lunes, 16 de febrero de 2026

Miércoles de Ceniza (18 de Febrero)


EVANGELIO 
Mt 6,1-6.16-18

En  aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

*

¡Convertíos!

Un año más el Miércoles de Ceniza abre el tiempo de Cuaresma y la Pascua, fechas que nos invitan a intensificar nuestras actividades espirituales de cara a una mayor profundización.

Se abre el tiempo con un grito: “¡Convertíos y creed en el Evangelio!” (Mc 1,15); es la llamada de Jesús que se hace apremiante ante la fragilidad de la naturaleza humana y la fugacidad del tiempo: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (cf Gn 3,19).

“¡Convertíos!”. La palabra griega que usan los evangelios es metanoia (μετάνοια), que significa literalmente «cambio de mente» o ir «más allá de la mente».  La conversión apunta a "ir más lejos" o "adentrarse en un lugar más profundo", romper y trascender patrones de pensamiento y acciones enquistados en la rutina. Si a “¡convertíos!” le añadimos la palabra “Evangelio”, se nos está invitando a dejar nuestro pensar y obrar e ir hacia un pensar y obrar distintos, según Dios (Is 55,8). 

El texto evangélico de este día (Mt 6,1-6.16-18) avisa sobre ello: deja atrás los pensamientos mundanos, las convenciones sociales de la apariencia; deja a un lado el “practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos” y pásate a una percepción distinta de la realidad y a un nuevo actuar desde Dios.

Convertirte es esto: mirar tu vida desde Dios y darle un giro a partir de la visión divina revelada en el Evangelio de Jesús. La Cuaresma invita a practicar la oración para adentrarte  en tu vida y dejarte llevar por Él, a tomarte en serio el  ayuno de ídolos para entrar en armonía con tu ser profundo y a hacer limosna como práctica de comunicación de bienes espirituales y materiales.

Oración. Fe.
Mirar el amor de Dios

Primeramente, convertirte es ir más allá en tus pensamientos acerca de Dios. Decía san Anselmo que Dios es "aquello mayor que lo cual nada puede pensarse". En la filosofía de la época era como decir que no hay pensamiento más grande y perfecto que el de Dios. Dios es el conocimiento por excelencia; y en Él el amor y el conocimiento se funden. “Falta fidelidad y falta amor, falta el conocimiento de Dios en el país”, dice Oseas. (4,1); y pide conocer a Dios adentrándose en sus pensamientos para modelar desde ahí los nuestros: “quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6,6).

Dios conoce y nos conoce; aunque es mejor decir que Dios ama y nos ama. Porque sólo el amor permite conocer. Quien odia a alguien nunca lo conocerá, sólo quien ama accede al ámbito del otro. ¡Qué importante es orar! En Nube del no-saber se dice: “¡eleva tu corazón al Señor con un suave movimiento de amor, deseándole por sí mismo y no por sus dones!” (n 3). Ámale como Él te ama, con absoluta gratuidad, sin necesitar ni pedir nada de ti a cambio. 

La oración como acto de amor, tan recomendable en el tiempo de Cuaresma, te abre al conocimiento de Dios, y te ayuda a convertir la imagen imperfecta que de Él solemos tener.  Buen ejercicio es  para estos días mirar-contemplar a Dios no desde nuestros interés sino desde Él mismo, contemplarlo en lo que es: puro Amor. ¿Cómo? Prestándole atención amorosa (San Juan de la Cruz), poniendo en Él el corazón (la conciencia) más que la mente. Contempla y ama a Dios por lo que es, no por los beneficios que pueda reportarte; éstos se te darán si es su voluntad (cf Mt 6,33). Tú, basta con que pongas sólo en él la esperanza.

Ayuno. Esperanza.
Conocerme para ser libre.

Mirarme a mí mismo desde Dios me ayuda a aceptarme tal y como soy: débil, falible, inseguro, inmaduro y maleable. Y Dios me quiere como soy. Si acepto ese amor  ya he dado el primer paso hacia la conversión de mi persona. 

El amor de Dios viene a mi como Luz. Contemplándole veo cuánto de oscuridad hay en mi alma. Antes de acercarme a Él sólo veía mis gracias y mis apariencias. Vanidad. Ahora sé que no todo lo que tengo es malo, pero aunque algunas cosas sean buenas en sí mismas (mi familia, mi trabajo, mis títulos, mis propiedades, etc.), cuando las considero méritos propios y no don de Dios,  se transforman en ídolos que me impiden estar con Él. Es lo que dice san Pablo: "Todo me es lícito, pero no todo me conviene" (1 Cor 6,12). Debería  ayunar de todo lo malo, y también de lo que, siendo bueno, me conviene no idolatrar; el objetivo de este ayuno no es otro que  ser libre para darme a Dios.

No permitir que nada ocupe el lugar de Dios; esto es ayunar. Es bueno comer, trabajar, prosperar social y económicamente,  tener una familia, etc. pero no debo poner en esas cosas el sentido último de mi vida. "El que por mi deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (Mt 19,29; Mc 10,19). Cuando corto las ligaduras que me atan a los bienes que tengo  y me quedo desnudo ante Dios, entonces me conozco, y veo que sólo el amor de Dios me hace digno; mi autoestima no se apoya entonces en mis ídolos sino en el amor que Dios me tiene. Ayunar de todo lo superfluo para afianzarme sólo en Dios, ¿no es este el camino de la fe?


Limosna. Caridad.
Compasión y entrega. 

Al mismo ritmo y la misma medida con que me miro a mí mismo desde el amor de Dios, miro a mis hermanos y hermanas con amor. Si el primer paso de la conversión a Dios me lleva a orar a quien está “más allá” de mí mismo, y el segundo me purifica de mis idolatrías por el ayuno, el tercer paso me dirige a amar al prójimo con el mismo amor con que me siento amado de Dios.

El amor de Dios no hace acepción de personas, “hace salir hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45). Sólo desde la mirada luminosa de Dios purifico mi mirada al hermano. La gracia del amor de Dios cambia mi percepción, y donde antes veía un rival o un extraño, ahora veo un hermano y una hermana a quien amar. 

La oración y el ayuno verifican su autenticidad con la práctica de la limosna. Y ésta no se mide por la cantidad de bienes que se comparten sino por la calidad del corazón que la practica. ¡Que tu limosna tenga la calidad del amor sincero,, abundante y gratuito!. A la hora de exigirte en el compartir ten cuidado con las racionalizaciones; la mente del mundo es muy astuta, y siempre te dirá a la baja hasta donde debes dar. No es cristiana una limosna calculada, premeditadamente pactada con el ego, cerrada a un amor y donación al alta, sin límites; así es la donación de Dios.

San Juan de la Cruz, maestro de almas, te da pistas para enfocar tu limosna: “¿Qué aprovecha dar tú a Dios una cosa si él te pide otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo, que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a que tú te inclinas”. La medida de la limosna se ha de poner en la voluntad de Dios, no en la propia.  

Y para terminar sobre la importancia de la limosna, no me resisto a volver a citarte el texto de Isaías que se proclamó hace dos semanas, y que indica cómo la limosna-caridad es el principio y final del encuentro con Dios, la guinda del pastel de la Cuaresma y de la Pascua: “Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz … Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy” (Is 58,7-9). Ahí está el Señor, donde tu entrega se hace carne. Un buen programa para asegurarte la conversión que se te pide en Cuaresma. ¡Practica la virtud de la caridad!

* * *

Organiza bien tus prácticas de ayuno, limosna y  oración personal y comunitaria en estos días de Cuaresma.  Comienza acudiendo a tu parroquia el Miércoles de Ceniza. No estás solo; en la celebración de ese día comprobarás que son muchos los que inician contigo el camino de la Pascua. 

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¡Buena Cuaresma!

Febrero 2026

Casto Acedo 

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