jueves, 30 de octubre de 2025

Solemnidad de Todos los Santos (1 de Noviembre)

 

EVANGELIO, Mt 5,1-12.

Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los humildes, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor 

*



Puedes acercarte a este texto evangélico queriendo extraer de él unas enseñanzas prácticas para la vida, tales como "tengo que vivir pobre, practicar la misericordia, mantener limpia mi alma, ser pacífico, etc". Pero si te limitas a ver en las bienaventuranzas una simple versión  actualizada de los diez mandamientos no has calado en su hondura.

Estos dichos de Jesús son algo más que una invitación a ser mejores; eso sería sólo un efecto colateral de su contemplación. Las Bienaventuranzas son, antes que un discurso programático,  un discurso autobiográfico, una autobiografía de Jesús. No hay nada que se diga en ellas que el mismo Jesús no haya vivido, ratificando que en Jesús palabra y acción, dichos y hechos están en perfecta armonía.

Por esto hoy, día de Todos los Santos, te invito a contemplar a Jesús, el Santo entre los Santos, el Santísimo, tal como nos lo retratan los aforismos que llamamos bienaventuranzas y que pronuncia Él mismo ante la muchedumbre como introducción  del llamado Sermón del monte (Mt 5-7). En cada bienaventuranza puedes pensar en algunos "santos" que la han vivido o la viven de modo especial. Es hermoso comprobar como Jesús, por medio de ellos, "por la comunión de los santos", sigue enteramente manifestándose al mundo.

1. Bienaventurados, dichosos, felices, los pobres, dice Jesús. Y basta mirar su nacimiento o su vida pública para reconocer en Jesús a Aquel que “siendo rico se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza" (2 Cor 8,9). Se despojó de su rango, dirá también san Pablo (Flp 2,7). Y el mismo lo dirá de sí: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8,20). 

* ¿No vivió de sete modo san Francisco de Asís, enamorado de la dama Pobreza, despegado de todos los bienes, libre como el viento para anunciar el evangelio de la alegría allá por donde andaba? Si algo caracteriza a un santo es su liberación de las ataduras mundanas y su abandono total a la providencia de Dios.

2. Bienaventurados los mansos. No me gusta la palabra "mansos" por lo que de connotación negativa tiene en nuestra cultura, yo diría mejor  "pacientes, dóciles a la voluntad de Dios". Así se reveló Jesús: "manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). No dejó de mostrarse bravo ante lo que consideró un atropello a los derechos de Dios cuando en el templo arrojó al suelo las mercancías, echando afuera a los bueyes y abriendo las jaulas de las palomas; pero nunca se mostró impaciente con las personas; al contrario, tuvo paciencia con todos, especialmente con los discípulos, a los que les costaba tanto ir asimilando su mensaje. 

*Recuerda la paciencia de san Felipe Neri con niños y jóvenes: "sed buenos... si podéis", les decía. O la mansedumbre de san Francisco de Sales que, aunque de temperamento colérico, dedicó años a dominar su carácter para imitar a Jesús;  su compromiso y configuración con Él lo convirtió en un modelo de amabilidad, bondad y autocontrol, lo que le valió el título de "el santo de la amabilidad" o "el santo gentil".

3. Felices, bienaventurados, los que lloran. Como hizo Jesús camino de Jerusalén "al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: ¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos! "( Lc 19,41-42).  Es tal la compasión de Jesús, su condolencia con la humanidad, que asume como propio el dolor y el sufrimiento humano y llora por todos. Como  hizo con ocasión de la muerte de Lázaro y el duelo de sus hermanas: "¿Dónde lo habéis enterrado?. Le contestaron: Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería!" (Jn 11,34-36). Las lágrimas no son siempre y necesariamente signo de debilidad o miedo; en ocasiones son también muestra de solidaridad y compasión por los que sufren. Y signo de la vulnerabilidad propia de un gran amor. Las lágrimas nos hacen humanos, y nos felicitamos por ello con Jesús, Dios humanado. 

*San Oscar Romero lloró en varias ocasiones al ver la injusticia, la pobreza y la violencia que sufría el pueblo salvadoreño, su rebaño. Y de un modo especial lloró y pasó la noche en oración tras el asesinato de su amigo, el padre Rutilio Grande; y desde entonces decidió dedicarse  al servicio de los pobres y a denunciar con valentía las injusticias. Sus lágrimas le dispusieron al martirio.

4. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que viven anhelando un mundo mejor.  "Pasó haciendo el bien" (Hch 10,38). Se preocupó por los necesitados, por dar pan a los hambrientos, salud a los enfermos y ánimo a los desesperados. "Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9,36). Su muerte fue consecuencia de su defensa de la persona frente a la hipocresía de las estructuras religiosas farisaicas y la tiranía de los poderes políticos. Su condena a muerte se debió al deseo de los privilegiados de acallar  su libertad de palabra y de acción en favor de los desfavorecidos. Y se justificó como virtud lo que sólo fue un crimen detestable. "Conviene que muera un solo hombre por el pueblo" (Jn 18,14). 

*Santa Teresa de Calcuta sintió sed y hambre de justicia, y dedicó su vida al servicio silencioso, la compasión y el amor concreto a los más pobres, a quienes veía abandonados como ovejas sin pastor; decía "no podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con gran amor",  y también decía: "la mayor injusticia es no amar"

5. En un mundo donde la venganza y el revanchismo no están del todo mal vistos, Jesús predicó y practicó la misericordia, el perdón. Felices los misericordiosos. Incluso en las circunstancias más delicadas, en medio del dolor, la soledad y el sufrimiento de la cruz, Jesús gritó orando por los mismos que le daban muerte: “Padre, perdónalos” (Lc 23,34).

*En el mismo trance que Jesús, San Esteban, mientras era lapidado por dar testimonio de la fe, "cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y, con estas palabras, murió" (Hch 7,60). 

6. También nos felicitamos con Jesús, y le felicitamos, como no-violento e incansable trabajador por la paz. No tengáis miedo, decía; el miedo genera pasividad, o violencia y rechazo. "La paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14,16). Jesús trabajó por esa paz que es algo más que el silencio de las armas. La paz es felicidad porque serena el corazón y lo llena de alegría. La paz no es fruto del miedo sino del amor y el perdón. Esta es la paz de Jesús.  Dios Padre "reconcilió todas las cosas,  las del cielo y las de la tierra, ¡haciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col 1,20).

*San Juan XXIII, papa; escribió Pacem in Terris (Paz en la Tierra), un documento histórico que clama por la paz mundial, basada en la verdad, la justicia, la caridad y la libertad. La encíclica apelaba a todas las personas de buena voluntad, no solo a los católicos, a buscar una solución pacífica de los conflictos. No hay santo que no haya sido agente de reconciliación; porque quien vive en el amor ilumina a quienes desean apartarse de la violencia.

7. Que se feliciten también en Jesús los que sufren persecución por causa de la justicia. Dichoso Jesús, que vivió en carne esa persecución de parte de las autoridades. Dichoso, porque no traicionó su misión de justicia sino que la completó con su muerte en la cruz. Quien predica un mundo justo, fraterno, que hace de la igualdad bandera, corre el riesgo de ser difamado, marginado e incluso asesinado, por aquellos que no quieren renunciar a su posición de poder. Estos perseguidos no son felices por sufrir persecución, sino porque su causa es de Dios, y tienen razones para estar satisfechos de su entrega. 

* Así fue santo Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra, ejecutado por negarse a aceptar la suprema autoridad del rey sobre la Iglesia; patrono de la libertad de conciencia que murió defendiendo su convicción moral y la justicia para la fe que profesaba. ¡Cuántos santos -ya mencionamos a Oscar Romero- han sufrido y sufren persecución en lugares donde las fuerzas del mal no soportan la presencia de la justicia y la bondad!

8.  Jesús fue vejado y se burlaron de él (cf Mt 27,27-31). Felicidades, en fin, a todos los que con Jesús y por Jesús sufren calumnias, injurias y mentiras;  los que son ridiculizados o rechazados por poner en la mesa del mundo el nombre de Dios; los que no se avergüenzan de ser y llamarse discípulos de Jesús. Tienen motivos para estar contentos y felices por su valentía y coherencia al defender con todo empeño la libertad y el derecho a creer y practicar la fe.

*Son innumerables los santos y mártires que sufrieron vejaciones y calumnias por su condición de discípulos de Jesús. Muchos seguidores suyos han sido insultados y calumniados por quienes se resisten a dar la razón a Dios en ellos. El mismo Jesús dijo a los suyos: "llegará incluso un día en el que  quien os dé muerte pensará que da culto a Dios" (Jn 16,2).


* * *
Como puedes ver, cada una de las bienaventuranzas  pueden y deben mirarse teniendo como  trasfondo la figura de Jesús. Es más, solo contemplando su obra y su entrega, su muerte y su resurrección, tienen sentido. Pero también están escritas las bienaventuranzas en la piel de la Iglesia, cuerpo de Cristo; sobre todo en la Iglesia triunfante, aquellos que "han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero" (Ap 7.14). En Jesús y en la Iglesia del cielo las bienaventuranzas del Reino alcanzan la perfección.

Hoy nos alegramos por este gran regado de Dios: el don de su Hijo y su mensaje de felicidad. Y también nos alegramos por los que, siguiendo sus huellas, fueron felices como Él lo fueNo puedo imaginar a Jesús ni a ninguno de los santos cristianos  como personas tristes. Fueron felices en la tierra y lo son ahora vivos por siempre en la casa del Padre.

Pero bajemos la mirada también a la tierra, porque los que aún vivimos en ella estamos también de fiesta; porque “somos santos” . A los primeros cristianos se les denominaba, y san Pablo lo hace a menudo en sus cartas, como “los santos” (cf Rm 1,7); porque lo eran. Santo es el objeto o la persona que se separa de la maldad del mundo y se consagra a Dios. En el bautismo fuimos apartados para Él; el sacramento nos ha hecho santos. Somos parte de la Iglesia que vive en la "comunión de los santos"; ellos, los que llegaron, forman parte de nosotros y nosotros parte de ellos. Nosotros en la Iglesia peregrina, ellos en la Iglesia triunfante. Es verdad que quienes seguimos caminando por la historia estamos expuestos al pecado, pero no por eso vivimos abandonados de Dios.  Dios sigue estando en nosotros santificándonos con su gracia. Ser santo no es un título nobiliario, es un don y una tarea.

Alegrémonos con los mejores hijos de la Iglesia, los santos del cielo, y ojalá un día los "santos y pecadores" que aún vivimos en tránsito por el mundo,  gocemos con ellos de la  plenitud de la gloria de Dios que ahora participamos en la esperanza y los sacramentos. Y, mientras nos llega el momento final, no olvidemos que nuestra vocación no es al sufrimiento y la muerte sino a la felicidad y la vida. No permitamos que la tristeza ahogue nuestras aspiraciones a vivir el día a día en la santidad y el gozo del Señor.

Bendiciones en la Solemnidad de Todos los Santos.
Noviembre 2025
Casto Acedo

jueves, 23 de octubre de 2025

30º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C (26 de Octubre)

 

 EVANGELIO Lc (18,9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

¡Palabra del Señor!

* * *
Puedes enfocar tu vida desde el exterior o desde el interior, desde la fachada o desde dentro de casa. Según decidas así serán tus cuidados y desvelos. Te desvelarás por cultivar tu imagen o bien te preocuparás ante todo por tu estado de ánimo interior . Tienes que decidir donde pones tu atención. Lo que no puedes hacer es comer y cantar, nadar y guardar la ropa, apoyar tu vida en brillos exteriores y al mismo tiempo gozar  de solidez interior; la vida auténtica es única y no se puede desdoblar; es un error querer llevar una doble vida. Lo dice el evangelio: “no  se puede servir a dos señores” (Lc 16,13).

La parábola que hoy te pone el Señor pretende desenmascarar el fariseo que hay en ti, ese ego que tienes, que presume de virtuoso pero es amante del vicio, que cuida la apariencia ignorando el fondo, que teme ser visto en su pobre realidad y se defiende ocultándola tras una máscara fantástica.

Dos hombres van al templo a orar. Sus maneras de rezar muestran cómo un mismo acto puede ser bueno o no; lo que  justifica o hace bueno un acto es la actitud con que se ejecuta. En la parábola uno va al templo a presumir, otro a humillarse ante Dios. Ya de principio aprendes de la parábola que puedes orar desde tu realidad o desde tus sueños, desde tu verdad o desde tus mentiras.

El fariseo

El fariseo, en realidad, no ora, porque no se pone él mismo ante Dios. Observa cómo se describe: “no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano”. No se define por lo que es sino por lo que no es. Me recuerda a mí mismo cuando critico a alguien; lo que hago, más que condenar al otro, es justificarme yo. “Mira ese, bla, bla, bla, pero -pienso en mis adentros- yo no soy así”.

El fariseo me recuerda a mí mismo cuando evalúo lo bien que hago las cosas, las alabanzas que me merezco, lo injustas que son conmigo las personas que me rodean o lo injusto que es Dios que no tiene en cuenta mis desvelos por Él y por su Iglesia. ¿Acaso este soy yo? ¿O es ese ego que me he inventado para estar contento conmigo mismo sin crear problemas a los demás?

El fariseísmo es un vicio muy sutil; te encierra en una jaula de oro de la que cuesta salir porque hasta cierto punto es cómoda; ¡se está tan bien en ella!. ¿Cómo no felicitarme y jactarme de las alabanzas que otras personas me dirigen? ¿Quién va a negar -mas allá de un educado “por Dios, no lo merezco”- que me gustan los reconocimientos y  homenajes? ¿No te has deprimido nunca al menos un poco porque crees que no te han tratado o recibido como crees que mereces? ¡Quién se habrán creído que soy! ¿Un cualquiera?

Fíjate bien en para quién propone Jesús esta parábola: para  ”algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. Este soy yo, y si no me reconozco debería cerrar el evangelio, porque no me estoy enterando de nada.


El pecador

El publicano, sin embargo, no se considera mejor que el otro; simplemente reconoce lo que es, y desde su ser pobre, débil y pecador se relaciona con Dios. No hace, como el fariseo,  un monólogo consigo mismo; en su oración hay diálogo, porque no se presenta ante Dios como querría ser sino como es, y desde su ser real habla con Él. Le gustaría ser humilde, pero le come la soberbia; sabe que debe perdonar a quien le ofende, pero no lo consigue; sufre arranques de violencia que no consigue frenar; se deja llevar por la gula, la envidia y la lujuria,  ante las cuales se siente incapaz, etc. ¿Entiendes ahora por qué santa Teresa dice que “humildad es andar en verdad”? El publicano está en la verdad de sí mismo, mientras que el fariseo vive en la mentira.

El publicano no es, en lo exterior, mejor que el fariseo; pero reacciona no ocultando su pecado a sí mismo y a Dios, sino poniéndolo delante y pidiendo a Dios que se apiade de él. Ha entendido que Jesús no ha venido para los justos sino para los pecadores (Lc 5,32 y sabe que difícilmente curará su enfermedad si no comienza por reconocerla y confesarla al médico.

Podríamos llamar a esta parábola la de “los dos pecadores”, como lo es en la parábola del Hijo pródigo (cf Lc 15,11-31), uno que reconoce el error que comete al vivir lejos del Padre (“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”)  y otro que vive lejos pero se cree que está en casa: “Tantos años como te sirvo y a mí nunca me has dado un cabrito, y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

* * *

Es evidente que Jesús, tal como muestran los evangelios, es indulgente con los pecadores que se reconocen como tales, como si pasara por alto el mal que hicieron y del cual se sienten avergonzados o arrepentidos. Con ellos se muestra Jesús misericordioso. Sin embargo, a los fariseos le reprocha que no sean capaces de ver sus propias mentiras y contradicciones; éstos se justifican porque creen que no hacen nada malo; Jesús, sin embargo, los confrontará diciéndoles que, si bien es verdad que aparentemente no hacen nada malo, lo que les desacredita es que tampoco hacen nada bueno; cumplen con los ritos exteriores, pero se olvidan del amor y la justicia debida a los hermanos. Ni entran en el Reino, porque se creen estúpidamente en él,  ni dejan entrar a otros, porque los miran con desdén -"¡yo no soy como esos!"- y no soportan que nadie les haga sombra; esto es lo que le duele a Jesús y le lleva a lamentarse por ellos (cf Mt 23,1-36).

Un buen domingo este para mirarte en tus adentros y desenmascarar al fariseo que te habita (ego arrogante pagado de sí mismo) y dejar que el publicano (pecador arrepentido) que eres te enseñe a vivir en el camino de la humildad: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. 
¡Feliz domingo!

Octubre 2025

Casto Acedo

miércoles, 15 de octubre de 2025

29º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C (19 de Octubre)

EVANGELIO Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.

«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”.

Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.

Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

¡Palabra del Señor!

* * *

El domingo pasado, a partir de la narración de la curación de los diez leprosos, de los cuales sólo uno volvió para dar gracias, veíamos dos modos de oración: la de petición “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”, y la de acción de gracias, uno de los diez leprosos curados “se volvió y se postró a los pies de Jesús dándole gracias”

Hoy el evangelio nos indica otra cualidad importante en la oración y por extensión a la vida cristiana: la perseverancia, que junto a la humildad, que se dejará ver en el evangelio del próximo domingo, completan toda una lección para quienes desean llevar una vida según Cristo.

Hablar de perseverancia en la sociedad que el Papa Francisco llamó de la "rapidación”, donde se vive de manera acelerada y teniendo el consumo como objetivo prioritario, parece un atrevimiento mayúsculo; porque la perseverancia requiere paciencia, virtud poco amada por una cultura que lo quiere todo ya mismo y no se resigna a esperar a mañana. 

La mayoría de los fracasos en la vida espiritual suelen tener como trasfondo la impaciencia. Se comienza a caminar en solitario, o en grupos de fe, con ilusión; algo normal si se tiene en cuenta que a la entrada en religión le suele preceder una vida de "cansancio vital". Pero más tarde o más temprano, el ideal de vida feliz que se esperaba de lo espiritual muestra su cara oculta: el aburrimiento y el hastío. 

* * *

La sociedad de consumo lo invade todo. No podemos negar que esta sociedad transforma a los alumnos de la universidad en proyectos de rentabilidad,  a los ancianos en clientes de geriátrico, al obrero en máquina de producción, al periodista en propagandista, al político en clérigo del bienestar o al intelectual en inventor de slogans. Lo dicho: todo para "ya mismo"; y la madurez requiere tiempo.

La espiritualidad y la religión no escapan a esta contaminación consumista. ¿No son consumistas las primeras comuniones, las bodas, los bautizos, e incluso las confirmaciones? La celebración de los sacramentos está cada vez más como orientada al consumo, y como tal requiere rapidez, desconexión con el espíritu crítico y sometimiento a los deseos superficiales de quien los recibe y al beneficio de quienes negocian con ellos. Es duro decirlo, pero muchos sacramentos de la Iglesia (bautismos, bodas, comuniones) giran más sobre el consumo material que sobre la fe. No hay tiempo (falta paciencia) para interiorizar con una preparación adecuada y discernida espiritualmente. El tiempo es oro, un capital necesario para crecer espiritualmente, pero lo hemos corrompido al hacer de él un instrumento al servicio de un rápido enriquecimiento. Así lo denunciaba Amós hace unos domingos: Ay de los explotadores que "exprimen al pobre y despojan a los miserables diciendo:¿cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para vender el grano?" (Am 8,5). Sufren la lentitud del calendario, tienen prisas para hacer el mal, les falta paciencia y perseverancia para el bien.

*


Una vida espiritual auténtica sólo es posible desde la perseverancia en la fe. Santa Teresa insiste en ello:  "Tornando a los que quieren ir por él (camino de perfección o viaje divino) y no parar hasta el fin, ... digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo..." (Camino, 21,2). Parece que la santa está describiendo la tenacidad de la viuda frente al juez injusto.

Sin perseverancia no hay avance en la vida interior. La viuda del evangelio espera justicia, pero las circunstancias no son las más apropiadas. La definición que por dos veces se da del juez de la parábola es lacónica y pone en evidencia el muro con el que se encuentra la fe, la realidad de un mundo “que ni cree en Dios, ni le importan los hombres”. ¿No es el ateísmo y la indiferencia una buena definición del ser íntimo del consumismo? Sólo me importo yo y mis intereses.

Queda claro que el mundo del consumo no está por la labor de mirar a Dios y potenciar el espíritu fraternal de la comunión de bienes. Por eso, como el juez de la parábola, no hace caso al Evangelio. 

Pues bien, en un mundo de increencia e indiferencia toca hoy ser cristianos. ¿Cómo? Con ingenio y perseverancia en buscar y practicar lo que es justo y verdadero. Esto sólo es posible desde la constancia en la escucha orante de la Palabra de Dios; la oración constante para no dejar resquicio al diablo (Ef 4,27) es un buen  antídoto para afrontar la seducción del consumismo; y sólo desde la perseverancia en ella tendrá éxito la lucha por la justicia más allá de los convencionalismo políticos y sociales.

* * *


La viuda tenía motivos para desilusionarse y abandonar su militancia espiritual, pero no lo hizo, y siendo persistente día a día en su clamor logró derribar el muro del ateísmo y la desidia que parecían infranqueables. 

La conclusión de la parábola es clara: la perseverancia, hija predilecta de la fe, todo lo alcanza.  Viene muy bien aplicar esto a nuestra vida personal (formación, oración, práctica de la caridad), eclesial (¿quién ha dicho que un persistente anuncio del evangelio no puede derribar el individualismo y el consumismo sacramental?) y social (si quieres puedes, quien no cesa en su empeño por cambiar el mundo lo puede lograr).

Termina el texto evangélico, y yo termino este comentario, lanzando al aire la misma enigmática pregunta de Jesús tras ensalzar la perseverancia de la viuda. “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Para pensárselo. 

¡Feliz domingo!
*
Octubre 2025
Casto Acedo. 

jueves, 9 de octubre de 2025

28º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C (12 de Octubre)

Hoy prevalece el domingo sobre la fiesta de la Nuestra Señora  del Pilar. No obstante, por motivos pastorales se puede celebrar la fiesta mariana en la liturgia del domingo. Al final van unas notas que pueden ayudar a enfocar el evangelio desde la figura de la Virgen María.  

EVANGELIO 
Lc 17,11-19

“Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
-«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo:
-«Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo:
-«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo:
-«Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

¡Palabra del Señor!

* * *

Jesús, maestro. Ten compasión de nosotros”. Hermosa oración para ser pronunciada con los labios del cuerpo o del alma acosados por la enfermedad. “¡Jesús, maestro, ten piedad de mi!”. ¿Quién no ha gritado así alguna vez pidiendo ayuda a Dios? ¿Y quién no ha sabido alguna vez que su grito fue escuchado, que el cuerpo sanó tras la enfermedad, el alma se calmó tras la tormenta o el ambiente de nubarrones se despejó?

Las experiencias de sanación física o espiritual forman parte de nuestra vida; por ello deberíamos mirar el pasar de los días con ojos cada vez más positivos. Porque muy a menudo caemos en la negatividad del “todo está muy mal”, “la cosa se está poniendo  fea”,  “hasta dónde vamos a llegar”, etc. Lo negativo ejerce sobre nosotros una atracción que, curiosamente, no le permitimos a lo positivo.

Parece ser un vicio muy humano el de vivir instalados en la cultura de la queja, cerrando la puerta a la luz que proporciona la mística del agradecimiento. El evangelio de hoy parece ratificar esa tendencia mayoritaria a no disfrutar lo que recibimos; diez son curados de la lepra física, pero sólo uno se curó de su propio egoísmo. “¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, dónde están?.

Sólo uno de los leprosos fue lo suficientemente contemplativo como para darse cuenta de que su curación  no fue a consecuencia, ni de su grito oracional ni del cumplimiento del rito de presentarse a los sacerdotes; sólo uno trascendió su mente y percibió en el corazón que fue el poder de Jesús, la confesión de su nombre, la causa de su sanación. Diez fueron insistentes en su oración de petición, sólo uno, el contemplativo, meditó en lo recibido y alabó a Dios dándole gracias. Diez tuvieron delante a  Dios, sólo uno lo vio.

* * *

Cada día despierto al milagro de la vida. Sale el sol, o el cielo gris cubre el firmamento y me bendice con la lluvia; puedo levantarme de la cama por mi pie; desayuno permitiéndome elegir tomar unas tostadas con café solo o con leche, o té, o zumo de frutas; salgo a la calle y me encuentro con amigos a los que dar los buenos días; me traslado al trabajo con comodidad andando, tomando el autobús o conduciendo mi propio vehículo; realizo mi trabajo y tomo una pausa para tomar un refrigerio; regreso a casa donde me espera la familia para compartir el almuerzo; luego de recoger todo disfruto un ligero y distendido descanso en el sofá hasta el momento de distraer la tarde compartiendo juego o deberes con mis hijos, dedicado a alguna afición, haciendo alguna compra fuera, o tomando algo en el bar de la esquina;  al caer la noche ceno en familia, veo un poco de televisión y me retiro a descansar.

No me falta nada, tengo todo lo necesario para vivir; o eso me parece. Pero hay algo esencial que falta en mi día a día. En mi andadura diaria, tal como la he presentado, faltan tiempos de silencio y oración, momentos de pausa en medio del ajetreo para percibir que mi vida no es una rutina programada; faltan espacios de serenidad para abrir los ojos y ser consciente del milagro de la vida que se me está concediendo. Echo de menos ahí un tiempo de oración para dar gracias. Puede ser la celebración de la misa -eucaristía es acción de gracias- u oración personal en casa o en alguna iglesia, capilla o ermita. En todo caso, momentos de despertar al presente con gratitud.

Sólo uno de los diez leprosos se volvió a dar gracias; lo cual indica que sólo uno de diez despertó al milagro de vivir. Sólo uno era hombre de oración contemplativa. Su acción de gracias le abrió a la sanación espiritual que está más allá de lo que se ve a simple vista; “levántate, vete, tu fe te ha salvado”, 

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El evangelio de hoy te está invitando a abrir en tu vida espacios de oración, a hacer pausas para mirar dónde estás, para abrir los ojos y ver la suerte que tienes al estar aquí, ahora, vivo; momentos para pararte, vivir el instante, y estar agradecido por todo lo que recibes sin ni siquiera merecerlo. Tu horario, para ser completo, debería incluir tiempos para la oración, para alimentar, además del cuerpo y la mente, el espíritu que eres. No te basta vivir como un vegetal o un animal. Además de carne e instinto de supervivencia, Dios te ha dado también un espíritu que participa del suyo, que te hace libre y capaz de tomar tus propias decisiones. La vida no se te da predeterminada sino abierta a un futuro que puedes elegir. Pararte y hacer silencio, orar y meditar, es tomar consciencia de los dones recibidos, es sonreír mientras te disfrutas vivo y miras con entusiasmo el horizonte a fin de seguir caminando por las sendas de la gratitud.

Insisto: diez fueron curados, sólo uno vuelve para dar gracias. Curiosamente un samaritano, el que menos esperaba un judío que fuera virtuoso. Los otros nueve volvieron a su vida anterior; seguramente olvidaron pronto el don recibido, o simplemente lo asimilaron como algo que merecieron por sus méritos. Nueve volvieron a su vida de siempre, sin haber logrado una mirada profunda sobre ella. Tras la alegría del momento resurgiría la insatisfacción y su ser profundo, que no había cambiado en la prueba de la enfermedad, volvería a la queja; ahora no por la lepra sino por cualquier otra causa. Cuando el fondo no cambia, la vida tampoco. ¡Siempre encontramos razones para la queja! Ay, si…

Este domingo Jesús quiere que hagas balance de tus quejas y tus gratitudes. Mira que tienes más razones para agradecer que para quejarte, aunque ya sabes que te has educado para lo segundo. Tus automatismos mentales son comunes a los de tu sociedad: “el que no llora no mama”, “el que no se queja no saca nada”, … ¡Qué triste!. No te fíes de esta filosofía;  despierta a la vida y mira por cuántas cosas puedes dar gracias hoy.

¿Quién es más feliz? ¿El que se queja de todo o el que todo lo agradece? Responde tú mismo o tú misma a la pregunta y extrae de tu respuesta la sabiduría que necesitas para ser feliz. Esto es orar, abrir los ojos a la realidad presente y hacer ejercicios de agradecimiento.

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Otro comentario a la liturgia de este domingo 

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Fiesta de Nuestra Señora del Pilar 

Celebramos a la Virgen María como patrona de la Hispanidad; y al hilo del Evangelio de este domingo, que nos incita a la gratitud y la generosidad, no podemos menos que dar gracias a Dios por el don de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra.

Damos gracias a Dios porque María es para nosotros “salud”, y podemos dirigir a ella la misma oración de los leprosos a Jesús: “Señora nuestra, ten compasión de nosotros”.  Jesús orienta a los leprosos para que se dirijan a los sacerdotes; María nos dirige a su Hijo: "Haced lo que Él os diga" (Jn 2,5)

Tuvieron fe los leprosos, y ni siquiera hubieron de llegar a los sacerdotes para quedar limpios. ¡Qué importante es la fe! Por la fe en la palabra de Jesús se realiza el milagro de la curación, algo que nos recuerda las enseñanzas del domingo pasado: “El justo vivirá por su fe” (Hbc 2,4). “«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería” (Lc 17,6). 

Cuando hablamos de “Virgen del Pilar” estamos hablando de María, imagen y ejemplo de fe. El pilar es Cristo, y María se asienta en la fe en la promesa de que Dios, revelado en su Hijo, no defrauda. “Fíat. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). La fe facilita y colabora a hacer posible el milagro de la Encarnación; asentarnos en la Roca que es Cristo (1 Cor 10,4), creer su Evangelio, es el principio de toda sanación-salvación; "la fe es garantía de las cosas que esperamos y certeza de las realidades que no vemos" (Hb 11,1). La fe, algo aparentemente banal, es garantía de seguridad y prosperidad en el futuro; con fe podemos salir adelante en todos los proyectos que nos propongamos,  algo que pedimos hoy a la Virgen como Patrona de la Hispanidad.

La fiesta de hoy está muy unida a la Solemnidad del apóstol de Santiago que celebramos como  patrón de España el 25 de julio; de él se dice en su Prefacio que “con su guía y patrocinio se conserva la fe en España y en los pueblos hermanos y se dilata por toda la tierra”. Fe y misión son las palabras claves que definen a Santiago, las mismas palabras que definen a María del Pilar: asentada en la Roca con su fiat, y misionera que acerca al mundo la salvación.

Pidamos para España y los pueblos hermanos profundizar en la fe que recibimos del Apóstol, y en la cual la Virgen nos acompaña; y no dejemos de solicitar y actuar el impulso misionero que difundió el Evangelio en Hispanoamérica; que la fe recibida se conserve y acreciente a pesar de las dificultades de los tiempos que vivimos.

Como el leproso que volvió a Jesús tras su curación, hagamos del día de hoy una acción de gracias; no cabe duda de que el legado del Evangelio sigue presente en España;  reconozcamos todo lo que de Jesús y María, hemos recibido. Lo que tenemos no ha salido de la nada; todo es don de Dios, ¡Demos gloria a Dios! De los diez leprosos que se beneficiaron de la curación sólo uno volvió a dar gracias. Toda España y la humanidad entera se beneficia del amor y la misericordia de Dios, pocos lo reconocen y vuelven su mirada agradecidos a Él.  Pero quién despierta a la fe y adquiere un espíritu de gratitud no sólo se beneficia de la salud material, también tiene la dicha de vivir una intensa renovación espiritual. 

En estos tiempos en que parece que la fe anda en crisis y flaquea la misión, volvamos hoy la mirada a Cristo y a su Madre y escuchemos la Palabra de Jesús y María que dice: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Octubre  2025
Casto Acedo

jueves, 2 de octubre de 2025

27º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C (5 de Octubre)

 

EVANGELIO 
(Lc 17,5-6)

En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
-«Auméntanos la fe».
El Señor dijo:
-«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.

¡Palabra del Señor!

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El tema central de las lecturas de este domingo es la fe. El cierre de la primera lectura suele descolocar a muchos: “El justo vivirá por su fe" (Hab, 1,4b). El texto es retomado por san Pablo en su Carta a los Romanos (1,17; 3,22), y ocupó un lugar central  en las polémicas entre Lutero y la Iglesia del siglo XVI que condujeron a la separación entre la Iglesia Católica y la Reformada (protestante).

A nosotros, como buenos católicos, se nos enseñó que, entre las tres virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- la más importante es la tercera: el amor. Tras el cisma protestante a los católicos se nos adoctrinó sobre el peligro que supone centrar la vida en la virtud de la fe; bastaba saber que es "creer lo que no se ve". Lo importante era cumplir los mandamientos (obras). Esto explica que el acceso a las fuentes de la fe (Sagrada Escritura) estuviera vetado a los fieles laicos; de la Biblia sólo se permitían traducciones en latín, de modo que la lectura de la misma sólo era accesible al clero erudito, que la explicaba e interpretaba. Se consideraba que el acceso del pueblo fiel a la literatura espiritual, Biblia incluida, podría generar grupos de iluministas fanáticos. Ya se habían dado algunos casos. 

¿Qué consecuencias tuvo toda esa reacción? El desconocimiento de la Escritura por parte de los católicos, la casi obligación de relacionarse con Dios sólo desde la plataforma de la institución eclesial, hizo sospechosa cualquier relación-oración personal con Dios.  Los místicos, muchos de ellos hoy canonizados como santos, fueran vigilados y controlados por la inquisición en sus modos de orar y sus enseñanzas. 

Por su parte, las iglesias protestantes, extremaron la postura contraria. Sólo la fe salva (sola fides); por tanto, cualquier obra buena realizada carece de valor, sólo salva la gracia de Dios (sola gratia); el hombre no puede hacer nada para salvarse. Así las cosas, ambos grupos perdieron mucho. El mundo protestante, por ejemplo, demonizó la vida monástica, considerándola como una manera de querer imponer a Dios la obligación de revelarse y dejarse ver a quienes realizan determinados ejercicios ascéticos. Cualquier camino de contemplación está en juicio para las iglesias protestantes; algo curioso, porque también entre ellos hay místicos.


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Pero ¿qué es lo que hay que aprender de todo esto? Lo primero es que el olvido de la importancia de la fe ha sido desastroso para la Iglesia. La expresión tan católica “lo importante es ser bueno y hacer el bien”, es decir, "lo importante son las obras", es una afirmación excelente si de veras respondiera a la realidad de un corazón sometido a Dios con una fe incondicional, pero suele ser dicha casi siempre por quienes minimizan la importancia de la fe transmitida por la Palabra y la doctrina de la Iglesia; insistir tanto en las obras suele ser una forma de escabullirse del deber de formarse por el estudio de la biblia, la catequesis y el aprendizaje de la oración. Esconder la propia ignorancia religiosa tras la máxima de que "doctores tiene la santa Madre Iglesia que le sabrán responder", no es sino una huida hacia atrás, aunque muy propio de católicos.

Dice el evangelio que “el que escucha la Palabra y la pone en práctica”, edifica su vida sobre algo sólido (cf Mt 7,24), que no es sino la roca de la fe, “y la roca es Cristo” (1 Cor 10,4). Date cuenta de la invitación: escuchar la Palabra para alimentar la vida de fe, y obrar para exteriorizar lo aprendido en la escucha. Lo que salva es la fe;  eso sí, es obvio  que toda fe verdadera  se despliega en buenas obras. 

Fe en la misericordia de Dios y obras que predican esa misericordia; aquí está el equilibrio de una vida cristiana sana.  Reducir el ser cristiano a creer -“yo tengo mucha fe” dicen algunos- es cosa de beatos iluminados; y por el otro extremo: hacer de las obras la clave de todo suele conducir a la soberbia de quien cree que tras sus obras solo está su decisión personal y su valía 

Verdad es que “la fe sin obras está muerta” (Sant 2.26), pero también lo es que las obras sin fe no justifican a nadie por sí mismas. Me explico: se pueden hacer grandes obras, realizar grandes proyectos que beneficien a la humanidad, pero hay que mirar el por qué se  hacen. Puede que el motor de las grandes obras sea el interés personal, económico o político. En este caso las obras pueden ser buenas, pero no hacen justo o santo a quien las realiza, porque "el altanero no triunfará" (Hab, 1,4a). Y además, si valoramos a las personas por la grandeza material de lo que hacen, ¿no estaríamos minusvalorando a quienes por minusvalía física o psíquica u otras razones económico-sociales no pueden hacer obras magníficas?; los que tuvieran el poder de hacer obras cualitativa y cuantitativamente grandes serían más santos que quienes no pueden acceder a su nivel. Pero la esencia no está en la materialidad de las obras sino en las actitudes de fe con que se realizan.

En el medio está la virtud. Son importante las obras, pero Dios mira también la fe desde la que se actúa. Puede ser una fe egoísta, que sólo confía en sí mismo, pero también puede ser la fe generosa de quien obra dejándose llevar por criterios evangélicos buscando ante todo el bien del prójimo y el de toda la creación. Aquí está la clave. El creyente sabe de su deber de amar, pero también sabe que el amor mismo es un don de Dios, y amando es consciente de que no hace nada extraordinario sino lo que debe hacer. Asó lo expresa el evangelio de hoy:
«¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”» (Lc 17,7-10)
La fe da la humildad necesaria para obrar justamente procurando la gloria de Dios y el bien de los hermanos, y al mismo tiempo justifica, es decir, hace santo, porque el corazón crece en compasión y amor con la adhesión de fe a Jesucristo. Hay, además, obras que sin fe son difíciles de realizar. Es muy conocida la anécdota de santa Teresa de Calcuta, cuando una periodista, viendo la ternura con la que cuidaba a un enfermo cuyo olor y aspecto invitaban a volver la mirada hacia otro lado le comentó: “Yo no sería capaz de hacerlo ni por todo el oro del mundo", a lo que ella respondió: “Yo tampoco”. ¿Qué quiso decir con esto? Que sólo una vida de fe profunda y coherente, acompañada de una oración perseverante, capacita para realizar obras que parecen imposibles.

Eso es lo que quiere decir el evangelio con eso de “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ´Arráncate de raíz y plántate en el mar´, y os obedecería”. Arquímedes descubrió el principio de la palanca, y dijo “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Pues bien, para la vida espiritual ese punto de apoyo es la fe.

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"Del viejo viene el consejo". Como ya voy entrando en una etapa madura de la vida, permíteme unas orientaciones finales desde la Palabra de hoy. Y como creo que como católico consideras que lo esencial para el cristiano son las obras, a fin de que equilibres tu vida con el "ora et labora" benedictino te recomiendo especialmente que, junto a las buenas obras  cultives también la fe. Para ello:

1. No reduzcas tu vida cristiana a “hacer obras buenas” sin profundizar en si realmente lo son para tu espíritu. ¿Desde dónde las haces? ¿Desde la humildad de tu ser o desde tu ego? ¿Qué sientes después de realizarlas: sencilla satisfacción o soberbio orgullo?Es muy importante valorar esto.

2. Toma conciencia de que tienes poca formación bíblica. Crees conocer bien a Jesús, pero no es cierto. Por tanto, déjate evangelizar. Dice san Juan de la Cruz que Jesú“es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término" (Cant 35,3); cuanto más profundices en la lectura del Evangelio más puertas se te abrirán al conocimiento de Jesucristo y más posibilidades para tu acción en favor del mundo.

3. Aprende a orar, a ponerte a la escucha de la Palabra, a dejar que cale en tu interioridad. Pide: "¡Señor, auméntame la fe!". La fe es un don de Dios. Apoyarte en ella es un acierto para llevar adelante tu vida cristiana. Confía en Dios y aprende a estar personalmente con Él en la oración; sin narcisismos ni tonterías intimistas; con el tiempo verás cómo  tu inserción en Cristo por la fe suaviza las asperezas de tus quehaceres.

4. No olvides que la misa del domingo es un acto de fe, no una penosa obligación. Participa con alegría en la oración comunitaria suprema que es la Eucaristía. Sólo si te acercas a la mesa del Señor como un pobre siervo que hace sencillamente lo que tiene que hacer, y lo haces con corazón agradecido hacia quien -oh maravilla- te sienta a su mesa y te sirve (cf Lc 12,37), podrás disfrutar de la misa, te será provechosa,  y ganarás en fortaleza para llevar adelante las obras de la semana.

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