Lectura de la profecía de Isaías
(11,1-10):
Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor.
Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.
No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar.
¡Palabra de Dios!
El sueño de Isaías
Leyendo el texto de Isaías imagino un mundo idílico e imposible. ¿Cómo van a convivir en paz un cordero con un lobo, una pantera con un cabrito, un novillo con un león? ¿Jugará la serpiente con el niño cuando este meta la mano en su madriguera? La lógica misma me lleva incluso a negarme a pensar en eso. No puede ser más que una utopía, un sueño irreal e inalcanzable; un sueño de Dios.
Tal vez el objetivo y la razón de este texto sea hacernos entrar en trance, arrastrarnos a tener visiones de un futuro de paz y armonía que nos parecen inaccesibles. Lo hemos intentado, pero la guerra y el desorden vuelven una y otra vez. ¿Conseguiremos algún día la tan deseada paz?
¿Qué o quién hace posible el idilio que describe Isaías? Se apunta algo en el texto: UN NIÑO: “un muchacho pequeño los pastorea”. Poco antes de estas palabras el profeta había dicho: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: ... Príncipe de la paz» (Is 9, 5). Ese niño, "renuevo del tronco de Jesé", es Jesús. Y hoy Juan Bautista invita a volvernos a Él. “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 1,2).
Vivimos en un tiempo de saturación hedonista y desencanto. Nos hemos vuelto tan racionales, tan científicos, que se nos ha atrofiado el corazón, que es el órgano de la esperanza y el amor, motor de la fantasía y de los sueños. Cuando un pueblo o una persona dejan de soñar enferman. ¿Qué otra cosa nos mueve sino los sueños? Por supuesto que no hablo del sueño físico que seda el cuerpo y amodorra el alma, sino de esos otros sueños que sobrevuelan los muros del odio, la violencia y la guerra y ven que al otro lado está el paraíso del amor, de la ternura y de la paz.
La historia ha demostrado el poder de estos sueños a los que también llamamos utopías. Son ideales de un mundo perfecto y justo donde todo discurre en armonía y sin conflictos. “Pese a todas las dificultades y frustraciones del momento, yo todavía tengo un sueño, -decía M. Luther King- … un sueño de que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: … que todos los hombres son creados iguales. ... Tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel ... ¡Yo tengo hoy un sueño !” (M. Luther King). A estos sueños me refiero.
* * *
Recuperar la esperanza
El tiempo de Adviento invita a recuperar la utopía, a creer que se puede despertar de las pesadillas del hambre, de la guerra y de la muerte. Ahí donde la vida se dibuja desértica, lúgubre e infructuosa, en el núcleo de los fracasos humanos, se alza la voz del profeta: “¡Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos!” (Mt 1,3), ¡soñad un mundo distinto y nuevo!.
Dios tiene un sueño, un proyecto para la humanidad. San Mateo lo llama "Reino de los cielos", san Marcos y san Lucas "Reino de Dios". Es un estado de cosas en el que la justicia, la paz, y el amor vertebran las relaciones humanas. Se llega a él por la conversión, por un cambio de chip, una visión nueva de la realidad.
Solemos mirar la realidad como una suma de opuestos: blanco-negro; arriba-abajo, cordero-lobo, pantera-cabrito, novillo-león, ateo-creyente, esclavo-libre, hombre-mujer, etc. El diablo (literalmente "el que divide enfrentando") se ha metido por medio y gusta de oponer unas cosas a otras, de hacernos creer que la división es inevitable tanto dentro como fuera de las personas.
Preparar la Navidad es abrir los ojos a un nuevo conocimiento, una nueva ciencia, un saber, que no se basa en la separación sino en la unión. El Reino de Dios nos hace iguales sin que perdamos nuestras diferencias. Éstas se quedan para las formas exteriores que catalogan a las personas en razón de insignificancias como la raza, el sexo, los títulos, la nación, el partido político, la religión, etc. Son divisiones formales que acostumbramos a hacer desde nuestra orilla, pero del lado de Dios “no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28).
El “amar” de Dios sobrevuela todos los límites y divisiones, borra los muros que inventamos; convertirte en Adviento es dejar de inventarte un mundo a tu medida, atreverte a amar como Dios ama, “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Rm 15,5; Flp 2,1). Si hacemos del sentir de Dios nuestro sentir, del mirar de Dios nuestro mirar, de su conocimiento el nuestro, ya no hay división ni oposición sino unidad y comunión. Vueltos a Dios y a su Reino cada parte del todo encuentra su lugar sin oponerse a la otra; entonces “nadie causará daño ni estrago, porque estará lleno el país del conocimiento del Señor”. A esta Navidad, al cumplimiento de esta esperanza, apunta el Adviento.
Elimina barreras físicas y mentales.
Escucha la voz del profeta Isaías y sobrevuela con la mirada de Dios los muros que te separan del mundo y de las demás personas. ¿Qué prejuicios mentales te impiden vivir en comunión? ¿Qué muros te separan de Dios, de los hermanos, de la creación (naturaleza e historia) y de ti mismo? Tu vocación es ser uno con todos y con todo. Deja a un lado lo que te impida responder a esta llamada.
El diablo se suele meter en tu corazón invitándote a entrar en el juego de las comparaciones: "bueno-malo", "católico-protestante", "conservador-progresista", “cristiano-musulmán”, "bautizado-no bautizado", "rico-pobre", “laico-sacerdote", etc. Tras cada uno de esos formalismos, útiles para el funcionamiento de la vida social, se esconde un estorbo cuando los idolatras, es decir, cuando haces de ellos tu criterio de identidad.
Al menos en tus relaciones humanas y en tu oración a Dios libérate de los formalismos que dividen y pueden alejarte de lo esencial. No mires tanto lo que te separa de otros cuanto lo que te une. Cuando te defines por las formas tiendes a la comparación, a la diferencia, y desde ellas te pierdes. “No os hagáis ilusiones pensando: tenemos por Padre a Abrahán” (Mt 3,9). Estar circuncidado, como estar bautizado, más allá de lo que supone haber formalizado tu espiritualidad en un grupo religioso, no es motivo para estar seguro de ir por el buen camino. ¿Recuerdas cómo el hermano mayor se compara con el menor en la parábola del hijo pródigo? (Lc 15,29-30), ¿o cómo el fariseo que oraba en el templo se comparaba con el publicano en la parábola? (Lc 18,11-12). Su "formalidad" no les garantiza la vida.
En el amor de Dios no hay comparaciones ni acepción de personas, Él ama a todos por igual, "hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45); me atrevería a decir que para Él, más allá de las apreciaciones humanas, ni siquiera hay justos e injustos (¿quién es justo ante Dios?), sólo personas. Por tanto, en tu vida espiritual no te compares con quien consideras mejor que tú, te deprimirás; tampoco con quien consideras peor, porque te invadirá la soberbia. Abre tu corazón a todos, como hace el Padre e hizo Jesús cuando estuvo entre nosotros.
No reduzcas la Navidad a fiesta de unos pocos, porque es universal, como el amor de Jesús. Cuando el “conocimiento del Señor llene la tierra como las aguas llenan el mar”, te darás cuenta de que la oración de Jesús, "que todos sean uno, como tu padre en mi y yo en ti" (Jn 15,17) se habrá cumplido. Entonces no tendrás con quien compararte, porque serás uno con todos y con Jesús.
Trabaja en ti la unidad más allá de las diferencias. Revisa casos concretos de tu vida en los que debes dar paso a la compasión y al amor, adelantando así los tiempos mesiánicos, la Navidad definitiva en que corderos y lobos (tú y yo) serán uno en Cristo. ¡Atrévete a soñarlo!
¡Feliz segundo domingo de Adviento!
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Otro comentario para el segundo domingo de Adviento, en:
Diciembre 2025
Casto Acedo

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