sábado, 15 de agosto de 2026

Dios es para todos (16 de Agosto)


EVANGELIO (Mt 15,21-28)

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada.

Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»

Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»

Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»

Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»

Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor

*


Tendemos a catalogar a las personas recurriendo a sus matices externos y a nuestros criterios subjetivos. Así establecemos divisiones entre los hombres según el color de la piel (negros - blancos, mulatos - amarillos), según la ideología (centro-derecha-izquierda), las religiones (cristiano-ateo-musulmán-judío...), la clase social (ricos-pobres), la formación académica (titulados-sin estudios), la procedencia (extranjeros-nacionales; del norte-del sur; andaluces – extremeños – catalanes – vascos – etc.)

Este afán divisorio, esta afición por lo específico, nos lleva con frecuencia a minusvalorar lo genérico, que es con mucho lo más importante, porque todos somos, antes que nada, personas, seres humanos, hijos de Dios con una dignidad inviolable. Cuando la mirada deja de ser rastrera (a ras de tierra) y se sitúa en las alturas (desde Dios), desaparecen las fronteras físicas, políticas, sociales e incluso religiosas. Como decía aquel estribillo de tanto éxito en su momento: ¿De qué color es la piel de Dios? ¿Negra, amarilla, roja, blanca? Todos los colores son iguales a los ojos de Dios. Cuando lúcidamente prevalece el valor de la persona como lo más valioso, desaparecen las divisiones sin detrimento de las diferencias.

La mirada de Jesús es universal.

La universalidad del mensaje de Jesús y su salvación es un tema central en los evangelios. No se limitó a predicar la Buena Nueva al pueblo judío; también “salió y se retiró al país de Tiro y Sidón” (Mt 15,21), ciudades paganas, oficialmente habitadas por aquellos a los que llamaban infieles. Jesús sale a la búsqueda de todos y a él acuden en su busca gente de toda raza, mentalidad y condición. El evangelio de los magos de oriente que se lee en Epifanía (Mt 2,1-12) proclama la universalidad de la salvación anunciada por los profetas del Antiguo Testamento y cumplida en el Nuevo: “Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos”. (Mt 8,11-12).

Lo que en el citado texto de san Mateo se afirma en general, se particulariza en el encuentro de Jesús con la mujer cananea que narra el mismo evangelista (Mt 14,22-33). El diálogo,  un tanto “áspero” de Jesús con la mujer de Canaán, y el desenlace del cruce de palabras, ponen de relieve la diferencia entre la manera nacionalista judía de entender a Dios y la manera cristiana que rompe con los sectarismo y proclama la universalidad (catolicidad).

Para entenderlo bien hemos de tener en cuenta la distancia social que en la época de Jesús existía entre una mujer extranjera y un rabino judío (así consideraban muchos a Jesús). Esta mujer ve en el predicador del Reino el último recurso para la sanación de su hija; su amor de madre le lleva a implicarse hasta el límite para conseguir su propósito. A sabiendas de que no tiene otro modo de acceder a Jesús: “se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor". Los discípulos, molestos por tanto grito e insistencia, interceden por ella ante el maestro: “Atiéndela, que viene detrás gritando”.


Lo importancia de la fe.

Jesús, para sorpresa de quienes le conocen, responde desmarcándose de la mujer y como alineándose con el grupo de fariseos fanáticos y nacionalistas que desprecian a los que no son judíos: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 15,24). La cananea, sin ceder ante lo que parece una negativa a sus pretensiones, se abre paso, se postra ante Jesús e insiste pidiéndole “de rodillas: Señor, socórreme”. Y Jesús vuelve a ponerla a prueba con un dicho de la época que evidencia el desprecio judío al extranjero: "no está bien echar a los perros el pan de los hijos”.

Al decir eso Jesús está llamando “perra” a la mujer (los judíos consideraban como perros a los paganos ), que a pesar de todo, insiste e su oración con una humildad desmedida. "También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Con estas palabras se sitúa en el último lugar, acepta el envite de humildad que Jesús le ha lanzado, no tiene inconveniente en considerarse una “perra” indigna de recibir las atenciones del Señor, y desde su abajamiento sigue orando: “al menos deja que pruebe las migajas de tu mesa, esas que ni siquiera se le niegan a los perros”.

Como ocurrió con el centurión pagano que pidió la curación de su siervo (cf Mt 8,5-15), esta mujer recibe finalmente la alabanza de Jesús por su fe: “Mujer, que grande es tu fe”. Y la fe, depurada en el combate espiritual (constancia e insistencia de la oración) encuentra finalmente respuesta: “que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija”.


Un Dios abierto a todos

Del encuentro entre Jesús y la cananea puedes extraer unas enseñanzas interesantes:

* La fe es un don de Dios, y el mismo Dios la pone a prueba, con su silencio, incluso con experiencias que en un momento dado parecen decirte que Él no está contigo sino en tu contra. Esto le ocurrió a la mujer cananea, a pesar de lo cual su fe no desfalleció tal como mostró con su oración insistente y perseverante. Si permaneces fiel en la adversidad, si depuras tu fe en el combate espiritual, serán finalmente escuchadas tus plegarias y sanadas tus heridas.

* Jesús, que ha venido “para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4), anuncia un mensaje de sanación universal. El Reino de los cielos (la justicia, el amor, la paz, el entendimiento entre los hombres, que predica Jesús) tiene un alcance global. No es un privilegio para ti y para unos pocos elegidos (sean éstos los judíos de entonces o los católicos de ahora), sino don “para todos” (“sangre-vida derramada por todos para el perdón de los pecados", Mt 26,28”). Con Jesús se cumple la profecía de Isaías: “A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores,… los traeré a mi Monte Santo” (Primera lectura de hoy: Is 56,6). Dios no se cierra a nadie que se acerque a Él con buena voluntad. Acércate pues, a Él con humildad y no desprecies a nadie por el color de su piel, sus ideas, sus creencias, su religión o cualquier otra diferencia superficial.

* La humanidad enteras es invitada a comer en la mesa el “pan de los hijos”, ese pan que es el mismo Señor dándose como alimento (cf Jn 6,35). Y no está bien que se eche este pan a los perros (cf Mt 7,6), porque no lo valorarían, pero tampoco es correcto negárselo a quien lo pide humildad, sea de la condición que sea. San Juan de la Cruz habla de las "meajas" que caen de la mesa  como aquello que sacia nuestro hambre natural; pero hay un hambre sobrenatural que sólo se sacia comiendo en la mesa de Dios. 

* Sólo cuando la humanidad entera esté sentada y coma reunida en torno a la mesa del Padre se podrá hablar de la plenitud del Reino; te toca a ti y a mí trabajar porque el pobre Lázaro, que por compasión come las migajas de la mesa (cf Lc ), se pueda sentar con justicia junto a ti y a todos en la mesa de la riqueza. No margines a nadie, no pongas color ni a Dios ni a nadie porque no lo tiene. Si acaso su color es el del arco iris: si hemos sido hechos a su imagen y semejanza (cf Gn 1,26) entonces todos los colores son suyos. 


* La misericordia de Dios que se deja ver en Jesucristo no necesita pasar por el tamiz de ninguna cultura concreta (judía, árabe, griega, china, posmoderna, etc.) para ser comprendida y asimilada. El amor de Dios es cauterio  para las heridas de todas las gentes de todos los tiempos y lugares. ¿No es universal el lenguaje del amor compasivo? Mi Dio sy tu Dios es “Padre nuestro” (Mt 6,9), y no podemos entender su ser sin los hermanos, todos los hermanos. ¿Acaso te crees mejor que alguno de ellos? “Dios nos dejó en desobediencia a todos para tener misericordia de todos” (Segunda lectura de hoy: Rm 11,32). Todos pecamos en Adán y todos somos salvados en Cristo (cf Rm 5,18). Si marginas a cualquiera no admitiéndolo en la mesa común pecas de soberbia y te apartas de Dios.

*Finalmente, y para meditar la grandeza de los dones que Dios ofrece a sus hijos en la mesa  transcribo un dicho de san Juan de la Cruz. Para este santo místico  las "meajas" que caen de la mesa son las pequeñas satisfacciones que nos dan las cosas materiales. Hay quienes se conforman con ellas, pero la satisfacción plena sólo se alcanza por participación en la vida misma de Dios que ya se nos ha dado en Jesucristo. Es conmovedor y sorprendente lo que dice el santo; 
"Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre.

Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón". (Dichos de luz y amor, 26)

 No es Dios el que habla en este texto sino el alma enamorada que sabe que el Amado le da todo si confía en Él, como a la mujer Cananea. Lee, relee y medita estas palabras y admírate de las grandezas que esperan a quienes ponen su fe en un Dios tan grande que sorprende haciéndose pequeño para compartirse con la humanidad.

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Feliz domingo.

Agosto, 2026
Casto Acedo.

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