jueves, 29 de enero de 2026

Felices (1 de Febrero 2026)


EVANGELIO  

Mt 5,1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

¡Palabra del Señor!

*


Camino de felicidad

La filosofía que esconde el texto de las bienaventuranzas parece filosofía de locos si se lee de tejas abajo, es decir, desde parámetros simplemente humanos. Sobre todo si nos quedamos con la primera parte de cada propuesta, sin pasar al “porque”; ¿tiene sentido decir “bienaventurados los pobres” sin añadir “porque de ellos es el reino de los cielos"? ¿Es de personas cuerdas decir "felices los que lloran" sin añadir que "serán consolados"? ... Y así todas.

El “porque” explica la causa de cada bienaventuranza o felicidad. No da la felicidad el hecho de ser pobres, llorar, tener hambre, perdonar, mantener limpio el corazón, ser perseguidos, etc. La causa de la felicidad presente en todo eso que supone esfuerzo o contrariedades humanas está en que hay de fondo:  un Dios que ama, y que muestra ese amor en Jesucristo. En el horizonte de cada bienaventuranza está escrito: “porque” Dios te ama como amó a Jesús y por eso tu fidelidad no quedará defraudada. Serás feliz si te rindes a su Amor.

Ahora bien, es preciso advertir que la felicidad de la que hablan las bienaventuranzas no es un simple pasarlo bien o sentirse a gusto,  un sentimiento placentero o un ocasional estado de ánimo. La felicidad es más bien un estado del alma, una felicidad interior que se vive cuando se está en comunión con el Creador. Desde esa comunión de amor -"Jesús me ama, yo amo a Jesús"-, la naturaleza humana, creada a imagen de Dios y conectada con el Espíritu y vida de Jesús, encuentra en las bienaventuranzas el proyecto de vida que Dios quiere para ella; el mismo modo de vida que quiso para Jesús. 

Y ¿porqué aparecen en ese proyecto pobreza, hambre, llantos, sufrimientos y persecuciones? Tal vez porque Dios quiere que seas infinitamente feliz, plenamente dichoso, siempre bienaventurado, pero sin huir de la vida, sino más bien sorteando los obstáculos (cruces) que tiene la vida misma en su finitud. La felicidad en Dios no es un narcótico que anula tus sentidos sino un estimulante  que despierta tu capacidad de sacrifico y amor.


 

Un retrato de Jesús

El Sermón del monte (Mt 5-7), y especialmente las bienaventuranzas, son una pasada cuando lo lees como un retrato de Jesús. Digo retrato y no fotografía porque un retrato no se limita a fijar automáticamente en un papel la imagen que enfoca sino que va más allá y apunta a describir las características misteriosamente ocultas del personaje retratado. 

¿Qué son las bienaventuranzas sino una descripción de Jesús? Bajo el misterio de su persona hallas el sentido oculto de esos aforismos, su sabiduría:  felices los pobres, felices los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los que trabajan por la paz, felices los perseguidos, … ¿No hablan del mismo Jesús estas sentencias? Y ¿quién las puede entender si no se adentra en su Misterio? ¿No era esto lo que quería decir san Pablo al hablar de Cristo Crucificado, fuerza y sabiduría de Dios, que en la debilidad y la necedad de la Cruz se muestra más sabio y fuerte que los hombres (cf 1 Cor 1,23-25)?

La trayectoria profética de Jesús, su predicación y su vida resumidas en el mensaje de las bienaventuranzas, pone al descubierto la latente maldad que se esconde bajo el ornato de las riquezas, los placeres efímeros, la risa fácil, el desprecio del justo o la ostentación del poder. Ante todo esto la vida evangélica de Jesús pone en evidencia la grandeza de lo pequeño (Lc 1,46), lo cercano y lo humilde (Lc 21,1-4); revela la importancia de lo humanamente insignificante (Mt 11,25), la dignidad que posee quien se mantiene fiel a los principios del amor, la paz, el perdón y el amor en y a pesar del rechazo (Lc 21,12-19). Jesús es "signo de contradicción" (Lc 2,34), y esa contradicción se desvela en las bienaventuranzas, proclamadas  "para que muchos en Israel caigan y se levanten; ... y para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones" (Lc 2,34-35). 

La lógica absurda de las bienaventuranzas -¿cómo casar “felicidad” con “pobreza”, “llanto”, “persecución”, “agravios”, etc”.?- sólo se esclarece  contemplando el amor de Dios en Jesucristo.  Y de un modo especial interpretando su vida desde la Pascua, acontecimiento que  reconcilia sorprendentemente la aporía muerte-resurrección, núcleo del mensaje evangélico (Jn 12,24). Vivir cada una de las bienaventuranzas es morir a todo lo que me destruye (riqueza, violencia, soberbia, etc) y resucitar a la libertad de la pobreza, la paz y la misericordia, etc.  

El final de la proclamación de las bienaventuranzas conecta con el final de la vida: “Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Y aquí, para evitar una lectura exclusivamente escatológica, me permito citar a santa Teresa cuando dice que el cielo es dónde está Dios (Camino 28,2), y por tanto incluye también la interioridad de cada persona. La felicidad que Jesús predica no es sólo para el más allá, también lo es para el más acá. ¿Acaso fue Jesús un infeliz? Ciertamente sufrió con nosotros y a causa de nosotros, pero ya sabemos que quien es sensible al dolor no lo es menos al gozo (Mt 11,25). La felicidad, hemos dicho, es un estado del alma, y el alma, que canta el gozo de Dios, también sufre los propios errores y los pecados del mundo. 

Practicar las bienaventuranzas

Sin olvidar los límites de nuestra naturaleza humana finita, nuestro Señor Jesucristo nos propone seguirle e imitarle si queremos alcanzar la verdadera felicidad.  Aprendamos de Él cómo practicar la felicidad, que básica y paradójicamente consiste en no buscarla para ti  sino para el prójimo:

*Ahí donde todos dicen dinero, dinero, dinero, …y venden al pobre por un par de sandalias   (Am 8,4-7) para conseguirlo, Jesús dice “no podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), e invita a gustar la vida en libertad, no atados a nada: “Felices los pobres”. Compartiendo haces felices a tus hermanos y gozas tú mismo de la felicidad que repartes.

*Allí donde los poderosos ejercen el dominio devastando y empobreciendo la tierra con la sobreexplotación, Jesús invita a la economía doméstica, a la humildad, a la mansedumbre, al respeto y delicadeza para con las personas y la naturaleza como el camino más apropiado para la armonía social y el cuidado de la tierra. “Felices los mansos porque heredarán la tierra”. La humildad engrandece a las personas;  los últimos serán primeros (Mc 10,11).

*A la madre que llora a su hijo enfermo o muerto a causa de un misil envenenado por el odio, Jesús le ofrece el consuelo de una iglesia explícita e implícita que en Caritas permanece abierta y en acogida a los sufrientes; y la promesa de que la victoria última es de Dios (Ap 7,10). “Felices los que lloran porque serán consolados”. Las lágrimas que muestran la sensibilidad ante el sufrimiento del mundo son ya un signo de redención. 

*A quienes se indignan ante la mentira, la corrupción, las manipulaciones, la estafa, la prepotencia o el fariseísmo, Jesús les anima a ser profetas en nuestro siglo, denunciando la injusticia y manteniendo la fidelidad con valentía, honestidad y perseverancia, Jesús les dice: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia porque quedarán saciados”. ¿Quién sacia su sed de vida sino el que se compadece de todos?

*Frente a la locura que proponen los discursos del odio y la venganza como solución a los problemas de la humanidad, Jesús habla de la compasión sin límites (Lc 23,24) como camino para un cambio sostenible de la vida personal, familiar, social, política y económica. “Felices los misericordiosos porque alcanzarán misericordia”. Ser compasivo es dar al otro una y otra oportunidad para convertirse a Dios.

*Ante quienes se empeñan en no ver a Dios como fuente y dueño de la vida, y justifican su ceguera y su barbarie con eufemismos tales como “muerte digna o eutanasia”, “interrupción voluntaria del embarazo”, “guerra justa”, “enriquecimiento lícito”, “droga legal”, etc., Jesús propone recuperar la mirada inocente, limpia y transparente del niño no pervertido por las sucias miradas egoístas (Mt 18,2). “Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Una mirada limpia disculpa los males y ama y promociona todo lo bueno que ve en los otros.

*A quienes se niegan a conversar aferrándose al dominio y la violencia como único modo de resolver los problemas, a los señores de la guerra, Jesús les enseña que el camino para la paz no puede ser otro que el encuentro, el diálogo y el perdón mutuo (Lc 6,27-29). “Felices los que trabajan por la paz”. La paz es un gran regalo para la humanidad. 

*A los que rehúyen la responsabilidad y los compromisos que se derivan de la condición de ser humano o creyente cristiano, y viven bajo el miedo a represalias si hablan y obran la verdad en el momento oportuno, Jesús les anima a ser valientes, a no traicionarse y a mantenerse firmes en el momento de la prueba (Lc 12,4). “Felices cuando os insulten y os persigan por mi causa”. Es dichoso quien supera el miedo a proclamar la verdad y establecer la justicia. 

*

Entrar en las bienaventuranzas es entrar en Jesús, Sabiduría inagotable de Dios. Quienes se abandonan a Él reciben las bendiciones que se profetiza en la primera lectura de hoy “no harán más el mal, no mentirán, no tendrán engaño en su boca. Pastarán  y descansarán , y no habrá quien los inquiete” (Sf 3,12-13). Las bienaventuranzas son remedio para los males, alimento  para el alma y paz para la vida.

Enero 2026

Casto Acedo


martes, 20 de enero de 2026

Conversión (25 de Enero 2026)

Ofrezco aquí dos comentarios a la Palabra del Domingo. El primero, más eclesial y social, iluminando la necesidad superar los dualismos para abrazar la unidad en la Cruz de Jesucristo. El segundo, más personalista y centrado en la invitación evangélica a la conversión como cambio de mentalidad personal.
* * *

PRIMER COMENTARIO


EPÍSTOLA
 (1 Corintios 10-13.17)

"Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?

Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo"

¡Palabra de Dios!
*

Tiempos de polarización

No hay duda de que vivimos tiempos de polarización entre personas, grupos, ideas políticas, e incluso naciones encontradas. La polarización social es un cáncer que se va apoderando de nuestro mundo. Parece como si estuviéramos locos y la vida sólo tuviera sentido en la confrontación. Hay quien quiere hacernos creer que  EEUU, Rusia y China son mundos diferentes, sin conexión; se agudizan las identidades partidistas en la política, y olvidamos que somos personas para pasar a ser adeptos a tal o cual ideología. Nuestra cultura  sufre de una enfermedad que algunos llaman dualismo, y algo de cierto hay cuando para afirmar mi yo tengo que negar el del otro. ¿Qué nos está pasando? ¿Acaso nos estamos olvidando de que somos hermanos, hijos de un mismo Dios?

Ya Nietzsche profetizó hace más de un siglo que al olvido de Dios sucedería un tiempo de oscuridad. Dios ha muerto, dijo, porque lo hemos expulsado de nuestras vidas, y ¿ahora qué?. “¿Qué hemos hecho al liberar esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve? ¿Hacia dónde nos movemos, lejos de todos los soles? ¿No nos estamos cayendo? ¿No vamos dando tumbos hacia atrás, de lado, hacia adelante, hacia todos los lados? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No vagamos a través de una nada infinita? ¿No sentimos el espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No anochece cada vez más?”. ¿No es este un buen diagnóstico de hacia dónde parece caminar occidente?

Al abandonar a Dios perdemos la luz, y caemos en el vacío; a la “muerte de Dios” (Nietzsche) dice otro filósofo que le ha acompañado la "muerte del hombre” (M. Foucault). Al borrar de entre nosotros al Dios que nos unificaba interiormente y que garantizaba la unidad entre todos quedamos atrapados en la dualidad extrema y su consiguiente confrontación. No obstante, hay esperanza: aunque le demos la espalda Dios, Él no nos abandona, “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is 9,2), dice el profeta Isaías anunciando la llegada de Aquel que invitará a volver a Dios: "Convertíos", Dios no os ha abandonado, Él y su Reino siguen estando cerca (primera lectura y evangelio).

San Pablo, en el fragmento de la Epístola a los Corintios que se proclama hoy, nos hace ver cómo el abandono de Dios (Jesucristo)  conduce a la perdición. Una lectura completa de la carta deja ver que en la comunidad cristiana de Corinto había grietas entre ellos por causas diversas; las había porque unos se consideraban más sabios y cultos que otros (1,18-19); había divisiones económicas porque unos eran más ricos que otros y abusaban de su posición ventajosa (11,17-22); divisiones porque quienes tenían dones y cargos especiales, se creían superiores al resto (1,10-13); y divisiones porque se crearon bandos entre quienes seguían a un predicador u otro: “Cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo”.

La unidad en la Cruz

Pablo invita a restaurar el espíritu de la unidad apelando al amor de Dios revelado en Jesucristo: “¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?”. Palabras que deberíamos releer y meditar con frecuencia todos los que nos llamamos cristianos; porque no son pocos los que buscan su identidad en fundadores, predicadores o maestros espirituales, dejando en la penumbra a Aquel a quienes sirven o deberían servir éstos: Jesucristo.

Poner en el centro a Jesucristo superando partidismos es la condición básica para recuperar la sinodalidad, que no consiste sino en hallar en Cristo la necesaria unidad para caminar juntos, sin divisiones ni bandos. Ni Pablo, ni Apolo, ni Cefas, ni ningún Papa, Obispo, Fundador o Santo de los muchos que ha tenido la Iglesia, puede ocupar el centro de nuestra vida cristiana personal y eclesial; sólo Cristo realiza el milagro de la unidad de los contrarios.

“Él (Jesucristo) es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu” (Ef 2,14-18)

Necesitamos más que nunca meditar detenidamente este texto. Porque más que de líderes y técnicos en evangelización y planes pastorales estamos necesitados de Dios, el Dios de Jesucristo, que aceptó la Cruz como altar para la unidad. Estamos concediendo excesiva importancia a lugares, grupos, pensamientos y hechos históricos del pasado o del presente, que nos enfrentan entre nosotros. No es casual que EE, Ucrania, Rusia, China, Gaza, Israel, Irán, etc. generen en nosotros pesimismo y miedo. Tampoco los enfrentamientos interreligiosos e intraeclesiales son fruto del azar. Cuando se olvida a Dios y cada cual mira el mundo desde sus propios criterios y creencias, y cuando se alimentan prejuicios de amenaza sobre el extraño, tenemos razones para temer lo peor; pero seamos optimistas: tenemos aún más razones para creer que, yendo más allá de nuestros dualismos, sigue siendo posible la unidad en Dios.  El mundo, los grupos religiosos y cada uno en particular necesitamos conversión en esto.

Convertirse

El término griego que traducimos por “conversión” es “metanoia”, palabra compuesta de “meta” (más allá) y “noia” (noticia, pensamiento). La conversión a la que se invita aquí es a ir más allá de los propios pensamientos, dirigirse al pensamiento o filosofía de Dios  que enseña Jesucristo. “En nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir”. Una lectura profana de estas palabras puede malinterpretar que san Pablo no quiere la unidad (distintos pensamientos, un solo corazón) sino la uniformidad (un pensamiento único y un fanatismo sentimental). No se trata de eso sino de vivir “un mismo pensar y sentir con Jesucristo”, que pone a Dios como el garante de la escucha, la dignidad y el respeto mutuos.

Convertirse es pasar por encima de nuestras particulares creencias particulares, de nuestras ideas propias acerca de la vida y el mundo, pasar por encima de nuestros etnicismos, racismos, regionalismos, nacionalismos, partidismos, cristianismos, etc. y poner el foco en Aquel que nos une a todos en la Cruz, Aquel que puso el Amor en el centro de la vida. “Ama y haz lo que quieras”, dijo san Agustín, y podemos decir al hilo de la enseñanza paulina de hoy: “ama, escucha, respeta, dialoga, colabora con todos en la construcción de un mundo más justo. Sé siempre motivo para la unión”. Esto es convertirse a la cercanía del Reino de Dios, volverse a la mentalidad de Jesús que va más allá de nuestros convencionalismos.

Todo esto de la conversión,  hoy como siempre, ha de ser tomado en serio. Para la conversión eclesial no se trata de ahondar en  sacramentalismos, ni en teologías y predicaciones de excelencia. "No me envió Cristo a bautizar -dice san Pablo- , sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo". Se trata más bien de anunciar el Evangelio con el propio testimonio de amor personal y comunitario,  llenándome de Dios y abrazando con mis hermanos la única Cruz que salva: Jesucristo. Sólo desde Él es posible la unidad y la sinodalidad en la Iglesia; y el éxito y frutos de la  Semana de  oración por la unidad de los cristianos 2026, que se cierra hoy.  

*

Todo un mensaje de reconciliación cristiana personal y eclesial el que nos ofrece hoy la Palabra: poner a Cristo y su Cruz en el centro de nuestra alma, recuperar la Cruz como signo de unidad en la Iglesia y salvación para la humanidad, y trabajar unidos desde ese centro que es Jesús  por un mundo más humano, es decir, devolver a Dios al hombre. Tarea de Jesús, tarea de sus seguidores. ¡Convertíos!

¡Feliz domingo!

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SEGUNDA OPCIÓN

EVANGELIO 

Mt 4,12-17

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

¡Palabra del Señor! 

*


Los pecados capitales

En nuestros días son muchas las personas las que acuden a los centros de psicología demandando ayuda para llevar adelante su vida. Buscan luz que les ayude a salir de la oscuridad en la que parecen vivir. Antes de existir profesionales y centros de terapia psicológica las personas buscaban consejo recurriendo al confesor o al sacerdote o director espiritual. Hoy parece más común confesar las propias miserias al psicólogo que acercarse al confesionario en un apartado rincón del templo. Habrá que tomar nota de por qué han cambiado las cosas; no nos detenemos aquí a dar explicaciones.

Los desajustes personales que se confiesan al psicoterapeuta siguen siendo los mismos que antes se declaraban en el confesionario: problemas de caracteres fuertes que se resisten a la humildad (soberbia), de seguridad económica (avaricia), desajustes afectivo-sexuales (lujuria),  impaciencia que conduce a impulsos violentos (ira), desorden en la alimentación por exceso o defecto (gula), desgana para el trabajo u otras actividades (pereza), o tristeza por el bien ajeno (envidia).

A los pecados capitales se les describe en la antigüedad patrística como pensamientos demonios. Y se escribieron tratados sobre ellos, como el Tratado práctico, de Evagrio Póntico (siglo IV), donde se exponen los “ocho pensamientos” (a los siete pecados que nos han llegado se le añade la acedia) y se dan consejos “contra los ocho pensamientos”. Cualquier estudioso que se acerca a este autor queda sorprendido por su finura psicológica.

¿Qué tiene todo esto que ver con el evangelio de hoy? Bastante. En él se dice que “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra y sombras, una luz les brilló”. No cabe duda de que Jesús viene a iluminar a quienes viven en la oscuridad a la que le han llevado los pensamientos pecados capitales, y buscan refugio y ayuda para reorganizar su vida. La propuesta de Jesús es muy sencilla: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, cambiad vuestra visión de las cosas, Dios está cerca de vosotros y quiere ayudaros a recobrar la felicidad.


Convertíos

Jesús invita a la metanoia, palabra griega que traducimos por conversión o cambio de vida aunque noia se refiere más a la mente-conocimiento (gnosis), y tal vez también podríamos traducir como ir más allá (meta) de la mente (noia) mundana. Solemos decir muy acertadamente que convertirse es cambiar de mentalidad, comenzar a pensar y vivir con los ojos puestos más allá de lo inmediatamente dado, pasar de la superficial a lo profundo.

La conversión tiene mucho que ver con la vida. Tan es así que me atrevería a decir que no es otra cosa sino "entrar en la propia vida". Los pecados capitales te sacan de ti mismo, te alejan de tu esencia, te hacen vivir en la ficción del ego. “Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3,17). Convertirte es alejar de ti los pensamientos (mentalidad) soberbios que te corrompen y “volver a ti mismo”, regresar con humildad a lo que eras por naturaleza antes de la caída y recobraste luego por el bautismo. Convertirte es renovar tu bautismo, nacer de nuevo, renacer a tu espíritu por el Espíritu (cf Rm 8,16)

¡Qué importante es tomar conciencia de esto!, reconocer que “el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo” (Gn 4,7). Puedes vencerlo gracias a que el Reino de los cielos, el mismo Jesús, está cerca de ti revistiéndote con las armas que necesitas (Ef 6,10-18).

Hay un libro de psicología que invita a practicar el autoconocimiento, a conocer la propia mente, sus mecanismos, sus trampas y autoengaños y te invita a dar pasos hacia la renovación interior: “Sal de tu mente, entra en tu vida. La nueva Terapia de Aceptación y Compromiso”. Salvando las distancias, veo en el título un resumen de la conversión que Jesús predica. Jesús te pide ir más allá (meta) de tu mente o mentalidad (noia), de los pensamientos que perturban tu corazón, del ego que te domina, y regresar a casa,  reencontrarte contigo mismo, vivir aceptando, eligiendo y comprometiéndote con la vida para la que has sido creado y a la que Dios te llama.

El mensaje de Jesús caló en sus oyentes no por ser una nueva filosofía sino por su carácter práctico: ¡entra en tu vida! No basta saber que te conviene dejar atrás la vida oscura, has de dar pasos hacia la Luz, donde está la vida auténtica. "Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús" (Flp 3,13-14); debes abandonar las prácticas egoístas para que emerja en ti la vida nueva que eres. Como dice el título del libro citado, "salir de la mente (aposento del ego) y entrar en la vida", soltar los pensamientos que te impiden ser tú mismo y vivirte mirándote en el espejo de la Palabra de Dios (Mt 7,24-27; GS 22).


Renueva tu vida con Jesús

Al invitarte a la conversión el evangelio de hoy quiere que vuelvas a tu origen, que te despojes de lo viejo, que abandones  los pensamientos ególatras y te dejes iluminar por los pensamientos de Dios (evangelio). No eres feliz a causa de tu enorme soberbia, tu ira impaciente, tu amarga envidia, tu insistente pereza, tu avaricia insaciable, tu lujuria desbordada o tu gula insaciable. Necesitas terapia, sanación. 

La personalidad de Jesucristo es muy rica en matices. Son muchos los títulos que se le atribuyen: Mesías, Pastor, Maestro, Camino, Luz, Verdad, etc. Los santos padres en sus escritos también destacaron en Él su calidad de Terapeuta. No es ésta faceta de su personalidad un invento de teólogos antiguos, está suficientemente atestiguada en los Evangelios: “Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23).

Puedes acudir al psicólogo, y tal vez sea necesario que lo hagas como ayuda para reconocer tus insatisfacciones, pero te aconsejo que no minusvalores la ayuda de Aquel que no sólo aliviará o distraerá con consejos tus sufrimientos sino que sanará la herida que los provoca.  La auténtica sanación y conversión apunta hondo, al núcleo del ser,  allí donde se enraízan las pasiones humanas (cf Mt 15,18-19). 

Jesús comienza su proyecto de evangelización con este eslogan: “Convertíos”. Con ello  invita a volver a Dios, a conocerle como Padre y reconocerte en Él como hijo. A los que acudían a Él, “Jesús los acogía, les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación” (Lc 9,11). 

¡Conviértete!, es una llamada a salir de tus pecados (tus pensamientos erróneos) y entrar en tu vida, la vida auténtica que se sostiene en la práctica de las virtudes que proclaman las bienaventuranzas (pobreza, paciencia, misericordia, humildad, etc.). La vocación cristiana no es otra que la llamada a descubrirte a ti mismo en estas virtudes. Tú eres paz, misericordia, perdón, amor, ...,  lo contrario es el pecado que te hace ser lo que no eres. Convertirte es volver a lo que eres desde la creación, a lo que perdiste en la caída, y recuperaste con tu bautismo.

No estás solo en el empeño, Jesús y su  Iglesia te acompañan y te ayudan.  Pídele cita, cuéntale tus penas, confiésale tus errores, escucha su Palabra, déjate abrazar por su perdón y entra en el grupo de los que viven unidos por su Espíritu. Un buen programa para hacer efectiva tu vuelta a casa. 
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¡Feliz domingo!

Enero 2026
Casto Acedo

jueves, 15 de enero de 2026

Cordero de Dios (18 de Enero)

EVANGELIO Jn 1,29-34.

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

¡Palabra del Señor!

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Jesús, Cordero de Dios

El Bautista presenta a Jesús como “el Cordero de Dios". No es este el lugar para describir con detalle la profundidad de la teología que encierran este título"Cordero de Dios que quita el pecado". Baste señalar que viene a significar que el mismo Dios, en un gesto inaudito, ocupando el lugar del sacrificio del cordero pascual prescrito en el Antiguo Testamento, muere en la cruz cargando con tu pecado y el mío (cf Is 53,7.11). 

La misión que Jesús comienza a realizar tras recibir el bautismo de Juan consistirá en liberar a la humanidad de la esclavitud a la que le somete el mal. Lo hace por puro amor, dispuesto incluso a morir para llevar a cabo la tarea encomendada por el Padre. Es algo admirable e incomprensible; el inocente ocupa en el sacrifico (cruz) el lugar de los culpables: “Ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir;  pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,7-8). Decir “Cordero de Dios” es decir “amor y perdón de Dios”.

¡Cuánta teología hay aquí!  ¿Y para qué sirve? Entre otras cosas para entender y disfrutar la Eucaristía. Supongo que si lees este comentario es porque eres asiduo a la misa dominical, y si no acércate este domingo. Desde aquí te invito a que  en ella contemples y tomes conciencia de lo que significa el título  “Cordero de Dios” aplicado a Jesús. 


La Eucaristía,
¿banquete de puros o de pecadores?

Cuando hablamos de “perdón de los pecados” todos pensamos en el sacramento de la Reconciliación o Penitencia. Si tengo pecados voy y me confieso; así lo aprendiste. Pero quiero que hoy descubras que no sólo en el sacramento de la Penitencia se recibe el perdón de Dios. Éste se otorga también en los sacramentos del Bautismo  y de la Eucaristía. ¿En la misa? Sí, en la misa.

Tengo la impresión de que muchos consideran la misa como una devoción entre otras, una especie de lugar para pedir ayuda o recibir el premio como  buenos cumplidores de los mandamientos. De pequeño me enseñaron que para comulgar debo pasar antes por el tribunal de la Penitencia y recibir la absolución del sacerdote. Y entonces ¿para qué los gestos penitenciales del Ritual Romano de la misa?:

*Reconozcamos nuestros pecados: “yo confieso ante Dios, … que he pecado mucho...”;  

*Kyries: "Señor, ten piedad"... "El Señor perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna";

*Oración secreta del sacerdote antes del evangelio: Per evangelica dicta deleantur nostra delicta”- Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados”;

*Palabras de la consagración. “Tomad y comed esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros… mi sangre derramada … para el perdón de los pecados”;

*”Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ¡ten piedad de nosotros!, … ¡danos la paz!”

*Abrazo al hermano: “La paz sea contigo”.

*El modo en que el sacerdote presenta la Eucaristía antes de comulgar: “¡Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”

*Tu respuesta. “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

¿Son todos estos gestos y palabras de la liturgia un simple “teatro”, una ficción, y no una realidad sacramental? Si los sacramentos hacen presente y actualizan  realmente lo que significan, ¿podemos negar el valor sacramental del perdón recibido, por ejemplo, en el momento de la consagración? Cuando el sacerdote repite las palabras de Jesús en la última cena, "mi sangre, derramada ... para el perdón de los pecados", ¿está simplemente relatando la institución de la Eucaristía o se está realizando ahí, y en ese preciso momento, el misterio de la Pascua redentora del Señor? ¿Se está diciendo teórica o didácticamente que Jesús me perdonará o me está perdonando de hecho?

¿Hay que acercarse a la misa purificado de todo pecado? Me cuesta creer que sólo puedan disfrutar las riquezas de la misa los que ya son santos, y que seamos excluidos los pecadores. Es más, creo que los santos no necesitan de la misa. Lo decía Jesús: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Mt 9,12);  san Pablo lo dice con otras palabras, denunciando a quienes creen que pueden salvarse a sí mismos cumpliendo los mandamientos; para ellos la misa sería un adorno inútil e innecesario: "Si la justificación es por medio de la ley, Cristo habría muerto en vano" (Gal 2,21).

Digo todo esto no para devaluar el sacramento de la Penitencia, que tiene su momento y su lugar, sino para mirarlo en íntima conexión con la Eucaristía (la Pascua del Señor) y con todo lo que en ella recibimos. 

Suelo decir a quien presume de que lo importante es ser bueno y no ir a misa, que "la misa es para los pecadores, no para los justos". ¿Eres perfecto? Pues no hay necesidad de que vayas a misa. A ella sólo vamos los que sabemos que necesitamos de Dios para llevar la vida adelante con amor. Entre los que no entran en la Eucaristía (aunque vayan a misa, porque una cosa es ir a misa y otra entrar en ella)  creo que se encuentran éstos, los que ya se saben santos (fariseos) y dicen que no necesitan de rezos. Hay quien reduce la vida a normas y leyes morales, y ven en la comunión eucarística un premio por su cumplimiento. Y no: la misa no es para santos sino para pecadores (cf Mc 2,17). ¡Cómo cambiaría nuestra pastoral sacramental si entendiéramos bien esto! Pero tal vez para esto necesitemos un tiempo de conversión pastoral hacia una Iglesia menos legalista, más consciente de sus debilidades y con agentes de pastoral más misericordiosos (santa).

Déjate perdonar (amar) por Jesús

Quede como reflexión lo dicho antes. Ahora tú, que ya participas asiduamente en el sacramento eucarístico, escucha y mira; abre los oídos y los ojos de tu corazón a Juan Bautista y a la Iglesia que ponen ante ti el sacramento eucarístico diciéndote: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Admírate de lo que se te permite ver y oír en la misa. "¡Dichosos los invitados a la cena del Señor!". El Omnipotente se abaja a estar contigo, te invita a entrar en su Reino; Él  mismo quiere habitar en el aposento de tu alma; estar contigo como deseó estar con Zaqueo: “¡Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa” (Lc 19,5). Respóndele con confianza y humildad,: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Permite que Jesús te abrace;  descarga en Él todos tus errores, tus equivocaciones, tus pecados; permite que entre en tu vida su perdón; Él quemará tus basuras en la hoguera de su corazón encendido en amor.  La basura que arrojas en Él aumenta la llama de la hoguera divina; a más perdón, más amor; al acercarte arrepentido a Él se cumple lo que dice san Pablo: "la ley ha intervenido para que abundara el delito; pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia,  para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo" (Rm 5,20-21). Deja que tu corazón arda en el suyo. Y, purificado de tus faltas, descansa en sus brazos y agradece. 

Detrás de toda teología genuina hay una experiencia. Antes que los evangelios existió Jesús, su mensaje, y su pasión, muerte y resurrección. Buena es la doctrina, porque enseña, pero de poco sirve si esa enseñanza no conecta con la vida. Hoy, en tu oración, puedes repetir una y otra vez: "Cordero de Dios", "Cordero de Dios", "Cordero de Dios", ... dejando que la palabra se deslice desde la mente al corazón y desde corazón a la calle. Cuando salgas de la misa y vuelvas a tu vida familiar, laboral o de ocio, observa cómo tu mirada sobre el mundo es más feliz y misericordiosa. Has descubierto que hay un Dios que te ama y ha apostado por ti. Jesús, Cordero de Dios, en la cruz carga con tu pecado. Cada misa actualiza ese misterio de amor. Como el Bautista hazlo saber a otros:  “yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

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Otro comentario a la Palabra de hoy en:

https://blogdecastoacedo.blogspot.com/2020/01/he-visto-y-doy-testimonio-19-de-enero.html

¡Feliz Domingo!

Enero 2025

Casto Acedo

jueves, 8 de enero de 2026

Bautismo del Señor (11 de Enero)



EVANGELIO
 Mateo 3,13-17

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
—«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
—«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:
—«Este es mi hijo, el amado, mi predilecto».


Palabra del Señor

*

El bautismo de Jesús

Hay momentos en la vida en los que uno arriesga y se la juega. Pongamos como ejemplo  un  examen de oposiciones, o el día en que se contrae matrimonio o aquel en que se da el paso de ordenarse sacerdote o consagrarse en una orden religiosa, o cuando se realiza una tarea arriesgada de la cual se sale ileso y triunfante. Hablamos entonces del “bautismo de fuego”, de ese momento que supuso un paso importante en la vida de una persona y que marcó un antes y un después.

Es curioso que para expresar esos momentos clave se use la palabra “bautismo” como signo del “paso” de una situación a otra, de un antes a un después; incluso podríamos decir de un “ser” a otro "ser": se era estudiante, ahora licenciado; se era opositor, ahora médico o funcionario; se era novio/a, ahora esposo/a; se era seminarista, ahora sacerdote; se era un policía novato y tras la prueba de fuego de una misión real arriesgada se es un policía experimentado y en toda regla. La palabra “bautismo de fuego” es usada aquí, pues, como un momento que indica el tránsito de una realidad de ser a otra, y por extensión de un modo de vida a otro.

Pues bien, el paso por el bautismo de Juan supuso para Jesús un acto crucial, un "bautismo de fuego". Acercándose al Bautista la vida de Jesús da un giro importante; pasa de ser privada a ser pública, de escondida a descubierta. El grano de trigo oculto en el hogar de Nazaret brota para dar fruto abundante en Jerusalén. 

Jesús no tenía pecado y por tanto no necesitaba el bautismo de Juan que era un bautismo de conversión (Mc 1,4); sin embargo, realiza un gesto inaudito en su caso. Ha pasado treinta años de vida oculta. ¿Qué aprendió Jesús en esa etapa de su vida? Ha madurado humanamente, ha tomado conciencia de su especial filiación divina y ha decidido dar el empujón definitivo a su misión. Quien  no conoció pecado se mezcla con los pecadores (2 Cor 5,21) que acuden a Juan en busca de perdón. En este gesto de abajamiento y humildad  se hace visible su dignidad y su ser: “Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al espíritu santo bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: ´Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto´”.  

El Espíritu Santo viene a Él y le empujará y acompañará en su vida pública; cuando termine su misión él mismo enviará el Espíritu sobre los suyos para que continúen su misión (Jn 19,30; 20,22).  

Las  palabras que suenan en el momento en que Jesús se acerca a Juan y es sumergido en las aguas del Jordán adquieren su sentido pleno en la  Cruz. "Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!" (Lc 12,50). "¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?" (Mc 10,38) dijo a los Zebedeo. Ahí, en el momento en que el Hijo entrega  el Espíritu al Padre, se cierra el círculo que se inició en el Jordán. "Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto", escuchas estas palabras dirigidas a Jesús en la Cruz y lo entiendes todo.  Es el predilecto, el primero, porque se ha hecho en la cruz el último. 

En el contexto del bautismo Juan presenta a Jesús como "el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29),  y con esas palabras sugiere que volvamos la mirada a la cruz, donde pende ese Cordero Redentor, donde todos los pecados del mundo golpean su cuerpo y, al ser asumidos por Él somos liberados de ellos por la infinita misericordia de Dios. "Sus heridas nos han curado" (Is 53,5; 1Pe 2,24). En la cruz está la fuente bautismal. El Siervo profetizado en Isaías en la primera lectura proclamada hoy ha cumplido su encargo (Is 42,1-4.6-7; cf Is 55,10-11).

Mi bautismo


La Fiesta del bautismo de Jesús es una excelente oportunidad para plantearnos el sentido que tiene para cada uno el propio bautismo. O el sentido que damos al bautismo de nuestros niños. ¿Significa algo el bautismo? ¿Tiene alguna conexión con la realidad de cada día? Más allá del cumplimiento ritualista y la participación en unos cultos, ¿sería distinta tu vida sin el bautismo? Dicho más llanamente: te bautizaron con agua, pero ¿has recibido el  bautismo de fuego cristiano“Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mt 3,11), dice el Bautista refiriéndose a Jesús.

Es día oportuno para preguntarnos si la prueba de fuego de nuestra fe la hemos superado, si en los momentos de tentación, de sufrimiento, de sinsentidos, de críticas, de dificultades familiares, en los momentos de cruz, hemos mantenido la fidelidad recurriendo a la fe en Dios Padre, manteniéndonos firmes como Jesús en la cruz; Él llevó su bautismo hasta el final. Y Dios Padre le resucitó. 

¿Y tú? ¿Esperas resucitar sin morir previamente a tu ego viviendo en entrega a Dios y a los hermanos como siervo? ¿Has llegado ya a sumergirte con Cristo en las aguas de la cruz? ¿Estás dispuesto a purificar tu alma de todo pecado crucificando y dando muerte a tu ego  para resucitar a la vida nueva?  Tu bautismo no solo te confiere una identidad, también te impone una tarea, cumplir la voluntad de Dios para tu vida, seguir su plan para ti. ¡Descubre y cumple la misión que Dios te ha encomendado! Acabas de iniciar un nuevo año, ¿no es una buena oportunidad para poner a dieta tu alma y dar un giro a tu existir? Plantéatelo.


Feliz fiesta del Bautismo del Señor
Enero 2025
Casto Acedo