EVANGELIO Lc (18,9-14)
En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
¡Palabra del Señor!
* * *
Puedes enfocar tu vida desde el exterior o desde el interior, desde la fachada o desde dentro de casa. Según decidas así serán tus cuidados y desvelos. Te desvelarás por cultivar tu imagen o bien te preocuparás ante todo por tu estado de ánimo interior . Tienes que decidir donde pones tu atención. Lo que no puedes hacer es comer y cantar, nadar y guardar la ropa, apoyar tu vida en brillos exteriores y al mismo tiempo gozar de solidez interior; la vida auténtica es única y no se puede desdoblar; es un error querer llevar una doble vida. Lo dice el evangelio: “no se puede servir a dos señores” (Lc 16,13).
La parábola que hoy te pone el Señor pretende desenmascarar el fariseo que hay en ti, ese ego que tienes, que presume de virtuoso pero es amante del vicio, que cuida la apariencia ignorando el fondo, que teme ser visto en su pobre realidad y se defiende ocultándola tras una máscara fantástica.
Dos hombres van al templo a orar. Sus maneras de rezar muestran cómo un mismo acto puede ser bueno o no; lo que justifica o hace bueno un acto es la actitud con que se ejecuta. En la parábola uno va al templo a presumir, otro a humillarse ante Dios. Ya de principio aprendes de la parábola que puedes orar desde tu realidad o desde tus sueños, desde tu verdad o desde tus mentiras.
El fariseo
El fariseo, en realidad, no ora, porque no se pone él mismo ante Dios. Observa cómo se describe: “no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano”. No se define por lo que es sino por lo que no es. Me recuerda a mí mismo cuando critico a alguien; lo que hago, más que condenar al otro, es justificarme yo. “Mira ese, bla, bla, bla, pero -pienso en mis adentros- yo no soy así”.
El fariseo me recuerda a mí mismo cuando evalúo lo bien que hago las cosas, las alabanzas que me merezco, lo injustas que son conmigo las personas que me rodean o lo injusto que es Dios que no tiene en cuenta mis desvelos por Él y por su Iglesia. ¿Acaso este soy yo? ¿O es ese ego que me he inventado para estar contento conmigo mismo sin crear problemas a los demás?
El fariseísmo es un vicio muy sutil; te encierra en una jaula de oro de la que cuesta salir porque hasta cierto punto es cómoda; ¡se está tan bien en ella!. ¿Cómo no felicitarme y jactarme de las alabanzas que otras personas me dirigen? ¿Quién va a negar -mas allá de un educado “por Dios, no lo merezco”- que me gustan los reconocimientos y homenajes? ¿No te has deprimido nunca al menos un poco porque crees que no te han tratado o recibido como crees que mereces? ¡Quién se habrán creído que soy! ¿Un cualquiera?
Fíjate bien en para quién propone Jesús esta parábola: para ”algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. Este soy yo, y si no me reconozco debería cerrar el evangelio, porque no me estoy enterando de nada.
El pecador
El publicano, sin embargo, no se considera mejor que el otro; simplemente reconoce lo que es, y desde su ser pobre, débil y pecador se relaciona con Dios. No hace, como el fariseo, un monólogo consigo mismo; en su oración hay diálogo, porque no se presenta ante Dios como querría ser sino como es, y desde su ser real habla con Él. Le gustaría ser humilde, pero le come la soberbia; sabe que debe perdonar a quien le ofende, pero no lo consigue; sufre arranques de violencia que no consigue frenar; se deja llevar por la gula, la envidia y la lujuria, ante las cuales se siente incapaz, etc. ¿Entiendes ahora por qué santa Teresa dice que “humildad es andar en verdad”? El publicano está en la verdad de sí mismo, mientras que el fariseo vive en la mentira.
El publicano no es, en lo exterior, mejor que el fariseo; pero reacciona no ocultando su pecado a sí mismo y a Dios, sino poniéndolo delante y pidiendo a Dios que se apiade de él. Ha entendido que Jesús no ha venido para los justos sino para los pecadores (Lc 5,32 y sabe que difícilmente curará su enfermedad si no comienza por reconocerla y confesarla al médico.
Podríamos llamar a esta parábola la de “los dos pecadores”, como lo es en la parábola del Hijo pródigo (cf Lc 15,11-31), uno que reconoce el error que comete al vivir lejos del Padre (“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”) y otro que vive lejos pero se cree que está en casa: “Tantos años como te sirvo y a mí nunca me has dado un cabrito, y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
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Es evidente que Jesús, tal como muestran los evangelios, es indulgente con los pecadores que se reconocen como tales, como si pasara por alto el mal que hicieron y del cual se sienten avergonzados o arrepentidos. Con ellos se muestra Jesús misericordioso. Sin embargo, a los fariseos le reprocha que no sean capaces de ver sus propias mentiras y contradicciones; éstos se justifican porque creen que no hacen nada malo; Jesús, sin embargo, los confrontará diciéndoles que, si bien es verdad que aparentemente no hacen nada malo, lo que les desacredita es que tampoco hacen nada bueno; cumplen con los ritos exteriores, pero se olvidan del amor y la justicia debida a los hermanos. Ni entran en el Reino, porque se creen estúpidamente en él, ni dejan entrar a otros, porque los miran con desdén -"¡yo no soy como esos!"- y no soportan que nadie les haga sombra; esto es lo que le duele a Jesús y le lleva a lamentarse por ellos (cf Mt 23,1-36).
Un buen domingo este para mirarte en tus adentros y desenmascarar al fariseo que te habita (ego arrogante y pagado de sí mismo) y dejar que el publicano (pecador arrepentido) que eres te enseñe a vivir en el camino de la humildad: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
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¡Feliz domingo!
Octubre 2025
Casto Acedo


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