miércoles, 30 de abril de 2025

Dos reflexiones al hilo del III domingo de Pascua C.


1.
Invitación al apostolado
(Reflexión personal para agentes de pastoral)

En la raíz de muchas de tus desilusiones pastorales está el hecho de querer evangelizar sin evangelizarte a ti mismo. ¿No dedicas un tiempo excesivo a proyectos pastorales y muy poco a ponerte a los pies el Señor escuchándole en la Palabra, en el templo y en la calle? ¿Puedes ser apóstol sin poner a Cristo resucitado en la base de tu vida? Quien no escucha la palabra -quien no es evangelizado- ¿cómo puede evangelizar? ¿Se puede ser buen pastor sin intimidad con Cristo y contacto directo con las ovejas? Tal como dijo el papa Francisco: no es buen pastor el que no huele a oveja. Tampoco el que no ha asimilado que sólo hay un Buen Pastor en sentido preciso: Jesucristo.

Hubo un momento en que Pedro tuvo miedo al seguimiento; no estaba dispuesto a seguir a su maestro hasta el final. Recuerda cómo quiso andar sobre las aguas y finalmente hubo de reclamar la ayuda del Señor por su miedo y poca fe (cf Lc 14,22-34), o cómo tentó al mismo Señor pretendiendo alejarle de la cruz (cf Mc 8,33), o la triple negación después de haber jurado fidelidad hasta la muerte (cf Mc 14,31; Mt 26,35). Jesús a través de la vida de Pedro te dice implícitamente a ti lo mismo que a él:
Has fracasado, me has negado, no te has dejado guiar por mí, no has seguido mi Palabra sino la tuya; bienintencionada, pero tuya. “¡No te negaré jamás!”, me dijiste. Y tres veces me negaste. Hoy me has escuchado, y por eso has echado las redes; te has arrojado al agua, te has mojado, has renovado por tres veces tu amor por mí y te has dejado ceñir por el Espíritu, que te llevará a donde no quieres. Hoy la pesca ha sido abundante. ¿Por qué? Porque hoy has puesto mi Palabra antes que la tuya.
Tres veces negó Pedro al Señor antes de la Pascua, y tres veces hubo de confesar, tras la resurrección, que lo único importante para él era su Señor. Te engañas a ti mismo si crees que puedes ser maestro sin ser discípulo, que puedes anunciar la Pascua (el paso) de Cristo, sin que previamente la Pascua pase por ti. ¿Cómo pretendes colocar al Señor en el centro del mundo si tú mismo lo tienes al margen de tu vida? ¡Hipócrita! (cf Mt 7,3-5).

Los evangelios nos muestran una imagen del primer Papa como hombre en constante proceso de fe, hasta ceder a Cristo el control de su propia vida; será Dios quien marcará los pasos que le guiarán hasta la prueba del martirio; ¿ha renunciado por ello a su libertad? No. Porque Dios sabe lo que más te conviene para ser libre, y fiándose de Él fue fiel a sí mismo, a sus promesas y aspiraciones.

* * *

 

2.
¿Pescar en la pecera?
(Una reflexión para instituciones eclesiales y comunidades)
 
Una segunda reflexión; en este caso más para pescadores de salón; me refiero a los que no están dispuestos a remar mar a dentro, donde se corren riesgos, y se limitan a "pescar en la pecera", haciendo lo que se ha hecho siempre y huyendo de todo lo que suene a creatividad pastoral. Todos los conocemos. Normalmente son pescadores que buscan arrimar el pez ya pescado a su particular red, a su institución religiosa, su movimiento o hermandad particular, a su modo exclusivista de vivir la fe.

Los movimientos de la Iglesia deberían estar al servicio de las parroquias acercando a los hombres a la Iglesia en su concreta comunidad parroquial. Pero, sin desmerecer a los que aún trabajan para este fin (¡en teoría todos suelen declararlo sobre el papel en sus estatutos!), da la sensación de que abundan cada vez más los que no ven a la parroquia sino una pecera de segundo orden, de la cual se pueden sacar peces para asegurarles su futuro en la charca del grupo particular. Éstos están más interesados en tomar peces de la red que en añadirlos. ¿No es esto un contrasentido?

Me atrevo a decir que muchos movimientos eclesiales, al menos en España, tuvieron una época dorada en la que sirvieron muy eficazmente de plataformas a las iglesias locales acercando con ilusión a los fieles a la mesa común (un recuerdo especial a la Acción Católica y al Movimiento de Cursillos de Cristiandad). Pero ahora veo movimientos envejecidos, cansados, con esa "tristeza dulzona" que dijo el papa Francisco (EG 83), de quienes "se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando" (EG, 96).

Están perdiendo tropa, bien por abandonos o simplemente por defunción de sus miembros envejecidos. Se niegan a reformar sus predios y para subsistir no encuentran otro camino que allegar adeptos a su causa entre los que ya están en la causa de Cristo, aunque en otros lugares que califican de inferiores a los suyos. Todo movimiento eclesial debería acercar a la parroquia, pero algunos dan la sensación de que en su agonía sólo buscan subsistir vampirizando, pescando en la pecera.

¡Cuántos pescadores, ingenuamente, ven en la parroquia el único caladero! Echan el ojo a éste o a aquel feligrés de misa dominical y se lanzan a la caza y captura de la pieza para su particular institución. Sacan los peces de la red ya recogida, en vez de ir a caladeros lejanos para traer más pescados a la casa de Cristo. ¡Pescadores de salón!, que no arriesgan ni piensan arriesgar!; porque lo suyo no es la vocación misionera sino el mantenimiento del status social-religioso adquirido en la institución. Echan la red en su propio nombre, no en el de Jesús.

Sabemos que la pesca fuera de los ámbitos clericales y eclesiales es ardua, difícil y complicada. Pero ¿no es esa la tarea fundamental de la Iglesia? No es fácil ser una "iglesia en salida". Primeramente porque salir supone dejare atrás determinadas comodidades. Pero sólo saliendo se puede avanzar; La solución a la crisis eclesial que vivimos en occidente no pasa por pescar en la pecera repitiendo una y otra vez la misma música una cacofonía pastoral que más que armonía sólo produce cansancio interior y rechazo.

Para ser un buen apóstol hay que escuchar en serio su llamada ("¡Sígueme!", Jn 21,19) y, dejando atrás lo viejo, embarcarse en la novedad de ser discípulo; estando dispuesto a la aventura, a arriesgar, a salir a las periferias para echar las redes en nombre del Señor; y luego sentarse a la mesa común, ahí donde el mismo Cristo se hace con nosotros Iglesia.
 
Mayo 2025.
Casto Acedo 

sábado, 26 de abril de 2025

Novena a la Virgen de la Albuera (Día 6º. Nube)

 Novena a la Virgen de la Albuera


Dia 6º. Nube

Vos sois, ¡Oh, gran señora!, admirable Nube que lloviste al mundo, con el Justo, copiosas aguas de misericordia. Y en Vuestra divina imagen sois mística Nubecilla de Elías  que, subiendo del mar, regáis con dulces y abundantes aguas la tierra de nuestros campos para que produzca copiosos frutos. Regad, pues, Nube divina, la tierra seca y estéril de mi corazón para que, fertilizada con la lluvia de vuestras gracias, produzca copiosos frutos de obras buenas. Convertid las amargas aguas de la culpa que esterilizan mi alma en aguas dulces de virtud que la endulcen y fertilicen en lo bueno. No me neguéis, Señora, esta gracia, porque me conviene, ni la especial que os pido en esta Novena, si vos sabéis que es útil para mi bien. Amén. 

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En libro bíblico del Éxodo dice que cuando el pueblo de Israel peregrinaba por el desierto hacia la tierra prometida, “el  Señor caminaba delante de los israelitas: de día, en una columna de nubes, para guiarlos por el camino; y de noche, en una columna de fuego, para alumbrarlos; para que pudieran caminar día y noche. No se apartaba de delante del pueblo ni la columna de nube, de día, ni la columna de fuego, de noche" (Ex 13,21-22). La nube representa la presencia de Dios, y la Virgen María, que lleva en su seno al Hijo de Dios, es también portadora de la presencia divina, es “nube viviente”.

El pedestal de nuestra imagen es una nube nimbada de ángeles; la Virgen de la Albuera sostenida y apoyada en la nube de Dios; y también ella misma “nube” que sostiene en sus manos al niño que trae la paz de la gracia en sus manos. La nube es algo que se ve, pero no se puede asir, no se puede agarrar ni atar; permite ver la luz sin ser ella la luz; las Sagradas Escrituras nos dicen que no se puede ver a Dios (Ex 33,20), pero sí podemos ver su reflejo en sus criaturas; la Virgen Madre Inmaculada es la criatura más sublime, la que mejor nos permite ver claramente a Dios en sus gracias.

* * *

Por María nos acercamos y palpamos a Dios; y también por la Virgen María llega Dios a nosotros. Hay un texto bíblico que nos ayuda a entender esta verdad desde el título “nube” aplicado a la virgen María. Es una escena que se desarrolla en el monte del Carmelo, símbolo mariano, lugar donde los primeros carmelitas, allá por el siglo XII, eligieron a la Virgen María como su patrona.

La Biblia nos dice de que, tras casi cuatro años de prolongada sequía, “el profeta Elías dijo al rey  Ajab: «Sube, come y bebe, porque va a llover mucho».  Ajab subió a comer y beber, mientras Elías subía a la cima del Carmelo para encorvarse hacia tierra, con el rostro entre las rodillas.  Había ordenado a su criado: «Sube y mira hacia el mar»; el criado subió, miró y dijo: «No hay nada». Elías repitió: «Vuelve»; y así siete veces. A la séptima dijo el criado: «Aparece una nubecilla como la palma de una mano que sube del mar». Entonces le ordenó: «Sube y dile a Ajab: “Engancha el carro y desciende, no te vaya a detener la lluvia”». En unos instantes los cielos se oscurecieron por las nubes y el viento, y sobrevino una gran lluvia” (1 Re 18, 41-44).

Contemplamos la escena: El rey Ajab, que podría ser cualquiera de nosotros, esperando que la oración sea escuchada;  Elías, el profeta, orando con perseverancia; por siete veces se detiene para preguntar al criado si ve venir algo desde el mar; en seis de esas ocasiones la respuesta fue “no hay nada”; pero en la séptima  oración el criado responde: “Aparece una nubecilla como la palma de una mano que sube del mar». Es un signo: una nubecilla, pequeña, como la palma de una mano, que se acerca” y “en unos instantes los cielos se oscurecieron por las nubes y el viento, y sobrevino una gran lluvia”.

La tradición carmelitana ha entendido siempre que esa pequeña nube, que trae agua abundante es la Virgen María, mujer pequeña, sencilla, insignificante, pero que lleva en su seno el agua viva que es Jesús. Sin la nubecilla no habría nubarrones que descarguen la lluvia; sin la Virgen María no se hubiera cumplido esta profecía de Isaías 45,8: “¡Cielos, lloved vuestra justicia, ábrete tierra, haz germinar al Salvador!”.  La justicia y salvación de Dios nos vienen del cielo; la tierra que se abre a la Presencia de Dios, queda preñada de Él y  da fruto. La Virgen María es la tierra fecunda que recibe de Dios la semilla de la salvación y permite que Dios Encarnado, Jesús, germine y crezca en la tierra y de frutos de vida eterna.

* * *

María es una "nube pequeña" que acaba siendo la que trae la lluvia en periodo de sequía. Su aparente insignificancia ("nubecilla") merece ser elogiada; en ella tenemos el elogio de la sencillez; la vida se edifica desde los pequeños detalles. Si bien es verdad que las grandes solemnidades, como la Misa Solemne y la Procesión de la tarde,  marcan el ritmo de la devoción mariana de san Pedro de Mérida, lo cierto es que es más sencilla y auténtica la devoción que acude con más frecuencia a la Virgen. Sin la oración diaria, sin el encuentro semanal con Cristo a los pies de Nuestra Señora, las grandes solemnidades quedan desdibujadas, borrosas, poco definidas. ¿Qué pensar de quien sólo visita a su madre en fechas muy señaladas? ¿No se esconde en ello cierta desidia o interés? 

Ella canta y enseña que el Señor "derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes" (Lc 1,52), que la vida no la llenan los resplandores de fuegos de artificio ocasionales sino la luz del día día. Su imagen no pretende deslumbrar sino alumbrar; tampoco quiere anotar en su haber lo que sabe que es don de Dios: se asustó ante las palabras del ángel de la Anunciación, pero dio paso a la acción del Espíritu en ella: "!hágase en mí según tu palabra!" (Lc 1,29.38). Tanto ella como san José desparecen en los Evangelios una vez han cumplida su misión.  

* * *

Contempla hoy a María de la Albuera como Nube divina que viene a ti, que tienes sed de Dios, trayendo la lluvia que es su Hijo. Y termina haciendo tuyo su gozo cuando Isabel le dice. "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1,42). Canta con ella:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo, y su misericordia
llega a sus fieles de generación en generación. 

Él hace proezas con su brazo: 
dispersa a los soberbios de corazón, 
derriba del trono a los poderosos 
y enaltece a los humildes, 
a los hambrientos los colma de bienes 
y a los ricos los despide vacíos. 

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia 
 —como lo había prometido a nuestros padres— 
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

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Abril 2025
Casto Acedo

viernes, 25 de abril de 2025

Novena a la Virgen de la Albuera (Dia 5º Nave)

Novena a la Virgen de la Albuera


Dia 5º. Nave 
Vos sois, ¡Oh Abogada nuestra!, la Nave del Mercader divino, que desde el cielo lo trajiste a la tierra, el pan de ángeles y hombres, Jesucristo; nueve meses navegó felizmente el Dios humanado por el mar de este mundo, embarcado en vuestras purísimas entrañas. Pero ¿quién no navegará seguro por el mar de este mundo si se embarca en la Nave de vuestra protección? Espero de vuestra piedad compasiva que me conduciréis felizmente entre las olas y peligros de este siglo al seguro puerto de la eterna gloria y provecho de mi alma. Amén.

* * *

Nos ofrece hoy la novena la imagen de una nave, un barco, para describir a la Virgen María, imagen muy común también a la  hora de describir el ser de la Iglesia. Existe una gran afinidad entre la Virgen María y la Iglesia.

Hoy me gustaría detenerme en reflexionar sobre esta relación tan íntima. También a la Iglesia la llamamos madre, nuestra santa madre Iglesia, una consideración que no solemos tener en cuenta. La Iglesia es madre porque en ella, en la pila bautismal, nacimos a la vida nueva de hijos e hijas de Dios. La  Iglesia nos dio a luz por el agua y el Espíritu en el bautismo, y como buena madre nos educada con la catequesis, nos alimenta con los sacramentos y nos da el calor familiar con la comunidad de vida.

* * *

Nuestro concepto de Iglesia suele quedarse en el de una institución de poder y autoridad. Vista así la Iglesia es el papa, los obispos, los curas, las monjas y monjes, los religiosos y religiosas. A esto es a lo que nos referimos normalmente cuando se habla de la Iglesia. Pero ¿es esto la Iglesia?

La  palabra “ecclesia”, latina, significa “asamblea”, y se aplicó a los primeros cristianos que se reunían cada domingo en asamblea. “Ir a la asamblea” acabó significando  “ir a un lugar donde se reunían los cristianos”; y cuando se construyeron templos “ir a la Iglesia” pasó a ser “ir al templo”; la palabra iglesia pasó así a significar también el lugar donde se reúnen los cristianos. Más tarde se identificó con el clero, los que gestionaban el culto y funcionamiento de los templos e instituciones religiosas, restando importancia al pueblo de Dios  como parte de ella. En el siglo XIX se impuso la idea de la Iglesia como “sociedad perfecta”,  lo cual generó una soberbia eclesiástica que no podemos negar. Pero ¿es la Iglesia un edificio,  un grupo de dirigentes eclesiásticos o una “sociedad perfecta”?

El concilio Vaticano II habla de la Iglesia definiéndola como “Pueblo de Dios”. Por tanto cada uno de los bautizados no es que "tengamos o estemos" en una Iglesia sino que "somos" Iglesia. También dice el Concilio que la Iglesia es “sacramento”, signo visible de la realidad invisible que es Cristo. A mí me gusta decir que la Iglesia es la comunidad de aquellos que se han encontrado con Jesús resucitado o han sido encontrados por Él y comparten esa misma experiencia de muerte y resurrección, de amor y de entrega de Jesús.

Hay quien sigue pensando que los curas son unos funcionarios públicos que tienen la obligación de servir al pueblo en los ritos. La Iglesia son los curas, dicen. Pues que se preparen éstos para la desaparición de una Iglesia así,  porque los curas son una especie en vías de extinción. Si no se da un paso de “la Iglesia son los curas” a “todos somos Iglesia” estamos gastando energías para nada. 

Si queremos una buena enseñanza de lo que es y a lo que está llamada  la Iglesia podemos mirar a la Virgen. Mucho de lo que decimos de la Iglesia lo hemos aprendido de nuestra Madre. Igual que ella asumió la obediencia a Dios haciéndose portadora de la persona de Jesús durante nueve meses para dar a luz al Salvador, así la Iglesia, obediente a la voluntad de Dios, hace presente a Jesucristo. En la Iglesia, como en María, se sigue dando el misterio de la Encarnación de Jesús.  María cuidó con esmero la vida que habitó en ella y la dio al mundo. La Iglesia tiene la misma misión: mantener viva la presencia de Cristo en ella y darlo al mundo en la evangelización, las celebraciones litúrgicas y la caridad.

Por otra parte, los cristianos tenemos un deber  hacia la Iglesia, el mismo que tenemos hacia nuestra Madre la Virgen: cuidarla, acrecentarla, mimarla, atendiendo a sus necesidades materiales y espirituales (catequesis, celebraciones, cáritas). 

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La presencia de la Virgen María es muy “espiritual”, muy etérea, invisible e intocable. Pero Dios nos ha dejado su Iglesia como una “nave” más tangible, más palpable. Decimos hoy en la novena a la Virgen. “Espero de vuestra piedad compasiva que me conduciréis felizmente entre las olas y peligros de este siglo al seguro puerto de la eterna gloria y provecho de mi alma”. Muy bonito, pero ¿cómo va a hacer eso María? ¿Cómo puede protegernos realmente de los peligros? La respuesta la tenemos en la Iglesia. Ésta es la “nave” en la que La Virgen de la Albuera viaja y nos acompaña. La Iglesia nos protege dándonos a conocer el evangelio de Jesucristo frente a los peligros de las falsas enseñanzas del mundo, fortaleciéndonos con los sacramentos (bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, matrimonio, etc) y dándonos el apoyo caritativo de una comunidad que nos anima y nos permite sentir el cielo por adelantado.

La Iglesia, como María, es “la Nave del Mercader divino, que desde el cielo lo trajiste a la tierra, el pan de ángeles y hombres, Jesucristo”. En la misa la Iglesia sigue siendo nave que pone en el mundo a Jesucristo por la Palabra anunciada, la eucaristía celebrada y la caridad practicada.

No se puede ser devoto de la Virgen de la Albuera sin sentirse a la vez hijo de la Iglesia. Ella es también nuestra madre. ¿Permitiría una madre de muchos hijos que le profesara y confesara su amor a ella sin confesárselo a su vez a sus hermanos? Es verdad que la madre Iglesia no es tan perfecta como la Virgen, porque en ésta hay ausencia de pecado mientras que la Iglesia es santa (porque Dios está en y con ella) y a la vez pecadora (la formamos personas imperfectas). No obstante, una devoción a la Virgen solo es real y sincera si se da en el seno de una familia, la de la iglesia, en la que no todos los hijos son ejemplares. Y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. María es madre de misericordia, de perdón, y también a mi se me pide el esfuerzo de aceptar, perdonar y abrazar a los hermanos que formamos parte de la familia de María.

* * *

María y la Iglesia forman una  unidad misteriosa y preñada de esperanza . No me resisto a transcribir un texto de Henri de Lubac que puede servirte de meditación sobre la Iglesia, más en concreto sobre tu parroquia,  desde el prisma de la Virgen de la Albuera:

“María contiene eminentemente todas las gracias y perfecciones de la Iglesia. Todas las gracias de los santos entran en ella, como todo los ríos entran en el mar. Sobre ella, en quien ha puesto eternamente fija Su Mirada, el Eterno ha tomado la medida de todas las cosas. En ella se bosqueja toda la Iglesia, y al mismo tiempo llega ya a su última perfección. Ella es a un tiempo su germen y su pléroma. Ella es su forma perfecta, morada donde habita la plenitud de los santos. Ella es la Mansión de todos los bienaventurados, casa donde todos se alegran. María es en la Iglesia lo que la aurora es en el firmamento, y en su juvenil esplendor Ella es ya este nuevo universo que debe ser la Iglesia…

Al final de los tiempos, la Iglesia, que es la belleza de todas las almas individuales, será “toda hermosa”: María es “la misma belleza”. Ella es toda hermosa desde el primer momento de su ser… y su Amado puede decirle desde el primer instante: “No hay en ti mancha alguna”.

¡Qué espectáculo más arrobador el ver en esta sola alma, ya desde sus comienzos, todo lo que el Espíritu de Dios derramará un día sobre toda la Iglesia!

Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Ed Encuentro (Madrid, 2ª reimpresión, 1988) ,267.

* * *
Es la Iglesia la que ha mantenido viva la fe y la fiesta de la Virgen de la Albuera. Sin Iglesia sólo tendríamos estos días una "feria", un folklore exterior. La espiritualidad mariana que transmite la Iglesia, ligada a la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios, Hijo de María, es la esencia que debemos cuidar y transmitir con esmero. Hay "fiesta" cuando hay algo que celebrar; y esa celebración es siempre en comunidad. La Iglesia es la Nave en la que compartiendo vida podemos encontrarnos con Jesús y María. Dice Jesús: "Cuando dos o mas se reúnen en mi nombre yo estoy en medio de ellos" (Mt 18,20). ¿No dirá lo mismo Nuestra Señora de la Albuera?

Abril 2026
Casto Acedo 

jueves, 24 de abril de 2025

Novena a la Virgen de la Albuera (Dia 4º Paloma)

Novena a la Virgen de la Albuera


Dia 4º. Paloma 
Vos sois, ¡Oh Madre de misericordia!, Paloma que después de un diluvio de culpas llevaste a la Arca de la Iglesia el ramo verde de olivo, vuestro divino Hijo, ramo de paz, porque lo puso entre Dios y los hombres, y repetidas veces hiciste las paces entre vuestro hijo y  los pecadores, y suspendiste los diluvios de castigos que merecían por sus culpas.  Venid, pues, paloma mía, amantísima y Madre mía, haced entre en mi alma y vuestro Hijo una paz indisoluble, desterrad de mí todos los afectos impuros y pasiones desordenadas que ponen guerra contra Jesús y en vez de constituirme Paloma  cándida de pureza me  harían negro cuerpo de inmundicia; limpiad mi corazón de toda mancha par que con un corazón puro sirva a Jesucristo, venere vuestra piedad y alcance la merced que os pido den esta novena, si conviene para mi bienaventuranza eterna. Amén.

* * *

Hoy miramos a la Virgen de la Albuera y nos llenamos de la paz que irradia su rostro. Dice la Biblia que Moisés, cuando se retiraba a hablar con Dios cara a cara, volvía con el rostro resplandeciente (cf Ex 34, 29-35). Pues bien, María Inmaculada, que no conoció sombra de pecado, que estuvo siempre en presencia del Altísimo, también irradia esa luz que proviene de una vida de relaciones transparentes con Dios, con el prójimo y con ella misma.

Sólo se puede dar lo que se tiene, y María da la paz al mundo porque tiene la paz en su corazón (vida contemplativa), y así la llevó en sus brazos para compartirla con todos (vida activa). 

Observa al niño llevando la paloma en sus manos. Nos recuerda, lo dice la novena, al episodio del Diluvio, cuando una vez acabada la tormenta la paloma que Noé había liberado del Arca para evaluar el estado de las cosas regresa con una rama de olivo en su pico. Con una imagen antropomórfica muy típica del Antiguo Testamento Dios se arrepiente de haber mandado el diluvio y promete nunca más dañar a la humanidad (cf Gn 8). Esa paloma ha pasado a la iconografía universal como símbolo de la paz.

No hay que ser muy sabio para ver que en el mundo hay guerras.Estamos abrumados por las guerras de Irán, Ucrania y todo el Oriente Medio,  y no son las únicas. Hay conflictos bélicos en más de treinta países del mundo. Pero no sólo hay guerras entre naciones, también se viven enfrentamientos, rencores, odios, entre regiones, pueblos pequeños, familias, o personas particulares. El veneno del rencor, la marginación y el desprecio hacia otras personas sigue estando presente en nuestra historia social y personal. A poco que te pares descubres en tu interior que hay personas a las que evitas o desprecias directamente.

La guerra y el odio no traen beneficio alguno. Nos engañamos al pensar que odiando o deseando el mal a nuestros enemigos somos más felices. Nada de eso. La violencia, sea física o del corazón, siempre se vuelve contra quien la practica. Quien siembra odio recoge odio.

* * *


Contemplamos a María en este día como Paloma de paz. Una paz que se ha de trabajar en el corazón, porque las guerras no salen de la nada sino de corazones que se decantan por el egoísmo, la ambición y el poder. Por eso la novena pide: “Desterrad de mí todos los afectos impuros y pasiones desordenadas que ponen guerra contra Jesús”. ¿Qué son esos afectos impuros? No son otros que el apego a las riquezas, el poder y la consideración social. ¿Y quién es Jesús? El que tiene en sí mismo a toda la humanidad. Quien violenta a cualquier persona violenta a Jesús.

Entramos en guerra porque somos soberbios y queremos imponer a los demás nuestra autoridad, nuestro criterio y nuestros deseos. Y cuando los demás no se someten a nuestra voluntad los apartamos y arrojamos fuera de nuestro círculo de relaciones. 

Son los primeros pasos de la guerra: establecer fronteras para proteger mi territorio. ¿Quién no practica esto aunque sea a pequeña escala? ¿Quién no ha experimentado nunca un brote de violencia cuando ha visto en peligro su fama, su honra, su estatus de persona cabal..., su territorio, el prestigio que ha conquistado para ser alguien?  Casi imperceptiblemente respondemos a los ataques  con los juicios, los desplantes y el ninguneo del otro,; vamos levantando muros y distancias donde Dios pide puentes y cercanía. Las fronteras exteriores comienzan con las alambradas del corazón.

Jesús predicó un amor sin fronteras: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros”. (Lc 6, 35-38). Esta es la enseñanza de Jesús. Dios es Padre misericordioso, y la Virgen María es madre de misericordia.

Por tanto, ¿cómo te atreves a odiar a nadie mientras rezas a la Virgen de la Albuera “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”?, ¿o cómo puedes decir al rezar el Padrenuestro “perdona nuestras ofensas como nosotros personamos a quienes nos ofenden” si esto último no responde a la realidad? 

Toda persona está llamada a ser transparente en su vida, transparentes como lo es nuestra Madre, "más pura que el sol", le cantamos. Sin practicar la misericordia con todos no se puede vivir la transparencia del amor cristiano. Dice Jesús: “Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6,14-15). No es que Dios y la Virgen dejen de ser misericordiosos  para quienes no perdonan; son éstos los que se cierra al perdón. El corazón del hombre es único, y no caben en él dos contrarios; el perdón y el odio no pueden estar en el mismo lugar. Quien cree eso es posible es un hipócrita. "Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve" (1 Jn, 4,20).

Tal como hemos dicho antes, si siembras odio cosechas odio. Ahora bien, si siembras perdón en tu corazón y con tus obras cosechas perdón. “Donde no hay amor siembra amor y sacarás amor” (san Juan de la Cruz).

Te preguntas: ¿Cómo trabajar por la paz? Y te respondo: cultivando la paz, el perdón, el amor en tu alma. Esto es lo primero y fundamental. Las guerras no salen de la nada sino de la interioridad. “Del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias” (Mt 15,19). Y de todo esto la guerra.

“Haced entre en mi alma y vuestro Hijo una paz indisoluble”, dices a la Virgen de la Albuera. Y al pedirlo estás dando con la clave de una vida de paz, serenidad y armonía. Basta que coloques a Cristo en el centro de tu alma; que sea el más amado, el más presente en tu pensamiento y el referente primero para tus decisiones. Madre de la Albuera, “limpiad, mi corazón de toda mancha para que con un corazón puro sirva a Jesucristo”. Quien vive en Jesús tiene un corazón puro, como María.

* * *

Detente hoy un momento y observa hasta qué punto vives en paz con Dios, con los hermanos y contigo mismo. Son tres facetas de la paz: paz interior, paz social y paz espiritual. Son inseparables. Quien no está en paz con el prójimo que no presuma de estar en paz consigo mismo y con Dios; miente. Quien rechaza a Dios habiéndole conocido rechaza al prójimo y se rechaza a sí mismo como creado a su imagen. Quien no tiene paz consigo mismo porque no se acepta o no acepta la historia que Dios le da, tampoco vive en paz con Dios al que desprecia ni tiene paz con el prójimo al que envidia.

Termina reconsiderando lo que dice la Novena refiriéndose a la Virgen de la Albuera: Eres “Paloma que después de un diluvio de culpas llevaste a la Arca de la Iglesia el ramo verde de olivo, vuestro divino Hijo, ramo de paz”. María es figura de la Iglesia, la comunidad de todos los cristianos. Igual que ella al dar a luz a Jesús puso en el mundo al Príncipe de la paz, así la Iglesia -tú que eres iglesia- está llamada a poner a Jesús en medio del mundo, y al hacerlo está trabajando por la paz mundial. Eso sí, como quedó dicho, sólo puedes dar lo que tienes. ¿Llevo a Jesús en mi corazón? ¿Qué importancia tienen para mí sus enseñanzas?


Hoy, unido o unida a la Virgen de la Albuera como Madre de la Paz, puedes rezar y meditar la oración de san Francisco, un buen resumen de lo que tenemos que creer y hacer por la paz siguiendo los pasos de Jesús y la Virgen.

"Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.

Que donde hay odio, yo ponga el amor.
Que donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que donde hay error, yo ponga la verdad.
Que donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que donde hay desesperación,
yo ponga la esperanza.
Que donde hay tinieblas,
 yo ponga la luz.
Que donde hay tristeza, 
yo ponga la alegría.

Oh Señor, que yo no busque tanto
ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.

Porque es dándose como se recibe, 
es olvidándose de sí mismo
como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita
a la vida eterna".

Vos sois, ¡Virgen de la Albuera, Madre de misericordia!, Paloma de paz. Haz que sea un digno hijo tuyo, una digna hija tuya, imitando tus virtudes.

Abril de 20256
Casto Acedo 

La divina misericordia (Domingo II Pascua, 27 de Mayo)


EVANGELIO
Jn 20,19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor
*

Este segundo Domingo de Pascua celebramos la Divina Misericordia, atributo divino que es objeto de atención especial en este día merced al impulso de Juan Pablo II, y que el Papa Francisco profundizó con la publicación de la carta encíclica Dilexit Nos. Sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo (24 de Octubre de 2024), la última carta encíclica  del papa recién fallecido y desde la cual hay que leer sus otras encíclicas. Todo hay que mirarlo desde el corazón de Jesús, desde la centralidad de la misericordia divina.  

¿Por qué la misericordia de Dios, su corazón, adquiere importancia en la Pascua? ¿No es más cosa de la Cuaresma? Es cierto que la Cuaresma invita a ponernos en manos de Dios misericordioso tras reconocer nuestros pecados, pero es en la Pascua donde se muestra explosivo y sorprendente el amor misericordioso de Dios.

Contemplemos a los apóstoles “en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Habían apresado a Jesús y lo habían matado; ¡qué esperaban sus seguidores sino correr la misma suerte! El miedo estaba justificado. Pero hay otro miedo del que no hablan expresamente los evangelios, pero se intuye. No es difícil de imaginar. Le habían traicionado y abandonado. ¿Para qué vendrá Jesús ahora? ¿Se vengaría de ellos por haberle traicionado? Tal vez por eso Jesús comienza invitando a la calma: “¡No tengáis miedo!”. Tal como dijo a los de Emaús todo lo ocurrido ha sido previsto por el Padre

En los planes de Dios Padre no entran la revancha y la exclusión sino la restauración e inclusión de todo en Jesucristo. “Dios es amor” (1 Jn 4,8), en su ser “no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 2,13), su respuesta al odio no puede ser otra que la misericordia. ¿Para qué vino Jesús sino para mostrar el amor del Padre? Llegada la plenitud de los tiempos Dios envió a su hijo al mundo para que todos volvieran a Él, que es como decir para que nos diéramos cuenta de quién es Él; no un patrón que impone una justicia vindicativa sino un Padre que ama y perdona; por su misericordia no somos siervos sino hijos de Dios (cf Gal 4,4-7). 

¡No tengáis miedo! Sabed que lo más contrario al amor no es el odio sino el miedo; y lo más fructífero del amor no son las buenas obras sino la alegría con que éstas se hacen. La presencia de Jesús da alegría e infunde paz. Por tres veces repite Jesús en el evangelio: “Paz a vosotros  ...  Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. A partir de ahora lo que moverá al discípulo de Jesús no será el temor servil a Dios, ni el miedo a los judíos, sino al amor y la alegría.

La misericordia de Dios, la paz de Dios y la alegría de Dios brillan de modo especial en este domingo. Ahora bien, no debemos confundir la misericordia de Dios con la nuestra, ni su alegría con nuestros contentos, ni su paz con el silencio de las armas. La misericordia divina no es la excusa para una “buena confesión de nuestros pecados”, ni su alegría es la consecuencia de nuestras satisfacciones, ni su paz el resultado de nuestra paciencia. La divina misericordia es ante todo un don de Dios que sólo se comprende desde la experiencia personal del encuentro con el Resucitado.

No hay nada que temer de Dios; este es el gran mensaje del segundo domingo de Pascua. El único temor decente es el temor de perderle, algo que el mismo Dios no desea; tanto que él mismo sale al encuentro de quien se aleja; a eso ha venido en Jesús, a buscar y salvar a la oveja perdida (cf Lc 15); ha muerto y ha resucitado para que creamos en su misericordia y sólo nos dé miedo la posibilidad de perderla. No temamos a Dios, temámonos a nosotros mismos cuando nos alejamos del amor.  Y para no perdernos miremos el Corazón de Jesús Resucitado; creyendo en Él tendrás vida en su Nombre (Jn 20,31). 

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Cerramos este comentario con el primer párrafo de la encíclica Dilexit nos del Papa Francisco:

"«Nos amó», dice san Pablo refiriéndose a Cristo (Rm 8,37), para ayudarnos a descubrir que de ese amor nada «podrá separarnos» (Rm 8,39). Pablo lo afirmaba con certeza porque Cristo mismo lo había asegurado a sus discípulos: «los he amado» (Jn 15,9.12). También nos dijo: «os llamo amigos» (Jn 15,15). Su corazón abierto nos precede y nos espera sin condiciones, sin exigir un requisito previo para poder amarnos y proponernos su amistad: «nos amó primero» (1 Jn 4,10). Gracias a Jesús «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído» en ese amor (1 Jn 4,16)".

Oremos  por el eterno descanso del Papa Francisco e invoquemos al Espíritu Santo para que conceda a su Iglesia un nuevo Pastor que nos guíe hacia la misericordia divina.

Abril 2025

Casto Acedo.

miércoles, 23 de abril de 2025

Novena Virgen de la Albuera (Día 3º, Piscina)

 Novena a la Virgen de la Albuera



Dia 3º. PISCINA

Vos sois, ¡oh celestial Princesa! Saludable Piscina en quien todos los enfermos del linaje humano logran salud de cualquier enfermedad, y a veces más pronto lo consiguen al invocar vuestro nombre que el de vuestro Hijo Jesús. A vos, pues, acudo, clementísima Madre, para que sanéis no solo las enfermedades de mi cuerpo, sino las dolencias de mi alma. Quiero, Señora, la Salud y confío lograrla con vuestra poderosa intercesión,  junto con la gracia que os pido en esta Novena, si conviene para mi eterna salvación. Amén.

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PISCINA

No. No hablamos de las piscinas en las que refrescamos el verano para paliar las calores. Escasas serían esas piscinas en la época en que el autor de esta novena, publicada en 1937,  aplicó a la Virgen de la Albuera el título de Piscina. Tengamos en cuenta que hasta no hace mucho las piscinas sólo existían en los sanatorios, y eran valoradas por sus propiedades  curativas.

A esas piscinas acudían, y aún acuden, personas que buscan descansar y curar los achaques físicos y el estrés con sus baños; son balnearios como los del cercano pueblo de Alange o los Baños de Montemayor.

Hay dos pasajes evangélicos muy significativos que hablan de piscinas con propiedades curativas; uno se sitúa en  Betesda y el otro en Siloé.

“Hay en Jerusalén, dice el Evangelio de san Juan (5,2-9),  junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.  Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?».  El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».  Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar».  Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar”.

Jesús se muestra aquí como el Sanador que sustituye al agua de la piscina de Betesda. No ayuda al paralítico a entrar en el agua, Él mismo lo baña con su amor infinito y lo sana con su palabra. Así Jesús se manifiesta como el agua de la nueva piscina. María, y la Iglesia con ella,  la Piscina, Jesús el Agua sanadora.

En otro texto del mismo evangelio Jesús, después de untar con barro los ojos de un ciego, le dice: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con vista" (Jn 9,7). Como signo de fe en que Jesús le puede curar le pide ese gesto: ¡ve a la piscina de Siloé y lávate en sus aguas!. Podríamos tomar hoy estas palabras de Jesús y escucharlas como envío a su Madre, Piscina llena del Agua de la Gracia: ¡Ve a lavarte, a bañarte en la Piscina que es  tu Madre de la Albuera!.

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Bajo la mirada de Jesús contemplamos hoy a la Virgen de la Albuera como Piscina sanadora. Ella nos sana, nos da la “salud”, que en latín se dice “salus”, palabra que significa salud, sanación,  y también salvación.  Nuestra Señora de la Albuera tiene en sus manos la medicina para curar: el niño Jesús, el Salvador-Sanador del mundo. El ángel de la anunciación llama a la Virgen Llena de Gracia, Piscina llena de la Presencia de Dios. ¿Qué mejor agua medicinal que el Amor de Dios escondido en el Misterio de la Inmaculada Concepción? "Ser sin pecado" es el paradigma de la perfecta salud.

La denominación de Albuera que aplicamos a María, nos remite por su mismo nombre a un lugar que contiene agua. Albuera viene del árabe, y significa “mar pequeño”, extensión de agua no muy grande, albufera. Por tanto, el mismo nombre de nuestra Madre viene a significar que ella contiene el Agua de la Salvación, de la salud, que no es otra que el mismo Jesucristo. Jesús es el océano inmenso, La Virgen de la Albuera "mar pequeño", y por eso más cercano. 

La novena  dice hoy: “Vos sois… piscina en la que todos los enfermos del linaje humano logran la salud de cualquier enfermedad”, y añade algo que parece escandaloso, y que conviene matizar: “Y a veces más pronto lo consiguen al invocar vuestro nombre que el de vuestro Hijo Jesús”. Conviene matizar esto último, porque si María cura y sana no es por su propio poder sino por el poder de Dios, el poder de su Hijo. A Jesús siempre se le ha tenido como  más lejano e inaccesible por divino -curioso si se tiene en cuenta que es Dios Encarnado, hecho hombre,  hecho cercanía- , y a María como más humana y cercana; tal vez por eso dice el texto de la novena que “más pronto consiguen” la salud al invocar a la Madre;  no porque sea ella la que sana sino porque parece que nos es más fácil acercarnos a Él por ella; solo Dios sana y salva. María no es diosa, pero sí es aquella a quien, tal vez por falta de la conveniente formación espiritual, nos acercamos con más confianza por parecernos  más accesible. 

* * *

Cada vez son más las personas acuden al terapeuta; y no solo a los médicos que se encargan de curar las enfermedades físicas sino también a psicólogos y psiquiatras que sanen las heridas interiores. 

Pues bien, sólo con echar un vistazo a los evangelios, te das cuenta de la identidad de Jesús como terapeuta. Dice de Él el libro de los Hechos de los Apóstoles que “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo” (10,38); el diablo es la encarnación del agente que causa todos los males corporales y espirituales. 

La gente sencilla acudía a Jesús, “venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos” (Lc 6,18). Un centurión que se le acercó a pedir la sanación de su criado confesó el poder sanador de la oración dirigida a Jesús por los enfermos: “«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo;  tampoco me creo digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano” (Lc 7,6-7).

El médico Jesús ha venido a nosotros encarnándose en el vientre de la Virgen María. ¡Bendito el fruto de tu vientre, Jesús! La primera sanada fue ella misma, Inmaculada desde su concepción. 

Me atrevería a decir que Jesús es terapeuta y medicina, y la Virgen de la Albuera la enfermera, la que cuida de cerca al enfermo, la que se sirve de puente entre el médico y el paciente. La Virgen es Piscina-Hospital, y quien ingresa en su casa encuentra toda la atención que requiere su enfermedad. ¿Qué devoto de la Virgen no tiene experiencia de ello? Si acudes a rezar a menudo  ante la imagen de la Virgen de la Albuera, si estás haciendo la novena, o leyendo este comentario, si tienes fe en ella,  piénsalo, es porque en algún momento te ha sanado, ya sea de algún malestar corporal o de algún sufrimiento espiritual. Ya sabes por experiencia que es portadora de la mejor Medicina y el mejor Terapeuta: Jesús,  Hijo suyo   y Hermano nuestro.

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APENDICE. Para orar en casa.

Termina tu novena de hoy haciendo silencio.  Te pueden ayudar estos pasos:

1. Busca un sitio tranquilo y acalla tus pensamientos y tu corazón. ... Si no estás en la iglesia ante la Imagen de la Virgen de la Albuera pon una estampa o un cuadro de ella ante ti; y enciende una vela (con esto indicas que quieres estar unos minutos con ella, dejándote iluminar por su presencia).... Permanece sentado o en cualquier otra postura que facilite tu quietud interior  durante este lapso de tiempo. 

2. Por un momento deja a un lado las preocupaciones; inspira y espira dulcemente sin forzar la respiración. Silencia y relaja tu mente y tu cuerpo para estar con Ella.

3.Ahora cierra suavemente los ojos, o fíjalos entreabiertos en su imagen o estampa, y repite: ¡Virgen de la Albuera, Madre de Dios y Madre mía, sáname! Cura mis dolencias físicas, y sobre todo mis enfermedades espirituales (pereza, arrogancia, envidia, avaricia, etc..). ¡Virgen de la Albuera, Madre de Dios y Madre mía, sáname! Repite esta oración sin prisas, sintiendo como tu corazón sintoniza con el de la Virgen. Deja que fluya el amor entre Ella y tú ... ¡Virgen de la Albuera, Madre de Dios y Madre mía, sáname de …. (puedes añadir lo que quieres que sane en ti!).

4. Añade peticiones de sanación por otras personas: ¡Virgen de la Albuera, Madre de Dios y Madre mía, sana a N. …. (Puedes añadir el nombre la persona por la que oras).

5. Déjate envolver por la mirada tierna y el amor dulce de la Virgen María, que es bálsamo y consuelo. ¡Gracias Madre, porque me amas; gracias porque me acoges; gracias porque me escuchas; gracias por dejar que me bañe en la Piscina sanadora de tu Amor!

6. Termina con un avemaría, pausadamente, con los ojos puestos en la humildad que en sus ojos deja ver la imagen de la Madre de la Albuera.

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Casto Acedo.

La sopa de piedra (2 de Agosto)

EVANGELIO  Mt 14, 13-21 E n aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tran...