miércoles, 31 de diciembre de 2025

María, Paz, Kairós (1 de Enero)

 En este día los cristianos celebramos principalmente la Solemnidad de la Virgen María como Madre de Dios. También es el día primero del año 2026, motivo profano que justifica que sea festivo no laboral. Y no podemos olvidar que desde tiempos del Papa Pablo VI se nos pide en este día orar especialmente por la paz. ¡Cuán necesario es en estos momentos! Decimos aquí algo sobre Santa María Madre de Dios, sobre la paz y sobre el sentido del tiempo. Tal vez el comentario de esta entrada sea de difícil asimilación para quienes no tengan cierta cultura filosófica y teológica , pero ahí va. 


Santa María, Madre de Dios.

Decir que la Virgen María es "madre de Dios" es una afirmación desconcertante. A los que estamos habituados a escucharlo no nos sorprende, pero a quien escucha esto por primera vez no puede menos que escandalizarle. Surgen las preguntas: si María es Madre de Dios, ¿quiere decir que Dios no ha existido hasta que ella lo da a luz? Si Dios nace de María, ¿no será María anterior y mayor que Dios? ¿Necesitó Dios de María para existir? 

Habituados a sabernos católicos no nos hemos preguntado nunca estas cosas; nos han dicho que María es madre de Dios y madre nuestra, y punto. Pero debemos entender bien éste título de María, sobre todo porque puede que nos veamos en la necesidad de dar razón de nuestra esperanza (1 Pe,3,15) a algún hermano de la Iglesia Evangélica, o a los testigos de Jehová que tanto se escandalizan de nuestras devociones marianas,  a alguien de la comunidad musulmana cada vez más presente entre nosotros, o simplemente a alguno de tantos ateos o indiferentes a la fe que gustan de ponernos en aprietos más o menos intelectuales cuando tienen oportunidad.

Para comprender el sentido del título de María como “Madre de Dios” hemos de remontarnos a su aparición en la historia de la Iglesia. Yendo al origen encontramos que el título, aplicado a María, viene del siglo V, y es consecuencia de los debates sobre la doble naturaleza (divina y humana) de Jesús. En el Concilio de Éfeso (451) se afirma la unidad indisoluble de la humanidad y divinidad en la persona del Verbo (Jesucristo). Por tanto, si no queremos admitir separación entre lo divino y lo humano en Jesucristo, hemos de terminar por admitir que el que nace de la Virgen María no es sólo el hombre-Jesús al que se le ha adherido el Dios-Jesús, sino el Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios y hombre verdadero.

No hay inconveniente, pues, en llamar madre de Dios (theotokos, en griego) a la santa Virgen María, pero matizando el sentido en el que se le aplica ese nombre: porque dio a luz al Verbo de Dios, "engendrado, no creado". “La divinidad y la humanidad constituyen para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad... Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre El el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen” (De la Carta de san Cirilo a Nestorio, DZ 111).

Es significativo que el título de Madre de Dios se desprenda de los debates sobre la identidad del Hijo, y en concreto de la defensa de su humanidad contra quienes no estaban dispuestos a admitir el misterio de "Dios hecho carne".

La vida de María, desde la anunciación-encarnación, permanece asociada a Jesús y a su misión; su ser Madre está en función del envío o venida del Hijo para la salvación de los "hijos". Por ello, tal vez las imágenes más acertadas de María son aquellas que la presentan ofreciendo al niño y como diciendo: aquí tenéis la razón de toda mi vida, aquí tenéis lo mejor que os puedo dar, un don que me supera incluso a mí misma… aquí tenéis al Salvador, el remedio de todos vuestros males.

María vivió su maternidad como experiencia no sólo humana, sino también divina. No vivió su gravidez sólo como plenitud de realización en la maternidad humana, sino también como experiencia de plenitud de Dios (llena de gracia). Desde su maternidad se convierte en esclava humilde al servicio del reino de Dios encarnado en su Hijo.

¿Qué significado podemos darle nosotros hoy a la figura de María como madre? Podemos seguir viéndola como la vieron los santos Padres: como portadora de un mensaje de salvación, mejor aún, como la que nos trae al mismo Salvador. Es María de la Na(ti)vidad, porque en ella y por ella nace Dios-con-nosotros (Enmanuel, por eso hoy es también el día de los que llevan el nombre de Manuel o Manuela). 


Orar por la paz

En el año 1968 el papa San Pablo VI, publicó un mensaje que comenzaba con estas palabras: «Nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad para exhortarlos a celebrar 'el Día de la Paz' en todo el mundo, el primer día del año civil».

El libro de los Números recoge una preciosa fórmula de bendición para el pueblo: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”. (Nm 6, 25-26). La paz es concesión, dádiva, don, gracia de Dios. Esa paz la recibimos en Jesús, Príncipe de la Paz.

El año 1972 Pablo VI proponía para esta jornada: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”, porque “una Paz que no sea resultado del verdadero respeto del hombre, no es verdadera Paz. Y ¿cómo llamamos a este sentido verdadero del hombre? Lo llamamos Justicia”. Vivimos tiempos de guerra (Ucrania, Gaza, Nigeria), de violencias de índole terrorista y en cierto modo institucional.  Se habla poco de derechos y muy poco de deberes; y entre esos deberes está la justicia. Pedimos justicia para nosotros pero no vemos el mismo interés en demandar la misma justicia para los otros. El exceso de noticias violentas nos está insensibilizando para ver el sufrimiento de muchas personas en el mundo. Es este el caldo de cultivo de nuevas guerras. Y aquí toca mucho de reflexionar y mucho que hacer.

Como Iglesia no podemos olvidar esto; la tarea de la Iglesia como agente de Caritas no puede ignorar el deber d3e trabajar por la justicia social; no podemos limitarnos a dar bálsamo a las heridas de quienes sufren, lo suyo es ir a la raíz del sufrimiento, a las causas de la enfermedad y poner el remedio antes de que esta tenga lugar. El remedio, una vez diagnosticado el mal, se llama Justicia, con mayúsculas, o si quieres, Cristo, que murió para establecer la justicia de Dios, “Él es nuestra paz” (Ef 2,14).

No dejes de orar en este día porque el Evangelio de la paz alcance a toda la tierra. 


Kairós, el momento presente.

Por el Misterio de la Encarnación María es considerada "Madre de Dios", es decir, cambia su estatus. Pues bien, ese cambio no sólo va a afectarle a ella y por extensión a todos los hombres; también afecta a toda la creación. Cristo pasa a ser el Centro de todo lo creado. En Él se unen la carne y el Espíritu, Dios y el hombre, el cielo y la tierra. A partir de ahora ya no habrá separación entre lo santo y lo profano. La irrupción de Dios encarnado en la historia lo santifica todo.

No hay pues, propiamente, unas personas santas y otras profanas, un pueblo santo y otro pagano, unos lugares sagrados y otros mundanos, unos objetos sagrados y otros profanos, un tiempo religioso y otro secular. No. Ya toda persona, lugar, objeto y tiempo, es sagrado y santo; en todos ellos podemos encontrarnos con Dios.

Esto quiere decir que celebrar el Año Nuevo no es algo solo propio de no creyentes. Cuando Cristo entra en la historia sometiéndose a los límites del espacio y el tiempo, quedan estos santificados. La redención de Cristo no solo afecta al hombre si no a toda realidad creada. Toda la creación ha sido redimida por Jesucristo. También el tiempo.

Y ¿qué aporta esto a nuestra espiritualidad? Muchas cosas. La primera es que todo tiempo es bueno para celebrar a Dios. Si bien es cierto que, por razones prácticas, en la Iglesia establecemos tiempos propios para acercarnos a Dios (Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Pascua, Pentecostés y Tiempo Ordinario), no obstante este calendario sólo tiene sentido a efectos prácticos. De hecho, hoy puede ser para ti Adviento (día de esperanza), Navidad (día de encarnación), Epifanía (día de luz), Cuaresma (día penitencial) Pascua (día de resurrección) o Pentecostés (día del Espíritu).  

El tiempo como sucesión de horas y días  es relativo,  la eternidad de Dios es sin principio ni fin,  no tiene límites, es absoluta. Dios es Presencia (presente) y Gracia (redención); en Jesucristo, el que era, el que es y el que será, confluyen pasado, presente y futuro. 

Hay una palabra griega que resume el tiempo cristiano: Kairós, presente total. En la mitología griega, Kairós (en griego antiguo καιρός) representa un lapso de tiempo diferente al tiempo habitual, que se denomina Cronos y  que es el tiempo que pasa y que se va consumiendo. Pero Kairós es el momento en el que algo importante sucede. Su significado literal es “momento adecuado u oportuno”.  El Nuevo Testamento  habla del  tiempo divino como el Kairós, que ha llegado con Jesucristo. 

Por tanto, el tiempo ha sido redimido de su esclavitud bajo el imperio del dios Cronos. La esclavitud del hombre sometido al cronómetro y el calendario ha sido abolida. La libertad se vive en el eterno Presente. Jesucristo. el Salvador, ha vencido al dios griego Cronos, que devoraba  a sus hijos. Con Jesucristo el reloj y  el calendario quedan reducidos a ser elementos prácticos para servicio de la humanidad; ya no pueden atar ni agobiar  a quienes viven en la libertad del Espíritu de Cristo

El cristiano ha aprendido a servirse del tiempo, a vivirlo antes que a someterse a él. La persona redimida por Cristo no vive el agobio de lo que pasó o lo que sucederá, vive con libertad el único tiempo, el Kairós, la Presencia divina que lo irradia todo. 

Quien se adentra en Cristo sabe que no hay más que un tiempo: el Presente (eternidad) con el que la Eternidad de Dios irrumpe en la creación. La definición de Dios como "Presencia" (presente eterno, absoluto) es una de las más adecuadas. A Dios no se le conoce en la nostalgia de hechos pasados; tampoco en ilusas proyecciones de futuro; a Dios se le conoce aquí y ahora, porque es Kairós, eterno presente. 

Me gusta recordar cada inicio de año las palabras de san Agustín en sus Confesiones y que en su apología de que solo existe el presente me anima a liberarme del apego a experiencias pasadas que nunca volverán o a la ilusión de un futuro que siempre es incierto:
“Lo que es claro y manifiesto es que no existen los pasados ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pasado, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación).

Si me es permitido hablar de otro modo, veo ya los tres tiempos y confieso que los tres existen. Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no me ocupo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Porque pocas son las cosas que hablamos con propiedad, muchas las que decimos de modo impropio, pero que se sabe lo que queremos decir con ellas”.(Confesiones, Libro XI, cap XX, 26)
Considera, pues, la entrada en el 2026 como una oportunidad para entrar en el ámbito del Kairós, el eterno presente, que no es sino vivirte en Dios, vivir cada instante en plenitud, abrazado a la Presencia del Amor Divino. Si lo haces así habrás roto las cadenas de Cronos y vivirás la libertad de la vida en Cristo, sabedor del pasado y expectante ante el futuro, pero asentado en la única vida que existe: la que disfrutas aquí y ahora, el presente.

Feliz año 2026.
Casto Acedo

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