos empapados
de la sangre del más bello Redentor.

Tu dolor me vuelve loco, me da vida,

y sin hablar me enseña todo
lo que puede un corazón,
la medida sin medida del Amor.

 

En la Cruz clavaron el amor,
y un abrazo se hizo eterno en mi dolor.
Clávame contigo, mi Jesús,
quiero darme y darlo todo como Tú.
 

Se conmueve el universo en cada golpe
y el silencio .....

 *



(Tiempo para compartir, dar gracias, pedir dones

o simplemente alabar y adorar)

 * * *

Oración final

Cenar con los amigos, abrirles el corazón sin miedo,
lavarles los pies con mimo y respeto,
hacerse pan tierno compartido y vino nuevo bebido.

Embriagarse de Dios,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Visitar a los enfermos, cuidar a ancianos y niños,
dar de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos;
acoger a emigrantes y perdidos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Enseñar al que no sabe, 
dar buen consejo al que lo necesita,
corregir al que se equivoca. 
Consolar al triste,
tener paciencia con las flaquezas del prójimo.
Pedir a Dios por amigos y enemigos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Trabajar por la justicia, 
desvivirse en proyectos solidarios,
superar las limosnas. 
Amar hasta el extremo,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Ofrecer un vaso de agua, 
brindar una palabra de consuelo,
abrazar con todas nuestras fuerzas, 
denunciar leyes injustas,
salir de mi casa y de mi círculo.
Construir una ciudad para todos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.

Un gesto solo, uno solo, desborda tu amor,
que se nos ofrece como manantial de vida.
Si nos dejamos alcanzar y lavar,
todos quedamos limpios, 
como niños recién bañados,
para descansar en su regazo,

¡Lávame, Señor! ¡Lávanos, Señor!

 * * *

EL señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleva a la vida eterna.

¡Buenas noches!

 

jueves, 3 de abril de 2025

El caso de la mujer adúltera (V Cuaresma. 6 de Abril)



EVANGELIO
Juan 8,1-11.

¨En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
- «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
- «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
- «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».

Ella contestó:
- «Ninguno, Señor».

Jesús dijo:
- «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más»."

Palabra del Señor

*

El pasaje de la mujer adúltera, es una lección para "los que se creen justos y desprecian a los demás". Para poner en evidencia la falsedad farisaica el evangelio de san Lucas narra la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). San Juan es más directo y pone ante nuestros ojos un caso concreto de desprecio al pecador a cuenta de quienes se creen santos.

El filósofo Thomas Hobbes dijo en su momento que «el hombre es un lobo para el hombre», es decir, un ser que se realiza destruyendo, sometiendo y devorándolo al otro. Tal vez la definición sea exagerada (aún creo en la bondad del género humano), pero observando el medio ambiente que vivimos y los acontecimientos políticos, económicos y bélicos del momento no puedo ocultar que el aforismo de Hobbes lleva algo de verdad.

Desde el puesto de observador imparcial es imposible no ver como muchas personas sólo  parecen realizarse cuando encuentran carnaza que devorar, cuando tienen a tiro de piedra algún adúltero o adúltera en quien gozarse apedreándole y despedazándole con sus malas maneras o su fruición verbal. Produce tristeza ver esto no sólo en personas individuales sino también a nivel de colectivos sociales; sorprender al otro en infidelidad y exponerlo a escarnio, juicio y condena públicas parece ser la táctica política preferida hoy por muchos.  Así, regocijándose en la miseria del otro, muestra el fariseo-hombre-lobo su personalidad; es un ser tan acomplejado e inseguro que solo sabe afirmarse a sí mismo negando a los otros. 

Aquellos que pretendían poner en evidencia a Jesús a costa de la mujer adúltera pertenecían a ese gremio: el de los fariseos-hombres-lobo comedores de carroña, raza de los que se creen impecables, inmaculados, santos, y, por tanto, convencidos de su derecho a juzgar y decidir sobre los demás con total impunidad.

Frente a la postura condenatoria propia de la tribu farisaica el evangelio revela la actitud acogedora y compasiva de Jesús. Leíamos la pasada semana, en el capítulo 15 de san Lucas, que Jesús acogía a los publicanos y los pecadores, y los fariseos le criticaban por ello (cf Lc 15,1-2). El episodio de la adúltera redefine la actitud legalista farisaica y la misericordiosa de Jesús.

"Para comprometerlo y poder acusarlo" llevan ante Él a una mujer sorprendida en adulterio. No les importa la mujer ni lo que pueda ocurrir con ella; para ellos es simplemente un objeto para un fin: ridiculizar y desautorizar a Jesús. Y con este fin le preguntan: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices?” (Jn 8,4-5). Si dice que no hay que apedrearla dirán de Jesús que va contra la ley, y si responde que sí perderá el favor del pueblo, que lo tiene por justo, bueno y misericordioso.

Situado ante la trampa, la respuesta de Jesús es, tras breve reflexión mientras escribe en el suelo, escueta y sorprendente: “el que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8,7). Con estas sencillas y concisas palabras pone a los judíos ante su propia miseria; les obliga a mirarse a sí mismos; ¡y bien que lo hicieron!, porque “se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos” (Jn 8,9). Jesús los puso ante el espejo de la verdadera justicia, la que ellos esperaban para sí mismos de Dios: la compasión y la misericordia.

Y, ¡aleluya!, los fariseos reaccionaron con la catequesis de Jesús; primero los más viejos, tal vez porque la vejez, aparte de endurecer el corazón, también lo ablanda con la memoria de las propias miserias. Sea como fuere, y aunque solo fuera por vergüenza, aquellos lapidadores tuvieron la suficiente honradez como para reconocer que estaban equivocados; y no porque la ley de lapidar a la adúltera no existiera, que existía y por tanto actuaban conforme a ella, sino porque descubrieron que, ley aparte, ellos deberían ser los primeros en ser apedreados hasta morir.

Tuvieron aquellos fariseos la honradez de mirar su propio pecado, y desde ahí fueron capaces de dejar caer las piedras dispuestas a ser lanzadas y mostrar misericordia. Aquellos judíos acusadores son pues, criticables por una parte, pero dignos de consideración por el valor de reconocer su propio error. Iniciaron ahí su conversión al Dios del perdón.

* * *

Este domingo previo a Ramos el Evangelio  te pone ante ti mismo. Quiere que mires tus manos cargadas de piedras dispuestas para ser arrojadas sobre unos y otros sin misericordia. Quiere Jesús que te preguntes: ¿Acaso estoy libre de pecado? ¿No soy tan miserable como los adúlteros a los que apedreo con mis juicios mentales y mis palabras? ¿Con qué derecho me erijo en acusador de mi hermano? Jesús te invita hoy a perdonar y a pedir perdón, entre otras razones porque “si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas”(Mt 6,15); no porque no quiera Dios perdonarte, sino porque la puerta del perdón es única, y cuando se cierra impide el paso en ambos sentidos.

Jesús no se goza en condenar, sino en salvar. Ese es el camino a seguir, el de quien no construye su personalidad pisoteando al prójimo, sino aupándole del barro, perdonándole y animándole a cambiar de vida: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,11). ¿No es hermoso oír estas palabras como dirigidas a uno mismo?

En estos días que restan para la Semana Santa, suelta las piedras acumuladas en tus manos, descárgate de juicios y violencias, y toma la rama de olivo, porque va a entrar en tu vida el Rey de la paz y la misericordia.

* * *

Hace tres años, con la guerra de Ucrania recién iniciada, comentaba el acontecimiento al hilo del evangelio de hoy. 

Durante estos años, hasta el triunfo electoral de  Donald Trump, hemos ido congelando o archivando en nuestro pensar y sentir ordinarios las noticias bélicas de Ucrania y Rusia; nos hemos acostumbrado a las noticias de la guerra. Ahora nos ponemos nerviosos porque sin el apoyo de EEUU nos dicen que nuestra economía, seguridad y vida capitalista puede entrar en un tiempo de riesgo serio. ¿De verdad nos importan las vidas de los miles de ucranianos y rusos que han muerto estos años? Por el interés mostrado parece que lo único que nos importamos somos nosotros. 

Lo que de verdad necesitamos todos (Europa, EEUU, Rusia y Ucrania, Irán, Israel y Palestina, etc.) es una conversión del corazón a la misericordia. Sin perdón no es posible la paz. No avanzaremos hacia la paz mientras sigamos viendo en "la mujer adúltera" nuestras propias sombras: ¿no deseamos apedrear en la adúltera nuestro inconfesable deseo de adulterio?, ¿no odiamos en los beligerantes de las guerras de hoy el oculto deseo de venganza que todos llevamos dentro y que se activa cuando hallamos a quien odiar "decentemente"?. La verdadera conversión a la misericordia debe comenzar por uno mismo. Jesús pone ante sus detractores un espejo donde mirarse; observa cómo sólo aceptando que su odio a la adúltera nos es sino el odio a sus propios deseos adúlteros se desactiva la violencia de los fariseos, se sueltan las piedras y se puede comenzar un camino de reconciliación. 

El artículo de hace tres años lo tienes en:


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