miércoles, 25 de febrero de 2026

La transfiguración (II. Cuaresma. 1 de Marzo)

 

EVANGELIO Lc 9,28b-36.

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.

Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor.

Tabor

Hoy se ofrece a nuestra reflexión el texto de la transfiguración del Señor. Jesús toma a sus tres más íntimos, Pedro, Santiago y Juan y los lleva consigo de retiro espiritual al monte Tabor.

Y en ese lugar contemplan cómo Jesús se transfigura, es decir, se les muestra con un rostro que revela algo más que su humanidad: “el aspecto de su rostro cambió; sus vestidos brillaban de blanco”. En un momento de su oración, como en un sueño, despiertan los discípulos y ven lo que sólo una mirada contemplativa puede ver: la divinidad del Hijo, patente a los ojos de sus discípulos en esa experiencia mística.

Ven a Jesús, y ven a Moisés (la Ley) y a Elías (los Profetas) conversando con Él. Queda patente en la visión que el centro de todo es el mismo Jesús; en Él terminan todas las búsquedas espirituales; la ley de Moisés conduce a la Ley de Cristo, que pide vivir en el Amor de Dios; la Palabra de los profetas, que despierta a la conciencia social, es una guía para el encuentro con la Palabra hecha carne. Cuando se llega a Cristo sobran las leyes, Cristo es la ley; y sobran los mapas, Cristo es la meta.

Queda patente en este evangelio que en Jesús confluyen el Antiguo y el Nuevo Testamento, la ley y la gracia, la palabra y la vida, la muerte y la resurrección: “hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén”.

Calvario

La transfiguración es un evangelio de ánimo. Camino de Jerusalén, donde Jesús viviría su pasión y muerte, los discípulos tienen una experiencia de cercanía de Dios que les animará a seguir adelante a pesar del sufrimiento que puede cruzarse en el camino. La  experiencia de fe vivida en la transfiguración, “ante la proximidad de la pasión, fortaleció la fe de los apóstoles, para que sobrellevasen el escándalo de la cruz” (Prefacio de la Transfiguración).

Lo ocurrido en el monte alienta “la esperanza de la Iglesia, al revelar (Jesús) en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya” (Prefacio de la Transfiguración). La experiencia del Tabor es un adelanto de la gloria futura, es participar del cielo por adelantado; de ahí el gozo indescriptible y el deseo apremiante de los discípulos por quedarse ya en ese estado: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.», y nos quedaremos aquí para siempre. ¿Quién no ha deseado lo mismo cuando ha vivido una experiencia fuerte de presencia de Dios?

Nube

Pero la meta de la vida cristiana no es el Tabor, por más que muchos se empeñen en resaltar los parabienes de la oración y la vida contemplativa. Quien sólo busca en la oración los gustos y regalos se equivoca; y quien pide a Dios que le conceda vivir permanentemente en ese estado de plenitud de vida mientras camina por este valle de lágrimas, no ha entendido mucho; le pasa como a Pedro: “no sabía lo que decía”. Ese momento de luminosidad es una gracia; pero la vida sigue con sus “cañadas oscuras”.

“Todavía estaba hablando (Pedro), cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube”. Al gozo sigue el miedo, “se asustaron”; a la nube se le ha dado un sentido pascual en la historia de la espiritualidad; la nube asusta por lo que tiene de “no-saber”, de oscuridad, de incertidumbre, pero también es símbolo de un saber distinto, del saber intuitivo acerca de la presencia de Dios que acompaña (cf Ex 13,21-22;1 Cor 10,1-2). La nube es al mismo tiempo oscuridad y luz, lo palpable y lo inasible, algo que se ve y se difumina al instante; entrar en la nube es entrar en la fe.

El gozo de la experiencia mística llega preñado de dolor. Los místicos hablan de “regalada llaga”, de “cauterio suave”, de un Dios que “tiernamente hiere”. Benditas contradicciones que sólo entiende quien las vive.  La transfiguración es una participación adelantada de la Pascua, con todo lo que tiene de muerte y de vida. Jesús, “después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su luz, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que, por la pasión, se llega a la gloria de la resurrección” (Prefacio del segundo domingo de Cuaresma).

Silencio

Termina el Evangelio con una revelación divina y una vuelta a la normalidad: “Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.» Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo”. 

Ha concluido el momento fuerte de oración. Ya sólo nos queda Jesús, solo, sin luminarias ni adornos. Toca ahora bajar del monte con Él y seguir el camino hacia Jerusalén, hacia el Calvario. La experiencia queda ahí, como referencia; ha sido un momento de gracia, de gozo, de plenitud que tiene su valor y sus riesgos; tal vez el mayor riesgo sea el de confundir la experiencia con el ser, la experiencia de Dios con el ser de Dios.

Dios no es una experiencia, es una persona: “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. Queda en la memoria de Pedro, Santiago y Juan el recuerdo de lo que ocurrió en la cima; pero lo más importante es que Jesús sigue con ellos; y no es un cualquiera, es el mismo Dios. Ahora lo saben. La experiencia fue (pasado), la presencia sigue siendo (presente). Ahora no ven a Jesús con el rostro luminoso y los vestidos radiantes; incluso llegarán a verlo con el rostro desfigurado por golpes y salivazos y vestidos manchados de sudor y sangre; pero ahora saben que esa persona, tan común en su humanidad,  incluso sufriente en su pasión, esconde un secreto, la nube oculta un misterio: ahí está Dios.

“Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto”. Se trata de un silencio creyente, sagrado, propio de quien ha gustado lo inefable (inexplicable con palabras). Hacer ver con palabras la experiencia de Dios es un imposible. Sólo quienes han pasado  por ella entenderán qué les dices.

El final -guardaron silencio- me recuerda a María, nuestra madre, que, transfigurada por la gracia de Dios en la Encarnación, “guardaba  todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,19). Aprovecha el día para retirarte a tu Tabor a meditar en silencio contemplando a Jesús más allá de juicios (moral) y teorías (palabra). Jesús no es un código ni una Biblia, es una persona. Pon tu atención amorosa solo en Él. 

Casto Acedo.

Nota: el bloguero ha salido mística y teológicamente elevado. El texto comentado invita a ello. Pero puedes leer un comentario del mismo autor más a ras de tierra en:

https://blogdecastoacedo.blogspot.com/2026/02/tabor-y-cruz-8-de-marzo.html

Febrero 2026

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